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17/10/2009

Por qué la manifestación del 17-O no será la “manifa” del PP.

por Eduardo Arroyo.

No es un secreto para nadie que el aborto se disparó en España durante la era Aznar. Pero no solo eso impide que algunos quieran cargar, por interés a favor o en contra, la etiqueta pepera.

La manifestación de hoy en contra del aborto es algo que desborda con mucho el debate político. Algunos medios serviles con el poder –como por ejemplo Antena 3- han lanzado el eslogan propagandístico de que el debate del aborto “está politizado”. ¿Qué quieren decir con esto? Pues que los que han introducido en la arena pública la negativa a las decisiones psicopáticas de una ministra ignorante lo hacen por prejuicios “políticos”. Naturalmente, este argumento es utilizable en sentido contrario, y puede decirse que es el nivel intelectual ramplón de nuestras ministras –no hay más que ver los libros “favoritos” de Carme Chacón según manifiesta en La Razón– el que ha hecho posible una ley del aborto basada en los tópicos más ridículos de la izquierda.

Y es que históricamente, en España, desde las intervenciones pedestres de una Cristina Almeida –basadas en el gracejo populachero y ayunas de argumentos de calado- hasta la necia frivolidad de una niña de 30 años aupada a ministra por la estulticia de un presidente, jamás ha aportado el sector progresista un solo argumento al debate nuclear del aborto. Porque es que lo que aquí se debate es, como decía Julián Marías, si lo que se quita de la madre “es un qué o es un quién”. Solo una vez dirimida esta cuestión central puede pasarse al debate que plantea los pro-abortistas sobre si a la mujer se le niega o no un derecho. Jamás el progresismo ha entrado en este debate por la sencilla razón de que lo tiene perdido. Arrogantes en su ridícula ignorancia, se niegan a verse a sí mismos como los perpetradores del mayor genocidio que registra la historia y que, en este precios momento, el complejo abortivo-industrial está llevando a cabo en los cinco continentes.

Esto es una constante en toda la literatura al respecto. Si uno consulta el infame folleto de IPAS, la multinacional del aborto –una multinacional pagada por la Fundación Bill y Melinda Gates-, que gana millones vendiendo sistemas de succión para extraer “contenidos uterinos”, titulado “¿Embarazo sorpresa? ¡Infórmate! Es tu derecho”, no aborda en una sola ocasión el asunto de la naturaleza del ser abortado.

Por eso, la “politización” del debate sobre el aborto es un hecho real, pero no en el sentido del que dice la jauría de la corrección política, sino en este otro sentido, mucho más real y trascendente, de la información que se oculta a la opinión pública; es decir, esa reflexión rigurosamente racional que demuestra que con cada aborto se mata a un ser humano en el momento de su vida en que la indefensión es máxima. Solo un político, en el sentido más bajo del término, puede prescindir de forma tan descarada de esa información que no le interesa, a fin de deducir de unos hechos previamente filtrados aquellas conclusiones que sí le interesan. Gracias a esta “estrategia del calamar”, que consiste en arrojar al debate argumentos confusos, sesgados o, simplemente, en desviar los argumentos hacia otro sitio, la discusión sobre el aborto puede decirse que está “politizada”, pero mucho me temo que ello se debe a los defensores, y no a los detractores del aborto.

Sin embargo, como era de esperar, el progresismo está en su papel y despliega ante nosotros toneladas de nihilismo bajo la forma del estiércol mental que le caracteriza. Nada nuevo, como se ve. Desgraciadamente, hay algo mucho peor que lo que las Aídos y cía. están perpetrando en nombre de “los derechos de las mujeres”. Ese supremo pecado, ante el que a toda persona decente no le queda más que el vómito, es emplear esa misma “estrategia del calamar” –falacias, segundos argumentos y, en definitiva, ausencia de racionalidad- para, con los votos y las voluntades de aquellos que sí quieren extraer las conclusiones correctas, acabar conduciendo al mismo redil del progresismo nihilista a unos y a otros, a los que están a favor y a los que están en contra del aborto. Esta maniobra repugnante, intrínsecamente corrupta e hipócrita hasta abominar la desolación le corresponde, como ya habrán adivinado, a nuestro ínclito Partido Popular, particularización española de eso que en el mundo occidental se llaman “conservadores”. No es un secreto para nadie –las estadísticas del Ministerio de Sanidad son públicas- que es en la era Aznar cuando el aborto se dispara en España, por lo que a muchos nos cuesta comprender los aires de cínica beatitud con los que ciertos diputados “populares” concurren a congresos auténticamente conservadores, en los que la práctica totalidad del auditorio está en contra de las siniestras actividades del complejo abortivo-industrial.

Como me dijo una vez un político cuando critiqué el “chaquetazo” innoble de cierto personajillo de finales de los 80, “la soledad política es muy dura”. Y es cierto. Hay gente que no soporta que el teléfono deje de sonar, que no aguanta que el poder no cuente con ellos, que tengan que remitirse a su propios méritos en vez de a los fastuosos resultados obtenidos gracias al sortilegio de una lista electoral. En definitiva, no soportan la aspereza de una coherencia vital, aunque sea en soledad, que otorga algo mucho más importante que las prebendas y las consideraciones: el honor y la libertad.

Este arquetipo de político manipulador de sus electores, y provocador del vómito de la gente decente ha sido escenificado a la perfección en las declaraciones de María Dolores de Cospedal, que ha manifestado a la Europa Press (30/9/2009) que “el debate no es aborto sí o aborto no, porque ese debate ya se libró y ya se pactó” y el resultado fue una ley “que se llama de despenalización del aborto en determinados supuestos, supuestos que, por cierto, son muy amplios”. Por eso ella manifiesta que “no hacía falta” reabrir la polémica sobre el aborto, aunque “sí se podía hablar de que la ley como está planteada tenía que cumplirse de una manera rigurosa”. Al parecer, sigue diciendo Cospedal, “como [el del aborto] es un debate que mueve a la moral y la ética volvemos a hablar de eso que le gusta tanto al presidente del Gobierno y que es tan malo para nuestro país, que es el tema de las dos españas (…) Es lo mismo que la [Ley de] memoria histórica, el mismo tipo de debate que va a la moralidad y que trata otra vez de abrir a la sociedad española en dos”.

Es difícil incurrir en una confusión de conceptos mayor. En el tono melífuo de sus aires “centristas”, Cospedal se arroga a sí misma la etiqueta de la “moderación” para exponer y defender ideas fanáticamente radicales. Este argumento tiene la virtud de neutralizar cualquier debate que “mueva a la moral y a la ética” hasta el punto de excluir tanto a una como a otra para sustituirlas por el sucedáneo legalista. Es exactamente la misma estrategia intelectual que emplean todos los sinvergüenzas de nuestro país para empujarnos poco a poco al abismo. Desde los que viven de los contratos basura, la deslocalización y los despidos masivos, hasta los partidos políticos paraterroristas, los jueces egomaníacos o los políticos subnormales aupados a la dirección de la nación, todos ellos cumplen la ley, pero el resultado de hecho es que nuestro país es más pobre, nuestros trabajadores más miserables, los terroristas obtienen financiación pública y ciertos jueces dividen y enseñan el odio desde sus estrados. Aunque eso sí: todo muy legal.

A nadie en estos tiempos se le ocurre buscar sencillamente la verdad y anularse a sí mismo para servirla. Cospedal, como tantos otros, cree “entender de política” por moverse en la cloaca del poder de nuestra época e ignora, también como tantos otros, que en el fondo no tiene ni idea de lo que pasa. Como dijera Romano Guardini “cuando el hombre rechaza la verdad, enferma. Ese rechazo no se da ya cuando el hombre yerra, sino cuando abandona la verdad; no cuando miente, aunque lo haga profusamente, sino cuando considera que la verdad en sí misma no le obliga; no cuando engaña a otros, sino cuando dirige su vida a destruir la verdad. Entonces enferma espiritualmente”.

Por todo ello la manifestación de hoy no es –ni podría ser- una manifestación “del PP” –aunque éste acuda como los buitres a la carroña- sino de las fuerzas sanas de la nación, de esas bases populares sobre las que se puede construir un futuro sano. Será una voz mucho más allá de los partidos políticos al uso, una voz que en definitiva éstos se encargan muy mucho de silenciar.

Extraído de El Semanal Digital