Posts tagged ‘Anti-capitalismo’

21/04/2015

Repensar la izquierda anticapitalista . Salir del callejón «Adam Smith»

IZQUIERDA Y DERECHA UNIDAS JAMAS SERAN VENCIDAS
por Jean-Claude Michéa – La propaganda desplegada a diario sobre las pantallas de televisión del mundo moderno, descasa invariablemente sobre dos ideas-fuerza, difícilmente conciliables entre sí. Por un lado, como en cualquier tiempo de guerra, los partes de victoria que se suceden a un ritmo vertiginoso. Los prodigiosos avances de la tecnología moderna, que proclama a los cuatro vientos el “Ministerio de la Verdad”, nos han permitido crear, por primera vez en la Historia, la base material de un Futuro Radiante y la llegada inminente de su Reinado sobre la Tierra. Esta Buena Nueva (que debemos evidentemente al espíritu de empresa y de innovación que se enmarca en nuestra incomparable sociedad liberal) no solo anuncia, efectivamente, una era de abundancia y de riquezas ilimitadas. Como a todas horas nos recuerda esta bienaventurada propaganda, confiere igualmente al hombre moderno, un poder inédito sobre sus condiciones de existencia, que aquellos que tuvieron la desgracia de vivir antes que ellos, apenas tuvieron la oportunidad de llegar a imaginar realmente.

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09/11/2012

“Halloween” como expresión de la aculturación y desintegración mental general

por Félix Rodrigo Mora – Hubo un tiempo en que los pueblos de “España” no sólo apreciaban su cultura sino que además la construían y creaban por sí. Tenían sus propias tradiciones, fiestas, narraciones, música, prácticas culturales y conmemoraciones, en las que expresaban su singular y propia manera de estar en el mundo, concebir lo humano y encarar los problemas más cardinales de nuestro destino y condición.

Si, aunque muchos no se lo crean, hubo un tiempo no demasiado lejano en que las cosas eran así.

La tarea de demolición la empezaron los Ilustrados. Para ellos, pedantes y redichos, lo popular auto-creado era una masa de “supersticiones” a erradicar. Luego llegaron los liberales y jacobinos y, sin dar tregua a la bayoneta, dictaminaron que todo lo popular era “clerical” y en consecuencia digno de ser purificado en la hoguera y ante el pelotón de fusilamiento. El progresismo y con él la izquierda apostillaron de “burgués”, cuando no de “franquista”, casi cualquier expresión de saber, celebración y cultura popular. Lo tradicional, dicen, es “reaccionario”, mientras que todo lo moderno, esto es, todo lo anglosajón, es “emancipador”, en especial el idioma inglés. Y no sólo lo anglosajón sino lo ajeno en general, orientalismos, indigenismos y otros ismos de importación, muy útiles además para crear sentimientos, lo más intensos posible, de culpa colectiva y autoodio de masas a los pueblos europeos.

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02/03/2012

El distributismo es aplicable hoy

por Juan Manuel de Prada

Inspirados por León XIII, Chesterton y otros autores formularon una nueva doctrina económica, no a medio camino, sino alternativa al materialismo que preconizaban el capitalismo y el socialismo. «Algunos la juzgarán una sociedad utópica; yo la juzgo perfectamente realizable, en un tiempo como el presente», afirma el escritor Juan Manuel de Prada. «Sólo hacen falta católicos radicales e intrépidos, con poco que perder (el soborno del mundo) y mucho que ganar (la vida eterna)»

Hilaire Belloc y G.K. Chesterton consideraron siempre que el capitalismo era la gran plaga que impedía la floración de una sociedad auténticamente cristiana, por haber introducido la competencia en las relaciones conyugales, desarraigado al hombre de su tierra y nublado las virtudes de nuestros mayores, convirtiendo a los seres humanos en máquinas al servicio de la producción. «El capitalismo -escribiría Belloc- constituye una calamidad no porque defienda el derecho legal a la propiedad, sino porque representa, por su propia naturaleza, el empleo de ese derecho legal para beneficio de unos pocos privilegiados contra un número mucho mayor de hombres que, aunque libres y ciudadanos en igualdad de condiciones, carecen de toda base económica propia».

En la grandiosa encíclica Rerum novarum (1891), de León XIII, en la que se condenan las condiciones oprobiosas, lindantes con la esclavitud, en las que vivía una muchedumbre infinita de proletarios, hallarían Chesterton y Belloc el aliento para impulsar, en compañía de Arthur Penty y el padre Vincent McNabb, un nueva doctrina económica, alternativa al capitalismo y al socialismo, cuyo fin último es promover el Reinado Social de Cristo.

El distributismo se funda en las instituciones de la familia y la propiedad, pilares básicos de un recto orden de la sociedad humana; no cualquier familia, desde luego, sino la familia católica comprometida en la procreación y fortalecida por vínculos solidarios indestructibles. Tampoco cualquier propiedad, y mucho menos la propiedad concentrada del capitalismo, sino una propiedad equitativamente distribuida que permita a cada familia ser dueña de su hogar y de sus medios de producción. El trabajo, de este modo, deja de ser alienante y se convierte en un fin en sí mismo; y el trabajador, al ser también propietario, recupera el amor por la obra bien hecha, y vuelve a mirar a Dios, al principio de cada jornada, con gratitud y sentido de lo sagrado, santificando de veras sus quehaceres cotidianos.

Por supuesto, la sociedad distributista preconizada por Chesterton y sus amigos se rige por el principio de subsidiariedad y por la virtud teologal de la caridad, que antepone el bien común al lucro personal. Se trataría de lograr que cada familia cuente con los medios necesarios para su subsistencia, bien mediante la producción propia, bien mediante el comercio con otras familias o comunidades de familias, con las que se asociará para realizar obras públicas y garantizar la educación cristiana y el aprendizaje de los oficios para sus hijos. Los gremios vuelven a ser, en la sociedad distributista, elemento fundamental en la organización del trabajo.

El distributismo no postula una sociedad de individuos iguales, empachados de una libertad que acaba destruyendo los vínculos comunitarios, sino una sociedad verdaderamente fraterna, regida por los principios de dignidad y jerarquía, en la que mucho más que el bienestar importa el bien-ser.

Algunos la juzgarán una sociedad utópica; yo la juzgo perfectamente realizable, en un tiempo como el presente, en que el capitalismo financiero y el llamado cínicamente Estado social de Derecho se tambalean, heridos de muerte. Sólo hacen falta católicos radicales e intrépidos, con poco que perder (el soborno del mundo) y mucho que ganar (la vida eterna).

Extraído de: “Alfa y Omega”