Cómo se puede ser antiamericano (VI)

antiamericano6por Adriano Erriguel Americanismo y corrección política

Cuando se critica la “corrección política” se omite precisar, casi siempre, dónde y cómo tuvo su origen esa peste.

Todo disidente frente a la “corrección política” es, lo sepa o no, un antiamericano en potencia. Pero ¿qué sentido tiene, a estas alturas, proclamarse “antiamericano”?

El simple hecho de proclamarse “anti algo” tiene ya de entrada una connotación antipática, como de confesión de impotencia, como si al que así se califica le faltaran recursos, imaginación u optimismo para definirse en términos positivos. Además, ¿acaso no hay cuestiones más urgentes? ¿Acaso no tenemos el paro, la pobreza, el terrorismo, la exclusión social, el hambre, la capa de ozono…problemas que nos afectan a todos, americanos o no?

Más allá de esquemas maniqueos, de lo que se trata es de identificar qué cosa es el “americanismo”. Lo cual implica un ejercicio de abstracción; un ejercicio destinado a identificar la común matriz americana en fenómenos aparentemente inconexos. Todo antiamericanismo consecuente debería partir de una intuición: la de que el “sueño americano” está en vías de adquirir, en su impregnación agresiva del mundo, un aura de pesadilla. La “corrección política” es una más de sus manifestaciones.

Entre Adam Smith y el Marqués de Sade

Silicon Valley es el laboratorio del futuro. Pero casi nada existe en América que no haya sido antes pensado en Europa. Con su genio inventivo, América materializa las fantasías de Europa; pero en una forma propia, descontextualizada, aclimatada al fetichismo de la mercancía. América es la versión desorbitada e inarmónica de los sueños de Europa.

El mundo que nos prepara Silicon Valley tiene sus precedentes en el proyecto ilustrado europeo: el hombre como maestro, poseedor absoluto de la naturaleza. La cibernética, la biotecnología y el anarcocapitalismo son los cimientos de la “fábrica del hombre nuevo”: una mutación antropológica cuyos referentes filosóficos proceden del viejo continente. Pero de una forma retornada, adecuada al capitalismo americano y a sus fugas hacia adelante. La llamada “french theory” es un caso paradigmático.

La french theory es la filosofía de la “nueva izquierda” europea, pero regurgitada por el planeta americano. La french theory se inscribe en la historia de una fascinación recíproca. Por un lado, la que la intelligentsia europea de los años 60 y 70 sentía por América como “un Nuevo Mundo donde el evangelio igualitario podría realizarse suavemente y bajo formas inéditas y no autoritarias, sin necesidad de acompañarse de la disciplina de la Alemania oriental, del burocratismo ruso o de la masificación china” (Giorgio Locchi).[1] Por otro lado, la fascinación que los “liberales” de izquierda americanos sentían por la intelligentsia europea. A medida que los intelectuales europeos emigraban al California dream,las universidades americanas les convertían en estrellas del rock. Jacques Derrida, Gilles Deleuze, Félix Guattari, Louis Althusser, Jacques Lacan, Jean-Francois Lyotard, Julia Kristeva, Michel Foucault por encima de todos…

Es la era de todas las “deconstrucciones”. “Sobre las ruinas de la modernidad marxista-leninista – escribe Fabrice Moracchini – una posmodernidad libertaria y anticomunista iba a desarrollarse a gran velocidad, encontrando en el elogio de la disidencia, del mal, de la locura, del asesinato, del nomadismo, de los parias, de la alteridad radical, del rechazo de toda forma de sociabilidad o de continuidad histórica, un nuevo paradigma apto para suscitar otra figura, eminentemente agresiva, de mesianismo social”.[2] A partir de los años 1980 el neomarxismo de la Escuela de Frankfurt cedió el paso a otra generación de pensadores, los nuevos portavoces del Zeitgeist. La izquierda libertaria europea y la América eterna estaban hechas para encontrarse.

La influencia de la french theory en América marcará, a través de la propagación y mutación de sus ideas, el acta de defunción filosófica de la “vieja izquierda”. No en vano, al sustituir la creencia por el deseo (así lo afirmaban Deleuze y Lyotard) el capitalismo demostraba ser “más revolucionario” que el comunismo. Porque a diferencia del comunismo –decía Michel Foucault– el capitalismo edifica la utopía. La economía libidinal es el estadio supremo del capitalismo. Y para ella ningún contexto cultural más abonado que el americano, con sus pasarelas subterráneas entre puritanismo e hipocresía, entre mojigatería y exhibicionismo, entre represión moralista y transgresión patológica. Es la conexión sutil – estudiada por autores como Christopher Lasch, Dany-Robert Dufour y Jean Claude Michéa – del liberalismo y de la pornografía, de Adam Smith y del Marqués de Sade.[3]

Una izquierda anti-autoritaria, mundialista y libertaria echaría raíz en los campus estadounidenses, y se extendería a todo el mundo. Adiós al socialismo, al movimiento obrero y a sus fastidiosas luchas de clases. Bienvenida la era de las “minorías”, de la lucha contra el racismo, contra el heterosexismo, contra la discriminación en todas sus formas. A partir de esa época casi todas las utopías progresistas – por muy “antiimperialistas” que sean de boquilla– llevan en su ADN la impronta americana.

Radicales MacWorld.

¿Cómo transformar el radicalismo de izquierdas en un agente del capitalismo? ¿Cómo convertir a los intelectuales antisistema en “radicales MacWorld”?

Primer paso: reconciliar a la inteligencia de izquierdas con la cultura pop. En las universidades americanas, las mitologías heroicas del intelectual disidente dieron paso a los adalides de la transgresión institucionalizada. Sesudos profesores universitarios pasaron a “aceptar las contradicciones de una vida vivida en la cultura capitalista” y a “servirse de su compromiso con la pop culture como un modo de protesta válido” [4] Los cultural studies y los “estudios minoritarios” propiciados por la New Left universitaria pasaron a rendir un servicio al sistema capitalista, al “borrar la frontera entre las luchas sociales y las simples mercancías anticonformistas. Es decir, al borrar la diferencia (constitutiva del viejo enfoque marxista) entre acción y discurso, entre radicalismo comprometido y radicalismo de papel”.[5] El “todo vale” cultural pasaba a ser la consigna de una posmodernidad en ciernes.

En simbiosis con el americanismo, la izquierda post-sesentayocho desembocó en el capitalismo de la seducción.[6] No podía ser de otra manera. “La teoría francesa – señala Francois Cusset – permitía hundirse hasta el núcleo de la máquina capitalista estadounidense y forjar allí una política” (...) El planeta americano caló a fondo las posibilidades del corpus teórico de la rive gauche, que no eran otras que las derivadas del “interés comercial de esta temática de la enunciación: enunciar culturas marginales, relatar su subjetivación colectiva por medio de la enunciación, es también hacerlas visibles, reconocibles, incluso legítimas, en la pantalla de control de las industrias culturales”. Rebelarse vende, especialmente en una época de marketing especializado y de segmentación del mercado en nichos de consumo. El progresismo pasaba a revestir “una máscara libidinal, o libertaria: audacias de Madonna, éxtasis de la MTV y, por qué no, provocaciones del gay pride”.[7] Los Estados Unidos absorbían la negatividad que pretendía serles exterior para convertirla en entretenimiento (Francois Cusset). El genio específico del capitalismo consiste en no dejar un “exterior” al sistema

¿Qué tienen hoy en común el neoliberalismo y la izquierda radical? El odio a toda idea de límite. El rechazo a todo aquello que pueda interponerse ante la absoluta emancipación del individuo. El derecho absoluto sobre la propia vida y sobre el propio cuerpo (incluido el de los no nacidos) es una reivindicación común a unos y otros, al igual que lo pueden ser la eutanasia, el matrimonio homosexual, la deconstrucción de la familia llamada “tradicional” o la liberalización de las drogas.

La nueva izquierda radical es una izquierda americana. Cuando el icono intelectual de la nueva era, Michel Foucault, llamaba a luchar contra el “microfascismo de la vida cotidiana” estaba, en la práctica, mucho más cerca del ultraliberalismo de Ayn Rand, Milton Friedman o Friedrich Von Hayek que de Carlos Marx. El anarcocapitalismo encontró a sus aliados objetivos en la boutique postmoderna. La llamada “contracultura” y los movimientos “antisistema” no son más que la versión parasitaria de un neoliberalismo de la vida cotidiana; acompañada, eso sí, por una retórica de extrema izquierda. Un regalo de los Estados Unidos para el mundo. Como escribe Jean Claude Michéa: “es imposible sobrepasar al capitalismo por la izquierda”.[8]

Una nueva caza de brujas

“Los códigos culturales profundamente arraigados y las creencias religiosas han de modificarse. Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales”.

HILLARY CLINTON

El moralismo americano porta hoy una nueva máscara: la “corrección política”. Un sistema de control ideológico exportado, con histérica intransigencia, a todos los rincones de occidente.

Todo comenzó en los campus americanos, en los años 1980. Los “radicales MacWorld” se revelaron muy activos en la floración de disciplinas “post” (postestructuralistas, postfeministas, postcoloniales, postmarxistas), así como en las sedicentes “antidisciplinas” alumbradas por los nuevos gurús universitarios: gender studies, gay and lesbian studies, subaltern studies, disability studies, etcétera. Es gracias a la influencia de Estados Unidos que los planes de estudio de las facultades europeas sufren una invasión aplastante de corrección política: “una alquimia– señala Jordi Llovet– en la que se funden los feminismos y los homosexualismos más insolventes con los estudios coloniales más improductivos y las ridiculeces más espantosas como métodos de análisis y crítica del saber humanístico heredado”.[9]

La entronización de Michel Foucault como gurú de los nuevos tiempos es, a estos efectos, paradigmática: su obra representa el ensamblaje entre la izquierda libertaria y el neoliberalismo americano. “A lo largo de toda su obra – señala Francois Bousquet – Foucault pone en escena la progresiva desposesión de la soberanía, su captación por las luchas minoritarias: los homos, las feministas, los pasivos, los activos, las clitoridianas, los “dominados” de todos los pelajes que pasarán a enseñorearse, a partir de ese momento, del campo simbólico de las prohibiciones – el control de lo lícito y lo ilícito – después de haber conquistado el universo de la moda y la cultura, la industria de la publicidad y del ocio”. Con impostada pose transgresora, Foucault y sus seguidores no hacen más que navegar a favor de la corriente. Hacia la absoluta mercantilización de las relaciones humanas.

El control de lo lícito y de lo ilícito. Hablamos de la puesta a punto de un nuevo lenguaje y de una policía del pensamiento. El resultado – añade Francois Bousquet – es que “las prácticas minoritarias pasaron a constreñir los usos mayoritarios a través de una vigilancia permanente. ¿Sobre quién se ejercen hoy los procedimientos de control? Sobre la supuesta homofobia, la sospecha de machismo, el racismo subliminal. El culpable es el varón, blanco, occidental, heterosexual, de inconsciente racista, homófobo y falócrata, que será objeto de una castración lexical, textual y finalmente jurídica. ¿Versión masculina de una nueva caza de brujas?”.[10]

La obsesión americana por la emancipación individual llegará a su paroxismo con la “ideología de género”. La idea de “género” (término inventado en Estados Unidos) viene a decir que la vieja humanidad se había equivocado al definir a sus miembros por su “sexo”, y no por su género. La diferencia – a todas luces esencial– es que el sexo no se elige y el género sí. “Libertad de elegir” que decía Milton Friedman. “Esta hipótesis posmoderna está en relación – señala Dany-Robert Dufour – con otras dos tendencias: el fin de la presión para reproducirnos utilizando nuestras partes sexuales (tal y como hacían los antiguos “animales humanos”) y el fin del amor”.[11] En el marco de la creciente visión contractualista/economicista de las relaciones de pareja, los novi@s y espos@s pasan a ser partners (socios). Se abre un mercado de hijos a la carta…

Con sus derivados de la teoría queer, con la idea del ser humano como “materia neutra” de identidad sexual moldeable (Judith Butler) y con las fantasías del auto-engendramiento en un futuro post-sexual, la ideología de género marca un significativo punto de inflexión. La “liberación del deseo” pasa a ser, no ya la lucha contra la represión del deseo, sino la liberación frente a la “opresión” que eldeseo ejerce sobre el hombre.[12] Una aparente contradicción en el seno de la “economía libidinal” que responde, no obstante, a una lógica tan profunda como americana: el feminismo made in USA toma el relevo del viejo moralismo, puritano y castrador, de los pilgrim fathers. El círculo se cierra.

Viva la gente

“Soy un ciudadano del mundo”; así se expresaba Barack Obama en el año 2008, antes de acceder a la Casa Blanca. De esta forma el candidato demócrata reivindicaba un doble valor para su misión política: ésta no consiste ya sólo en liderar la primera potencia mundial, sino también en impulsar la gobernanza “postnacional” de la Humanidad.

Los Estados Unidos como embrión de una República Universal: ése es el núcleo de la ideología norteamericana. Pero no sólo de ésta. El universalismo –la utopía de una Humanidad unificada, purgada de sus contradicciones– constituye, históricamente hablando, el patrimonio ideológico de la izquierda. La izquierda occidental es la expresión política del utopismo moderno. Y América es su plasmación práctica. Ambas se complementan en la práctica.

Sepultadas en el tiempo la revolución francesa y la revolución rusa, la utopía mundialista se reconoce por fin en su auténtico modelo, en el único posible: los Estados Unidos.[13] América ofrece el modelo idóneo para evacuar ¡por fin! las odiadas identidades nacionales, para configurar una “sociedad civil” mundializada: la depositaria de una futura soberanía universal. Tal vez algunos pueblos y naciones – por ínfulas reaccionarias de “independencia”– intenten rebelarse contra un proceso que, al fin y al cabo, se decide sin ellos. Pero la rebelión será inútil, porque nos encontramos ante una nueva legitimidad: la de una “democracia mundializada de la sociedad civil”, en la que los Estados serán domesticados”.[14] Las ONGs – puntas de lanza de la influencia americana en el mundo– muestran el camino: hacia la trasgresión de la soberanía nacional como principio fundador del orden político.[15]

Varios factores se interponen en el camino de la utopía: las nociones de patria, pueblo, nación, identidad, culturas… y todo aquello que, en general, confirme que no vivimos en un “universo” sino en un “pluriverso”. Pero como decía Jean Braudillard, el capitalismo es la “exterminación de la diferencia”. En otras palabras: la estandarización de las diferencias según las necesidades del mercado. El principal enemigo del neoliberalismo coincide con el objeto de las iras de la izquierda libertaria: el concepto filosófico de identidad.

La identidad – señala Fabrice Moracchini ­ – he ahí al enemigo. Mucho más odioso que la burguesía, que el capital, que Dios, que la religión, que la propiedad privada, que la vieja moral… La identidad otorga a lo real un centro y al individuo un polo psíquico y simbólico, en el cuál los herederos del izquierdismo del 68 verán el origen, explícito o inconsciente, de todas las estructuras de poder capaces de reproducirse y de sobrevivirse a través de las generaciones. Y eso es lo que la generación de la French Theory –de Foucault a Barthes pasando por Derrida – resumirán en un solo significante (progresivamente desconectado de su significado histórico): el de fascismo”.[16]

La identidad es fascista. Es en este aspecto – la aversión a las identidades nacionales y culturales, especialmente si son las propias – donde se hace más evidente la confluencia de la extrema izquierda y la ideología americana. Las ideas “diferencialistas” se interponen en el camino de la emancipación, porque “mientras entre los individuos y las naciones que les han visto nacer perdure una identidad más o menos perenne, la liberación total del individuo no será posible”.[17] Por eso, al igual que hicieron los fundadores de América, es preciso liberar al individuo del peso del pasado, de su sangre y de su historia. En la línea de la french theory, la extrema izquierda evacuará categorías tales como “pueblo”, “nación”o “clase”– sospechosas de perpetuar dinámicas de exclusión – para adorar el fetiche del “mestizaje”. Un imperativo de hibridación universal que se traduce en el reconocimiento del nuevo sujeto político posmoderno: “la gente”.

En inglés americano, la palabra people es indisociable del significado de “gente” –siendo el término nation (“american nation”) escasamente empleado–. La palabra folk (que tiene la misma etimología que el “Volk” alemán) tiene también el significado de “gente” (folks).[18] Con toda la lógica. Los Estados Unidos, nación de inmigrantes, se presentan como una “República universal” abierta a todos. Y eso sólo puede resultar en un mosaico, en una adición “mecánica” de individuos y minorías para la que no existe ningún término específico, aparte del de “gente”.

La izquierda neomarxista ha alumbrado, por su parte, un concepto equivalente: “las multitudes”. Éste es el término acuñado por el filósofo Toni Negri para referirse a la creciente red global de diásporas y de individuos desterritorializados. Las “multitudes” (es decir, “la gente”) serán los encargados –según el altermundialismo de izquierdas– de realizar la unidad del género humano.

La utopía de la izquierda radical es un auxiliar objetivo del neoliberalismo. La sociedad civil mundializada reposa sobre un axioma: ya no hay “pueblos” (afirmar lo contrario es “populista”) sino “gente” o “ciudadanos”. La teoría de la ciudadanía reposa sobre “un contractualismo que esquiva la cuestión fundamental de la identidad de los contratantes y se imagina destinado a la humanidad entera: el sueño de una sociedad contractual mundial, fundada en la razón”.[19] El neoliberalismo no sólo es el mercado, es también el contrato. Una vez evacuadas las identidades colectivas, la abolición de las fronteras es la conclusión lógica. El derecho a transitar libremente por las fronteras – y a instalarse libremente en el país que a cada uno le convenga – será tarde o temprano reconocido como un “derecho humano”. En materia de “sinfronterismo”, la extrema izquierda no tiene nada que enseñarle al neoliberalismo.

La sustitución del “pueblo” por la “gente” tiene una clara vocación desnacionalizadora. Y una inequívoca impronta americana. Porque presupone la implantación del “salad bowl” universal; la globalización del modelo americano.[20]

Bendita inmigración

La celebración de la “diversidad” es un clásico de la corrección política. Se parte de un apriorismo: una sociedad “diversa” es siempre preferible a una sociedad homogénea. La diversidad se erige así en imperativo moral y el mestizaje en ideal normativo. El punto de referencia es también, cómo no, la sociedad americana.

En realidad, lo que la palabra “diversidad” esconde es una consagración del poder de las minorías; esto es, la sustitución de la “democracia” por la “minoricracia”. Y eso es algo que responde a una lógica: la segmentación en capillas de cualquier espacio de contestación al mundialismo. La fragmentación de las luchas “de clase” en reivindicaciones de minorías “discriminadas” (de la “lucha contra la explotación” se pasa a la “lucha contra la exclusión”) corre paralela a la disolución de las identidades nacionales en el seno del “multiculturalismo”. La democracia pasa a definirse como el “respeto a las minorías”; algo que – con el auxilio de la ideología de los derechos humanos – permitirá deslegitimar a cualquier Estado o país que se muestre rebelde al orden global. Las intervenciones militares “humanitarias” se ejercen indefectiblemente en nombre de “minorías amenazadas”. No en vano, si por algo se reconoce a las élites de la “gobernanza mundial” es por su defensa inapelable de las “minorías”.

Pero la corrección política es, ante todo, instrumentalización del lenguaje. Es decir, el arte de hacer que las palabras signifiquen justo lo contrario de lo que enuncian. Así, cuando se promueve la “diversidad” lo que se intenta es justamente lo contrario: hacerla desaparecer. La “diversidad” made in USA no es más que un simulacro, una promiscuidad superficial, un pluralismo de pacotilla que sólo se tolera sobre “un fondo de uniformidad concreta y de universalidad abstracta” (Alain de Benoist). En el fondo todo se reconduce al mismo tipo humano: al individuo productor-consumidor, al individuo empresario, al individuo-empresa. La diversidad consiste en aceptar al Otro, pero a cambio de que el Otro se convierta en lo Mismo.

¿Cuál es el sueño del neoliberalismo? Disolver la política en el Mercado. La “diversidad” pone fin a la comunidad política como tal, y la transforma en agregado de minorías; de individuos orquestados por el mercado. La “diversidad” es la mano invisible del neoliberalismo”.[21] Una dinámica de atomización social en la que, como señalaba Constanzo Preve, “la unidad individual a la que se refiere el poder adquisitivo debe convertirse en más y más abstracta; he ahí por qué desaparecen progresivamente las diferencias entre hombres y mujeres; blancos y negros; heterosexuales y homosexuales, etcétera”.[22] La “diversidad” es un dispositivo neoliberal que obedece a la lógica del dinero.

Si la diversidad se alimenta, entre otros factores, del “mestizaje”, el mestizaje se alimenta de la figura del “inmigrante”. No es extraño que el inmigrante sea el paradigma de nuestra época. El incienso laudatorio que hoy rodea a esta figura se recrea exclusivamente –como señala Eric Zemmour – en “los destinos individuales de los inmigrantes, sus mujeres, sus hijos, sus sentimientos, sus ilusiones… individuos y nada más que individuos, humanos demasiado humanos, al tiempo que se oculta su lado colectivo e histórico: su identidad de pueblos con raíces, con cultura propia, con religiones, con héroes, con sueños de revancha histórica postcolonial”.[23] Una retórica sentimental que se inspira en el “sueño americano” y que enmascara las dimensiones demográficas, culturales y políticas de la inmigración masiva (Völkerwanderung), dándole así la espalda a las leyes implacables de la historia.

El inmigrante es el símbolo de América. “Estados Unidos es el único país – escribe Alain de Benoist – donde la inmigración es no sólo un fenómeno inicial o marginal, sino que constituye el fundamento mismo de la vida social”. Y como lo que es bueno para América es bueno para el mundo, la figura del inmigrante se rodea hoy de un aura benéfica y redentora, como portadora de una superioridad moral encargada de fiscalizar hasta qué punto las sociedades de acogida han interiorizado la “diversidad”. Esto es, han enterrado su propia identidad. En pocos aspectos como en éste se revela la confluencia casi absoluta entre la extrema izquierda, el neoliberalismo y el planeta americano. El catecismo neoliberal de la “movilidad humana” (asignación de recursos humanos + mercado de trabajo low cost) se une al “sinfronterismo” de los radicales MacWorld (bendición de la “sociedad abierta” y maldición de la “sociedad disciplinaria”) y nos conduce al California dream. A “la utopía escatológica de un paraíso multicultural y posthistórico”.[24]

Millones de parias, de desarraigados y de excluidos – llegados desde todos los puntos del globo– se dan cita en Europa para realizar ese sueño.

¿Hacia el fin de la corrección política?

En noviembre 2016, la victoria de Donald Trump pateó los dogmas de la nueva moral burguesa y abrió un boquete en el muro del pensamiento único. Con el rostro descompuesto, el mandarinato de la corrección política hubo de asistir a una victoria que había sido descartada, hasta el último momento, por los expertos y opinadores en nómina. La victoria de Donald Trump fue más sangrante en tanto que fue obtenida frente a la hostilidad de todos los medios mainstream, de las corporaciones financieras y de los grandes donantes, de Georges Soros y de Goldman Sachs, del show business y de todo Hollywood, de los “líderes globales” y de los presciptores de opinión en Europa y América. Pocas veces todos los medios de derecha, de izquierda y de centro se habían unido de tal forma en una campaña anti-alguien. Y sin embargo Trump ganó, frente al mayor aparato de manipulación informativa y de manufacturación del consentimiento que la humanidad haya conocido nunca. Henchidos de orgullo y ebrios de superioridad moral, los profesores de virtud y sacerdotisos del Bien se cubrieron de ridículo –ya habían tenido un anticipo con el Brexit– al comprobar la brecha que les separa de la realidad de tanta gente: de esas clases populares maltratadas por la globalización económica y migratoria.

Para explicar el fiasco y salvar su buena conciencia, los guardianes del orden acuñaron conceptos novedosos. Se habló de la “política post-verdad” para describir la era de los palurdos que se creen cualquier falacia (en vez de seguir la opinión autorizada de los expertos). O se enredaron en penosas explicaciones sobre el uso perverso de las redes sociales (como si un ejército de ciberactivistas y community managers no hubiera machacado a Trump desde el primer día). En realidad, casi todas las reacciones mainstream fueron variaciones sobre un tema que Hillary Clinton ya había tocado en su campaña: el de la “cesta de deplorables”, esos “maleducados, sexistas, racistas, xenófobos y homóbofos” objeto de desprecio de la gentry globalizada y hípsters de pensamiento débil. La arrogancia de las élites biempensantes parece no tener límite.

En noviembre 2016, el cordón sanitario de la corrección política saltó por los aires. Nada menos que en Estados Unidos, la patria del invento. Previsiblemente, el aparato de manufacturación del consentimiento redoblará sus esfuerzos. Tal vez se acerque una edad de plomo para la libertad de palabra. Pero la cultura hegemónica ha perdido algo intangible: ha perdido el “aura”. Todo parece indicar que, en el futuro, nada será como antes…

¿Podría la corrección política, finalmente, ser víctima de su hubris? Nada está decidido. Pero si eso fuera así, habría que recordar la conocida frase de Hölderlin: allí donde crece el veneno, crece también lo que salva.


[1] Giorgio Locchi (Hans Jürgen-Nigra), Il etait une fois L’Amérique, en “Nouvelle École” 27-28, automne-hiver 1975, pag. 82.

[2] Fabrice Moracchini, L’angoissant avenir californien de l’Europa. La French Theory dans les habits des Beach Boys, en “Éléments pour la civilization européenne”. Janvier-février 2016, nº 158, pag. 80.

[3] Christopher Lasch: The Culture of Narcissim. American Life in an Age of diminishing Expectations. Norton and Company 1991. Dany-Robert Dufour: La cité perverse. Liberalisme et pornographie. Denoël 2009. Jean Claude Michéa: L’enseignement de l’ignorance, Climats 2006. La double pensée. Retour sur la question liberale Flammarion 2008.

[4] Francois Cusset: French Theory. Foucault, Derrida, Deleuze & Cía. y las mutaciones de la vida intelectual en Estados Unidos. Melusina 2005, pp. 332 y 144.

[5] Francois Cusset, Obra citada, p. 144.
Sobre los “radicales MacWorld”: Rodrigo Agulló. Brechas hacia otro mundo. Alain de benoist y los años decisivos https://paginatransversal.wordpress.com/2015/05/21/brechas-hacia-otro-mundo-alain-de-benoist-y-los-anos-decisivos/

[6] Michel Clouscard: Le capitalisme de la séduction. Critique de la social-démocratie libertaire. Éditions sociales 1981.

[7] Francois Cusset: Obra citada, pp. 168-169.

[8] Dany-Robert Dufour, Le Divin Marché. La revolution culturelle libérale. Denoël 2007, pag. 173. Jean Claude Michéa, Impasse Adam Smith. Breves remarques sur l’impossibilité de dépasser le capitalisme sur sa gauche. Champs Flammarion 2006.

[9] Jordi Llovet: Nadie quiere a los filósofos, en El País, 24 abril 2016 http://cultura.elpais.com/cultura/2016/04/22/actualidad/1461323821_885168.html

[10] Francois Bousquet, “Putain” de Saint Foucault. Archéologie d’un fetiche”. Pierre Guillaume de Roux 2015, pags. 70-71.

[11] Dany-Robert Dufour, Le Divin Marché. La revolution culturelle libérale. Denoël 2007, pag. 65.

[12] A este respecto: Alain de Benoist, Les Démons du Bien. Pierre Guillaume de Roux 2015, pags. 93- 155

[13] La revolución francesa se formuló como aurora de una Humanidad libre, igual y reconciliada. Pero portaba un germen que, a la larga, habría de neutralizar sus presupuestos ilustrados: la idea de nación. Al extenderse por Europa, la revolución atizó los patriotismos nacionales. Algo parecido sucedería con la revolución socialista de 1917: una vez desvanecido el espejismo de la revolución mundial, los bolcheviques transitaron con Stalin hacia el “socialismo en un solo país”. En realidad la revolución soviética nunca fue verdaderamente “mundialista”. El patriotismo soviético camuflaba el ancestral patriotismo ruso, mientras que el proclamado “internacionalismo proletario” abogaba por la solidaridad de las naciones dentro del “campo socialista”, no por la disolución de las mismas en un magma homogéneo. El triunfo de las revoluciones socialistas en el tercer mundo se explica más en términos “nacionales” que “socialistas”.

[14] Mathieu Bock-Côte, Le Multi-culturalisme comme Réligion politique. Les Éditions du Cerf 2016, pag. 237. El éxito del Brexit en el referéndum británico de 23 junio 2016 supone, hasta la fecha, la primera derrota del mundialismo en Europa.

[15] Las ONGs son el ejército de esa “sociedad civil” que el politólogo Guy Hermet describe como “profesionales del consejo en ética y en moral de catálogo (…) que no representan en general a nadie más que a sí mismos, que no se preocupan ni por un instante en adquirir siquiera una onza de legitimidad electoral (…) y que a falta de disponer de recursos independientes, para satisfacer su búsqueda de poder deben transformarse en vasallos de los que detentan esos recursos en las grandes agencias internacionales o en la economía privada” (Guy Hermet: L’hiver de la démocratie, ou le noveau régime, Armand Colin 2007, pag. 193.

[16] Fabrice Moracchini, Obra citada, pag. 81.

[17] Fabrice Moracchini, Obra citada, pag. 81.

[18] En realidad, no hay en inglés un equivalente exacto al término popolo, peuple, Volk o pueblo.

[19] Mathieu Bock-Côte, Obra citada, pag. 224.

[20] El filósofo americano John Rawls llevaría hasta el extremo el reconocimiento del derecho de los individuos en una democracia a rechazar toda identidad pública o colectiva. Si bien, al principio de su carrera, Rawls defendía la necesidad de una cierta identidad compartida entre los conciudadanos, posteriormente pasaría a distinguir entre “identidad institucional o pública” (la identidad cívica o ciudadana) e “identidades no institucionales” (las identidades particulares, “morales”, comunitaristas), para pasar finalmente a reconocer que, para muchos individuos, sólo es concebible definirse por sus identidades privadas o particulares (Guy Hermet: L’hiver de la démocratie. Armand Colin 2007, pag. 69-70). Reconocimiento por tanto de la atomización del cuerpo social, disolución del concepto de interés general y consagración de la “democracia de individuos”.

[21] Francois Bousquet, Obra citada, pag. 67.

[22] Constanzo Preve, La Quatrième Guerre Mondiale. Astrée 2013, pag. 185.

[23] Eric Zemmour, Le suicide francais, Albin Michel 2014, pag. 146.

[24] Fabrice Moracchini, Obra citada, pag. 81.

Fuente: El Manifiesto.

Cómo se puede ser antiamericano (I)

Cómo se puede ser antiamericano (II)

Cómo se puede ser antiamericano (III)

Cómo se puede ser antiamericano (IV)

Cómo se puede ser antiamericano (V)

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