El primer genocidio del siglo XX

GENOCIDIO ARMENIO 1919 ARCHIVO VATICANO

por José Luis Orella* – Este 24 de abril se conmemora por las comunidades armenias, el aniversario del genocidio armenio. Un exterminio invisible para la mayor parte del mundo. El 24 de abril de 1915, el gobierno de los Jóvenes Turcos decretaba la deportación de la población armenia al centro de la península anatólica. El brutal traslado de la población armenia a los campos de concentración, su ubicación en una zona desértica y el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, ayudó a crear el momento propicio para su eliminación física. Aunque los historiadores turcos rebaten las cifras, se calcula que murió un millón y medio de armenios residentes en el Imperio, de un total de dos millones. También fue destruido el 95% del patrimonio cultural armenio, donde se incluyen preferentemente 2.500 iglesias y 1.500 colegios, sufriendo destrucción más de 25.000 aldeas y 66 ciudades.

El experto en Derecho Internacional, Raphael Lemkin, fue quien acuñó por primera vez el término de genocidio para describir lo que había sucedido con los armenios del Imperio Otomano. En 1948 la Asamblea General de la ONU incorporó el delito de genocidio al Derecho Penal Internacional, y por su gravedad, se puede juzgar con carácter retroactivo, como fue el caso de los juicios de Nüremberg. Los armenios del Imperio Otomano habían sufrido matanzas importantes en el siglo XIX, entre las que habría que destacar las de 1894 a 1896, ordenada por el sultán Abdul Hamid II, que se estima se cobró unas 300.000 vidas. Este sultán quería mantener la primacía de los musulmanes y su autoridad absoluta contra todo lo que significase occidentalización y merma de su poder. Los cristianos apoyaron a los musulmanes reformistas en su lucha por un imperio más democrático y que reconociese a los cristianos como ciudadanos en igualdad de condiciones que los musulmanes. De entre las comunidades cristianas, los armenios eran quienes disponían de una élite intelectual y comercial comprometida en actividades políticas. Cuando en 1908 se desarrolló la revolución del Comité de Unión y Progreso (CUP), más conocido como los Jóvenes Turcos, los cristianos lo celebraron como un éxito propio. La visión del Imperio Otomano como un califato de la umma, la comunidad de creyentes musulmanes, daba su relevo al nacimiento de una comunidad nacional turca. Bajo este proyecto de signo nacionalista y modernizador, en un sentido occidental, la turquicidad construía su identidad. Los musulmanes del imperio, como los kurdos, circasianos o árabes, podían asimilarse culturalmente a la nueva identidad turca. Sin embargo, armenios, griegos y asirios por su cristianismo, quedaban relegados a ser elemento de disgregación por su cercanía a los países europeos.

En el caso armenio, el historiador Taner Akman afirma, a través de los telegramas de septiembre de 1915, del ministro de Interior, Talaal Pasha, uno de los tres máximos dirigentes del CUP, junto a Enver Pasha y Ahmed Cemal, que la deportación ordenada contra los armenios era un plan de limpieza étnica para eliminar su población del Imperio. La organización premeditada, el uso de tropas regulares, reforzadas por milicias kurdas, e incrementada por criminales amnistiados, fueron el instrumento exterminador contra todo un pueblo. En esta ocasión, no quedó localidad sin que su comunidad armenia fuese eliminada, incluyendo a mujeres y niños. Los hombres jóvenes, reclutados en el ejército, fueron reagrupados en batallones de trabajo, y eliminados posteriormente. En ciudades importantes, como Constantinopla, la capital, únicamente se detuvo y se hizo desaparecer a intelectuales destacados. Los testimonios europeos procedentes de diplomáticos y militares, alemanes y austro-húngaros, aliados de los turcos durante la guerra mundial, confirman la meticulosidad con que fue llevado el proyecto de limpieza, y la brutalidad anticristiana demostrada por los genocidas. Las fotos que se conservan de aquellos hechos, todavía tienen la fuerza de helar el corazón. Aquello no era un castigo, sino borrar de raíz la presencia en la historia de un pueblo.

El resultado posterior será la construcción de una república turca, liderada por Mustafá Kemal, donde la ciudadanía turca se asentará sobre un 99 % de musulmanes, cuando antes de 1923 eran el 70 % de la población. El exterminio de armenios y asirios, y la expulsión de los griegos, eliminó la presencia de comunidades cristianas con una historia de casi dos mil años. A su vez, el panturquismo (unión de los pueblos turcos) desarrollado por los líderes nacionalistas turcos hacia el Asia central, les enfrentará a los rusos, por ser una región históricamente controlada por ellos.

En la actualidad, y desde hace siete décadas, el Consejo Nacional Armenio y otras instituciones a nivel mundial trabajan desde la diáspora armenia por el reconocimiento internacional del genocidio. El silencio que se aplicó al primer genocidio del siglo XX, abrió las puertas a que otros países hiciesen lo propio con sus minorías. La pregunta de: ¿Quién recuerda a los armenios? sirvió como ejemplo para la eliminación de otros pueblos. La desaparición de las comunidades judías por los nazis, las de ucranianos occidentales y polacos por los soviéticos, las de italianos de Istria por los partisanos de Tito… describen un largo recorrido en que el olvido de un genocidio, que ayudó a que otros viesen la oportunidad de eliminar una minoría molesta, bajo la acusación de la culpabilidad colectiva.

En la actualidad 27 naciones han reconocido internacionalmente el genocidio armenio, hace pocos días lo hizo Austria. En 1987 el Parlamento Europeo adoptó una resolución de reconocimiento del genocidio armenio. En este 2015, la misma institución en pleno por amplia mayoría instó al Gobierno turco y a los países miembros a asumir el reconocimiento del genocidio. El Papa Francisco habló a favor de no olvidar el genocidio sufrido por una nación entera, a causa de su cristianismo. Armenia fue el primer Estado del mundo en proclamar el cristianismo como religión oficial, y el siglo de oro de su literatura fue en un temprano siglo V. Los armenios son un viejo pueblo que han podido preservar la historia y cultura de su nación gracias a una diáspora que ha tenido el compromiso de transmitir su identidad a través de generaciones de familias. Francia, Estados Unidos, Líbano y Argentina son núcleos neurálgicos de una comunidad repartida a nivel global, que comparte protagonismo en sus patrias, sin olvidar la de sus ancestros. La república de Armenia actual no tiene las fronteras, ni la población que hubiese tenido antes del genocidio, pero es un elemento de estabilidad en una región sensible a los movimientos “sísmicos” internacionales.

El reconocimiento del genocidio armenio por Turquía, como le insta el Parlamento Europeo, ayudaría a una verdadera reconciliación, a una mejor comprensión de su historia, y a construir un futuro en paz entre ambos países, con espíritu similar al europeo después de la Segunda Guerra Mundial. La visualización del crimen por el resto del mundo, también ayuda a evitar el silencio de muchas autoridades hacia casos parecidos. En la actualidad, los cristianos de Siria e Irak están sufriendo un genocidio programado para su eliminación del Oriente Próximo, por parte de los islamistas radicales, pero con la plena complicidad de un Occidente que actúa a favor de sus intereses energéticos, abandonando a su suerte a los cristianos de aquella región. El recuerdo del genocidio armenio, que también fue de los asirios y de los griegos del Asia menor, nos ayuda a no olvidar a los cristianos de hoy, que vuelven a ser perseguidos y masacrados. Los supervivientes del genocidio de 1915 sobrevivieron en Líbano, Siria e Irak. Son ahora sus descendientes quienes vuelven a sufrir el acoso de las decapitaciones, el secuestro, las violaciones y el tráfico humano, como en los peores momentos del siglo pasado.

* José Luis Orella es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad CEU San Pablo.

Fuente: El Mundo

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