Occidente contra Occidente (y II)

por Federico Gastón Addisi – A esta altura de la digresión ya podemos preguntarnos si efectivamente occidente está compuesto por las tres vertientes que mencionamos precedentemente. Para René Guenon: “Se dice que el Occidente moderno es cristiano, pero eso es un error: el espíritu moderno es anticristiano, porque es esencialmente antireligioso; y es antireligioso porque, más generalmente todavía, es antitradicional; eso es lo que constituye su carácter propio, lo que le hace ser lo que es.

Ciertamente, algo del Cristianismo ha pasado hasta la civilización anticristiana de nuestra época, cuyos representantes más «avanzados», como dicen en su lenguaje especial, no pueden evitar haber sufrido y sufrir todavía, involuntaria y quizás inconscientemente, una cierta influencia cristiana, al menos indirecta; y ello es así porque una ruptura con el pasado, por radical que sea, no puede ser nunca absolutamente completa y tal que suprima toda continuidad. Iremos más lejos incluso, y diremos que todo lo que puede haber de válido en el mundo moderno le ha venido del Cristianismo, o al menos a través del Cristianismo, que ha aportado con él toda la herencia de las tradiciones anteriores, que la ha conservado viva tanto como lo ha permitido el estado de Occidente, y que siempre lleva en sí mismo sus posibilidades latentes; ¿pero quién tiene hoy día, incluso entre aquellos que se afirman cristianos, la consciencia efectiva de esas posibilidades? (…) Por otra parte, como lo indicábamos también más atrás, es muy cierto que es en el Catolicismo únicamente donde se ha mantenido lo que subsiste todavía, a pesar de todo, de espíritu tradicional en Occidente”.

Y entonces, para precisar más el concepto deberíamos (en la actualidad) ya no hablar  de cristiandad, sino de catolicismo. Por ende nuestra definición de occidente será: “La ecúmene que tiene como religión y cosmovisión al catolicismo, que se apoya en la filosofía clásica griega interpretada por los padres de la Iglesia, y basa sus normas de conducta en el Derecho romano”.

Concordantemente con nuestra tesis, citamos nuevamente a Guenon: “Es únicamente en el Cristianismo, decimos más precisamente aún; en el Catolicismo, donde se encuentran, en Occidente, los restos del espíritu tradicional que sobreviven todavía. Toda tentativa «tradicionalista» que no tenga en cuenta este hecho está inevitablemente abocada al fracaso”.

Pero si nos ceñimos a esta idea cabe preguntarse entonces qué pasa con países como Inglaterra, como Australia o el mismo EEUU, porque no es novedoso que desde hace varios siglos ya, no ha predominado en ellos la filosofía clásica ni la cosmovisión cristiana ni el culto católico.   Y para remarcar más aún la diferente concepción que tienen los anglosajones del mundo occidental vamos a citar a dos pensadores liberales. Uno de ellos, exiliado cubano pero anglófilo hasta los tuétanos – nos referimos a  Armando Ribas – definía Occidente de una manera bastante particular. Luego de afirmar que “decía mi amigo Jorge García Venturini que Occidente era la simbiosis del verbo (judeo-cristiano) y el logos (griego)”; arremete con una categorización que a nuestro juicio está impregnada de Romanticismo secular y que resulta absolutamente imprecisa.

Decía Ribas: “Es innegable que el aporte anglosajón al proyecto universalista que representa la democracia liberal no puede ser sobrevalorado. Podría decir, entonces, que la libertad individual se asienta precisamente en la aceptación socrática y cristiana, pero de una manera diferente. El reconocimiento de los límites de la razón (“Sólo sé que no sé nada”) y de la falibilidad  del hombre (“El justo peca siete veces”: “El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”) son, a mi juicio, los principios en que se fundamenta Occidente y en el cual el aporte de este lado del Atlántico ha sido decisivo” (…) “No obstante yo me atrevería a coincidir, en este aspecto, una vez más con Popper y decir, en la misma línea de David Hume, que Occidente ha sido el proceso de la sociedad abierta, donde los derechos individuales pusieron límite al absolutismo del Estado cualquiera fuese el carácter de éste. Libertad y bienestar individual han sido el carácter del Occidente liberal y democrático que permitió la sociedad plural étnica, religiosa e, inclusive, ideológica”.

En la misma línea, y en las antípodas de lo que venimos intentando demostrar, un  “think tank” de las usinas del Nuevo Orden Mundial, fallecido en el 2010, nos referimos  a Samuel Huntington, en su promocionado libro “El choque de las civilizaciones” tenía conceptos esclarecedores sobre lo que es el pensamiento único de estos hombres que pretenden el nuevo orden mundial; que no es orden porque altera el orden natural, que de nuevo no tiene nada, y que de mundial sólo tiene la pretensión de los cenáculos de poder de quedarse con la hegemonía y monopolio del mismo. O dicho a la manera del filólogo Carlos Disandro; estos grupos que pertenecen a la sinarquía internacional. Retomando la exposición; Huntington definía a Occidente en la pág. 35 como: “La polarización cultural de oriente y occidente, es en parte una consecuencia más de la práctica universal -aunque desafortunada-  de llamar a las civilizaciones europeas civilización occidental. En lugar de hablar de oriente y occidente es más apropiado hablar de occidente y el resto del mundo, lo que al menos implica la existencia de muchos no occidentes”.

Parece un trabalenguas pero no lo es.  Si es lógico hablar de varios orientes (porque él habla  de varios orientes), siguiendo el hilo del razonamiento introducido por nosotros al principio de nuestra tesis, también sería viable (otorgando lo que nos negamos a otorgar) que haya varios occidentes (al decir de Huntington). Si cabe pensar que en Estados Unidos reina la cosmovisión católica, aun sabiendo de su “Ética Protestante”, de su liberalismo filosófico (presente desde la Constitución y Acta de Independencia de “los padres fundadores” –tan ligados a la masonería por cierto-) y su consumismo, hijo putativo de todo lo anterior; entraríamos en una manifiesta contradicción con todo el desarrollo de la teoría que venimos sosteniendo. Más aún, ¿es posible creer que Inglaterra pertenezca a occidente, según nuestra definición?, ¿es posible pensar que Australia, forme parte de nuestra ecúmene? Según estos pensadores, (Huntington, Fukuyama, Brzezinnki, Ribas, etc) claramente sí, pero la paradoja es que España; más aún hispanoamérica, no es parte de occidente para “estos intelectuales”.

En el citado libro de Huntington en la pág 52, el autor se da el lujo de hablar de un occidente (introduciendo en él a todos aquellos países que hemos demostrado su incompatibilidad de valores a los que dicen pertenecer) y varios orientes y dice lo siguiente: “Latinoamérica se podría considerar una o sub-civilización dentro de occidente, o una civilización aparte íntimamente emparentada con occidente y dividida en cuanto a su pertenencia. Para un análisis centrado de las consecuencias políticas internacionales de las civilizaciones, incluidas la relaciones de Latinoamérica por una parte, Norteamérica y Europa por otra, la segunda opción es la más adecuada. Occidente pues incluye Europa y Norteamérica, los otros países de colonos europeos como Australia y Nueva Zelanda, pero no Latinoamérica”.

Hoy en día el término occidente recalca el pensador norteamericano, se usa universalmente para referirse a lo que se solía denominar cristiandad  – y por fin llegamos al talón de Aquiles de la teoría de Samuel Huntington-  cuando después de varias falacias argumentales e ideológicas termina cayendo en el lugar común de que occidente es la cristiandad. Y así nos da la razón a lo que nosotros sostenemos. Occidente es el catolicismo y para precisar más aún; hoy en día Occidente sobrevive en la  Hispanidad.

¿Cómo es posible que España, y ésta va a ser su gloria por los siglos de los siglos -aunque haya movimientos indigenistas que pretendan diluir esta gloria-, haya descubierto para Occidente, y el mundo un nuevo continente ganado para la cristiandad, y aún se ponga en duda su pertenencia (fundacional por cierto) a ése mismo mundo? Por lo tanto Hispanoamérica y no Latinoamérica que va a ser un concepto introducido por Napoleón III, de neto corte francés e imperialista, para justificar la expansión del imperio en América, que es el legado que España le da a la humanidad, es claramente parte de occidente  y por lo tanto de la hispanidad.

En forma categórica y análoga a la nuestra se expresaba Alberto Buela: “En cuanto a nuestra distinción de la América del Norte, consideramos que la más lograda es la realizada por un desengañado sajón americano cuando demarcando las diferencias de las dos conciencias que viven en el continente dice: “Vosotros  (por los Hispanoamericanos) habéis sido menos zapados por la fea Edad Moderna, menos corrompidos por el falso humanismo y racionalismo. Estás más cerca del sentido de la vida humana, como drama trágico y divino, pues estáis más cerca de la Edad Media Cristiana, en la que todos los valores de Judea, Grecia y Roma, formaron parte de un organismo cósmico. Tenéis valores, mientras que nosotros (los yanquis) sólo tenemos entusiasmo (voluntad tecnológica y empresarial)” (…) “Así, pues consideramos la América Hispánica como una unidad geográfica, cultural, lingüística y religiosa indivisible. Esta “nación colosal”, este espacio geográfico único en el mundo entero, tiene desde el punto de vista político, también una identidad común. Pero esta identidad común esta forjada, no tanto por los objetivos comunes a realizar como por la naturaleza del enemigo común que siempre la unifica.

Se confirma nuevamente la idea del pensador alemán Carl Schmitt, cuando en las primeras líneas de su obra “El concepto de la política” afirma que “la distinción política fundamental es la distinción entre el amigo y el enemigo” (entendido éste como hostis y no como inimicus). Para Hispanoamérica, el enemigo no es otro que el imperialismo anglosajón (…) Nosotros forjamos nuestra identidad asumiendo la fuerza vital y los valores de la Europa anterior a la Revolución Mundial los que han sido transformados por la formidable matriz americana. Es por ello que nosotros nos hemos reconocido en la noción de Occidente y que no era otra cosa, para nosotros americanos, que lo que Europa tenía de mejor. De tal manera que la cuestión queda planteada de la siguiente manera: Si nosotros entendemos por Occidente  esta base común que hemos explicitado en el curso de esta intervención, Hispanoamérica no es solamente el más occidental de los continentes, sino que conserva en su seno la única esperanza de fundar un nuevo arraigo. Porque esa conciencia europea que llegó a la América Hispánica no pasó por los diferentes estadios de la denominada Revolución Mundial; es decir, Reforma, Revolución Francesa, Revolución Bolchevique y Revolución Tecnotrónica sino que, incluso hasta la última ola inmigratoria, posee como “núcleo aglutinado de su conciencia” una cosmovisión que es anterior, en el tiempo, al comienzo de la Revolución Mundial”.

Lo diremos sin rodeos: para nosotros Occidente, hoy día, es la Hispanidad. Por supuesto que esta definición no será del agrado de los cultores del Nuevo Orden Mundial que no sólo buscan la preeminencia en el orbe a través del dinero y el capitalismo financiero usurero, sino que además buscan la hegemonía cultural universal. Pero que no levanten la voz con tantos bríos. Porque si hay un ejemplo que puede sintetizar los valores de Occidente a lo largo de la historia, esa es Hispanoamérica. Y varios pensadores han definido con claridad qué es la hispanidad, por ejemplo Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, García Morente y tantos otros. Decía Maeztu en las págs 20 y 22 del citado libro “La Hispanidad no es cuestión de raza   y sería un absurdo buscar sus características en la etnografía sino que se apoya en dos pilares, la religión católica y el régimen de la monarquía católica”. Y sobre el tema escribía y Morente: “Pues bien, yo pienso que todo el espíritu y todo el estilo de la nación española pueden también condensarse y a la vez concretarse en un tipo humano ideal, aspiración secreta y profunda de las almas españolas, el caballero cristiano. El caballero cristiano -como el gentleman inglés, como el ocio y dignidad del varón romano, como la belleza y bondad del griego- expresa en la breve síntesis de sus dos denominaciones el conjunto o el extracto último de los ideales hispánicos. Caballerosidad y cristiandad en fusión perfecta e identificación radical, pero concretadas en una personalidad absolutamente individual y señera, tal es, según yo lo siento, el fondo mismo de la psicología hispánica”.

Del mismo hacemos un extracto para introducir en el tema a aquellos que aún no visualizan esta campaña urdida contra lo mejor que tuvo occidente. Decíamos entonces: “Puede decirse, sin temor a  exagerar, que la leyenda negra consiste en un juicio negativo  e “inexorable”, aceptado sin indagar su origen ni veracidad, según el cual España habría conquistado y gobernado América durante más de tres siglos, haciendo alarde de una sangrienta crueldad  y una opresión sin medida, que no encontraría comparación en la historia occidental moderna. La fábula anti-española sostiene que la empresa del Descubrimiento se llevó a cabo por una insaciable codicia y avaricia, cuyo objetivo no sería otro que la sed de oro que tenía el imperio español; para lo cual no se dudó en perpetrar un “genocidio” sobre las poblaciones indígenas, causando 50 millones de muertos.

El disparate que acabo de citar encuentra su origen en la figura del padre fray Bartolomé de Las Casas, un fraile dominico nacido en Sevilla en el año 1474. Este clérigo estuvo por vez primera en América acompañando a Ovando, en el 1502.  Hacia 1522, Las Casas acentúa  una campaña a favor de un mejor trato a los indígenas por parte de los españoles, en quienes pesaba la misión de evangelizar y civilizar en las tierras recientemente descubiertas. La obra de Las Casas pasa del alegato y de la prédica, al  sermón escandaloso y panfletario. A este tenor pertenece su “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”; escrita en 1542. Dicha obra fue tomada; sacada de contexto y exagerada por los enemigos de la Hispanidad, que la utilizaron como medio para desprestigiar al Imperio. Así, los países protestantes adversarios de España actuaron en combinación contra ella; principalmente Holanda e Inglaterra, aunque también participaron del infundio Francia y Alemania. Es de esta manera que se comenzó a hablar de España como una nación oscura y decadente, atribuyendo las mencionadas características a la identidad católica de sus monarcas y su cultura. Los países nombrados anteriormente disputaban el predominio marítimo y comercial con España, que era la potencia de la época (en el siglo XVI y parte del XVII); y la guerra propagandística y difamatoria que encararon les servía para ganar terreno en Europa (y varios siglos después en el mundo entero)”.

Finalmente, nosotros hemos ensayado una definición de Hispanidad sin ninguna pretensión que la de hacer un aporte a la comprensión de dicha palabra y como único remedio contra la crisis metafísica según la cual se expresaba Marcel de Corte: “La crisis de la civilización es, en efecto, una crisis metafísica pues la esencia del hombre y la del mundo no están solamente conmovidas; están hechas pedazos en piezas separadas de un conjunto orgánico anterior”

Así; definimos a la Hispanidad como el estado del espíritu sobre el cual se apoyan los pilares del Derecho Romano, la filosofía clásica y el catolicismo, la supremacía de los valores trascendentales del hombre por sobre todo aquello material e inmanente.

La decadencia de la que hablamos no debe ser entendida en términos “spenglerianos”. No se pretende hacer aquí un estudio de la llamada “civilización occidental” desde el punto de vista de la cultura. No. Nuestro esfuerzo va dirigido al análisis de la esencia de la que se nutría aquel occidente (la vieja cristiandad), y esto –ya lo hemos dicho- nos coloca en el campo de la filosofía y teología. Materias que, aprovechamos para destacarlo, exceden nuestro conocimiento, por lo que nuestro ensayo tiene la humildad de pretender ser sólo una aproximación al tema.

La vocación del hombre es alcanzar la perfección y con ella a Dios;  y para ello debe ser ético. Entendiendo la ética como  la ciencia de la perfección, de la realización de la persona en cuanto tal. Y dado que nadie se perfecciona fuera de lo suyo, de lo propio, es tarea de esta ciencia marcar el verdadero fin y el camino adecuado para que el hombre se perfeccione, alcance la excelencia de acuerdo a lo que realmente es y está llamado a ser.

La dignidad del hombre, sus derechos, así como sus deberes, su interioridad sólo se comprende desde este aspecto. La persona es un fin, un bien en sí mismo, no una realidad útil, instrumental. Cada individuo personal tiene un valor insustituible. “No hay nada en la naturaleza, ni en las creaciones humanas, culturales, científicas, técnicas o artísticas, que tenga valor e importancia como la persona. Todo se ordena como medio a fin a cada una de las personas”. Inútil intentar un fundamento serio de los derechos humanos si se le quita al hombre esta dimensión trascendente al puro ámbito de la materia.

Pero como señalamos anteriormente, el hombre moderno, que hoy encarna la decadencia de occidente, está lejos de tener conciencia de una ética o de la importancia de los valores. Es más, siguiendo al Padre Sáenz podemos hacer una lista de los “ismos” a los que el hombre se entrega desaprensivamente, a saber:

– Individualismo: Citamos nuevamente a Rene Guenon: Lo que entendemos por «individualismo», es la negación de todo principio superior a la individualidad, y, por consiguiente, la reducción de la civilización, en todos los dominios, únicamente a los elementos puramente humanos; así pues, en el fondo, es la misma cosa que lo que, en la época del Renacimiento, se ha designado bajo el nombre de «humanismo», como lo hemos dicho más atrás, y es también lo que caracteriza propiamente a lo que llamábamos hace un momento el «punto de vista profano». Todo eso, en suma, no es más que una sola y misma cosa bajo designaciones diversas; y hemos dicho también que este espíritu «profano» se confunde con el espíritu antitradicional, en el cual se resumen todas las tendencias específicamente modernas. Sin duda, no es que este espíritu sea enteramente nuevo; ha habido ya, en otras épocas, manifestaciones suyas más o menos acentuadas, pero siempre limitadas y aberrantes, y que no se habían extendido nunca a todo el conjunto de una civilización como lo han hecho en Occidente en el curso de estos últimos siglos. Lo que no se había visto nunca hasta aquí, es una civilización edificada toda entera sobre algo puramente negativo, sobre lo que se podría llamar una ausencia de principio; es eso, precisamente, lo que da al mundo moderno su carácter anormal, lo que hace de él una suerte de monstruosidad explicable solamente si se considera como correspondiendo al fin de un periodo cíclico, según lo que hemos explicado primeramente. Así pues, es efectivamente el individualismo, tal como acabamos de definirle, el que es la causa determinante de la decadencia actual de Occidente, por eso mismo de que es en cierto modo el motor del desarrollo exclusivo de las posibilidades más inferiores de la humanidad, de aquellas cuya expansión no exige la intervención de ningún elemento suprahumano, y que incluso no pueden desplegarse completamente más que en la ausencia de un tal elemento, porque están en el extremo opuesto de toda espiritualidad y de toda intelectualidad verdadera (…) Puesto que hemos hablado de la filosofía, señalaremos todavía, sin entrar en todos los detalles, algunas de las consecuencias del individualismo en este dominio: la primera de todas fue, por la negación de la intuición intelectual, poner la razón por encima de todo, hacer de esta facultad puramente humana y relativa la parte superior de la inteligencia, o incluso reducir la inteligencia toda entera a la razón; eso es lo que constituye el «racionalismo», cuyo verdadero fundador fue Descartes. Por lo demás, esta limitación de la inteligencia no era más que una primera etapa; la razón misma no debía tardar en ser rebajada cada vez más a un papel sobre todo práctico, a medida que las aplicaciones le tomaron la delantera a las ciencias que podían tener todavía un cierto carácter especulativo; y, Descartes mismo, ya estaba en el fondo mucho más preocupado de esas aplicaciones que de la ciencia pura. Pero eso no es todo: el individualismo entraña inevitablemente el «naturalismo», puesto que todo lo que está más allá de la naturaleza está, por eso mismo, fuera del alcance del individuo como tal; por lo demás, «naturalismo» o negación de la metafísica, no son más que una sola y misma cosa, y, desde que se desconoce la intuición intelectual, ya no hay metafísica posible; pero, mientras que algunos se obstinaron no obstante en edificar una «pseudometafísica» cualquiera, otros reconocían más francamente esta imposibilidad; de ahí el «relativismo» bajo todas sus formas, ya sea el «criticismo» de Kant o el «positivismo» de Augusto Comte; y, puesto que la razón misma es completamente relativa y no puede aplicarse válidamente más que a un dominio igualmente relativo, es evidentemente cierto que el «relativismo» es la única conclusión lógica del «racionalismo». (…) Quien dice individualismo dice necesariamente negación a admitir una autoridad superior al individuo, así como una facultad de conocimiento superior a la razón individual; las dos cosas son inseparables la una de la otra. Por consiguiente, el espíritu moderno debía rechazar toda autoridad espiritual en el verdadero sentido de la palabra, que tiene su fuente en el orden suprahumano, y toda organización tradicional, que se basa esencialmente sobre una tal autoridad, cualquiera que sea por lo demás la forma que revista, que difiere naturalmente según las civilizaciones. Eso es lo que ocurrió en efecto: a la autoridad de la organización calificada para interpretar legítimamente la tradición religiosa de Occidente, el Protestantismo pretendió substituirla por lo que llamó el «libre examen», es decir, la interpretación dejada al arbitrio de cada uno, incluso de los ignorantes y de los incompetentes, y fundada únicamente sobre el ejercicio de la razón humana. Era pues, en el dominio religioso, el análogo de lo que iba a ser el «racionalismo» en filosofía; era la puerta abierta a todas las discusiones, a todas las divergencias, a todas las desviaciones; y el resultado fue lo que debía ser: la dispersión en una multitud siempre creciente de sectas, cada una de las cuales no representa más que la opinión particular de algunos individuos”.

-Feminismo: El ataque a la familia, a la vida, a través, por ejemplo de la doctrina del género es un ejemplo de ello. ¿Pero qué es la doctrina de género y por qué decimos que se enfrentan esta cosmovisión materialista, atea, hedonista, mundialista de la cultura de la muerte, contra  la cosmovisión católica de la cultura de la vida? Porque la ideología de género recoge la interpretación de Friedrich Engels, expresada en su libro “El origen de la familia”, donde relata la historia de la mujer en relación con la técnica según la cual, la propiedad privada convierte al hombre en propietario de la mujer. En la familia patriarcal fundada sobre la propiedad privada, la mujer es explotada y oprimida por el hombre. Por ende, el proletariado y las mujeres se convierten en dos clases oprimidas. La liberación de la mujer –sostiene Engels- pasa por la destrucción de la familia y su ingreso al mercado del trabajo. Así, ocupará su lugar en la sociedad de producción, ya sin el yugo marital ni la carga de la maternidad.

El feminismo radicalizado reinterpreta la historia bajo una perspectiva dialéctica neo-marxista, identificando a la mujer con la clase oprimida y al hombre con la opresora. El matrimonio monógamo es la síntesis y expresión del dominio patriarcal y toda diferencia es entendida como sinónimo de desigualdad, por lo que es preciso acabar con ella. “El primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio monógamo, y la primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino” (Friedrich Engels, “The origin of the Family, Property and the State”)

-Igualitarismo: Creemos que es consecuencia directa de la masificación, del mensaje único y políticamente correcto, que todos repiten para no ser estigmatizados. Creen ser libres pero son esclavos del sistema.

-Consumismo: El afán por tener el último producto que salió al mercado, aunque sea banal e innecesario. Si está a la venta hay que comprarlo. Típico de sociedad capitalista de consumo. Como el hombre moderno se encuentra vacío desde lo espiritual, busca llenar ese espacio con la materia. Con objetos de consumo.

-Hedonismo: Invoca una corriente filosófica que se caracteriza por postular que el bien, como valor, va de la mano del placer. Esta falsa moral cree que el hombre encuentra la felicidad en todo aquello que le genere placer aquí y ahora.

-Relativismo: La verdad no existe. Todo es relativo y subjetivo. Lo que para una persona puede ser cierto para otra no. Y sin un absoluto no hay jerarquía, no hay valores, no hay moral. En síntesis, hay anomia. Hay decadencia. Todo puede ser válido y opinable. Así lo expresaba magistralmente ese genio que fue el Padre Castellani: Opinión es una afirmación no cierta, basada en argumentos válidos, mas no evidentes, opuestos a otros también válidos. Por ejemplo: “Yo opino que las neurosis son psicosomatogénicas, otros doctores opinan que son todas psicogénicas, otros que son todas somatogénicas. Opinión no es cualquier afirmación lanzada al aire porque sí, por charlatanismo o temeridad de botarate; eso es macaneo. No confundir, pues, el derecho de opinar y el derecho de macanear, que es lo que hizo el liberalismo. ¿Quién tiene derecho a opinar? No todo hombre sobre todo tema, sino los entendidos sobre aquello que entienden. Sólo ellos deben tener una libertad de opinar que merezca consideración política”.

-Inmanentismo: Este hombre moderno aferrado a la materia, aturdido en la razón y nublados sus sentidos no ve más allá que el día de hoy. El pasado lo aburre y el futuro lo espanta. La idea de finitud puede ser disparador de alteraciones psicológicas. No hay otra vida. No existe lo trascendente. No hay nada superior. Todo termina con la muerte. Decía el Padre Sáenz: “A primera vista parece absurdo querer compaginar el espíritu de inmanencia con la Revelación cristiana, porque si todo debe permanecer dentro del pensamiento y de la propia voluntad autosuficientes, no se ve cómo sería aceptable una verdad que viniese de lo alto, fuera del alcance de cualquier tipo de “verificación” intelectual o empírica. Sin embargo ello se ha intentado, y con resultados nefastos. Porque, como dice Caturelli, si el método de inmanencia, aplicado a la filosofía, conduce fatalmente al ateísmo, si se aplica al orden sobrenatural, negándose la distinción entre naturaleza y gracia, se llega inevitablemente a la “muerte” del Dios vivo y a la disolución de la teología. En adelante es el hombre, y no ya Dios, el centro de la reflexión teológica. Se cumple así aquello de Nietzsche de que la muerte de Dios es el hito necesario para que el hombre viva. La teología se vuelve antropología y la conciencia humana ocupa el lugar del Verbo”.

-Indigenismo: Es una maniobra de los grandes centros de poder mundial para crear fracturas, crisis de identidad, separatismos y de ser posible, secesión en los países que son de su incumbencia por razones políticas y a los que aspiran a dominar. Se intenta convencer a los hombres que su identidad no es tal, sino que proviene de “pueblos originarios” que fueron víctimas de un genocidio por lo que sus descendientes tienen derecho a la tierra, la autonomía y hasta una reparación material.

Entendemos claramente que estos “ismos” a los que señalamos no son otra cosa que la causa directa de un acto voluntario desordenado de la voluntad. La misma sigue a la razón que se aparta de su regla y de la ley divina y persigue un bien temporal. Y de este modo se produce un desorden como efecto del defecto de dirección de la voluntad.

Pero dado que los sentidos pueden inclinar los apetitos sensibles y estos arrastrar a la misma inteligencia y voluntad, entonces se debe decir que también ellos constituyen una causa interna, aunque remota, del pecado. Así Santo Tomás distingue como causas interiores del pecado la ignorancia del entendimiento, las pasiones del apetito sensitivo y la malicia de la voluntad. Todo pecado es un actuar “contra naturam”, contra la naturaleza humana. El objeto de la voluntad natural es el bien de la razón, por eso el obrar un mal no es conforme a la tendencia natural.

El mal es actuar contra la razón. En efecto, dado que el bien es actuar según la propia forma y la forma del hombre es su alma racional, de esto se desprende que el mal sea un ir en contra de la misma razón. El pecado es una conversión y una aversión al mismo tiempo. Conversión a un bien finito, perecedero, y una aversión a Dios, el Bien. El pecado es un acto humano malo, es decir, un acto voluntario separado de su regla o medida. La “raíz” del pecado sea considerada la avaricia y la soberbia el “principio”: la primera por la conversión a un bien perecedero en que consiste el pecado, la segunda respecto a la aversión a Dios que conlleva.

Frente a esta decadencia, el Occidente Hispano Católico que postulamos propone aquellas viejas y queridas virtudes teologales enseñadas por los padres de la iglesia.

Por encima de todas las virtudes naturales, entonces, se dan tres grandes virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, la primera reside en la inteligencia y las otras dos en la voluntad. Estas virtudes infusas provienen de la vida de Dios en el hombre y por lo tanto son proporcionadas a la vida sobrenatural y tienen por objeto a Dios mismo en su vida íntima. Por eso también pueden ser llamadas virtudes divinas. Son infundidas sólo por Dios y sólo son conocidas por la Revelación.

-Fe: Es el acto por el cual la inteligencia asiente a verdades que no le son evidentes en base al testimonio de una autoridad fidedigna; la inteligencia es movida por la voluntad libre en el acto de creer y ésta, a su vez, es movida por Dios. El creer de la fe, al que aquí nos referimos, es algo totalmente distinto. Es afirmar como verdad algo cuya evidencia no nos consta pero con un grado de certeza total. Así lo explica J. Piepper: “ (…) creer significa lo mismo que tomar posición respecto a la verdad de algo dicho y a la real efectividad del contenido a que se refiere lo que se dice; expresado con más exactitud, creer quiere decir que se tiene una afirmación por verdadera y lo afirmado por real, por objetivamente auténtico”.  Este acto de asentimiento conlleva, de esta manera, dos elementos fundamentales: La no evidencia de una realidad objetiva para el que cree, el no tener a la vista algo, pero, al mismo tiempo, la incondicional aceptación de que es verdad. El que cree tiene certeza, seguridad en la verdad y realidad de lo creído.

-Esperanza: Es la virtud teologal, infundida por la gracia de Dios, que lleva a confiar con plena certeza en la consecución de la vida eterna contando con los medios necesarios para ello apoyados en el auxilio divino.

-Caridad: Virtud teologal que Dios infunde en la voluntad por la cual se ama a Dios por Él mismo sobre todas las cosas y a uno mismo y al prójimo por Dios. Es una virtud teologal ya que el amor al que inclina es motivado por Dios aun cuando se refiere a las creaturas.

“Los actos y los hábitos se especifican por los objetos, como está dicho. Es objeto propio del amor el bien, como hemos visto; por eso, donde se encuentra especial razón de bien, allí se da razón especial de amor. Y, pues, el bien divino, en cuanto objeto de bienaventuranza, ofrece razón especial de bien, por tanto, el amor de caridad, que es el amor de este bien, es un amor particular, y así la caridad es especial virtud”.

Por la caridad se ama en primer término a Dios, sobre todas las cosas, y en segundo lugar, derivado de este amor, a las creaturas racionales.

Hasta aquí la clara contraposición del Occidente decadente modernista en relación al Occidente Hispano Católico. Lamentablemente la decadencia viene prevaleciendo y arrastrando a su paso más de dos mil años de tradición. Inconsciente se yergue orgulloso este “homo economicus” pletórico de soberbia sobre las ruinas de lo que él cree que es una sociedad en plena evolución y desarrollo. ¿Será realmente así? ¿La humanidad ha evolucionado o involucionado?

Triste sería descubrir, que tras miles de años de existencia, el hombre aún sigue cometiendo el mismo pecado original que nuestros primeros padres. Y esto a pesar del bautismo, que vendría a limpiar nuestra alma de aquel pecado que acarreamos por el simple hecho de ser hombres. El pecado original fue un pecado de soberbia. El pecado de Adán y Eva es un pecado muy frecuente hoy día. Hombres y mujeres autosuficientes, independientes, rebeldes a toda norma, orden o mandato, aunque venga del Papa. Para ellos sólo vale lo que ellos opinan, y lo que ellos quieren. No se someten a nadie. Quieren ser como dioses. Ése fue el pecado de Adán y Eva”.

Es que resulta evidente que la humanidad ha evolucionado (tanto en lo que hace al paso del tiempo; como a los adelantos en la ciencia, tecnología, comunicación, etc) desde aquellas edades primitivas de la historia hasta la actual civilización postmoderna. Sin embargo, con una simple mirada al hombre –como sujeto de la historia y fundamento de la civilización – estos avances en materia científica no se traducen en  un adelanto en lo que hace a lo espiritual, en tanto la persona está constituida por  cuerpo y alma. Más por el contrario, podemos afirmar que a la evolución material corresponde simétricamente una involución en materia axiológica.

Sobre el particular afirma el Padre Sáenz, En el Renacimiento, el hombre comenzó el proceso de su autoexaltación. El florecimiento de lo humano no era posible sino en el grado en que el hombre tenía conciencia, en lo más profundo de su ser, de su verdadero lugar en el cosmos, conciencia de que por encima de él había instancias superiores. Su perfeccionamiento humano sólo resultaba factible mientras se mantuviese ligado a las raíces divinas”. Complementariamente, aporta el citado Padre Sáenz que: “Dos hombres dominan el pensamiento de los tiempos modernos, Nietzsche y Marx, que ilustran con genial acuidad las dos formas concretas de la autonegación y autodestrucción del humanismo. En Nietzsche, el humanismo abdica de sí mismo y se desmorona bajo la forma individualista; en Marx, bajo la forma colectivista. Ambas formas han sido engendradas por una sola y misma causa: la sustracción del hombre a las raíces trascendentes y divinas de la vida”. 

A todas estas etapas de un mismo  proceso (de secularización) y sus protagonistas, agregamos nosotros el importante y clave rol que juega Gramsci, como impulsor de la inmanencia y estratega de la subversión de los valores y cambios en el sentido común a través de la cultura.

Bien decía Rene Guenon: “La civilización occidental moderna aparece en la historia como una verdadera anomalía: entre todas aquellas que nos son conocidas más o menos completamente, esta civilización es la única que se ha desarrollado en un aspecto puramente material, y este desarrollo monstruoso, cuyo comienzo coincide con lo que se ha convenido llamar el Renacimiento, ha sido acompañado, como debía de serlo fatalmente, de una regresión intelectual correspondiente”.

Pero retomando al tema central, el pensador ruso Berdiaeff  sostenía: “A fuerza de atribuir suficiencia al conocimiento no sólo para autodefinirse y autoafirmarse, sino también para develar la totalidad de los problemas, llega el hombre a la negación y a la autodestrucción de su propia capacidad de inteligir. Perdido su centro espiritual y negado el origen trascendente de su inteligencia, reflejo del Logos divino, el hombre se pierde a sí mismo y renuncia a su capacidad de entender”.

Estas reflexiones nos dejan una serie de interrogantes que cada quien responderá de diferente manera (otro signo más del relativismo que caracteriza la modernidad).  ¿Acaso son  incompatibles la razón con la fe? ¿La humanidad ha sustituido a Dios por la razón? ¿Puede el hombre vivir sin Dios? ¿Existe Occidente, u Occidente es la Hispanidad? Y finalmente…¿es posible una restauración a los valores trascendentales que logren re-ligar al hombre con su Creador?

Las respuestas a estas preguntas, para nosotros están en Dios uno y trino. La restauración será la vuelta a la tradición, o finalmente, en la parusía, al decir del Padre Castellani.

Fuente: Katehon II y III.

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