Cómo se puede ser antiamericano (III)

la-democracia-vendra-a-tipor Adriano Erriguel El Imperio del caos

Cuando se habla del “imperialismo americano”, se asume que América es un Imperio. Pero ¿lo es realmente?

El periodista italiano Giorgio Locchi decía, hace años, que América es un imperialismo sin Imperium. Esto es, sin un principio espiritual superior, sin un principio formador y organizador. Lo contrario de un auténtico poder imperial.

Y el filósofo marxista Constanzo Preve definía a Estados Unidos como un mesianismo sin promesa mesiánica, esto es, sin una promesa salvífica que se refiera a una realidad ulterior. Porque la salvación la remite al aquí y ahora, a una realidad bien presente: a la simple propagación del american way of life.[1]
Pero si observamos las manifestaciones actuales de la supremacía americana – una supremacía desbocada, carente de los límites y contrapesos de la guerra fría – podemos definir el “nuevo orden” americano, de modo algo más escueto, como el Imperio del Caos.

Inercia imperialista

Durante buena parte de su historia el “imperialismo” norteamericano siguió la fuerza de su propia inercia. Tanto su fuerza como su debilidad dependían más de su propio peso que de su proyecto político. Más que referirse a una visión a largo plazo o a una propuesta de civilización, los Estados Unidos eransimplemente “el país más mercantil y más materialista, en la época más mercantilista y más materialista de la historia”.[2] Si bien los Estados Unidos siempre han sido expansionistas, en no pocos casos se han limitado a ocupar un vacío.

Llegada la era de la globalización los Estados Unidos no pueden no ser “imperialistas”. Su tamaño y sus intereses les empujan a la posición de centro y de gendarme de esa dinámica global, a través de una estrategia de “círculos concéntricos” de los cuáles el euroatlantismo es el primer círculo. Una dinámica cuyo principal beneficiario no es (en contra de lo que pueda suponerse) el “pueblo norteamericano”, sino una oligarquía cada vez más trasnacional y cada vez más globalizada.

¿El gendarme universal? Tras el fin de la guerra fría el imperialismo américano tomó la senda de la desmesura. Desaparecida la URSS – señala el escritor francés Guillaume Faye– “los Estados Unidos ya no se presentan como los líderes del “mundo libre” sino como los dirigentes y los gendarmes del orden planetario; en principio en su propio provecho, y por automatismo también en beneficio de las otras naciones más o menos sumidas en las tinieblas de la ignorancia”. Ese “nuevo imperialismo americano” – continúa Faye – “es mucho más brutal y directo que el antiguo imperialismo, pero también mucho más torpe, en cuanto está fundado en una sobreestimación de sus fuerzas”.[3]

No siempre fue así. La guerra fría había conseguido embridar la desmesura norteamericana. Había conseguido inocular cierta madurez en el cuerpo adolescente, constriñiéndolo en un corsé de realismo político. Confrontada al frío teorema de la destrucción mutua asegurada, la “Ciudad en la cima” hubo de contemporizar con las cínicas realidades de la política exterior, hubo de aceptar que hay límites que no se pueden traspasar. Los conceptos de la ciencia de Hobbes y Maquiavelo, cargados de pesimismo antropológico (equilibrio de poderes, esferas de influencia, interés nacional, distinción entre política y moral) fueron recuperados, y una escuela autóctona de “realismo político” – Niebuhr, Morgenthau, Kennan, Kissinger – ejerció de contrapeso a las siempre latentes tentaciones mesiánicas. Pero el fin de la guerra fría acabó con todo eso. Llegó la era de la hegemonía global, unipolar y sin cortapisas. La era de los neocon.

Los neocon: la secta y sus equívocos

No se puede entender la política exterior americana de las últimas décadas sin observar de cerca a los neocon. Secta universitaria, movimiento de ideas, camarilla de gobierno, lobby belicista: el “neoconservadurismo” es un fenómeno made in USA envuelto en una nebulosa de equívocos.

Muchas interpretaciones superficiales asimilan a los neocon con una derecha “a la ofensiva”, firme en sus principios morales y políticos, defensora de la economía de mercado y de los valores liberales de la “sociedad abierta” (con el brazo musculado de los Estados Unidos como garante de los mismos). No es extraño que hayan sido celebrados como un maná ideológico por una derecha europea sumida, desde hace décadas, en un tecnocratismo flácido y carente de ideas.[4] Suele vincularse a los neocon con la influencia señera de Leo Strauss, un filósofo germano-judío de la universidad de Chicago que, envuelto en un aura iniciática, dejó tras de sí una importante red de discípulos. Pero la realidad es más compleja de lo que parece.

¿Son los neocon una corriente “de derecha”? La respuesta no es simple, en tanto las categorías “derecha” e izquierda” encierran, en Europa y en América, significados diferentes. El término “liberal” evoca en Estados Unidos a una izquierda defensora de mayor intervencionismo estatal, de la extensión de los “derechos civiles” y de la adopción de políticas societales progresistas. Originariamente los neocon procedían de esta atmósfera “liberal”, de la izquierda del Partido Demócrata o incluso del marxismo. Pero se trataba de una izquierda que, al acentuar su carácter libertario y “antitotalitario”, ponía el énfasis en la derrota del comunismo y en la extensión agresiva de la democracia. Una defensa acérrima del “destino manifiesto” de los Estados Unidos que desembocó, gradualmente, en una reacción frente al progresismo de los años 60 y sus derivas pacifistas.[5]

Anticomunismo, idea de “rearme moral”; hegemonismo belicista; todos estos ingredientes – unidos a la defensa de la economía liberal de mercado – cristalizaron en lo que pasó a llamarse “neoconservadurismo”, que se revistió así de un aura “de derechas”. Pero si nos fijamos con detalle, los valores vehiculados por los neocon son valores específicamente americanos; no asimilables sin más a eso que en Europa –históricamente al menos– siempre se había entendido por “derecha”. Un ejemplo claro es la cuestión de la identidad.

Los neocon exhiben una indiferencia casi completa hacia las precondiciones culturales y étnicas en la creación de regímenes políticos. El intervencionismo neocon parte de la base teórica – inspirada por Leo Strauss– de que “la construcción de gobiernos es un proceso abierto y racionalista”, porque “todos los hijos de la Ilustración, convenientemente instruidos, deberían ser capaces de llevar a cabo esta tarea constructivista, siempre que cuenten con el apoyo suficiente del gobierno o el ejército americano”. Como señala el profesor norteamericano P. E. Gottfried “lo último que los seguidores de Strauss dirían (o se preocuparían de decir) es que los órdenes constitucionales exitosos son la expresión de naciones y culturas ya formadas”.[6] Para los neocon los sistemas políticos son “constructos” u operaciones de ingeniería social. Una perspectiva muy poco conservadora y sí bastante “revolucionaria”.

Otro de los equívocos que identifican a los neocon con la “derecha” (o con la “extrema derecha”) son sus anatemas contra el “relativismo” izquierdista, contra el “progresismo vulgar” y sus ataques a los valores conservadores, contra la idea de que “todo vale” y no hay verdades absolutas. Los neocon, por el contrario, se sitúan en una defensa cerrada de los “valores” occidentales, de la moral objetiva, de la idea del “Bien”. Unas posiciones que dejan traslucir la influencia de Leo Strauss, un pensador en quien la izquierda vigilante–en su celo antifascista – denuncia, por sus afinidades con Carl Schmitt, supuestos resabios filonazis.[7]

En realidad, no hay nada de eso. Leo Strauss, ciertamente, se presentaba como un “conservador” en cuanto era un defensor de la filosofía política de la antigüedad clásica. En esa línea propugnaba una forzada interpretación “antimoderna” de la revolución americana: los principios liberales y democráticos de 1787 serían, según él, una “restauración” del mensaje de los “antiguos”. Frente al relativismo progresista – que allana el camino de la tiranía – los principios fundadores de América son, para Strauss, la mejor defensa de la libertad y del “Bien”. Se trataba de un argumento muy adecuado para la guerra fría, con Estados Unidos como defensor del “mundo libre”. Lo que ocurre es que esos “valores” a los que se refería Strauss– y por ende los “valores” propugnados por sus seguidores neocon – se reducen en la práctica a un aspecto: a la defensa e imposición – por la fuerza si es necesario– de una idea monolítica de libertad y democracia: la propugnada por Estados Unidos.

La guerra como pedagogía

En su versión americana, la “democracia” se identifica con el capitalismo. Y para asegurar la democracia y el capitalismo en América es preciso, según los seguidores de Strauss, asegurarlas también en todo el mundo. En un célebre ensayo, el intelectual neocon Allan Bloom saludaba a las guerras norteamericanas como un “experimento educativo”.[8] ¿Puede esto considerarse una muestra de “derechismo”?

Más bien lo contrario. La celebración de las virtudes pedagógicas de la guerra, lejos de ser una cualidad “conservadora” o “de derechas”, entronca más bien con el “militarismo progresista” (P.E. Gottfried) que caracterizaba al jacobinismo francés o al comunismo en su fase expansiva: la guerra hecha con la buena conciencia de los redentores de la humanidad. Un programa revolucionario que del pasado aspira a hacer “tabla rasa”, y que concuerda además con los orígenes trotskistas de muchos publicistas neocon. ¿Explicación en clave freudiana de esta corriente de ideas?

Lejos de ser una doctrina “de derechas”, lo que los neocon vehiculan es el mesianismo de la “Ciudad en la cima”; una reedición del celo misionario de la era de Wilson con su cruzada por la democracia universal. Y en eso los neocon coinciden con otras corrientes típicamentes americanas, tales como los neoliberales y los anarcocapitalistas libertarios. “De forma paradójica – escribe F.J. Fernández-Cruz – la reacción contra la contracultura progresista de los sesenta surgió de la misma extrema izquierda americana, la que había provocado los radicales cambios sociales de esa década”.[9]

En sus delirios democrático-imperialistas, los neocon rompen con una genuina tradición conservadora americana: la que se situaba en la teoría “realista” de las relaciones internacionales, que tanta presencia tuvo en la política exterior de la guerra fría. Y también rompen con la tradición aislacionista que, en la línea del testamento de George Washington, recomendaba el alejamiento de los asuntos europeos como mejor salvaguarda de los intereses nacionales norteamericanos.[10]

Brutalidad y angelismo

Normalmente se identifica a los neocon con el ala derecha del Partido Republicano. Lo cuál es inexacto. Si bien es cierto que su momento de gloria coincidió con la era de George Bush, los neocon son una corriente transversal que defiende intereses comunes a todo el establishment. Sus ideas han permeado hasta convertirse en sistémicas. Su fórmula básica no es muy sofisticada, que digamos. En realidad su máxima aportación consiste en poner un “estilo de derechas” (retórica belicista y fanfarria patriótica) al servicio de un programa progresista: democratización forzosa, implantación de la doctrina americana de los derechos humanos, liberación de las mujeres en las sociedades patriarcales, extensión de los “derechos civiles” americanos a los países del tercer mundo, introducción de ingenierías “societales” (ideología de género, reivindicaciones “gay”), etc. Un paquete ideológico posmoderno cuya función es legitimar la hegemonía de la nación elegida, así como justificar las brutalidades necesarias.[11]

La justificación y reivindicación de la fuerza es la espina dorsal, el “núcleo duro” del neoconservadurismo americano. La fuerza como ley suprema, por encima de escrúpulos jurídicos y consideraciones de derecho internacional. Es la reivindicación de un ethos pagano, pero al servicio de un objetivo moralista. Algo que el periodista Robert D. Kaplan expone cándidamente: “Estados Unidos no es nada sin su democracia; es la patria de la libertad, más que de la sangre. Pero para depositar juiciosamente sus semillas democráticas en el ancho mundo, está obligada a aplicar ideales que, aunque no necesariamente democráticos, son dignos de tener en cuenta”.[12]

Los neocon, a su manera, se consideran realistas. Y redescubren entusiasmados las reglas de la política de poder: el “viejo mundo” de Tucídides, de Polibio, de Maquiavelo, de Hobbes y de Richelieu. Pero en su mesianismo incurren en la máxima falta contra la que prevenían los antiguos: la desmesura. “Los nuevos dirigentes americanos – escribe Guillaume Faye – redescubren las viejas doctrinas imperiales del realismo y de la potencia de la antigua Europa. Las redescubren ingenuamente, como los niños grandes que son. Pero en el fondo, no las comprenden. Procedentes de sectas bíblicas protestantes, los neocon no tienen ni la inteligencia histórica ni la perspicacia estratégica de ese pueblo judío que ellos tanto admiran, al que quieren proteger a toda costa y del cuál se consideran los sucesores mesiánicos”.[13]

El problema de los neocon – continúa Faye – es “su imaginario superficial y audiovisual”, más apropiado para un guión de Hollywood que para un proyecto político. Los neocon reclaman cartas de nobleza intelectual al situarse en la estela de Leo Strauss, pero carecen de la sutileza y profundidad de su maestro. Más que una teoría del imperio, lo suyo es un híbrido, un patchwork. Los neocon picotean aquí y allá fragmentos de teorías antiguas, medievales y modernas, para refundirlas en la idea de predestinación moral de Norteamérica. Por eso son simultáneamente pragmáticos e idealistas, cínicos y moralistas, neo-autárquicos y liberales, admiradores de Bismarck y de Thomas Payne. Por eso aúnan el angelismo de los fines con la brutalidad en los médios. Como aluvión de elementos descontextualizados, los neocon son un fenómeno específicamente norteamericano. Y como tal, grotesco.

Una estela de juguetes rotos

Por sus obras los conoceréis. Irak, Afganistán, Kosovo, Libia, Siria, Ucrania. Europa recoge los frutos de las quimeras neocon. La destrucción de los régimenes árabes laicos, la promoción del wahabismo, la “fabricación” de Bin Laden y de Al Qaeda, la extensión del islamismo en el Cáucaso y los Balcanes, el surgimiento del “Estado Islámico” (Isis), el azote global del terrorismo: fenómenos todos ellos relacionados – directa o indirectamente – con las políticas americanas en Asia Menor y Oriente Medio. Los intentos de desestabilización del espacio exsoviético – vía las caricaturas de revolución financiadas por el especulador Soros – se saldaron a partir de 2014 con una guerra civil en el corazón de Europa. Y la destrucción de Siria –fomentada por la enemistad norteamericana hacia el régimen laico de Damasco– condujo a partir de 2015 a la mayor crisis de refugiados que Europa haya conocido tras la segunda guerra mundial. Desde Irak, desde Libia, desde Afganistán, desde Pakistán, los damnificados por las estrategias del Imperio ponen rumbo a Europa. Y en un gigantesco “efecto llamada”, millones de migrantes del tercer mundo se unen a ellos…

Entre Europa y América se abre un abismo. La divergencia de objetivos y la oposición de intereses son crecientes. Pero la necesaria “desconexión” está muy lejos de producirse. Prisionera de su impotencia, encerrada en el dogma euratlántico, Europa sigue a Washington en una fuga hacia adelante que parece no tener fin. Porque para la política exterior norteamericana lo importante es no detenerse nunca. Un hiperactivismo frenético que, unido a la incapacidad de comprender lo que los otros realmente quieren (así, los intentos de transformar países musulmanes en “democracias”), sólo puede conducir a resultados calamitosos. La inmadurez genera conductas bipolares: alternancia de optimismo (confianza en las “guerras de ordenador” con miles de víctimas en el adversario y cero en el propio) y desilusión y abandono (cuando los medios materiales se ven impotentes ante una voluntad más fuerte). Mal que les pese a los gurús neocon, la estrategia americana no refleja la audacia de Aquiles y la sabiduría de Plutarco, sino la impaciencia de un niño que va dejando tras de sí una estela de juguetes rotos.

¿Decadencia de los Estados Unidos? ¿Ruina del Imperio americano? La ambición americana de modelar un mundo a su hechura está abocada, por su desmesura, a continuos fracasos. Pero conviene no engañarse. Las decadencias pueden prolongarse durante décadas o incluso siglos. Los efectos de las intervenciones norteamericanas podrán ser calamitosos, pero lo son ante todo para los países que directamente las padecen; no para los Estados Unidos. “La letanía de los fracasos norteamericanos – señala el economista Hervé Juvin – tanto en Afganistán como en Irak, tanto en Libia como en Siria, sólo tiene sentido para quien considere que el orden y la paz civil son bienes públicos mayores (por ejemplo: 82% de los jóvenes irakís estaban escolarizados con Saddam Hussein, frente al 50% en 2014; y el derecho a la vivienda estaba asegurado para todos los libios con Gadafi). Pero para quien considere que un régimen sólo es legítimo si sirve al interés nacional americano, estos fracasos sólo son relativos o temporales (…) Cuatro o cinco países musulmanes, todos ellos hostiles al imperio americano, han desaparecido del mapa”…[14]

El pensamiento cipayo de la euratlántida podrá congratularse de las victorias de la “democracia” y los “derechos humanos”, pero todos saben que la factura de esas “victorias” las paga Europa. El Estado islámico, la invasión migratoria, la guerra civil en Ucrania y la fractura del continente en una nueva “guerra fría” son pruebas fehacientes de ello. Y por mucho que se empeñen los vaticinios “decadentistas”, los Estados Unidos continuarán siendo, seguramente por mucho tiempo, la única superpotencia global, el principal actor geopolítico y geoeconómico del mundo.

Pero el imperio americano no es una pax augusta. No es un orden superior que garantice el equilibrio y la armonía. El imperio americano es un orden crispado, espasmódico, hiperactivo. Es un imperio que expande el caos, lo gestiona y se alimenta del mismo.

Buscando enemigos desesperadamente

En la Europa moderna no hay lugar para los Estados nacionales homogéneos. Eso fue una idea del siglo XIX. Nosotros vamos a impulsar el multiculturalismo, y vamos a crear Estados multiétnicos.

GENERAL WESLEY CLARK, Comandante de las fuerzas de la OTAN durante el bombardeo de Serbia (1999)

Vivimos todavía en un mundo de Estados-naciones. Pero el Estado-nación es un vestigio a extinguir, al menos en el occidente americanizado. Si bien un cierto patriotismo minimalista es todavía tolerado – como anacronismo ceremonial o residuo pintoresco– hacer la apología de la Nación supone situarse fuera de la humanidad. Porque “nación” equivale a exclusión, a xenofobia, a intolerancia y a guerra. Su corolario “el pueblo” también es sospechoso. Demasiado “populista”. Mejor hablar de “ciudadanos”. O mejor todavía decir “gente.”

Los Estados-nación proceden de otra época. Son productos de la modernidad “sólida”, esto es, de un mundo de formas sociales estables, reconocibles, duraderas en el tiempo. Pero nos encontramos en los “tiempos líquidos” (Zygmunt Bauman): en una “sociedad abierta” modelada por formas que se descomponen y mutan en flujo incesante, más alla del control o la comprensión de los individuos. Es la época de la multiplicación de los espacios estratégicos: el espacio, el Internet, la biotecnología, la finanza, el soft power cultural, la religión, el terrorismo. Un escenario de amenazas imprecisas y de miedos dispersos, en el que las poblaciones se ven “expuestas” ante fuerzas desterritorializadas y globales. Retomando a Bauman, el periodista brasileño Pepe Escobar acuñó hace años el término de “guerra líquida”, que se define como aquella que, “más allá de los conflictos políticos y estratégicos, tiende hacia la destrucción de las culturas singulares y de todo lo que sea capaz de resistir a la globalización. Su escenario óptimo es el genocidio antropológico”.[15]

Nos prometíamos una globalización “feliz”. Pero ésta se parece, cada vez más, a la ley de la jungla. La ruptura del vínculo social (el “sálvese quien pueda” neoliberal) corroe desde dentro a unos Estados-nación que, de cara al exterior, han perdido el control sobre unas amenazas que los sobrepasan. Pero no hay apocalipsis en Globalistán, sólo “bussines as usual”. Las turbulencias son incidencias de recorrido susceptibles de ser controladas o graduadas a perpetuidad, sin que degeneren en catástrofe. Se trata, ante todo –añade Pepe Escobar – de una “cuestión técnica”: cómo gestionar el caos. O cómo orientarlo en función de objetivos predeterminados.

Primer objetivo de los Estados Unidos: prevenir la integración de la masa continental eurasiática. Un escenario-pesadilla que, de producirse, desplazaría a Norteamérica de su posición hegemónica. Casi todas las subtramas de la estrategia estadounidense responden a ese fin: la nueva guerra fría en Europa (crisis y guerra en Ucrania), la contención de China, la transformación de Europa en “euratlántida” (con el doble cerrojo de una OTAN globalizada y el Tratado de Libre Comercio TTIP), la disrupción de la integración energética entre Europa y Rusia. La ofensiva en Oriente Medio se explica también en este registro: demolición de los regímenes laicos hostiles a Washington, promoción del islamismo radical, destrucción de Siria (aliado de Rusia en la región) y cerco a Irán. El control de las fuentes energéticas de Asia Central y el apoyo a los intereses estratégicos de Israel son objetivos complementarios. El multimillonario complejo militar-industrial americano necesita justificar su existencia. Se buscan enemigos desesperadamente.[16]

El axioma “divide y vencerás” se ve corregido y aumentado por el Imperio del Caos.

La guerra de mañana

La “guerra líquida” es la guerra de mañana. Una guerra sin fin que se deapliega en multitud de espacios estratégicos. Estados Unidos lleva la iniciativa en todos: en el ciberespacio, en los mercados de deuda, en el control de la alimentación (financiarización de la agricultura, transgénicos), en el Internet, en la producción de “narrativas” (storytelling). Sin olvidar los tradicionales recursos de la “guerra caliente” (bombardeos e invasiones democratizadoras).

Estados Unidos es el gestor y el garante de la globalización. Las culturas arraigadas y los Estados-nación son conminados a “abrirse”, deshomogeneizarse, mezclarse y diluirse en la nueva realidad de los “tiempos líquidos”. Frente a la “sociedad civil” (ONGs) y las Organizaciones Internacionales (investidas de ontológica superioridad moral), los Estados-nación son, por definición, siempre sospechosos (salvo los Estados Unidos en su papel de defensor del Bien). Consecuentemente la política – ese instrumento de los Estados para decidir por sí mismos y para sí mismos – debe ceder el paso a la gobernanza.

Surgida en el lenguaje americano de los negocios, la expresión “buena gobernanza” vehicula ese odio a la política y esa obsesión moralista que son consustanciales a la ideología norteamericana. La “buena gobernanza” implica la sustitución de la política por el management; la sumisión de los Estados a los requerimientos de las instituciones internacionales; la adopción, en último término, de los principios y valores difundidos por los centros de influencia americanos. El imperativo de “buena gobernanza” y la asunción de principios y valores made in USA – envueltos en la coartada de los “derechos humanos” – se configuran hoy como los peajes de acceso a la respetabilidad internacional. Más allá del mundo aseptizado de la gobernanza se encuentran los “Estados fallidos” (Failed States), los “Estados gamberros” (Rogue States) y las fuerzas del Mal.

Bajo el liderazgo americano, Occidente prosigue su secular misión civilizadora: globalizar a los Estados-nación que se le resisten – en Eurasia, en África, en Iberoamérica y en el mundo árabe – y convertirlos en tierra de “gobernanza”. Aunque haya primero que desguazarlos en el Imperio del Caos.


[1] Giorgio Locchi (Hans Jürgen-Nigra): Il etait une fois L’Amérique, en “Nouvelle École” 27-28, automne-hiver 1975; Constanzo Preve: La Quatrième Guerre Mondiale. Astrée 2013.

[2] Giorgio Locchi, Obra citada, pag. 84.

[3] Guillaume Faye, Le coup d’Etat Mondial. Essai sur le Nouvel Impérialime Américain. Éditions de L’Aencre 2004, pags. 9 y 10.

[4] Un ejemplo claro es el caso del “Partido Popular” español, cuyas terminales de pensamiento recurrieron al expediente de importar el discurso neocon – envuelto en un atlantismo servil – en un patético intento de remediar su anemia ideológica. El intento alcanzó su cénit en la fase “sincomplejista” de los gobiernos de José María Aznar. Una muestra más del desvalimiento intelectual de la derecha española (otros hallazgos filosóficos de la época fueron: la importación del “patriotismo constitucional” de Habermas, o el “descubrimiento” de Manuel Azaña como precursor intelectual del centro-derecha).

[5] Entre las figuras más conocidas de la órbita neocon destacan, en el ámbito intelectual: Irving Kristol, Norman Podhorez, Donald Kagan, Seymour Martin Lipset, Francis Fukuyama, Allan Bloom, Harry Jaffa, Harvey Mansfield, William Kristol, Robert Kagan. Entre los políticos: Dick Cheney (Vicepresidente con George Bush), Donald Rumsfeld (Secretario de Defensa de George Bush), Paul Wolfowitz (Secretario de Defensa Adjunto con Dick Cheney), Richard Perle (Asesor del Pentágono), Paul Bremmer (Gobernador de Irak tras la invasión), Victoria Nuland (Vicesecretaria de Estado con Obama, impulsora del golpe de Estado en Ucrania 2014).

[6] Paul Edward Gottfried: Leo Strauss and the Conservative Movement in America, a Critical Appraisal. Cambridge University Press 2012, pgas 3-4.

[7] Shadia B. Drury: Leo Strauss and the American Right (St. Martin Press 1999), y The political ideas of Leo Straus (Palgrave Macmillan 2005). Estas obras son de referencia para un análisis de Leo Strauss desde una óptica de izquierdas.

[8] Allan Bloom, The closing of American Mind.
Sobre la “reivindicación” de los filósofos clásicos por Leo Strauss, señala el profesor P. E. Gottfried: “Hay algo extraño en esta contradicción que consiste en preferir a los Antiguos frente a la Ilustración, al tiempo que que se hace un llamamiento al culto masivo de un proyecto ilustrado. Pero esta contradicción tiene varias explicaciones. En primer lugar, la interpretación straussiana de los “Antiguos” no es tan “antimoderna” como se considera. La hermenéutica racionalista y a la posibilidad de las lecturas esotéricas de textos – defendida por el sistema straussiano – permitía a Strauss a tratar a autores muertos hace siglos como a filósofos contemporáneos”. Paul Edward Gottfried, Leo Strauss and the Conservative Movement in America. A Critical Appraisal. Cambridge University Press 2012, pag. 128.

[9] Francisco José Fernández-Cruz Sequera, Ayn Rand y Leo Strauss, el capitalismo, sus tiranos y sus dioses. Editorial Eas 2015, pag. 112.

[10] La “escuela realista” norteamericana de política exterior entroncaba con la tradición conservadora europa en la línea de Edmund Burke. Su máximo exponente, Hans Morgenthau, alertaba a los americanos contra la maldición de “intentar extender al mundo entero la bendición de su propio sistema político”, porque “ninguna nación, por muy virtuosa y fuerte que sea, podrá tener jamás la misión de formar el mundo a su imagen y semejanza”. Paul Gottfried, Les deux écoles de la politique extérieure américaine: “Straussiens” et “Réalistes”. http://be.altermedia.info

[11] Muy significativamente, en el contexto de las elecciones presidenciales de 2016, todas las principales figuras neocon han repudiado a Donald Trump y expresado su preferencia por Hillary Clinton.

[12] Robert D. Kaplan, Warrior politics. Why Leadership Demands a Pagan Ethos. Random House 2002.

[13] Guillaume Faye, Le coup d’Etat Mondial. Essai sur le Nouvel Impérialime Américain. Éditions de L’Aencre 2004, pags. 9 y 10.

[14] Hervé Juvin, Le mur de L’Ouest n’est pas tombé. Pierre Guillaume de Roux 2015, pag. 41.

[15] Pepe Escobar, Globalistan. How the Globalized World is dissolving into liquid war. Nimble Books LLC. Kindle Edition.

[16] ¿Con qué consecuencias? “Desde su visión de confrontación– señala el profesor Augusto Zamora R. –Estados Unidos sateliza a Europa y la lleva a crear una cortina de hierro militar en torno a Rusia. Aunque ya no existe la URSS, la OTAN sigue expandiéndose y, con ello, arriesga provocar una nueva guerra, que puede ser termonuclear. Esos viejos reflejos condicionados de políticas imperialistas llevaron a Europa, entre 1999 y 2011, a una serie de guerras de agresión tardoimperialistas, que destruyeron regiones enteras y hoy son causa de la tragedia de los refugiados y la expansión del terrorismo islamista. destruyeron regiones enteras y hoy son causa de la tragedia de los refugiados y la expansión del terrorismo islamista”. (Augusto Zamora R: Algo más que vieja y nueva política. El Mundo, 23 de junio 2016).

Fuente: El Manifiesto.

Cómo se puede ser antiamericano (I)

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6 Responses to “Cómo se puede ser antiamericano (III)”

  1. Excepcional serie de artículos. Gracias.

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