Vigencia y reivindicación del sociedalismo. Por una constitución orgánica de España

juan-vazquez-de-mellapor Manuel Fernández Espinosa – En una España que a cada día que pasa se desconoce más a sí misma no puede, por desgracia, extrañarnos que el nombre y apellidos de D. Juan Vázquez de Mella y Fanjul haya sido recientemente reflotado del olvido en una de esas polémicas absurdas en que se empeñan aquellos que, por no tener otra cosa que hacer, no saben otra cosa que quitar rótulos del callejero. Sin mayor conocimiento de quién fue Vázquez de Mella, se le despojó del honor merecido de dar nombre a una plaza para poner en lugar de su nombre el de Pedro Zerolo: nos gustaría poder decir que eso fue como desvestir a un santo para vestir a otro, pero tendríamos que preguntarle a San Pedro Apóstol si Zerolo ha sido admitido en el cielo o no y no tengo el mínimo interés en saberlo.

La ocasión fue, no obstante, propicia para airear el nombre del pensador tradicionalista español. Si no le hubieran arrebatado su nombre a la plaza, allí se hubiera quedado el rótulo “Vázquez de Mella” criando telarañas, para que cualquier indocumentado le atribuyera el irreal mérito de ser un militar de la Guerra de la Independencia o vaya usted a saber, con la manía obsesiva que cunde, buenamente lo hubieran hecho un general de Francisco Franco. Y ni una cosa ni otra: nació Vázquez de Mella en Cangas de Onís el 8 de junio de 1861 y pasó a mejor vida el 26 de febrero de 1928 en Madrid, ni vio a los napoleónicos ni tampoco tuvo que vivir ese fracaso de la convivencia nacional que fue la Guerra Civil de 1936-1939. No obstante, la ocasión que produjo aquel despótico atropello podía haber sido mucho más aprovechada si se hubiera acometido una exposición del cuerpo de ideas sociales y políticas que el íntegro cuan lúcido Vázquez de Mella encarnó y expuso a lo largo de su vida y su obra toda, con la coherencia que en lógica y vida lo caracterizaba. Pero, ya sabemos que algunos estaban más ocupados en descubrir el pensamiento católico de los ingleses, como estamos harto acostumbrados.

La obra escrita de Vázquez de Mella se compone de discursos parlamentarios, circunstanciales y artículos periodísticos de calado y algún libro. La circunstancialidad de algunos discursos no invalida las premisas y las consecuencias de lo más importante que en estas piezas oratorias -y literarias- aporta el tribuno. Merece, a nuestro juicio, que explanemos algunas de las ideas medulares cuya vigencia nos parece que salta a la vista y ello sin que nos propongamos una exhaustiva exposición del pensamiento vazquezmellista que sería digno de mayor consideración.

Calificar a Vázquez de Mella como “carlista” a secas denota la ignorancia de los avatares políticos de su biografía. Baste decir que el 11 de agosto de 1919 en el casino de Archanda Vázquez de Mella se apartaba (por razones que no voy a detenerme en glosar) del carlismo oficial, cifrado en el pretendiente carlista del momento, D. Jaime de Borbón. Esa fecha puede tomarse como fundación del Partido Católico Tradicionalista que lideraría nuestro pensador y tribuno.

Tradicionalista español sí que lo fue, por supuesto que sí. Pero debiéramos tener en cuenta que el tradicionalismo español, aunque históricamente se haya concretado en comuniones o partidos políticos, no es un partido político; bien lo vio el Conde de Rodezno cuando escribió en el prólogo del Tomo XVI de las Obras de Mella que: “…el Tradicionalismo (no es) un partido, sino un sistema de estructuración nacional, una constitución orgánica de la Nación“.

Por muchos motivos, el tradicionalismo ha sido identificado con el carlismo. Esta identidad fue cierta en algunos momentos históricos que, por dramáticos que fuesen, encontraron la situación favorable para que esto fuese así: la Primera Guerra Carlista o la Tercera Guerra Carlista del siglo XIX. Sin embargo, el desenvolvimiento histórico nos ha traído a una situación a simple vista paradójica: el carlismo ha venido a quedarse a día de hoy sin un pretendiente indiscutible capaz de aglutinar no ya a todos los tradicionalistas, sino a todos los que se auto-intitulan carlistas. Digo “a simple vista paradójica” por la estrecha relación entre tradicionalismo hispánico-carlismo-monarquía tradicional, pero esto -con ser problemático- no puede ser ninguna excusa para perderse y accionar en el vacío: al hilo de nuestra dilatada historia nacional tenemos ejemplos que demuestran que los españoles tradicionalistas hemos sabido mantenernos firmes incluso en ausencia de un Rey y en circunstancias muy críticas: ahí está nuestra Guerra de la Independencia. Es deseable que haya un Rey con legitimidad de hecho y de derecho, por supuesto; pero la historia demuestra que eso no es imprescindible.

Así pues, aligerado de la cuestión dinástica: ¿cuál diríamos que es la medula del tradicionalismo español en política?

Y es aquí cuando hemos de apelar al pensamiento de Vázquez de Mella. El bastión que defendemos y defenderemos es, a la luz de sus enseñanzas, la concepción de la sociedad que afirma y a la que nos adherimos intelectual, voluntaria y sentimentalmente, negando la sociedad artificial que como una impostura liberal (o en su versión de impostura marxista) se ha impuesto. Y para cifrar ese núcleo doctrinal Vázquez de Mella acuñó un vocablo que reivindicamos ahora: sociedalismo. Los tradicionalistas españoles, en ausencia de una solución dinástica que encarne las pretensiones de nuestro ideario, nos confesamos sociedalistas. La expectación de un Rey por venir no puede por más tiempo paralizarnos y, menos todavía, cuando España está sufriendo a día de hoy, a manos de la globalización y los tirones separatistas, la mayor crisis de identidad política, social y metafísica que ha sufrido nunca.

¿Qué es el sociedalismo?

El sociedalismo es, con palabras de nuestra época, un comunitarismo autóctono anterior a los comunitarismos extranjeros importados. Toda una concepción del hombre español (el hombre abstracto es una fantasmagórica entelequia) y sus relaciones con los demás hombres en el mundo que lo circunda; y esta interacción no la hace el hombre simple y exclusivamente a título individual sino también a título corporativo, pues todo hombre está vinculado a otros hombres en sociedades que pueden ser llamadas “cuerpos intermedios” y que, de existir y ser reforzadas, vienen a defenderlo justamente del poder omnímodo que ejerce el Estado liberal o, allí donde ha estado implantado, el Estado comunista: dos caras del mismo mal, los errores filosóficos del mundo moderno con su séquito de contradicciones, despropósitos e iniquidades. El sociedalismo de Vázquez de Mella que hacemos nuestro parte de una crítica demoledora al concepto de “individuo” que emerge con la modernidad. No es ni puede ser de derechas ni de izquierdas; eso son conceptos modernos que insisten en los mismos errores que denunciamos, condenamos y queremos corregir.

Vázquez de Mella entiende que el individuo aislado “es una creación del filosofismo y de la economía liberal del siglo XVIII, y que hizo su aparición legal en el primer artículo de la Declaración de derechos de 1789“.

Pero ese “individuo”, ese “ciudadano-átomo”, es una ficción moderna, pues “El hombre nace en un ambiente social y en él se forma; en una familia, en un municipio, en una clase; recibe una educación, unas enseñanzas , unas ideas, unas costumbres, una lengua, que existían antes que él viniese al mundo“. Entender, como lo hace el liberalismo, que el individuo se contrapone a la sociedad o que son dos cosas que pueden existir por separadas es “la falsa invención del ente armado con una tabla de derechos solitarios que pacta con la sociedad, sin la que no podría existir“.

Vázquez de Mella acusa a esta torpe concepción de haber suprimido las “sociedades colectivas intermedias” entre el hombre particular y el Estado. Las consecuencias a efectos prácticos se hicieron pronto notar en la revolución francesa con la llamada Ley Le Chapelier que prohibió la “libertad de asociación”, aboliendo los gremios y los “cuerpos intermedios” y creando la ficción de que el “individuo” pactaba directamente con el Estado con lo cual el individuo salía, a todos los efectos, perdiendo.

Mediante la supresión de los “cuerpos intermedios”, mediante decretazo o en su versión más sutil de supeditar toda asociación lícita de abajo al visto bueno y permiso del Estado, se ha consumado la efectiva esclavitud del individuo bajo el Estado.

Para esto debemos considerar que, previamente a la implantación del Estado liberal, existía una red de personas colectivas que quedaron desarticuladas y desmanteladas por la intervención del Estado liberal que, mientras afirmó la propiedad individual, atacó a la propiedad colectiva (el ejemplo son las desamortizaciones decimonónicas), fueron cabalmente esas desamortizaciones ejecutadas desde el Estado liberal las que dieron un golpe mortal a la propiedad colectiva que “empezó muchas veces por un desprendimiento de la propiedad individual” y, alegando el Estado que las personas colectivas eran obra suya, vulnerando el derecho de asociación desde abajo, expropió la propiedad amortizada de la Iglesia y a los municipios de sus propiedades, para “sacarla a subasta pública y repartir el botín entre los amigos.” La desamortización consistió en cambiar la forma de la propiedad corporativa (de todos o de los más) en propiedad individual (de pocos): “la desamortización fue un latrocinio de una parte de la clase media, no sólo contra la Iglesia, contra la aristocracia y contra la Monarquía, sino principalmente contra el pueblo“. (Las citas literales de éste párrafo de arriba y las de abajo son todas del volumen XXV de las Obras Completas de Vázquez de Mella, Junta de Homenaje a Mella, año 1934)

La consecuencia lógica que siguió a este expolio liberal y burgués fue el socialismo que postulará que si la propiedad corporativa ha podido cambiar su forma a propiedad individual, cabe, tomando el poder estatal por vía legal o a las bravas, cambiar la forma de la propiedad individual en colectiva.

Raimundo de Miguel (1917- 1991) sintetizó los cuatro principios que constituyen este sociedalismo hispánico:

1. El poder reside en el grupo, no en el individuo.

2. Que la autoridad supone una distinción fáctica entre quien manda y quien obedece, siendo una falacia la pretensión pactista que identifica soberano-súbdito por medio del sufragio.

3. Que sin Dios no hay manera de resolver ningún conflicto que surge de la innata igualdadentre los hombres; pues, sin reconocer a Dios, la autoridad sería resultado de la fuerza y no de la ascendencia moral.

4. El poder es de la misma naturaleza, lo mismo en las sociedades inferiores que en el Estado.

Son muchas las consecuencias del análisis de Vázquez de Mella, pero una de las más importantes conduce a rechazar la democracia representativa como un constructo moderno que toma al individuo aisladamente (reducido a un voto de cuatro en cuatro años) e interpone unos falsos intermediarios que supuestamente lo representan a través de los partidos políticos. Pero nuestro rechazo no es, por mucho rechazo que sea, nada eficaz si no apostamos por la constitución y reconstitución de esos cuerpos intermedios que deben sustituir todas las falsas asociaciones políticas artificiales que disuelven la libre acción y realización de la sociedad desde las realidades de abajo, restándonos y hasta aniquilando nuestra libertad real en nombre de libertades retóricas y vacías.

Fuente: Raigambre.
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