Tribulaciones del carlismo en torno a su reintegración

GUDAMENDIpor Manuel Fernández Espinosa – El carlismo es la más veterana de las organizaciones políticas españolas. Con casi dos siglos de Historia, desde 1833 en que levantó la cabeza hasta hoy y, a pesar de todas las vicisitudes por las que ha pasado España, todavía perdura. Le vamos a llamar “carlismo”, pues como fenómeno político histórico es como todos sabremos de lo que estamos hablando, pero también queremos dejar claro que algunos prefieren llamarle tradicionalismo español. En torno a él sus enemigos han ido creando una serie de errores para desfigurarlo e impedir su mejor comprensión. Vamos a presentar y comentar sucintamente tres de los errores más pertinaces que se repiten hasta el hartazgo sobre el carlismo, pues con ello podremos despejar un poco todo lo que embarulla un tanto nuestro asunto y de ese modo saber mejor lo que es el carlismo. Para ello vamos a enunciar esos tres errores, negándolos uno por uno.

El carlismo no fue una simple cuestión dinástica, sino que fue una cuestión política por debajo y por encima del conflicto sucesorio

Debido al conflicto sucesorio que dio lugar a la emergencia del carlismo, se supone vulgarmente que el carlismo no era más que una cuestión dinástica. Craso error que indica una notable ramplonería, en tanto que desatiende el meollo del asunto.

Es inconcebible que el carlismo haya llegado al siglo XXI por obra y gracia de una pugna dinástica de la primera mitad del siglo XIX. Si fuese un pleito sucesorio no hubiera sobrevivido a los personajes históricos que lo protagonizaron con sus camarillas. Es cierto que, claro está, la pretensión de Carlos María Isidro de Borbón a suceder en el Trono tras la muerte de su hermano Fernando VII fue el pretexto que polarizó a los españoles en dos bandos, dando lugar a la Primera Guerra Carlista (Guerra de los Siete Años).

La cuestión, antes de estallar la conflagración era en un principio un problema jurídico. Hasta la llegada de los Borbones a España, la sucesión al Trono se regía por la Partida Segunda, Ley II, título XV, por la cual podían ser coronados lo mismo los varones que, en su defecto, las hembras de la misma rama familiar. Felipe V alteró ese orden de sucesión en 1713 con el “auto acordado”, implantando una ley semi-sálica. En 1789, con Carlos IV, se revoca el “auto acordado” de 1713, restableciendo el orden tradicional hispánico que permitía a las mujeres ser reinas de España, pero la llamada Pragmática Sanción no se publicó. En 1830 estaba vigente, por lo tanto, la ley semisálica de Felipe V, pero una vez que se conoce que la cuarta mujer de Fernando VII, María Cristina de Borbón está encinta, Fernando VII publica, el 29 de marzo de 1830, la Pragmática Sanción, lo que supuso una jugada a través de la cual el rey felón se anticipa a cualquier movimiento de su hermano Carlos María Isidro y sus partidarios, garantizando así el Trono a su descendiente, naciera ésta niña o niño. Carlos María Isidro de Borbón no se quejó de ello en ese momento. En 1832, la salud de Fernando VII se agrava y se acuerda conceder a María Cristina la regencia que firma su cónyuge. D. Carlos María Isidro se entrevista con el ministro Alcudia y empiezan a pensar que es necesario impugnar la Pragmática Sanción, restableciendo la ley semi-sálica que le asegure suceder a su hermano Fernando. Y se consigue, pues Alcudia logra que Fernando VII firme la derogación de la Pragmática Sanción, mediante el real decreto llamado “El Codicilio”, restableciéndose la ley semi-sálica que afianza a Carlos María Isidro como sucesor de Fernando VII, a la vez que obturaba a Isabel el paso al Trono. La infanta Luisa Carlota, de reconocidas simpatías liberales, lograba semanas después que Fernando VII derogara “El Codicilio”, restableciendo otra vez los derechos al Trono para la niña Isabel. Esto significaba que nuevamente, en virtud de la Pragmática Sanción, se le impedía a Carlos María Isidro ser rey de España.

Durante el año 1833 los partidarios de Carlos María Isidro se agitan, se van organizando, lanzan proclamas y se va creando el carlismo. No se trataba de una facción palaciega: en Carlos María Isidro los más adictos al absolutismo depositaban sus esperanzas para librar a España del peligro que veían planear sobre ella: el retorno de los odiados liberales. Carlos María Isidro era Jefe del Ejército Español, pero también era el mando supremo de un ejército contrarrevolucionario que se había organizado tras el Trienio Negro Liberal, en el año 1823: el de los Voluntarios Realistas. Los Voluntarios Realistas formaban toda una organización paramilitar establecida en todos los pueblos de España, formada por hombres de todas las clases sociales (incluso había gitanos), padres de familia de reconocida y probada devoción al Rey. Esta organización llevaba diez años persiguiendo a los agitadores y propagandistas revolucionarios que, a través de sus sociedades secretas (masonería, carbonarios, etcétera) seguían actuando en la clandestinidad, conspirando con ayuda extranjera, sobre todo británica. Una de las medidas cautelares adoptadas por la camarilla de María Cristina fue desactivar a los Voluntarios Realistas, como nos revela Juan Antonio Zariategui: “no se atrevió [María Cristina] a adoptar medidas rigurosas para combatir el sentido moral de los voluntarios realistas, y menos a manifestarse abiertamente hostil a las grandes masas, pero comenzó a desarmar subrepticia y parcialmente aquellos cuerpos en los lugares retirados y de corto vecindario”.

El problema, como podemos ver, no era sólo una compleja cuestión jurídica, sino que sobre ella se montaba un problema político más simple (y, a la vez, más perenne): contrarrevolución tradicional contra revolución liberal. No se trataba de un bando que porfiaba en que no reinara una mujer, sino que lo que estaba en juego era, tal y como temían los partidarios de Carlos María Isidro, que tras la muerte de Fernando VII, su viuda María Cristina y su hija Isabel cayeran bajo el poder de camarillas liberales. Y lamentablemente los pronósticos de los afectos a Carlos María Isidro se cumplieron, pues, a la postre, eso fue lo que ocurrió: que María Cristina e Isabel quedaron a merced de los liberales que se auparon en el poder y, sirviéndose del pretexto de defender a una viuda y a una niña, lo que realizaron fue una revolución (modernización en el peor de sus sentidos) desde las instituciones.

En el partido de Carlos María Isidro se congregaban, desde el punto de vista ideológico, dos familias: la de los “apostólicos” (“absolutistas puros”, también llamados “realistas exaltados”) y la de los “absolutistas moderados” que, a su vez podían distinguirse entre ellos: los “teóricos” y los “transaccionistas militares”. Sociológicamente, entre los “apostólicos” predominaban los clericales que abogaban por la restauración de la Santa Inquisición, mientras en el sector de los “absolutistas moderados” había miembros de la alta nobleza, grandes terratenientes y oficiales con una larga experiencia militar que podía remontarse a la Guerra de la Independencia; muchos de ellos también habían tenido ocasión de combatir a la revolución durante el Trienio Constitucional de 1820-1823 formando en partidas guerrilleras y acompañando a los Cien Mil Hijos de San Luis.

El carlismo no fue un fenómeno restringido a ciertas zonas septentrionales de España, sino que fue un fenómeno que afectó a la totalidad de España

Otra de las mentiras que se han impuesto sobre el carlismo es presentarlo como un fenómeno arrinconado en las Provincias Vascongadas, Navarra, Cataluña y comarcas muy concretas de Valencia. De ese modo se distorsiona la realidad histórica, haciendo creer que el territorio bajo control cristino-isabelino-liberal era afecto sin fisuras a María Cristina, a Isabel y a sus gobiernos liberales. Se ha fabricado así el mito de una España constitucionalista y progresista que, a excepción del territorio en que rampaban los carlistas, defendía a Isabel unánimemente y, con esa militancia virtual se hace creer que la mayor parte de los españoles eran en masa partidarios de los gobiernos liberales en su faceta morigerada (moderados) o más radical (progresistas). Desde las Cortes de Cádiz y su Constitución de 1812, la minoría liberal (apadrinada por Gran Bretaña) había creado una fractura en la sociedad española. Así lo patentiza “El Manifiesto de los Persas” presentado a Fernando VII en 1814 a su retorno: la inmensa mayoría de españoles rechazaba las innovaciones constitucionalistas que habían ensayado los liberales y su claque. Por eso, en 1823, las tropas del Duque de Angulema que vinieron a derrocar al gobierno golpista instaurado en 1820 por Rafael del Riego y sus compinches, no encontraron apenas resistencia, sino que los pueblos aprovechaban para alzarse contra sus ayuntamientos constitucionales, destruyendo las lápidas constitucionales y tomándose la revancha por tres años de opresión. No faltaron partidas de guerrilleros realistas durante todo el Trienio Liberal en toda España. El fenómeno del carlismo no puede entenderse como algo reducido a las regiones norteñas más arriba mencionadas: todo el territorio nacional era campo carlista abonado con décadas de antelación, pues -como llevamos dicho- el conflicto no sólo era de índole jurídica, sino que entrojaba una cuestión política que ahondaba en la división producida en la sociedad española desde la Guerra de la Independencia, con las Cortes de Cádiz y el enfrentamiento durante décadas de una inmensa mayoría del pueblo contra una minoría elitista que pugnaba por imponer innovaciones modernas, destruyendo el tejido orgánico de la comunidad y sus venerables tradiciones.

Es cierto que, con el inicio de la Guerra de los Siete Años, los leales a Carlos María Isidro, por razones geográficas y militares, se concentrarán en ciertas zonas vasconas, catalanas y valencianas y en estas tierras el conflicto se recrudecería, suponiendo un altísimo coste en vidas y haciendas para las poblaciones autóctonas de esos territorios, los más afectados. En ese sentido fue un acierto político que hay que atribuir a Valentín Verástegui que muy pronto, nada más iniciada la guerra, el carlismo alzara la bandera del foralismo, expresando en una proclama que: “han abolido nuestros fueros y libertades”, lo cual movilizó a los vascos y navarros. Carlos María Isidro refrendaría el foralismo de sus bases sociales en marzo de 1834, con el “Manifiesto a los aragoneses” y esta tendencia foralista fue también la que allegó a las filas carlistas a los aragoneses y a otros pueblos españoles. El Trilema carlista originario que había sido el de “Dios, Patria y Rey” se convertía así en Cuatrilema: “Dios, Patria, Fueros y Rey”.

No obstante, la presión gubernamental, sus superiores recursos, el auxilio que recibió de Inglaterra y Francia, condujo al carlismo armado y sublevado al aislamiento territorial; confinado a esas zonas, algunos mandos carlistas concibieron como panacea de su situación de bloqueo la toma de Bilbao, en la creencia de que tomando la plaza, el carlismo podría recibir mayores socorros exteriores, municionándose y abasteciéndose a través del puerto bilbaíno; en la tercera guerra carlista volvería a reeditarse un segundo y tremendo Sitio de Bilbao (que Unamuno recrearía magistralmente en su novela “Paz en la guerra”). Esa figurada insularidad del carlismo también empujó a algunos dirigentes carlistas a adentrarse en territorio dominado por el gobierno cristino: así las cuatro expediciones de Basilio García (1834, 1835, 1836 y 1837-1838), la de Guergué en 1835, la Expedición Gómez (1836), la de Zariategui (1837), la Expedición Real (1837) y la de Negri (1839).

En ese sentido la Expedición Gómez fue paradigmática. Enviada a Galicia, recorriendo la cornisa cantábrica, con el propósito de sublevar al norte, el andaluz General Miguel Sancho Gómez Damas emprenderá una incursión que recorrerá, de norte a sur y de sur a norte, toda España. Mucho después, en el exilio bordelés, Gómez escribirá estas palabras: “Muy lisonjero es sin duda oír que se atribuye este fenómeno a mi capacidad militar; pero no me ciega el amor propio hasta el punto de no conocer que esta explicación es una nueva red tendida por el liberalismo. Quisiera ésta dar una idea falsa de la verdadera conclusión de la historia de mi correría, la cual debe parecer, en efecto, una novela o una especie de milagro para todos los que intenten explicarla por las simples reglas de la estrategia. No, no es mi habilidad, ni tampoco a la inacción ni a la ignorancia de los generales enemigos, a quienes debe atribuirse la felicidad de mis marchas, sino principalmente a aquella benevolencia oficiosa, que adivina las necesidades de un amigo, y vuela para socorrerle…”.

Y Gómez aclara, más abajo de este párrafo que reproduzco, que los pueblos sometidos por el despotismo liberal se alzaban en armas cuando tenían noticia de la proximidad de las tropas que él lideraba, lo mejor de España hubiera secundado a la Causa, pero Gómez era consciente de que, perseguido por tropas superiores y mejor pertrechadas que las suyas, no podía detenerse ni hacerse fuerte en ningún sitio, por lo que recomendaba a esos españoles que en los pueblos se querían adherir a él que reconsideraran su intención y quedasen en la vivienda tranquila, para evitar que estas poblaciones fuesen represaliadas por las tropas gubernamentales, pues, como él mismo escribió: “…yo sabía muy bien que al cabo de algunas horas, el enemigo hubiera correspondido a ellas con el incendio y la muerte”. Lo que da la idea de que, aunque en toda España el carlismo gozaba de simpatías, enjambrar España con el sagrado fuego de la sublevación se mostró como “un quiero y no puedo”, debido al férreo control de los resortes gubernamentales de la España oficial y, digámoslo también, con medidas drásticas e inhumanas de represión liberal: baste recordar el fusilamiento de la madre de Ramón Cabrera.

Cae así el mito de que el carlismo fue un fenómeno restringido a determinadas zonas septentrionales. Y esto no fue solo cosa de la Primera Guerra Carlista, se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. La España que quedó bajo dominio liberal no se levantó en armas, pero el carlismo se mantuvo en latencia. El testimonio del General Gómez es elocuente: las ciudades tomadas por los carlistas, aunque fuera por unos días, no solo contribuían por la fuerza de las armas al socorro de las tropas conquistadoras, sino que gran parte del vecindario se creía liberada, muchos se incorporaban a las mesnadas carlistas y otros se señalaban públicamente -a veces con graves consecuencias posteriores, como las que cuenta aquel posadero cordobés a George Borrow: “Cierto que mi hijo mayor era fraile, y cuando la supresión de los conventos se refugió en las filas realistas, y en ellas ha estado peleando más de tres años. ¿Podía yo evitarlo?” –le confesaba el posadero cordobés al viajero inglés, y seguía diciéndole: “Tampoco tengo yo la culpa de que mi segundo hijo se alistara con Gómez y los realistas cuando entraron en Córdoba”. En la España cristina abundaron las palizas, las revanchas y los atentados contra las familias reputadas de carlistas, la confiscación de bienes: este terror era impuesto por los más acérrimos liberales que estaban encuadrados en la Milicia Nacional.

Aunque sofocado por el terror gubernamental en la mayor parte del territorio nacional, el carlismo permaneció oculto en la España isabelina. Y uno de los instrumentos más aptos que tuvo el carlismo fue su periódico “La Esperanza” que, desde 1844 a 1874, era recibido en hogares de toda España, del que se decía que: “En los pueblos se lee el periódico en familia, y en las discusiones orales, La Esperanza decide de plano la controversia: “Lo dice la Esperanza”.” Esta cabecera carlista de gran prestigio mantuvo unidos en comunión a los carlistas del interior y a los del exterior que vivían en el exilio. Contaba con suscriptores en toda España y en las ciudades extranjeras en que se habían asentado las colonias de carlistas exiliados tras el Convenio de Vergara. Es muy recomendable, para ello, el libro de Esperanza Carpizo Bergareche: “La Esperanza carlista (1844-1874)”.

La imagen de una España mayoritariamente partidaria del constitucionalismo y amenazada por una minoría reaccionaria, católica, inquisitorial, monárquico-absolutista, lastrada por un oscurantismo primitivo, es una engañifa más de las que se han construido en nuestra historiografía nacional y, con afán digno de mejor causa, en el decurso de la transición democrática reciente. Podemos decir que más bien era todo lo contrario: fue una minoría elitista y extranjerizada -la liberal- la que impuso mediante su poder brutal la revolución burguesa en un país refractario a novedades. La historia del liberalismo español que se ha oficializado se muestra como una colosal patraña a la luz de las carnicerías perpetradas por los generales liberales; recuérdese el inhumano fusilamiento de la madre de Ramón Cabrera –vuelvo a repetir-, pero no se olvide tampoco la represión ejecutada por Espoz y Mina (en 1823) de los pueblos catalanes de Castellfullit de la Roca y Sant Llorenç de Morunys en Lérida, cuando el tirano liberal podía escribir: “Orden general. La cuarta división del ejército de operaciones del séptimo distrito militar borrará del gran mapa de las Españas al nombrado y por índole faccioso y rebelde pueblo de San Llorens de Morunis (alias Piteus), a cuyo fin será saqueado y entregado a las llamas”.

El carlismo no fue un fenómeno limitado a unas élites tradicionales (clero aristocracia…), sino que fue un fenómeno transversal sociológicamente

Otra de las engañifas que han prevalecido es la que presenta el carlismo como reducto de las minorías poderosas, mientras que sus adversarios eran -según se nos pinta- los representantes de las libertades y del espíritu popular. Otra vez, el mito liberal se estrella contra los hechos históricos, mostrando su fraudulencia intelectual. El carlismo más temprano congregó, lo hemos dicho más arriba, a varias familias ideológicas. En ellas había, en efecto, una gran presencia clerical como era de esperar en tanto que el carlismo concentró a los sectores más tradicionales de la sociedad española. Los “apostólicos” fueron los más entusiastas partidarios del carlismo, pero también es cierto, como apunta Revuelta González, que “Aunque en el carlismo militaban representantes de todas las clases sociales, la colaboración de algunos sacerdotes y religiosos en el levantamiento fue inmediatamente resaltada como un escándalo abominable. Una campaña tan hábil como interesada extendió a través de la prensa en la opinión pública la idea de que lo mismo era ser fraile que carlista”.

Esta propaganda instigada por el gobierno liberal, así como el pretexto de los esfuerzos de guerra contra los “facciosos” carlistas, sirvió de excusa para asestar uno de los más grandes golpes a la Iglesia católica española con la exclaustración de religiosos y la Desamortización perpetrada por Álvarez Mendizábal, esta desamortización, como las posteriores, trajo consigo el enriquecimiento de la minoría burguesa y el consecuente deterioro de las condiciones económicas para gran parte del pueblo español. La persecución implacable de los religiosos alzó la cabeza temprano; en 1834 se cometió una tremenda matanza de frailes en Madrid ante la condescendencia de las autoridades, algo que se repetiría un siglo después con la II República Española: mientras los conventos eran asaltados, los religiosos asesinados y se incendiaban los cenobios, las autoridades liberales seguían pidiendo ciega obediencia y lealtad a los católicos. Es comprensible que la Iglesia, hostigada como no lo había sido desde la ocupación napoleónica, cerrara filas con el carlismo, como más tarde en el siglo XX se la vio adherirse en su gran parte al franquismo.

Pero el carlismo no solo eran curas y frailes exclaustrados: aquí ese icono que se repite hasta la saciedad del “cura trabucaire” (el Cura Merino en la I Guerra Carlista o el Cura Santa Cruz en la III Guerra Carlista). En el carlismo había una gran presencia de la nobleza más linajuda y provinciana que permanecía apegada a las tradiciones hispánicas, como había también militares profesionales que habían hecho su carrera en la Guerra de la Independencia y en los sucesivos conflictos que se habían suscitado en España: Zumalacárregui, Gómez Damas, etcétera.

Pero la extracción social de los carlistas no quedaba reducida a los estamentos privilegiados en el Antiguo Régimen. En Cataluña, en Vascongadas, en Navarra, en Valencia, en Castilla, en Galicia, en Asturias, en Extremadura, en Andalucía… En toda España, el grueso de los voluntarios carlistas eran hombres del llamado “estado llano”. Aunque eso sí, la mayoría de carlistas salió de la España profunda y rural. Por eso Unamuno, poco sospechoso de carlista, pudo escribir en “Paz en la guerra” que la guerra carlista fue “la querella entre la villa y el monte, la lucha entre el labrador y el mercader”, naciendo el carlismo “contra la gavilla de cínicos e infames especuladores, mercaderes impúdicos, tiranuelos del lugar, polizontes vendidos que, como sapos, se hinchaban en la inmunda laguna de la expropiación de los bienes de la iglesia [contra] los mismos que les prestaban dinero al 30 por ciento, los que les dejaron sin montes, sin dehesas, sin hornos y hasta sin fraguas: los que se hicieron ricos y burócratas”. El fenómeno del carlismo fue más popular de lo que el español desinformado por la historia oficialista puede imaginar.

Por si eso fuese poco, el incipiente proletariado -incluso tras haberse alineado con la I Internacional- tampoco permaneció ajeno al carlismo. Melchor Ferrer cuenta que: “Carlos VII recibió ciertas proposiciones de un Comité Republicano Universal, que estaba formado en su mayor parte por italianos y que radicaba en Londres”. Faltó poco para que la masa de obreros de la Internacional pasara con armas y bagajes a las filas de Carlos VII en la III Guerra Carlista. Según Joaquín Bolós Saderra, Alsina -uno de los fundadores de la Internacional en España- ofreció 6.000 obreros a la Causa carlista. Alsina estaba a favor de sumarse con sus obreros a los carlistas en la lucha por entronizar a Carlos VII, a condición de que el pretendiente se comprometiera a proteger a la clase obrera. Carlos VII aceptó. Por desgracia no pudo resolverse nada, cosa que Bolós atribuye a la acción de la masonería: “las logias se enteraron de tales maniobras y las hiceron fracasar”.

II

El carlismo agrupó, como hemos podido ver en la primera parte de este artículo, a sectores ideológicos y sociales muy disímiles. Reducirlo a cosa de curas y nobles es, otra vez, distorsionar la realidad histórica. Aunque no podemos detenernos en ello, consideremos también que una de las fuerzas de cohesión carlista más significativas fueron los líderes militares y guerrilleros que, haciendo gala de una fuerte y carismática personalidad, se convirtieron en caudillos de los contingentes carlistas: Zumalacárregui, Ramón Cabrera, el Cura Merino y tantos otros en la Primera Guerra Carlista, reunían en sí esas cualidades directivas que siempre han movilizado al pueblo hispano alrededor de figuras carismáticas. En la Tercera Guerra Carlista no faltan tampoco las personalidades carismáticas en el campo carlista: pongamos por caso el Cura Santa Cruz. Estas personalidades no tenían rivales entre los mandos del bando adversario, puesto que la popularidad y el espontáneo seguimiento que suscitaban en las muchedumbres populares no dependían tanto de la publicidad, sino que pudiéramos decir que su ejemplaridad removía estructuras del inconsciente colectivo; estas personalidades adquirieron proporciones legendarias entre sus contemporáneos, que los secundaban en condiciones que recuerdan la “devotio iberica”; y todavía, siglos después, brillan por sus virtudes guerreras.

El carlismo más reciente

Desde 1833 hasta 1900, la Historia de España se ve jalonada por tres guerras carlistas y dos intentos abortados. La Primera Guerra Carlista, la de los Siete Años; la Segunda (de 1846 a 1849) y la Tercera (de 1872 a 1876), a ellas habría que sumarle los intentos del llamado Complot de la Rápita, capitaneado por Jaime Ortega y Olleta, así como el Complot de Badalona con el que se abría el siglo XX.

Pero, aunque en 1900 todavía había círculos carlistas en casi toda España, el carlismo había empezado a experimentar cismas internos, la derrota de 1876 había infligido al carlismo orgánico un severo golpe: de ser un movimiento de masas comienza a desmembrarse. Los años de la restauración canovista implicarán la descomposición del carlismo: el posibilismo de algunos católicos monárquicos que momentáneamente estuvieron en convergencia con Carlos VII durante la Tercera Guerra Carlista, ensaya un acomodamiento al arco parlamentario con Unión Católica en los años que van de 1881 a 1884, bajo el liderazgo de Alejandro Pidal y Mon. En 1888, Ramón Nocedal crea el Partido Católico Nacional, escindiéndose del carlismo legitimista. Incluso no faltará algún cura carlista visionario (estoy hablando del Padre Corbató Chillida) que será capaz de crear algo así como un Partido Españolista, fuertemente inspirado en el integrismo más puro y con un elemento mesiánico inspirado en profecías y visiones místicas.

Por si fuese poco, las regiones que han sido bastiones irreductibles del carlismo decimonónico emprenden sus respectivas aventuras nacionalistas que, aunque bajo otras inspiraciones, atraerán a muchos antiguos carlistas que abandonarán sus posiciones originales (mucho se insiste en el carlismo de la familia Arana y no sin razón). El nacionalismo catalán, primero, y poco después el vasco, vampirizarán las bases sociales del carlismo en sus respectivas regiones. En las Provincias Vascongadas será especialmente traumática la abolición de sus fueros por Antonio Cánovas del Castillo y, como bien sabemos, la reacción contra la medida gubernamental de fuerte carácter centralista, será el nacionalismo de Sabino Arana. Algunos periodistas liberales de hogaño (Jiménez Losantos, César Vidal, p. ej.) reprochan al carlismo haberse convertido en la fuente del nacionalismo vasco, pero lo que pasó fue justamente lo contrario: la draconiana abolición de los fueros vascos arrojó a muchos vascos en brazos del nacionalismo recién inventado por Sabino Arana Goiri y el que más sufrió fue, precisamente, el carlismo que perdió su ascendiente sobre un sector social muy amplio: sólo para un liberal de hogaño, esa extraña aleación de integrismo y racismo que fue el nacionalismo originario de Arana podría ser confundido con el carlismo.

La fragmentación en el campo carlista no hará más que agravarse en el decurso de la primera mitad del siglo XX: Juan Vázquez de Mella, una de las indiscutibles potencias intelectuales del carlismo, se declarará germanófilo, lo que entrará en colisión con el criterio que pretendía marcar el pretendiente carlista Jaime de Borbón, que quiso imponer una línea aliadófila. El encontronazo acarreará que Vázquez de Mella funde en 1918 el Partido Católico Tradicionalista. En muchos otros focos carlistas la conversión de la base social derivará a piadosas agrupaciones católicas, como la Adoración Nocturna, e incluso muchos carlistas terminarán siendo absorbidos por el socialismo: recordemos como dato más que anecdótico que los marxistas españoles se llamaron y fueron conocidos en un principio no como “marxistas”, sino como “karlistas” (por Karl Marx) lo que a una población analfabeta se le proponía como señuelo para captarla; si el carlismo no hubiera gozado de tantas simpatías, los marxistas no se hubieran hecho llamar “karlistas”, podemos figurarnos que fomentaron el equívoco con toda la intencionalidad.

Sin embargo, por muchas que fuesen las querellas internas en el seno del carlismo, aunque éste hubiera perdido gran ascendiente sobre las masas, a éste lo vemos reaparecer en los años de la II República, cuando lo más sagrado para el carlismo se ve hostigado por el laicismo agresivo de la burguesía liberal y las izquierdas anticlericales. Incluso se postergarán las reclamaciones dinásticas para atender a lo más perentonrio (la defensa de la España tradicional), es así como veremos a carlistas colaborando con alfonsinos en Acción Española. Y esta cooperación intelectual encontrará su correlato en la formación del Requeté, brazo armado del carlismo que estará en perfecto estado de revista para emprender la reconquista de España cuando el 18 de Julio de 1936 el Ejército (y, no se olvide, con él la mitad de España que se resistía a morir) se alcen contra la II República controlada por el Frente Popular.

Durante la guerra, el Requeté escribirá gloriosas páginas de heroísmo, algunas de las cuales pueden leerse en el libro “Requetés. De las trincheras al olvido”, de Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga Ariznabarreta. El Decreto de Unificación de abril de 1937 por el cual se fusiona la Falange Española de las JONS con la Comunión Tradicionalista, formándose el híbrido de la FET de las JONS será un acierto práctico de Franco, no sin suscitarse legítimas resistencias lo mismo en las filas falangistas que en las carlistas, habida cuenta de que era una fusión poco menos que antinatural. La guerra fue ganada gracias al esfuerzo bélico de falangistas y carlistas, pero tras la victoria de Franco ninguna de ambas formaciones triunfó a la larga. El pragmatismo de Franco condenó a unos y otros a ser parte del decorado, sin que sus líneas políticas respectivas fuesen tomadas en cuenta por el autócrata. Los rudimentos ideológicos de Franco nunca habían comulgado con el carlismo y, con la derrota de las potencias del Eje, el falangismo (siempre asociado a los fascismos, por más diferencias que puedan señalarse) ya no le valía a Franco ante la opinión de los aliados vencedores, especialmente Estados Unidos de Norteamérica que se proyectaba como líder de Occidente frente al comunismo soviético: la gran bestia negra del régimen franquista. Sin embargo, las bases carlistas todavía sobrevivían a duras penas, alimentando la devoción, prácticamente reducida al ámbito doméstico, por su pretendiente D. Javier de Borbón-Parma que, en 1975, abdica sus pretensiones en su hijo Carlos Hugo.

Poco quedaba a los carlistas más allá de sus romerías, como la famosa de Montejurra. Carlos Hugo se mostraría nefasto para el carlismo, pues emprendería el acercamiento a posiciones socialistas (formando un cóctel de carlismo y socialismo autogestionario, sin desdeñar el nacionalismo centrífugo), esta aventura se mostraría a la postre como el abrazo del oso: muchos carlistas del entorno vasco terminarían enrolados en ETA, como revela Jon Juaristi en su autobiografía “Cambio de destino”. En estos años tan turbios de la transición, la línea más pura del carlismo se va a ir concentrando en torno a D. Sixto Enrique de Borbón-Parma, hermano de Carlos Hugo. El carlismo se divide ahora en dos grandes obediencias: los partidarios de Carlos Hugo y los que siguen a Sixto. Los sucesos de Montejurra del año 1976, aunque este asunto no está del todo claro, hicieron patente los extremos a los que había llegado la polarización en una especie, para entendernos, de carlismo de izquierdas y carlismo de derechas enfrentados, aunque los términos “izquierda” y “derecha” sean tan repugnantes al carlismo genuino.

Pero no quedará ahí la cosa. Las disensiones internas traerán consigo que el carlismo de la época más reciente acabe fragmentado en tres organizaciones políticas que reclaman para sí el nombre del “carlismo”: el Partido Carlista (PC: de Carlos Hugo), la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC: sin pretendiente) y la Comunión Tradicionalista (CT: leal a D. Sixto).

Estado de las cosas

Podríamos someter al carlismo actual, en sus variantes, a un test basado en el trilema carlista: Dios, Patria (y, para no olvidar el cuatrilema, incluiremos el término de los Fueros en el de Patria, sin mayores distingos) y Rey.

Dios: situación religiosa actual

El carlismo es un movimiento contrarrevolucionario de confesionalidad católica: sería un despropósito hablar de un carlismo aconfesional o neutro: el carlismo es católico o no es carlismo. La crisis que se abrió en el seno de la Cristiandad tras el Concilio Vaticano II no podía dejar de afectar al carlismo en las tres “familias” que lo conforman. El carlismo huguista podía conciliarse con las posiciones más progresistas de la Iglesia postconciliar incluso con la sedicente teología de la liberación, por su adulteración con el socialismo autogestionario; sin embargo, era lógico que la CTC y la CT, ambas de corte más tradicionalista, se mostraran más refractarias a las novedades introducidas en la Iglesia por la praxis postconciliar; tanto en la CTC como en la CT se mantienen posiciones tradicionalistas en lo religioso (Magisterio de la Iglesia, Doctrina Social de la Iglesia, preferencia por la liturgia tridentina), aunque en el caso de la CT éstas posiciones han llegado, en algunos casos, a mostrarse abiertamente sedevacantistas, no reconociendo un Romano Pontífice desde la muerte de Pío XII.

Patria: España, unidad y diversidad

Podemos decir que, del trilema carlista, el término que más une a todos los actuales carlistas es el de Patria: el amor a la Patria y una concepción de España acorde con las instituciones tradicionales de su historia. El carlismo ha entendido siempre a una España que no puede concebirse sin la institución monárquica (un carlismo republicano sería como un carlismo no-católico: imposible); sí que cabe decir que, contra la vulgar percepción de un monarquismo absolutista (que sí pudo localizarse en algún sector del carlismo decimonónico inicial), la monarquía carlista es la tradicional y por lo tanto, más que corresponder a un modelo absolutista de importación europea, sería lo más próximo a una monarquía templada. La celosa defensa del foralismo (esto es: la defensa de la personalidad tradicional de las regiones y culturas que componen España) es mérito del carlismo más auténtico, por lo que no cabría en el carlismo un modelo centralista tal y como quiso cristalizarse debido al liberalismo del siglo XIX con tan enojosos resultados como los que ha deparado. El carlismo es respetuoso para con la diversidad regional y cultural y cabalmente su fuerza residió precisamente en mantener la posición más honesta en lo concerniente a las instituciones básicas de la comunidad social: la familia, el municipio, el principio de subsidiaridad, con un planteamiento de la comunidad eminentemente orgánico y realista, tan ajeno a los constructos liberales y socialistas: Vázquez de Mella incluso empleó un término, como el de “sociadalismo”. En las filas carlistas ha habido y hay eminentes intelectuales que supieron articular todo un sólido discurso relativo a estas cuestiones y cuyas concreciones teóricas están esperando verse estudiadas para una efectiva reactualización: los nombres de Aparisi Guijarro, Vázquez de Mella, Víctor Pradera, Marcial Solana, Vicente Marrero, Francisco Elías de Tejada, Rafael Gambra Ciudad, Juan Berchmans Vallet de Goytiloso, José Miguel Gambra, Miguel Ayuso… Son nombres acrisolados en esta línea, constituyendo indudables autoridades en la materia, así como exponentes del pensamiento tradicional hispánico, en lo que se refiere a planteamientos político-jurídicos.

Rey: situación dinástica actual

El carlismo es un movimiento contrarrevolucionario de carácter monárquico, por lo que se supone que debe tener como referente una figura –el Rey- que lo aglutine y, en su defecto, el Pretendiente al Trono de España. La situación actual es desoladora, algo que también sucedió en algunas ocasiones durante el siglo XIX.

El fallecimiento de Carlos Hugo de Borbón-Parma, el 18 de agosto del año 2010 no extinguió estas divisiones. El Partido Carlista que, recordaremos que durante un tiempo llegó a alinearse en la coalición de Izquierda Unida, quedó huérfano a la muerte de Carlos Hugo, pero por poco tiempo duró su orfandad, dado que sus partidarios se apresuraron a proclamar al hijo de éste: Carlos Javier de Borbón-Parma y Orange-Nassau (nacido el 27 de enero de 1970). La CTC sigue sin aceptar un pretendiente para la Causa, con lo que podríamos decir que podría declararse algo así como “tronovacantista”. La CT insiste en que el Abanderado de la Tradición es D. Sixto.

Lo que puede decirse a favor de D. Sixto es que ha mostrado a lo largo de toda su vida una intachable fidelidad al carlismo auténtico. Su hermano Carlos Hugo (que Dios haya perdonado y tenga en su gloria) vivió, durante el año 1962, la experiencia de trabajar como uno más y de incógnito en la mina asturiana El Sotón, con el propósito de conocer de primera mano las condiciones de los obreros españoles, esto fue lo que lo aproximó a posiciones socialistas. D. Sixto, por su lado, se alistó también de incógnito en el Tercio Gran Capitán de la Legión Española en 1965, bajo el nombre de Enrique Aranjuez; cuando se descubrió su identidad fue expulsado de la Legión y de España por las autoridades franquistas. Creemos que tanto el gesto de uno como del otro honra a cada uno, aunque en el caso de Carlos Hugo la experiencia obrera resultara a corto y medio plazo nefasta para el carlismo, por contaminarse de izquierdismo inasimilable para el auténtico carlismo.

  1. Sixto vive exiliado en Francia, tiene una vasta formación política, una gran cultura y una dilatada experiencia diplomática; puede decirse en su abono que es uno de los españoles con mejores relaciones en Rusia, países eslavos, Hispanoamérica y África.

El hijo heredero de Carlos Hugo, Carlos Javier de Borbón-Parma, tiene como madre a la princesa Irene de los Países Bajos, pero debido al divorcio de sus padres fue criado en el Palacio de Soestdijk con sus abuelos maternos; más tarde recibió formación en Inglaterra y Francia, también realizó estudios de Ciencias Políticas en Estados Unidos y es asesor financiero de varias compañías, siendo a día de hoy Príncipe de Holanda, aunque su inmediata proclamación suscitó ciertas esperanzas entre los carlistas de la CTC, parece que posteriormente estos no se mostraron muy convencidos y siguen en su “tronovacantismo”.

Tribulaciones y expectativas del carlismo

El carlismo ha sufrido como pocos movimientos la industrialización con la consecuente des-ruralización de España y la desorientación de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II. Sin embargo, pese a la fragmentación de la que hemos dado cuenta, puede decirse del carlismo que una de sus principales bazas es que el actual se está configurando con una juventud que en su mayoría, a diferencia de lo que ocurría en los siglos XIX y XX, no llega al carlismo por tradición familiar, sino por curiosidad intelectual o política.

El esfuerzo que está desarrollando la CTC por organizar una red carlista nacional es en este sentido digno de elogio y más si se consideran los pocos recursos con los que cuenta, muchas veces incluso recurriendo a las fotocopias. Sin embargo, la CTC trata de coordinar en todo el territorio español sus propias bases a través de medios de prensa como ACCIÓN CARLISTA o AHORA INFORMACIÓN. En la CTC hay señales de estar creándose una partido-comunidad, formado no sólo por individuos, sino por familias, cuyos más jóvenes son formados en campamentos de verano que organizan los órganos de la misma CTC.

En la CT puede decirse que encontramos a día de hoy las más brillantes personalidades intelectuales del carlismo (Gambra, Ayuso), pero se acusa en ella un cierto ambiente de camarilla que puede estar fomentando alguno de sus miembros más destacados. D. Sixto realiza una ímproba labor diplomática, participando en muchas actividades culturales y políticas en Francia y otros países europeos, preocupándose de estrechar lazos con comunidades hispanoamericanas y africanas, siempre atento a la actualidad española, acude a España en algunas ocasiones, pero según la opinión que prevalece se tiene la impresión de que D. Sixto está como acaparado por algunos de sus más estrechos colaboradores que obstaculizan toda aproximación al Jaune (“Señor”, en vasco) si no se cuenta con el personal “nihil obstat” de estos íntimos. Esto acarrea un cierto enquistamiento de una capilla que goza de la familiaridad de D. Sixto, mientras cierra la puerta a todo lo que viene del exterior o no pasa por la mano de los cortesanos palatinos, lo cual ha sido siempre funesto para el carlismo: se recuerda alguna anécdota de las guerras carlistas decimonónicas en la que se trasluce ese aislamiento en que muchas veces estuvieron los pretendientes carlistas, dependientes siempre de sus hombres más próximos que incluso traducían al Rey lo que les convenía, cuando, por ejemplo, las tropas vascas se quejaban en su lengua vernácula.

El carlismo puede todavía tener mucho futuro por delante, pero para lograrlo tendría que atreverse a dejar muchos lastres atrás, sin renunciar lo más mínimo a su esencia.

1) Sería idóneo que se vencieran las disensiones internas, creando otro clima más cordial entre los carlistas, y creando espacios compartidos, al menos, entre los de CTC y CT que son los más genuinos y, eso sí, con la puerta abierta a los más honestos y aptos que quisieran aproximarse del PC: sería el modo idóneo de construir una nueva Casa Carlista. Tal vez un cambio de generación en las directivas de las familias carlistas pudiera ser un paso adelante, pues con ello se limarían las hostilidades, muchas veces de índole personalista, que han prevalecido hasta hoy.

2) El carlismo no puede dejar de ser católico, pero tiene que comprender que el escenario religioso español ha cambiado. Si quiere hacer política, tiene que dejar las cuestiones teológicas a los teólogos: la evangelización la tiene que hacer la Iglesia y los carlistas, en su condición de católicos, tienen todo el derecho a evangelizar, pero la adhesión de vastos sectores de la sociedad no vendrá por ahí: la defensa de los “principios innegociables” (bandera de la CTC) es muy loable, pero no se puede hacer política solo dándole vueltas a esos principios, por innegociables que puedan ser.

La cuestión sería: ¿puede un católico hacer política que no sea confesional? Ésta es una pregunta muy compleja, pero lo que parece claro es que en la sociedad española actual las cuestiones religiosas no parece que sean hoy, como lo fueron en el siglo XIX y todavía en la primera mitad del XX, un aglutinante para el carlismo. Con ello no estoy pidiendo que los carlistas oculten su catolicismo, pero tendrían que preguntarse si puede salirse a pescar peces, cuando en la pecera no parece haber peces, sino estar llena de calamares y mejillones.

3) D. Sixto tiene que dejar de estar mediatizado por algunos próximos a Su Alteza Real, para poder abanderar con resolución un carlismo reconstituido. Si se salvaran esas antesalas que se han puesto para poder acceder a D. Sixto, muchos españoles podrían conocer las cualidades indiscutibles de este hombre intachable.

Si los carlistas son capaces de hacer estas cosas, entre otras muchas que mejor que yo sabrán ellos, sería indudablemente en ventaja de España. Contra el carlismo desintegrado, lo que es menester es un carlismo reintegrado; pero, una vez reintegrado, el carlismo también tiene que abrirse a una comunicación transversal con otros grupos patriotas de tercera y cuarta posición, sin mojigaterías ni escrúpulos que paralizan la constitución de un frente nacional dispuesto a la acción política eficaz en toda España.

Pero, ahí está la cuestión: ¿qué es lo que quiere el carlismo de hoy? ¿Hacer política o metapolítica?

Son las preguntas que tendrían que plantearse y responderse los carlistas. Esperemos que no tarden en contestárselas, para bien de España.

(Publicado originalmente en versión impresa en la revista NIHIL OBSTAT).

Imagen: “Gudamendi”, diseño de Luis Baraza, director del Gremio Artístico HISPANIA PATENTE. El lema “Paz y Guerra si me la hacen” era el que ostentaban las banderas de la Expedición del General D. Miguel Sancho Gómez Damas.

Fuente: Artemia I y II.

One Comment to “Tribulaciones del carlismo en torno a su reintegración”

  1. Creo sinceramente, que el Carlismo y sobretodo el más férreo defensor del Tradicionalismo en este país, se equivocaron hace ya mucho tiempo de enemigo.

    Vieron fantasmas donde no había una amenaza realmente sólida.

    Me refiero a que gastaron todo su odio, toda su energía, toda su sabiduría en combatir las ideas que venían del “socialismo del Este” y cuando despertaron en la nueva Europa del capital el mundo antiguo de su moral y su religiosidad fue desapareciendo a pasos agigantados.

    Confundir el socialismo (o incluso el Marxismo-leninismo) con el ultraliberalismo globalizador “made in Hollywood” es peligroso para defender los orígenes, costumbres y tradiciones.

    El enemigo estaba hace tiempo agazapado en “el Oeste” y en las modas y tendencias que transmitía a nuestros jóvenes.

    No sé por qué, pero los Carlistas JORNALEROS del XIX que se echaron al monte ya intuían que sus raíces peligraban.
    Los del XX no se enteraron de la misa a la media (y así les fue) antes, durante y después de la dictadura.

    Mundo superficial Post-Moderno 1
    Mundo antiguo y moral 0

    Que pena.

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