Archive for ‘Mutti, Claudio’

05/06/2017

Geopolítica y Eurasianismo en el siglo XXI, entrevista con Claudio Mutti

Caos internacional, creciente multilateralismo en las relaciones internacionales, decadencia de la unipolaridad, constituyen cada vez más los temas centrales tanto de la actualidad periodística, como del debate entre los especialistas de las relaciones internacionales.

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02/12/2015

Entrevista a Claudio Mutti: “la guerra civil islámica”.

CLAUDIO MUTTIpor Adriano Scianca – ¿Un choque de civilización entre Occidente y el Islam? Qué va, el conflicto actualmente en curso es (sobre todo) interior al mismo mundo musulmán. De ello está convencido Claudio Mutti, director de la revista Eurasia, que dedica en su último número un dossier a “La guerra civil islámica”. Y en este choque las facciones aparentemente más aguerridas (salafistas y wahhabitas), son justo las que tienen vínculos históricos con las fuerzas de occidente.

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30/11/2015

La guerra civil islámica

REVISTA EURASIA 03 2015 LA GUERRA CIVILE ISLAMICApor Claudio Mutti – Editorial de la revista Eurasia. Rivista di studi geopoliticiXXXIX (3 – 2015).

“Omnia divina humanaque iura permiscentur” (César, De bello civili, I, 6).

La guerra civil propiamente es un conflicto armado de amplias proporciones, en el que las partes beligerantes se componen principalmente de ciudadanos de un mismo Estado; objetivo de cada una de las dos facciones en lucha es la destrucción total del adversario, física e ideológica.

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08/10/2014

La geopolítica de las religiones

CLAUDIO MUTTI

por Claudio Mutti – La geopolítica como un método de investigación no se limita a trabajar en las relaciones internacionales y los hechos militares. Entre los factores que se busca identificar y entender, hay que incluir el factor religioso.

Si el siglo XIX y otra vez en la primera mitad del siglo XX la intelectualidad secular de Occidente había profetizado la desaparición progresiva e inevitable de la religión como un resultado final de la modernización económica y social, la segunda mitad del siglo XX fue la encargada de mostrar la falta de fundamento de tal expectativa. De hecho, a pesar de que la modernización ha alcanzado dimensiones mundiales, desde hace varias décadas las diferentes áreas del planeta se ven afectadas por un fenómeno de renacimiento religioso, enfáticamente definido por Gilles Kepel como “la venganza de Dios” (1), que ha llevado a algunos observadores a hablar incluso de “des-secularización del mundo” (2).

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26/03/2014

Geopolítica, geografía sagrada, geofilosofía

CLAUDIO MUTTI

por Claudio Mutti – De acuerdo con una definición integral, que intenta sintetizar aquellas proporcionadas por diversos estudiosos, la geopolítica puede ser considerada como “el estudio de las relaciones internacionales en una perspectiva espacial y geográfica, en el que se toman en cuenta la influencia de los factores geográficos sobre la política exterior de los Estados y la rivalidad de poder sobre territorios en disputa entre dos o más Estados, o entre diferentes grupos o movimientos políticos armados” (1).

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12/01/2014

La geopolítica de la lengua

CLAUDIO MUTTI

por Claudio Mutti – “En estas condiciones, sólo pueden existir lenguas vencedoras y lenguas vencidas” (J. V  Stalin, Al compañero Kholopov 28 julio 1950)

Lengua e Imperio

Si el término geolingüística no fuese ya utilizado por los lingüistas para expresar la geografía lingüística o lingüística espacial, a saber, el estudio de la difusión geográfica de los fenómenos lingüísticos, se la podría emplear para indicar la geopolítica de la lengua, es decir, el rol del factor lingüístico en relación entre el espacio físico y el espacio político.  Para sugerir esta posibilidad no está solamente la existencia de análogos compuestos nominales, como la geohistoria, la geofilosofía, la geoeconomía, sino también la relación de la geopolítica de la lengua con una disciplina designada por uno de tales términos: la geoestrategia.

Siempre fue la lengua compañera del imperio“: el nexo entre hegemonía lingüística y hegemonía político-militar, así naturalmente representado por el gramático y lexicógrafo Elio Antonio de Nebrija (1441-1522), respalda la definición que el Mariscal de Francia Louis Lyautey (1854 – 1934) dio de la lengua: “un dialecto que tiene un ejército y una marina de guerra”.  En el mismo orden de ideas se inspira el general Jordis von Lohausen (1907-2002), cuando afirma que “la política lingüística se la considera en el mismo plano de la política militar” y dice que “los libros en el idioma original desempeñan en el extranjero un papel a veces más importante que el de los cañones”[1].  De acuerdo con el geopolítico austríaco, de hecho, “la difusión de una lengua es más importante que cualquier otro tipo de expansión, ya que la espada sólo puede delimitar el territorio y la economía aprovecharlo, pero la lengua conserva y llena el territorio conquistado”[2].  Es esto, por otra parte, el significado de la famosa frase de Anton Zischka (1904-1997): “Preferimos a los profesores de lenguas que a los militares”.

La afirmación del general von Lohausen puede ilustrarse con una amplia gama de ejemplos históricos, empezando por el caso del Imperio Romano, que entre sus factores de potencia estuvo la difusión del latín: un dialecto campesino que con el desarrollo político de Roma se convirtió, en competencia con el griego, en la segunda lengua del mundo antiguo; utilizado por los pueblos del Imperio, no por imposición, sino inducidos por el prestigio de Roma.  Desde el principio el latín sirvió a las poblaciones sometidas para comunicarse con los soldados, los funcionarios oficiales y los colonos;  enseguida se convirtió en el sello distintivo de la comunidad romana.

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21/08/2013

Imperialismo e Imperio

CLAUDIO MUTTI

por Claudio Mutti* – El imperialismo, la “fase superior del capitalismo”

Imperialismo es un lema del vocabulario moderno, neologismo relativamente acuñado recientemente, son de las voces comúnmente formadas por el sufijo: ismo, que viene a sumarse al elemento raíz del adjetivo imperial y denotar su valor semántico, para indicar la tendencia de un Estado a expandirse sobre un área geográfica más amplia y ejercer su dominio político, militar y económico.

Ni bien había iniciado el siglo hasta 1920, Lenin señalaba que durante las dos últimas décadas, se la describe como una época de relaciones internacionales inaugurada por la Guerra Hispano-Americana (1898) y la Guerra Anglo-Boer (1899-1902): “en las publicaciones económicas, así como en las políticas del Viejo y del Nuevo Mundo, utilizan cada vez más el concepto de “imperialismo”[1], y citó como ejemplo el libro titulado Imperialismo, que el economista británico J. A. Hobson había publicado en 1902 en Londres y Nueva York.  Queriendo luego indicar la conexión del fenómeno imperialista con sus características económicas fundamentales, Lenin formulará su famosa definición del imperialismo como la “era del dominio del capital financiero y de los monopolios”[2]. “Una etapa específica del desarrollo de la economía mundial capitalista”[3], reiterará Paul M. Sweezy.

No aparece sustancialmente diferente el diagnóstico -del realizado por el jefe bolchevique- sobre el fenómeno del imperialismo efectuado en el mismo período por un miembro del pensamiento contrarrevolucionario, el conde Emmanuel Malynski, quién definía a los imperialismos como “megalomanía nacionalista ingeniosamente valorizado por la rapacidad capitalista”[4].  Convencido defensor de la idea imperial y apasionado apologeta de las construcciones geopolíticas destruidas por la Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique, el aristócrata polaco escribió que: “En la historia contemporánea, al igual que en las dos décadas que la preceden inmediatamente, vamos a ver los nacionalismos de las grandes potencias orientarse decididamente en la dirección del capitalismo y degenerar rápidamente en el imperialismo económico.  Ellas se encontrarán así en un plano inclinado y serán arrastradas por una concatenación de causas y efectos hacia el imperialismo político. De esta manera, al final, el capitalismo internacional habrá conducido a las naciones a la guerra más gigantesca que nunca ha existido”[5]. En la misma línea de Malynski se coloca Julius Evola, cuando denuncia “la falsificación imperialista de la idea imperial”[6] como el producto de ideologías “de tipo nacionalista, materialista y militarista”[7] o de intereses económicos.

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10/06/2013

¿Revolución nacional o “primavera” turca? Natella Speranskaya entrevista a Claudio Mutti

NATELLA SPERANSKAYA CLAUDIO MUTTI

Natella Speranskaya de GRANews (Rusia) entrevista a Claudio Mutti, director de la revista Eurasia, sobre las protestas en Turquía.

Natella Speranskaya: La revolución nacional ha comenzado en Turquía. ¿Cuáles son las fuerzas que hay detrás? ¿Quién está luchando contra quién?

Claudio Mutti: Las consignas sobre “derechos humanos” y “democracia”, las actuaciones de las Femen, la solidaridad expresada por Madonna y otras estrellas hollywoodienses, la retórica antifa salpicada de “Bella Ciao” como banda sonora son los síntomas de una “revolución naranja” o de una “primavera turca”, más que de una revolución nacional. En la actualidad es imposible saber si los problemas han estallado de manera espontánea, o si realmente los agentes extranjeros han provocado los problemas, como pretende Erdogan. Pero debemos tener en cuenta que el embajador de EE.UU. Francis Ricciardone ha repetido dos veces en dos días su mensaje a favor de los manifestantes, y que John Kerry ha hecho una declaración sobre el derecho a protestar. Ciertamente, entre los manifestantes también hay militantes y activistas nacionalistas, de movimientos pro-Eurasia anti-atlantistas (como, por ejemplo, el Partido de los Trabajadores, ISCI Partisi), pero no creo que se encuentren en una posición como para dirigir una masa tan heterogénea hacia el objetivo de una revolución nacional.

Natella Speranskaya: ¿Cómo es la revolución turca en relación con la oposición geopolítica eurasiatista (Rusia, Irán, Siria) y el atlantismo (OTAN, EE.UU., UE)?

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19/04/2013

Entrevista con Claudio Mutti: “Nuestra actividad debe ser arrancar la máscara al término ‘Occidente'”

CLAUDIO MUTTI

Entrevista con el Prof. Claudio Mutti, “Junges Forum” n 3 (2005) –

Junges Forum: En Italia, como en otros países europeos, se desarrolló una colaboración entre representantes de la derecha con las fuerzas islámicas. Sin embargo en Alemania, una gran parte de la derecha es muy crítica y hostil hacia el Islam. ¿Cuáles son las razones de ello?Geopo

Claudio Mutti: En Italia llamamos “de derechas” (destra) al ala de la clase política colaboracionista que ve en el presidente estadounidense Bush a su líder actual, mientras que la “izquierda” de esa misma clase política (que ayer estaba a las órdenes de Clinton) se encuentra a la espera de que Kerry sea el futuro líder.

En la extrema derecha (estos serían los neo-fascistas y los llamados ultraderechistas) el caso es diferente, y tan confuso como contradictorio. En un determinado sector de esta niebla sin forma, una actitud explícitamente pro-islámica siempre ha prevalecido; las raíces de ello hay que buscarlas en los siguientes factores: 1) la solidaridad histórica del Fascismo y el NS con los pueblos musulmanes, 2) la representación del Islam como dictada por los pensadores tradicionalistas, sobre todo Julius Evola, y 3) el surgimiento del Islam a finales de los años ´70 como una fuerza espiritual y política en la lucha “contra nuestros enemigos comunes.”

Observamos, sin embargo, dentro de esta nebulosa una esquizofrenia característica: Se mantiene una posición  pro-islámica (o pro-árabe) con respecto a Palestina o Irak y una anti-islámica (o anti-árabe) con respecto a Italia, donde la afluencia de inmigrantes islámicos es considerada como “invasión”, debido a una percepción que es más irracional y emocional que objetiva y realista.

Esta esquizofrenia provoca que la extrema derecha, los “ultraderechistas”, corran por supuesto el riesgo de convertirse en aliados objetivos de las derechas establecidas, que son anti-europeas, pro-estadounidenses y pro-sionistas.

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04/04/2013

Entrevista a Claudio Mutti. Barón Ungern-Sternberg, el eurasista a caballo

CLAUDIO MUTTI

ZUERST! – El Prof. Claudio Mutti (n. 1946) estudió filología clásica, filología fino-úgrica y rumana, enseñó entre otros lugares en la Universidad de Bolonia. Más tarde se dedicó a una investigación exhaustiva, especialmente en temas relacionados con la Tradición Integral y con la Legión rumana del Arcángel Miguel (“Guardia de Hierro”). Claudio Mutti es autor de más de 20 monografías en lengua italiana, muchas de sus obras han sido traducidas a otras lenguas europeas; en la editorial por él fundada, “Edizioni  all’insegna Veltro”, han aparecido muchos estudios importantes. Es editor de la Revista de Estudios Geopolíticos Eurasia.

Zuerst: Sr. Prof. Mutti, a finales del pasado diciembre fue celebrado, en su mayoría por jóvenes en Rusia, pero también en otros países europeos, el aniversario del barón austro-ruso Roman von Ungern-Sternberg, nacido el 29 de diciembre de 1886 en Graz, quien luchó como voluntario en el ejército de la Rusia del Zar. ¿Qué tiene el Barón que lo convierte en una figura tan fascinante?

Mutti: En primer lugar, hay que decir que tanto el lugar como la fecha de nacimiento del barón Ungern-Sternberg no está tan claro. La Gran Enciclopedia Soviética, por ejemplo, escribe que nació el 10. 01. 1886 (De acuerdo al calendario gregoriano el 22 de Enero) y no en Graz, sino en la isla estonia de Dago (hoy Hiiumaa Saar).

Hasta de su muerte hay diferentes versiones. En 1938 el orientalista francés René Guénon, escribió que Ungern-Sternberg no fue asesinado por los bolcheviques sino que a finales de los años 50 murió de muerte natural. Un periódico vienés publicó que el Barón fue visto en el Café Mozart bebiendo licor. Estos son sólo dos ejemplos. Esta densa niebla en su biografía acrecienta la leyenda en torno a su persona: El hecho es que por el barón Ungern-Sternberg la historia se convierte en mito, o dicho de otra manera: mediante el Barón el mito entra en la historia. En el este de Siberia muchos “héroes” comunistas comienzan sus historias con la frase: “Cuando luchábamos contra el Barón … “.

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01/04/2013

Claudio Mutti entrevista a Gábor Vona, Presidente de Jobbik

CLAUDIO MUTTI GÁBOR VONA, JOBBIK

por Claudio Mutti – Gábor Vona, presidente de Jobbik (Jobbik Magyarországért Mozgalom, “Movimiento para una Hungría mejor) y candidato para ser Primer Ministro de Hungría en las elecciones del 2010, ha aceptado responder a algunas preguntas planteadas por el director de “Eurasia”.

C. Mutti –El sistema mediático occidental presenta normalmente a Jobbik como el partido de extrema derecha húngaro. Al mismo tiempo, Jobbik es asociado a Fidesz, a pesar de que Fidesz sea el partido de gobierno y Jobbik se encuentre en la oposición. ¿Cuáles son las características fundamentales de Jobbik y en qué cosas se diferencia de Fidesz?

G. Vona – Jobbik se confiesa partido nacional-radical. “Nacional” significa que nosotros queremos representar los intereses de los húngaros, de Hungría. Mientras que “radical” es un enfoque metodológico del mismo género. La situación es radicalmente negativa, por esa razón para quien quiere un cambio real, éste debe ser radical. Pero es importante subrayar que ni el compromiso nacional ni el radicalismo constituyen un sistema de valores. Si tuviésemos que definir el sistema de valores de Jobbik, podríamos decir que somos conservadores. Nosotros representamos y defendemos los valores humanos, tradicionales y universales, según nuestras posibilidades en este mundo moderno y decadente. Fidesz no es ni nacional, ni radical, ni tradicionalista. Fidesz es un partido oportunista y tecnocrático, que cambia el sistema de valores así como se cambia de ropa interior. Nuestro fundamento sobre la vertiente nacional ha arrastrado a Fidesz, pero esto no debe inducir a error alguno. Se trata, esencialmente, de un partido moderno y liberal, cuya perspectiva es mucho más cercana a aquella de los socialistas que a la nuestra.

C.Mutti – El mismo sistema mediático ha etiquetado normalmente a Jobbik con algunas definiciones (“populista”, “racista”, “antisemita” etc.) que en el lenguaje de la propaganda política es, a menudo, usado de manera inapropiada. ¿Cuál es, según usted, el fin por el cual tales términos vienen utilizándose en contra de Jobbik?

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11/02/2013

¿El islamismo contra el Islam?

CLAUDIO MUTTI

por Claudio Mutti – Eurasia Rivista – El instrumento fundamentalista

“El problema subyacente para Occidente no es el fundamentalismo islámico. Es el Islam”.  Esta frase, que Samuel Huntington coloca al cerrar el largo capítulo de su Choque de civilizaciones titulado “El Islam y Occidente” [1], merece ser leído con más atención de lo que se ha hecho hasta ahora.

Según el ideólogo norteamericano, el Islam es un enemigo estratégico de Occidente, porque es su antagonista en un conflicto de fondo, que no surge tanto de disputas territoriales sino de una confrontación fundamental y existencial entre la defensa y rechazo de los “derechos humanos”, la “democracia” y los “valores laicos”.  Huntington escribe: “Mientras el Islam siga siendo Islam (como así será) y Occidente siga siendo Occidente (cosa que es más dudosa), este conflicto fundamental entre dos grandes civilizaciones y formas de vida continuarán definiendo sus relaciones en el futuro.” [2]

Pero la frase citada al principio no se limita en designar al enemigo estratégico, también es posible deducir la indicación de un aliado táctico: el fundamentalismo islámico.  Es cierto que en las páginas del Choque de las civilizaciones la idea de utilizar al fundamentalismo islámico contra el Islam no está formulada de una forma muy explícita, pero en 1996, cuando publicó Huntington El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, este tipo de práctica ya había sido inaugurada.

“Es un dato de hecho -escribe un ex embajador árabe acreditado en los Estados Unidos y Gran Bretaña- que los Estados Unidos habían acordado alianzas con la Hermanos Musulmanes para echar fuera a los soviéticos de Afganistán; y que, desde entonces, no han cesado de hacer la corte a esta corriente islamista, favoreciendo su propagación en los países de obediencia islámica.  Siguiendo la huella de su gran aliado norteamericano, la mayoría de los estados occidentales han adoptado, en relación con esta nebulosa integrista, una actitud que va de la neutralidad benévola a la connivencia deliberada.” [3]

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04/02/2013

La Cuarta Teoría Política. Natella Speranskaya entrevista a Claudio Mutti

CLAUDIO MUTTI

por Natella Speranskaja – 1. – ¿Como descubriste la Cuarta Teoría Política? ¿Y cómo evalúas sus posibilidades de  transformarse en una ideología importante del siglo XXI?

Habiendo puesto una atención constante a a la actividad desarrollada por Alexander Dugin en los últimos veinte años, considero que el intento de Dugin de elaborar una Cuarta Teoría Política es la meta natural de su pensamiento. En lo que respecta a sus  posibilidades de llegar a imponerla, recordaría la afirmación de Maquiavelo:: “Todos los profetas armados ganaron, los desarmados fueron a la ruina” (El Príncipe, VI, 5).

2. – Leo Strauss cuando comenta el trabajo fundamental de Carl Schmitt, “El Concepto de lo Político” nota que a pesar de todas las criticas radicales al liberalismo que están incorporadas en él, Schmitt no las sigue hasta donde lo lleven, ya que su crítica se mantiene dentro del campo del liberalismo. “Sus tendencias anti-liberales– dice Strauss –se mantienen atadas  por la “sistemática del pensamiento liberal” que no ha sido superada aún, que – según el mismo Schmitt admite – “a pesar de todas las fallas no puede ser sustituida por ningún otro sistema en la Europa de hoy. ¿Qué identificarías como una solución al problema de superar el discurso liberal? ¿Considerarías que la Cuarta Teoría Política de Alexander Dugin es esa solución? La teoría que está mas allá de las tres ideologías mas importantes del siglo XX – Liberalismo, Comunismo y Fascismo, y que está en contra de la doctrina  Liberal?

La crítica de Leo Strauss muestra que el pensamiento revolucionario conservador, que llegó a su pico más alto a través de Carl Schmitt, debe ser actualizado para las circunstancias políticas presentes. Por lo tanto la Cuarta Teoría Política es un preciado intento de elaborar una doctrina antiliberal que,  después de la derrota de los enemigos de “la sociedad abierta” que ocurrió en el s. XX, puede eficazmente oponerse al individualismo, al culto al mercado, “los derechos humanos”, y el unipolarismo.

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10/07/2012

El Mediterráneo entre Eurasia y Occidente

por Claudio Mutti *.

Quien controla el territorio costero gobierna Eurasia; quién gobierna Eurasia controla los destinos del mundo”(1). Esta célebre fórmula, propuesta por el estudioso americano Nicholas J. Spykman (1893-1943) en un libro que apareció póstumamente mientras se desarrollaba el segundo conflicto mundial, puede ayudar a comprender el significado geopolítico de la “primavera árabe”. Recordamos que según Spykman, exponente de la escuela realista, los Estados Unidos debería concentrar su empeño sobre una área fundamental por la hegemonía mundial: se trata de aquel “territorio costero” (Rimland) que, como una larga franja semicircular, abraza el “territorio central” (el mackinderiano Heartland), comprendiendo la costa atlántica de Europa, el Mediterráneo, el Cercano y Medio Oriente, la Península India, la Asia Monzónica, las Filipinas, el Japón.

No aparece por tanto infundada una lectura de la “primavera árabe” a la luz de los criterios geoestratégicos dictaminados por Spykman, los cuales sugieren a los Estados Unidos la exigencia de mantener en un estado de desunión y perenne inestabilidad al “territorio costero”, el que también abriga a las orillas meridionales y orientales del Mediterráneo.

Hace más de una decena de años, un geopolítico francés había prevenido de una acción occidental dirigida para fragmentar a Libia valiéndose de mano de obra local: “sobre el plano de las viejas redes senusitas, la agitación islamista podría provocar el estallido de este país artificial y reciente. En Cirenaica se concentran las riquezas petrolíferas, y el régimen de Gadafi irrita a ciertas capitales occidentales que no verían mal una división de Libia” (2).

Hoy, incluso concediendo que los movimientos de protesta y subversión en el Norte de África y en el Cercano Oriente hayan tenido un origen endógeno y un estallido imprevisto, no se puede no constatar que los Estados Unidos, después de algunas iniciales indecisiones de su Presidente, la han mirado con simpatía, patrocinado y sostenido (con la obvia excepción de la insurrección popular chiita en Bahrein, reprimida por la intervención a militar saudí).

Por otro lado, Obama manifestó desde el principio de su mandato la voluntad de favorecer la transición a la democracia en el mundo árabe (tal como en otras partes del mundo musulmán), a lo mejor de manera formalmente más amable con respecto de su predecesor, pero en todo caso presionando sobre los gobernadores locales para imponerles su perestroika en versión árabe.

Así las organizaciones “no gubernamentales” y las varias asociaciones derechohumanistas, sostenidas por la CIA y el State Department, intensificaron sus actividades, en conformidad con la recomendación que desde 1993 Samuel Huntington dirigió al gobierno americano: establecer vínculos estrechos con todos los que, al interior del mundo islámico, defienden los valores y los intereses occidentales. El mismo “New York Times” ha reconocido que “algunos movimientos y jefes directamente comprometidos en las revueltas del 2011 en el Norte de África y en Medio Oriente (…) han recibido adiestramiento y financiaciones por parte del Internacional Republican Institute, del National Democratic Institute y del Freedom House”(3). Esta última organización, en particular, en el 2010 acogió en los EE.UU. a un grupo de activistas egipcios y tunecinos, para enseñarles a “sacar beneficio de las oportunidades de la red a través de la interacción con Washington, las organizaciones internacionales y los media”(4).

También el National Endowment for Democracy ha comunicado oficialmente, por medio de su sitio informatico(5), de haber suministrado en el 2010 más de un millón y medio de dólares a organizaciones egipcias comprometidas en la defensa de los “derechos humanos” y en la promoción de los valores democráticos: 21.000 dólares americanos al Democratic Forum for Youth, 25.000 al Egyptian Democratic Academy, 89.000 al Freedom House, 55.000 al Ibn Khaldun Center for Development Studies, más de un millón al Center for Internacional Private Enterprise, 35.000 al Egyptian Democracy Institute, 23.000 al El-hak Center for Democracy and Human Rights, 25.000 al Human Development Association. Otros financiamientos del NED han sido destinados a Túnez (213.000 dólares, repartidos entre el Center for Internacional Private Enterprise y el Mohamed Ali Center for Research, Studies and Training), para Libia (145.000 dólares: mitad al Akhbar Libya Cultural Limited y mitad al Libya Human and Political Development Forum), a Siria (148.000 por Human Rights y 400.000 para el Internacional Republican Institute), para Yemen (674.000 dólares repartidos entre varias organizaciones comprometidas en la defensa de los derechos humanos). A los financiamientos del NED y otros entes estatales americanos se han sumado los fondos asignados por la Open Society Foundation de George Soros, que ha financiado en el 2010 a organizaciones y movimientos en todo el mundo árabe, y en particular en Egipto y en Túnez. Si volvemos al 2009 y nos limitamos a considerar Egipto, el balance de los fondos de la USAID destinados a las organizaciones democráticas y derechohumanistas suma en conjunto 62’334.187 de dólares (6). Una cifra enorme, que en Egipto es superada solamente por los cientos de millones de dólares otorgados por el emir de Qatar a los Hermanos Musulmanes (7).

El movimiento subversivo financiado por los EE.UU. ha derrocado a los gobiernos de Túnez y Egipto y, gracias a la intervención militar occidental, se ha apoderado de Libia; pero no ha logrado abatir al gobierno sirio, a pesar del recurso al terrorismo y a la lucha armada, a pesar del apoyo británico, francés, turco y qatarí. En cuanto a Argelia, el proyecto de desestabilización del país está obligado a apoyarse sobre todo en las pulsiones secesionistas beréberes, puesto que los argelinos, además de no haberse completamente recuperado todavía del trauma de la guerra civil, que produjo 200.000 muertos, han asistido de cerca a los efectos catastróficos producidos por la “primavera árabe” en Libia.

En todo caso, el mundo árabe ofrece a los subversivos occidentales amplias posibilidades de maniobra, ya que para colaborar con ellos no están solamente las minorías “iluminadas” partidarias de los derechos humanos, del Estado laico y de la democracia capitalista, sino también movimientos y grupos que se reclaman formalmente al Islam y por lo tanto deberían teóricamente oponerse a la intrusión occidental. En caso de que también se vaya a examinar más de cerca la identidad de los movimientos integristas, se puede constatar fácilmente que, cuando no se trata de restos del viejo colaboracionismo anglófilo (como los senusitas libios), su matriz ideológica generalmente es atribuible a corrientes heterodoxas (wahabitas y salafitas); las cuales, siendo hostiles al Islam tradicional y visceralmente enemigas del Islam chiita, reciben el sostén político y la generosa ayuda económica de las monarquías petrolíferas aliadas del occidente y de la entidad sionista. Resulta por lo tanto compatible el diagnóstico de quien identifica el objetivo de los “islamistas” no en la instauración de un orden islámico, sino en una versión islamizada de la cultura occidental: “todos estos neofundamentalistas, bien lejos de encarnar la resistencia de una autenticidad musulmana con respecto a la occidentalización, son al mismo tiempo productos y agentes de la deculturación en un mundo globalizado” (8).

Un caso ejemplar es representado por el movimiento “fundamentalista moderado” de los Hermanos Musulmanes, el resultado más consistente de aquella línea reformista que, inaugurada por Muhammad Ibn ‘Abd al-Wahhâb (1703-1792), asumió con Jamâl a-Dîn al-Afghânî (1838-1897) y con Muhammad ‘Abduh (1849-1905) formas abiertamente occidentalizantes y antitradicionales. A pesar de los aspectos equívocos de su comportamiento en el período de Nasser, los Hermanos Musulmanes todavía han mantenido largamente una posición antiimperialista, tanto es así que han sido colocados en la lista negra del National Security Council. Posteriormente, si no ya en los años ochenta en el tiempo de Afganistán, indudablemente después del 11 de septiembre de 2001 la relación entre los Hermanos y los EE.UU. ha cambiado. Se podrá aún sonreír de las furibundas invectivas de Gadafi (9) o de las revelaciones del periódico libanés “Al-Dinar” acerca de los encuentros de David Petraeus con los jefes del movimiento, pero es un hecho cierto que en julio de 2011, Hillary Clinton declaró querer establecer una nueva relación con la Hermandad, la cual tuvo y tiene “un impacto significativo y creciente sobre el Islam en América” (10), tanto es así que el 10 de enero de 2012 el portavoz de la organización, Ahmed Sobea, ha dado oficialmente la noticia de un coloquio entre los exponentes de la Hermandad y William Burns, número dos del Departamento de Estado, y con el asistente secretario Jeff Feltman. Hablándoles a los estudiantes del Georgetown University, los miembros de la delegación han dicho: “Estamos aquí porque reconocemos el rol de veras importante de los Estados Unidos en el mundo y queremos que nuestras relaciones con áquel sean mejores de lo que ahora lo son. Nuestros principios son universales: libertad, derechos humanos, justicia para todos”(11).

Por otra parte, los Hermanos Musulmanes parecen haber tenido desde hace tiempo una relación bastante estrecha con Inglaterra. En Londres en efecto, el exiliado tunecino Rashid al-Ghannushi ha fundado Al-Nahda; en Londres reside Tariq Ramadan (12), nieto del fundador de la organización y consejero del gobierno británico para las cuestiones relativas al extremismo islámico; Londres fue elegida como lugar de exilio del multimillonario Khayrat al-Shater que, designado por los Hermanos como candidato para las presidenciales egipcias, “se ha encontrado con Hillary Clinton, decenas de políticos, diplomáticos y financieros de Wall Street” (13).

Sobre la misma longitud de onda de los Hermanos Musulmanes se coloca el AKP (Partido por la Justicia y el Desarrollo), la fuerza turca de gobierno que de un lado trata de conciliar la identidad islámica con la democracia liberal y la pertenencia al bloque occidental, mientras que por el otro, aspira atribuir a Turquía una función hegemónica en el área que perteneció al Imperio otomano. En el proyecto “neootomano” que resulta, sin embargo, el rol regional de Turquía -bajo guía demoislámica- parece condenada a quedar instrumentalmente integrada en la estrategia atlantista de dominio mediterráneo, como se ha demostrado por la complicidad turca con la subversión líbica y siriana -y por lo tanto para ejercer en forma secundaria, subordinada a los diseños del otro lado del Atlántico. No sólo eso, sino que la elección turca de animar los fermentos “primaverales” del mundo árabe podría crear una colisión con Rusia e Irán, arruinando todo el trabajo hecho por los políticos de Ankara para establecer buenas relaciones con estas dos potencias. Hasta que Turquía no se decida a cortar el nudo que la tiene vinculada a la Alianza Atlántica (y a la entidad sionista), el “neootomanismo” será solamente una grotesca parodia de aquella función imperial que, en cambio, podría ser desarrollada en el área mediterránea por una Turquía solidaria con las potencias eurasiáticas.

Análogo discurso vale para el mundo musulmán de lengua árabe, que las centrales de la subversión sectaria querrían alejar de su modelo tradicional, para vincularlo, en una unión innatural, al modelo de democracia liberal propuesto por el Occidente como el único posible y pensable. La elección que se impone a árabes y turcos es pues la misma: o con Eurasia o con Occidente.

NOTAS:

1. Nicholas Spykman, The Geography of Peace, Harcourt Brace, New York 1944, p. 43.

2. François Thual, La planète émiettée. Morceler et lotir: une nouvelle art de dominer, Arléa, Paris 2002, p. 124; ed. it. Il mondo fatto a pezzi, Edizioni all’insegna del Veltro, Parma 2008, p. 92.

3. U.S. groups Helped Nurture Arab Uprising, “The New York Times”, 15 abril 2011.

4. New Generation of Advocates: Empowering Civil Society in Egypt, del sitio de Freedom House (www.freedomhouse.org).

5. http://www.ned.org

6. Alfredo Macchi, Rivoluzioni S.p.A., Alpine Studio 2012, p. 282.

7. Alfredo Macchi, op. cit., p. 208.

8. Olivier Roy, Généalogie de l’islamisme, Hachette, Paris 2001, p. 10.

9. “¿Los que hoy se llaman Hermanos Musulmanes? […] Ellos son los siervos del imperialismo. Son la derecha reaccionaria, los enemigos del progreso, del socialismo y de la Unidad árabe. Son una sarta de matones, mentirosos, sucios, fumadores de hachís, borrachos, cobardes, delincuentes. He aquí quienes son los Hermanos Musulmanes. Todo esto ha hecho de ellos los siervos de la América. Los que pertenecían a la facción de los Hermanos Musulmanes, ahora se avergüenzan de decirlo. Se han convertido en algo podrido, sucio, detestado en todo el mundo árabe y en todo el mundo musulmán” (Christian Bouchet, Islamisme, Pardès, Puiseaux 2002, p. 77).

10. Karim Mezran, La Fratellanza musulmana negli Stati Uniti, in: I Fratelli Musulmani nel mondo contemporaneo, a cura di Massimo Campanini, Karim Mezran, UTET, Torino 2010, p. 195.

11. Daniele Raineri, Vecchia spia al Cairo. Fratelli musulmani in tour in America per convincere Washington. Il salafita fuori gara, “Il Foglio quotidiano”, 10 abril 2012.

12. Véase Intervista a Tariq Ramadan, a cargo di C. Mutti, “Eurasia”, n. 1/2010.

13. Cecilia Zecchinelli, Il milionario islamico che vuole guidare l’Egitto, “Corriere della Sera”, 2 abril 2012.

Traducción: Francisco de la Torre

*Claudio Mutti es director de la revista Eurasia

Extraído de: Eurasia Rivista

29/04/2012

El objeto misterioso. Un congreso italiano sobre la Constitución húngara.

por Claudio Mutti.
El pasado viernes 20 de abril tuvo lugar el congreso “Europa y democracia: el caso húngaro”, organizado por las cátedras de Derecho constitucional y de Derecho público de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Parma.
Lamentablemente, pese a la participación de dos constitucionalistas comparatistas, el congreso no profundizó en absoluto en el tema de la Ley Fundamental de Hungría emanada el 25 de abril de 2011, sino que se limitó a volver a proponer las argumentaciones polémicas abundantemente divulgadas por el bombo periodístico. El mismo texto constitucional, objeto teórico de las intervenciones académicas, no ha sido abordado por los participantes, según ellos mismos, más que a través de una traducción inglesa de incierto origen, ¡tan es así que el documento en cuestión fue citado como “the new Constitution of Hungary”! (y sin embargo, una traducción italiana del Preámbulo apareció en 2011 en la revista “Eurasia” y una traducción integral de la Carta está disponible desde abril de este año en la sección Documentos del sitio de la propia revista “Eurasia”).
Más que una iniciativa de carácter científico, el congreso de Parma pareció, por tanto, un proceso animado por prejuicios ideológicos.
Es algo que pareció claro desde la introducción del profesor Antonio D’Aloia, que con tono alarmado definió repetidas veces como “inquietante” el nuevo texto constitucional, mientras otro relator, el profesor Roberto Toniatti, presentó un extenso elenco de los motivos de inquietud que turban las conciencias auténticamente democráticas.
“Inquietante”, por lo que parece, es el hecho de que la carta constitucional se abra con el verso inicial del Himno de Ferenc Kölcsey (1790-1838): “Dios, ¡bendice al húngaro!” (Isten, áldd meg a Magyart), la poesía que, musicada por Ferenc Erkel, se convirtió en himno nacional.
¿Es inquietante la cita del himno nacional? ¿O, más probablemente, lo que resulta inquietante para una conciencia laica y democrática es la referencia a Dios? Si es así, entonces habría que revisar  y corregir también el himno nacional italiano, el cual, evocando una Victoria poéticamente personificada, dice que “esclava de Roma –Dios la creó”. Y, ¿por qué la conciencia laica del profesor Toniatti no se inquita por fórmulas oficiales e institucionales como  “God Bless America” y “In God we trust”? ¿Quizás porque son americanas y no húngaras?
Igualmente “inquietante” es la declaración constitucional según la cual el Estado húngaro se compromete a “custodiar la unidad espiritual y moral de nuestra Nación, despedazada en las tempestades del siglo pasado”, porque sobre este punto se funda la extensión de la ciudadanía húngara, con el consiguiente derecho al voto, para los connacionales que son ciudadanos de los países fronterizos. ¿Por qué no resulta inquietante, por poner sólo un ejemplo, el hecho de que la ciudadanía del “Estado de Israel” sea legalmente accesible a todos los judíos del mundo, que pueden ser simultáneamente ciudadanos tanto del Estado en el que residan como de la entidad sionista?
“Inquietante” es también que la nueva Constitución reconozca la existencia de nacionalidades que forman parte de la comunidad política húngara. De hecho, el texto constitucional, traducido al italiano (y no al inglés) recita así: “Las nacionalidades que viven con nosotros son partes de la comunidad política húngara y factores constitutivos del Estado”. En efecto, el prejuicio individualista, que sustituye la comunidad orgánica con la “sociedad de los individuos” y reduce al ciudadano a “hombre sin cualidades”, ni nacionales, ni religiosas ni de ningún otro tipo, hace incomprensible una concepción como esta, en la que se capta el recuerdo de la experiencia histórica vivida por los húngaros en el edificio multinacional de la doble Monarquía.
Particularmente “inquietante”, sobre todo para un jurista que se ocupa de los “derechos LGBTI (Lesbian, Gay, Bisexual, Trans and Intersex) en el siglo XXI” es la definición del matrimonio como “comunión de vida (életközösség) entre hombre y mujer”. Pero una persona normal se inquietaría ante el pensamiento de que el matrimonio pueda ser definido de modo diferente.
En la segunda parte del texto constitucional, que concierne los derechos y los deberes de los ciudadanos, ha suscitado análoga inquietud el artículo II, el cual afirma que la vida humana es protegida desde el momento en que es concebida. A quien sostiene que tal artículo viola los valores europeos, habría que objetarle que este, por el contrario, es perfectamente conforme al principio del derecho romano según el cual “infans conceptus pro nato habetur” (el niño concebido es considerado como nacido).
¿O, tal vez, lo que inquieta, más que ninguna otra cosa, a los abanderados de los “derechos humanos” es precisamente el punto que ha sido callado por los juritas, es decir, el que remite a la actividad del legislador la ejecución de una disposición referente al Banco Central Nacional, inspirando una serie de reformas constitucionales que aspiran a poner la actividad crediticia al servicio de la comunidad, y no de los especuladores?
(Traducido por Javier Estrada)
17/04/2012

Teoría de un mundo multipolar

Natella Speranskaja ha entrevistado al director de Eurasia. Revista de Estudios Geopolíticos, Claudio Mutti, sobre el tema: “Teoría de un mundo multipolar”, a la cual está dedicada la conferencia internacional que el Movimiento Eurasiatico ha organizado en la Universidad Estatal de Moscú los días el 25-26 de abril de 2012. Reproducimos a continuación las preguntas y respuestas.

P.- ¿Cuál es su punto de vista acerca del actual orden mundial y el sistema internacional? ¿Cree “justo” el presente orden mundial? Sí es si, ¿Por qué? Sí es no, ¿Cómo piensa que pudiera ser cambiado? ¿Ya está cambiando?

R.- Sí, reconociéndonos herederos de los griegos, aceptamos la concepción aristotélica según la cual el Orden es aquella disposición armónica (táxis) que, junto con el mundo, tiene su principio en el Intelecto Universal (noûs), entonces estamos obligados a constatar que el actual sistema internacional no es un orden, y tanto menos justo. No es un Orden, porque no se fundamenta sobre el noûs, sino en la epithymía, sobre aquel deseo desmedido que se ha manifestado históricamente en la plutocracia usurocrática y en el imperialismo, y que hoy es representada en sumo grado por los Estados Unidos de América. No es justo, porque Justicia significa dar a cada uno lo suyo, suum cuique tribuere, mientras en el actual sistema internacional no sólo no se entrega a los pueblos lo que les corresponde, sino que hasta se les despoja de su tierra y agua, como ocurre, por ejemplo, en Palestina ocupada por los sionistas. El sistema unipolar se configura por lo tanto como una forma de tiranía mundial. Pero esta tiranía está empezando a vacilar, porque el delinearse de otras potencias continentales preanuncia el paso del mundo a un ordenamiento menos injusto que el actual.

P.- ¿Cuál es su opinión acerca de la teoría de la hegemonía estadounidense, es decir, del unipolarismo? ¿Cómo la globalización se vincula a esto? ¿Es bueno o malo para la población del planeta? ¿Cuál es, según Usted, el aspecto principal de este dominio hegemónico? ¿El militar? ¿El cultural? ¿El económico? ¿Algún otro factor o alguna otra combinación de factores?

R.- Es evidente que el proyecto estadounidense de hegemonía unipolar se rige sobre una combinación de factores de variada naturaleza. Ciertamente, hay el factor militar, que consiste en el control global ejercido por medio de una red de bases militar desplazadas en puntos estratégicos. Existe el factor económico, por el cual el trabajo y las riquezas de los pueblos son expropiadas a través de los mecanismos usurocráticos instalados en los EE.UU. Existe el factor cultural: una auténtica colonización del imaginario, del pensamiento y de la vida cotidiana que no se expresa solamente sobre el plano de los símbolos, del arte, de la música, del espectáculo, de la gastronomía, de las diversiones sino, sobre todo, en la heideggeriana “casa del Ser”, o bien sobre el plano lingüístico, tanto es verdad que, aun cuando no estamos obligados a comunicarnos en inglés, introducimos en nuestro discurso préstamos y calcos de origen inglés. Pero también hay un potente factor de tipo “religioso”: un mesianismo secularizado fundado sobre una presunta investidura divina de tipo veterotestamentaria, una verdadera y propia inversión paródica, en la que mis amigos rusos sin dificultad detectarán la marca característica del Anticristo.

P.- ¿Cuáles países, grupos de países o fuerzas sociales y políticas podrían estar en capacidad de desafiar la hegemonía norteamericana? ¿Y cómo?

R.- La hegemonía estadounidense puede ser desafiada solamente de una potencia o de un bloque de potencias en posesión de aquellos mismos requisitos que han permitido a los EE.UU. escalar al poder mundial: dimensiones continentales, fuerza demográfica, desarrollo tecnológico e industrial, armamento atómico, prestigio cultural, sistema político fuerte, voluntad de potencia. Por tanto sólo la unión Eurasiatica y China pueden constituir el punto de apoyo de un bloque continental capaz de expulsar a los Estados Unidos de nuestro hemisferio.

P.- ¿Qué piensa de la idea de globalismo y gobierno global? ¿Es posible? ¿Es deseable?

R.- Hace siglo y medio, Ernst Jünger planteó el advenimiento del Weltstaat (Estado Mundial) como coronamiento final de la globalización, como inevitable resultado político de la acción ejercida por fuerzas de alcance mundial, como la técnica y la economía. Pero Jünger, por cuanto reconoce que la especificidad humana consiste en la libertad del querer, considera al hombre como “hijo de la tierra” y por lo tanto lo ve implicado en un proceso cósmico determinado por fuerzas contraventoras del espacio de la libertad humana. A esto se podría objetar fácilmente recurriendo a los términos de la doctrina taoísta, según el cual el ”Hombre Verdadero” es por excelencia “Hijo del Cielo y de la Tierra”, así que su voluntad, cooperando conscientemente con el Cielo, puede hacer de contrapeso al destino terrestre y neutralizarlo.

P.- ¿Es posible un orden mundial multipolar? ¿En la época actual, a qué podría parecerse? ¿Un orden mundial multipolar sería preferible a un orden mundial unipolar o bipolar? ¿Por qué?

R.- Sin ninguna duda el orden multipolar es preferible al monopolarismo y al bipolarismo, porque garantiza mayor equidad en la distribución de la potencia geopolítica. ¿A qué podría parecerse? Incluso siendo consciente del hecho que omnis comparatio claudicat (toda comparación falla), todavía pienso al multipolarismo como una proyección sobre la escala eurasiática tal como el diseño del Zar Alejandro I: un tipo de Santa Alianza que reemplace a los viejos imperios europeos por los polos emergentes en el Continente. La unidad continental indiolatina completaría el panorama del mundo multipolar, en el que Estados Unidos de América, en la hipótesis más favorable para ellos, volvería a ser exclusivamente una entidad política norteamericana.

P.- ¿Qué cosa define un “polo” en la teoría de las relaciones internacionales? ¿Como pone Usted en correlación el concepto de “polo” con otros conceptos estructurales del análisis de las relaciones internacionales, tales como: “Estado soberano”, “Imperio”, “Civilización”? ¿La soberanía, en cuanto concepto, es puesta en tela de juicio por la globalización y la posibilidad de gobierno mundial? ¿Es válida la “teoría de la civilización” como instrumento conceptual en el estudio de las relaciones internacionales?

R.- Geopoliticamente entendido, un “polo” es un Estado soberano del cual parten líneas de fuerza capaces de atraer y de agregar los territorios contiguos. En otras palabras, un “polo” es un centro catalizador que realiza la integración de un área geopolítica en la cual prevalecen comunes elementos de civilización. En cuanto al concepto de “Imperio”, éste es actualmente malentendido completamente, tanto es verdad, que muchos, confundiendo la realidad con su siniestra caricatura, hablan hasta de ¡”impero americano”! Para hablar específicamente y correctamente de Imperio, es necesario, como mínimo, que sea una construcción política de grandes dimensiones territoriales, cuyo principio constitutivo no sea nacional y dentro de la cual convivan muchos pueblos, naciones y comunidades religiosas. A tal propósito se puede prometer la fórmula romana: fecisti patriam diversis gentibus unam (con pueblos distintos hiciste una sola patria).

P.- ¿Cómo percibe el papel de su país en un posible sistema multipolar?

R.- Siendo ocupada militarmente por los EE.UU. y por tanto obligada a desarrollar el papel de portaaviones americano en el Mar Mediterráneo, Italia hoy no es libre para desarrollar aquella función natural que su misma posición geográfica le determina, en dirección del Norte de Africa y del área balcánico-danubiana. Por tanto sólo la desarticulación del sistema occidental y el consiguiente pasaje del mundo a un ordenamiento multipolar podrá permitir a Italia, integrada en una Europa unida y soberana, valorizar su propio potencial geopolítico.

P.- ¿Cuáles tendencias del desarrollo del mundo moderno cree positivas y cuáles negativas? ¿Según Usted, qué se podría hacer para mejorar las negativas y reforzar las positivas?

R.- Las más graves enfermedades del espíritu contemporáneo son aquéllas representadas, en sumo grado, por la civilización occidental: individualismo, racionalismo, materialismo, hedonismo. Todas estas tendencias son atribuibles a una única raíz: la negación del Principio metafísico y por lo tanto de una finalidad última que oriente el curso de la vida. Las medicinas aptas para la cura de estas enfermedades “occidentales” pueden ser provistas por las doctrinas espirituales, que son patrimonio tradicional del continente eurasiático.

P.- ¿Existe, concretamente, la amenaza de una Tercera Guerra Mundial?

R.- Ciertamente existe. La guerra contra Irán ya empezó con el ataque terrorista a Siria, se integra al proyecto estratégico estadounidense de recuperar el control del “territorio costero”, control fundamental para encerrar a Rusia e impedir que la “Tierra central” se convierta en el centro del poder mundial. Desearía equivocarme, pero me inclino a pensar que la crisis económica induzca a los EE.UU. a recurrir a la fuerza militar, acelerando los tiempos del choque.

(Traducción: Francisco de la Torre)

Extraído de: Eurasia. Rivista di studi geopolitici

10/05/2010

Libros: Claudio Mutti, Imperium. Epifanie dell’idea di impero

Claudio Mutti
Imperium. Epifanie dell’idea di impero
Prefacio de Tiberio Graziani
Effepi, Génova 2005

Prefacio

El imperio es, según la generalidad de los estudiosos de ciencias políticas, y, en particular, de los estudiosos de geopolítica, una construcción política de difícil y compleja definición. Los rasgos del “mayor cuerpo político conocido por el hombre” [1] que en mayor medida impactan al observador son, sin duda, los referentes a las características físicas; en primer lugar, la gran extensión territorial (el gigantismo imperial), la variedad de los climas y la heterogeneidad del paisaje geográfico. Ulteriores signos distintivos que contribuyen a definir la fisonomía del imperio, como unidad geopolítica, son la plurietnicidad, la autosuficiencia económica y un poder político y militar cohesionado.

Los caracteres anteriormente citados, sin embargo, no logran describir plenamente el imperio. De hecho, existen naciones, estados federados o confederaciones de estados que pese a presentar estos mismos elementos, no son un imperio. A tal respecto, Philippe Richardot, en su Les grands Empires. Histoire et géopolitique [2], indica el caso de Brasil, Canadá y de la Unión India, a los que podríamos añadir el de los Estados Unidos de América, de Rusia y, en cierta medida, también el de la Confederación de Estados Independientes. Estos modernos sistemas políticos se extienden sobre amplias superficies, son pluriétnicos, poseen las condiciones para ser económicamente autosuficientes, pero ciertamente no son clasificables en la actualidad como imperios. Sin embargo, comparten con el imperio semejantes problemas estratégicos, en particular, los conectados con la defensa de las fronteras y la disolución de la potencia militar.

Si del plano meramente descriptivo pasamos al más especulativo, analítico, tratando de identificar la dinámica que anima y sostiene esta particular unidad geopolítica, también el modelo hoy académicamente más acreditado, el expresado por las parejas “centro-periferia” y “dominadores-dominados” [3], que Richardot juzga determinista, pero seductor por su fuerza simplificadora, no parece ser apropiado para dar una definición o explicación del imperio. Los casos indicados del ya citado Richardot que hacen ineficaz la aplicación de este modelo, con referencia a la comprensión del imperio, son los clásicos del Imperio de Alejandro Magno, del Imperio romano y del ruso. El Imperio de Alejandro sobrevive a la muerte de su fundador, desplazando su centro al Egipto de los Tolomeos, por tanto, a una región periférica del edificio realizado por el Macedonio; Roma, a partir del siglo III, ya no tiene una sede cierta, sino itinerante. De hecho, como observa Richardot, del año 284 al 305 ya no hay ni centro ni periferia, al ser el imperio descentralizado en cuatro regiones militares. Después, Bizancio, rebautizada en el año 330 Constantinopla, se convierte en la segunda capital del Imperio, hasta transmutarse en 1453, de ciudad periférica del antiguo imperio romano a centro de irradiación del sistema imperial otomano. Otro caso en el que el modelo “centro-periferia” no nos ayuda en la comprensión de la construcción y en el mantenimiento de la ecúmene imperial lo proporciona el imperio ruso, ya se haga remontar su origen a la Rus de Kiev, la capital de la actual Ucrania, que propiamente significa Marca, es decir…periferia, o ya se presente como un resto del antiguo imperio “nómada” de Gengis Khan [4].

El imperio no es, por tanto, definible por su gigantismo territorial, ni por su heterogeneidad étnica y cultural, ni por un centro geográfico definido y su correlativa periferia. La definición de tal entidad geopolítica ha de encontrarse, por tanto, en otro lugar. El término latino imperium expresa el ejercicio de la autoridad de un jefe militar, pero el imperio, como entidad geopolítica concreta, aunque funde, en la generalidad de los casos, su propio poder en la clase militar, no siempre sigue lógicas militares o exclusivamente de fuerza, como sostenía en la primera mitad del siglo XIX Leopold von Ranke (Die Grossen Machte).

Lo que distingue y cualifica al imperio respecto a las otras construcciones políticas, o más precisamente geopolíticas, parece ser, en cambio, la función equilibradora que este tiende a ejercer en el espacio que lo delimita. Toda construcción imperial, de hecho, persigue el objetivo de regular las relaciones entre las naciones, los pueblos y las etnias que la constituyen concretamente, de modo tal que las particularidades y especificidades concretas no se vean comprometidas unas en perjuicio de otras, sino que al contrario sean salvaguardadas y “protegidas”, en particular allí donde las modestas dimensiones o la escasa fuerza militar o económica de una especificidad dada sitúen a la misma en condiciones tales que pueda ser fagocitada y destruida por sus enemigos. El imperio asume tal función en un espacio circunscrito y continuo, y la continuidad espacial es ciertamente uno de sus rasgos distintivos.

La función reguladora asumida por el imperio encuentra su propia razón de ser, además de en la conciencia del común espacio habitado, sobre todo, en la común visión espiritual, aunque distintamente entendida y expresada en las culturas de las diferentes poblaciones del imperio. Todo edificio imperial, de hecho, expresa una unidad espiritual que, aunque transmitida según formas particulares, siempre hace referencia a un único sistema de valores. Por ejemplo, el macedonio Alejandro que se proclama Rey de Reyes y heredero del imperio persa de los Aqueménidas o el Sultán Mehmet II que, recién conquistada Constantinopla, se hace con el título de Qaysar-i-Rum, César romano, dan testimonio de este único sistema de valores del que ahora ellos son los protectores, los garantes y, sobre todo, los continuadores.

Precisamente a tal unidad espiritual, expresada históricamente en la realización de unidades geopolíticas imperiales o en la tendencia a constituirlas, dirigen la atención los ensayos de Claudio Mutti recogidos en Imperium, epifanie dell’idea di impero. Una unidad que las distintas escuelas historiográficas racionalistas han contribuido a ocultar y fragmentar según el reduccionismo, generalmente de raíz iluminista, que las han distinguido. En particular, tal y como es evidenciado en los diferentes ensayos de Mutti, es afirmada la continuidad del mito (o idea) del Imperio en las vicisitudes del espacio eurasiático, continuidad asegurada en la realidad histórica por protagonistas de diversa cultura o etnia y por su explícita voluntad de unificar Oriente y Occidente, es decir, Asia y Europa, casi como si quisieran, con tal afirmación heroica, reivindicar una unidad que el devenir histórico (la entropía o el desorden de la manifestación histórica) había lacerado. Paralelamente a la función reguladora y en conformidad con esta, el Imperio desempeña también otra, que podríamos definir “religiosa” en su significado etimológico y más profundo: la que precisamente consiste en “reunir” dentro del limes de un mismo espacio los componentes, materiales y espirituales, que contribuyen a calificarlo como una unidad geopolítica coherente, armónica y orgánica. Desde esta perspectiva la fase “expansiva” del Imperio, lejos de reducirse a un mero expansionismo territorial, motivado sólo por las preocupaciones materiales ligadas a todo política de poder, reproduce en el plano histórico una necesidad de orden metafísico, doctrinal, es decir, la reabsorción en un orden superior, en este caso generalmente supranacional, de realidades geopolíticas incompletas, separadas y antagonistas. La realización histórica del edificio imperial es, por tanto, la reproducción, en el dominio político-social, del kosmos por oposición al caos del devenir histórico.

El imperio, por tanto, además de ser “el mayor cuerpo político conocido por el hombre” es, esencialmente, la más alta síntesis geopolítica conocida por toda la humanidad.

La continuidad de la idea del Imperio y la subyacente unidad espiritual, que Mutti subraya con escrupulosidad científica, bien sea tratando la función histórica y metahistórica de figuras imperiales como las del Emperador Juliano, Federico “el Sultán Bautizado” o Atila “el Siervo de Dios”, o bien evidenciando el significado político y cultural del Imperio “romano-turco-musulmán”, o bien poniendo de relieve en el lenguaje de Antelami temas y argumentos que, en ámbitos culturales lejanos, reproponen el mismo sistema de valores, refuerzan –en el plano de la historia interpretada como tentativa de realizar unidades imperiales –la hipótesis ya enunciada en el siglo pasado por el tibetólogo Giuseppe Tucci con respecto al descubrimiento de la “unidad espiritual eurasiática”: sintagma que expresa, en parte, lo que en términos tradicionales se puede traducir mejor como “unidad esencial de las tradiciones”.

También un etnólogo y antropólogo de escuela sociológica como Marcel Mauss reconocía, por otra parte, y es significativo que quien nos lo recuerde sea un estudioso de geopolítica, el francés François Thual, que “de Corea a Bretaña existe una única historia, la del continente eurasiático” [5]. Esta única historia que se despliega en el paisaje eurasiático es la historia antigua y actual de los esfuerzos imperiales por unificar el continente. Como cierre de un texto [6] que no aparece en esta compilación, que sería su precioso y útil corolario, nuestro autor, a propósito de Alejandro el Bicorne, unificador de Europa y Asia, campeón de la idea imperial y, por tanto, podríamos decir, eurasiatista ante litteram, escribe: “su figura se coloca en el trasfondo del espacio eurasiático, que constituye no sólo el escenario histórico, sino la proyección espacial misma correspondiente a la idea de Imperio”.

Unidad espiritual eurasiática e idea del Imperio están por tanto indisolublemente ligadas, un vínculo que Imperium de Mutti tiene el loable mérito de volver a proponer a nuestra atención, en un momento histórico particular que ve a nuestra patria mayor, Eurasia, agredida por las potencias talasocráticas del otro lado del Océano. Ciertamente este libro no pasará inadvertido.

Tiberio Graziani
Director de la revista “Eurasia”.
direzione@eurasia-rivista.org
www.eurasia-rivista.org

(Traducido del italiano al español por Javier Estrada)

Notas

1. Philippe Richardot, Les grandes empires. Histoire et géopolitique, Ellipses. Edition marketing, París 2003, p.5.

2. Philippe Richardot, op.cit., p. 5 y siguientes.

3. Samir Amin, Lo sviluppo ineguale. Saggio sulle formazioni sociali del capitalismo periferico, Einaudi, Turín 1973.

4. N. S. Trubeckoj, L’eredità di Gengis Khan, SEB 2005, Milano. Véase también del mismo autor, Il problema ucraino, in “Eurasia. Rivista di Studi Geopolitica”, a. II, n. 2, abril-junio de 2005.

5. François Thual, Une entreprise de résistance, prefacio a Pierre Biarnés, Pour l’Empire du monde, Ellipses. Edition marketing, París 2003, p. 7.

6. Claudio Mutti, Ulisse, Alessandro e l’Eurasia, http://www.eurasia-rivista.org

10/05/2010

Libros: Claudio Mutti, L’unità dell’Eurasia

Claudio Mutti
L’unità dell’Eurasia
con un prefacio de Tiberio Graziani
Effepi, Génova 2008
pp. 192, € 20,00

Prefacio

En los últimos años, al menos desde el tiempo del colapso de la Unión Soviética, se ha asistido a un renovado interés hacia el análisis geopolítico como clave interpretativa para la comprensión de las cambiadas relaciones entre los actores globales y, sobre todo, como auxilio para descifrar nuevos escenarios posibles.

En tal ámbito, Eurasia parece constituir, considerando los numerosos estudios que se ocupan de ella, un campo de investigación privilegiado.

Analistas influyentes como, por ejemplo, el atlantista Brzezinski o los neoeurasiatistas Dugin y Ziuganov están de acuerdo, aunque desde puntos de vista distintos y decididamente antagonistas entre sí, sobre el hecho de que el futuro del planeta se juega en el tablero eurasiático.

A la imparable y larga ofensiva lanzada por los EE.UU. contra la masa continental eurasiática entre 1990 y 2003 (1) parece contraponerse, al menos a partir del ultimo quinquenio, una especie de reacción que se expresa, por ahora, a través de la intensificación de nuevas y profundas colaboraciones estratégicas entre Pekín, Nueva Delhi y Moscú y el continuo refuerzo de la Organización para la Cooperación de Shangai (OCS).

Estos acuerdos parecería que sirven de preludio a una inédita y articulada integración del continente eurasiático que, por evidentes motivos de oportunidad, pasando por encima tanto de las diferencias culturales, religiosas, étnicas, como por encima de las particulares aspiraciones nacionales de las poblaciones que lo habitan, hacen vanas las expectativas de los propagandistas del “choque de civilizaciones”.

La teoría del choque de civilizaciones, como se sabe, fue puesta a punto por Samuel Huntington, el ex consejero de Johnson en la época del conflicto vietnamita. El estudioso americano, en diversos artículos y principalmente en su The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, (New York, Simon & Schuster, 1996), lanzó la hipótesis de que los conflictos entre las varias poblaciones del planeta, y, en particular, entre las que habitan Eurasia, no tendrían su origen principalmente en causas ideológicas o económicas, sino en motivaciones culturales, básicamente religiosas. Para Huntington la política global del siglo XXI estará, por tanto, dominada por el choque de civilizaciones. Esta particular lectura de la historia, es decir, la del carácter irreconciliable de las civilizaciones, ha influido a vastos sectores de la opinión pública occidental y constituye, todavía, una de las referencias constantes de los numerosos think tanks del otro lado del océano especializados en la identificación de las áreas calientes o de inestabilidad de Eurasia.

En realidad, en la historia no se han verificado nunca choques de civilizaciones, sino, más bien, encuentros y contaminaciones entre las distintas culturas. En particular, en Eurasia, en cuyo espacio están presentes la práctica totalidad de las civilizaciones del planeta.

Eurasia, de hecho, todavía antes de ser un concepto útil para el análisis geopolítico y geoestratégico, es, se podría decir, una idea cultural, cuyo carácter unitario es demostrado por su misma historia.

La oposición entre Europa y Asia siempre ha sido una oposición artificial, a menudo fruto de interpretaciones históricas instrumentalizadas, principalmente por los europeos, con fines hegemónicos, por tanto, estrechamente ligada a praxis geopolíticas. Sólo hay que pensar en la época del colonialismo de expoliación y en la superestructura ideológica que lo sustentaba, en el “white man’s burden” (2) del cantor del imperialismo británico, Rudyard Kipling y, sobre todo, en su conocida composición literaria The Ballad of East and West, en la que el escritor y poeta inglés teoriza explícitamente, en el famoso verso East is East, and West is West, and never the twain shall meet, el carácter irreconciliable entre las culturas orientales y occidentales (3).

Pero, si observamos bien, la contraposición “ideológica” entre Europa y Asia, entre Occidente y Oriente, se remonta todavía más atrás, a ciertas tendencias que maduraron en el seno del cristianismo, que exaltando la especificidad de la visión cristiana del mundo consideran las culturas de las poblaciones no europeas no sólo como inciviles, sino también como inferiores.

La presunta separación e incompatibilidad entre las culturas asiáticas y las presentes en la parte occidental de Eurasia, es decir, en la península europea, si examinamos con mayor atención, se ha resuelto siempre en el principio de la polaridad. Ya Polibio, en su Historias, resolvía la oposición entre Oriente y Occidente en el carácter unitario del mundo mediterráneo (4), un concepto que fue retomado y desarrollado brillantemente, algunos siglos más tarde, por el historiador francés Fernand Braudel. Por otra parte, para los antiguos la tierra habitada y conocida era considerada del mismo modo que una casa común (oikouméne ghê). Según el historiador holandés Huizinga “en la historia antigua, en la medida en que nos es conocida, no encontramos nunca a Oriente contrapuesto explícitamente a Occidente [5]. Para el autor de El Otoño de la Edad Media y Homo Ludens, también la civilización islámica ha ignorado la escisión entre Oriente y Occidente, por tanto, entre Asia y Europa [6].

El profundo carácter unitario de las múltiples y policromas civilizaciones eurasiáticas no ha sido nunca puesto en duda, sino que más bien ha sido ratificado y reconfirmado por los descubrimientos arqueológicos, por las investigaciones etnográficas y, en particular, por el estudio comparado de las religiones y de los mitos.

Por tanto, aunque existan análisis e investigaciones específicas sobre la unidad cultural de Eurasia, sin embargo, se debe todavía constatar a tal respecto la ausencia de estudios sistemáticos y orgánicos.

Los trabajos de un Gumilev, como también de un Altheim, sobre la influencia de la cultura mongola o la de los Hunos en el mundo eslavo-ruso y en el nacimiento de los actuales pueblos asiáticos y europeos, o los de un Giuseppe Tucci sobre le mundo tibetano o sobre las culturas de Extremo Oriente y su parentela con el pensamiento antiguo, o los de un Eliade dedicados a la comparación de las religiones y de los mitos, o, todavía, los de un Dumézil o un Benveniste en lo referente a los estudios llamados indoeuropeos, o, finalmente, los de la escuela de los eurasiatistas rusos de los años veinte y treinta del siglo XX, entre los cuales se encuentra ciertamente el lingüista Trubeckoj, constituyen indudablemente las bases metodológicas para emprender tal empresa. A esto se podrían añadir también los resultados y las metodologías adquiridas por los estudiosos de las ciencias llamadas tradicionales, como, por citar sólo algún nombre, Guénon, Coomaraswamy, Schuon, Evola, Burckhardt, Nasr.

Precisamente es en el ámbito del descubrimiento, o mejor, del redescubrimiento del carácter unitario de las culturas eurasiáticas donde encuentran su correcta colocación los ensayos de Claudio Mutti recogidos en L’Unitá dell’Eurasia; sobre todo, además de ofrecer una válida introducción a esta temática –en Italia todavía en vías de definición –estos aportan nuevos elementos de reflexión, útiles no sólo para el desarrollo de tales investigaciones, sino también para la comprensión de importantes nudos históricos de la ecúmene que, para decirlo con Eliade, por otra parte, con razón citado por Mutti, se extiende de Portugal a China y de Escandinavia a Ceilán. La peculiaridad de los estudios aquí presentes reside, a nuestro juicio, en la constante referencia que Mutti presta a las dinámicas geopolíticas del espacio eurasiático; una referencia destinada ciertamente a suscitar una común conciencia geopolítica entre las poblaciones que actualmente habitan la masa eurasiática.

Tiberio Graziani
Director de la revista “Eurasia”.
direzione@eurasia-rivista.org
www.eurasia-rivista.org

(Traducido del italiano al español por Javier Estrada)

Notas:

1. Primera Guerra del Golfo (1990-1991); agresión a Serbia (1999), en el ámbito de la planificada desintegración de la Confederación yugoslava; ocupación de Afganistán (2002); devastación de Irak (2003). A esto hay que añadir también la ampliación de la OTAN en los países de Europa oriental y las llamadas “revoluciones coloradas” como significativos elementos de intromisión por parte de la potencia del otro lado del Atlántico en la que fue la esfera de influencia de la mayor potencia eurasiática del siglo XX, la Unión Soviética.

2. La popular composición de Rudyard Kipling fue publicada con el subtítulo The United States and the Philippine Islands en 1899; este se refería a las guerras de conquista emprendidas por los Estados Unidos con respecto a las Filipinas y otras ex colonias españolas.

3. Para una rápida reflexión sobre la cuestión del concepto de Occidente en relación con la identidad europea, véase en el propio volumen de Mutti el capítulo sobre “La invención de Occidente”.

4. Pero bastante antes de Polibio también Heródoto. Escribe al respecto Luciano Canfora “…precisamente a los griegos les corresponde la responsabilidad de haber separado a los ‘Bárbaros’ de los ‘Griegos’. En la primera línea de las Historias de Heródoto, griegos y bárbaros constituyen ya una consolidada polaridad, aunque precisamente Heródoto sea más consciente que otros de hasta qué punto los conceptos fundamentales de los griegos, empezando por las denominaciones de las divinidades (II, 50), venían de lejos”, en Il sarto cinese, nota a Arnold Toynbee, Il mondo e l’Occidente, Sellerio editore, Palermo, 1992, p. 107.

5. Johan Huizinga, Lo scempio del mondo, Bruno Mondadori, Milano, 2004, p.26.

6. Johan Huizinga, op.cit., p. 35 y siguientes.