Posts tagged ‘Italia’

19/02/2015

Contra el Islam en defensa de nuestra “identidad”: sí, pero ¿cuál?

QUIEN SOY

por Stefano Di Ludovico – Entre las ideas fuerza que Matteo Salvini presenta como esenciales para el nuevo curso de la Liga Norte continúa estando el “no a las mezquitas”, o el rechazo a la construcción de lugares de culto islámicos en nuestras ciudades. Decimos “continúa” porque si en otras áreas Salvini parece haber dado un giro importante e innovador a la política de su partido (véase, por ejemplo, a nivel interno, la atención a la dimensión nacional o, a nivel internacional, el apoyo a la Rusia de Putin), sobre tal punto no hubo novedades sustanciales respecto a las tradicionales posiciones anti islámicas propias del movimiento liguista, en el que el “tema de la inmigración” y la “cuestión islámica” siempre se han visto como las dos caras de la misma moneda.

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05/08/2014

Crimen (Israel) y castigo (Rusia)

pepe-escobar

por Pepe Escobar – Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era que te obligaran a participar, sino que era imposible evitarlo… Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar cabezas con un martillo, parecía recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica, convirtiéndolos –incluso contra su propia voluntad– en locos vociferantes y gesticuladores. (George Orwell, 1984)

Por lo tanto Obama, Merkel, Cameron, Hollande y el Primer Ministro italiano Matteo Renzi –llamémoslos los Fab Five [Fabulosos Cinco]– se comunican por videoconferencia para armarse de valor y “aumentar la presión” pidiendo un cese al fuego en Gaza. Más tarde, ese mismo día, Benjamín “Bibi” Netanyahu, presenta su respuesta, en lenguaje normal: insiste en lograr su versión de una Solución Final para Gaza. [1] Con o sin “presión”.

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12/01/2014

El tiempo de los sargentos y de los poetas. Gabriele D’Annunzio y los orígenes del fascismo

GABRIELE D'ANNUNZIO

por Adriano Erriguel – Hoy es difícil admitirlo, pero en sus inicios el fascismo italiano no hacía presagiar el rumbo funesto que terminaría tomando para la historia de Europa.

Surgido del caos como una oleada de juventud, el fascismo pertenecía a una época revolucionaria en la que, ante los viejos problemas, se vislumbraban nuevas soluciones. En su momento fundacional el fascismo italiano se presentaba como una actitud más que como una ideología, como una estética más que como una doctrina, como una ética más que como un dogma. Y fue el poeta, soldado y condottiero Gabriele D´Annunzio quien esbozó, de la manera más rotunda, ese fascismo posible que nunca pudo ser, y que terminó dando paso a un fascismo real que malogró sus promesas iniciales para embridarse, de la forma más obtusa, hacia el abismo.

Poeta laureado y héroe de guerra, exhibicionista y demagogo, megalómano e histrión, nacionalista y cosmopolita, místico y amoral, asceta y hedonista, drogadicto y erotómano, revolucionario y reaccionario, talento del eclecticismo, del reciclaje y del pastiche, genio precursor de la puesta en escena y de las relaciones públicas: D´Annunzio fue un postmoderno avant la lettre cuyas obsesiones se nos antojan asombrosamente contemporáneas. El incendio que contribuyó a provocar tardaría en extinguirse, pero después nada volvería a ser lo mismo. ¿Por qué rememorar, hoy en día, a este maldito?
Tal vez porque en una atmósfera monocorde de corrección política, de transgresiones amaestradas y de pensamiento desnatado figuras como la suya funcionan como contramodelo, y nos recuerdan que, después de todo, la imaginación, sí, puede llegar al poder.

Años incendiarios

Hubo una época de vitalidad incontenible que, sobrecargada de tensiones e ideas de alto voltaje, precisó de una guerra mundial para ventilar sus contradicciones. Los pocos años que median entre 1900 y 1914 conocieron un extraordinario incendio en el arte y en la literatura, en el pensamiento y en la ideología, que pronto se propagó a todo el mundo. Uno de los epicentros de ese incendio fue Italia – más en concreto el eje entre Florencia y Milán –, lugar donde prendió “el sueño de un futuro radiante que surgiría tras haber purificado el pasado y el presente por el hierro y por el fuego”.(1)

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20/12/2013

¿En marcha hacia Roma?… Los “forconi”. El pueblo italiano blande horcas

FORCONI MOVILIZACIONES ITALIA

por Laura Portolés – Los medios españoles no lo muestran [y de nuevo El Manifiesto ahí está… N. de la R.], pero las calles de todas las ciudades de Italia son, desde el pasado 9 de Diciembre, un hervidero de protestas y movilizaciones sociales de todo tipo. Responsable: el Colectivo 9 Diciembre, un movimiento trasversal que aglutina distintos grupos y protagoniza protestas espontáneas en pueblos y ciudades.

La base social de los ‘forconi’ –literalmente ‘los que portan horcas’- está compuesta principalmente por agricultores, productores, profesionales del transporte y pequeños empresarios de todo tipo, los más afectados por la crisis y por las políticas y reformas instigadas por la Unión Europea y el gobierno italiano, en una nación cada vez más sometida a los diktats financieros.

El denominador común de la protesta es el malestar social y el rechazo a la casta política y su desinterés por los problemas de los italianos, además de la bandera tricolor que preside todas las movilizaciones. La tasa de paro, los abusos de Equitalia –ente privado que se encarga de ejecutar las deudas de particulares y empresarios- y la situación económica general se han transformado en manifestaciones, cortes de carreteras y acciones de protesta que siguen expandiéndose por las calles italianas desde el pasado 9 de Diciembre.

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11/03/2013

Grillados

JUAN MANUEL DE PRADA

por Juan Manuel de Prada – En una época en que la democracia ha adquirido una expansión casi universal, nos tropezamos -¡oh sorpresa!- con que una descomunal amalgama de poder (que en su esencia es poder plutocrático y supranacional) gobierna despóticamente el destino de las naciones. Esta amalgama de poder, mientras duraron las vacas gordas, mantuvo a la llamada «voluntad popular» adormecida, halagada, emborrachada con un enjambre de «derechos» y «libertades» que satisfacían sus deseos egoístas, a la vez que anestesiaban la exigencia de bien común y de justicia. Y, paralelamente, esta amalgama de poder ha mantenido a la llamada «voluntad popular» entretenida en una demogresca constante, mediante la creación de sendos negociados de «izquierdas» y «derechas» que competían en prometer más «derechos» y «libertades», con el propósito de mantener al pueblo en un estado de irritación creciente, dividido en todas las cuestiones, incluso (o sobre todo) en aquellas que deberían estar al margen del rifirrafe ideológico. Pero ha bastado que llegasen las vacas flacas para que esta amalgama de poder mostrase su verdadero rostro: los negociados de «derechas» e «izquierdas», tan aparentemente discutidores en todo, se han limitado a ejecutar los designios que les dictaba la plutocracia internacional, a la vez que se han puesto de acuerdo en el mantenimiento de las estructuras que aseguran su dominio, desde el régimen electoral a la disciplina del euro, pasando por las ayudas a la banca o el sostenimiento de un régimen administrativo hipertrófico que garantiza la colocación a sus adeptos.

De repente surge un tipo como este Beppe Grillo, que logra aunar el descontento de gentes muy diversas, denunciando las artimañas de esta amalgama de poder, y enseguida la maquinaria propagandística del sistema, olvidando su división en negociados de «izquierda» y «derecha», se alía con rara unanimidad en su desprestigio. Resulta, en verdad, llamativo que una maquinaria propagandística que se nutre de la demogresca adopte una actitud tan cerradamente concorde en la execración de un tipo como este Grillo; señal inequívoca de que en su figura ha olfateado el peligro de una convulsión. Sobre este Grillo los corifeos del sistema han derramado todo tipo de vituperios y denuestos; pero los remoquetes que más han apedreado nuestras meninges son los de «populista» y «antipolítico». «Populista», se supone, por halagar los bajos instintos del pueblo indignado; pero en el halago de esos bajos instintos es, precisamente, en lo que hasta ahora ha fundado su dominio la amalgama de poder que Grillo denuncia, y en lo que sus negociados de «izquierda» y «derecha» se desenvolvían como peces en el agua. «Antipolítico» por denigrar las estructuras corruptas que sostienen a los partidos políticos: Grillo ha montado su movimiento sin subvenciones públicas, sin apoyo propagandístico de los medios controlados por la amalgama de poder; y cada candidato se ha pagado de su bolsillo su campaña electoral, o ha buscado a quienes se la sufraguen. «Antipolítico», también, por atreverse a poner en solfa los dogmas idolátricos de la amalgama de poder: partitocracia, disciplina del euro, etcétera.

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10/03/2013

¿Qué propone el partido de Grillo para Italia?

BEPPE GRILLO

El cómico Beppe Grillo ha cosechado un resultado extraordinario en las elecciones legislativas celebradas en Italia en las que se ha presentado con la bandera de la honradez y la antipolítica, lo que le ha valido un gran número de seguidores, que se han movilizado en la calle y en las redes sociales.

El Movimiento 5 Estrellas que encabeza Grillo aparece como una tercera vía, como un movimiento no apolítico, sino “antipolítico“, en el sentido de proponer un mensaje que le sitúa al margen, en contra y frente a la que se podría llamar “vieja política”, todo ello aderezado con notables cantidades de populismo, algo de euroescepticismo y una fiera inquina contra el euro.

El éxito del Movimiento, al que según los datos del escrutinio se le otorga alrededor del 25% de los votos, tanto en la Cámara de los Diputados como en el Senado, se ha reflejado en miles de mensajes de alegría en las redes sociales como twitter y facebook.

Un fenómeno “tsunami” el de Grillo que ya se perfiló peligroso para sus contrincantes cuando concentró como cierre de campaña a 70.000 personas en una tarde desapacible en la plaza de San Juan de Letrán de Roma, mientras que otros candidatos celebraban sus mítines en teatros y hoteles.

Grillo es el único político que ha recorrido Italia en una caravana electoral para explicar sus propuestas como la de devolver “los cien millones de euros que nos tendrían que dar de reembolso electoral si entramos en el Parlamento”.

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05/12/2010

La importancia de Rusia para Italia

por Daniele Scalea.

Fuente: “Eurasia. Rivista di studi geopolitici”, no. 2/2010, pp. 189-197

Diez siglos de indiferencia

En 1472 el Gran Príncipe Iván III de Moscú, futuro ‘gosudar’ (soberano) de toda Rusia, se casó con una princesa bizantina, Sofía (ya conocida como Zoe) de la dinastía de los Paleológos, sobrina de Costantino XI, último emperador romano de Oriente que había caído diecinueve años atrás, durante el asalto a Constantinopla por los turcos. En esta ocasión, Iván III no sólo adoptó el águila bicéfala bizantina y el ceremonial de corte imperial, sino también el título de zar (‘car’ según la transliteración actual) – es decir “césar”, herencia de los inicios imperiales de Roma que se transmitió en sucesión hasta el epílogo de 1453. No sorprende que en los mismos años se difundiera en Rusia la leyenda de la descendencia de los príncipes moscovitas de los emperadores romanos y la doctrina de la “Tercera Roma” – precisamente Moscú – como ciudad sucesora de la original y de la Segunda Roma bizantina.

Según la leyenda, Octaviano Augusto habría, en edad tardía, repartido el Imperio entre sus parientes (en la época en que tal historia fue concebida, era normal considerar al Estado como propiedad del soberano, por lo que tal concepción también se aplicaba en la época clásica) poniendo a uno de sus hermanos, de nombre Prus, como jefe de las riberas del río Vístula. De Prus descendería, después de catorce generaciones, Rúrik, el vikingo fundador de la dinastía Rúrika, a la cual pertenecía Iván III. La doctrina de la Tercera Roma, nacida en el siglo XV, encontraría una completa formulación sólo cinco años después de la muerte de Iván III el Grande, cuando en 1510 el abad Filofei escribió al zar Basílio III una carta que contenía la famósa frase: “ Dos Romas han caído, pero la tercera está en pie existiendo todavía y no habrá una cuarta”.

Pocos años después de su matrimonio con Sofía, Iván envió a Venecia a su propio agente, con el objeto de invitar a Moscú a algunos arquitectos y otros italianos ilustres. Entre aquellos que aceptaron estaban: Aristóteles Fieravanti, Aloisio da Milano, Marco Ruffo y Pietro Antonio Solario. Fieravanti construyó en pocos años la Catedral de la Anunciación. Ruffo, Solario y otros arquitectos italianos ayudaron a construir el Kremlin, edificando el Palacio de las Facetas y varias torres. Se trataba de una avanzada, porque el aporte italiano a la arquitectura rusa fue constante por siglos. Sobre ese tema existen excelentes monografías, aunque aquí nos limitaremos a citar algunos pocos ejemplos, como Bartolomeo Francesco Rastrelli (1700 – 1771), creador del Palacio de Invierno, del Instituto Smol’nyj en San Petersburgo y del Palacio de Carskoe Selo (hoy Pushkin), y Giacomo Quarenghi (1744 – 1817), a quien se debe el Teatro del Ermitage (San Petersburgo).

A pesar de estas importantes relaciones culturales –a decir verdad bastante unidireccionales- durante muchos siglos aquellas políticas no fueron significativas tampoco, con la excepción de las relaciones entre la Roma Papal y la Moscú ortodoxa, de un tenor principalmente religioso y no ciertamente idílico. El porqué de la ausencia de diálogo político entre Rusia e Italia durante un milenio se explica fácilmente.

Desde el siglo IX hasta el año mil la Rusia de Kiev es un Estado que sirve como conexión sobre la ruta fluvial norte-sur para unir el Báltico con el Mar Negro, y sin considerar el oeste. En el mismo periodo, el Reino de Italia de origen longobardo–carolingio está en plena crisis institucional, y también en el sur el dominio bizantino es muy débil y posibilita los intentos secesionistas: no hay espacio para mirar al extranjero, sino solamente por el temor a invasiones. Del siglo XIII a la época de Iván III los principados rusos se encuentran bajo el talón de la Horda de Oro de los mongoles y por lo tanto orientados hacia el este; en el mismo período en Italia el fracaso de los intentos hegemónicos imperiales lleva a una desintegración política, sobre todo en la región centro-norte del país: la política “externa” de los potentados italianos se dirige principalmente a las ciudades cercanas, como máximo a las ligas nacionales de los güelfos y gibelinos y a las potencias vecinas que puedan intervenir militarmente. Cuando Moscú se sustrae del control de los mongoles reunificando los territorios de la Rusia de Kiev, elevándose finalmente al rango de importante país europeo, en Italia la subida de Carlos VIII inaugura la edad oscura en la cual la península es campo de batalla y tierra de conquista para las grandes potencias extranjeras. En los mil años que van desde el nacimiento de la Rusia de Kiev hasta la época napoleónica, la historia de Rusia es la historia de una nación en ascenso y la de Italia la de una potencia en decadencia, pero tampoco Moscú en aquel período tiene la fuerza para proyectarse más allá del estrecho nivel regional. Así que, mientras Italia se concentra en las luchas intestinas, el Kremlin focaliza su atención en la reunificación rusa más allá de Ucrania y Bielorrusia expresando su voluntad de expansión sobre todo hacia al este, en la notable cabalgada siberiana de los Cosacos entre ‘500 y ‘600. En tales condiciones, las dos historias nacionales no pueden encontrarse, a lo más intercambiar las fugaces miradas culturales que someramente describimos anteriormente.

Italia descubre a Rusia

En la lucha contra la Francia de Napoleón Bonaparte, la Rusia de Alejandro I conquistó el rol de gran potencia europea. Italia no podía ignorar más su importancia, mientras que Moscú podía razonablemente dar poca importancia a nuestra débil y todavía dividida península: esta es la razón por la que Italia empezó a “descubrir” Rusia desde el principio del siglo XVIII, pero pasó mucho tiempo hasta que Rusia nos correspondiera con su atención. Como vamos a ver enseguida, se podría afirmar que Moscú, todavía en el periodo soviético, no había descubierto a Italia completamente.

Por casi un siglo, no fue muy agradable para los italianos este “descubrimiento”. Rusia, en virtud de su papel legitimista sancionado por la Santa Alianza, siempre fue hostil al proceso de reunificación italiana, aunque había opiniones favorables en su elite culta. Más de cincuenta mil italianos (mitad septentrionales y mitad meridionales) tuvieron parte en la grandiosa campaña napoleónica de Rusia, la mayoría de ellos fueron incluidos en el IV Cuerpo a las órdenes del Virrey e hijo adoptivo del Emperador Eugenio de Beauharnais. Estos cincuenta mil hombres sufrieron el trágico destino de casi toda la Grande Armée, pero no antes de haberse cubierto de gloria en Borodin.

En 1849 los rusos conspiraron para derrotar a los movimientos del ’48 invadiendo la Hungría de Kossuth; dado que los Habsburgos les ayudaron, favorecieron indirectamente su acción en Italia, aunque a decir verdad en la península, en el tiempo de la campaña de Hungría, la situación de la revolución ya era agonizante.

Pocos años después los habsburgos, dando una impresionante demostración de ingratitud, se alinearon contra los Romanov en la área balcánica. Este hecho habría podido convertir al Imperio Ruso en un posible aliado del Resurgimiento italiano, en virtud de la enemistad común hacia los austríacos, pero la lejanía geográfica, el aislamiento diplomático de Moscú y la escasa historia de relaciones diplomáticas entre los dos países, llevaron al Conde de Cavour a no tener en consideración esta hipótesis, prefiriendo volverse decididamente hacia Londres y París. En 1855, no obstante la opiníon contraria de la opinión pública y de su mismo Gabinete, el Conde de Cavour decidió responder de manera positiva a las peticiones de las dos potencias occidentales, enviando las divisiones de Piamonte a luchar en la guerra de Crimea contra Rusia, y por eso, a favor de Viena, la cual también estaba a favor de la intervención, aunque sólo desde un punto de vista diplomático. Aunque generalmente se describe la guerra de Crimea como una “obra diplomática” del Conde de Cavour -que tuvo como resultado el hecho de hacer de la cuestión italiana un problema de política internacional y ya no de orden público- el historiador británico Denis Mack Smith ha expresado sus dudas, afirmando que la decisión de la intervención fue forzada por Víctor Emanuel II y que en el Congreso de París “los resultados fueron decepcionantes”, tanto es así que el Conde de Cavour esperó “encontrar un aliado en la derrotada Rusia”.

En realidad, Italia siguió mirando a las potencias occidentales, incluso después de la Unidad -cuando nuestro país mostró su interés hacia la región Balcánica- Rusia se convirtió en un competidor político. El mismo acercamiento hacia Alemania tuvo su origen en la preocupación por el Dreikarserbund ruso –aleman –austríaco, potencialmente capaz de definir el destino de los Balcanes, dejando fuera a Italia, y el nacimiento de la Triple Alianza coincidió a grosso modo con la crisis del Pacto de los tres Emperadores. En pocas palabras, Italia entró en el sistema de la alianza austro – alemana en sustitución de Rusia.

Sólo al comienzo del novecientos Italia empezó a mirar a Rusia con ojos nuevos, ya no como una lejana amenaza, sino como una potencial amiga.

Rusia como contrapeso diplomático

La historia diplomática de Italia se compone de pesos y contrapesos, de aliados y “amigos”. Esto es comprensible en cuanto ha sido la última de las grandes potencias y es, desde 1943, sólo una potencia media. Roma siempre se ha vinculado a un poderoso aliado, bajo cuya égida pudiese conducir su propia política; al mismo tiempo, para no depender en demasía de su senior partner, ha intentado apoyarse en una segunda potencia, no aliada sino “amiga”, de manera que de la triangulación pudieran nacer inéditos espacios de autonomía.

El Resurgimiento se realizó bajo la protección del Segundo Imperio Francés, pero las autoridades piamontesas y los patriotas mantuvieron estrechos vínculos con Inglaterra. Sin este segundo punto de referencia la historia de Italia habría sido diferente.

Napoleón III promovió la expansión de la Corona saboyana en el norte de Italia contra los Habsburgos, pero en su plan estratégico habría sido un simple Estado satélite de Francia, al igual que los otros dos reinos italianos que surgirían en el Centro y en el Sur. Por el contrario, los ingleses que no tenían simpatía por los austríacos pero aún más temían el expansionismo de París, apoyaron de manera discreta pero decisiva la ulterior expansión saboyana hasta la creación de la unidad de Italia, que sería funcional para la contención de Francia en el Mediterráneo Occidental.

Después de 1871, con la caída del Segundo Imperio y la creación de una república anticlerical en Francia, Roma tuvo que abandonar su alianza con París intentando crear una alianza con Alemania, después de algunas dudas quizá excesivas. En un primer momento la diplomacia italiana esperaba elevar a Inglaterra al rol de aliado de referencia, pero quedó simplemente como una “amiga”, continuando además desarrollando aquel rol de contrapeso respecto al aliado oficial. La experiencia italiana de la Triple Alianza se podría comparar a una ola: la marea subió hasta su apogeo con la presidencia de Crispi, para romperse en los escollos de Adua y empezar a refluir otra vez.

Fue durante este periodo de reflujo, caracterizado por una diplomacia abierta, dinámica y parcialmente incoherente de Italia –que ahora se dividía entre los aliados austro–alemanes y los “amigos” franco–británicos – cuando Roma firmó los primeros acuerdos formales con Rusia.

Alrededor de 1907, rusos e ingleses llegaron a un acuerdo con respecto a las tensiones existentes en Asia (Persia, Afganistán etc). Dado que Moscú se convirtió en “amiga” de nuestros “amigos”, tambíen Roma intentó un acercamiento y se firmaron en primer lugar algunos acuerdos comerciales. En ocasión de la crisis bosnia de 1908, el ministro de Relaciones Exteriores Tittoni buscó forjar un verdadero entendimiento político austro–italo–ruso en la región balcánica, pero terminó frustrado sobre todo a causa de la concreta intervención de Berlín en ayuda de Austria, que convirtió a Viena particularmente arrogante y a Moscú decididamente reticente. En los años siguientes fue la misma Rusia quién tomó la iniciativa.

El 24 de octubre de 1909 el Zar visitó al Rey de Italia en Racconigi: aquí el ministro Aleksandr Isvolskij presentó a su homólogo Tittoni un boceto de acuerdo ya elaborado, y para resolver cualquier reticencia italiana a causa de la relación de Italia con la Triple Alianza, mostró también una copia del tratado de neutralidad austro–ruso de 1904, tratado que Viena no reveló a Italia dado que éste estaba dirigido directamente contra ella. También el Tratado de Racconigi se estipuló en secreto, incluyendo el compromiso entre Rusia e Italia de mantener el statu quo en los Balcanes, favoreciendo el desarrollo de Estados nacionales en lugar de la expansión imperial de sujetos externos a la región (es decir Austria–Hungría). Después del Tratado siguió inmediatamente otro acuerdo bilateral con Viena (Italia siguió utilizando la política de los “aliados” y de los “amigos”) que no se refería solamente al teatro balcánico: Roma consentía en apoyar los objetivos rusos en el estrecho del Bósforo y de los Dardanelos a cambio de que Rusia no se opusiera a la ocupación de Cirenaica y Trípoli. Según Sergio Romano “la promesa de Racconigi demostraba que Italia estaba dispuesta a aumentar el número de jugadores para reducir la hegemonía anglo–francesa” en el Mediterráneo. Por primera vez, Rusia tomaba parte en el juego de pesos y contrapesos de la diplomacia italiana.

Las grandes conflagraciones bélicas casi siempre representan algo negativo para las potencias militarmente en desventaja, y este es el caso de Italia durante toda su moderna historia unitaria. Con la explosión de la Gran Guerra, Roma se vio obligada a alinearse con una de las dos coaliciones en liza, y de forma previsible decidió apoyar a la que tenía mayor capacidad de hacerle daño. El hecho de estar con Rusia, en esta ocasión, fue algo accidental: Italia en realidad se había alineado con los franceses y los británicos. Por supuesto, el Imperio del Zar habría podido ser útil en la posguerra si no se hubiese adelantado de manera autónoma el destino de los tres grandes bandos derrotados, disgregados y maltratados por la agresiva y rapaz política de Versalles. Italia se encontró entonces sola y con tres aliados más fuertes: Francia, Inglaterra y Estados Unidos – y ningún “amigo” en quién apoyarse para equilibrar sus fuerzas. Sobre todo, porque tanto los franceses como los británicos no se mostraron dispuestos a concederle territorios o zonas de influencia, tanto en los Balcanes como en el Mediterráneo y en África, ya que podría aumentar su potencia de manera amenazante para ellos mismos. Wilson, por su parte, tenía una fuerte antipatía por la diplomacia italiana y fue un obstáculo adicional en lugar de una ayuda: después de él, Estados Unidos escogió el aislamiento político y Roma se quedó sola, Cenicienta entre las dos hermanastras malignas y mucho más fuertes que ella, bien dispuestas a mantenerla como junior partner de la tríada (en función de la contención de Alemania y el comunismo), pero decididas a mantener su posición así y nada más. De hecho, el reconocimiento de la URSS realizado oficialmente por Mussolini el 7 febrero de 1924 (fue de los primeros gobiernos europeos en hacerlo) se puede interpretar a la luz del esquema hasta aquí descrito. En ausencia de Alemania, a la Unión Soviética se la consideraba como el “amigo” capaz de servir de contrapeso frente a los aliados. Esto no duró mucho, en primer lugar a causa del titubeo de Mussolini para aliarse contra las “demoplutocracias occidentales”, y en segundo lugar, por el regreso a lo grande de Alemania a la escena internacional, convirtiéndose en el nuevo punto de referencia de su política internacional. Durante la Segunda Guerra Mundial, Mussolini envió por tercera vez – después de Napoleón y Cavour- soldados italianos para luchar contra Rusia; y como las dos veces anteriores, los italianos no seguían sus propios intereses geopolíticos, sino que se confiaban al aliado de referencia que decidía y conducía a la guerra. Es bien conocido que Hitler no consultó con Mussolini antes de desencadenar la “Operación Barbaroja”, que sí resultó decisiva para el destino de la guerra, pero no en el sentido que quería y confiaba el Führer.

Después de la derrota, antes de que la guerra terminara, estaba clara para todos la importancia que la Unión Soviética iba ganando en la política internacional, y aquella que potencialmente podía tener en la política externa italiana.

El Reino de Italia, durante el conflicto, estaba sometido a una Comisión de control anglo-americana. Renato Prunas, hábil secretario general del Ministerio de los Asuntos Exteriores (ministro de facto, siendo el titular del departamento de prisioneros alemanes), decidió con Badoglio aumentar su capacidad de negociación incluyendo también en la partida a la URSS: en el invierno de 1943 – 1944 condujo las negociaciones con Andrej Vyshinskij, que llevaron en marzo al inicio de relaciones diplomáticas regulares entre el Reino de Italia y la URSS. El problema es que en aquel tiempo Moscú todavía no había “descubierto” a Italia como elemento geopolítico funcional a su acción diplomática y, como veremos, este estado de cosas perduró en las décadas siguientes, perjudicando los intentos de acercamiento por parte de los italianos; a esto hay que añadir que, en todo caso, estando Italia en la zona de influencia occidental, los Soviéticos creían que no tendrían que utilizar su diplomacia, sino al partido comunista local. En esta ocasión el Kremlin, que con el acuerdo esperaba solamente lanzar un mensaje a los anglo– americanos, se comportó con extrema frialdad con Pietro Quaroni, embajador italiano en Moscú.

La diplomacia de Roma recibió un poco más tarde una segunda ducha de agua fría por parte de los Soviéticos. En la posguerra amplios sectores de la política y de la diplomacia italiana tenían fuerte dudas sobre la elección atlantista patrocinada por el Presidente del Consejo Alcides de Gasperi y de Carlo Sforza, su ministro de Asuntos Exteriores. En particular, Manlio Brosio, experto político liberal que al final de 1946 había sustituido a Quaroni como embajador en Moscú, seguía con su estrategia neutral esperando que Italia pudiese aprovecharse de esta nueva “política de peso determinante”: como una mujer hermosa que tiene en vilo a los pretendientes, obteniendo más atención y galanterías de su cortejadores, Roma habría debido mantener el equilibrio entre ambos bandos y aprovechar mientras tanto los frutos de esa posición privilegiada. En realidad, esta estrategia resultó impracticable porque los Soviéticos fueron los primeros en dar por descontado que Italia debería formar parte del área de influencia de Estados Unidos: por eso mostraron su desinterés por el proyecto de Brosio, decididos como estaban a aplicar en Italia una “diplomacia popular” a través del PCI. Brosio, puesto contra el muro de la indiferencia soviética, terminó convirtiéndose al atlantismo, hasta llegar a ser secretario general de la OTAN entre 1964 y 1971.

Sin embargo, la idea de instaurar relaciones amigables con la URSS para aprovechar cualquier contrapeso ante el intruso y potente aliado norteamericano, y obtener así inéditos espacios de acción autónoma (en particular en el Mediterráneo), tuvo una presencia constante en la clase dirigente italiana. Los que llevaron a cabo este proyecto fueron el ala de los llamados “neoatlantistas”, opuesta a la de los “atlantistas ortodoxos”. Al comienzo de 1956, el Presidente de la República Giovanni Gronchi planificó una serie de entrevistas con el embajador soviético Bogomolov, acerca de la posibilidad de encontrar una solución pacífica a la cuestión alemana, proponiendo la unión confederal de las dos Alemanias y su neutralidad durante veinte años. Los soviéticos se mostraban interesados, pero intervinieron los atlantistas Segni y Martino – respectivamente presidente del Gobierno y ministro de Exteriores – para bloquear, en esta como en muchas otras ocasiones, la diplomacia presidencial. Una solución como la propuesta por Gronchi obviamente disgustaba a Washington, que en 1954 había incluido a Alemania Occidental en la OTAN empezando su programa de rearme en función antisoviética (fue como respuesta a tal acto que, en 1955 se constituyó el Pacto de Varsovia).

En febrero de 1960, Gronchi fue de visita a Moscú con la esperanza de reanudar el diálogo acerca de la cuestión alemana y sobre las complejas relaciones entre los dos bloques, pero sorprendentemente, durante una recepción en la embajada, Nikita Krushcev lo provocó públicamente manifestando otra vez la poca consideración que los soviéticos tenían por la diplomacia italiana. Krushev, con falta de tacto, reprobó la conducta de los italianos por la “acción criminal” de diez años antes y comparó las conquistas científicas de la URSS (el Sputnik acababa de llegar a la luna) con el desempleo de nuestro “Estado burgués”. Mejor le fue al presidente del Gobierno Amintore Fanfani en agosto de 1961, cuando a su vez fue de visita a Moscú; sin embargo, el papel de Italia como posible mediador entre Estados Unidos y la URSS no fue reconocido por Krushev, de modo que – mientras Fanfani estaba de regreso a su país – la cuestión alemana se resolvió bruscamente con la creación del muro de Berlín. De hecho, desde Roma se renunció a buscar activamente la amistad de Moscú, concentrando sus expectativas de autonomía en el teatro del Mediterráneo y en lograr fueran aceptables para los EEUU, mostrando una fuerte fidelidad a Washington en la confrontación con la URSS.

El fin de la confrontación bipolar puso en tela de juicio la política exterior de Italia: sin un enemigo europeo de Estados Unidos, no hay posibilidad de valorizar su propio aporte a la alianza. La solución sólo pudo ser la que se utilizó en el pasado: tratar de equilibrar al aliado muy poderoso con un “amigo” de peso.

El renacimiento de la Federación Rusa desde la llegada al poder de Putin señala claramente el camino de la diplomacia italiana, más consciente del rol geopolítico de nuestro país. Las muy cordiales relaciones que el actual gobierno ha establecido con Moscú nos hacen esperar que se haya comprendido esta exigencia.

Rusia como proovedor de energia

No podemos dejar de señalar que la visita italiana que tuvo más éxito en la Rusia comunista, a despecho de Gronchi y Fanfani, fue la de Enrico Mattei. En noviembre de 1957 el dirigente del ENI firmó los primeros acuerdos con Moscú para la importación italiana del petróleo soviético, a cambio de equipos para la extracción y transporte del petróleo.

En los años 70, después de la brusca subida del precio del petróleo por parte de la OPEP, el gobierno italiano intentó contener el shock aumentando el uso del gas natural en el consumo de la energía de la nación. La URSS, junto con Libia y Argelia, se convirtió en el interlocutor privilegiado, y se reforzaron los acuerdos ya en vigor desde los tiempos de Mattei.

En la Unión Europea, Italia, con un consumo de energía bruto de 186,1 millones de toneladas de petróleo equivalentes (mtpe), está detrás de Alemania (349), Francia (273,1) y Gran Bretaña (229,5). En cuanto a las importaciones netas, Italia supera a los dos países occidentales con 164,6 mtpe y se acerca a Alemania (215,5). En la clasificación relativa a la dependencia de energía, o sea, a la relación entre importaciones y consumo bruto, Italia con un resultado de 86,8% supera a todos los grandes países europeos, como España (81,4%), Alemania (61,3%), Francia (51,4%) y Gran Bretaña (21,3%) encontrando delante de sí solo a pequeños países como Chipre, Malta, Luxemburgo (cuya dependencia es total) e Irlanda (90,9%). Es conocido también que la dependencia está aumentando: en 2004 era del 84,5%. Aunque Italia es el decimoquinto consumidor de energía en el mundo, es el noveno mayor importador de la misma. Petróleo y gas natural dominan el suministro de energía primaria en Italia, y en consecuencia, también el cuadro de sus importaciones (juntas suman el 85% del total): nuestro país es el séptimo mayor importador neto del mundo de petróleo y el cuarto de gas natural.

En este contexto, Rusia, el mayor proveedor de energía, se vuelve crucial en la geopolítica italiana. Roma tiene la necesidad de mantener cordiales relaciones de negocios con Moscú y de proteger las rutas de tránsito de los hidrocarburos rusos hacia nuestro país: en este sentido se explica la elección de ENI para cooperar completamente con Gazprom, en particular en la creación del gasoducto South Dream, que atraviesa la inestable Europa oriental. Este factor se suma a la necesidad de un contrapeso diplomático al señalar sin sombra de duda a Rusia como uno de los pilares necesarios de la política exterior italiana en el siglo XXI.

Daniele Scalea, redactor de “Eurasia”, es autor de “La sfida totale. Equilibri e strategie nel grande gioco delle potenze mondiali” (Fuoco, Roma 2010).

Fuente: “Eurasia. Rivista di studi geopolitici”

28/07/2010

LA GEOPOLÍTICA EN LA ITALIA REPUBLICANA

por Tiberio Graziani *

Un país con soberanía limitada

A pesar de su enviadiable posición geográfica y de los carácteres que constituyen su estructura morfológica, en la actualidad, Italia no posee una doctrina geopolítica.

Esto se debe principalmente a los tres siguientes aspectos: a) la afiliación de Italia en la esfera de influencia americana (el así llamado sistema occidental); b) la profunda crisis de la identidad nacional; c) la escasa cultura geopolítica de su clase dirigente.

El primer aspecto, además de limitar la soberanía del Estado italiano en múltiples ámbitos, desde el militar al de la política exterior, tanto para citar algunos de aquellos más relevantes bajo el apecto geopolítico, condiciona la política y la economía interna, la elección estratégica por lo que concierne el tema de la energía, investigación tecnológica y realización de grandes infraestructuras y, no por último, incluso llega a vincular las políticas nacionales de contraste a la criminalidad organizada. La Italia republicana, por causa de las notorias consecuencias del tratado de paz de 1947 y también en virtud de la ambigüedad ideológica de su dictamen constitucional, según el cual la soberanía pertenecería a una entidad socioeconómica y cultural, por otra parte variable y vagamente homogénea, el pueblo, y no a un sujeto político bien definido como es el Estado (1), ha seguido la regla áurea del “realismo colaboracionista o claudicador”, es decir, el de renunciar a la responsabilidad de dirigir el proprio destino (2). Semejante abdicación ubica a Italia en la condición de “subordinación pasiva” y ata sus elecciones estratégicas a “la buena voluntad del Estado subordinador” (3).

El segundo aspecto invalida uno de los factores necesarios para la definición de una doctrina política coherente. La crisis de la identidad italiana se debe a causas complejas que remontan a la fracasada combinación de las varias ideologías nacionales (la de inspiración católica, monárquica, liberal, socialista o laico-masónica) que han apoyado el proceso de unificación de Italia, la edificación del Estado unitario y, luego del paréntesis fascista, la realizaciٖón del actual orden republicano. Además, la crisis de la identidad nacional se debe también a la mal digerida experiencia fascista y al trauma de la derrota sufrida durante la guerra. La retórica romántica del Estado-Nación, el mito de la Nación y, sucesivamente, los de la Resistencia y de la “liberación”, seguramente no han ofrecido un buen servicio a los intereses de Italia, quien, después de ciento cincuenta años de su unificación, aún está en busca de su propia identidad nacional.

Finalmente, el tercer aspecto que por motivos históricos en parte se puede relacionar a los anteriores, no permite situar la cuestión de las directrices geopolíticas de Italia entre las prioridades de la agenda nacional.

No obstante, una especie de geopolítica – o bien una política exterior esencialmente basada en la colocación geográfica – correspondiente a los intereses nacionales y por lo tanto excéntrica con respecto a las indicaciones estadounidenses, exclusivamente dirigida para asegurarle a Washington la hegemonía en el Mediterráneo, se ha hallado siempre presente en las alternas vicisitudes de la República italiana. En particular, el interés de hombres del gobierno como Moro, Andreotti, Craxi, así como de importantes commis d’État como Mattei, orientado a los países de África del Norte y a los del Cercano y Medio Oriente, si bien limitado a las relaciones “de amistosa vecindad” y de “coprosperidad”, estaba decididamente acorde no sólo con la posición geográfica de Italia en el Mediterráneo, sino que también era funcional sea a una potencial, futura y deseable emancipación de la Italia democrática del amparo norteamericano, sea del papel regional que Roma habría podido ejercer también en el ámbito del rígido sistema bipolar. Tales iniciativas habrían podido constituir la base para definir las líneas estratégicas de lo que el argentino, Marcelo Gullo, ha denominado, en el ámbito del estudio de la construcción del poder de las naciones, “realismo liberacionista” para permitir a Italia transitar desde la “subordinación pasiva” a la “subordinación activa”, un estadio decisivo para conseguir algunos espacios de autonomía en la competición internacional.

El fracaso de la modesta política mediterránea de la Italia repubblicana hay que atribuirlo, además de las interferencias norteamericanas, también a la naturaleza ocasional con la cual ha sido ejercida y a la actitud contraria y obstativa de los grupos de presión internos más filoamericanos y prosionistas. Con la conclusión del bipolarismo y de la así llamada Primera república, las iniciativas arriba expuestas, orientadas a conseguir una aun limitada autonomía de la política exterior italiana, literalmente se han desvanecido.

Actualmente Italia, en calidad de país euromediterráneo subordinado a los intereses americanos, se halla en una situación muy delicada, puesto que además de sufrir, en cuanto miembro de la Unión Europea y de la OTAN, las tensiones entre Usa y Rusia presentes en Europa continental, particularmente en aquella centroriental (véase la cuestión polaca por lo que respecta la “seguridad”, o bien aquella energética), sufre sobre todo las repercusiones de las políticas cercano y mediorientales de Washington. Además, el sometimiento de Italia a los Estados Unidos que – vale la pena corroborarlo- se expresa a través de un evidente límite de la soberanía del Estado italiano, exalta los carácteres de fragilidad típicos de las áreas peninsulares (tensión entre la parte continental, aun limitada por lo que concierne Italia y aquella más específicamente peninsular e insular), aumenta los empujes centrífugos, hasta hacer dificultosa la gestión de la normal administración del Estado.

Ocupada militarmente por los Estados Unidos, – en el ámbito de la “alianza” atlántica- con más de cien bases (4), desprovista de recursos energéticos adecuados, económicamente frágil y socialmente instable por la continua erosión del ya agonizante “estado social”, Italia no posee niveles de libertad tales que le permitan valorizar su potencial geopolítico y geoestratégico en sus naturales directrices representadas por el Mediterráneo y por el área adriática-balcánica-danubiana, sino en el contexto de las estrategias de allende el atlántico con exclusivo beneficio para los intereses extranacionales y extracontinentales.

Las oportunidades que posee Italia para alcanzar un propio rol geopolítico resultan ser, por lo tanto, externas a la voluntad de Roma; éstas radican en la recaída que la actual evolución del escenario mundial – a esta altura multipolar- produce en la cuenca mediterránea y en el área continental europea. De hecho, los grandes trastornos geoplíticos en acto, principalmente determinados por Rusia podrían exaltar la función estratégica de Italia en el Mediterráneo precisamente en el ámbito del orden y de la consolidación del nuevo sistema multipolar  y de la potencial integración eurasiática.

De hecho, hay que tener presente que la estructuración de este nuevo sistema geopolítico multipolar pasa, por obvias razones, a través del proceso de desarticulación o de reorganización de aquel de tipo “occidental” bajo control norteamericano, a partir de sus periferias. Estas últimas están compuestas, considerando la masa euroafroasiática, por la península europea, por la cuenca mediterránea y por el arco insular japonés.

Rusia y Turquía: los dos polos geopolíticos

Las recientes transformaciones del cuadro geopolítico global han producido algunos factores que podrían facilitar la “desvinculación” de gran parte de los países que constituyen el llamado sistema occidental bajo tutela del “amigo americano”. Esto, potencialmente pondría a Roma en la posición de activar una propia doctrina geopolítica en coherencia con el nuevo contexto mundial.

Es notorio que la reafirmación de Rusia a nivel mundial y el protagonismo de China y de India han provocado un reajuste de las relaciones entre las mayores potencias y ha sentado las premisas para la constitución de un nuevo orden que excluye las relaciones de fuerza de carácter militar, y que se basa en unidades geopolíticas continentales de interés estratégico. Tales cambios también se registran en la parte meridional del hemisferio oriental, el que fue el patio trasero de los EE.UU, donde las relaciones de Brasil, Argentina y Venezuela con las potencias eurasiáticas arriba mencionadas han aportado nuevo impulso a las hipótesis de la unidad continental suramericana. Por lo que concierne el área mediterránea, el principal de estos nuevos factores geopolíticos está representado por la inversión de tendencia fijada por Ankara en sus últimas políticas cercano y mediorientales. La ruptura con Washington y Tel Aviv de parte de Ankara podría asumir, a corto plazo, un alcance geopolítico de largo alcance con el fin de constituir un espacio geopolítico eurasiático integrado, puesto que representa un primer acto concreto a través del cual se hace posible desencadenar el proceso de desarticulación (o de limitación) del sistema occidental a partir de la cuenca mediterranea.

Dadas las condiciones actuales, los polos geopolíticos – acerca de los cuales una Italia relamente intencionada a emanciparse de la tutela norteamericana debería hacer hincapié- están representados precisamente por Turquía y Rusia. Un alineamiento de Roma a las indicaciones turcas sobre el tema de política cercano oriental dotaría a Italia del necesario prestigio, pesadamente obcecado por sus avasalladoras relaciones con Washington, para imprimir un sentido geopolítico a la fatigada política de cooperación que desde hace años la Farnesina mantiene con el margen sur del Mediterráneo y el Cercano Oriente. Además, la pondría junto (y gracias a ello) al aliado turco, en la situación, si bien no de denuncia del pacto atlántico, por lo menos en aquella necesaria de renegociar el oneroso y humillante empeño en el seno de la Alianza, y, simultáneamente, para plantear la reconversión de las bases militares controladas por la OTAN en bases útiles para la seguridad del Mediterráneo. Italia y Turquía, junto a los demás países costeños del Mediterráneo, podrían en ese caso realizar un sistema de defensa integrado siguiendo el ejemplo de la Organización del Tratatdo de la Seguridad Colectiva (OTSC).

Para ejercer esta “exit strategy” del vínculo americano, sintéticamente esbozada en los párrafos anteriores, Roma encontraría un apoyo valedero, además de parte de Ankara, también de Tripoli, Damasco y Teheran y, lógicamente, de Moscú. Por otra parte esta última apoyaría con certeza a Roma en su salida de la órbita norteamericana, favoreciendo su natural proyección geopolítica en la directriz adriática-balcanica-danubiana en el marco, obviamente, de una alianza italo-turco-rusa edificada bajo intereses comunes en el así llamado Mediterráneo alargado (es decir, constituido por los mares Mediterráneo, Negro y Caspio).

* Eurasia. Rivista di Studi Geopolitici

direzione@eurasia-rivista.org

www.eurasia-rivista.org

(Trad. di V. Paglione)

Notas

  1. Por lo que concierne el estudio de la génesis del primer artículo de la Constitución y, en particular, el segundo apartado (La soberanía pertenece al pueblo, quien la ejerce en las formas y en los límites de la Constitución), y además por la falta de un artículo específico de la Constitución dedicado al Estado y a la soberanía, como lo deseaba Dossetti, véase Maurizio Fioravanti, Constitución y pueblo soberano, Il Mulino, Bologna, 2004, p.11 y pp. 91-98.
  2. Marcelo Gullo, La insubordinación fundante, Editorial Biblos, Buenos aires, 2008, pp. 26-27.
  3. Marcelo Gullo, ibid.
  4. Fabrizio Di Ernesto, Portaerei Italia. Sessant’anni di Nato nel nostro Paese, Fuoco Edizioni, Roma, 2009.

(Trad. di V. Paglione)