Sobresocialización

por Esaúl R. Álvarez – “Sugerimos que la sobresocialización está entre las crueldades más serias que los seres humanos se infligen unos a otros“, T. Kaczynski, Manifiesto de Unabomber. La sociedad industrial y su futuro [1], 26.

En los otros momentos el ser está identificado con las modificaciones (de la conciencia)“, Yogasuttras, I, 4.

Con anterioridad hemos hecho referencia al término sobresocialización, un término acuñado por T. Kaczynski (más conocido como Unabomber) en su Manifiesto y que remite a una realidad que advirtiera de forma magistral en su estudio sobre lo que él denominó el tipo psicológico del ‘izquierdismo’.

A continuación vamos a intentar analizar la importancia capital que el fenómeno de la sobresocialización juega actualmente dentro del estado avanzado de decadencia de la postmodernidad.

Progresismo y sociedad líquida.

“Casi todo el mundo estará de acuerdo en que vivimos en una sociedad profundamente molesta. Una de las manifestaciones más extendidas de la locura de nuestro mundo es el izquierdismo, así que una discusión sobre la psicología del izquierdismo nos puede servir de introducción al debate de los problemas de la sociedad moderna en general”.
T. Kaczynski, Manifiesto, 6.

En primer lugar, una breve reflexión terminológica. Aquello que Kaczynski denominara en su Manifiesto con el término de ‘izquierdismo’ viene coincidir de forma bastante exacta con lo que se engloba popularmente bajo el término ‘progre’. El término ‘progre’ aunque de uso común no parece el más acertado ya que obedece a una percepción simplista y errónea de la realidad sociopolítica actual, como es la consideración de que existen una serie de fuerzas políticas ‘progresistas’ -como gustan de definirse a sí mismas- y otras ‘conservadoras’, las cuales intentarían resistir a las primeras.

Tal percepción es errónea. Primero, porque no existe tal resistencia a la agenda ‘progresista’ más allá de las apariencias -y de haberla habría que reconocer que hace muy mal su labor pues solo cosecha fracasos-. Segundo, porque todas las ideologías modernas son de hecho progresistas, en sentido etimológico, en tanto todas asumen y comparten la ‘superstición del progreso’, una superstición de origen ilustrado e inseparable de los mitos materialista, evolucionista y desarrollista, todo lo cual puede resumirse con el término revolucionario, pues es de esto de lo que se trata.

Este izquierdismo o progresismo, como se prefiera llamar, no es otra cosa que la punta de lanza de la denominada ‘izquierda indiferenciada’. Una ‘izquierda’ caracterizada por su activismo callejero, sus reivindicaciones de derechos y libertades (a menudo descabelladas) y su permanente estado de crispación social.

Pero su papel va más allá de crispar la convivencia y dar a la sociedad motivos de escándalo o temas de discusión. En un nivel más profundo la labor de la ‘izquierda indiferenciada’ es señalar los ‘objetivos’ sociales que han de incorporarse a la agenda globalista y preparar a la opinión pública para aceptarlos, lo que se consigue mediante la oportuna implantación de ideas y actitudes adecuadas. En definitiva estamos hablando de un sector de la sociedad que es uno de los principales brazos ejecutores de la ingeniería social.

Como Kaczynski señala en su Manifiesto, bajo su apariencia antisistema en realidad abrazan las causas ideológicas más profundas del sistema mismo -materialismo, individualismo, desarrollismo, confort, hedonismo y sobre todo la omnipresente acedia anti-Tradicional- de modo que lo que realmente reclaman no es un ‘cambio de dirección’ sino una aceleración del proceso modernizador y una implantación más completa del programa ilustrado.

Dicho de otro modo, lo que el ‘izquierdismo’ reivindica es un avance más rápido en el proceso disolvente que es la postmodernidad hacia la instauración definitiva de la ‘sociedad líquida’ (Bauman), una sociedad carente de contexto cultural propio y en la que solo habrá individuos atomizados, o en la jerga que les es más propia ‘ciudadanos’.

Por ello el izquierdismo o progresismo nunca podrá ser parte de la solución, pues forma parte indisoluble del problema que nos ha conducido al estado actual.

Sobresocialización e ingeniería social.

“La sociedad de hoy trata de socializarnos a un mayor alcance que cualquier sociedad
previa. Incluso los expertos nos dicen cómo comer, cómo hacer el amor,
cómo educar a nuestros hijos y así sucesivamente”.

T. Kaczynski, Manifiesto, 32.

Hecha la anterior reflexión a modo de introducción consideramos que la sobresocialización es algo más que un simple ‘exceso’ cuantitativo de socialización. Se trata más bien de un tipo especial de socialización dirigido más a lo psicológico que a lo comportamental, razón por la cual es lícito pensar que estamos ante una estrategia cuidadosamente planificada e introducida en la sociedad. Este tipo de estrategias nos remiten más allá de la idea de ingeniería social, a la Escuela de Frankfurt, en la cual se dieron los primeros pasos hacia la reprogramación psicológica del individuo y el control del cambio actitudinal.

La sobresocialización puede definirse entonces como un proceso de re-condicionamiento psicológico que supone una re-educación o re-programación profunda (ya que alcanza el nivel subconsciente) y que implica cambios en la personalidad y la propia naturaleza psíquica del sujeto.

Para ver el marco epistemológico en que nos situamos se debe reparar en que mientras la Tradición muestra al sujeto una vía de des-condicionamiento o des-programación a través del desapego -senda que conduce a la eventual realización-; la modernidad, en tanto arquetipo del punto de vista profano y “síntesis de todas las herejías” [2], impone al sujeto nuevos condicionamientos más refinados y sutiles cada vez, más interiores e invisibles, que le hacen ahondar y encadenarse más profundamente a la manifestación, y en concreto a los niveles más inferiores de la misma. De ahí el giro evidente de la postmodernidad hacia la emocionalidad y el sentimentalismo renegando cada vez más de la racionalidad.

Respecto a esto último el trabajo de la ingeniería social sobre ciertas emociones destructivas y tóxicas -culpa, miedo, angustia, impotencia, etc.- es decisivo, pues se trata de emociones que despojan al sujeto de su percepción de control sobre el entorno y de su percepción de autonomía.

Esto es relevante ya que el sujeto sobresocializado, como también advirtiera Kaczynski, tiene muy mermada su auto-percepción de poder, presentando características cercanas -sobre todo en lo emocional, de ahí al extrema susceptibilidad del individuo postmoderno, siempre en guardia y presto a ofenderse por todo- a las de los seres de laboratorio a los que se ha inducido el síndrome de indefensión aprendida.

El proceso por el que se alcanza semejante estado está basado antes que nada en el ‘olvido de sí’, lo que conduce a una paulatina y sutil despersonalización. En este olvido de sí el uso de las nuevas tecnologías cumple también un papel decisivo al centrifugar la atención del sujeto y volcarla de continuo en lo exterior.

En sus grados más avanzados el individuo sobresocializado se convierte en su propio policía del pensamiento, siempre atento para censurar sus propios pensamientos y emociones. Un ser que ha internalizado hasta tal punto la auto-vigilancia, la culpabilidad y el masoquismo que ha hecho un hábito de la demolición de su propio psiquismo. No es descartable pues que, de forma análoga a la indefensión aprendida, la sobresocialización sea un síndrome inducido.

Y esta es una de las características observables más llamativas del proceso sobresocializador: el sujeto sobresocializado está entrenado para desconfiar de forma automática de sí mismo, hasta el punto de tener en cuenta la opinión ajena, esto es la opinión socialmente dominante y aceptada, con preferencia a la propia; e incluso con preferencia a lo que él mismo ve y percibe por sí mismo. La consecuencia es un sujeto que delega de forma permanente toda opinión, juicio y decisión en la “sociedad”.

Es cierto que esto era posible antes y se encontraban estas características en ciertos individuos que padecían de una personalidad débil, normalmente debido a una historia personal problemática que no les permitía el desarrollo completo de su individualidad. Lo que llama atención es su actual generalización en la sociedad: el ciudadano de personalidad débil ya no es la excepción sino la regla.

Si la sobresocialización supone un proceso de despojamiento y deconstrucción del sujeto, o más exactamente de su psiquismo, lo que estamos aquí exponiendo es la aplicación a escala social de técnicas de desestructuración del yo y la personalidad propias de las sectas. No creemos exagerar por tanto cuando decimos que se está implementando a una escala masiva y sin precedentes un proceso paulatino de descualificación y pérdida de poder de los sujetos así como de quebrantamiento de su personalidad, y que este proceso guarda evidentes paralelismos con el conocido síndrome de indefensión aprendida.

En resumen y para poner fin a estas reflexiones: a través de la sobresocialización el individuo aprende a negarse a sí mismo, a vivir ajeno a su naturaleza y cualificaciones propias y a desempeñar siempre un rol, a ser siempre una máscara, con la particularidad de que desconoce cuál es su rostro real.

Un fenómeno remite a lo que muchas mitologías tradicionales designan como ‘pérdida del alma’, lo que da pie a preguntarse por los límites de lo humano y lo infra-humano.

Puede que dicha descripción haya recordado a algunos lectores el film de animación El viaje de Chihiro (2001), concretamente el personaje Kaonashi o ‘Sin rostro’, el cual ilustra a la perfección el estado infra-humano que estamos aquí describiendo: un ser sin personalidad -naturaleza- propia y que actúa meramente por imitación. Al encontrarse descualificado encarna de algún modo a la vez el ideal del avarna hindú y la tabula rasa.

Y la falta de rostro es además un símbolo muy pertinente pues recordemos que ‘la cara es el espejo del alma’, y es además personal y única.

La consecuencia política principal de la existencia de estos seres sobresocializados es que, dado que no responden nunca acorde a su naturaleza real ni de forma inmediata sino de forma mediada, resulta un ser fácilmente influenciable y manipulable. Nunca resulta impredecible ni peligroso para el orden social, pues delega su poder -su capacidad política- en el ente estatal, lo que le convierte en un ser aproblemático.

Se trata del modelo de ciudadano soñado por cualquier poder totalitario: sumiso, inseguro, dependiente, que voluntariamente entrega su poder, mentalmente débil cuando no directamente enfermo, sin cuidado alguno por su alma -la cual niega- y desconocedor de su auténtica naturaleza y cualidades.

La sociedad sobresocializada y lo políticamente correcto.

“Con objeto de eludir sentimientos de culpa, continuamente tienen que
engañarse sobre sus propios motivos y encontrar explicaciones morales
para sentimientos y acciones que en realidad no tienen un origen moral.
Usamos el término sobresocializado para describir a tales personas“.

T. Kaczynski, Manifiesto, 25.

“Lo políticamente correcto es el fin del humor.”
Jorge de los Santos (en entrevista para televisión).

No queremos pasar por alto una característica de la sociedad sobresocializada que nos parece especialmente significativa y que se ha puesto de manifiesto con toda su crudeza en la última década: su carácter extremadamente moralista y puritano.

Esto es fácil de observar en la cada vez más frecuente y acusada intolerancia que se exhibe ante las opiniones diferentes, tal y como corresponde a un ambiente psíquico crispado y enrarecido por esta tendencia a la auto-censura y entrenada en buscar por todas partes culpables, ofensas y víctimas.

Encontramos un ejemplo claro de ello en el trato que se da últimamente al humor: en la sociedad actual es más fácil que alguien se ofenda con un chiste o parodia (casi todo ya puede ser tachado de sexista, racista, xenófobo, u ofender a algún colectivo) que con la pornografía. De modo que a la vez que se normalizan conductas antes propias de ambientes underground se persigue y problematiza la expresión libre de ideas y pareceres.

Semejante hipocresía es una paradoja solo aparente: una sociedad tan rigurosamente moralista que ya no percibe siquiera la censura como tal necesita para convencerse de que es libre transgredir permanentemente ciertos límites, justo aquellos que antaño eran considerados deseables y sanos y muy en particular aquellos que tienen que ver con la Belleza, contra la cual la postmodernidad, siguiendo su obsesión igualitarista de igualar por lo inferior- dirige una encarnizada batalla. [3] Es así como esta infra-sociedad se ilusiona a sí misma con que además de libre es rebelde.

En esta especie de moralismo invertido es importante señalar que el objeto de censura no es tanto el comportamiento -pues se admiten en buena medida comportamientos desviados y anómalos- como el pensamiento. Estamos por tanto ante una especie de puritanismo ideológico más sutil que el de antaño pues se censuran ideas y formas de pensar, en particular todas aquellas que escapan al relativismo. Se trata de imponer un control interior y psíquico que obliga al sujeto a ser su propio guardián y censor.

Sobresocialización y medios de comunicación.

“Tres son las vías del conocimiento correcto: percepción, inferencia y
testimonio valedero de quien tiene conocimiento.
Ilusión es falso conocimiento, no establecido en la real naturaleza de una cosa”.
Yogasuttras, I, 6-7.

No cabe duda que la escolarización temprana y la educación formal cada vez más prolongada en el tiempo cumplen un papel esencial en la sobresocialización del ciudadano moderno pero tras el periodo de formación el mantenimiento de la mentalidad sobresocializada requiere por así decir un entrenamiento constante para evitar un ‘rebrote’ de la auténtica personalidad de ese ser. Este papel de mantenimiento lo cumplen fundamentalmente los medios de comunicación de masas (los mass-media).

Puede decirse que la mayor parte del proceso de deconstrucción y re-condicionamiento psíquico que denominamos sobresocialización ocurre en situaciones informales y de manera insidiosa, imperceptible para el sujeto y a la vez presente en casi todos los momentos de su vida. Estas dos características: su apariencia informal y su presencia constante en la vida cotidiana, son las razones principales de su éxito. Una vez más no cabe pensar que se trate de algo casual o accidental.

Siendo la función principal de los medios de comunicación mantener la atención del ciudadano bajo estricto control podemos resumir su modus operandi mediante dos grandes líneas de acción: una positiva (directiva, que aporta información) y otra negativa (de ocultamiento o enmascaramiento, que sustrae información). La primera visibiliza y la segunda invisibiliza. Ambas son inseparables y funcionan paralelamente [4].

Dentro de la estrategia positiva los medios son responsables de generar buena parte del ambiente psíquico en que habitan los ciudadanos, una influencia que se suele obviar pero que posee profundos efectos psicológicos y que a menudo sirve como sustrato preparatorio para operaciones de ingeniería social de mayor alcance.

Si nos referimos a la estrategia negativa de invisibilización, hay una importantísima labor de sanción, marcando muy estrictamente -en un mundo basado en el rechazo a todos los límites, por cierto- los límites de lo que es lícito decir. Pero aquí un matiz es necesario: al señalar los medios lo que no se debe decir públicamente en realidad señalan al ciudadano lo que este no debe pensar. Es decir se señalan al ciudadano las líneas rojas del pensamiento que no debe nunca sobrepasar.

Creemos que este ejercicio de señalar los límites de lo pensable y lo realizable es realmente el papel más decisivo que juegan los medios de comunicación a la hora de sobresocializar al ciudadano moderno.

Campañas mediáticas de cambio actitudinal y sobresocialización.

Relacionado con el anterior punto cabe decir que existen campañas mediáticas que emplean la sobresocialización como factor corrector de las actitudes y los comportamientos de la población, a fin de dirigirla hacia el comportamiento que se considera deseable. Estas campañas son distinguibles por la presencia de dos constantes:

  • se dirigen a la emocionalidad del receptor, provocando generalmente emociones negativas y desagradables: frustración, culpa, pena, desamparo, impotencia.
  • se presentan los hechos bajo una apariencia de inevitabilidad, bien como hechos consumados, bien naturalizándolos. Recordemos que esto lo hacen habitualmente con hechos sociales y políticos, es decir en absoluto naturales ni inevitables sino planificados y premeditados.

Cuando encontramos estas dos características en una campaña podemos sospechar con fundamento que estamos ante una campaña de ingeniería social dirigida a “preparar” o “concienciar” (en sus palabras) a la opinión pública, dicho de otro modo estamos ante campañas de manipulación.

Hay abundantes ejemplos del uso de ambas estrategias en los últimos años. La inevitabilidad se empleó para dar cuenta tanto de la (falsa) crisis financiera de 2008 como para justificar las políticas que se pusieron en marcha a raíz de la misma.

La emocionalidad por su parte se ha puesto de manifiesto, alcanzando niveles de manipulación emocional antes nunca vistos, en la guerra de Siria o en la mal llamada ‘crisis de los refugiados’. Estas campañas se basan cada vez más en el sentimentalismo más grosero y son paralelas a una ausencia total de argumentos racionales, argumentos que caen del lado de las conductas sancionables (incorrectas) por parte de los mismos medios.

Generalmente ambas estrategias sobresocializadoras de manipulación de la conciencia operan al unísono con el objetivo de lograr la aceptación por parte de la ciudadanía de una realidad que se les impone unilateralmente. Son estrategias como ya dijimos de carácter castrante, que buscan por un lado aumentar la sensación de impotencia e inoperancia del ciudadano (efecto a nivel psicológico) y por otro conducirle a la inacción (efecto a nivel conductual).

Llegamos así nuevamente a ese modelo de ciudadano del que venimos hablando, el tipo de sujeto pasivo, manipulable y quebrado en su interior que el orden político precisa en las circunstancias actuales de poder y control.

La sobresocialización y el hombre del fin de los tiempos.

Su control (de las modificaciones de la conciencia) se logra por medio de la práctica y el desapego.
Práctica es el esfuerzo que produce un estado estable y tranquilo.
Se establece firmemente mediante prolongados esfuerzos realizados con devoción sincera“.
Yogasuttras I, 12-14.

La humanidad de los últimos tiempos es una suerte de reflejo especular de lo que fuera al comienzo del ciclo de manifestación humano -la Edad de Oro- y esto en virtud de poderosas razones de orden superior tal y como ya advirtiera R. Guénon. Una humanidad que será una mera sombra de lo que fuera en su estado primigenio -previo a la caída- por ejemplo en lo que se refiere a las potencias de su alma, que se encontrarán en el final del ciclo irremisiblemente mermadas y perturbadas.

Cuando analizamos este proceso histórico como una alteración de las diferentes cualidades del alma podemos describirlo como parte del consabido descenso cíclico a que está sometida la humanidad como tal en su conjunto: un proceso paulatino de alienación y heteronomía.A lo largo de dicho proceso el principal punto de referencia del ser humano -simbólicamente su Centro-, en el cual radica su capacidad de análisis y decisión así como su libre albedrío, va dejando de ser interior a él mismo -radicando en la propia conciencia- y pasa a encontrarse fuera de él, radicando en el entorno cultural y social. Esto supone una seria merma de su libertad y de su responsabilidad y por tanto también de su capacidad moral.

Como puede apreciarse esta interpretación -que se atiene a la Tradición, pues no es más que un desarrollo de la idea de descenso cíclico- desmiente categóricamente las falacias modernistas tan extendidas entre nuestros contemporáneos que suponen una suerte de progreso moral e intelectual. Progreso que en realidad basta con ser un observador imparcial para desmentir tajantemente. El hombre profano gusta de creer tales supersticiones ante todo porque halagan su ego individual haciéndole soñar con que es más inteligente, libre y mejor que sus antepasados. Por desgracia la realidad es exactamente la contraria de la que la propaganda moderna difunde con el objetivo de sugestionar a nuestros contemporáneos.

Volviendo al análisis del descenso cíclico de la humanidad y su progresiva descualificación, dijimos que el hombre sobresocializado jamás actúa intuitivamente, veamos por qué tiene que ser inevitablemente así.

En el hombre primigenio la Intuición pura -fruto de su Intelecto- era su cualidad principal, su fuente más firme de conocimiento, que dotaba a los hombres de la Edad de Oro de la virtud del discernimiento.

Pero la potencia Intelectual se encuentra embotada o cegada en el hombre de fin de ciclo, de tal forma que es incapaz de manifestarse como tal en su vida cotidiana. Al perderse este discernimiento natural propio del ser humano este ve cómo desaparece con ello la capacidad de orientarse adecuadamente por sí mismo en el mundo. Por ello el hombre pasa a orientarse ante todo por fuentes ajenas a él mismo: el testimonio de otros, la información acumulada, y en definitiva todo eso que llama ‘cultura’.

Estamos por tanto ante un sujeto cuya capacidad de análisis, discernimiento y decisión se encuentra por completo perturbada y reposa en eso que llamaría pomposamente ‘la sociedad’. Un modelo de sujeto completamente centrifugado.

Queremos finalizar señalando la importancia que en vistas a acometer un proceso purificador y des-condicionador que intente revertir estas tendencias psíquicas, cumple toda práctica espiritual regular y ordenada. Un papel de limpieza y sanación para la embotada alma del individuo de la postmodernidad. Una metanoia en que el movimiento del alma cambia de lo exterior hacia lo interior, a fin de corregir ese ‘olvido de sí’ y centrar al individuo en su verdadera naturaleza. Por supuesto no es una tarea sencilla, depende de múltiples factores de índole personal y siempre se debe vigilar con especial atención no caer en los entornos pseudo-espirituales de la new-age.

 

[1] En adelante se citará como Manifiesto.

[2] Encíclica Pascendi Dominici gregis, S.S. san Pío X (1907).

[3] Podría hablarse aquí del feísmo como tendencia estética de la postmodernidad, que ha llegado ya al universo infantil, y de su papel en esta magna obra de ingeniería social.

[4] El lector puede poner ejemplos de lo que decimos a su elección tomados de la prensa diaria, por ejemplo el hoy omnipresente tema de la violencia en el hogar y cómo su visibilidad o invisibilidad es selectiva.

Fuente: Agnosis.

 

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