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24/07/2012

¡Adiós, Israel!

por Shamil Sultánov – 30 de junio de 2011

Stalin y Truman

El estado de Israel nació en mayo de 1948 de acuerdo con la resolución de noviembre, del año 1947, de la Asamblea General de la ONU. Se trataba de una resolución puramente formal, ya que la creación del estado judío artificial en medio del mundo árabe fue posible debido a los intereses estratégicos de la dirección política de los EE.UU. y de la URSS – los dos estados más poderosos de la posguerra.

Tanto para Stalin como para Truman, los aspectos morales y emocionales relacionados con el destino del pueblo judío en la Europa ocupada por los nazis tenían un valor secundario. El objetivo principal era otro. Tanto la Unión Soviética como los Estados Unidos, veían el futuro estado judío como un instrumento efectivo para la realización de sus propios intereses a largo plazo en el Oriente Próximo.

La Segunda Guerra Mundial había terminado y comenzaba el reparto de las esferas de influencia entre las dos nuevas superpotencias en todos los rincones del mundo. La crucial importancia del Gran Próximo Oriente ya entonces quedaba clara para todos los políticos con mentalidad estratégica. No en vano Stalin intentó conseguir que Libia quedara bajo el protectorado de la Unión Soviética.

Sin embargo la región seguía siendo controlada por las principales potencias coloniales – Gran Bretaña y Francia. Aunque París y Londres salieron de la Segunda Guerra Mundial bastante debilitados, nadie quería renunciar voluntariamente a su posición dominante en el Oriente Próximo, rico en petróleo.

Israel debía convertirse en un bulldozer destinado a ayudar a despejar el camino en la región a la Unión Soviética (como deseaba Stalin) o a los Estados Unidos (como deseaba Truman). Sin embargo el que erró el tiro fue Stalin. Había enviado a la entonces aún Palestina bajo el mandato extranjero, a miles de, como él pensaba, probados y fieles militares y espías judíos-comunistas, para construir con su ayuda un Israel socialista. Sin embargo, la llamada de la sangre resultó ser más fuerte que los ideales comunistas. Lo cual quedó claro bastante pronto: a Stalin le “dejaron tirado”.

Posiblemente, toda aquella historia fracasada con Israel se convirtió en uno de los principales, aunque no el único, estallidos del profundo, guardado desde su temprana actividad política, antisemitismo estaliniano. (Una vez, todavía antes de 1917, el futuro caudillo propuso organizar un “pogrom” en relación con el “predominio judío en el partido”. Seguramente se trataba de una broma, aunque bastante específica). En cualquier caso, la campaña contra el “cosmopolitismo apátrida” o  el “proceso de los médicos” llevan hasta cierto punto el eco del fracaso de la operación en Oriente Próximo con el nombre en clave “Israel”. En última instancia Stalin fue asesinado, pero el “síndrome antiisraelí” lo conservaron todos sus herederos hasta Gorbachev.

Tampoco las relaciones entre los EE.UU. y el recién creado estado judío eran tan idílicas en aquel período. Los primeros gobernantes de Israel preferían orientarse hacia sus tradicionales relaciones en Europa, donde se encontraban los centros del sionismo internacional. Máxime, teniendo en cuenta que antes de la Segunda Guerra Mundial, América pertenecía al bastante amplio círculo de naciones donde el antisemitismo florecía no solamente e nivel popular, sino también entre los círculos políticos elitistas.

Por eso Israel participó junto con Inglaterra y Francia en la llamada “triple agresión” contra Egipto en 1956, después de que Gamal Naser nacionalizara el canal de Suez. Fue la única vez que Israel participó en una guerra contra sus vecinos árabes, sin haber recibido la previa aprobación por parte de Washington.

Contra aquella agresión reaccionó con máxima dureza Moscú, que por entonces estaba estableciendo sus relaciones con el Egipto revolucionario. La dirección de Moscú aseguró que si la guerra no cesaba de inmediato, hasta trescientos mil musulmanes soviéticos vendrían en ayuda de sus correligionarios egipcios. Cuando Londres y París asustados corrieron a pedir ayuda a los americanos, Eisenhower les contestó que las obligaciones de la OTAN de apoyo mutuo no se extendían a aquella región. Como resultado, la triple coalición se tuvo que retirar vergonzosamente, Gamal Naser se convirtió en un héroe panárabe, y Tel-Aviv y sus protectores sionistas globales terminaron por comprender hacia dónde debían orientarse.

“Y luego los pusimos de rodillas…”

Comenzó  la elaboración de sutiles y muy complejas combinaciones para formar una alianza americano-israelí a largo plazo, no sólo en interés de la élite de los EE.UU., sino también de la estructura sionista mundial, cada vez más fuerte.

Los radicales de derechas norteamericanos aseguran que el proceso que finalmente llevó a la formación del “régimen de ocupación sionista temporal” en los EE.UU., se reforzó justamente en la segunda mitad de los años 50, y en primer lugar a través de la “captura” del partido demócrata. Aunque en realidad tampoco había ocurrido nada extraordinario. Parte de la élite americana filosionista utilizó con mucho ingenio y habilidad el fenómeno de Israel para consolidar las comunidades judías y el capital judío, con el fin de reforzar al máximo sus posiciones políticas en los EE.UU.

Con este fin fue elaborado y estratégicamente utilizado el nuevo armamento: se crearon centenares y miles de organizaciones prosionistas como armas de movilización a todos los niveles, a nivel nacional, así como a nivel de los estados y municipios, que luego fueron jerarquizadas y unificadas; se elaboró el sistema específico de lobby; fue preparada y llevada a cabo la política específica de formación de cuadros para el apoyo propagandístico e informativo de los políticos americanos, que sin tapujos apoyaban a Israel; fueron reunidos los recursos informativos y políticos para ensanchar y afianzar la alianza americano-israelí, y realizadas campañas ideológicas y propagandísticas a gran escala.

De hecho, con el pretexto de la necesidad del apoyo total a Israel, se llevó a cabo un superproyecto estratégico para la formación del mecanismo de control a gran escala sobre la maquinaria del poder norteamericana, por parte de las estructuras sionistas globales. Como resultado, hoy en los Estados Unidos funciona un triángulo político “Estados Unidos – lobby proisraelí (que, por un lado constituye la componente sionista del establishment americano, y por otro  es un elemento esencial del gobierno de las estructuras sionistas mundiales) – Israel como estado”.

Sobre el período que va desde 1967 y hasta 2006 recae el florecimiento de la alianza americano-israelí. El estado sionista se había convertido en el principal aliado de los EE.UU. en el Próximo Oriente, dejando en un segundo plano al Irán del shah y a Turquía, miembro de la OTAN. Israel coordinaba estrechamente todas sus acciones militares contra los árabes con el Pentágono. Hasta tal punto que precisamente fue Washington quien entregó a Israel las armas nucleares, aunque estas ciertamente siguen bajo el control de América. La influencia de los EE.UU. en la región creció espectacularmente y se convirtió en dominante en los años 90 después de la desaparición de la Unión Soviética. Pero al mismo tiempo fue creciendo la influencia de las estructuras sionistas globales supraestatales sobre la política norteamericana interior y exterior.

Ambos procesos íntimamente relacionados alcanzaron su apogeo durante el primer mandato presidencial de Bush-hijo. Dentro de los EE.UU. se formó una gran coalición socio-política de sionistas judíos y sionistas protestantes, encarnada en la ideología de los “neoconservadores”. Su esencia se puede resumir en una frase: “Lo que es bueno para los Estados Unidos, es bueno para Israel. Y viceversa”. Parte de la élite americana organizó la grandiosa provocación del 11 de septiembre, que sirvió de excusa para declarar la guerra al mundo islámico – el principal enemigo de Israel desde el punto de vista de las estructuras sionistas globales.

Dialéctica

Sin embargo, la historia, como se sabe, es una dama muy caprichosa y tiende a hacer cosas que los humanos no habían programado.

Por un lado, Israel en efecto se había convertido en un instrumento importante de la política exterior norteamericana en Oriente Próximo. Pero, por otro lado, justamente el estado sionista fue el principal culpable del crecimiento del radicalismo y extremismo en el Oriente árabe.

Por un lado, Israel se había convertido en un poderoso bastión de la civilización occidental en la región, el escaparate público de la democracia occidental y del secularismo occidental. Pero, por  el otro, justamente la presencia de Israel se convirtió en uno de las causas del poderoso renacimiento islámico en el mundo. Más aún, si no fuera por Israel, en los últimos años no se hubiera producido una degradación tan rápida de las ideologías y partidos liberales y seculares en el mundo árabe.

Por un lado, el tándem “Israel-EE.UU.” se ha convertido para millones de musulmanes en todo el mundo en el símbolo de la injusticia absoluta, ejemplo del agresor amoral, colonial, enemigo implacable, que solo entiende el lenguaje de la fuerza. Israel se ha apoderado de una tierra que a lo largo de miles de años era la patria para los palestinos, bajo un pretexto completamente idiota, el de que una vez vivieron en ella los judíos y que luego fueron expulsados, con que tan solo por eso tenían el derecho histórico sobre esta tierra. Pero hoy incluso los más conocidos historiadores israelíes demuestran que los judíos nunca fueron expulsados por los romanos de la Judea de entonces.

Imagínese por un instante que es Ud. palestino. Vive Ud. en el piso de su propiedad que ha heredado de sus padres. Y de repente un día irrumpen unos señores armados y le exigen largarse cuanto antes de su propio piso. A su desconcertada pregunta “¿por qué?” sigue aproximadamente la siguiente respuesta: “Hace dos mil años en este lugar estaba uno de los campamentos de nuestra tribu hebrea. Por eso exactamente tenemos el derecho legal sobre tu piso. ¡Y si no estás de acuerdo, cabrón, con nuestro punto de vista, entonces te mataremos junto con tu familia! ¡Fuera!” Este fue el fundamento “histórico” de los sionistas para quitarle al pueblo palestino su tierra, sus casas, sus monumentos históricos, los cementerios con los restos de sus antepasados.

De todas maneras, el papel decisivo lo jugaron las ambiciones políticas de Stalin y de Truman.

Pero, por otro lado, precisamente la lucha contra Israel a lo largo de más de siete décadas ha ayudado a formar la conciencia nacional, social y política del pueblo palestino. Los palestinos hoy son uno de los pueblos más valientes y maduros del planeta. Por ejemplo, por el número de estudiantes universitarios por cada mil habitantes los palestinos ya superan a Rusia. Y en cuanto al número de héroes caídos, a los que los palestinos recuerdan y honran, creo que no tienen parangón en el mundo. En Israel, por cierto, no existe semejante panteón de los héroes, como tampoco en la moderna Rusia “democrática”.

Si no fuera por el factor sionista, es bastante probable que el sector de Gaza actual hubiera sido unido a Egipto, y sus habitantes se hubieran convertido de palestinos en egipcios, y los habitantes de la Orilla Occidental en jordanos.

La exigencia de la lucha contra Israel se convirtió en uno de los motivos poderosos de la victoriosa revolución iraní de 1978-79. Como es sabido el shah era amigo del estado sionista. La presencia sionista en el Oriente Próximo se ha convertido en una importante causa para la llegada al poder de los islamistas moderados en la República Islámica de Irán y en la actual Turquía, que ha dado como resultado el cambio cardinal en todo el balance de fuerzas en el Próximo Oriente. Su papel juegan también los sentimientos antiisraelíes en la revolución árabe que está comenzando. Y este factor irá en aumento. La política del estado sionista trae consigo el aumento del antisemitismo global, lo que destacan, entre otros, los propios centros sionistas, incluido el congreso judío ruso.

Militares y sionistas… ¿quién va a ganar?

Tan solo año y medio después de la invasión americana de Iraq en 2003, Israel se convirtió en la causa todavía mayor del enfrentamiento interno dentro del establishment político de los EE.UU. La soterrada lucha entre los dos grupos más poderosos de la élite americana – la militar y la proisraelí – salió a la superficie.

Todavía a principios de 2005 el Pentágono llegó a la conclusión de que era prácticamente imposible vencer a los rebeldes y establecer sobre Iraq un control efectivo. La invasión de Iraq se había convertido en la práctica en una trampa geopolítica para los EE.UU., porque el Iraq ocupado pasó a convertirse en el punto de desestabilización de todo el Gran Oriente Próximo, de importancia vital para los intereses americanos. La invasión de Iraq ha llevado objetivamente al crecimiento de la dependencia de los EE.UU. de Irán, que posee muchas más palancas para influir en la situación interna de Iraq que Washington.

Lógicamente, dentro de la élite norteamericana comenzó una activa discusión sobre el tema: “¿Quién tiene la culpa de que los americanos, como borregos, se metieran en semejante aventura a sabiendas desastrosa?” Se llevaron a cabo decenas de tormentas de ideas a puerta cerrada y de seminarios, y fueron publicados centenares de artículos y varios libros.

Aquella parte del establishment político americano, que acusaba a la administración neoconservadora de Bush-hijo de haber malgastado ineptamente en Afganistán e Iraq el potencial estratégico de los EE.UU. en su calidad de única superpotencia, llegó a la conclusión de que el papel principal en la inspiración de la guerra contra Sadam Husein lo desempeñó el establishment de Israel y el lobby proisraelí americano. Las consecuencias no se han hecho esperar.

En diciembre de 2006  es nombrado como nuevo ministro de defensa R. Gates, uno de los máximos representantes de la élite americana y cabeza del lobby militar de los EE.UU., quien debía introducir serias correcciones en la política exterior. A este nombramiento activamente se opuso Dick Cheyney – portavoz de hecho de la ideología neoconservadora.

En junio de 2008 en Filadelfia se celebró un encuentro confidencial de los altos representantes de la élite norteamericana con B. Obama y H. Clinton. Debido a la insistencia del lobby militar se llegó a una solución de compromiso, según la cual el siguiente presidente sería B. Obama, aunque H. Clinton, por la que apostaban las estructuras sionistas internacionales, como compensación debía ocupar el puesto de la secretaría del estado.

Después de las elecciones presidenciales la lucha en los altos escalones de la élite americana no había cesado. El lobby proisraelí le impidió a Obama y a la élite militar americana que estaba detrás de él, colocar a sus candidatos en algunos puestos de gobierno, acusándoles de tener opiniones antiisraelíes.

La confrontación interna dentro de la élite estadounidense se intensificó a raíz del desarrollo del programa nuclear iraní. Los militares americanos sospecharon, y con fundamentos, que Israel, junto con sus protectores de las estructuras sionistas internacionales, intentaba provocar la guerra directa entre los EE.UU. y la República Islámica de Irán. Cualquier militar con sentido común entiende que semejante guerra prácticamente en seguida se convertirá en impredecible, arrastrará a toda la región, y más tarde adquirirá un carácter global. Dicho sea de paso, este problema provocó crecientes tensiones entre el gobierno de B. Netanyahu e influyentes militares israelíes.

Una buena pregunta: ¿para qué necesita la élite ahora dominante en Israel y, lo más importante, el movimiento sionista internacional, una guerra entre Irán y los EE.UU., que llevaría a las consecuencias más desastrosas, en primer lugar, para el propio pueblo judío?

Las cosas se calentaron hasta tal punto que el famoso Zb. Bzezinski incluso tuvo que advertir que en el caso de que los aviones israelíes salieran para bombardear Irán, los americanos se verían obligados a poner en el aire sus cazas, estacionados en Iraq, para obligar a los israelíes a volver a sus aeródromos.

Por primera vez en su historia la inteligencia americana publicó pronósticos  en los que valoró con bastante escepticismo las posibilidades de Israel de sobrevivir después del año 2025.

Más tarde siguió la declaración abierta del general David Petreus, en aquel momento jefe del Mando Central de los EE.UU., y más tarde el jefe supremo de las tropas norteamericanas en Afganistán. Su discurso fue indicativo para entender que el conflicto entre la élite militar americana y el lobby proisraelí iba en aumento.

Detrás de las fórmulas diplomáticas se escondía en realidad un mensaje bastante duro para la dirección israelí, que en esencia consistía en lo siguiente: La política de Israel no hace más que crear cada vez más problemas para América en el mundo islámico. Como consecuencia de la creciente irracionalidad de la dirección israelí, los EE.UU. deben pagar con las vidas de sus soldados, unos enormes gastos financieros y el debilitamiento de sus posiciones en Oriente Próximo. Todo ello cuando el potencial político y económico de los EE.UU. en el mundo se está reduciendo, mientras que China se está convirtiendo para Washington en un reto estratégico clave.

Sin embargo, pese a las posturas de América y de Europa, la mayor parte de la élite israelí no quiere ningún acuerdo real con los palestinos y bajo ningún concepto accederá a la creación del estado palestino independiente. El actual estado judío está construido de tal manera que únicamente puede existir en las condiciones de: “Ni guerra, ni paz, pero no entregaremos los territorios ocupados”.

El problema está en que Israel al final no ha podido (y no ha querido) entrar a formar parte del sistema regional de Oriente Próximo. Y la historia nos demuestra que los estados que no lograron integrarse en esta región (como, por ejemplo, los estados de los cruzados en la Edad Media) inevitablemente han desaparecido del mapa.

El enfrentamiento entre los militares estadounidenses y el lobby prosionista llevó a agudizar las contradicciones en el seno del movimiento sionista internacional. Ya se puede decir que dentro del mecanismo sionista global se han formado dos corrientes.

La primera está constituida por los llamados “nacional-sionistas”, partidarios de la defensa tradicional a ultranza de Israel como “estado nacional judío” a cualquier costa. Los “nacional-sionistas” de momento predominan en el movimiento sionista internacional, pero poco a poco van perdiendo sus posiciones. Hay bastantes causas para ello, pero podemos mencionar dos factores directamente relacionados con Israel. En primer lugar, el atractivo de la imagen de Israel como casa común “para todos los judíos del mundo” se ha marchitado bastante. No es ningún secreto que la sociedad israelí y la élite israelí se están degradando. Tan solo un ejemplo típico: en relación al actual ministro de asuntos exteriores de Israel Avigdor Liberman ya fueron abiertas seis o siete causas judiciales por acusaciones de corrupción, lavado de dinero, fraudes financieros etc. Lo más probable es que, en cuanto abandone su cargo, le metan entre rejas. ¡Eso en cuanto a la fisionomía de la élite israelí actual!

El proceso de la degradación social, moral y política de toda la sociedad israelí se ha intensificado a lo largo de los últimos veinte años. Se entiende por qué el número de los judíos que abandonan “la tierra prometida” supera ya al número de los que llegan. Además, objetivamente Israel se ha convertido no en el estado para los judíos, sino para el pueblo israelí (aunque pocos saben en qué consiste).

La segunda corriente en el seno del movimiento sionista internacional son los llamados “sionistas imperiales”, que ven el futuro del sionismo no en Israel, sino en la alianza reforzada con uno de los centros de fuerza mundiales. Por eso opinan que por culpa de Israel no se puede poner en peligro el futuro de la comunidad judía y del capital judío en los EE.UU. Ellos creen que ni Europa, ni China, debido a diferentes causas, podrían ser aliados estratégicos del sionismo global a largo plazo. Únicamente quedan dos variantes: EE.UU. y Rusia. Y, no por casualidad, Netanyahu, Liberman y los dirigentes de las estructuras sionistas rusas cada vez con más ímpetu hablan de la necesidad de concluir una alianza estratégica a largo plazo entre Israel y Rusia.

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La historia de Israel en su forma actual se está terminando. No se trata de que los ejércitos árabes de repente se apoderen del territorio israelí o unos extremistas palestinos logren paralizar por completo la vida económica y política del estado judío. Esto no va a pasar.

Israel es un estado artificial, creado en su día por unas fuerzas externas para resolver unos determinados objetivos. Israel hoy ya no puede cumplirlos. Por eso no hace falta hoy, y, más todavía, comienza a estorbar objetivamente, incluso al propio pueblo judío.

* Shamil Sultánov es presidente del Centro de Estudios Estratégicos “Rusia – Mundo Islámico”

(Traducción directa del ruso de Arturo Marián Llanos)

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