Archive for ‘Scalea, Daniele’

16/04/2012

“Kony 2012”. Lo que realmente sucede en Uganda

por Daniele Scalea*

Extraído de: “Dossier Geopolítico”

“Nuestro colega del grupo de intelectuales y Geopolíticos Italianos que es socio estratégico de Dossier Geopolítico, Daniele Scalea Subdirector de la Revista italiana Geopolítica, nos envía este informe sobre lo que esta ocurriendo en África y muy especialmente en la atribulada Uganda. Lic. Carlos Pereyra Mele

Kony 2012 es el título de una campaña lanzada por la organización Invisible Children Inc., basada en un video homónimo de no más de 30 minutos y que ha tenido una difusión viral en Internet, llegando en muy pocos días (habiendo sido publicado el pasado 5 de marzo) a casi 100 millones de visualizaciones. La campaña tiene como objetivo sumar apoyos para la detención de Joseph Kony, el guerrillero ugandés acusado de “crímenes contra la humanidad” por la Corte Penal Internacional de La Haya (CPI). La idea de la campaña es suscitar los esfuerzos de la comunidad internacional para el arresto de Kony, dándole al caso la mayor difusión que sea posible. Hasta el momento, nada de original. Resulta llamativo que la organización Invisible Children Inc. busque la movilización de voluntarios cuando, por un lado, cuenta con la capacidad suficiente como para hacer lobby sobre decenas de personajes famosos (políticos y personalidades del mundo del espectáculo incluidos) convenciéndolos de ser patrocinadores de su campaña y, por el otro, posee además capacidad para comprar pancartas, brazaletes y otros materiales  propagandísticos.

De todas maneras hay algo que resulta evidente. La historia de Kony es contada de manera recortada y muy rápidamente como la de un hombre brutal, carente tanto de ideales como de seguidores, que se dedica a secuestrar niños para ponerlos a luchar a su servicio.

La explicación de por qué muchas personas (que probablemente antes de ver el video no habrían sido capaces de localizar a Uganda en el mapa) deberían movilizarse por la campaña ocupa sólo una pequeña parte de la video. Gran parte de éste, en cambio, se dedica a ensalzar las virtudes del potencial de Internet, la movilización desde abajo, y a mostrar imágenes de jóvenes y fotogénicos activistas intentando difundir la causa y sus aparatos tecnológicos, decorados con logos y símbolos gráficamente muy elaborados. Los mensajes y las imágenes recuerdan lo sucedido con los hechos y la interpretación – a mi juicio forzada, como he argumentado en otra parte – de la “primavera árabe” como un levantamiento de “la gente de Facebook y Twitter“. Y también lo sucedido con las llamadas “revoluciones de colores”, las cuales una profesional y capilar red de organizaciones “no gubernamentales” norteamericanas fue capaz de organizar en varios países (Serbia, Georgia, Ucrania), durante los últimos años.

Otro elemento a tener en cuenta es que en Kony 2012 se apoye el envío de militares estadounidenses a Uganda, decidido por Obama. El continuo apoyo militar a las fuerzas armadas ugandesas es sin duda el principal objetivo de la campaña: en realidad se quiere evitar que el Congreso pueda elegir una retirada del país africano como opción. La decisión del Presidente Obama es retratada como el resultado de la presión ejercida desde abajo por Invisible Children, Inc. en los últimos años, y como una misión militar decidida “simplemente porque la causa es justa”. Esta es una lectura simplista, como es superficial y maniquea la descripción que se da sobre la situación ugandesa. Pero, antes de continuar con estos juicios, abramos un paréntesis sobre los artífices de la campaña Kony 2012.

Invisible Children, Inc. fue fundada en 2004 con el propósito expreso de contrarrestar la acción del Ejercito de Resistencia del Señor (LRA por sus siglas en ingles) de Joseph Kony. Sus fundadores, Jason Russell, Bobby Bailey y Laren Poole, por esos tiempos estudiantes universitarios, quedaron impresionados por lo que vieron durante un viaje a Uganda en 2003. Hoy Invisible Children, Inc. recoge cerca de US$ 14 millones al año, con un beneficio neto de casi 5 millones de dólares. En 2011 el 16,24% de los gastos fueron destinados a la partida “Management & General”. Al 30 de junio 2011 declaraba activos por poco menos de $ 7 millones de dólares. Jason Russell, a la sazón director y narrador de Kony 2012, recibe como retribución el 1% de los gastos totales de la organización, es decir, 89.669 dólares por año. Similares remuneraciones reciben el co-fundador Laren Poole y el Director Ejecutivo Ben Keesey. Sin embargo, parece que las cifras estimadas para este año son aun más prometedoras. Guiándose solo por lo que ha declarado Jason Russel, en una sola semana Invisible Children habría vendido 500.000 kits de sus materiales propagandísticos por US$ 30 cada uno, contabilizando en total unos 15 millones de dólares.

La organización, como se vanagloria también en el video, ha sido una de las promotoras del Lord’s Resistance Army Disarmament and Northern Uganda Recovery Act, firmado en mayo de 2010 por el presidente Barack Obama, por el cual 100 asesores militares estadounidenses fueron enviados al país africano para apoyar el Ejército Nacional contra los rebeldes del LRA. Sin embargo, es fácil imaginar que, al contrario de lo que parece sugerir Kony 2012, la decisión de la Casa Blanca no fue dictada sólo, o principalmente, por razones humanitarias. Pero para entender mejor la situación tendremos que aventurarnos en una larga exposición sobre la situación de Uganda.

A la par de muchos otros países africanos, cuyos confines fueron demarcados arbitrariamente por las potencias coloniales europeas, Uganda está atravesada por tensiones interétnicas. La principal es la que se da entre los Baganda (o Ganda), habitantes del sur y del este del país, y los Acholi, que viven en el norte y también por fuera de los confines de Uganda, en Sudán del Sur. La historia de Uganda después de la independencia (1962) ha estado marcada por golpes de estado y guerras civiles, a menudo construidas sobre las diferencias preexistentes entre las étnias. El primer presidente de Uganda como país independiente, Edward Mutesa, era al mismo tiempo Mutesa II, rey de Buganda, a pesar de que el mayor poder lo tenía el primer ministro Milton Obote (de la etnia Lango, afín a los Acholi). En 1966, tras un golpe de Estado, Obote se convierte en presidente, en respuesta a un intento de juicio político llevado a cabo desde el parlamento, pero en 1971 es a su vez derrocado y reemplazado por su antiguo aliado, el comandante del Ejército, Idi Amin. En 1978 estalló una guerra con Tanzania y en 1979, apoyados por las armas extranjeras, los exiliados (principalmente acholis y langos) lograron hacer regresar a la presidencia a Obote. El regreso de Obote fue legitimado por el voto popular considerado poco transparente por sus rivales. Yoweri Museveni, un nativo del sur bantú, creó el “Ejército Nacional de Resistencia” (NRA por sus siglas en inglés). De hecho, el choque fue entre el NRA, apoyada por Buganda, y el gobernante Ejército Nacional de Liberación (UNLA) de los Lango y los Acholi. En 1985, Obote fue derrocado por un nuevo golpe de militar, nacido en el seno de los Acholi, pero en enero de 1986, a pesar de la intervención desde Zaire de Mobutu, la NRA gana la guerra y Museveni se convierte en presidente. Él todavía conserva el poder en un régimen en el que todos los partidos políticos están prohibidos, dándole cierta estabilidad al convulsionado país.

Sin embargo, la larga presidencia de Museveni no ha sido todo color de rosas. Su agenda neoliberal ha significado graves costos sociales a cambio de crecimiento económico, que no por casualidad se ha concentrado en la zona bantu, dónde radica el apoyo a su gobierno, mientras que el norte ha sido descuidado. Museveni ha mostrado una cierta agresividad hacia sus vecinos, que llegó a su punto máximo con la intervención ugandesa en la guerra civil somalí; intervención apoyada fuertemente por los EE.UU, lo que llevaría también a creer que la ayuda militar ordenada por Obama fue concedida, más que por motivos humanitarios, con el objetivo de ayudar a un aliado belicoso que ya en Somalia había perdido centenares de soldados.

El gobierno de Museveni, desde su creación, ha tenido que enfrentar una serie de levantamientos y movimientos de resistencia concebidos desde una base étnica. De hecho, el norte del país ha sido sometido a la ocupación militar del NRA, el cual no ha dejado de involucrarse en crímenes de guerra que han sido también registrados por Amnesty International. Es en este clima donde ha surgido la “Lord’s Resistance Army” (LRA) de Joseph Kony, guerrillero cristiano y acholi. La lucha entre el LRA y el NRA se ha llevado adelante sin tregua: el gobierno ha sido acusado más o menos las mismas atrocidades atribuidas al LRA, incluyendo la explotación de niños que es el leitmotiv de Kony 2012. Pero la Corte Penal Internacional (CPI) en 2005 emitió órdenes de arresto sólo a los líderes del LRA. Vale la pena mencionar que la Corte Penal Internacional fue creada en 2002 y es reconocida actualmente por 120 países. Entre los países que no reconocen la autoridad de la corte sobre sus asuntos se encuentra los EE.UU., Israel, China, India y Rusia.

El conflicto interno que enfrenta Uganda ha llamado la atención, para nada desinteresada, de otros países. El LRA ha sido apoyado por Sudán, decidido a vengarse del apoyo prestado por Museveni a los independentistas del Ejército de Liberación del Pueblo de Sudan, o “Sudan People’s Liberation Army” (SPLA). Sudán del sur, en parte gracias al SPLA, ha recientemente logrado su independencia, pero la tensión con Jartum sigue siendo altísima. En el ínterin, la LRA ha sido reestructurada y se ha trasladado sus fuerzas hacia Sudán del Sur. El gobierno de Uganda, en cambio, como se mencionó anteriormente cuenta con el apoyo de los EE.UU. (mientras que Sudán ha sido y es todavía un gobierno cercano a China). Incluso antes del mencionado decreto de Obama, los EE.UU. habían enviado hombres y armas para apoyar a Museveni en las operaciones de AFRICOM, el comando de la OTAN para misiones en África, creado hace unos años como reacción a la penetración política y comercial de China en el continente negro. En 2008-2009, los EE.UU. apoyaron la llamada Ofensiva de Garamba, en el Congo, dirigido por las fuerzas de Uganda, del gobierno congoleño y del SPLA sudanés contra el LRA de Kony. En realidad el LRA se encuentra casi completamente erradicado de Uganda. En los últimos años ha mostrado signos de actividad sólo en los países vecinos.

No han faltado los criticos de Kony 2012. La perdiodista ugandesa Rosebell Kagumire ha revelado la ultra-simplificación de la historia operada en el video. Una fuente de indudable prestigio como Foreign Affairs, la revista del Council on Foreign Relations, unánimemente considerado el más influyente think tank de EE.UU., ha escrito a propósito de las organizaciones que, como Invisible Children, Inc., han defendido la causa de la participación de EE.UU. en el conflicto ugandés: “En sus campañas, estas organizaciones han manipulado los hechos en razón de fines estratégicos, exagerado el tamaño de los secuestros y  los asesinatos perpetuados por el LRA, haciendo hincapié en la utilización de niños inocentes como soldados, y pintando a Kony – sin duda un personaje brutal – como la encarnación única y aterradora del mal, una especie de Kurtz [el protagonista de El Corazón de las Tinieblas de Conrad]. Excepcionalmente se han referido a las atrocidades del gobierno de Uganda o las del People’s Liberation Army sudanés (incluidos los ataques contra civiles, el saqueo de viviendas y las actividades civiles), o la compleja política regional detrás del conflicto”. Michael Deibert, un famoso periodista que ha estudiado a fondo la cuestión ugandesa y dedicado un libro al tema, ha criticado duramente la campaña Kony 2012. Lejos de defender al líder del LRA, Deibert ha sin embargo notado que “el actual gobierno de Uganda también ha hecho uso intensivo de los Kadogo (niños soldados), poniéndolos a combatir al lado de las milicias de niños soldados que también emplea la Republica Democrática del Congo; cosa que Invisible Children parece ignorar voluntariamente”. La tesis de la no imparcialidad de la organización parece confirmada por una foto que muestra a los tres fundadores posando, con armas y en actitud belicosa, al lado de los rebeldes de Sudán del Sur. La misma Glenna Gordon, autora de la foto, ha declarado que considera a los tres como “neocolonialistas”, y que piensa que ellos están orgullosos de serlo.

No hay ninguna intención de cuestionar la buena fe de los dirigentes, activistas o simpatizantes de Invisible Children. Pero la realidad es mucho más compleja de lo que se cuenta en el video de media hora. Kony, que en la filmación (y en carteles de propaganda) es explícitamente presentado como un nuevo Hitler o Bin Laden, es sin duda un personaje censurable; pero es también el producto de la lucha de un pueblo, el acholi, que ha sido oprimido por un presidente, Museveni, quién ciertamente no se ha distinguido por liberalismo, respeto de la soberanía popular o derechos humanos. Y la presunción de buena fe no exime a Kony 2012 de la crítica, sobre todo cuando se hace partidario explícito de la intervención militar de EE.UU. en Uganda. Una intervención que sólo una cierta ignorancia de los acontecimientos de África y una gran dosis de ingenuidad puede hacer creer, como afirma el documental, que tiene por fin solamente “hacer lo que es justo”. Los EE.UU. han intervenido en Uganda como parte de la militarización de las relaciones con el continente, que ha sido necesaria debido a la penetración política y comercial de China en África. El envío de asesores militares a Museveni, posible preludio a una escalada bélica (¿tal vez el verdadero fin de la campaña viral Kony 2012?), debe ser considerado junto con los atentados con aviones no tripulados en Somalia, con la intervención para derrocar a Gaddafi en Libia, y con el accionar francés en Costa de Marfil para deponer a Gbagbo. El documental de Julien Teil “La guerre humanitaire” ha demostrado el papel poco transparente de las organizaciones no gubernamentales en la preparación de la intervención de la OTAN en Libia. Invisible Children hace hincapié en la necesidad de enviar tropas de Estados Unidos a Uganda en un momento en el cual el LRA está debilitado y en el que, de acuerdo con una gran mayoría, Kony no se encontraría en el país desde hace ya años. No parece arriesgado a esta altura ubicar a Kony 2012 en el marco de una estrategia norteamericana de soft power, conminada a mantener la ampliación – no necesariamente de modo pacífico- de la influencia de Washington en África.

(Traducido por Leandro Brufal)”

*Daniele Scalea es co-director de “Geopolítica” y secretario científico del IsAG. Es el autor de “El desafío total” y co-autor de “Entender las revueltas árabes”.

Extraído de: “Dossier Geopolítico”

20/03/2012

Escenarios Globales para el 2012: cómo está cambiando el mundo

por Daniele Scalea*

No se puede hablar acerca de los escenarios mundiales para el año 2012, sin tomar en cuenta lo que ocurrió en 2011. No es necesario decir que el año pasado será recordado como el de las revueltas árabes. Hay dos perspectivas desde las cuales se las puede observar: una interna y otra externa.

Desde la perspectiva interna, es evidente que el mundo árabe había llegado a un punto de ruptura causado no sólo por los desequilibrios socioeconómicos, sino también por las tensiones políticas. La tensión fundamental es aquella que se da entre las ideologías, los partidos políticos y los gobiernos llamados “laicos” (un término que en el mundo islámico no puede tener el mismo significado que tiene para nosotros) y sus contrapartes religiosas. Los laicos han hegemonizado el panorama árabe, y el musulmán en general, en la época pos-colonial (a pesar de significativas excepciones como la de la Arabia Saudita Waabita). Pero no han mantenido sus promesas: no han logrado la unidad árabe, no han realizado el socialismo ni logrado el progreso económico, no han podido enfrentar a Israel. Durante las últimas décadas han llegado a degenerar en pequeños regímenes nacionales, auto-referenciales y cleptocráticos. En el fondo, si los islamistas han logrado ascender, este escenario ya era evidente desde algunos años atrás con la victoria electoral de Hamas en Palestina –o incluso antes con la revolución islámica en Irán, o con la difusión de las madrasas waabitas en el mundo.

Desde la perspectiva externa, no se puede ignorar la interferencia de las grandes potencias, sobre todo los EE.UU. Es cierto que los EE.UU. fueron los principales patrocinadores de gran parte de los regímenes árabes, pero también es cierto que al mismo tiempo se fueron deslizando hacia el interior de las sociedades civiles de esos mismos países, financiando y manipulando grupos y movimientos de oposición. Es el esquema de las “revoluciones de colores” en donde se puede ver el accionar tanto de sediciosas ONGs estadounidenses -dirigidas por el National Endowment for Democracy – como también de verdaderas agencias federales en Washington, como la USAID.

Sería simplista reducir las revueltas árabes a las revoluciones de colores, como también sería ingenuo ignorar esta dimensión exógena.

Aún más evidente es el papel de los EE.UU. y algunos de sus aliados en la desestabilización de países como Libia y Siria.

El rol perturbador de Washington es una señal de fuerza y de debilidad al mismo tiempo. Es una señal de fuerza porque ha demostrado que aún puede influir en las dinámicas regionales. Es una señal de fuerza porque desestabilizando la zona se crean infinitos Casus Belli potenciales, que servirían para intervenir militarmente -de considerarlo apropiado- siguiendo el modelo aplicado en Libia, bajo el pretexto de la R2P (“derecho a proteger”). Es una señal de debilidad debido a que Washington depende cada vez más de sus aliados subalternos, de Francia y Gran Bretaña a Turquía: un poco como lo hizo después de Vietnam, en los momentos difíciles busca apoyarse sobre las potencias medias como muletas de su hegemonía. Es una señal de debilidad porque ha tenido que aceptar el cambio en la región, incluso a costa de desagradar a Arabia Saudita e Israel (aunque sólo parcialmente), y aún a riesgo de crear, en el corazón del mundo musulmán, un bloque compacto de países controlados por Los Hermanos Musulmanes (que pronto se extendería desde Túnez a Jordania, desde Turquía a Sudán, pasando por Libia, Egipto y Siria).

Pero es además una señal de debilidad, sobre todo, porque desestabiliza una región entera antes de reducir el peso en la propia ecuación estratégica. No se cuenta con fuerza suficiente para dejar un “gran medio oriente” estable y rígidamente filo-atlantista y, por lo tanto, se recurre a la “geopolítica del caos”. En este caso, el objetivo es crear un conflicto irreconciliable entre sunitas y chiítas, y un equilibrio recíproco entre Turquía, Irán, Arabia Saudí y quizá Egipto (una situación que dejaría a salvo incluso a Israel).

La reciente revisión estratégica anunciada por Obama, de hecho, no sólo exige lo que Jalife-Rahme ha llamado “ejército de desglobalización” -es decir, la reducción de las guarniciones y los militares de EE.UU. en el mundo-, sino también su relocalización en la región de Asia-Pacífico.

Además de la dificultad de mantener una presencia militar global, hay dos motivaciones detrás de esta decisión. La primera es la probable disminución de la importancia estratégica del norte de África y el Cercano Oriente en las próximas décadas. En los EE.UU. se están encontrando grandes reservas de gas y de pizarras bituminosas: en la actualidad son difíciles de explotar, pero con una serie de avances tecnológicos podrían dotar al país de la total autosuficiencia energética. Incluso las reservas de hidrocarburos del vecino y confiable Canadá se descubren cada vez superiores: el Ártico podría convertirse en un nuevo núcleo geo-estratégico. La segunda consideración, obviamente, es el surgimiento de China, que Washington espera contener controlando los “cuellos de botella” (tales como el Estrecho de Malaca) del que proceden suministros vitales para Pekín, y apoyándose en la India y Japón como contrapesos locales a la potencia china.

Pero la contención de China también pasa por África. En los últimos años, Beijing ha sido protagonista de una profunda y capilar penetración económica en el continente negro, basada en relaciones comerciales, en préstamos y ayudas consideradas más equitativas que las occidentales. La OTAN ha respondido con la creación de un comando especial militar ad hoc, AFRICOM, y con una política agresiva. El ataque a Libia, un importante patrocinador de la Unión Africana, debe ser considerado en el contexto de la actual intervención armada francesa en Côte d’Ivoire, de la secesión de Sudán del Sur de la filo-china Jartum, y de los bombardeos de los aviones no tripulados norteamericanos en Somalia. Los atlantistas desean recuperar África por la fuerza.

¿Por qué China causa tanto miedo? Militarmente esta todavía atrasada respecto de los EE.UU., especialmente en términos de capacidad ofensiva (o “proyección de poder”, como se dice eufemísticamente hoy en día) pero está dando pasos de gigante. Se las arregló para desarrollar un portaviones propio y un avión invisible propio: base “cualitativa” para una futura expansión “cuantitativa”. Pero es sobretodo en el plano económico donde Pekín mete miedo a Washington. Todos saben que China está creciendo a una velocidad vertiginosa y parece destinado a superar a los EE.UU.; pero el uso del engañoso PIB nominal lleva a creer que este evento es aún relativamente lejano en el tiempo. No es así. A paridad de poder adquisitivo el PIB de China en 2010 equivalía al 70% del estadounidense. Estamos hablando de una diferencia de poco más de 4000 millones de dólares internacionales: en la última década Pekín ha recuperado 2500 en relación a Washington. En esta década será aún más rápido, ya que la crisis mundial muerde más a los EE.UU que a China.

A pesar de predicciones de una desaceleración dramática en el crecimiento de China debido a la explosión de la burbuja inmobiliaria en el país, los datos se siguen mostrando tranquilizadores. Según el economista Attilio Folliero es una cuestión de esperar solo 5 o 6 años para que el PIB de China supere al de EE.UU.

Otra tendencia reforzada por la crisis financiera de 2008 es la regionalización económica. En los últimos meses hemos visto el nacimiento de la Unión Euroasiática, la CELC y la UNASUR, organizaciones que buscan respectivamente la integración de la ex Unión Soviética, de América Latina y de América del Sur. Se podría incluir a la Unión Africana, pero después de la muerte de Gadafi ésta se encuentra estancada. Y la Unión Europea, fundadora de los organismos integrados regionales, parece estar al punto de la implosión.

La tendencia hacia la regionalización es algo que ya se experimentó después de la Gran Depresión de 1929; e incluso luego de la anterior crisis de 1873. La crisis económica de 1873 marcó el comienzo de la llamada “edad del imperialismo” en la que las grandes potencias buscaban crear sus imperios coloniales parcialmente cerrados al comercio y a la inversión de los demás. En los años 30 del siglo pasado, Alemania creó un sistema de economía cerrada, basada en el trueque internacional en Europa Central y Oriental; mientras que Francia y Gran Bretaña engrandecían sus propios imperios y el Japón proponía una “esfera de co-prosperidad asiática”. Hoy en día, además de la creación de organismos regionales integrados, vemos que muchos países comienzan a equilibrar sus intercambios comerciales, ya no más a través del dólar, sino a través de sus monedas nacionales: es el caso que se da entre Rusia y China o China y Japón. Se trata de un grave problema para los EE.UU que deben gran parte de su poder a lo que Henry Liu ha llamado “la hegemonía del dólar”. Después de Bretton Woods, los EE.UU han vinculado su moneda nacional al petróleo, logrando mantenerla como valor de reserva internacional, desligándose de la molestia que significaba la convertibilidad al oro. Y así han podido, y pueden, imprimir papel y distribuirlo al mundo a cambio de bienes reales.

Idas y vueltas de la historia. Esta analogía entre la regionalización económica de hoy y la posterior a 1929 no es la única posible. Hoy, como entonces, vemos un creciente papel del Estado en la economía. Pero, también entonces como ahora, con modalidades y resultados diferentes. Algunos países como China hoy en día (y en cierta medida los EE.UU.), o Alemania y la URSS en aquel entonces, confían en políticas expansivas que, si no relanzan la economía, al menos la sostienen. Otros, como la Unión Europea, eligen en cambio una política depresiva. El Estado no interviene para proporcionar liquidez y estimular la economía: interviene en cambio para captar liquidez gravando a los productores para distribuir el dinero entre los grandes rentistas (en este caso, los bancos y los fondos) En el post-1929 esta política miope y corporativista llevó a la gran depresión. Que el 2012 será un año de recesión para gran parte de la UE, hasta ahora parece un hecho confirmado.

El año 1929, entre otras cosas, nos da otra lección: “lo peor no llega inmediatamente”. Wall Street se derrumbó en octubre de 1929, pero la quiebra del Creditanstalt (el hecho que precipitó la situación) data de 1931. El colapso de Wall Street es el final de 2008, pero parece que lo peor viene ahora, en 2012.

Incluso había ilusos esperando que Lehman Brothers hubiese sido la Creditanstalt de nuestros días, con consecuencias finalmente positivas sobre la economía global (si se lo compara con lo que sucedió hace 80 años).

Es cierto el dicho que reza: aquellos que no conocen la historia están condenados a repetirla. Pareciera que estamos asistiendo a una reedición de los acontecimientos posteriores a 1929. ¿Queremos terminar de contar la historia? 1929 culminó finalmente en la Segunda Guerra Mundial. Aconsejo a nuestros dirigentes estudiar la historia, antes de que sea demasiado tarde para dar marcha atrás…

*Daniele Scalea es co-director de “Geopolítica” y secretario científico del IsAG. Es el autor de “El desafío total” y co-autor de “Entender las revueltas árabes”.

(Traducido por Leandro Brufal)

05/12/2010

La importancia de Rusia para Italia

por Daniele Scalea.

Fuente: “Eurasia. Rivista di studi geopolitici”, no. 2/2010, pp. 189-197

Diez siglos de indiferencia

En 1472 el Gran Príncipe Iván III de Moscú, futuro ‘gosudar’ (soberano) de toda Rusia, se casó con una princesa bizantina, Sofía (ya conocida como Zoe) de la dinastía de los Paleológos, sobrina de Costantino XI, último emperador romano de Oriente que había caído diecinueve años atrás, durante el asalto a Constantinopla por los turcos. En esta ocasión, Iván III no sólo adoptó el águila bicéfala bizantina y el ceremonial de corte imperial, sino también el título de zar (‘car’ según la transliteración actual) – es decir “césar”, herencia de los inicios imperiales de Roma que se transmitió en sucesión hasta el epílogo de 1453. No sorprende que en los mismos años se difundiera en Rusia la leyenda de la descendencia de los príncipes moscovitas de los emperadores romanos y la doctrina de la “Tercera Roma” – precisamente Moscú – como ciudad sucesora de la original y de la Segunda Roma bizantina.

Según la leyenda, Octaviano Augusto habría, en edad tardía, repartido el Imperio entre sus parientes (en la época en que tal historia fue concebida, era normal considerar al Estado como propiedad del soberano, por lo que tal concepción también se aplicaba en la época clásica) poniendo a uno de sus hermanos, de nombre Prus, como jefe de las riberas del río Vístula. De Prus descendería, después de catorce generaciones, Rúrik, el vikingo fundador de la dinastía Rúrika, a la cual pertenecía Iván III. La doctrina de la Tercera Roma, nacida en el siglo XV, encontraría una completa formulación sólo cinco años después de la muerte de Iván III el Grande, cuando en 1510 el abad Filofei escribió al zar Basílio III una carta que contenía la famósa frase: “ Dos Romas han caído, pero la tercera está en pie existiendo todavía y no habrá una cuarta”.

Pocos años después de su matrimonio con Sofía, Iván envió a Venecia a su propio agente, con el objeto de invitar a Moscú a algunos arquitectos y otros italianos ilustres. Entre aquellos que aceptaron estaban: Aristóteles Fieravanti, Aloisio da Milano, Marco Ruffo y Pietro Antonio Solario. Fieravanti construyó en pocos años la Catedral de la Anunciación. Ruffo, Solario y otros arquitectos italianos ayudaron a construir el Kremlin, edificando el Palacio de las Facetas y varias torres. Se trataba de una avanzada, porque el aporte italiano a la arquitectura rusa fue constante por siglos. Sobre ese tema existen excelentes monografías, aunque aquí nos limitaremos a citar algunos pocos ejemplos, como Bartolomeo Francesco Rastrelli (1700 – 1771), creador del Palacio de Invierno, del Instituto Smol’nyj en San Petersburgo y del Palacio de Carskoe Selo (hoy Pushkin), y Giacomo Quarenghi (1744 – 1817), a quien se debe el Teatro del Ermitage (San Petersburgo).

A pesar de estas importantes relaciones culturales –a decir verdad bastante unidireccionales- durante muchos siglos aquellas políticas no fueron significativas tampoco, con la excepción de las relaciones entre la Roma Papal y la Moscú ortodoxa, de un tenor principalmente religioso y no ciertamente idílico. El porqué de la ausencia de diálogo político entre Rusia e Italia durante un milenio se explica fácilmente.

Desde el siglo IX hasta el año mil la Rusia de Kiev es un Estado que sirve como conexión sobre la ruta fluvial norte-sur para unir el Báltico con el Mar Negro, y sin considerar el oeste. En el mismo periodo, el Reino de Italia de origen longobardo–carolingio está en plena crisis institucional, y también en el sur el dominio bizantino es muy débil y posibilita los intentos secesionistas: no hay espacio para mirar al extranjero, sino solamente por el temor a invasiones. Del siglo XIII a la época de Iván III los principados rusos se encuentran bajo el talón de la Horda de Oro de los mongoles y por lo tanto orientados hacia el este; en el mismo período en Italia el fracaso de los intentos hegemónicos imperiales lleva a una desintegración política, sobre todo en la región centro-norte del país: la política “externa” de los potentados italianos se dirige principalmente a las ciudades cercanas, como máximo a las ligas nacionales de los güelfos y gibelinos y a las potencias vecinas que puedan intervenir militarmente. Cuando Moscú se sustrae del control de los mongoles reunificando los territorios de la Rusia de Kiev, elevándose finalmente al rango de importante país europeo, en Italia la subida de Carlos VIII inaugura la edad oscura en la cual la península es campo de batalla y tierra de conquista para las grandes potencias extranjeras. En los mil años que van desde el nacimiento de la Rusia de Kiev hasta la época napoleónica, la historia de Rusia es la historia de una nación en ascenso y la de Italia la de una potencia en decadencia, pero tampoco Moscú en aquel período tiene la fuerza para proyectarse más allá del estrecho nivel regional. Así que, mientras Italia se concentra en las luchas intestinas, el Kremlin focaliza su atención en la reunificación rusa más allá de Ucrania y Bielorrusia expresando su voluntad de expansión sobre todo hacia al este, en la notable cabalgada siberiana de los Cosacos entre ‘500 y ‘600. En tales condiciones, las dos historias nacionales no pueden encontrarse, a lo más intercambiar las fugaces miradas culturales que someramente describimos anteriormente.

Italia descubre a Rusia

En la lucha contra la Francia de Napoleón Bonaparte, la Rusia de Alejandro I conquistó el rol de gran potencia europea. Italia no podía ignorar más su importancia, mientras que Moscú podía razonablemente dar poca importancia a nuestra débil y todavía dividida península: esta es la razón por la que Italia empezó a “descubrir” Rusia desde el principio del siglo XVIII, pero pasó mucho tiempo hasta que Rusia nos correspondiera con su atención. Como vamos a ver enseguida, se podría afirmar que Moscú, todavía en el periodo soviético, no había descubierto a Italia completamente.

Por casi un siglo, no fue muy agradable para los italianos este “descubrimiento”. Rusia, en virtud de su papel legitimista sancionado por la Santa Alianza, siempre fue hostil al proceso de reunificación italiana, aunque había opiniones favorables en su elite culta. Más de cincuenta mil italianos (mitad septentrionales y mitad meridionales) tuvieron parte en la grandiosa campaña napoleónica de Rusia, la mayoría de ellos fueron incluidos en el IV Cuerpo a las órdenes del Virrey e hijo adoptivo del Emperador Eugenio de Beauharnais. Estos cincuenta mil hombres sufrieron el trágico destino de casi toda la Grande Armée, pero no antes de haberse cubierto de gloria en Borodin.

En 1849 los rusos conspiraron para derrotar a los movimientos del ’48 invadiendo la Hungría de Kossuth; dado que los Habsburgos les ayudaron, favorecieron indirectamente su acción en Italia, aunque a decir verdad en la península, en el tiempo de la campaña de Hungría, la situación de la revolución ya era agonizante.

Pocos años después los habsburgos, dando una impresionante demostración de ingratitud, se alinearon contra los Romanov en la área balcánica. Este hecho habría podido convertir al Imperio Ruso en un posible aliado del Resurgimiento italiano, en virtud de la enemistad común hacia los austríacos, pero la lejanía geográfica, el aislamiento diplomático de Moscú y la escasa historia de relaciones diplomáticas entre los dos países, llevaron al Conde de Cavour a no tener en consideración esta hipótesis, prefiriendo volverse decididamente hacia Londres y París. En 1855, no obstante la opiníon contraria de la opinión pública y de su mismo Gabinete, el Conde de Cavour decidió responder de manera positiva a las peticiones de las dos potencias occidentales, enviando las divisiones de Piamonte a luchar en la guerra de Crimea contra Rusia, y por eso, a favor de Viena, la cual también estaba a favor de la intervención, aunque sólo desde un punto de vista diplomático. Aunque generalmente se describe la guerra de Crimea como una “obra diplomática” del Conde de Cavour -que tuvo como resultado el hecho de hacer de la cuestión italiana un problema de política internacional y ya no de orden público- el historiador británico Denis Mack Smith ha expresado sus dudas, afirmando que la decisión de la intervención fue forzada por Víctor Emanuel II y que en el Congreso de París “los resultados fueron decepcionantes”, tanto es así que el Conde de Cavour esperó “encontrar un aliado en la derrotada Rusia”.

En realidad, Italia siguió mirando a las potencias occidentales, incluso después de la Unidad -cuando nuestro país mostró su interés hacia la región Balcánica- Rusia se convirtió en un competidor político. El mismo acercamiento hacia Alemania tuvo su origen en la preocupación por el Dreikarserbund ruso –aleman –austríaco, potencialmente capaz de definir el destino de los Balcanes, dejando fuera a Italia, y el nacimiento de la Triple Alianza coincidió a grosso modo con la crisis del Pacto de los tres Emperadores. En pocas palabras, Italia entró en el sistema de la alianza austro – alemana en sustitución de Rusia.

Sólo al comienzo del novecientos Italia empezó a mirar a Rusia con ojos nuevos, ya no como una lejana amenaza, sino como una potencial amiga.

Rusia como contrapeso diplomático

La historia diplomática de Italia se compone de pesos y contrapesos, de aliados y “amigos”. Esto es comprensible en cuanto ha sido la última de las grandes potencias y es, desde 1943, sólo una potencia media. Roma siempre se ha vinculado a un poderoso aliado, bajo cuya égida pudiese conducir su propia política; al mismo tiempo, para no depender en demasía de su senior partner, ha intentado apoyarse en una segunda potencia, no aliada sino “amiga”, de manera que de la triangulación pudieran nacer inéditos espacios de autonomía.

El Resurgimiento se realizó bajo la protección del Segundo Imperio Francés, pero las autoridades piamontesas y los patriotas mantuvieron estrechos vínculos con Inglaterra. Sin este segundo punto de referencia la historia de Italia habría sido diferente.

Napoleón III promovió la expansión de la Corona saboyana en el norte de Italia contra los Habsburgos, pero en su plan estratégico habría sido un simple Estado satélite de Francia, al igual que los otros dos reinos italianos que surgirían en el Centro y en el Sur. Por el contrario, los ingleses que no tenían simpatía por los austríacos pero aún más temían el expansionismo de París, apoyaron de manera discreta pero decisiva la ulterior expansión saboyana hasta la creación de la unidad de Italia, que sería funcional para la contención de Francia en el Mediterráneo Occidental.

Después de 1871, con la caída del Segundo Imperio y la creación de una república anticlerical en Francia, Roma tuvo que abandonar su alianza con París intentando crear una alianza con Alemania, después de algunas dudas quizá excesivas. En un primer momento la diplomacia italiana esperaba elevar a Inglaterra al rol de aliado de referencia, pero quedó simplemente como una “amiga”, continuando además desarrollando aquel rol de contrapeso respecto al aliado oficial. La experiencia italiana de la Triple Alianza se podría comparar a una ola: la marea subió hasta su apogeo con la presidencia de Crispi, para romperse en los escollos de Adua y empezar a refluir otra vez.

Fue durante este periodo de reflujo, caracterizado por una diplomacia abierta, dinámica y parcialmente incoherente de Italia –que ahora se dividía entre los aliados austro–alemanes y los “amigos” franco–británicos – cuando Roma firmó los primeros acuerdos formales con Rusia.

Alrededor de 1907, rusos e ingleses llegaron a un acuerdo con respecto a las tensiones existentes en Asia (Persia, Afganistán etc). Dado que Moscú se convirtió en “amiga” de nuestros “amigos”, tambíen Roma intentó un acercamiento y se firmaron en primer lugar algunos acuerdos comerciales. En ocasión de la crisis bosnia de 1908, el ministro de Relaciones Exteriores Tittoni buscó forjar un verdadero entendimiento político austro–italo–ruso en la región balcánica, pero terminó frustrado sobre todo a causa de la concreta intervención de Berlín en ayuda de Austria, que convirtió a Viena particularmente arrogante y a Moscú decididamente reticente. En los años siguientes fue la misma Rusia quién tomó la iniciativa.

El 24 de octubre de 1909 el Zar visitó al Rey de Italia en Racconigi: aquí el ministro Aleksandr Isvolskij presentó a su homólogo Tittoni un boceto de acuerdo ya elaborado, y para resolver cualquier reticencia italiana a causa de la relación de Italia con la Triple Alianza, mostró también una copia del tratado de neutralidad austro–ruso de 1904, tratado que Viena no reveló a Italia dado que éste estaba dirigido directamente contra ella. También el Tratado de Racconigi se estipuló en secreto, incluyendo el compromiso entre Rusia e Italia de mantener el statu quo en los Balcanes, favoreciendo el desarrollo de Estados nacionales en lugar de la expansión imperial de sujetos externos a la región (es decir Austria–Hungría). Después del Tratado siguió inmediatamente otro acuerdo bilateral con Viena (Italia siguió utilizando la política de los “aliados” y de los “amigos”) que no se refería solamente al teatro balcánico: Roma consentía en apoyar los objetivos rusos en el estrecho del Bósforo y de los Dardanelos a cambio de que Rusia no se opusiera a la ocupación de Cirenaica y Trípoli. Según Sergio Romano “la promesa de Racconigi demostraba que Italia estaba dispuesta a aumentar el número de jugadores para reducir la hegemonía anglo–francesa” en el Mediterráneo. Por primera vez, Rusia tomaba parte en el juego de pesos y contrapesos de la diplomacia italiana.

Las grandes conflagraciones bélicas casi siempre representan algo negativo para las potencias militarmente en desventaja, y este es el caso de Italia durante toda su moderna historia unitaria. Con la explosión de la Gran Guerra, Roma se vio obligada a alinearse con una de las dos coaliciones en liza, y de forma previsible decidió apoyar a la que tenía mayor capacidad de hacerle daño. El hecho de estar con Rusia, en esta ocasión, fue algo accidental: Italia en realidad se había alineado con los franceses y los británicos. Por supuesto, el Imperio del Zar habría podido ser útil en la posguerra si no se hubiese adelantado de manera autónoma el destino de los tres grandes bandos derrotados, disgregados y maltratados por la agresiva y rapaz política de Versalles. Italia se encontró entonces sola y con tres aliados más fuertes: Francia, Inglaterra y Estados Unidos – y ningún “amigo” en quién apoyarse para equilibrar sus fuerzas. Sobre todo, porque tanto los franceses como los británicos no se mostraron dispuestos a concederle territorios o zonas de influencia, tanto en los Balcanes como en el Mediterráneo y en África, ya que podría aumentar su potencia de manera amenazante para ellos mismos. Wilson, por su parte, tenía una fuerte antipatía por la diplomacia italiana y fue un obstáculo adicional en lugar de una ayuda: después de él, Estados Unidos escogió el aislamiento político y Roma se quedó sola, Cenicienta entre las dos hermanastras malignas y mucho más fuertes que ella, bien dispuestas a mantenerla como junior partner de la tríada (en función de la contención de Alemania y el comunismo), pero decididas a mantener su posición así y nada más. De hecho, el reconocimiento de la URSS realizado oficialmente por Mussolini el 7 febrero de 1924 (fue de los primeros gobiernos europeos en hacerlo) se puede interpretar a la luz del esquema hasta aquí descrito. En ausencia de Alemania, a la Unión Soviética se la consideraba como el “amigo” capaz de servir de contrapeso frente a los aliados. Esto no duró mucho, en primer lugar a causa del titubeo de Mussolini para aliarse contra las “demoplutocracias occidentales”, y en segundo lugar, por el regreso a lo grande de Alemania a la escena internacional, convirtiéndose en el nuevo punto de referencia de su política internacional. Durante la Segunda Guerra Mundial, Mussolini envió por tercera vez – después de Napoleón y Cavour- soldados italianos para luchar contra Rusia; y como las dos veces anteriores, los italianos no seguían sus propios intereses geopolíticos, sino que se confiaban al aliado de referencia que decidía y conducía a la guerra. Es bien conocido que Hitler no consultó con Mussolini antes de desencadenar la “Operación Barbaroja”, que sí resultó decisiva para el destino de la guerra, pero no en el sentido que quería y confiaba el Führer.

Después de la derrota, antes de que la guerra terminara, estaba clara para todos la importancia que la Unión Soviética iba ganando en la política internacional, y aquella que potencialmente podía tener en la política externa italiana.

El Reino de Italia, durante el conflicto, estaba sometido a una Comisión de control anglo-americana. Renato Prunas, hábil secretario general del Ministerio de los Asuntos Exteriores (ministro de facto, siendo el titular del departamento de prisioneros alemanes), decidió con Badoglio aumentar su capacidad de negociación incluyendo también en la partida a la URSS: en el invierno de 1943 – 1944 condujo las negociaciones con Andrej Vyshinskij, que llevaron en marzo al inicio de relaciones diplomáticas regulares entre el Reino de Italia y la URSS. El problema es que en aquel tiempo Moscú todavía no había “descubierto” a Italia como elemento geopolítico funcional a su acción diplomática y, como veremos, este estado de cosas perduró en las décadas siguientes, perjudicando los intentos de acercamiento por parte de los italianos; a esto hay que añadir que, en todo caso, estando Italia en la zona de influencia occidental, los Soviéticos creían que no tendrían que utilizar su diplomacia, sino al partido comunista local. En esta ocasión el Kremlin, que con el acuerdo esperaba solamente lanzar un mensaje a los anglo– americanos, se comportó con extrema frialdad con Pietro Quaroni, embajador italiano en Moscú.

La diplomacia de Roma recibió un poco más tarde una segunda ducha de agua fría por parte de los Soviéticos. En la posguerra amplios sectores de la política y de la diplomacia italiana tenían fuerte dudas sobre la elección atlantista patrocinada por el Presidente del Consejo Alcides de Gasperi y de Carlo Sforza, su ministro de Asuntos Exteriores. En particular, Manlio Brosio, experto político liberal que al final de 1946 había sustituido a Quaroni como embajador en Moscú, seguía con su estrategia neutral esperando que Italia pudiese aprovecharse de esta nueva “política de peso determinante”: como una mujer hermosa que tiene en vilo a los pretendientes, obteniendo más atención y galanterías de su cortejadores, Roma habría debido mantener el equilibrio entre ambos bandos y aprovechar mientras tanto los frutos de esa posición privilegiada. En realidad, esta estrategia resultó impracticable porque los Soviéticos fueron los primeros en dar por descontado que Italia debería formar parte del área de influencia de Estados Unidos: por eso mostraron su desinterés por el proyecto de Brosio, decididos como estaban a aplicar en Italia una “diplomacia popular” a través del PCI. Brosio, puesto contra el muro de la indiferencia soviética, terminó convirtiéndose al atlantismo, hasta llegar a ser secretario general de la OTAN entre 1964 y 1971.

Sin embargo, la idea de instaurar relaciones amigables con la URSS para aprovechar cualquier contrapeso ante el intruso y potente aliado norteamericano, y obtener así inéditos espacios de acción autónoma (en particular en el Mediterráneo), tuvo una presencia constante en la clase dirigente italiana. Los que llevaron a cabo este proyecto fueron el ala de los llamados “neoatlantistas”, opuesta a la de los “atlantistas ortodoxos”. Al comienzo de 1956, el Presidente de la República Giovanni Gronchi planificó una serie de entrevistas con el embajador soviético Bogomolov, acerca de la posibilidad de encontrar una solución pacífica a la cuestión alemana, proponiendo la unión confederal de las dos Alemanias y su neutralidad durante veinte años. Los soviéticos se mostraban interesados, pero intervinieron los atlantistas Segni y Martino – respectivamente presidente del Gobierno y ministro de Exteriores – para bloquear, en esta como en muchas otras ocasiones, la diplomacia presidencial. Una solución como la propuesta por Gronchi obviamente disgustaba a Washington, que en 1954 había incluido a Alemania Occidental en la OTAN empezando su programa de rearme en función antisoviética (fue como respuesta a tal acto que, en 1955 se constituyó el Pacto de Varsovia).

En febrero de 1960, Gronchi fue de visita a Moscú con la esperanza de reanudar el diálogo acerca de la cuestión alemana y sobre las complejas relaciones entre los dos bloques, pero sorprendentemente, durante una recepción en la embajada, Nikita Krushcev lo provocó públicamente manifestando otra vez la poca consideración que los soviéticos tenían por la diplomacia italiana. Krushev, con falta de tacto, reprobó la conducta de los italianos por la “acción criminal” de diez años antes y comparó las conquistas científicas de la URSS (el Sputnik acababa de llegar a la luna) con el desempleo de nuestro “Estado burgués”. Mejor le fue al presidente del Gobierno Amintore Fanfani en agosto de 1961, cuando a su vez fue de visita a Moscú; sin embargo, el papel de Italia como posible mediador entre Estados Unidos y la URSS no fue reconocido por Krushev, de modo que – mientras Fanfani estaba de regreso a su país – la cuestión alemana se resolvió bruscamente con la creación del muro de Berlín. De hecho, desde Roma se renunció a buscar activamente la amistad de Moscú, concentrando sus expectativas de autonomía en el teatro del Mediterráneo y en lograr fueran aceptables para los EEUU, mostrando una fuerte fidelidad a Washington en la confrontación con la URSS.

El fin de la confrontación bipolar puso en tela de juicio la política exterior de Italia: sin un enemigo europeo de Estados Unidos, no hay posibilidad de valorizar su propio aporte a la alianza. La solución sólo pudo ser la que se utilizó en el pasado: tratar de equilibrar al aliado muy poderoso con un “amigo” de peso.

El renacimiento de la Federación Rusa desde la llegada al poder de Putin señala claramente el camino de la diplomacia italiana, más consciente del rol geopolítico de nuestro país. Las muy cordiales relaciones que el actual gobierno ha establecido con Moscú nos hacen esperar que se haya comprendido esta exigencia.

Rusia como proovedor de energia

No podemos dejar de señalar que la visita italiana que tuvo más éxito en la Rusia comunista, a despecho de Gronchi y Fanfani, fue la de Enrico Mattei. En noviembre de 1957 el dirigente del ENI firmó los primeros acuerdos con Moscú para la importación italiana del petróleo soviético, a cambio de equipos para la extracción y transporte del petróleo.

En los años 70, después de la brusca subida del precio del petróleo por parte de la OPEP, el gobierno italiano intentó contener el shock aumentando el uso del gas natural en el consumo de la energía de la nación. La URSS, junto con Libia y Argelia, se convirtió en el interlocutor privilegiado, y se reforzaron los acuerdos ya en vigor desde los tiempos de Mattei.

En la Unión Europea, Italia, con un consumo de energía bruto de 186,1 millones de toneladas de petróleo equivalentes (mtpe), está detrás de Alemania (349), Francia (273,1) y Gran Bretaña (229,5). En cuanto a las importaciones netas, Italia supera a los dos países occidentales con 164,6 mtpe y se acerca a Alemania (215,5). En la clasificación relativa a la dependencia de energía, o sea, a la relación entre importaciones y consumo bruto, Italia con un resultado de 86,8% supera a todos los grandes países europeos, como España (81,4%), Alemania (61,3%), Francia (51,4%) y Gran Bretaña (21,3%) encontrando delante de sí solo a pequeños países como Chipre, Malta, Luxemburgo (cuya dependencia es total) e Irlanda (90,9%). Es conocido también que la dependencia está aumentando: en 2004 era del 84,5%. Aunque Italia es el decimoquinto consumidor de energía en el mundo, es el noveno mayor importador de la misma. Petróleo y gas natural dominan el suministro de energía primaria en Italia, y en consecuencia, también el cuadro de sus importaciones (juntas suman el 85% del total): nuestro país es el séptimo mayor importador neto del mundo de petróleo y el cuarto de gas natural.

En este contexto, Rusia, el mayor proveedor de energía, se vuelve crucial en la geopolítica italiana. Roma tiene la necesidad de mantener cordiales relaciones de negocios con Moscú y de proteger las rutas de tránsito de los hidrocarburos rusos hacia nuestro país: en este sentido se explica la elección de ENI para cooperar completamente con Gazprom, en particular en la creación del gasoducto South Dream, que atraviesa la inestable Europa oriental. Este factor se suma a la necesidad de un contrapeso diplomático al señalar sin sombra de duda a Rusia como uno de los pilares necesarios de la política exterior italiana en el siglo XXI.

Daniele Scalea, redactor de “Eurasia”, es autor de “La sfida totale. Equilibri e strategie nel grande gioco delle potenze mondiali” (Fuoco, Roma 2010).

Fuente: “Eurasia. Rivista di studi geopolitici”