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25/04/2012

Pero ¿qué es el nacionalismo?

por Carlos Caballero Jurado

En el paupérrimo panorama político-ideológico español no abundan los debates de altura. La política ha echado por la borda toda preocupación ideológica. Habiendo quedado reducido el debate político al cruce de acusaciones de corrupción, tan sólo queda un tema que dé pie a alguna reflexión teórica: el nacionalismo. Se habla del tema debido al creciente peso de los nacionalismos periféricos en la arena política. Pero un análisis del nacionalismo debe trascender la problemática concreta española de hoy en día.

Y creo que ha llegado la hora de realizar una crítica seria sobre el nacionalismo, tratando de establecer hasta qué punto esa ideología puede ser la base sobre la que construir un nuevo paradigma. No se me escapa el que, desde hace tiempo, criticar el nacionalismo se ha convertido en una auténtica moda intelectual. Presentado como un fenómeno absolutamente anti-progresista, tachado de fascista, se le echa la culpa de casi todo, desde los asesinatos de ETA —única amenaza que le resta a nuestra democracia, según parece— hasta las presentes guerras balcánicas, con su secuela de horrores. Por tanto, la critica puede parecer una capitulación ante las modas intelectuales, aún más, una capitulación ante el avance del mundialismo. En este caso, un artículo como el que sigue sería incoherente en las páginas de Hespérides, que apuestan claramente por el derecho a la diversidad cultural y luchan contra el avance del “pensamiento único”. Espero que la lectura de las líneas que siguen convenzan a mis críticos (que ojalá sean muchos) de que no me he sumado a las modas impuestas en los cenáculos intelectuales.

EL SIGLO DEL NACIONALISMO

El nacionalismo ha sido, desde mediados del siglo XIX, una de las ideologías claves, y sin conocerla es imposible entender los fenómenos históricos contemporáneos. Desde las Revoluciones de 1830 y 1848 (“la primavera de los pueblos”), pasando por las dos guerras mundiales, por el imperialismo y la descolonización, hasta el reciente derrumbe del “imperio soviético”, pocos hechos históricos modernos son explicables sin tener en cuenta el gran fenómeno ideológico que es el nacionalismo. El nacionalismo y el socialismo serán, sin duda, fenómenos de masas mucho más importantes que el liberalismo. Y el socialismo marxista ha sobrevivido más de lo que hubiera sido lógico esperar gracias a que se ha enfundado el traje del nacionalismo [1].

El nacionalismo no debe ser confundido jamás con la existencia de una “conciencia nacional”. La Historia nos enseña que, ya en la Edad Media, era habitual la existencia de esa “conciencia nacional”, sobre todo en aquellas circunstancias en las que coincidían en el mismo espacio o momento personas de diversas nacionalidades. Aunque en ese período histórico la mayor parte de las personas morían sin haber salido jamás de su aldea, había casos en que personas de diversos orígenes debían convivir; por ejemplo, los caballeros de las Ordenes Militares o los estudiantes de las Universidades; en estos casos era normal que se agruparan por “naciones”. Así, en las Universidades medievales, aunque los estudiantes recibían las clases conjuntamente, en una lengua transnacional como era el latín, después era frecuente que residieran en Colegios Mayores con carácter nacional. Pero el criterio de “nacionalidad” no era en absoluto determinante. A nadie le sorprendía la presencia de estudiantes irlandeses en Salamanca ni la de castellanos en Bolonia, y caballeros ingleses o húngaros eran aceptados sin ningún problema en la Orden Teutónica, pese a que el mismo nombre de ésta subrayara un carácter alemán. Los reyes podían y solían tener vasallos de varias nacionalidades; las universidades o los monasterios, es decir, los centros culturales de la época, eran “internacionales” y nada de extraño había en la presencia de un monje castellano en un monasterio en Italia, ya que las Ordenes Religiosas (grupos sociales de la mayor importancia entonces) eran absolutamente transnacionales. Los límites de las distintas monarquías no coincidían con fronteras étnicas, por otra parte bastante confusas. Los derechos dinásticos y/o de conquista eran los que delimitaban la extensión de los Estados, y dentro de ellos, las relaciones de vasallaje no se establecían sobre una base de identidad nacional entre señores y vasallos.

Sólo con la aparición de las monarquías autoritarias en Europa occidental, se empieza a pretender, vagamente, dar a los Estados una base nacional más o menos uniforme. La monarquía española de los Reyes Católicos fue quizás uno de los mejores ejemplos de esta evolución, aunque una afirmación de este tipo debería ser muy matizada [2]. Sin embargo, vale la pena recordar que el sucesor de esos Reyes, el emperador Carlos V, fue soberano simultáneamente no ya de castellanos y catalanes, sino también de italianos y de alemanes, de flamencos y de indios americanos, y jamás pretendió acabar con las diferencias nacionales entre sus súbditos. En sus Ejércitos, entre sus funcionarios, entre sus cortesanos, los había de las más dispares nacionalidades. Y a pesar de que Carlos V peleó toda su vida contra Francia, entre sus más destacados generales no faltó algún francés, como el Condestable de Borbón. Dicho de otra manera, bien entrada la Edad Moderna vemos que los Estados siguen sin pretender legitimarse sobre una base nacional: la legitimación teocrática y dinástica seguía siendo la base del ordenamiento político.

La llegada del despotismo ilustrado tampoco supuso un cambio definitivo. Repasemos por ejemplo la historia de algunos monarcas ilustrados. El célebre Federico III de Prusia jamás escribió ni una sola línea en alemán, sólo usaba el francés. Y Pedro el Grande germanizó hasta tal punto su Corte que para su capital eligió un nombre alemán, San Petersburgo, en vez de un nombre ruso. Sin embargo, el despotismo ilustrado, con su afán de centralismo y uniformización, mantuvo actitudes protonacionalistas significativas. Centrándonos en el caso de España cabe recordar, por ejemplo, que Felipe II vetó el proyecto de evangelizar a los indios americanos sólo en castellano, defendiendo el que se usaran sus lenguas; o que Felipe IV tradujo al castellano la “Historia de Italia” de Guiccardini para mostrar a sus súbditos italianos el amor por esa lengua; en el prólogo a su traducción el monarca decía entender las lenguas de la mayor parte de sus súbditos y se lamentaba expresamente de no haber sido capaz de aprender el vascuence ni las lenguas de sus súbditos americanos. En cambio, el ilustrado Carlos III dió órdenes expresas de que en adelante la evangelización de los indios americanos sólo se realizara en castellano, mientras que su padre Felipe V ya había abolido el catalán como lengua administrativa en el Principado…

Por tanto, ¿de la mano de que fenómenos históricos se produjo el triunfo del nacionalismo tal y como hoy lo conocemos?

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