Posts tagged ‘Socialismo’

21/04/2015

Repensar la izquierda anticapitalista . Salir del callejón «Adam Smith»

IZQUIERDA Y DERECHA UNIDAS JAMAS SERAN VENCIDAS
por Jean-Claude Michéa – La propaganda desplegada a diario sobre las pantallas de televisión del mundo moderno, descasa invariablemente sobre dos ideas-fuerza, difícilmente conciliables entre sí. Por un lado, como en cualquier tiempo de guerra, los partes de victoria que se suceden a un ritmo vertiginoso. Los prodigiosos avances de la tecnología moderna, que proclama a los cuatro vientos el “Ministerio de la Verdad”, nos han permitido crear, por primera vez en la Historia, la base material de un Futuro Radiante y la llegada inminente de su Reinado sobre la Tierra. Esta Buena Nueva (que debemos evidentemente al espíritu de empresa y de innovación que se enmarca en nuestra incomparable sociedad liberal) no solo anuncia, efectivamente, una era de abundancia y de riquezas ilimitadas. Como a todas horas nos recuerda esta bienaventurada propaganda, confiere igualmente al hombre moderno, un poder inédito sobre sus condiciones de existencia, que aquellos que tuvieron la desgracia de vivir antes que ellos, apenas tuvieron la oportunidad de llegar a imaginar realmente.

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05/09/2014

La Cuarta Teoría Política

JOSE ALSINA CALVES

por José Alsina Calvés – Al hablar o escribir sobre la Cuarta Teoría Política (en adelante CTP) todos pensamos, con razón, en el filósofo y politólogo ruso Alexander Dugin. Pero a pesar de ser este el principal impulsor de la CTP, no debemos verla como la elucubración personal de un solo autor. Muchos de los temas impulsados por Dugin tienen sus antecedentes lejanos en las obras de autores tradicionalistas, como Julius Evola, y, sobretodo, en la Nueva Derecha francesa. La expresión “Cuarta Teoría Política” apareció por primera vez en el libro de Alain de Benoist Contra el liberalismo: la Cuarta Teoría Política.

En el libro de Dugin La Cuarta Teoría Política, traducido recientemente al español y publicado en Ediciones Nueva República, el filósofo ruso insiste en el carácter colectivo de su creación, en que no es un sistema cerrado, sino abierto a las aportaciones posteriores.

En el presente artículo intentaremos describir y explicar, así como valorar, el mencionado libro de Dugin, al que tomaremos como base de nuestro trabajo. A nuestro entender la CTP que Dugin expone se fundamenta en un armazón teórico que consta de cinco elementos fundamentales:

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01/03/2014

A siete años de la Revolución Ciudadana en Ecuador

RAFEL CORREA

por Vicky Peláez – “No podemos evitar el viento pero podemos construir molinos” (Proverbio chino).

El próximo mes se cumplirá un año de la muerte de Hugo Chávez quien que fue el gran artífice de la transición de Latinoamérica hacia una “época nueva”, la fuerza que hizo resquebrajar las estructuras del “patio trasero” de los Estados Unidos que permitió a los países de la región recobrar su dignidad, la soberanía y emprender la marcha hacia la consolidación de la Unión Latinoamericana.

Es cierto que la ausencia de la voz vibrante, entusiasta y desafiante del líder bolivariano ha quitado un cierto dinamismo y brillo al actual proceso de transformación de América Latina.

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29/01/2014

Francisco: ni socialista ni liberal

ALBERTO BUELA

por Alberto Buela – En los primeros días de enero apareció un artículo firmado por el teólogo brasileño de la teología de la liberación, Leonardo Boff, hablando sobre el Papa Francisco y su concepción de la economía, vinculándolo con el economista socialista húngaro Kart Polanyi (1896-1964).

En principio pensamos escribir algo pero, preferimos guardar silencio, para no menear el asunto y así, la mentira a designio e interesada de Boff, muriera por su propio peso.

Pero como nunca falta un buey corneta, apareció en estos días el artículo de un periodista canadiense, haciéndose eco del artículo de Boff y cantando loas a Polanyi y haciendo aparecer a Francisco como su discípulo amado.

Si bien nosotros no somos “franciscólogos” como hoy aparecen tantos, pero conocemos de visu la trayectoria intelectual de Francisco, estamos obligados a afirmar que la crítica del Papa al liberalismo y a la economía del capitalismo salvaje no nace ni se apoya en el socialista Polanyi sino en el menos renombrado y más telúrico nacionalista argentino, el cura Leonardo Castellani (1899-1981).

Francisco conoció y trató al “Chesterton del castellano” según lo apodaron en España. Fue comilitón de él por ser también jesuita. Y castigado también como él por el superior de la orden. Hijo de “gringos” como él. A Francisco lo rescata de su ostracismo en Córdoba para llevarlo al arzobispado de Buenos Aires, el cardenal Antonio Quarracino, quien fue quien rescató públicamente al cura Castellani.

La crítica al liberalismo capitalista de Francisco encuentra su último fundamento en la realidad tal como es y como él la ve. Pero, el antecedente que hay que tener en cuenta es la crítica de Castellani, que es de donde se nutre Francisco.

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10/05/2013

Progresismo contra socialismo

JOSE ALSINA CALVES

por José Alsina Calvés – TdE – La enorme contestación social que se está produciendo en Francia contra la ley que autoriza el matrimonio homosexual y la adopción por parte de parejas del mismo sexo es un tema que mueve a la reflexión.

La primera constatación es que la sociedad francesa es una sociedad más sana que la española, y que no ha perdido su capacidad de reacción. Ante cualquier agresión a la justicia social o a certezas antropológicas básicas, como el caso que nos ocupa, los franceses no se resignan, y son capaces de salir a la calle y a revolverse contra el poder. Seguramente el amplio consenso de los franceses en torno a valores patrióticos y republicanos tiene que ver con esta vertebración de la sociedad francesa, que contrasta con la atomización, la división y la desorientación de nuestra pobre España.

¿Por qué tantos franceses se oponen al matrimonio homosexual? No es por motivaciones religiosas: Francia es una sociedad laica (aunque el catolicismo francés es más potente que el español); tampoco es por mojigatería, los franceses siempre han sido tolerantes en cuestiones sexuales. No tiene nada que ver con la libertad sexual de las personas ni con la no discriminación de los homosexuales.

Seguramente muchos franceses se dan cuenta de una cuestión antropológica básica: bajo las muchas formas que la familia y el matrimonio toman en distintas sociedades, siempre están ligados a la reproducción y a la cría y cuidado de los hijos. Por más que se empeñen la pareja homosexual no puede reproducirse (¿será que la naturaleza es fascista?), y por tanto es una aberración llamarle a “eso” matrimonio. Lo cual no significa que no pueda legalizarse, pero no equipararse al matrimonio. Recordemos que discriminación es tratar diferente lo que es igual, pero también tratar igual lo que es diferente.

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25/07/2009

Orientaciones

Hay extrañas ideas como que, por defender la Pa­tria Española y el So­cialismo, podríamos llegar a coincidir, más o menos, con el «Pa­trio­­tismo Constitucional» o incluso compartir algo del «Orgullo» por la «España Progresista». O, simplemente («por la parte que nos toca como patriotas») asumir, con un nuevo formato, los conceptos de Es­paña típicos manejados por cual­­quier va­riante de la «De­recha na­cional». Urge acabar con estas nefastas con­fu­sio­nes e ideas pre­­con­cebidas. Ve­mos la imperiosa ne­cesidad de aclarar, de una vez por to­das, lo siguiente:

1) El Socialismo Pa­trió­tico está lejos de ese inconsistente «Patriotismo Consti­tucional» tan es­grimido ahora como alternativa al «Patriotismo antide­mocrá­tico» de infausto re­cuerdo. Además, en la práctica, el «Pa­trio­tismo Consti­tucio­nal» es algo que casi nadie ha terminado por creer­se. Aun­que no tenga­mos reparo en reconocer, por ejemplo, algunas coin­ci­dencias bási­cas con el «Patrio­tismo Jaco­­bino» (el «eje del mal» para todos los na­cionalismos reac­cio­narios), hemos de recordar que éste poco tie­ne que ver con la actual «Es­paña cons­ti­tu­cional».

2) El Socialismo Pa­trió­tico es completamente ajeno al triunfalismo «nacio­na­lero» pro­gre­sista que celebra esta España «sacada de su aislamiento», «modelo mun­dial de leyes avanzadas» o «es­cenario de aconte­ci­mien­tos» de re­lumbrón. En efecto, Es­paña no se halla aislada, pues está in­­cardinada, como un contingente su­bal­terno más, en una Euro­pa políticamente incapaz, porque mantiene desde hace décadas una posición servil hacia el im­pe­rialismo americano, y porque la mentalidad ge­ne­ral del pueblo español es «angloamerica-dependiente». Las leyes de las que pre­sume la pro­pa­­ganda oficial no son otra cosa que sig­nos de de­cadencia in­terna, mudanzas de imagen «para estar a la última», golpes de distracción, con­fusión so­cial e im­postura «se­sen­ta­­yo­chista». Y casi todos los «acon­te­ci­mientos» en suelo español con alta re­per­cusión en el exterior son de natu­raleza cir­quense: la España que tanto se «re­nombra» y se «ex­pone» fuera es la «Es­paña de la Fiesta».

3) Y el Socialismo Pa­trió­tico no es otra re­edición de esa escuela am­bigua re­pre­sentada por quie­nes de­cla­ra­ban que «en lo social nos acer­camos a la izquierda, pero en lo na­cional nos posicionamos en la derecha». Eso fue una estafa y representó un engendro que, por mucha sensi­bi­lidad social (o incluso espiritual) que pro­cla­maban tener, irre­me­dia­ble­mente se revelaron siempre sien­­do de de­rechas. Nuestra concepción de la Pa­tria Espa­­­­ñola (y Euro­pea) es radicalmente contraria a las mismas ideas «na­cio­­­nales» de la de­re­cha (sea en su variante inte­gris­ta, popu­lista o libe­­ral-con­servadora; sea signifi­cán­do­se como es­pa­ñolista o con re­­sen­ti­mientos neofeudalistas anti­es­pa­ñoles). Adver­timos que, histórica­­mente, el ene­­migo más dañino para la Patria como la con­ce­bi­mos ha sido, justa­­mente, ese conjunto de ideas nacionalistas sos­tenidas por las derechas.

(I) España no es una esencia: es una realidad

España no tiene, ni ha tenido jamás, una sola identidad distinta de su ex­presión política y estatal manifestada en el complejo devenir histó­rico. Si exceptuamos la «identidad» del mundo occidental y glo­balizado que ha sumergido a todo el planeta, no hay más «iden­tidad» española que la política.

España ha contado siempre con varias identidades. Valorar esa riqueza y man­tener nuestra pluralidad de iden­ti­dades no es una cuestión coyun­tural, sino de­cisiva: la de considerar el valor fun­da­mental de las iden­ti­dades que son cons­ti­tutivas del conjunto español así como de cada parte del mismo. España es fruto de una con­jun­ción viva de pueblos que, a su vez, ha conformado también a esos mismos pueblos.

Resaltar sólo una identidad española y separarla del resto como la «verdadera Es­paña» ha constituido un ne­fas­to error histórico. Un error, por otra parte, carac­te­rístico de los nacionalismos. Éstos nunca se limi­tan a re­saltar una iden­tidad, sino que se dedican a negar la legitimidad de las otras pre­sentes en el mismo espacio, forzando la unificación de la identidad diferencial «elegida», e im­­po­niendo esa identidad «uni­ficada» (o «sin­te­­ti­zada») sobre las de­más iden­tidades a las que tratan de sepultar o ex­tirpar como «anómalas».

El proceso de los exclusivismos es siempre el mismo: primero aís­lan una iden­tidad (o una sola «memoria his­tórica»): aquella que subjetivamente resaltan como la «genuina» o la «más típica» del país, para pasar luego a des­pre­ciar o negar las de­más identi­dades (y ex­pre­siones históricas). Aunque esas identi­dades o ex­presiones sean también propias de ese pueblo (o de una parte del mismo) y ten­gan arraigo en el territorio, por cualquier moti­vo arbitrario les nie­­gan ese carácter . Como la parte «típica» elegida sigue conte­niendo «variedades» tra­ta­rán de eliminar esas dife­rencias para im­poner una sola ver­sión prototípica. Obtenida la unificación de la parte «más típica», condenan y tratan de erradicar los otros tipos de identidad, y de borrar de la historia nacional otras con­fi­gu­ra­cio­nes particulares surgidas en el seno de la nación, imponiendo a todo el te­rri­torio el prototipo nacional «úni­co y verdadero», ya que el «hecho diferencial» re­presenta la base de todo.

Por ello confirmamos que los exclusivismos (étnico, nacional, ra­cial, re­­ligioso, histo­ricista, etc.) atentan contra la identidad y la di­versidad de los pueblos de España, de la Unión Europea y del resto del planeta con tanta fuerza como la civi­lización cosmopolita y disolvente. Los ex­clusivismos («naturalistas» o histo­ricistas) re­pre­sentan perfecta­mente la otra punta de la tenaza del mismo pro­­ceso de disolución y homo­ge­nei­zación acelerada pro­movido por las ideologías «ambien­talistas» , iguali­tarias y mundialistas.

(II) España es una realización histórica

España no es ningún caso extraordinario. Como todas las demás na­cio­nes del mundo y, como la misma Europa, son fruto de pro­ce­sos histó­ricos donde han con­fluido pue­blos, identidades, fuerzas, ac­ciones hu­ma­nas y cir­cuns­tancias múltiples. Hay que insistir que España no con­siste en una realidad geográfica, ni étnica, ni lin­güís­­tica, ni racial limitada y permanente: España es esen­cial­mente una realidad y una rea­lización histórica. Ninguna nación ni grupo de naciones ha sido -ni podría serlo- el re­sultado de la es­pon­ta­nei­dad o expresión de una he­ren­cia natural o una identidad fija.

Porque ninguna nación, antigua o actual, grande o pequeña, ha sido in­de­­pen­diente de las acciones de los hom­bres, o se ha man­te­nido in­variable en el de­venir de la historia: creer o pre­ten­der tal cosa ha sido la gran falsificación de los nacionalismos, operen és­tos en el ámbito que operen (regional, estatal, sub­continental…)

Por tanto, siendo España una proyección formada por la historia, con una conti­nuidad donde se han manifestado diferencias de todo tipo que han marcado ese devenir histórico, no tiene mucha im­por­tancia esta­ble­cer si consti­tuye una sola nación o una conjunción de naciones distintas o similares entre sí. Como ningún pueblo o nación ha sido independiente de la historia, y todos han sido resultado de la acción de fuerzas y las uniones políticas que las han conformado como na­cio­nes, en principio no debe cau­sar perjuicio alguno acep­tar que España con­forma una nación o una con­junción de naciones.

Porque ninguna nación ha constituido el fin de una unión política, sino el medio y el soporte de esa unión (de igual forma que ningún terreno ha constituido el objeto del cultivo, sino el soporte de ese cultivo –o cultivos- para su desarrollo)

Por eso negamos radical­mente el concepto de nación como realidad dis­tinta y autó­noma de la historia y de los Estados. El estado es una rea­lidad superior y ante­rior a la nación. Han sido los Estados, los pro­yectos comunes, las empresas his­tóricas, los que han creado los marcos co­lectivos y han dado forma a las na­ciones: nunca ha sido ni podrá ser de otra manera. Las naciones han sido siem­pre creadas y formadas por la acción de fuerzas y unidades políticas y sociales en la historia. Han sido los Estados quienes han impreso en los pueblos una vo­luntad y una con­ciencia colectivas, y, en consecuencia, los que les han dado una exis­tencia efectiva. España, toda Europa y el res­to de las naciones del mun­do, no han sido excepciones a este hecho de uni­versal cumpli­miento.

(III) España tampoco es una línea única en la historia. Continuidad común sí. Continuidad unívoca no.
Contra la usurpación nacional-católica y su relevo occidentalista

Al igual que hemos afirmado que las naciones no son unidades prin­ci­pal­mente natu­rales (espontáneas o heredadas) ni realidades dis­tintas, o autónomas, de la acción histó­rica de las uniones políticas que las han creado y con­formado, también deci­mos que las uniones históricas que han confor­ma­do las naciones no han seguido una sola «tra­di­ción» ni han man­te­nido la misma tendencia unívoca a lo largo del tiempo.

Es posible hallar estados que hayan seguido desde su fundación una mis­ma ten­dencia (como también es posible encontrar terrenos don­de se cultivaba sólo una especie vegetal). Pero aún en esos po­cos casos, nada nos obliga, en absoluto, a pro­seguir con la misma línea.

Los procesos desarrollados en el interior de cualquier nación en el curso de los siglos tienen un carácter complejo, se resienten de fac­to­res e in­fluencias múl­tiples que en ocasiones se han armonizado, y otras, en cam­bio, han chocado o se han neutralizado re­cí­pro­ca­mente. Quien en una época determinada ha cons­ti­tuido la fuerza pre­do­­mi­nante puede haber pasado poste­rior­mente al estado la­ten­te, y vice­versa.

Sólo un simplista, anticuado y antinacional historicismo puede pre­ten­der re­ducir o asociar en exclusiva toda la historia de una nación a un de­sarrollo lineal. Es comple­ta­mente absurdo considerar una na­ción como un bloque único en el tiempo que no admite re­vi­sio­nes.

Una visión libre de prejuicios no sólo sabe reconocer, en la historia de cual­quier nación o conjunto de pueblos, posibilidades múltiples e in­cluso contra­puestas entre sí, que, en cierto modo, reflejan otras tantas «tradiciones» nacionales, sino que también se da cuenta de la im­por­tan­cia práctica que tal re­co­­nocimiento tiene para la acción en el pre­sente y en el futuro.

De la misma forma que reconocer una pluralidad de naciones no con­­lleva, de ningún modo, a tener que acep­tar la ruptura «es­pa­cial» de la nación política, reconocer que en España se han des­ple­ga­do fuerzas históricas diversas, e incluso antagónicas, no lleva, en absoluto, a negar la continuidad na­cional en el «tiempo».

Pero lo más decisivo para el Socialismo Patriótico es tomar con­ciencia del hecho que resumía así el colectivo «Patria»:

«Pero si existe una continuidad nacional y popular en España, han existido fuerzas y poderes históricamente que han impedido que la idea de Patria haya arraigado, del modo y manera más genuino a nuestro carácter y a nuestras ne­cesidades, entre las masas españolas»

Por ello expondremos en un próximo artículo un sintético resumen de la rea­li­dad histórica de España y una breve visión de la España actual.

(IV) Tres conclusiones por ahora

1) La Patria Española que defendemos rechaza tajantemente cual­quier rei­vin­di­cación de esencias na­cionales o metafísicas de España. No­sotros afirmamos que España es una rea­li­dad po­lítica, histórica y estatal.

Así pues, nada que ver con el nacional-catolicismo, los nacional-etnicis­mos (pa­ni­beristas o separatistas), o el nacional-occi­den­ta­lismo promovido sobre todo por el PP y su «Brunete Mediático».

2) Tajante rechazo de cualquier ensalzamiento «sin complejos» de la «gran nación» porque no hay motivos para ensalzarla (por lo pron­to mientras siga atra­pada en el capitalismo y estre­cha­mente ligada al criminal im­pe­ria­lismo anglo­americano) así como rechazo de cualquier «com­plejo» o reniego por el pasado. «Que el pasado no sea ni peso ni traba, sino afán de emular lo mejor». España es resultado de una his­toria, y existe dentro de una continuidad política y so­cial .

Así pues, nostalgias imperiales ninguna (por otra parte, el Im­pe­rio Es­pañol no existió hasta el siglo XVIII, y nosotros justificamos la Re­vo­­luciones de inde­pen­dencia de los países hispanoamericanos cuando Es­pa­ña dejó ser parte de un Imperio supranacional y se convirtió en «la metrópoli» -según la tendencia progresista de la época, por cierto-)

3) Que esa continuidad histórica no ha sido jamás unívoca, no ha te­nido un sólo sen­tido (algo que tampoco ha ocurrido, prác­ti­ca­men­te, en ningún sitio). Negamos pér­dida alguna de ningún «sentido español» «úni­co y verdadero» sim­plemente porque no ha exis­tido jamás tal sentido español «único y verdadero».

Así pues, tajante rechazo de esa historiografía mal llama­da «na­cio­nal» (ha­bría que llamarla usur­padora de lo nacional) que sostiene que cuan­do España perdió ese único y verdadero sentido particular entró «irre­­versi­ble­mente» en la de­ca­dencia. Insistimos: España no es una realidad esencial, es una realidad histórica sujeta a cambios, trans­for­maciones, éxitos, derrotas, anta­go­nismos y con­ver­gencias internas y externas

Orientaciones II: Nación y Patria

Sobre la realidad histórica de España

Como anunciábamos en el editorial anterior, exponemos un sin­té­tico re­sumen de la rea­li­dad histórica de España. Ha­bía­mos señalado que los procesos desarrollados en el interior de toda nación, en el curso de los siglos, tienen un carácter com­plejo, se re­sienten de factores e in­fluencias múl­tiples que, en oca­siones, se han armonizado, y otras, en cam­bio, han cho­cado o se han neutralizado recíprocamente. Quien ha consti­tuido la fuerza predominante en una época determi­na­da, puede haber pasado luego al estado latente, y vice­ver­sa. ­­­­­­­­­­­­

Habíamos denunciado que un simplista, anticuado y anti­na­cional histo­ricismo ha preten­dido re­ducir la historia de cada nación a un de­sarrollo lineal. Es completa­mente absurdo con­siderar una nación como un blo­que único en el tiempo que no admite re­vi­sio­nes. Una visión libre de prejuicios no sólo sabe reconocer, en la historia de cual­quier pueblo o conjunto de pueblos, posibilidades múltiples e in­cluso contra­puestas entre sí, que, en cierto modo, re­flejan otras tantas «tradiciones» na­cio­­nales, sino que también se da cuenta de la im­por­tan­cia práctica que tal re­co­nocimiento tiene para la acción para hoy y para mañana.­­­­

En tal sentido habíamos adelantado que lo más importante para el So­cialis­mo Patriótico era tomar con­ciencia de un hecho histórico que un grupo de camaradas resumió así: «Pero si existe una continuidad nacional y popular en España, ha existido históricamente fuerzas y poderes que han impedido que la idea de Patria haya arraigado entre las masas espa­ñolas, del modo y manera más genuino a nuestro carácter y a nuestras necesi­dades»­

I) Conclusiones de nuestro editorial anterior

1) Por una cuestión de principios, el Socialismo Patriótico re­chaza radicalmente cual­quier rei­vin­di­cación de esencias na­cio­nales o me­ta­físicas de España. No­so­tros afirmamos que España es una rea­li­dad po­lítica, histórica y estatal.

2) Por una cuestión de reconocimiento de «nuestras cir­cuns­tancias», el Socialis­mo Patrió­tico rechaza oportunamente cual­quier ensal­za­miento «sin complejos» de «esta gran na­ción» pues actualmente no hay motivos para alabarla, así como rechaza necesa­ria­mente cualquier «com­plejo de culpa» o reniego del pasado. «Que el pasado no sea ni peso ni traba, sino afán de emular lo mejor». España es resultado de una his­toria, y existe dentro de una continuidad política y so­cial.

3) El Socialismo Patriótico afirma que esa continuidad histó­rica de España jamás ha sido unívoca. No ha existido ninguna pérdida del «sen­tido español» «úni­co y verdadero» sim­ple­mente porque no ha existido jamás tal sentido «único y verda­dero». España no es una realidad esencial, es una realidad histórica sujeta a cam­bios, transformaciones, éxitos, derrotas, antagonismos y convergencias inter­nas y externas­­­­­­­­­

II) Resumen de la realidad histórica de España:

Decimos que España es una nación, o una conjunción de pueblos, que desde su constitu­ción hace cinco siglos, ha co­no­cido, como otras na­ciones, la acción de fuerzas y co­rrien­tes diver­sas. Durante una larga época las fuerzas que tenían el «pre­dominio general» fueron la Mo­­­nar­quía y la Iglesia al ser­vi­cio de una causa imperial y una causa de expansión y con­­tra­­ofensiva religiosa. España formaba parte de una re­unión de reinos encabezados por los Habs­burgos, que coexistían con oligarquías nobiliarias, clericales y patriciados locales que ges­tio­­naban el poder inmediato en territorios convertidos en cotos cerrados admi­nis­­­tra­tivos y socio-eco­­nómicos. En todos esos reinos, nobles y clé­ri­gos estaban libres de «pe­char» con los im­­puestos. En ciertos reinos las oli­garquías go­­za­ban de am­plios poderes juris­dic­cio­nales que llegaban incluso, en algu­nas zonas, a ser pena­les a costa del pueblo llano. En eso con­­sis­tían esas mitificadas «liber­tades y tradi­cio­nes nacionales res­­petadas» en «Las Españas de los Austrias». ­

Con el cambio de dinastía en 1700, España fue separada de otros reinos euro­peos y se im­puso como fuerza predominante el Poder real absolutista que acabó con buena parte de aque­llos poderes juris­dic­cionales y privilegios oligár­quicos. Las cas­tas nobiliarias y ecle­siás­ticas perdieron cuotas de poder direc­to local, a nivel «singular». Pero la Nobleza man­tuvo privi­legios económicos y adminis­tra­tivos a nivel «gene­ral», el Clero man­tuvo sus prerrogativas, y la fuerza pre­domi­nante en la España de los prime­ros Borbones, el Palacio absolutista, no dejó de con­si­derar los reinos como in­muebles de la Familia y tratar a los espa­ñoles como rebaños de los reyes, bienes objeto de com­pra­venta y per­muta.

La Guerra de Independencia de 1808 desató la emergencia de pode­rosas líneas con­tra­­pues­tas en España: frente al despo­tismo abso­lu­tista se levantaron el libera­lismo y el tradi­ciona­­lismo, que a su vez se en­­fren­­taron entre sí durante el si­glo XIX (con cuatro gue­rras civiles nada menos). Y para apla­car los cho­­­ques entre tradi­cio­nalistas y libe­rales, surgió in­me­dia­ta­mente otra «tradición española» -la «apa­­ci­­gua­dora»- que pone todo su empeño en anestesiar la conciencia de los españoles y fomentar la mediocridad, el conformismo y el apo­li­ti­cismo nacional. Es decir, basta un vistazo sin estereotipos para com­­prender rápida­­mente que España ha sido otro proceso histórico del planeta que tampoco ha sido una «unidad unidi­reccional en el tiempo».

En España, al despotismo monárquico le sucedió en 1833 la oli­gar­quía, que se convirtió en dueña in­dis­cutible del poder político, social y económico durante un siglo. Ese poder y la España derivada de ese poder fueron contes­ta­dos, primero por el tradicionalismo, y luego por el republicanismo, el socia­lismo sindicalista y el anarquismo, a los que podemos sumar el minoritario y contradictorio re­ge­ne­ra­cio­nismo. Re­cordamos que durante un siglo España fue una nación en vías de mo­der­nización marcada como la mayor parte de las naciones hispa­no­americanas: una nación sometida a los inte­reses y la vo­luntad de las fuerzas libe­rales -«mode­radas/ conservadoras» o «pro­gre­sis­tas»- y que el estado español fue el marco de esa nueva oli­gar­quía cen­­tra­l (y locales) de tipo burgués que nació con­fiscando tanto los bienes comu­­nales de los municipios como los bienes de las insti­tu­cio­nes que sos­te­nían la única asis­tencia social existente (la Igle­sia), y que ofreció las rique­zas de España a las in­versiones finan­cieras de Ingla­terra y Fran­cia.

Consideramos que una de las causas del fracaso de las re­be­liones del tradicio­na­lismo espa­ñol, mayo­­ri­tario en el pueblo durante dé­cadas, fue la cerrazón inte­lec­tual del bajo clero que lo sostenía, como tam­bién vemos que gran parte del alto clero ofreció, como la Mo­nar­quía, su manto protector a la oligar­quía. Re­cor­da­mos que en 1868 estalla una rebelión de signo dife­rente al carlista, que tras un corto rei­nado, de­sem­­bocó en una república parla­men­taria que con sus expe­ri­mentos dema­gó­gicos y ocurrencias utópicas su­mer­gió a la nación española en un enorme desorden.

El hartazgo provocado por aquel desorden favoreció la Res­tau­ración del poder de la oli­garquía, con sus par­tidos ya más «centrados». La España de la Restau­ra­ción tuvo la asisten­cia decisiva de la Mo­nar­quía y de la Iglesia, situación que se mantuvo hasta 1931, pese a varios in­tentos re­gene­ra­cio­nistas por parte de algu­nos gobiernos que no cua­ja­ron. No se puede esconder que la España de la II Repú­blica significó el apogeo del sectarismo pro­gre­sista español, equivalente al cerrilismo mostrado por la derecha monárquica y clerical nacio­nal, y que el fra­ca­so rotundo de aquella república desembocó en la con­frontación abierta entre las fuerzas con mayor empuje popular, fuerzas, todas ellas, que acabaron con una des­gra­ciada re­pú­blica que los propios republicanos dejaron de defender: por un lado se movilizaron las fuerzas re­vo­lu­cio­narias emergentes, socia­listas y anar­quis­tas princi­pal­­mente; y por el otro las dere­chas cató­licas con­tra­rre­vo­lu­cio­narias, auxiliados por los re­a­pa­recidos tradicionalistas (que ya se posiciona­ban como con­tra­rre­volucionarios ante la re­volu­ción liberal) y a los recién surgidos falan­gistas (tan con­tra­dictorios como el re­ge­ne­ra­cio­nismo).

Reconocemos sin ningún problema que todas estas fuerzas contaban con apoyos populares, fueron ente­­­ramente espa­ñolas, y luchaban por modelos o proyectos distintos para Es­paña, o mejor dicho: luchaban en contra de ideas de España y «tradiciones» adversarias que les pa­re­cían completamente odiosas. La in­mensa mayoría ni eran «correas de transmisión de las Internacionales Rojas», ni «ultra­mon­tanos del Vati­ca­no», ni «ci­­pa­­yos del Eje».

No podemos olvidar que el ganador de aquella con­fron­tación total fue un militar que impuso una dic­ta­du­ra férrea y que, sin entrar en más jui­cios sobre su manda­to, y sobre las cir­cuns­tancias y nece­si­dades que tu­vieron que cubrirse en una na­ción físicamente derruída y moral­mente aplastada, sí re­cor­damos que aquel ré­gimen identificó España con la adhesión in­que­bran­ta­ble a esa dictadura y con una visión uni­di­reccional de la historia de España. Todos los oposi­tores a la dic­tadura y los discrepantes de esa interpretación ses­gada de la historia nacio­­nal fueron asimilados artera y estúpida­­mente a la Anti-España, y tal asociación abu­siva generó en muchos espa­ñoles un rechazo indis­cri­minado e injusto, pero com­pren­­si­ble, a la mera idea de España.

Pues una vez más afirmamos sin concesiones que España entera es, y sólo puede ser, el marco común e irrenunciable de todos los españoles, y ninguna fuerza, política o so­cial, re­li­giosa o eco­nómica, na­cional o local, tiene legi­timidad para presentarse como la única Es­paña o la verdadera Es­paña. E igual que ocurre con España, ocurre con todas y cada una de sus regiones, comarcas o islas: abso­lu­ta­mente nadie tiene base ni legitimidad alguna para mos­trar­se como los re­pre­sentantes genuinos de una parte de España. ­­

A España, como a cualquier pueblo (español o no español) debe re­co­nocérsele su misma diversidad no sólo en el «es­pacio de los ­terri­to­rios», sino en el mucho más notable y bas­tante más interesante «espacio socio-político», no sólo por sus «hechos diferenciales» lo­ca­les, sino sobre todo por sus diferencias entre tipos de grupos y per­sonas, diferencias trans­versales mucho más reales que las pri­me­ras. Al mismo tiem­­po, a España, como a cual­quier pueblo, se le debe re­conocer no sólo ca­rac­te­rísticas dis­tin­tivas con otros pueblos, sino asi­mismo ca­rac­terísticas comunes con los otros, pues en el mundo y en la historia tampoco existen (ni pueden existir) com­partimentos es­tan­cos entre las naciones. No ha sido así ayer, y menos lo es hoy.

Pero a España no sólo se la puede comprender por la va­riedad de sus «espa­cios» pre­sentes, sino tam­bién por la diver­sidad de sus «tiem­pos» pasados. Todas las con­cepcio­nes e inter­pretaciones de Es­paña (o de cualquier región española) que las asocian nece­sa­ria­mente a una identidad indepen­diente de la historia o de la voluntad, a un desa­rrollo lineal en la historia, o a una forma siempre cerrada por dentro y siempre «separada» del exterior, no sólo son com­ple­tamente falsas sino que pro­vocan el separatismo territorial entre los pueblos y, aún peor si cabe, el separatismo interior en cada territorio. Es el se­pa­ra­tismo entre la «verdadera España» y los «hete­rodoxos» de la «anti-España», entre los «vascos de verdad» y los «vas­cos de pega», entre los «catalanes nor­ma­lizados» y los «cata­lanes anó­malos». Cual­quier sepa­ratismo (y nos da lo mismo que sea pre­sen­tado como «de­mo­crático» o «totali­ta­rio») im­plica el artifi­cioso anta­go­­nis­mo étnico, la ex­clusión y el unifor­mismo em­pobrecedor. Cual­quier separatismo aca­rrea el te­rror (de «alta» o «baja intensi­dad») el etno­cidio y la asi­mi­lación for­zosa.

Reconocer la realidad histórica compleja y contradictoria de España es lo que co­rres­pon­de a una visión com­­pleta, integral, a la vez unitaria y plural, del mundo. Nos llama mucho la aten­ción esas tribunas y sec­tores que presumen defender la uni­dad de España al tiempo que dicen defender la di­­ver­sidad de sus regiones en el «es­pa­cio territorial», pero siguen re­cha­zan­do fanáticamente, por ejemplo, la asunción de cual­quier «di­ver­­­sidad en el tiempo». Para el Socialismo Patriótico re­co­no­cer la «di­ver­sidad en los ­espa­cios» (terri­toriales y trans­­­ver­sa­les) como valor especial que contribuye a la riqueza de toda la na­ción y de cada región espa­­ñola (y a la riqueza de la misma es­pecie humana) nos lleva tam­bién a reconocer la «di­versidad en los tiempos». Por eso asu­mimos una historia na­cio­nal «donde el pasado no es peso ni traba sino afán de emular lo mejor». Como decíamos al principio, no sólo debe­mos apre­ciar en la histo­ria de cual­quier pue­blo (o conjunto de pueblos) cur­sos diferentes e in­cluso contra­puestos entre sí, que re­flejan otras tan­tas «tradiciones» nacio­nales, sino que nos hemos de dar cuenta de la enor­me importancia práctica que tal re­co­nocimiento tiene para la ac­ción en el pre­sente y en el futuro.­­­­­­­

Y si como insisten sobre todo las escuelas histó­ricas de la derecha (inte­grista, conser­va­dora o liberal) España entró en deca­den­cia en el pasado, ello fue precisamente, en un primer momento, res­pon­sabilidad de las castas recto­ras políticas y religiosas, que no quisieron, o no supieron, dar con los resortes nacio­nales de mo­vi­li­zación, ya que para ellos España era el patrimonio fami­liar-eclesiástico de tales castas. Y después ha sido debido a la oligarquía y el «Partido Único de la Bur­gue­sía», tanto en su ala Nacio­nal-Con­servadora como Socio-Progre­sista, que han abra­­zado y han impuesto «la más deni­grante con­cepción burguesa de la existencia».­­­­­­­­­­­

Y esto nos llevará a exponer, dentro de unos días, una breve visión de la España actual: la nacida con la II Restauración Borbónica.

Nación y Patria (y III)
Visión de la España actual:

La España actual nace de la restauración borbó­nica encabezada por el monarca designado por Fran­co y los «hombres del Rey» prove­nientes de la cú­pula del llamado «Movi­mien­to». La con­ver­gencia de estos diri­gen­tes del «anti­partido unifi­ca­do» del ré­gi­men franquista es­co­gidos por el Rey, con las di­rec­cio­nes de los partidos anti­fran­quistas de la iz­quier­da clásica y los nacionalismos señalados como «his­tó­ricos», sig­nificó la famosa «Tran­si­ción». La II Res­tau­ración de 1975 dio paso a una situación con cier­tos parecidos a la I Restaura­ción de 1875, que nos trajo en aquel momento un régi­men de monar­quía parlamenta­ria bajo el control político exclusivo de las oligarquías de dos partidos. En esta ocasión, la vida política también ha acaba­do por estar prota­goni­zada, a nivel nacional, por dos partidos que sólo res­ponden ante sí mismos, an­te los grupos económicos y mediá­ticos que los sus­tentan, y ante las interna­ciona­les que los cobijan. Pero con una significativa diferencia: junto a ese bipartidis­mo gene­ral, la mo­narquía parlamen­taria ha incluido esta vez un tercer elemento cons­tituyente: el frente de los partidos na­cio­nalistas «históricos».

Pero la II Restauración ha seguido también una mis­­ma línea de cam­bios sustanciales que ya se ini­cia­­ron con la dictadura de Franco -aun­que esto no quieran reconocerlo ni los detractores ni los, aún, simpa­ti­zantes de Franco- que ha homologado España con los países llama­dos de «su entorno», es decir, con el Occidente atlantista. Tal como declaró en plena II Gue­rra Mundial el ministro de asuntos exteriores de Franco: «España es un país americano».

España, pe­se a toda las lla­ma­­tivas verbenas «contestatarias» lan­za­das en su día por las izquier­das progre­sista, ecopacifista, co­munista o liber­­taria, se ha convertido, en efecto, en un país de masas cultural­mente americanizadas, y por el peso de la lógica, sumiso política­mente a las consignas e intereses de los poderes públicos y pri­vados de los EEUU. La España actual care­ce tanto de identidad cultural o moral propia como de entidad política soberana ante los EEUU, y esta situación no ha sido impuesta por la vio­len­cia militar, sino que ha sido dócilmente aceptada por las oligarquías polí­ti­cas, eco­nómicas y mediá­ticas españolas, que, otra vez, han entregado España a los unos amos del exterior, como ocurrió en el siglo XIX.

Y cuando decimos oligarquías españolas, incluimos por su­puesto a sus oligarquías re­gionales. Lo que han hecho -o han dejado de hacer- el Partido Po­pular y el PSOE, con la plena colaboración en esto de los nacionalistas, es intensificar tanto la apo­lo­gética his­­tó­rica de los EEUU como la propagación del modo de vida y muerte americano, pa­ra mejor beneficio de los centros financieros internacionales ampa­rados por los EEUU y para mayor provecho de su apabullante supre­macía política, militar e ideológica mundial. El Partido Popular porque abier­ta­mente ha enganchado España a la piratería plane­taria nortea­meri­cana. El PSOE porque ha fomen­tado la debilidad, la cobardía y el entre­guismo de los españoles ante cualquier presión exterior. Y los na­cio­nalistas neofeudalistas porque sus fobias y obsesiones parti­cu­laristas no provocan más que un mundo lleno de ena­nos egoís­tas y celosos de su om­bligo o «hecho diferen­cial», para conveniencia de los EEUU y los centros finan­cie­ros que pueden así so­meternos mejor, pues sus pretensiones diferen­ciales no son más que una gran estafa: están tan vendidos y rendi­dos a las multinacionales y al poder mediático nortea­mericano como el resto, si no más, y no se alejan un ápice de las consignas y modelos lanzados por los amos del mundo.

Por supuesto, nuestra nación, la española, pese a toda su deses­truc­turación y alienación, sigue exis­tien­do. Pero como siempre, sirviendo de soporte a unas fuerzas concretas que hemos de identificar. Y hoy por hoy estas fuerzas concretas que van mo­de­lando su identidad na­cional presente –y sus «identidades» re­gio­nales tan publicitadas– son las de la II Restau­ración borbónica.

Unas fuerzas, constitucionalistas o naciona­listas, al servicio de un proyecto económico político social ge­neral: la de homologación occi­den­tal; encargadas de una misión histó­rica: la definitiva con­versión de España en un apéndice (o en dieci­siete apén­dices) de los EEUU y del gran capital; y con una sola ‘Patria’: la España americanizada, con versión en castellano o en catalán, tanto da.

Y ese proyecto general de la España actual, esa misión histórica y esa «Patria» española americana no pueden ser, desde luego, los nuestros.

Extraído del Blog Orientaciones

 

 

 

01/04/2009

República nacional española. Municiones para la resistencia

República nacional española
“Como realidad política, España plantea una peculiaridad única en relación al resto de países de su entorno: el cuestionamiento permanente de su existencia nacional por una serie de partidos de ámbito regional, que aspiran a constituir sus propias estructuras estatales.

Quien se adentre en la lectura de esta colección de textos tendrá la oportunidad de comprobar que en España, durante los últimos años, se ha elaborado un discurso nacional irreverente y descarado; podrá percatarse del potencial arrollador que irradian estos escritos.

Con todo, no se equivocará quien llegue a comprender que su principal valor reside en ser materiales de un orden perteneciente a una nueva legitimidad. Pero nada se hace valer si no se presenta en sociedad como un desafío.

JUAN COLOMAR nació en Palma de Mallorca, cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Barcelona, ciudad en la que ejerció durante varios años como abogado, y actualmente trabaja en Valladolid como Técnico Superior de la Comunidad de Castilla y León.

En la década de los sesenta ingresó en el Front Obrer de Catalunya, rama catalana del Frente de Liberación Popular. Tras su expulsión toma parte en la reunión constitutiva de la Liga Comunista Revolucionaria, militando en las filas del trotskysmo hasta que se cuestiona el carácter científico de la ideología marxista. Colabora entonces con diversos grupos empeñados en la propagación de un europeismo alternativo al oficial.

En 1996 participa en la constitución del Partido Nacional Republicano, integrándose desde esa fecha en su dirección.”

República Nacional Española. Municiones para la resistencia
Autor: Juan Colomar
Prólogo de: Javier Al Shalal
Formato 15 x 21 ctm. 132 págs.
Cubierta impresa a color, plastificada con brillo.
Colección DisidenciaS
Ediciones Barbarroja
Madrid, 2008
I.S.B.N.: 978-8