Posts tagged ‘Anti-sistema’

02/01/2014

Contribución a la teoría actual de la protesta radical

GEIDAR DZHEMAL

por Geidar Dzhemal – 30-12-2013 –  Geidar Dzhemal toma como punto de partida para su reflexión las tesis de A. Dugin acerca de la ”hegemonía” y la “contrahegemonía”.

El momento clave a la hora de analizar el liberalismo global para A. Dugin es la “libertad frente a…” Según él, este principio (el concepto de “liberty” – N. del T.) como una apisonadora pasa por encima de las comunidades e identidades que representan una manifestación del “totalitarismo”. En cuanto este “totalitarismo” es detectado, se queda sin argumentos frente a la “libertad”. Los últimos baluartes del “fascismo” que caerán, serán la “falta de libertad” frente al género fijo y la “falta de libertad” frente al estatus del ser humano…

Aquí es importante comprender una cosa: “libertad” (de la que habla Mill y cualquier pensador liberal) ¡no es una categoría metafísica! Se trata de una categoría social, más exactamente de un instrumento social que sirve para desmontar los núcleos de infidelidad frente a la sociedad, presentados como “fascismo/totalitarismo”. El nacional-patriotismo o, pongamos el “machismo”, o el racismo etc. no son más que sombras, reliquias, substitutos de lo “metafísico” (en el sentido de supraindividual), que por inercia aún siguen incorporados en la sociedad actual, y como tales se le oponen, le estorban. Todas estas lealtades hacia distintas identidades colectivas representan fragmentos de la “sociedad política”, definitivamente derrotada en 1945 (no se trata de la derrota del Reich, sino de algo más serio). Estas lealtades impiden al individuo ser definitiva y totalmente absorbido por la Sociedad Contemporánea Global ¡que sobre todo no es política!

¿Y cómo es? La Sociedad Contemporánea Global es el “Todo” autosuficiente, en la que el Ser desaparece, encarnado en la cosa social. El “CIELO” y la “TIERRA” metafísicos se convierten en tan solo dos aspectos derivados dentro de la “infinita” sociedad. Lo último que le queda por comerse es el hombre y es lo que está ocurriendo.

A diferencia de la Sociedad Contemporánea Global, la “sociedad política” del pasado ejercía como intermediario dentro del triángulo “cielo-tierra-hombre”, y en aquella sociedad el Ser, claro está, no podía ser social, sino que era antropológico, encarnado en el “faraón/césar”. Sin embargo, tanto en su calidad anterior antropológica, como en su calidad social actual el Ser (su proyección dentro del “espejo” de nuestro mundo) representa el poder en sí mismo, en su estado puro, sin diluir. El “Ser” en su definición ontológica platónica y el “Poder” son sinónimos.

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14/12/2013

El sistema se defiende…

ERNESTO MILÁ

por Ernesto Milá – Nuestra época es hija directa del nuevo equilibrio mundial de fuerzas generado en 1945 y en 1989 al concluir la Guerra Fría. Sin embargo, las fuerzas que en esos momentos eran hegemónicas e indiscutibles han perdido cohesión y hoy se encuentran en crisis. A partir de 1973, cuando concluyeron “los 30 años gloriosos”, las crisis cíclicas del capitalismo, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, los procesos inflacionarios, la primera crisis del petróleo, supusieron una primera etapa en la crisis. Era el período marcado por el capitalismo multinacional. Cuando cayó el Muro de Berlín y el capitalismo entró en su fase globalizadora se inició un viaje sin retorno a nivel mundial. Todo esto repercutió en la “calidad” de las democracias: la dominante de todo este largo proceso fue la preeminencia de la economía sobre la política, es decir, de los intereses de las oligarquías económicas sobre la soberanía y el poder político. Los partidos que en 1945 eran solamente la expresión de intereses de las distintas fuerzas económicas que actuaban en cada país, se orientaron en dos direcciones: partidos de centro-derecha, herederos de los antiguos partidos conservadores, y partidos de centro-izquierda, derivado de partidos socialdemócratas y socialistas. A medida que el capitalismo mundial se fue transformando, estos partidos fueron corrigiendo sus posiciones y acentuando cada vez más su carácter de dos caras de la misma moneda. Sin embargo, a partir de los años 80, el sistema de partidos políticos empezó a sufrir una rápida erosión y el agotamiento de las fórmulas que se venían utilizando desde 1945 impuso correcciones al sistema de fuerzas económico-político: el Sistema, en definitiva, se defiende. Y cuanto más agónica es su situación, esta defensa se convierte en más agresiva.

La erosión del sistema tiene varias vertientes. Algunas son inocuas en relación a la supervivencia del sistema y no implican riesgo: las bajas cotas de afiliación política y sindical, el desinterés de las masas por la política (generada por el propio sistema a partir de mediados de los años 70 mediante el aumento auspiciado por Brzezinsky del “entertaintment”), el aumento del abstencionismo electoral. Pero otras pueden ser consideradas como peligrosas: el voto de protesta, especialmente el voto a partidos y a gentes que presentan un modelo político-económico diferente e irreductible a los programas de los partidos “homologados” por el capital internacional.

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21/09/2013

No queremos terapias de grupo

NO QUEREMOS TERAPIAS DE GRUPO

por Emilio Santiago Muiño – ¿Por qué la mayoría social no puede expresarse como mayoría social?

Sin Dios cantaba, allá a principios de los 90, una canción que alimentó la rabia juvenil de toda una generación y cuyo estribillo repetía con fuerza  “no queremos paz sino la victoria”.

Tomo prestada la fórmula para reflexionar sobre uno de los mayores problemas internos que arrastran los proyectos anticapitalistas: la militancia actual se parece más a una terapia de grupo, o un club para sentirse parte de algo, que a un complot para ganar.

Por las horas echadas, los riesgos asumidos, las multas, la violencia de la represión o el esfuerzo infinito pareciera fuera de lugar sugerir que hacemos todo eso sin aspirar a ganar.

Seríamos francamente idiotas. Pero esto es exactamente lo que ocurre en muchos casos. Por cierto,  nadie está libre de pecado y todos giramos en este círculo vicioso. Y no se trata tanto de una responsabilidad personal, sino colectiva: sencillamente la cultura política revolucionaria de los últimos 30 años es una cultura obligada a sobrevivir bajo el peso de una grave derrota histórica. En este contexto, replegarse sobre uno mismo, y centrarse en el cuidado de los ritos de la propia tribu, ha sido un mecanismo de supervivencia necesario.

Esta derrota se ha enquistado retroalimentándose con dos fenómenos propios del capitalismo tardío.  El primero es que el consumismo ha dado su última vuelta de tuerca  creando nichos de identidades subjetivas. Así, y en medio de lo mediocremente igual, la obsesión que hace que la publicidad funcione es la promesa de ser distinto, de convertirse en alguien especial. Hoy el modo más perfecto de sentirse único es iniciarse dentro de grupos que tiene sus propios criterios de adscripción: hipsters, rapers, indies, moteros, surfistas… pero también hinchas del Barça o del Atleti, fans de la Hora Chanante o del cine coreano, lectores de ensayistas de prestigio o  seguidores de no sé qué vedette en una red social. La lista es infinita.

¿Sería muy chocante  incluir entre estos nichos de identidades a la actividad  revolucionaria?

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02/03/2012

Modernización sin occidentalización

por Alexander Dugin – El siguiente artículo, firmado por Alexander Dugin, ha sido publicado en el Número 0, de la segunda época de la revista argentina, intelectualmente disidente, DISENSO. Traducción: Tatiana Karataev.

La tercera posición.

En su famoso libro “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial” Samuel Huntington hace mención a la llamada “modernización sin occidentalización”, esto es la descripción de aquella actitud hacia los problemas del desarrollo socio-económico y tecnológico que afectan habitualmente a los denominados países del Tercer Mundo que sostienen la necesidad objetiva de desarrollar y perfeccionar sus instrumentos técnicos y los acuerdos políticos y económicos de sus sistemas sociales, mientras se niegan a seguir ciegamente al occidente atlantista y, por el contrario, tienden a poner los avances tecnológicos occidentales al servicio de sus valores nacionales.

Muchas de las élites “orientales” han recibido educación “occidental” regresando a su país de origen con una serie de importantes conocimientos técnicos y metodológicos que han aplicado para fortalecer el poder de sus propios sistemas nacionales. Así, en lugar de la esperada “convergencia” civilizatoria que sostienen los optimistas liberales, está en marcha el armado gubernamental de regímenes más bien “tradicionales” que tienen a su disposición las últimas tecnologías, lo que tiene por efecto la agudización de la confrontación (civilizatoria) por mantener a resguardo el control tecnológico o, por lo menos, por mantener una brecha técnica prudencial. Un ejemplo de este camino lo constituye el filósofo iraní Ali Shariati, importante teórico de la revolución islámica iraní. Doctorado por la Universidad de la Sorbona, Shariati se interesó por Heidegger y Guénon así como por algunos escritores neomarxistas. Convencido de la necesidad de una síntesis en clave revolucionario-conservadora entre los revolucionarios chiitas, el Islam místico, el socialismo y el existencialismo, supo atraer a gran parte de la juventud y de la élite intelectual iraní hacia la revolución. Este ejemplo es particularmente importante ya que estamos hablando de una revolución triunfante, que terminó en la victoria completa de un régimen anti-mundialista, anti-occidental y modernista reaccionario.

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15/09/2010

Instrucciones para una Huelga General.

“por Lupus

1) ¿Quién debe ir a la huelga?

Todos los trabajadores y trabajadoras, de cualquier tipo (incluidos becarios, parados, precarios, amas de casa, trabajadores autónomos, etc.) están convocados a la huelga general.

La ley permite que se informe o publicite la huelga. Para ello puede utilizarse cualquier medio, con la sola condición de que éste sea “pacífico”, antes y durante el desarrollo de la acción huelguística. Especialmente importante es la publicidad en los servicios públicos, donde el preaviso de huelga debe realizarse con 10 días de antelación, para que los usuarios tengan conocimiento.

2) ¿Cómo se ejercita el derecho de huelga?

Con la no asistencia al trabajo, sin ningún deber de comunicarlo al empresario/a, salvo en los sectores para los cuales se decreten mínimos, que deben ser cubiertos para no perjudicar a los usuarios (sanidad especialmente).

En estos casos se constituye el centro de trabajo un comité de huelga y, una vez presentadas a trabajar aquellas personas nominadas para los servicios mínimos (u otras de idéntica categoría), el resto de trabajadores/as puede irse. Se aconseja, no obstante, que se presenten en la puerta del centro de trabajo, para hacer el mayor ruido posible e inhibir a los/as esquiroles.

3) ¿Qué debemos hacer para que la Huelga sea un éxito?

Los huelguistas activos tenemos que empezar la huelga desde las 00:00 de la noche anterior. Se trata de parar servicios nocturnos como el transporte, medios de comunicación, etc. La huelga comienza formalmente en cada empresa en función de los turnos de trabajo: hay que parar los turnos de noche desde las 00:00, hasta los turnos de tarde de este día 29.

Las personas con interés en participar en el desarrollo de la huelga deben ponerse en contacto con la organización de alguno de los sindicatos convocantes y elegir en qué piquete se participa, por cercanía y apetencia, y a través de amigos o conocidos (ya que los piquetes no se publicitan y sólo los conocen los organizadores, para impedir que la policía espere a los huelguistas).

Por éste motivo, como hemos dicho, los sindicatos concentran a sus activos esa misma madrugada, impidiendo así el funcionamiento de servicios no esenciales como el transporte, los medios de comunicación… Estos son los piquetes “informativos” (que normalmente se distribuyen por ramos y/o territorios ya desde la noche anterior en las cocheras de autobuses, recogida de basuras, periódicos y cadenas de televisión). Es fundamental para la huelga que no funcionen ni el metro ni los autobuses (si se impide que se abra el metro a primera hora, por ejemplo, ya no se abre más tarde). Lo mismo sucede si abren las puertas pero hay muchísimos huelguistas concentrados: los usuarios no entran. Es fundamental que los piquetes hagan mucho ruido (pitos, cánticos, consignas…).

Son, por tanto, clásicos los piquetes en la madrugada del día de la huelga delante de las cocheras de metro, autobuses y trenes, así como en los principales medios de comunicación hostiles. Por ello, la policía llega antes que la gente, pero no acostumbra a intervenir, solo a intimidar con su presencia (a caballo en muchas ocasiones). De ahí la importancia de que los piquetes sean numerosos y tumultuosos.

Otros grupos de trabajadores irán desplazándose por las calles y polígonos al inicio de los turnos de trabajo o apertura de comercios, bancos….Generalmente hay concentraciones en el centro de la ciudad hacia el medio día y una gran manifestación por la tarde.

4) ¿Qué otras medidas de seguridad debemos tener en cuenta?

Dado que actualmente hay muchas cámaras de seguridad en calles y comercios, así como seguridad privada en el metro y los trenes, debemos insistir en que, como ya hemos dicho, es conveniente que los piquetes sean muy numerosos y organizados, para impedir detenciones. Los sindicatos y el resto de organizaciones convocantes pondrán a sus abogados a disposición de los huelguistas en todo momento.

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Probablemente, estas instrucciones sean superfluas y básicas para muchos. Pero también somos numerosos los trabajadores, precarios y parados jóvenes, no sindicados, que nunca hemos vivido una huelga general y carecemos de esa experiencia acumulada.

En síntesis, ese es el espíritu de nuestra campaña: no hay que lanzar sermones, sino trasladar prácticas, compartir acciones y, sencillamente, hacer cosas.

¡Viva la lucha de los trabajadores!

¡No a la Reforma Laboral de la patronal y el gobierno!

¡Todos a la Huelga General el 29-S!”

Extraído de: Red Tercera Vía

25/07/2009

Orientaciones

Hay extrañas ideas como que, por defender la Pa­tria Española y el So­cialismo, podríamos llegar a coincidir, más o menos, con el «Pa­trio­­tismo Constitucional» o incluso compartir algo del «Orgullo» por la «España Progresista». O, simplemente («por la parte que nos toca como patriotas») asumir, con un nuevo formato, los conceptos de Es­paña típicos manejados por cual­­quier va­riante de la «De­recha na­cional». Urge acabar con estas nefastas con­fu­sio­nes e ideas pre­­con­cebidas. Ve­mos la imperiosa ne­cesidad de aclarar, de una vez por to­das, lo siguiente:

1) El Socialismo Pa­trió­tico está lejos de ese inconsistente «Patriotismo Consti­tucional» tan es­grimido ahora como alternativa al «Patriotismo antide­mocrá­tico» de infausto re­cuerdo. Además, en la práctica, el «Pa­trio­tismo Consti­tucio­nal» es algo que casi nadie ha terminado por creer­se. Aun­que no tenga­mos reparo en reconocer, por ejemplo, algunas coin­ci­dencias bási­cas con el «Patrio­tismo Jaco­­bino» (el «eje del mal» para todos los na­cionalismos reac­cio­narios), hemos de recordar que éste poco tie­ne que ver con la actual «Es­paña cons­ti­tu­cional».

2) El Socialismo Pa­trió­tico es completamente ajeno al triunfalismo «nacio­na­lero» pro­gre­sista que celebra esta España «sacada de su aislamiento», «modelo mun­dial de leyes avanzadas» o «es­cenario de aconte­ci­mien­tos» de re­lumbrón. En efecto, Es­paña no se halla aislada, pues está in­­cardinada, como un contingente su­bal­terno más, en una Euro­pa políticamente incapaz, porque mantiene desde hace décadas una posición servil hacia el im­pe­rialismo americano, y porque la mentalidad ge­ne­ral del pueblo español es «angloamerica-dependiente». Las leyes de las que pre­sume la pro­pa­­ganda oficial no son otra cosa que sig­nos de de­cadencia in­terna, mudanzas de imagen «para estar a la última», golpes de distracción, con­fusión so­cial e im­postura «se­sen­ta­­yo­chista». Y casi todos los «acon­te­ci­mientos» en suelo español con alta re­per­cusión en el exterior son de natu­raleza cir­quense: la España que tanto se «re­nombra» y se «ex­pone» fuera es la «Es­paña de la Fiesta».

3) Y el Socialismo Pa­trió­tico no es otra re­edición de esa escuela am­bigua re­pre­sentada por quie­nes de­cla­ra­ban que «en lo social nos acer­camos a la izquierda, pero en lo na­cional nos posicionamos en la derecha». Eso fue una estafa y representó un engendro que, por mucha sensi­bi­lidad social (o incluso espiritual) que pro­cla­maban tener, irre­me­dia­ble­mente se revelaron siempre sien­­do de de­rechas. Nuestra concepción de la Pa­tria Espa­­­­ñola (y Euro­pea) es radicalmente contraria a las mismas ideas «na­cio­­­nales» de la de­re­cha (sea en su variante inte­gris­ta, popu­lista o libe­­ral-con­servadora; sea signifi­cán­do­se como es­pa­ñolista o con re­­sen­ti­mientos neofeudalistas anti­es­pa­ñoles). Adver­timos que, histórica­­mente, el ene­­migo más dañino para la Patria como la con­ce­bi­mos ha sido, justa­­mente, ese conjunto de ideas nacionalistas sos­tenidas por las derechas.

(I) España no es una esencia: es una realidad

España no tiene, ni ha tenido jamás, una sola identidad distinta de su ex­presión política y estatal manifestada en el complejo devenir histó­rico. Si exceptuamos la «identidad» del mundo occidental y glo­balizado que ha sumergido a todo el planeta, no hay más «iden­tidad» española que la política.

España ha contado siempre con varias identidades. Valorar esa riqueza y man­tener nuestra pluralidad de iden­ti­dades no es una cuestión coyun­tural, sino de­cisiva: la de considerar el valor fun­da­mental de las iden­ti­dades que son cons­ti­tutivas del conjunto español así como de cada parte del mismo. España es fruto de una con­jun­ción viva de pueblos que, a su vez, ha conformado también a esos mismos pueblos.

Resaltar sólo una identidad española y separarla del resto como la «verdadera Es­paña» ha constituido un ne­fas­to error histórico. Un error, por otra parte, carac­te­rístico de los nacionalismos. Éstos nunca se limi­tan a re­saltar una iden­tidad, sino que se dedican a negar la legitimidad de las otras pre­sentes en el mismo espacio, forzando la unificación de la identidad diferencial «elegida», e im­­po­niendo esa identidad «uni­ficada» (o «sin­te­­ti­zada») sobre las de­más iden­tidades a las que tratan de sepultar o ex­tirpar como «anómalas».

El proceso de los exclusivismos es siempre el mismo: primero aís­lan una iden­tidad (o una sola «memoria his­tórica»): aquella que subjetivamente resaltan como la «genuina» o la «más típica» del país, para pasar luego a des­pre­ciar o negar las de­más identi­dades (y ex­pre­siones históricas). Aunque esas identi­dades o ex­presiones sean también propias de ese pueblo (o de una parte del mismo) y ten­gan arraigo en el territorio, por cualquier moti­vo arbitrario les nie­­gan ese carácter . Como la parte «típica» elegida sigue conte­niendo «variedades» tra­ta­rán de eliminar esas dife­rencias para im­poner una sola ver­sión prototípica. Obtenida la unificación de la parte «más típica», condenan y tratan de erradicar los otros tipos de identidad, y de borrar de la historia nacional otras con­fi­gu­ra­cio­nes particulares surgidas en el seno de la nación, imponiendo a todo el te­rri­torio el prototipo nacional «úni­co y verdadero», ya que el «hecho diferencial» re­presenta la base de todo.

Por ello confirmamos que los exclusivismos (étnico, nacional, ra­cial, re­­ligioso, histo­ricista, etc.) atentan contra la identidad y la di­versidad de los pueblos de España, de la Unión Europea y del resto del planeta con tanta fuerza como la civi­lización cosmopolita y disolvente. Los ex­clusivismos («naturalistas» o histo­ricistas) re­pre­sentan perfecta­mente la otra punta de la tenaza del mismo pro­­ceso de disolución y homo­ge­nei­zación acelerada pro­movido por las ideologías «ambien­talistas» , iguali­tarias y mundialistas.

(II) España es una realización histórica

España no es ningún caso extraordinario. Como todas las demás na­cio­nes del mundo y, como la misma Europa, son fruto de pro­ce­sos histó­ricos donde han con­fluido pue­blos, identidades, fuerzas, ac­ciones hu­ma­nas y cir­cuns­tancias múltiples. Hay que insistir que España no con­siste en una realidad geográfica, ni étnica, ni lin­güís­­tica, ni racial limitada y permanente: España es esen­cial­mente una realidad y una rea­lización histórica. Ninguna nación ni grupo de naciones ha sido -ni podría serlo- el re­sultado de la es­pon­ta­nei­dad o expresión de una he­ren­cia natural o una identidad fija.

Porque ninguna nación, antigua o actual, grande o pequeña, ha sido in­de­­pen­diente de las acciones de los hom­bres, o se ha man­te­nido in­variable en el de­venir de la historia: creer o pre­ten­der tal cosa ha sido la gran falsificación de los nacionalismos, operen és­tos en el ámbito que operen (regional, estatal, sub­continental…)

Por tanto, siendo España una proyección formada por la historia, con una conti­nuidad donde se han manifestado diferencias de todo tipo que han marcado ese devenir histórico, no tiene mucha im­por­tancia esta­ble­cer si consti­tuye una sola nación o una conjunción de naciones distintas o similares entre sí. Como ningún pueblo o nación ha sido independiente de la historia, y todos han sido resultado de la acción de fuerzas y las uniones políticas que las han conformado como na­cio­nes, en principio no debe cau­sar perjuicio alguno acep­tar que España con­forma una nación o una con­junción de naciones.

Porque ninguna nación ha constituido el fin de una unión política, sino el medio y el soporte de esa unión (de igual forma que ningún terreno ha constituido el objeto del cultivo, sino el soporte de ese cultivo –o cultivos- para su desarrollo)

Por eso negamos radical­mente el concepto de nación como realidad dis­tinta y autó­noma de la historia y de los Estados. El estado es una rea­lidad superior y ante­rior a la nación. Han sido los Estados, los pro­yectos comunes, las empresas his­tóricas, los que han creado los marcos co­lectivos y han dado forma a las na­ciones: nunca ha sido ni podrá ser de otra manera. Las naciones han sido siem­pre creadas y formadas por la acción de fuerzas y unidades políticas y sociales en la historia. Han sido los Estados quienes han impreso en los pueblos una vo­luntad y una con­ciencia colectivas, y, en consecuencia, los que les han dado una exis­tencia efectiva. España, toda Europa y el res­to de las naciones del mun­do, no han sido excepciones a este hecho de uni­versal cumpli­miento.

(III) España tampoco es una línea única en la historia. Continuidad común sí. Continuidad unívoca no.
Contra la usurpación nacional-católica y su relevo occidentalista

Al igual que hemos afirmado que las naciones no son unidades prin­ci­pal­mente natu­rales (espontáneas o heredadas) ni realidades dis­tintas, o autónomas, de la acción histó­rica de las uniones políticas que las han creado y con­formado, también deci­mos que las uniones históricas que han confor­ma­do las naciones no han seguido una sola «tra­di­ción» ni han man­te­nido la misma tendencia unívoca a lo largo del tiempo.

Es posible hallar estados que hayan seguido desde su fundación una mis­ma ten­dencia (como también es posible encontrar terrenos don­de se cultivaba sólo una especie vegetal). Pero aún en esos po­cos casos, nada nos obliga, en absoluto, a pro­seguir con la misma línea.

Los procesos desarrollados en el interior de cualquier nación en el curso de los siglos tienen un carácter complejo, se resienten de fac­to­res e in­fluencias múl­tiples que en ocasiones se han armonizado, y otras, en cam­bio, han chocado o se han neutralizado re­cí­pro­ca­mente. Quien en una época determinada ha cons­ti­tuido la fuerza pre­do­­mi­nante puede haber pasado poste­rior­mente al estado la­ten­te, y vice­versa.

Sólo un simplista, anticuado y antinacional historicismo puede pre­ten­der re­ducir o asociar en exclusiva toda la historia de una nación a un de­sarrollo lineal. Es comple­ta­mente absurdo considerar una na­ción como un bloque único en el tiempo que no admite re­vi­sio­nes.

Una visión libre de prejuicios no sólo sabe reconocer, en la historia de cual­quier nación o conjunto de pueblos, posibilidades múltiples e in­cluso contra­puestas entre sí, que, en cierto modo, reflejan otras tantas «tradiciones» nacionales, sino que también se da cuenta de la im­por­tan­cia práctica que tal re­co­­nocimiento tiene para la acción en el pre­sente y en el futuro.

De la misma forma que reconocer una pluralidad de naciones no con­­lleva, de ningún modo, a tener que acep­tar la ruptura «es­pa­cial» de la nación política, reconocer que en España se han des­ple­ga­do fuerzas históricas diversas, e incluso antagónicas, no lleva, en absoluto, a negar la continuidad na­cional en el «tiempo».

Pero lo más decisivo para el Socialismo Patriótico es tomar con­ciencia del hecho que resumía así el colectivo «Patria»:

«Pero si existe una continuidad nacional y popular en España, han existido fuerzas y poderes históricamente que han impedido que la idea de Patria haya arraigado, del modo y manera más genuino a nuestro carácter y a nuestras ne­cesidades, entre las masas españolas»

Por ello expondremos en un próximo artículo un sintético resumen de la rea­li­dad histórica de España y una breve visión de la España actual.

(IV) Tres conclusiones por ahora

1) La Patria Española que defendemos rechaza tajantemente cual­quier rei­vin­di­cación de esencias na­cionales o metafísicas de España. No­sotros afirmamos que España es una rea­li­dad po­lítica, histórica y estatal.

Así pues, nada que ver con el nacional-catolicismo, los nacional-etnicis­mos (pa­ni­beristas o separatistas), o el nacional-occi­den­ta­lismo promovido sobre todo por el PP y su «Brunete Mediático».

2) Tajante rechazo de cualquier ensalzamiento «sin complejos» de la «gran nación» porque no hay motivos para ensalzarla (por lo pron­to mientras siga atra­pada en el capitalismo y estre­cha­mente ligada al criminal im­pe­ria­lismo anglo­americano) así como rechazo de cualquier «com­plejo» o reniego por el pasado. «Que el pasado no sea ni peso ni traba, sino afán de emular lo mejor». España es resultado de una his­toria, y existe dentro de una continuidad política y so­cial .

Así pues, nostalgias imperiales ninguna (por otra parte, el Im­pe­rio Es­pañol no existió hasta el siglo XVIII, y nosotros justificamos la Re­vo­­luciones de inde­pen­dencia de los países hispanoamericanos cuando Es­pa­ña dejó ser parte de un Imperio supranacional y se convirtió en «la metrópoli» -según la tendencia progresista de la época, por cierto-)

3) Que esa continuidad histórica no ha sido jamás unívoca, no ha te­nido un sólo sen­tido (algo que tampoco ha ocurrido, prác­ti­ca­men­te, en ningún sitio). Negamos pér­dida alguna de ningún «sentido español» «úni­co y verdadero» sim­plemente porque no ha exis­tido jamás tal sentido español «único y verdadero».

Así pues, tajante rechazo de esa historiografía mal llama­da «na­cio­nal» (ha­bría que llamarla usur­padora de lo nacional) que sostiene que cuan­do España perdió ese único y verdadero sentido particular entró «irre­­versi­ble­mente» en la de­ca­dencia. Insistimos: España no es una realidad esencial, es una realidad histórica sujeta a cambios, trans­for­maciones, éxitos, derrotas, anta­go­nismos y con­ver­gencias internas y externas

Orientaciones II: Nación y Patria

Sobre la realidad histórica de España

Como anunciábamos en el editorial anterior, exponemos un sin­té­tico re­sumen de la rea­li­dad histórica de España. Ha­bía­mos señalado que los procesos desarrollados en el interior de toda nación, en el curso de los siglos, tienen un carácter com­plejo, se re­sienten de factores e in­fluencias múl­tiples que, en oca­siones, se han armonizado, y otras, en cam­bio, han cho­cado o se han neutralizado recíprocamente. Quien ha consti­tuido la fuerza predominante en una época determi­na­da, puede haber pasado luego al estado latente, y vice­ver­sa. ­­­­­­­­­­­­

Habíamos denunciado que un simplista, anticuado y anti­na­cional histo­ricismo ha preten­dido re­ducir la historia de cada nación a un de­sarrollo lineal. Es completa­mente absurdo con­siderar una nación como un blo­que único en el tiempo que no admite re­vi­sio­nes. Una visión libre de prejuicios no sólo sabe reconocer, en la historia de cual­quier pueblo o conjunto de pueblos, posibilidades múltiples e in­cluso contra­puestas entre sí, que, en cierto modo, re­flejan otras tantas «tradiciones» na­cio­­nales, sino que también se da cuenta de la im­por­tan­cia práctica que tal re­co­nocimiento tiene para la acción para hoy y para mañana.­­­­

En tal sentido habíamos adelantado que lo más importante para el So­cialis­mo Patriótico era tomar con­ciencia de un hecho histórico que un grupo de camaradas resumió así: «Pero si existe una continuidad nacional y popular en España, ha existido históricamente fuerzas y poderes que han impedido que la idea de Patria haya arraigado entre las masas espa­ñolas, del modo y manera más genuino a nuestro carácter y a nuestras necesi­dades»­

I) Conclusiones de nuestro editorial anterior

1) Por una cuestión de principios, el Socialismo Patriótico re­chaza radicalmente cual­quier rei­vin­di­cación de esencias na­cio­nales o me­ta­físicas de España. No­so­tros afirmamos que España es una rea­li­dad po­lítica, histórica y estatal.

2) Por una cuestión de reconocimiento de «nuestras cir­cuns­tancias», el Socialis­mo Patrió­tico rechaza oportunamente cual­quier ensal­za­miento «sin complejos» de «esta gran na­ción» pues actualmente no hay motivos para alabarla, así como rechaza necesa­ria­mente cualquier «com­plejo de culpa» o reniego del pasado. «Que el pasado no sea ni peso ni traba, sino afán de emular lo mejor». España es resultado de una his­toria, y existe dentro de una continuidad política y so­cial.

3) El Socialismo Patriótico afirma que esa continuidad histó­rica de España jamás ha sido unívoca. No ha existido ninguna pérdida del «sen­tido español» «úni­co y verdadero» sim­ple­mente porque no ha existido jamás tal sentido «único y verda­dero». España no es una realidad esencial, es una realidad histórica sujeta a cam­bios, transformaciones, éxitos, derrotas, antagonismos y convergencias inter­nas y externas­­­­­­­­­

II) Resumen de la realidad histórica de España:

Decimos que España es una nación, o una conjunción de pueblos, que desde su constitu­ción hace cinco siglos, ha co­no­cido, como otras na­ciones, la acción de fuerzas y co­rrien­tes diver­sas. Durante una larga época las fuerzas que tenían el «pre­dominio general» fueron la Mo­­­nar­quía y la Iglesia al ser­vi­cio de una causa imperial y una causa de expansión y con­­tra­­ofensiva religiosa. España formaba parte de una re­unión de reinos encabezados por los Habs­burgos, que coexistían con oligarquías nobiliarias, clericales y patriciados locales que ges­tio­­naban el poder inmediato en territorios convertidos en cotos cerrados admi­nis­­­tra­tivos y socio-eco­­nómicos. En todos esos reinos, nobles y clé­ri­gos estaban libres de «pe­char» con los im­­puestos. En ciertos reinos las oli­garquías go­­za­ban de am­plios poderes juris­dic­cio­nales que llegaban incluso, en algu­nas zonas, a ser pena­les a costa del pueblo llano. En eso con­­sis­tían esas mitificadas «liber­tades y tradi­cio­nes nacionales res­­petadas» en «Las Españas de los Austrias». ­

Con el cambio de dinastía en 1700, España fue separada de otros reinos euro­peos y se im­puso como fuerza predominante el Poder real absolutista que acabó con buena parte de aque­llos poderes juris­dic­cionales y privilegios oligár­quicos. Las cas­tas nobiliarias y ecle­siás­ticas perdieron cuotas de poder direc­to local, a nivel «singular». Pero la Nobleza man­tuvo privi­legios económicos y adminis­tra­tivos a nivel «gene­ral», el Clero man­tuvo sus prerrogativas, y la fuerza pre­domi­nante en la España de los prime­ros Borbones, el Palacio absolutista, no dejó de con­si­derar los reinos como in­muebles de la Familia y tratar a los espa­ñoles como rebaños de los reyes, bienes objeto de com­pra­venta y per­muta.

La Guerra de Independencia de 1808 desató la emergencia de pode­rosas líneas con­tra­­pues­tas en España: frente al despo­tismo abso­lu­tista se levantaron el libera­lismo y el tradi­ciona­­lismo, que a su vez se en­­fren­­taron entre sí durante el si­glo XIX (con cuatro gue­rras civiles nada menos). Y para apla­car los cho­­­ques entre tradi­cio­nalistas y libe­rales, surgió in­me­dia­ta­mente otra «tradición española» -la «apa­­ci­­gua­dora»- que pone todo su empeño en anestesiar la conciencia de los españoles y fomentar la mediocridad, el conformismo y el apo­li­ti­cismo nacional. Es decir, basta un vistazo sin estereotipos para com­­prender rápida­­mente que España ha sido otro proceso histórico del planeta que tampoco ha sido una «unidad unidi­reccional en el tiempo».

En España, al despotismo monárquico le sucedió en 1833 la oli­gar­quía, que se convirtió en dueña in­dis­cutible del poder político, social y económico durante un siglo. Ese poder y la España derivada de ese poder fueron contes­ta­dos, primero por el tradicionalismo, y luego por el republicanismo, el socia­lismo sindicalista y el anarquismo, a los que podemos sumar el minoritario y contradictorio re­ge­ne­ra­cio­nismo. Re­cordamos que durante un siglo España fue una nación en vías de mo­der­nización marcada como la mayor parte de las naciones hispa­no­americanas: una nación sometida a los inte­reses y la vo­luntad de las fuerzas libe­rales -«mode­radas/ conservadoras» o «pro­gre­sis­tas»- y que el estado español fue el marco de esa nueva oli­gar­quía cen­­tra­l (y locales) de tipo burgués que nació con­fiscando tanto los bienes comu­­nales de los municipios como los bienes de las insti­tu­cio­nes que sos­te­nían la única asis­tencia social existente (la Igle­sia), y que ofreció las rique­zas de España a las in­versiones finan­cieras de Ingla­terra y Fran­cia.

Consideramos que una de las causas del fracaso de las re­be­liones del tradicio­na­lismo espa­ñol, mayo­­ri­tario en el pueblo durante dé­cadas, fue la cerrazón inte­lec­tual del bajo clero que lo sostenía, como tam­bién vemos que gran parte del alto clero ofreció, como la Mo­nar­quía, su manto protector a la oligar­quía. Re­cor­da­mos que en 1868 estalla una rebelión de signo dife­rente al carlista, que tras un corto rei­nado, de­sem­­bocó en una república parla­men­taria que con sus expe­ri­mentos dema­gó­gicos y ocurrencias utópicas su­mer­gió a la nación española en un enorme desorden.

El hartazgo provocado por aquel desorden favoreció la Res­tau­ración del poder de la oli­garquía, con sus par­tidos ya más «centrados». La España de la Restau­ra­ción tuvo la asisten­cia decisiva de la Mo­nar­quía y de la Iglesia, situación que se mantuvo hasta 1931, pese a varios in­tentos re­gene­ra­cio­nistas por parte de algu­nos gobiernos que no cua­ja­ron. No se puede esconder que la España de la II Repú­blica significó el apogeo del sectarismo pro­gre­sista español, equivalente al cerrilismo mostrado por la derecha monárquica y clerical nacio­nal, y que el fra­ca­so rotundo de aquella república desembocó en la con­frontación abierta entre las fuerzas con mayor empuje popular, fuerzas, todas ellas, que acabaron con una des­gra­ciada re­pú­blica que los propios republicanos dejaron de defender: por un lado se movilizaron las fuerzas re­vo­lu­cio­narias emergentes, socia­listas y anar­quis­tas princi­pal­­mente; y por el otro las dere­chas cató­licas con­tra­rre­vo­lu­cio­narias, auxiliados por los re­a­pa­recidos tradicionalistas (que ya se posiciona­ban como con­tra­rre­volucionarios ante la re­volu­ción liberal) y a los recién surgidos falan­gistas (tan con­tra­dictorios como el re­ge­ne­ra­cio­nismo).

Reconocemos sin ningún problema que todas estas fuerzas contaban con apoyos populares, fueron ente­­­ramente espa­ñolas, y luchaban por modelos o proyectos distintos para Es­paña, o mejor dicho: luchaban en contra de ideas de España y «tradiciones» adversarias que les pa­re­cían completamente odiosas. La in­mensa mayoría ni eran «correas de transmisión de las Internacionales Rojas», ni «ultra­mon­tanos del Vati­ca­no», ni «ci­­pa­­yos del Eje».

No podemos olvidar que el ganador de aquella con­fron­tación total fue un militar que impuso una dic­ta­du­ra férrea y que, sin entrar en más jui­cios sobre su manda­to, y sobre las cir­cuns­tancias y nece­si­dades que tu­vieron que cubrirse en una na­ción físicamente derruída y moral­mente aplastada, sí re­cor­damos que aquel ré­gimen identificó España con la adhesión in­que­bran­ta­ble a esa dictadura y con una visión uni­di­reccional de la historia de España. Todos los oposi­tores a la dic­tadura y los discrepantes de esa interpretación ses­gada de la historia nacio­­nal fueron asimilados artera y estúpida­­mente a la Anti-España, y tal asociación abu­siva generó en muchos espa­ñoles un rechazo indis­cri­minado e injusto, pero com­pren­­si­ble, a la mera idea de España.

Pues una vez más afirmamos sin concesiones que España entera es, y sólo puede ser, el marco común e irrenunciable de todos los españoles, y ninguna fuerza, política o so­cial, re­li­giosa o eco­nómica, na­cional o local, tiene legi­timidad para presentarse como la única Es­paña o la verdadera Es­paña. E igual que ocurre con España, ocurre con todas y cada una de sus regiones, comarcas o islas: abso­lu­ta­mente nadie tiene base ni legitimidad alguna para mos­trar­se como los re­pre­sentantes genuinos de una parte de España. ­­

A España, como a cualquier pueblo (español o no español) debe re­co­nocérsele su misma diversidad no sólo en el «es­pacio de los ­terri­to­rios», sino en el mucho más notable y bas­tante más interesante «espacio socio-político», no sólo por sus «hechos diferenciales» lo­ca­les, sino sobre todo por sus diferencias entre tipos de grupos y per­sonas, diferencias trans­versales mucho más reales que las pri­me­ras. Al mismo tiem­­po, a España, como a cual­quier pueblo, se le debe re­conocer no sólo ca­rac­te­rísticas dis­tin­tivas con otros pueblos, sino asi­mismo ca­rac­terísticas comunes con los otros, pues en el mundo y en la historia tampoco existen (ni pueden existir) com­partimentos es­tan­cos entre las naciones. No ha sido así ayer, y menos lo es hoy.

Pero a España no sólo se la puede comprender por la va­riedad de sus «espa­cios» pre­sentes, sino tam­bién por la diver­sidad de sus «tiem­pos» pasados. Todas las con­cepcio­nes e inter­pretaciones de Es­paña (o de cualquier región española) que las asocian nece­sa­ria­mente a una identidad indepen­diente de la historia o de la voluntad, a un desa­rrollo lineal en la historia, o a una forma siempre cerrada por dentro y siempre «separada» del exterior, no sólo son com­ple­tamente falsas sino que pro­vocan el separatismo territorial entre los pueblos y, aún peor si cabe, el separatismo interior en cada territorio. Es el se­pa­ra­tismo entre la «verdadera España» y los «hete­rodoxos» de la «anti-España», entre los «vascos de verdad» y los «vas­cos de pega», entre los «catalanes nor­ma­lizados» y los «cata­lanes anó­malos». Cual­quier sepa­ratismo (y nos da lo mismo que sea pre­sen­tado como «de­mo­crático» o «totali­ta­rio») im­plica el artifi­cioso anta­go­­nis­mo étnico, la ex­clusión y el unifor­mismo em­pobrecedor. Cual­quier separatismo aca­rrea el te­rror (de «alta» o «baja intensi­dad») el etno­cidio y la asi­mi­lación for­zosa.

Reconocer la realidad histórica compleja y contradictoria de España es lo que co­rres­pon­de a una visión com­­pleta, integral, a la vez unitaria y plural, del mundo. Nos llama mucho la aten­ción esas tribunas y sec­tores que presumen defender la uni­dad de España al tiempo que dicen defender la di­­ver­sidad de sus regiones en el «es­pa­cio territorial», pero siguen re­cha­zan­do fanáticamente, por ejemplo, la asunción de cual­quier «di­ver­­­sidad en el tiempo». Para el Socialismo Patriótico re­co­no­cer la «di­ver­sidad en los ­espa­cios» (terri­toriales y trans­­­ver­sa­les) como valor especial que contribuye a la riqueza de toda la na­ción y de cada región espa­­ñola (y a la riqueza de la misma es­pecie humana) nos lleva tam­bién a reconocer la «di­versidad en los tiempos». Por eso asu­mimos una historia na­cio­nal «donde el pasado no es peso ni traba sino afán de emular lo mejor». Como decíamos al principio, no sólo debe­mos apre­ciar en la histo­ria de cual­quier pue­blo (o conjunto de pueblos) cur­sos diferentes e in­cluso contra­puestos entre sí, que re­flejan otras tan­tas «tradiciones» nacio­nales, sino que nos hemos de dar cuenta de la enor­me importancia práctica que tal re­co­nocimiento tiene para la ac­ción en el pre­sente y en el futuro.­­­­­­­

Y si como insisten sobre todo las escuelas histó­ricas de la derecha (inte­grista, conser­va­dora o liberal) España entró en deca­den­cia en el pasado, ello fue precisamente, en un primer momento, res­pon­sabilidad de las castas recto­ras políticas y religiosas, que no quisieron, o no supieron, dar con los resortes nacio­nales de mo­vi­li­zación, ya que para ellos España era el patrimonio fami­liar-eclesiástico de tales castas. Y después ha sido debido a la oligarquía y el «Partido Único de la Bur­gue­sía», tanto en su ala Nacio­nal-Con­servadora como Socio-Progre­sista, que han abra­­zado y han impuesto «la más deni­grante con­cepción burguesa de la existencia».­­­­­­­­­­­

Y esto nos llevará a exponer, dentro de unos días, una breve visión de la España actual: la nacida con la II Restauración Borbónica.

Nación y Patria (y III)
Visión de la España actual:

La España actual nace de la restauración borbó­nica encabezada por el monarca designado por Fran­co y los «hombres del Rey» prove­nientes de la cú­pula del llamado «Movi­mien­to». La con­ver­gencia de estos diri­gen­tes del «anti­partido unifi­ca­do» del ré­gi­men franquista es­co­gidos por el Rey, con las di­rec­cio­nes de los partidos anti­fran­quistas de la iz­quier­da clásica y los nacionalismos señalados como «his­tó­ricos», sig­nificó la famosa «Tran­si­ción». La II Res­tau­ración de 1975 dio paso a una situación con cier­tos parecidos a la I Restaura­ción de 1875, que nos trajo en aquel momento un régi­men de monar­quía parlamenta­ria bajo el control político exclusivo de las oligarquías de dos partidos. En esta ocasión, la vida política también ha acaba­do por estar prota­goni­zada, a nivel nacional, por dos partidos que sólo res­ponden ante sí mismos, an­te los grupos económicos y mediá­ticos que los sus­tentan, y ante las interna­ciona­les que los cobijan. Pero con una significativa diferencia: junto a ese bipartidis­mo gene­ral, la mo­narquía parlamen­taria ha incluido esta vez un tercer elemento cons­tituyente: el frente de los partidos na­cio­nalistas «históricos».

Pero la II Restauración ha seguido también una mis­­ma línea de cam­bios sustanciales que ya se ini­cia­­ron con la dictadura de Franco -aun­que esto no quieran reconocerlo ni los detractores ni los, aún, simpa­ti­zantes de Franco- que ha homologado España con los países llama­dos de «su entorno», es decir, con el Occidente atlantista. Tal como declaró en plena II Gue­rra Mundial el ministro de asuntos exteriores de Franco: «España es un país americano».

España, pe­se a toda las lla­ma­­tivas verbenas «contestatarias» lan­za­das en su día por las izquier­das progre­sista, ecopacifista, co­munista o liber­­taria, se ha convertido, en efecto, en un país de masas cultural­mente americanizadas, y por el peso de la lógica, sumiso política­mente a las consignas e intereses de los poderes públicos y pri­vados de los EEUU. La España actual care­ce tanto de identidad cultural o moral propia como de entidad política soberana ante los EEUU, y esta situación no ha sido impuesta por la vio­len­cia militar, sino que ha sido dócilmente aceptada por las oligarquías polí­ti­cas, eco­nómicas y mediá­ticas españolas, que, otra vez, han entregado España a los unos amos del exterior, como ocurrió en el siglo XIX.

Y cuando decimos oligarquías españolas, incluimos por su­puesto a sus oligarquías re­gionales. Lo que han hecho -o han dejado de hacer- el Partido Po­pular y el PSOE, con la plena colaboración en esto de los nacionalistas, es intensificar tanto la apo­lo­gética his­­tó­rica de los EEUU como la propagación del modo de vida y muerte americano, pa­ra mejor beneficio de los centros financieros internacionales ampa­rados por los EEUU y para mayor provecho de su apabullante supre­macía política, militar e ideológica mundial. El Partido Popular porque abier­ta­mente ha enganchado España a la piratería plane­taria nortea­meri­cana. El PSOE porque ha fomen­tado la debilidad, la cobardía y el entre­guismo de los españoles ante cualquier presión exterior. Y los na­cio­nalistas neofeudalistas porque sus fobias y obsesiones parti­cu­laristas no provocan más que un mundo lleno de ena­nos egoís­tas y celosos de su om­bligo o «hecho diferen­cial», para conveniencia de los EEUU y los centros finan­cie­ros que pueden así so­meternos mejor, pues sus pretensiones diferen­ciales no son más que una gran estafa: están tan vendidos y rendi­dos a las multinacionales y al poder mediático nortea­mericano como el resto, si no más, y no se alejan un ápice de las consignas y modelos lanzados por los amos del mundo.

Por supuesto, nuestra nación, la española, pese a toda su deses­truc­turación y alienación, sigue exis­tien­do. Pero como siempre, sirviendo de soporte a unas fuerzas concretas que hemos de identificar. Y hoy por hoy estas fuerzas concretas que van mo­de­lando su identidad na­cional presente –y sus «identidades» re­gio­nales tan publicitadas– son las de la II Restau­ración borbónica.

Unas fuerzas, constitucionalistas o naciona­listas, al servicio de un proyecto económico político social ge­neral: la de homologación occi­den­tal; encargadas de una misión histó­rica: la definitiva con­versión de España en un apéndice (o en dieci­siete apén­dices) de los EEUU y del gran capital; y con una sola ‘Patria’: la España americanizada, con versión en castellano o en catalán, tanto da.

Y ese proyecto general de la España actual, esa misión histórica y esa «Patria» española americana no pueden ser, desde luego, los nuestros.

Extraído del Blog Orientaciones

 

 

 

01/04/2009

República nacional española. Municiones para la resistencia

República nacional española
“Como realidad política, España plantea una peculiaridad única en relación al resto de países de su entorno: el cuestionamiento permanente de su existencia nacional por una serie de partidos de ámbito regional, que aspiran a constituir sus propias estructuras estatales.

Quien se adentre en la lectura de esta colección de textos tendrá la oportunidad de comprobar que en España, durante los últimos años, se ha elaborado un discurso nacional irreverente y descarado; podrá percatarse del potencial arrollador que irradian estos escritos.

Con todo, no se equivocará quien llegue a comprender que su principal valor reside en ser materiales de un orden perteneciente a una nueva legitimidad. Pero nada se hace valer si no se presenta en sociedad como un desafío.

JUAN COLOMAR nació en Palma de Mallorca, cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Barcelona, ciudad en la que ejerció durante varios años como abogado, y actualmente trabaja en Valladolid como Técnico Superior de la Comunidad de Castilla y León.

En la década de los sesenta ingresó en el Front Obrer de Catalunya, rama catalana del Frente de Liberación Popular. Tras su expulsión toma parte en la reunión constitutiva de la Liga Comunista Revolucionaria, militando en las filas del trotskysmo hasta que se cuestiona el carácter científico de la ideología marxista. Colabora entonces con diversos grupos empeñados en la propagación de un europeismo alternativo al oficial.

En 1996 participa en la constitución del Partido Nacional Republicano, integrándose desde esa fecha en su dirección.”

República Nacional Española. Municiones para la resistencia
Autor: Juan Colomar
Prólogo de: Javier Al Shalal
Formato 15 x 21 ctm. 132 págs.
Cubierta impresa a color, plastificada con brillo.
Colección DisidenciaS
Ediciones Barbarroja
Madrid, 2008
I.S.B.N.: 978-8

 

 

 

10/03/2009

Si sigues sin casa, toma las calles. Alquiler social universal

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VIVIENDAS VACÍAS PARA EL ALQUILER SOCIAL UNIVERSAL

¿Qué es una vivienda vacía?

Las viviendas no ocupadas que se encuentren en zonas en las que existe necesidad de vivienda a las que su propietario no da uso durante al menos un año. Por ello, proponemos elaborar un censo de personas con necesidad de vivienda para optar a habitar estos pisos desocupados con un alquiler social

¿Qué es el uso social de una vivienda?

Uso social es la puesta a disposición de una vivienda vacía a favor de la persona o familia que no tenga este derecho básico cubierto, que tendrá que pagar únicamente los gastos de mantenimiento y conservación del inmueble, gastos a los que se limitaba la renta del alquiler en su origen.

¿Qué es una expropiación por uso?

El uso social no es una expropiación de la propiedad de la vivienda, sino que se trata de una limitación del derecho de uso durante un periodo determinado de tiempo durante el cual la vivienda será habitada por una persona o familia que haya acreditado su necesidad de vivienda.

Transcurridos dicho periodo el propietario podrá recuperar el uso de la vivienda siempre que se comprometa a ocuparlo y lo acredite posteriormente.
¿Qué viviendas formarán el Parque Público?

El Parque Público lo formarán principalmente las viviendas en propiedad de los grandes especuladores: bancos, cajas de ahorro, inmobiliarias, constructoras, etc.

Estas empresas privadas son los mayores propietarios de viviendas vacías, que han fomentado durante los años la burbuja inmobiliaria y la circulación de grandes cantidades de ‘dinero negro’ que habitualmente se “lavaba” con la compra especulativa de inmuebles.

¿Qué beneficios tiene el alquiler social universal?

El primero de ellos y más importante es que garantizará el acceso a una vivienda digna en condiciones justas a la población actualmente excluida. La vivienda pasará a ser un derecho y no un privilegio de los más favorecidos.

Disminuiría de manera notable el número de viviendas construidas por lo que acabaría con la destrucción ambiental que el crecimiento urbanístico ha ocasionado en los últimos años.

El alquiler no supone una carga para la administración pública, ya que el demandante de vivienda será quien sufrague los gastos mínimos para mantener la vivienda en buenas condiciones.

El alquiler social universal eliminaría el lucro de los banqueros que se han hecho ricos cobrando intereses abusivos a los millones de hipotecados, así como el endeudamiento de la población.

Por otro lado la eliminación de ayudas fiscales y subvenciones a la adquisición de vivienda y la financiación pública a su construcción, permitirá destinar este dinero a otros fines más justos que reviertan en beneficio de la sociedad y no en el de los especuladores, así como la inversión en servicios públicos.

Permite la elección del lugar de residencia evitando el traslado forzoso hacia barrios o poblaciones alejadas del entorno social o del centro de trabajo en busca de una vivienda asequible, al que en la actualidad obliga a presión especulativa.

Alquiler Social Universal frente a Vivienda Protegida

El sistema de vivienda protegida lleva funcionando décadas en España desde que fue implantado por el franquismo sin que haya solucionado el problema del acceso a la vivienda.

El eje del sistema de vivienda protegida de promoción privada es la concesión de ayudas públicas para la financiación de la adquisición y subvenciones, a cambio de limitar el precio de venta de la vivienda durante unos años. Pero las ayudas acaban en el bolsillo del constructor o gestor, que ponen en práctica innumerables abusos para incrementar el precio de las viviendas muy por encima de su coste, e incluso del precio legal. Precisamente la subida del límite máximo del precio de venta de este tipo de vivienda en los últimos años la ha hecho inaccesible para buena parte de la población, por lo que mientras que en su origen la vivienda protegida estaba destinada a las rentas más bajas, ahora sólo pueden acceder a ella rentas medias-altas.

Tampoco la vivienda protegida de promoción pública es una solución al problema, puesto que además de haberse equiparado su precio a la de promoción privada, excluyendo por lo tanto a las rentas medias-bajas, no se adjudican a todos los demandantes de vivienda sino a una muy pequeña parte por sorteo.

Además la vivienda protegida pasa a al mercado libre en unos años, integrándose en la burbuja inmobiliaria.

Por lo tanto en el futuro la vivienda protegida de promoción privada debe desaparecer, mientras que la de promoción pública debe dar paso a un parque de viviendas de titularidad pública que serán destinadas en su integridad al alquiler social universal.

¿Hipoteca basura o hipoteca usura?

La legislación hipotecaria debe modificarse para que la subasta de la vivienda suponga la cancelación de la deuda pendiente de abonar al banco, de forma que sean las entidades prestamistas quienes asuman las consecuencias de la crisis que han generado concediendo préstamos basados en tasaciones fraudulentas y prácticas abusivas para obtener el máximo beneficio posible. La política de préstamos hipotecarios es pieza clave sin la cual no se hubiese producido la burbuja inmobiliaria y los hipotecados no deben pagar sus consecuencias.

¿Privatizar ganancias y socializar pérdidas?

Hace ya meses que venimos asistiendo a la inyección de dinero público a constructuras, promotoras, inmobiliarias y por supuesto, a los bancos, nuevas formas de dar dinero público a empresas empeorando el problema de acceso a la vivienda. Por eso exigimos que ni un euro público

¿Por qué hay que despenalizar la okupación?

La okupación de viviendas vacías no genera ningún daño a la sociedad, al revés, es la existencia de viviendas vacías la que ha provocado una enorme injusticia social, debiéndose en todo caso considerar delincuentes a los grandes acaparadores de vivienda vacía con fines especulativos.

La okupación de viviendas está considerada delito por nuestra legislación, criminalización que supone una excepción a la regla general puesto que en muchos países europeos se ampara como un obstáculo sano a la libre especulación. La okupación de viviendas vacías debe ser despenalizada.”

Convocatoria: 14 de marzo, 18:00h, Puerta del Sol (Madrid)

Alquiler social universal

26/12/2008

Miseria del antisistema

JOSÉ JAVIER ESPARZA
26 de diciembre de 2008

Es enternecedor escuchar cómo los portavoces del desorden establecido reprueban los altercados de los “antisistema”, en Grecia o en otros lugares. En el fondo, los severos amonestadores no dejan de sentir cierta inclinación hacia los iconoclastas: no en vano ellos fueron cocineros antes que frailes, pirómanos antes que bomberos, velocidad antes que tocino. Los turbulentos abuelos que en su juventud incendiaron el mundo, apelan ahora a la sensatez de los nietos (la sensatez que ellos no tuvieron). Es la esencia misma del liberalismo, por otro lado. Pero hablemos de cosas serias.

Abandonemos por un momento a los vigilantes del orden y escuchemos a los autodenominados “antisistema”, esos muchachos que salen a la calle para romperlo todo. ¿Qué dicen? ¿Qué quieren? Es casi cómico: envueltos en una vetusta retórica aprendida en alguna web demencial, hablan de hundir el capitalismo y el “fascismo” para devolver el poder al pueblo. Juego de rol: me pido Trotski o, mejor, Bakunin; del mismo modo que hace algunos años, en la otra orilla, uno podía “pedirse” Mussolini o Himmler. Si cada sistema tiene el enemigo que se merece, al nuestro, tan ruin, no podía corresponderle otro que estos miserables espíritus atiborrados de porros y rap, con pelos rastafari y lecturas fragmentarias de fanáticos hoy olvidados.

Pero no creamos que todo esto carece de significado. Del mismo modo que hubo una vez un lumpenproletariado, indeseable casta paria de la clase obrera, hoy ha crecido una lumpenburguesía expulsada del paraíso de la prosperidad y que clama venganza. Esa generación es hija del optimismo desbocado de los “treinta años gloriosos” (1950-1980, más o menos) y ha crecido en un mundo que, a falta de esperanzas, multiplicaba las expectativas (de riqueza, de bienestar, de democracia, de prosperidad). Mas he aquí que el mundo se cierra, las expectativas se esfuman y, entonces, ¿qué? Nada. Y contra la nada oficial, se despierta otra nada subversiva. Lo decía Jünger: la frase “la propiedad es un robo” tiene un sabor singular cuando la pronuncian no los expoliadores, sino los expoliados. Pero no dejamos de movernos en el mundo del nihilismo, a ambos lados del campo de batalla.

El Emboscado tampoco está a gusto en el sistema. No acepta que la función social de las personas se reduzca a ser una pieza de la Gran Máquina, no acepta que lo económico sea el único horizonte de nuestras vidas, no acepta que las cosas del espíritu se hayan reducido a una suerte de vicio privado que el (des)Orden Establecido ha de extirpar (“por nuestro bien”), ni acepta tampoco que las relaciones entre los sexos se conciban como si el prójimo fuera simplemente una muñeca hinchable destinada (y destinado) a darnos placer, ni que la democracia se reduzca a esta farsa de caciques partitocráticos y banqueros plutocráticos, ni que nuestras identidades personales y colectivas se disuelvan en el magma fofo de una cosmópolis sin alma, ni que…

Pero el Emboscado no es un “antisistema” como estos orcos que queman contenedores y vehículos y tiendas, esta horda necia que hace pagar al pueblo la incompetencia y la corrupción de quienes exprimen la buena fe o la pereza de ese mismo pueblo –al final siempre es el pueblo el que paga: esto ha sido así en todas las revoluciones, revueltas, algaradas y fervorines que en el mundo han sido, incendiados todos ellos en nombre, precisamente, de la liberación del pueblo. El Emboscado, digo, no es un antisistema porque percibe con toda claridad la trampa, a saber: el antisistema termina siendo exactamente lo que el sistema necesita para sobrevivir. Ningún orden puede sobrevivir sin enemigos. Cuanto más primario y elemental sea ese enemigo, mejor. Y el enemigo ideal es aquel que sólo aspira a romperlo todo para sustituirlo por el vacío –un enemigo que se hace necesariamente despreciable tanto por sus medios como por sus fines.

El antisistema es un tipo que, cuando el sistema reparte las cartas, rompe la baraja y escupe sobre el tablero. Con ello se gana la animadversión de la concurrencia, da razones a la policía para que intervenga y, lo que es peor, deja las cosas como estaban. El antisistema de la lumpenburguesía, descerebrado por definición, no daña al Desorden Establecido, sino que lo fortalece. Ha entrado en el juego.

El Emboscado es otro tipo de temperamento. Para empezar, no acude a la timba. Y después, cuando el sistema reparte cartas, el Emboscado las desdeña. El Emboscado construye su propio juego fuera, en el exterior, reedificando la vida desde el principio, lo más lejos posible de las imposiciones de los vigilantes. ¿Dónde? En todas partes: en la vida familiar, en la educación de los hijos, en las lecturas que elige o las músicas que escucha, en las ropas que viste y en las oraciones que reza, incluso en su forma de hacer el amor.

Vivir en el bosque significa reconstruir la propia vida en un acto soberano de libertad personal. No es posible vivir como si el sistema no existiera, por supuesto; tampoco es cómodo vivir contracorriente. Sin embargo, es posible sentir de otra manera y plasmar todo eso en un orden propio y más digno.

Cuanto más crezca el bosque, menos temible será el sistema.

Extraído de El Manifiesto

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