Feminismo y género: ingeniería social al asalto de la Tradición

feminismo_simone-de-beauvoirpor Esaúl R. Álvarez – ‘La lámpara del cuerpo es tu mirada; si tu mirada es pura, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Si tu mirada es maligna, todo tu cuerpo estará en tinieblas‘. (Mt. 6:22-23)

Esta historia ya puede contarse ahora, porque la necesidad misma está aquí en acción. Este futuro habla ya en cien signos; este destino se anuncia por doquier; para esta música del porvenir ya están aguzadas todas las orejas.” (Nietzsche, La voluntad de poder, Prefacio).

Aunque lentamente, en los últimos años han comenzado a surgir voces discrepantes ante los excesos dogmáticos del feminismo moderno y los cada vez menos disimulados métodos de ingeniería social que propaga y emplea para sus alcanzar fines.

Pero aunque ya ha habido valientes intentos de conformar un discurso teórico crítico en este sentido, se carece todavía de un análisis del feminismo desde una perspectiva que pudiera ser considerada tradicional. Resulta particularmente llamativo que buena parte de las críticas recientes a que hacíamos alusión antes contra este subproducto ideológico provengan del ámbito de la izquierda libertaria. Pero también por este motivo, y pese al valor y perspicacia de tales análisis, no es posible encontrar hasta la fecha una crítica desde presupuestos tradicionales o perennialistas. Para encontrar una opinión fundada en este sentido hemos de seguir remontándonos a los análisis que hiciera J. Evola durante los años 20 y 30 del siglo XX, acerca de la feminización de la sociedad y la ‘guerra de sexos’ -hoy diríamos ‘guerra de géneros’-, análisis proféticos en todo caso que mantienen hoy, pasado casi un siglo, toda su vigencia y actualidad.

Sin duda, ante la virulencia que muestran las operaciones de ingeniería social disfrazadas de ideología política y envueltas tras un falso disfraz de tolerancia y multiculturalismo, las críticas se harán cada vez más frecuentes en el futuro próximo, tanto en el ámbito privado como en la esfera pública, pero, si se desea que tales críticas vayan más allá de la mera expresión de protesta contra un orden que nos viene dado y al que solo cabe plegarse, y que contribuyan al reenderezamiento de los acontecimientos, el análisis crítico debe dirigirse sin ambages a combatir el núcleo teórico y la agenda revolucionaria de tales pseudo-ideologías de la postmodernidad.

A pesar de la censura invisible que actualmente se nos trata de imponer a través de la interiorización de conceptos como el de ‘políticamente correcto’, es un imperativo reaccionar ante el tsunami disolvente con que la postmodenidad hace tabula rasa de todo lo que encuentra a su paso, dejando tras de sí un desolador horizonte de ruinas y escombros sobre el que fundar su nuevo orden, muy probablemente algún tipo de transhumanismo. Reaccionar es justamente el sentido real de la palabra reaccionario, tan empleada actualmente por parte de los perros de presa del Nuevo Orden Mundial y su neolengua como ‘palabra policía’ que puede ser arrojada contra cualquiera que se separe del dogma hegemónico. No se debe temer por tanto ser vilipendiado con la misma pues apunta precisamente en la dirección correcta, la de la necesaria reacción, ya que quien no reacciona ante las circunstancias actuales de deterioro social y cultural, siquiera sea en su fuero interno o en su círculo más próximo de familiares y amistades, se convierte en corresponsable del mismo.

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Cuando nos centramos en las críticas más recientes dirigidas al feminismo, los argumentos de las mismas giran en torno a varios ejes que van desde lo político y sociológico hasta el estudio de las biografías de los extravagantes, y en ocasiones siniestros, personajes que se han erigido en profetas del género y el feminismo, ideologías ambas cada vez más inseparables e indistinguibles entre sí pues se apoyan y necesitan mutuamente en su labor de transformación -demolición- social. A nadie se le oculta ya a estas alturas que el feminismo es la consumación del programa revolucionario-ilustrado de deconstrucción del orden social tradicional y uno de los últimos peldaños en la instauración del ‘nuevo orden’. Se trata por tanto de situar el feminismo en su contexto, no ya histórico, sino filosófico y sobre todo metafísico, que es el que le ha hecho posible.

Por otro lado y como apuntábamos al inicio, casi toda la crítica actual al feminismo se concentra en aspectos circunstanciales del mismo, como pueden ser sus excesos activistas, su radicalismo teórico, su empleo de una neolengua de odio, o sus cada día más evidentes consecuencias negativas para la sociedad en su conjunto comprometiendo su misma supervivencia, pero en muy pocas ocasiones se repara en sus principios fundadores y objetivos ocultos, los cuales solo salen a la luz cuando se sitúa el feminismo en un contexto más amplio que el habitual, que es el propio de la retórica postmoderna de las ‘luchas por la emancipación’ en que se mueven nuestros contemporáneos.

Así, atendiendo solo a su dialéctica más perversa y a sus formas arrabaleras y violentas, se han generado ciertos mitos y falacias a nivel popular, como que hay muchos feminismos, o que unos son ‘moderados’ y otros ‘radicales’, etc. Todo esto en realidad no responde más que a la errónea percepción de que el feminismo se ha ‘radicalizado’ en los últimos tiempos, lo cual no deja de suponer una curiosa paradoja, pues esta presunta radicalización y deriva violenta coincide con el momento en que el feminismo cuenta con mayor apoyo social y con la nada despreciable protección de todo el aparato estatal. Esta contradicción no parece llamar la atención de nadie y menos aún del ‘feminismo moderado’, que parece encontrarse muy a gusto a la sombra del estado por una parte, y consintiendo la deriva radical por otra. Ser víctima de estos engaños denota cierta ingenuidad respecto a cómo funciona y se aplica la Ingeniería Social (IS), pues supone no advertir las estrategias de divulgación que están detrás de la difusión del feminismo, y aquí encontramos una muy evidente: una estrategia insidiosa que los psicólogos denominan de ‘pie en la puerta’, dirigida a doblegar la resistencia del oponente al hacerle aceptar lo que se propone como un ‘mal menor’. Lo que en principio parece una leve cesión es en realidad una brecha que se va ampliando sin parar con el tiempo. Una prueba definitiva en este sentido nos la ofrece el hecho de cómo en tan solo dos décadas se ha podido pasar del discurso de la supuesta ‘igualdad’ al adoctrinamiento de menores en la delirante ideología -ingeniería- de género, apoyado por el estado.

Hay que señalar que para que semejante estrategia de avance insidioso resulte efectiva y creíble ante la opinión pública, es indispensable la existencia de reductos híper-radicalizados que no duden en emplear la amenaza o la violencia cuando sea necesario. Este papel lo cumplen a la perfección los ambientes underground de la sociedad que se presentan como revolucionarios, anti-sistema y anti-capitalistas. No cabe duda que estos grupúsculos están dirigidos -lo sepan o no, poco importa- desde otras instancias pues son esenciales para el éxito de sus estrategias. No estamos por tanto ante dos o más feminismos -que nunca se han enfrentado entre sí- sino ante una pluralidad fabricada artificialmente que consta de una vanguardia o punta de lanza extremadamente ideologizada y radical que tiene como fin insertar ciertas ideas -a menudo simplemente palabras de neolengua- en el cuerpo social, y prepararlo para la llegada de las ‘tropas regulares’ de apariencia más educada y moderada.

El feminismo moderno forma parte de un programa de fractura social completo, que no dudamos en calificar de revolucionario -en el sentido exacto del término-, que no podía mostrarse como tal en sus comienzos a riesgo de nunca lograr el más mínimo apoyo social y encontrar una invencible resistencia incluso de las mismas mujeres. Por esta razón ellas, las mujeres, fueron el primer objetivo de su operación de ingeniería social.

Antes de explicar el contexto revolucionario al que el feminismo obedece, y que no es otro que la modernidad misma, resumamos muy brevemente las críticas más interesantes efectuadas en la última década al mismo.

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Feminismo, género y otros entes disolventes.

Una de las características que ha recibido más atención por parte de la crítica, coincidente además con el análisis que hiciera Evola en el primer cuarto del siglo pasado, es el carácter sumamente androginizador y feminicida del feminismo moderno. Aunque en la actualidad se ha superado con creces esta fase y el alcance del feminismo va mucho más allá, dirigiéndose ya sin reparos también contra la masculinidad, en un principio este movimiento centró su ataque en el ‘rol femenino’ y muy en particular en la maternidad, hecho hacia el que el feminismo ha manifestado siempre un especial horror.

Así fue advertido hace tiempo desde la psicología profunda y el psicoanálisis, aunque sus análisis y críticas han sido generalmente silenciados por el velo censor de lo políticamente correcto. Y es que esta es otra de las caras más habituales del feminismo moderno que ha llamado la atención de la crítica: su carácter dogmático, intolerante y censor hacia toda opinión discrepante.

Otro factor reseñable es que, como todos los subproductos ideológicos de la postmodernidad, el feminismo hace un uso muy hábil de la neolengua y la ‘guerra de palabras’. Lo hace por ejemplo al mostrarse siempre como víctima, o al criminalizar al ‘adversario’, que es básicamente todo aquel que no comparta sus ideas o las ponga en duda. Lo hace también al abandonar conscientemente los argumentos teóricos y recurrir sistemáticamente a la emocionalidad y los ‘bajos instintos’, en particular el recurso al odio, que siembra en la sociedad de forma muy consciente. Todo esto sucede con total impunidad y ante cualquier protesta los argumentos son siempre los mismos: quien piensa o se expresa así es una minoría. Actualmente en Occidente decirse feminista no es una opción, es una obligación, una imposición social que hay que aceptar sí o sí, para evitar ser sancionado socialmente bajo las acusaciones de machista, opresor o reaccionario. El dogmatismo liberticida de la izquierda encuentra el aliado perfecto en el puritanismo mojigato de lo ‘políticamente correcto’. Una minoría virulenta, que cumple la función de vanguardia del movimiento, es jaleada y protegida sistemáticamente por la mayoría silenciosa, más conservadora y cobarde, y por el poder mismo que le otorga una sobre-representación mediática.

En este sentido podrían citarse muchos constructos elaborados artificialmente por el feminismo para justificar su misma existencia y reivindicaciones; quizá el ejemplo más significativo por la trascendencia social que ha tenido es el de ‘heteropatriarcado’, un concepto marcadamente político que se hace pasar por científico y con el cual se persiguen varios fines: deslegitimar el orden social -objetivo revolucionario donde los haya-, estigmatizar la normalidad y culpabilizar a la mayoría social acusándola de complicidad y colaboracionismo con el secular orden opresor.

Aquí el objetivo revolucionario de ‘invertir’ el orden social se hace evidente a través de condenar el ‘hecho masculino’ por violento y opresor per se. Cabe preguntarse si existe algún modo más sutil de dividir una sociedad hasta su misma raíz que convencer a la mitad de la misma de que el enemigo es la otra mitad. Este discurso de la división nos recuerda aquellas campañas propias de los totalitarismos del siglo pasado en que se acusaba a una minoría social -étnica, política, religiosa, etc.- de todos los males de la misma, con la particularidad nada despreciable de que en la retórica postmoderna este odio se dirige contra la mayoría social. Sorprende ver que semejantes estrategias propagandísticas, indudablemente dirigidas a sembrar el odio y el rencor en la sociedad y dinamitar la convivencia, siguen sirviendo a sus propósitos.

Como ya ha sido advertido por algunos autores, la división en géneros es una continuación de la lucha de clases marxista pero en un nivel más personal e íntimo, pues se persigue la propia identidad individual. Un objetivo este, por cierto, para el cual el feminismo ha construido extravagantes alianzas en las últimas décadas con otras ‘minorías’.

Muy unido al anterior punto está otro de los aspectos cruciales que ha señalado la crítica: hasta qué punto el feminismo actual encubre y sirve a los intereses del poder tecno-capitalista, reproduciendo y fomentando sus valores, como son el individualismo, el hedonismo consumista, o el ideal de auto-construcción del sujeto.

Constructivismo, relativismo y anti-esencialismo juegan aquí un papel esencial al difundir ideas como que, puesto que todo es relativo y fruto de un consenso social -el viejo ‘contrato’ roussoniano-, no existe una ‘normalidad’. Pero si esta no existe, ¿por qué habría que perseguirla o desacreditarla?

Ya que tocamos un tema tan actual como el de la auto-construcción del sujeto, puede ser conveniente decir algo al respecto. Nos topamos aquí con algunas de las ideas esenciales de la postmodernidad, las cuales por otra parte no están exentas de absurdos lógicos y contradicciones internas. Este ejemplo además nos servirá para defender nuestra tesis de que el par feminismo-género no se detendrá jamás, pues su propia mentalidad les obliga a seguir perseverando y profundizando en el error, sean cuales sean las concesiones sociales que se hagan o las prebendas políticas que se concedan. Tras imponer socialmente su división entre sexo -biológico- y género -cultural-, se ha comenzado a cuestionar el sexo mismo como hecho en sí. La finalidad es situar lo cultural por encima de lo biológico, es decir, la ideología por encima de la naturaleza. Cuesta imaginar un cambio en las relaciones hombre-medio natural, por parte de gente que no admite ni siquiera el ‘hecho natural’ que es el sexo y pretende modificarlo a voluntad. Lo mismo puede decirse de la extensión de estas al ámbito infantil y con los mismos propósitos: quebrar la naturaleza e imponer la ‘cultura’, o mejor dicho, lo que ellos llaman así. Este ejemplo además nos ilustra en otro aspecto decisivo: estas ideas tienen su origen sin excepción en la intelectualidad del sistema, que sirve de vanguardia a todas las frivolidades imaginables y se populariza por un proceso de destilación para el que es indispensable el ambiente más radicalizado de la contra-cultura.

No podemos entrar en este tema, que nos alejaría de nuestro presente objetivo, pero baste decir que estas tendencias son inseparables de la ruina artística de Occidente. El arte ha sido rebajado a la condición de provocación, el feísmo y lo grotesco han sido impuestos como nueva norma en todos los ámbitos de la sociedad, por ejemplo en el cine -y muy especialmente en el cine dirigido al público infantil-, y la música, ámbitos fundamentales en la estrategia de propaganda actual. En definitiva es la belleza -la Belleza en un sentido platónico- lo que es perseguido y negado, en tanto es testimonio del Bien y de la Verdad. Es imposible no advertir en todo ello un rencor y un revanchismo hacia lo bello más propios de niveles inferiores de la manifestación -que cabe denominar diabólicos-, que de la condición humana, que debe aspirar de forma natural y sana a lo bello y lo bueno. Es fácil advertir que la idea básica que se esconde detrás de estos movimientos que son fruto del relativismo moderno, no es otra que negar la existencia de la Verdad.

Al asumir el conglomerado de ideas disolventes presente en la corriente constructivista de la postmodernidad, el feminismo facilita la dominación psicológica de los sujetos a la vez que invisibiliza un orden en extremo anti-natural y anti-social, como es el modo de vida actual, por ejemplo en lo que respecta al trabajo, el ocio e incluso las costumbres alimentarias, las cuales se intentan desnaturalizar progresivamente.

Nos encontramos así con que una minoría de mujeres, auto-erigidas en ‘élite intelectual’ y mostrando un moralismo sorprendentemente riguroso, un tanto al modo de la vieja casta sacerdotal propia de las antiguas religiones, se permite decir al resto de mujeres lo que es aceptable e inaceptable, lo que es machismo y lo que es igualdad, y en definitiva cómo deben vivir y ser en tanto mujeres y cómo no. No tenemos duda de que si semejantes dogmatismo y moralismo fueran difundidos bajo el nombre de una fe religiosa serían objeto de oposición por parte de la mayoría social…

Por último señalemos que el feminismo no es, como en ocasiones se presenta, un movimiento popular, nacido de las mujeres trabajadoras, y tampoco sus reivindicaciones son universales. Debería resultar ya de por sí sospechoso para cualquiera que el foco desde el que el feminismo se ha extendido en diversas oleadas haya sido nada menos el mundo universitario, protegido y mantenido por los mismos poderes -el estado patriarcal y opresor- que decía combatir. Esto ya debería poner sobre aviso a muchos incautos que se suman con facilidad a cualquier bandera que ven agitar.

Estamos ante un movimiento claramente burgués, que comparte su origen con las ideas del socialismo, y que como tal adolece de los mismos defectos que todas las ideologías revolucionarias burguesas, como puede ser su carácter claramente urbanita, frívolo e intelectualmente soberbio, todo ello gestado al calor de esa pseudo-intelectualidad que gusta de presentarse como revolucionaria y anti-sistema, pero es realidad burgués-capitalista de facto. Y esto es así incluso en su forma más primitiva y superficial: la que dice buscar la igualdad igualando a las mujeres con los hombres y aceptando el modelo masculino como modelo normativo al que se asocia el triunfo social y el poder.

Nos encontramos ante un caso más de revolución impulsada por las élites biempensantes -como la misma revolución francesa- para el “beneficio” y la “emancipación” de las clases más oprimidas, a las que se trata de ‘guiar’ en lo que deben pensar y hacer.

La agenda oculta tras la revolución postmoderna.

En general, al hablar de las pseudo-ideologías de la postmodernidad nos topamos una y otra vez con el gran mito fundador y sustentador de la modernidad, el mito del progreso, sobre el cual se edifican todas las revoluciones y con el que se justifican todos los desastres. Lo cual, como advierte muy sagazmente Lucien Cerise [1], es una anormalidad histórica de profundas y terribles consecuencias. Una anormalidad porque mientras todas las sociedades han perseguido fundar un orden duradero, la civilización moderna se jacta de su misma indefinición y transitoriedad, rinde culto al cambio y la novedad intentando constituir una sociedad en permanente transformación. Una carencia de orden que es en sí un nuevo tipo de orden: el desorden revolucionario.

El ciclo revolucionario comenzado con la revolución francesa, con su culto a la novedad, su fe inquebrantable en el hombre y su pueril progresismo, no podía sino desembocar inevitablemente en una sociedad informe o amorfa, donde todos los valores son disueltos en el relativismo y en la cual no existe ya comunidad, sino una mera suma de individualidades a la busca de su propio interés de forma insolidaria. Estamos ante lo que el profesor A. Dugin ha denominado ‘el pantano’, es decir, una sociedad carente de tierra firme e incluso de cualquier asidero: todo en la vida del ciudadano postmoderno es provisional y variable, nada hay seguro ni estable, ni siquiera su propia identidad. Es fácil reconocer también en todo ello la realidad que Z. Bauman denominó ‘sociedad líquida’.

Así, la filosofía del egoísmo radical ha conducido finalmente a una disolución del ego mismo, pero no por arriba, hacia algo más elevado, como sería el objetivo de una verdadera Tradición espiritual, sino por abajo, hacia la materia representada por la fiebre consumista y el ansia de experiencias. Y la inmersión en la materia conduce inevitablemente a la disgregación, como ya advirtiera Guénon [2].

Para lograr la aceptación de este nuevo orden revolucionario por parte de los dominados, el control del imaginario psicológico del ciudadano resulta ser un factor decisivo, y esto se logra a través de la propaganda y la reeducación por una parte, y la disolución de las costumbres por otra. Este ha sido el papel estratégico que ha cumplido la izquierda, un aparato de disolución de la identidad tanto colectiva como individual. Un papel que la rebelde izquierda ha ejercido difundiendo un ideal frívolo y hedonista de la vida: sexo, drogas y rock & roll.

Todo esto es particularmente visible desde los años 60 y 70 en que la contra-cultura – es decir, la cultura underground-, comenzó a hacerse con la ‘hegemonía cultural’ del mundo occidental. El movimiento feminista actual no es distinto de los otros movimientos ‘emancipadores’ que surgieron al tiempo de esa corriente que se ha denominado, mejor o peor, ‘marxismo cultural’, y que se ha adaptado siempre de manera muy conveniente al modelo de capitalismo en vigor en cada momento.

Una vez el sujeto postmoderno, la víctima, se apega a ideas tan absurdas, injustificadas y cambiantes como las modas, o asume con normalidad entrar en una espiral sin fin de relaciones tan pasajeras y efímeras como aquellas, es ciertamente mucho más fácil hacerle aceptar el ‘nuevo orden’ del postcapitalismo y la globalización: ni su trabajo, ni su salario, ni su familia, ¡ni siquiera su identidad personal!, están a salvo de la corriente de disolución.

No es despreciable el papel que han jugado en este programa de deconstrucción sistemática la filosofía, las humanidades y las ciencias sociales en general, al desechar el valor del orden calificándolo de ‘sistema de dominación’, y exaltar por el contrario el valor del cambio y lo efímero a través de centrar la atención en los ‘procesos’ y el ‘conflicto social’. Un camino similar ha seguido el arte moderno. Para la filosofía de la postmodernidad lo amorfo, lo informe es, en su carencia de concreción y límite, más valioso que aquello que tiene forma y está por tanto fijado y limitado, es decir, solidificado. Estamos ante un problema metafísico de primer orden y de hecho, volviendo a Guénon, podría describirse como un retorno voluntario al caos primigenio.

Todo esto podrían parecer frivolidades propias de intelectuales académicos si no fuera por varias razones. En primer lugar, porque los ‘filósofos’, la pseudo-élite intelectual de Occidente, no hace sino justificar con sus argumentos un programa socio-político ya en curso. En segundo lugar porque, aunque ellos se cuiden de decirlo, la metafísica – o en un nivel más concreto y pedestre, la cosmología-, influyen decisivamente en cómo los hombres, es decir los miembros de una sociedad, ‘ven’ el mundo. Es decir, la metafísica supone una influencia decisiva a nivel cognitivo, una suerte de programación del sujeto a nivel inconsciente.

Esta es la razón por la que estas ‘ideologías’ son divulgadas no a través del discurso intelectual, sino principalmente a través de la industria del ocio y el entretenimiento -la música pop, el cine, las series de televisión, etc.-, la cual es verdadero ‘núcleo irradiador’ del nihilismo y el relativismo. No todo el mundo va a la universidad, pese a lo que sigue siendo un importante órgano de adoctrinamiento en nuestra sociedad. Es mucho más práctico, por ejemplo, divulgar la neolengua de forma implícita a través de la ‘propaganda suave’ de un videoclip musical o una película de éxito que con sesudos argumentos.

La corriente constructivista toma su forma más extrema en el mito – o superstición – de la auto-construcción del sujeto, impulsado por todas estas corrientes de ‘emancipación’ social que han fragmentado y atomizado la sociedad en las últimas décadas hasta dejar al sujeto completamente solo, aislado de sus semejantes, dependiente por completo del ente estatal y sin posibilidad de rebelión, resistencia o defensa.

Estos son los frutos de los movimientos emancipadores del siglo XX: un sujeto alienado, deconstruido, incoado, preso de su soledad, debilitado psíquicamente, a menudo víctima de sí mismo, sin red social en que refugiarse, explotado en su tiempo de trabajo y manipulado en su tiempo de ocio, en el cual le obligan a encontrar una apariencia de sentido a su vida. El sujeto postmoderno es como un leño que flota en el mar tras el naufragio, su destino abandonado a donde el oleaje de las efímeras modas quiera dirigirlo. Así, la postmodernidad llama emancipación a lo que es desarraigo, soledad y alienación.

El carácter diabólico de los agentes de la disolución.

Hasta aquí, todo ha sido advertido hace tiempo por los teóricos de la ingeniería social así como también por los cada vez más frecuentes -aunque silenciados socialmente-, disidentes del feminismo, muchos de los cuales son testimonios de primera mano pues provienen de la izquierda radical y del activismo político [3]. En general este fenómeno de crítica y disidencia se aleja del feminismo actual solo para reclamar ‘otro feminismo’.

Ahora bien, la modernidad es una rebelión contra el orden tradicional al completo, y lo es como manifestación de una rebelión aún más profunda: su rebelión anti-metafísica contra Dios, o, si se prefiere, contra el Principio Supremo en el cual se ancla una civilización cualquiera. De ahí su permanente intento de humanización de Dios y de ‘divinización’ del hombre. Es aquí donde aparece una contradicción insalvable, pues si atendemos a los principios que inspiran y nutren el feminismo moderno, vemos que éste no puede ser otra cosa diferente de lo que es y no puede evitar convertirse en lo que se ha convertido: la expresión final del empoderamiento de la individualidad – erigida en sagrada -, y la desintegración definitiva de la sociedad y su dimensión comunitaria. Este es el punto verdaderamente decisivo y es aquí donde debemos situar el feminismo en su auténtico contexto metafísico.

Es bien sabido que la etimología de la palabra diablo – Διάβολος -, nos remite a lo que separa y divide, en contraposición a la palabra símbolo – σύμβολον -, que apunta a aquello que une o reúne lo roto y separado [4]. Por tanto el diablo puede ser reconocido de algún modo en todo aquello que divide, separa o, en la expresión evangélica, ‘siembra la cizaña’ (Mateo 13:24-52).

No cabe duda de que las ideologías de la modernidad tienen mucho de esto y que el diablo está bien presente en ellas de diversas formas, pues todas ellas promueven directa o indirectamente alguna división de la sociedad que las acoge en términos ‘irreconciliables’. El caso más paradigmático es sin duda la división en clases sociales que son vistas como eternas enemigas entre sí, que teorizó la dialéctica del marxismo.

Ahora bien, si observamos la modernidad desde el punto de vista de la Tradición Perenne, es decir, desde un punto de vista que aspira a lo eterno, vislumbramos una corriente que ha existido a lo largo de toda la historia, y que se expresa como un ataque sin paliativos por parte de esa fuerza de división contra toda unión o unificación del hombre con la realidad que le supere o trascienda.

Este asalto a la sociedad tradicional por parte de las fuerzas disolventes de la contra-Tradición no ocurre de una manera caótica o azarosa – aunque en ocasiones muestre esa apariencia -, sino de manera muy inteligente y siguiendo unas etapas muy estrictas.

Recordemos para entender el proceso que estamos a punto de describir, que el objetivo último del diablo es separar al hombre de su verdadera Naturaleza, es decir, hacerle olvidar su origen y quién realmente es. Por lo tanto, este ataque a la Tradición es solo aparentemente contra Dios y contra la forma que lo sagrado toma en el mundo, pues en realidad el ataque se dirige contra el hombre, a costa de seducirlo con promesas de liberación y paraísos en la tierra. Dicho ataque ha seguido varias etapas que vamos a resumir a continuación, cuya principal característica es haber avanzado desde lo más exterior y social hacia lo más interior y personal.

  • Si tuviéramos que describir la ‘estrategia diabólica’, en una primera etapa se trataría de ‘separar’ al hombre de lo divino en todas sus manifestaciones, incluso aquellas no estrictamente religiosas, a fin de de cerrarle el acceso al mismo. Siendo que la sociedad tradicional se orienta hacia lo divino -simbólicamente lo celeste-, a través de la religión y lo sagrado, el primer ataque debe ir dirigido aquí para doblegar al hombre hacia la materia -simbólicamente lo terrestre e inferior-. En efecto, la historia nos muestra que así fue, y en dos direcciones paralelas: corromper la fe, los ritos y el arte sacros; y por otro lado convencer a los hombres de que todo lo espiritual es irreal, de creación humana y que responde a mera superstición. Por ello en esta primera etapa encontramos por una parte el auge de las herejías protestantes – que recordemos tuvieron desde su origen un contenido político innegable -, y por otra parte el desarrollo del materialismo filosófico y el racionalismo humanista, ambas corrientes de un reduccionismo pueril y dirigidas a enseñar a las generaciones más jóvenes el desprecio por su Tradición. Su forma más actual es el cientifismo, desde cuyos prejuicios se abordan incluso los asuntos históricos, teológicos o religiosos.
  • Una vez logrado el objetivo de separar a la sociedad de lo Sagrado y a sus miembros de cualquier influencia de carácter superior – es decir, de toda influencia verdaderamente Intelectual -, por medio de que incluso dejen de creer que tal influencia existe o es posible, en una segunda fase el peso de la acción diabólica debía recaer sobre la sociedad misma, tratando de fragmentarla en diversos sectores, cada vez más, que se verían progresivamente enfrentados entre sí por sus intereses. De aquí el auge de la política y el derecho modernos. Destaquemos el papel que han jugado a partir de la ilustración las modernas ‘ideologías políticas’, que algunos denominan incluso ‘religiones políticas’, y que intentaron suplantar en muchos aspectos la religión a fin de hacerse con la voluntad del pueblo. Y aquí también es destacable la labor de suplantación pseudo-religiosa emprendida por la ideología marxista, que es la que más se parece a una ‘nueva religión’, y que fue la forma política más pura que tomaron en occidente la filosofía materialista y el giro anti-metafísico consumados en la etapa anterior.
  • Una vez fragmentada y enfrentada la sociedad entre sí, lo cual facilita su control por parte de los poderes en la sombra a través de las conocidas estrategias de ‘triangulación de conflictos’ (L. Cerise), en una tercera fase – y ésta es la que nos interesa especialmente aquí -, las fuerzas disolventes, que ya hace tiempo están desencadenadas, alcanzarán los núcleos básicos de la sociedad: la familia, las relaciones humanas y, por último, la mente y el cuerpo del propio sujeto. Así, en esta etapa la supervivencia de la sociedad misma se ve comprometida.

Es en esta última fase en la que nos encontramos y prueba de ello es el giro del feminismo hacia la llamada ‘ideología de género’, que preferimos llamar aquí ‘ingeniería social de género’. En resumen, es innegable para cualquier observador libre de prejuicios que el feminismo moderno ha sido ante todo un proyecto de ingeniería social dirigido a demoler la base social de la misma, y una vez logrado esto, el siguiente peldaño a recorrer en este descenso nihilista es quebrar la resistencia incluso en un nivel individual.

Como vemos, el feminismo es un subproducto ideológico más, tan totalitario y dogmático como las otras ideologías revolucionarias y heredero de sus mismos prejuicios. Hemos indicado también que dentro de esta tendencia ‘revolucionaria’ que va contra la sociedad primero y contra el hombre después, el feminismo tenía que aparecer en un primer momento como ataque a la feminidad, al ‘eterno femenino’ de Goethe, para, en una segunda fase, dirigirse también contra la masculinidad y acabar, en una tercera fase, afrontando una lucha declarada contra los sexos y comprometiendo el destino de la sociedad misma.

La modernidad es una rebelión contra los límites, contra todos los límites, y estos no son solo sociales o religiosos sino también biológicos, de modo que una vez derribados todos los límites sociales – muros de contención que sujetaban la destructiva Hybris de la modernidad -, el impulso nihilista debía acabar dirigiéndose inevitablemente contra la misma naturaleza humana. En este punto nos encontramos. No es exagerado por tanto, decir que ya está en marcha la batalla contra los mismos sexos biológicos, en tanto última frontera o límite natural que queda por derribar, tal y como ya se puede advertir en los sectores más radicalizados y underground de estos movimientos revolucionarios, y que sirven una y otra vez de punta de lanza a los mismos. Por ello defendemos, coincidiendo con Cerise y Dugin, que el transhumanismo es el horizonte a que conduce la postmodernidad.

Identidad y libertad de conciencia: los últimos bastiones.

Resumiremos en una serie de puntos todo lo dicho hasta aquí:

  • El feminismo es un movimiento gestado y divulgado desde la denominada ‘élite intelectual’ de Occidente, básicamente constituida por la muy influyente casta universitaria inseparable de la ‘élite política’. Desde tales instancias se acometió a partir de los años 60 una particular ‘revolución cultural’ especialmente disolvente por defender principios claramente anti-sociales y egoístas, enmascarados tras el relativismo y el nihilismo filosóficos. Todo un movimiento cultural-revolucionario que fue apoyado, protegido y financiado por el estado y el gran capital. Una vez más queremos abundar en el papel crucial que jugó la filosofía de la postguerra a la hora de legitimar y naturalizar tal discurso [5].
  • Dicha ‘revolución contra-cultural’ – cuya corriente de pensamiento se ha dado en llamar popularmente ‘marxismo cultural’ -, posee un carácter en extremo despótico y paternalista propio de la agenda burguesa ilustrada – ‘Todo para el pueblo pero sin el pueblo’-, y además impositivo hacia las clases trabajadoras, entendidas como inferiores y necesitadas de tutela.
  • Aunque de carácter burgués en su origen y objetivos, el feminismo fue propagado entre las clases populares principalmente por los movimientos sociales underground, la extravagante contra-cultura que adquirió carta de legitimidad a partir de los años 60 gracias al apoyo mediático, es decir estatal-capitalista. No es por tanto sorprendente que su agenda aparentemente anti-sistema sirva a los intereses de la minoría que detenta el poder político y económico.
  • La asunción de dicho conglomerado de ideas y creencias por parte de los sectores populares fragmenta y lamina la sociedad, a la vez que facilita la dominación de los mismos por parte del sistema de producción-consumo en vigor, tanto por la quiebra paulatina de su estructura y red social, como por la quiebra de su mismo orden psíquico subjetivo al hacerles asumir una ideología del poder – individualismo, hedonismo, competitividad, carencia de sentido de sacrificio, liberalismo, darwinismo social, etc. -, basada en la impermanencia y la competitividad.
  • El fin a que aboca dicho ‘feminismo’ – como toda la ‘revolución contra-cultural’ -, es la disolución del tejido social y con ello la anomia social y la imposibilidad práctica de reproducción de ese colectivo humano, es decir, su muy probable extinción; y esto no solo en sentido cultural como es evidente sino, viendo los derroteros que toman actualmente las ‘ideologías de la emancipación’, también biológico.
  • Dicha disolución del tejido social conduce inexorablemente a la disolución psíquica del individuo que se encuentra abocado a una dependencia total y exclusiva de la tecno-ciencia para su desarrollo y supervivencia. Una pérdida de autonomía del ser humano incluso en sus aspectos más básicos, biológicos y naturales. Dependencia de la mega-máquina que el feminismo moderno parece aceptar de buen grado.

Todo esto basta para demostrar que el feminismo moderno, además de hundir sus raíces en el programa revolucionario ilustrado y ser por ello una expresión de la más descarada acedia anti-tradicional, es insostenible sin el sistema de creencias del paradigma moderno y sin el desarrollo científico e industrial del mismo, radicalmente anti-natural.

Reflexiones finales. La naturaleza como sustrato inevitable del hecho humano.

La modernidad es comparable a un río que se ha desbordado y que, tras haber aniquilado los muros de contención de la sociedad, amenaza ahora con destruir también los muros de contención de la propia naturaleza humana y quién sabe si quebrarla irreparablemente. Este hecho supondría un cambio que superaría lo cuantitativo para entrar de lleno en lo cualitativo (R. Guénon). Es hora de denunciarlo de forma clara y contundente y prepararse de forma seria y decidida para encarar el problema, ya que no va a ser tarea fácil lograr un re-enderezamiento de la sociedad que suponga devolver las aguas a su debido cauce. Ciertamente, en este punto podríamos reflexionar sobre la ilusión moderna de concebir al hombre fuera de la naturaleza, una ilusión peligrosa y sostenida por el cientifismo, y contraponerlo a la idea tradicional de la tierra como Madre. Aunque la tecno-ciencia ya comienza a dar señales de querer suplir a la naturaleza en el imaginario colectivo y convertirse en la nueva ‘Madre’, el hecho es que, pese a su brutalidad, la moderna técnica no está fuera de la naturaleza y sin esta simplemente dejaría de existir. Por ello cabe confiar en que si el hombre no vuelve al sentido común por propia voluntad la misma naturaleza le obligue a ello, y le impida la consumación de las frivolidades transhumanistas. Quizá profundicemos en esas ideas en otra ocasión.

Volviendo a la agenda revolucionaria de feminismo y género, hasta ahora hemos visto protestas parciales, dirigidas casi siempre a denunciar, contener o paliar en parte los efectos perniciosos de este programa ilustrado, pero casi nunca dirigidas al programa mismo que sus partidarios siguen exigiendo aplicar a la sociedad, de modo que éstos han seguido avanzando sin apenas trabas en su agenda anti-social y anti-natural, calificando su diabólico proyecto de ‘humanismo’ cuando se trata de un plan contra el hombre. y vanagloriándose de una supuesta ‘superioridad intelectual’.

Ha llegado el momento de denunciar todo ello como lo que es, un mal. Es un imperativo situarse contra la modernidad, sus promesas mesiánicas y sus emancipadoras ‘revoluciones’, que van laminando poco a poco, generación tras generación, al hombre.

Y esto obliga – entre otras cosas -, a situarse sin ambages ni tibieza en contra del feminismo moderno en tanto una expresión consumada de esta misma modernidad, así como de todos los otros movimientos emancipadores, tomen la forma que tomen, podridos todos ellos desde su misma raíz: el individualismo, el materialismo, el nihilismo hedonista y la anti-Tradición.

[1] Cerise, L., Gouverner par le chaos. Max Milo Editions, 2010.

[2] Guénon, R., El reino de la cantidad y los signos de los tiempos.

[3] El propio L. Cerise es un ejemplo reconocido de ello.

[4] No debe pasarse por alto la etimología asimismo de la palabra religión: del latín re-ligare, volver a unir.

[5] Es llamativo el papel desempeñado por el par J. P. Sartre-S. de Beauvoir, siniestros personajes que se han convertido en un icono de la ‘revolución contra-cultural’ a que nos referimos, y son idolatrados aún actualmente por la izquierda radical y aquellos que se califican a sí mismos como revolucionarios y anti-sistema. Además de esta ‘extraña pareja’, el otro gran nombre de la revolución contra-cultural que se ha hecho un hueco en el imaginario colectivo es M. Foucault.

Al margen de estos nombres y su incuestionable influencia, hay que reconocer el papel de la intelectualidad francesa en todo este proceso, equivalente en el mundo de las ideas a lo que ha supuesto la influencia norteamericana en el mundo del arte a través del cine, la música pop y las artes plásticas, todo ello dirigido a destruir cualquier resto de ‘cultura popular’ o folclore, y por tanto susceptible de sugerir un contenido tradicional.

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