Una constante hispánica: el juntismo

guernicapor Manuel Fernández Espinosa – Las Juntas, instituciones consustanciales a la tradición hispánica

Desde los más remotos tiempos hasta nuestros días una institución político-administrativa ha estado siempre presente en los diversos pueblos peninsulares; tal vez, debido a esa presencialidad nunca aniquilada, por más que, en algunos momentos históricos muy concretos, pueda haber sido viciada y pervertida, esta institución nos pasa desapercibida. Si, percatándonos de ella, hiciéramos por fijar nuestra mirada en la misma, tratando de considerarla más a fondo, su estudio puede sin ninguna duda aportarnos las claves de nuestra identidad histórica que, a pesar de lo maltrecha que esté en los días que corren, todavía puede ser reconstruida contra todos los errores que han desviado nuestra auto-percepción hispánica. Esa institución a la que me refiero y que ahora pretendo redibujar es la “Junta”.

El portugués Joaquim Pedro de Oliveira Martins (1845-1894) ha legado al conjunto de los pueblos hispanos una obra que nos parece de forzosa referencia en la filosofía de la historia hispánica: “História da Civilização Ibérica” (1879). En esa obra que debiera leer todo hispano-europeo o hispano-americano, el pensador lisboeta nos dice:

A pesar de la centralización imperial romana, luego católica, el ayuntamiento subsistió en España y sigue siendo, aún hoy, la molécula social […] La organización política parte de abajo a arriba, federativamente; y sólo en la provincia, o agregación de ayuntamientos, aparece el gobernador. El Estado a la europea no ha podido penetrar más hondo“.

El vocablo “ayuntamiento” también nos conserva en su etimología la misma realidad institucional en su base juntista: “ayuntamiento” deriva de “ayuntarse” y “yuntarse” es lo mismo que “juntarse”. Las consecuencias políticas que extrae Oliveira Martins de esta institución “molecular” del tejido social hispánico son muchas y cabe destacar entre ellas la autoctonía inveteradamente refractaria al Estado: “La adopción de una civilización -sigue diciendo Oliveira Martins- extraña dió a la sociedad peninsular un aspecto distinto del que hubiera tenido si espontáneamente hubiera desarrollado de un modo aislado los elementos propios de su constitucion etnogénica“. En lo económico, el “ayuntamiento” es “una caja de socorros mutuos (que hace que el pueblo disponga) del granero colectivo y de la dehesa comunal, a la que los munícipes envían a pastar su ganado, y donde todos tienen, por lo menos, un puerco y un borrico -y, finalmente, vemos en él la “suerte”, por la que el munícipe puede labrar su terruño“, esto impedía la pobreza absoluta y daba al vecino “el sentimiento de relativa igualdad natural” regularizando la distribución de la riqueza. La desamortización (eclesiástica y municipal) perpetrada por los gobiernos liberales del siglo XIX arruinaría esta institución con todas sus ventajas y permitiría a las oligarquías egoístas acaparar las propiedades comunales.

Oliveira Martins encuentra en la institución peninsular de los antiguos ayuntamientos una semejanza con la estructura social del norte de África: “…en las instituciones, hallaremos singulares rasgos de afinidad entre las cabilas, entre lo que la Historia nos dice de España y lo que, por debajo de las formas sociales impuestas por la civilización romana y germánica se percibe aún hoy en el carácter y en las costumbres peninsulares“. Pedro Bosch-Gimperá comparte gran parte del análisis de Oliveira Martins, leyendo algunos de sus artículos podríamos decir que los escribe teniendo a mano el libro de Oliveira Martins, aunque -eso sí- el catalán se muestra incluso más crudo y radical en su crítica a la super-estructura romana y visigoda que Bosch-Gimperá cree que se reactiva en el reino astur-leonés como heredero de los visigodos y, corriendo el tiempo, en el Estado moderno fundado por los Reyes Católicos y continuado por la Monarquía encarnada en las Casas de Habsburgo y Borbón. Bosch-Gimperá reincide en considerar que la formación de España es de “abajo a arriba”: “Los grupos se forman de abajo a ariba y no se borran nunca totalmente. De ahí que recobren la plenitud de su soberanía cuando se ha disuelto la organización general que los absorbía o ha quebrado la superestructura impuesta“.

Aunque no podamos admitir la totalidad del pensamiento de Bosch-Gimperá en esta cuestión, debido a lo que nos parece una exagerada negación de la mayor parte de la Historia de España, lo cierto es que no anda muy errado cuando sugiere que la liquidación del Estado y la quiebra de la superestructura impuesta ha presentado siempre, como una constante, la irrupción histórica del fenómeno del “juntismo” como institución que adquiere el relieve de rasgo atávico y que pareciera que, por debajo de toda superestructura estatalista, permanece subyacente como principio actuante de la constitución íntima en los intentos de reorganizar las relaciones político-sociales hispánicas más primitivas.

Es así como podemos entender que en la crisis de 1808, ante el vacío de poder monárquico que se sigue de la usurpación napoléonica con su simultánea invasión, el pueblo español amante de su verdadera libertad, pudiéramos decir que “espontáneamente”, corre a reorganizarse por vía urgente en las llamadas Juntas provinciales que concurren con sus representantes en la Junta Suprema Central. Karl Marx nos lo recuerda: “Cuando Fernando abandonó Madrid, sometiéndose a las intimaciones de Napoleón, dejó establecida una Junta Suprema de gobierno presidida por el infante Don Antonio. Pero en mayo esta Junta había desaparecido ya. No existía ningún gobierno central, y las ciudades sublevadas formaron Juntas propias, subordinadas a las de las capitales de provincia. Estas Juntas provinciales constituían, en cierto modo, otros tantos gobiernos independientes, cada uno de los cuales puso en pie de guerra un ejército propio“. El elemento liberal que se filtró en estas Juntas, pese a su minoría, resultó sumamente nocivo, mostrando su verdadero signo extranjerizante en las Cortes de Cádiz cuando, mientras todo el pueblo combatía la revolución que nos traía Napoleón, los liberales conspiraban para hacer una revolución o la caricatura de la misma, para así destruir el Antiguo Régimen, implantando el liberalismo que a golpe de cañón y bayoneta se iría imponiendo a lo largo de todo el siglo XIX, con sus desamortizaciones y su persecución cada vez más patente de la religión católica, sin la cual no puede entenderse España, empobreciendo al pueblo y enriqueciendo a una oligarquía cada vez más egoísta, cínica e impía. Al igual que en la península, en la España de Ultramar surgieron las Juntas de Gobierno como órganos políticos para rellenar el vacío de poder tras la abdicación de Fernando VII en Bayona.

Pero sólo lo que es intrínseco brota en los momentos críticos, de ahí que las “Juntas” aparezcan “de abajo a arriba” en todo momento dramático de nuestra Historia, para hacer frente a lo que es en esa hora considerado una invasión. Mucho antes de la invasión napoleónica, cuando las comunidades castellanas entendieron llegada la hora de alzarse contra el gobierno extranjerizante de Carlos I de España y V de Alemania, las ciudades sublevadas crean en Ávila (año 1520) la “Santa Junta Comunera” que el 25 de septiembre de 1520 asumió el gobierno de Castilla, expulsando a los miembros del Consejo Real.

Podríamos remontarnos al “Poema de Mio Cid” para encontrar esas “juntas”. Durante la Edad Media en el Reino de Aragón se llamaba “Juntas” a las demarcaciones territoriales, al igual que en Castilla era más comúnmente conocidas como “Hermandades” o en Cataluña como “Veguerías”. La organización de las “Juntas” aragonesas aparece, según Ramón Fernández Espinar, en el siglo XIII como agrupación voluntaria. Y las Juntas de Ciudades se agrupaban en “Sobrejuntas”.

En tiempos de guerra, revolución o paz, las Juntas siempre han vuelto por sus fueros. Así, cuando la Revolución de 1868, fueron las Juntas Revolucionarias las que asumieron el poder, habiéndose formado las mismas en las ciudades, siendo las capitales andaluzas de Sevilla y Málaga las primeras. Sin embargo, aquella revolución que inauguró el Sexenio Revolucionario fue muy pronto reconducida, desde los excesos retóricos a la moderación burguesa, pues no fue otra cosa que eso: una revolución burguesa.

El fenómeno juntista se reproduce también en otros estratos sociales. Así nos encontramos con la Junta de Fe, creada en 1823 y actuante hasta 1833, por algunos obispos como tribunal eclesiástico a manera de conato de restauración de la abolida Santa Inquisición española. Y también, más tarde, el juntismo irrumpe denominando cierto asociacionismo corporativo cuando en 1916 la oficialidad militar se constituya en Juntas de Defensa. Y en lo político, las Juntas reaparecerán en las J.O.N.S (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista), toda vez que se combinen el grupo liderado por Ramiro Ledesma Ramos y las -también llamadas con antelación- “Juntas Castellanas de Actuación Hispánica”, fundadas por Onésimo Redondo en Valladolid el año 1931.

El fenómeno de las Juntas en España encuentra su homólogo en la lejana y a la vez tan semejante Rusia. Como bien indica el ideólogo comunista Andreu Nin, “La palabra rusa “Soviet” significa sencillamente Consejo o Junta. Sin embargo, es aún corriente la ignorancia del significado de este término a pesar de que la Revolución rusa lo ha incorporado definitivamente al vocabulario de todos los países. El término, pues, no tiene nada de misterioso, y el Soviet no es una creación propia exclusivamente del “alma eslava”, como pretenden los interesados en hacer aparecer la gran revolución de octubre como un fenómeno específicamente ruso, sino una forma de organización y combate que la clase obrera rusa creó y que el proletariado de todos los países se ha asimilado.”

De un modo u otro, con carácter más o menos formal, significando una demarcación territorial, una asamblea con poderes más o menos limitados, una confederanza de ayuntamientos, de grupos, de partidos… El “juntismo” es una tradición muy de raigambre hispánica, compartida por todos los territorios peninsulares a lo largo de toda nuestra Historia. El hecho es que, cuando se diseñó el marco administrativo-territorial actual, muchas de las antiguas regiones fueron llamadas comunidades autónomas y la institución en que se organiza su autogobierno respectivo recibe en no pocas ocasiones el nombre de Junta: así la Junta de Andalucía, de Castilla-León, de Castilla-La Mancha, de Aragón, de Extremadura, etcétera. Pero habría que considerar en cada caso concreto el elemento componente de todo aquello que en el curso de nuestra historia ha recibido el nombre de “Junta”, considerando cada caso en su momento histórico, el elemento que lo constituye, las atribuciones y funciones que le han sido conferidas y por quién (el pueblo, el monarca, la Iglesia, la revolución…); y, una vez considerado el fenómeno concreto, juzgar la fidelidad que dicho órgano juntista ha guardado al verdadero ser de lo hispánico, si ha servido o no para preservarnuestra independencia, repeliendo eficazmente toda intrusión e invasión, si es o no fiel al auténtico espíritu democrático tradicional que informa nuestra historia, exento de los errores extranjerizantes de modelos democráticos ajenos a nuestra identidad super-nacional. Es aquí, en ese subsuelo común sobre el que se ha montado la actual superestructura que nos falsea, donde hay que escarbar para reconstituirnos.

Y si no se reconduce esto adecuadamente, de un modo ponderado y pacífico, llegará un día en que lo que se agita debajo erupcione, rompiendo la losa que como una corteza de democracia formal nos oprime o nos extinguiremos en una Babel tal como se disuelve un azucarillo en el café. Esa democracia actual, articulada a través de partidos políticos que no pueden representar en modo alguno al verdadero pueblo español (pues más parecen ocupados en privilegiar todo elemento ajeno a nuestra sociedad o prebendando a todo elemento corruptor de nuestra sociedad), está homologada y cumple los cánones mundialistas que ajustan a todas la realidades nacionales y cabalmente es en ese mismo cumplimiento como se realiza un sometimiento fáctico de nuestro pueblo a una oligarquía globalista que nos aniquila la identidad, nos impone sus políticas económicas y hasta sexuales en la más insoportable de las invasiones que se hayan perpetrado nunca: la violación de nuestra intimidad doméstica. Nos han impuesto una superestructura muchísimo peor que la que Bosch-Gimperá suponía en las históricas (romana, visigoda, estatalismo moderno, absolutismo…), una superestructura que se muestra como irreconciliablemente hostil a nuestro mismo ser, que destruye nuestra identidad, a la vez que reprime a la “España real” y la reduce a la servidumbre. Esa democracia no la queremos, queremos nuestra democracia, de cuyo prestigio -como con el prestigio de la monarquía tradicional- se han servido nuestros enemigos para falsificarnos nuestro mundo hispánico: es indudable que con palabras como Monarquía o Democracia se nos evocan realidades que forman parte de nuestro más auténtico hispanismo, pero que (dejadas en un pasado difuso, difícilmente inteligible y, por ello mismo, inoperante) se las prefiere mantener ancladas en el equívoco de la polisemia.

Pues no todo lo que se llama “democracia” lo es, ni tampoco es verdadera “Junta” todo lo que se hace llamar como tal.

Parafraseando a Lenin, podríamos proclamar: “Todo el poder para las Juntas”… Para las verdaderas Juntas que hemos de redescubrir y poner en pie.

BIBLIOGRAFÍA

Oliveira Martins, J. P. de, Historia de la civilización ibérica, Librería y Editorial “El Ateneo”, Buenos Aires, 1944.

Bosch-Gimperá, P., La democracia española histórica, (España Nueva, Méjico, D. F., 4 de enero de 1947), publicado en “La España de todos”, Seminarios y Ediciones S. A., Madrid, 1976.

Marx, Karl, La España revolucionaria, Alianza Editorial, Madrid, 2009.

Fernández Espinar, Ramón, Historia de las Instituciones Político-Administrativas españolas (apuntes de las explicaciones del Catedrático), Granada, 1989.

Nin, Andreu, Los Soviets: su origen, desarrollo y funciones. (Valencia, Cuadernos de cultura LXV, 1932).

Fuente: Raigambre.

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