El mundo tiene necesidad de un nuevo patriotismo

MAILER MATTIÉpor Mailer Mattié – Instituto Simone Weil/CEPRID – “El Estado es una cosa fría que no puede ser amada, pero mata y destruye todo lo que podría serlo; así obliga a amarlo, a falta de otra cosa. Tal es el suplicio moral de nuestros contemporáneos”. Simone Weil (Echar raíces, 1943)

I

Es vital para los seres humanos participar activamente en una colectividad que proporcione raíces; es decir, que asegure vínculos con el pasado y posibilidades comunes de futuro: un criterio de verdad que le permitió a Simone Weil diseccionar la sociedad moderna e inspirar su porvenir.

La colectividad como fuente de arraigo, sin embargo, ha sido sustituida en todas partes, no existe; en su lugar, la vida transcurre en un ámbito donde prosperan todos los instrumentos que fomentan el desarraigo. En primer término –como observó Weil-, el trabajo asalariado que subordina por completo la posición social de las personas al dinero, convertido prácticamente en el único incentivo de las actividades humanas.

En general, la economía constituye un múltiple y eficaz factor de desarraigo que promueve continuamente guerras y expolios territoriales; el dominio del sector financiero, además, impone el endeudamiento público y privado que causa pobreza y migraciones masivas, como ha sucedido en América Latina y África o recientemente en Portugal, España, Irlanda, Italia y Grecia. Un escenario en el que interviene, asimismo, el execrable mercado en torno al narcotráfico, incluyendo la expansión de los cultivos ilegales, origen de violencia sobre todo en áreas rurales y campesinas azotadas por el latifundio y la propiedad privada de la tierra.

La educación es también, por otra parte, una práctica que desarraiga; es decir, la instrucción pragmática -producto de la separación entre cultura y tradición que se produjo durante el Renacimiento europeo-, carente de contacto con el universo, inerte a la verdad, vulgarizada y orientada hacia la especialización y la técnica: los motivos por los cuales –en palabras de Weil-, hoy día, una persona aparentemente culta es al mismo tiempo un individuo indiferente por completo al destino de la humanidad.

A su juicio, en realidad, se trata de la enfermedad social más peligrosa de nuestra época, sobre todo porque el desarraigo se multiplica constantemente a sí mismo; una persona desarraigada, en efecto, se comporta solo de dos maneras probables: cae en un estado de letargo y parálisis o desarraiga, de forma agresiva, a quienes lo están en menor grado. Conductas complementarias, sin duda, pues la pasividad deja el campo libre a la violencia.

Quien está desarraigado –concluyó-, desarraiga; quien está arraigado no desarraiga.

II

Para comprender la verdadera dimensión de esta enfermedad, sin embargo, Weil consideró imprescindible precisar la magnitud del desarraigo geográfico; es decir, el de las colectividades respecto al territorio: aldeas, caseríos, comarcas, pueblos o regiones, cuyo valor convivencial prácticamente ha desaparecido. Desentrañar, en suma, el significado real de la pérdida de aquellos medios vitales que garantizaban a sus miembros la continuidad del orden temporal –el lazo entre el pasado y el porvenir-, más allá del límite de la propia existencia individual: en su consideración, “el bien más precioso del ser humano”.

Una perspectiva, por lo demás, que afirma la intensidad de la vocación ancestral del pensamiento weileano.

Sabemos, ciertamente, que en diversas Comunidades Originarias donde todavía se conserva vivo el conocimiento antiguo, los antepasados y los aún no nacidos están presentes -simbólica y firmemente- en todos los aspectos del sistema social; en el mundo moderno, al contrario, ninguna organización, grande o pequeña, dispone de pautas que impidan la ruptura de la continuidad temporal -inclusive la familia, como observó Weil, desempeña cada vez menos la labor de mantener los lazos inter generacionales-.

En la civilización contemporánea, de hecho, todas las formas de colectividad han sido reemplazadas por la nación; es decir, por el conjunto de poblaciones y territorios que reconocen la autoridad de un mismo Estado. La nación que es el Estado constituye, entonces, la única colectividad disponible, puesto que las unidades geográficas más pequeñas han dejado de contar o fueron destruidas: todo lo relacionado con el orden temporal, por tanto, concierne al ámbito estatal, se ha desnaturalizado.

En consecuencia, el futuro se concibe simplemente como el reverso de la tradición y el pasado remite tan solo al orgullo nacional, a la falsa grandeza de sucesos históricos depurados de sus errores e injusticias, aun cuando, en la mayoría de los casos, fueron germen de desarraigo dentro y fuera de las fronteras de la nación.

III

Bajo el peso de los acontecimientos en suelo francés durante la Segunda Guerra Mundial, Weil advirtió que la descomposición vertiginosa de la nación aturdía, impidiendo la reflexión sobre su función como la única colectividad existente en el mundo moderno –una dificultad que persiste, por lo demás, también cuando el Estado se fortalece tenazmente en todas partes-.

Planteó, entonces, la necesidad urgente de pensar la noción de patria; no pensarla de nuevo –afirmó-, sino por primera vez: algo que -a su juicio-, además, revelaba el auténtico lugar que ocupaban la verdad y el pensamiento en la vida social contemporánea. Una tarea, pues, dirigida a recuperar el significado legítimo de la colectividad, en referencia a su función primordial sobre la relación de los seres humanos con el pasado y con el futuro.

Consideró, en consecuencia, el imperativo de proporcionar equilibrio a dicho concepto, en oposición a la definición de carácter absoluto asociada al Estado como la única realidad que puede exigir fidelidad y sacrificio a las personas. Advertir, por tanto, que aquello que confundimos con la patria es también el ejército, la policía y el poder; es decir, precisar el evidente absurdo que conduce al ejercicio de una doble moral que incluye la lealtad a eso que se supone es la patria, aunque al mismo tiempo fomente la injusticia y la opresión: disipar, en fin, la confusión de nuestros pensamientos y nuestros sentimientos para conseguir vislumbrar una relación real entre la patria y el bien.

Asignar a la patria el ámbito que verdaderamente le corresponde implicaría, pues, definir y determinar claramente sus límites: una población y un territorio unidos por acontecimientos históricos y anhelos comunes, donde se mezclan el bien y el mal, lo justo y lo injusto; en expresión de Weil: una realidad vital que debe ser preservada, esencialmente por el grado de bien y de justicia que contiene.

Podríamos identificar así un gran número de medios portadores de vida, grandes y pequeños, con una o varias lenguas compartidas –desde aldeas a regiones-, donde la lealtad implicaría la obligación del sacrificio ante las amenazas y el peligro de destrucción. La patria –escribió-, si se define sin el menor asomo de mentira y suprimiendo la falsa grandeza, aparece, sin más, como algo auténticamente bello, aunque imperfecto, frágil y expuesto a la desgracia, que reclama el deber de amarla y preservarla.

Una noción que evoca de nuevo, sin duda, antiguos legados de la humanidad. En la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia, por ejemplo, el territorio ancestral de la comunidad wiwa -su medio vital- está demarcado por la llamada Línea Negra, una frontera imaginaria formada por la conexión entre distintos lugares sagrados, sitios simbólicos denominados también Madres que representan todos los aspectos de la vida: Jimain señala el punto donde se encuentran la Ley de origen –los principios que rigen la vida individual y social- y el pensamiento; Ayu kawaka, donde se realizan las ofrendas a la planta sagradaAyu (coca); Ugeka, donde se efectúan pagamentos a la divinidad para evitar la guerra; existen también los lugares donde nacen las enfermedades, donde se previenen y donde se curan. Así define su patria el pueblo wiwa.

IV

La confusión de ideas sobre la patria, claro está, encauza el sentimiento del patriotismo hacia aquello que usurpa su lugar; una cuestión, por lo demás, sin precedentes en la historia de la humanidad.

El patriotismo –como señaló Weil- fue siempre, en efecto, algo impreciso que aparecía y desaparecía según el peligro y las amenazas al medio vital o la fidelidad, el amor y la adhesión hacia una comunidad, los señores o los reyes; se manifestaba, sobre todo, como la obligación hacia el “bien público”, una expresión que hacía referencia, indistintamente, a la aldea, la ciudad, la provincia, la cristiandad o el propio género humano.

En contraposición, Weil calificó el patriotismo contemporáneo como una virtud pagana, herencia del Imperio romano y de su idolatría hacia sí mismo; es decir, primordialmente bajeza y orgullo, puesto que la humildad era considerada de mala ley, análoga al comportamiento de los esclavos cuando adulaban o mentían para evitar el castigo. Un legado que la modernidad recibió precisamente también a través del Renacimiento europeo, que -en su criterio- reflejó primero cierta resurrección del espíritu griego y finalmente la imposición del antiguo espíritu romano.

Weil sostuvo, asimismo, que la representación del Estado como objeto de fidelidad había surgido en Francia en tiempos del Cardenal Richelieu (1585-1642), consolidándose definitivamente en 1789 cuando el sentimiento patriótico se encauzó íntegramente hacia aquél; una devoción –afirmó- que desarraigó a Francia, al quedar suprimidos todos los demás nexos que habían guiado la lealtad de la población en el pasado. La soberanía de la nación se tradujo, así, en soberanía del Estado como objeto de idolatría: “una idolatría sin amor –escribió en 1943- ¿qué puede haber más monstruoso y más triste?”.

Los errores y las contradicciones que surgen a partir de la confusión del pensamiento en torno a la idea de patria, sin embargo, continúan multiplicándose constantemente en el mundo actual; la propagación de los nacionalismos es una muestra, cuyos propósitos culminan, en general, únicamente en la sustitución de una autoridad del Estado por otra.

En Venezuela, por ejemplo, el régimen instaurado por Hugo Chávez en 1999 impulsó un giro en la definición del sentimiento patriótico, con la aprobación de intelectuales y movimientos políticos de izquierda a nivel internacional. En el país suramericano, durante el siglo XX, obró un nacionalismo de inspiración marxista, dirigido a desafiar la complicidad estatal con las compañías petroleras extranjeras que intervenían en los asuntos nacionales; un patriotismo, de hecho, que tuvo ocasión de pronunciarse en varias revueltas civiles y militares, cuya principal aspiración era construir un modelo de Estado que garantizara la soberanía sobre la gestión de la riqueza petrolera; no obstante, la nacionalización de la industria de los hidrocarburos en 1976 suprimió, en la práctica, dicho objetivo.

La llamada “revolución bolivariana”, en consecuencia, emprendió resueltamente la tarea de dirigir la fidelidad y la lealtad de la población enteramente hacia el Estado, apoyándose en el Ejército y con el respaldo de las nuevas élites provenientes del extinto nacionalismo anterior. La adscripción incondicional a la ideología del régimen político –reverenciado, sin fundamento alguno, como moralmente superior a otros- y su defensa contra los enemigos -reales o imaginarios-, se convirtieron, entonces, en los principios básicos del nuevo fervor patriótico que implicaba, además, tolerancia sin límites frente a la injusticia, la mentira, los errores y el crimen.

La creación del Estado Plurinacional en Ecuador y en Bolivia, por su parte, ilustra, sin duda, también otra variedad de la misma equivocación. En efecto, resulta improbable suponer que pueda llegar a constituir una auténtica patria -una realidad vital- para los Pueblos Originarios, mientras destruye el pasado y se apropia de los anhelos de las comunidades a las que pretende representar.

V

Igual que Francia forjó el patriotismo moderno en el siglo XVIII, Weil examinó la urgencia de emprender un nuevo esfuerzo de invención que contemplara, en tiempos de paz, el ejercicio de la virtud de una humildad de buena ley; la búsqueda de la igualdad entre el bien, la justicia y el medio vital: algo totalmente desconocido, cuya posibilidad no ha sido abordada nunca.

Evaluó, en suma, la necesidad que tiene el mundo de un nuevo patriotismo basado en un criterio de verdad; diferente –afirmó- al que hace correr la sangre, al que separa, destruye y desarraiga. El espíritu de un nuevo sentimiento de fidelidad –un amor a la patria- limitado a nuestro medio vital, con su bien y sus imperfecciones.

Consideró natural, por ejemplo, que lugares como Bretaña, Gales e Irlanda integrasen una misma realidad vital, una misma patria; igual como sucede con otras regiones del planeta, en el Caribe, en los Andes, en el Mediterráneo, en la Amazonía, en el Pacífico: una innovación social y política para vencer el desarraigo, incentivar la circulación de las ideas, la multiplicación de contactos y el diálogo, fuera del marco de acción de los Estados nacionales.

Nos hallamos, así, ante el gran desafío de construir auténticas colectividades que ofrezcan el más alto nivel posible de arraigo en el mundo y en el universo; una tarea que debe encontrar inspiración en la verdad del pasado, valorando el escaso legado que aún queda para asimilarlo y recrearlo en nuevas formas de convivencia social a nivel local y regional.

Hemos nacido cerca del mar, de la montaña, de la estepa, del desierto, del llano, de la sabana, de la pampa o de la selva; no obstante, es imprescindible disipar, en cualquier caso, el mayor o menor absurdo orgullo que da siempre un matiz de hostilidad al sentimiento que nos suscita nuestra tierra, sustituyéndolo definitivamente por una humildad de calidad. En realidad –como advirtió Natalia Ginzburg en 1975-, es un error pretender hallar motivos de orgullo -o de humillación- en nuestro propio origen o en nuestra condición humana: “Todo esto parece obvio –precisó-, pero en el mundo actual se han llenado las calles de riadas de orgullo y de humillación”.

* Mailer Mattié es economista y escritora. Este artículo es una colaboración para el Instituto Simone Weil de Valle de Bravo en México y el CEPRID de Madrid.

Su último libro, escrito junto a Sylvia María Valls, es “Las necesidades terrenales del cuerpo y del alma. Inspiración práctica de la vida social”, editado por La Caída con la colaboración del CEPRID.

Fuente: CEPRID

Disponible en librerías y en libros.lacaida@gmail.com y ceprid@nodo50.org

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