Occidente y su desafío (y II)

ALEXANDER DUGIN

por Alexander DuginNadie sabe el resultado final de esta confrontación, en la medida en que están en juego intereses históricos demasiado grandes; estallará una verdadera batalla por el significado del “fin de la historia” o, según sea el resultado, por su continuación.

EEUU y la Unión Europea: los dos polos del mundo occidental al inicio del siglo XXI

La fluctuación de Occidente en la brecha entre la completada modernidad y la incipiente posmodernidad se refleja también en el ámbito de la geopolítica. Así, la desaparición de un competidor global bajo la figura de la URSS (el proyecto de alter-modernización), puso a la civilización transatlántica en tela de juicio. La falta de un enemigo en el Este hace que la conexión de los EEUU y Europa en el marco del “Occidente nuclear” no sea tan obvia y evidente. Se puso de manifiesto que el Occidente transatlántico se dividió en los EEUU y la Unión Europea.

El centro de Occidente durante el siglo XX estuvo constantemente desplazado al otro lado del Atlántico, en los EEUU. Y después de la Segunda Guerra Mundial, precisamente, los Estados Unidos tomaron sobre sí la misión de ser la vanguardia de Occidente. Se convirtieron en una superpotencia, proporcionando mediante su poderío la seguridad estratégico-militar y la prosperidad económica a los países europeos.

Después de la caída de la URSS, el papel de centro de Occidente quedó aún más firmemente establecido en los EEUU. Esto coincidió con la integración europea y la creación en Europa, en esencia, de un gobierno supranacional, un gobierno de tipo posmoderno. Habiendo sido en algún momento la cuna de Occidente como fenómeno, Europa, a su vez, se convirtió en “el Este” en relación con los EEUU. Los Estados Unidos atravesaron el camino de la modernización y la pos-modernización más allá de Europa, y el Viejo Mundo, en comparación con el Nuevo, se transformó en algo independiente.

Así se formó un cuadro geopolítico en el que en el espacio del propio Occidente cobró forma un determinado dualismo. Por un lado, los EEUU se convirtieron en el Occidente más “avanzado”. Pero Europa, por otro lado, intentó descubrir su propio camino separado, particular.

Se plantearon incluso argumentos filosóficos, y algunos neoconservadores estadounidenses (en particular, R. Kagan) propusieron mirar la civilización americana como resultante de la concepción del Estado amenazador, el “Leviatán” de Hobbes, y a la Unión Europea como la encarnación de las ideas pacifistas de Kant, con su sociedad civil, tolerancia y derechos humanos. Se ofrecieron otras clasificaciones también. En cualquier caso, los EEUU y Europa empezaron de nuevo a interpretar sus identidades, sus valores y su relación con la modernidad y la posmodernidad.

Esto se mostró todavía con más fuerza al nivel de los intereses. La Unión Europea, como la primera potencia comercial y la segunda potencia económica del mundo, reconoció que sus intereses en los países árabes, y también en relación a Rusia y a otros países del Este, difieren regularmente de los intereses norteamericanos y, a menudo, entran en conflicto con ellos. Esto se hizo especialmente evidente en la guerra de Irak, cuando el mando de la OTAN no apoyó la invasión estadounidense, mientras que los líderes de Francia y Alemania (Chirac y Schroeder) en común con Putin, Presidente de Rusia, protestaron enérgicamente contra la guerra.

Uno puede describir la imagen resultante de esta manera: los EEUU y Europa tienen hoy en día valores comunes, pero diferentes intereses. La diferencia de intereses y el reconocimiento de esta diferencia es particularmente notable en países tales como Francia, Alemania, Italia y España. Son los habitualmente llamados países de la Europa continental, y la tendencia es representar a Europa como un actor geopolítico autosuficiente, que en la medida de lo posible debe ser independiente de los EEUU, es decir, el continentalismo o el euro-continentalismo. En los casos más extremos, los continentalistas afirman que los EEUU y Europa no sólo tienen diferentes intereses, sino también valores diferentes (véase, por ejemplo, el filósofo francés Alain de Benoist).

En el otro polo de Europa se encuentran aquellos que subrayan de todas las formas posibles la unidad de los valores y sobre esta base insisten en el acomodamiento de los intereses europeos a los norteamericanos. En este polo se cuentan los euro-atlantistas (Inglaterra, los países de Europa del Este – Polonia, Hungría, Rumanía, la República Checa, los países bálticos, etc.).

Dos tendencias diferentes en la propia Europa crean una identidad dual: por un lado, estamos los interesados ​​en la Europa continental; por el otro, los interesados en la Europa atlántica (pro-estadounidense). Ambas partes se relacionan con el concepto de “Occidente” de diferentes maneras: los continentales piensan que si Europa es “Occidente”, entonces los EEUU son algo diferente. Los atlantistas, por el contrario, se esfuerzan de muchas formas por identificar el destino de Europa y el de Norteamérica como el de una civilización unificada, donde el Atlántico es una especie de “lago interior” (al igual que en su momento pensaban el mar Mediterráneo las ecúmenes griegas y romanas). Para los euro-atlantistas la Unión Europea y los EEUU representan ambos, juntos, “Occidente”, y los EEUU son su vanguardia.

La identidad de Rusia: ¿País o…?

Ahora pasemos a considerar la identidad de la Rusia contemporánea. El examen preliminar, lo que debemos entender por “Occidente”, nos ha proveído de instrumentos seguros que nos permiten determinar qué entendemos por “Rusia”. Y después de eso, podremos entonces describir total, concreta y profundamente la correlación de uno y de la otra en el presente y en el futuro probable.

Hay dos concepciones fundamentalmente diferentes de la Rusia contemporánea (por cierto, esto podría decirse también del reinado de los Romanov, donde se celebraron animados debates a propósito de la misma cuestión).

Uno puede entender Rusia ya sea como un país o como una civilización independiente. La estructura de nuestra relación con Occidente dependerá de la decisión que tomemos sobre cómo entendemos Rusia.

Si Rusia es un país, entonces debería ser agrupado con otros países; por ejemplo, con países tales como Francia, Alemania, Inglaterra o EEUU. En consecuencia, tendrá que ser asignada a Europa (de acuerdo con su disposición geográfica parcial, el predominio del cristianismo y los orígenes indoeuropeos de las etnias eslavas dominantes – en primer lugar, los “grandes rusos”) y en consecuencia a “Occidente” . Muchos consideran a Rusia un Estado europeo. Esta opinión prevalece:
• Con la aristocracia Romanov;
• Con los rusos occidentalistas;
• Con la élite política rusa contemporánea.

De boca de Putin y Medvedev, escuchamos repetidamente decir que “Rusia es un país europeo”.

Si tomamos esta posición, entonces debemos admitir casi inmediatamente que Rusia es “un mal país europeo, totalmente horrible”, puesto que manifiestamente cae fuera de lo que es común considerar la vía normativa de la civilización occidental. La identidad moral, social, política, cultural y psicológica de Rusia difiere tanto de las de la sociedad europea y norteamericana que inmediatamente surge la duda en relación a su pertenencia a Occidente.

El criterio más importante aquí es la naturaleza de la modernización de Rusia. Cuando lo consideramos, vemos claramente todos los signos de lo exógeno; es decir, la aparición externa del impulso modernizador, que no maduró dentro de la propia sociedad, sino que fue adherido astuta y enérgicamente (de manera autoritaria o totalitaria) desde arriba por el poder tiránico de un déspota (Pedro el Grande) o por fanáticos extremistas (los bolcheviques). En Rusia no crecía y no crecieron:
• Ni el capitalismo,
• ni el individualismo,
• ni la democracia,
• ni el racionalismo,
• ni la responsabilidad personal,
• ni la autoconciencia legal,
• ni la sociedad civil.

Por el contrario, crecieron y crecen todavía las disposiciones de la sociedad tradicional:
• El paternalismo,
• el colectivismo,
• la jerarquía,
• una relación con el Estado y con la sociedad como una familia,
• la superioridad de la moral sobre los derechos, el razonamiento ético sobre el racional, y así sucesivamente.

Por otra parte, Rusia absorbió muchas características europeas, tanto morales como tecnológicas, pero las adaptó a su modo de vida propio, particular, forzándolas a trabajar al servicio de sus propios intereses y valores. Rusia atrajo activamente diferentes elementos de Occidente, pero persistió en no convertirse en Occidente. De ahí la extrema irritación de los pueblos de Occidente (y en especial de los rusos occidentalistas) en relación con Rusia, a la que representan como más malvada y agresiva (una caricatura de Europa), que imita sus formas externas, pero invirtiéndolas con su propia sustancia nativa rusa.

Rusia no sólo se diferencia de cualquier país europeo como ellos mismos difieren entre sí. Cuando cruzamos la frontera con Rusia, el alma cultural en sí misma cambia, nos movemos de un tipo histórico-cultural a otro. Los rusos se diferencian con precisión de Europa, de Occidente en su conjunto.

Si hemos de insistir en que Rusia es sin embargo una parte de Occidente y un país europeo, entonces podemos sacar dos conclusiones. O bien Rusia debe ser reformada radicalmente a la manera occidental (lo que nadie ha sido capaz de hacer hasta nuestros días), o lo ruso representa un tipo de otro Occidente, “una Europa diferente”.

El primer caso es el que se sostiene más comúnmente. Pero la persistencia con la que la nación rusa y la sociedad rusa repudian profundamente la occidentalización (imitándola sólo externamente), sabotean la adopción de los valores europeos (falsificándolos de un especial modo nacionalista), y asustan a la sociedad occidental en sí misma mediante escenarios extravagantes permitiendo escapar o erosionar el estricto imperativo de valores y arreglos occidentales (lo que era evidente tanto en el período zarista como – sobre todo – en el soviético), nos obliga a suponer que la transformación de los rusos en europeos es un asunto absolutamente sin remedio. Y lo ruso por lo tanto permanecerá solamente como “lo no del todo Occidente”, “la segunda clase occidental”, que carece de la fuerza para absorber de verdad la esencia de la identidad occidental.

El segundo caso, que sostiene que Rusia es Occidente, pero un Occidente diferente, no es menos complejo. En primer lugar, incluso si los mismos rusos se consideran a sí mismos “Occidente” pero sólo de modo peculiar – por ejemplo, como ortodoxos, posbizantinos, eslavos, etc. -, los europeos nunca han reconocido esto y nunca lo reconocerán, considerando tal pretensión “una ambición altiva y sin fundamento”. Los intentos de insistir en ello no harán sino reforzar la tensión y suscitarán una reacción recíproca. Si Rusia es Occidente, y, lo que es más, insiste en ser aceptada y reconocida como tal, el concepto mismo de “Occidente”, la nitidez de sus vectores históricos, geopolíticos, tecnológicos y culturales, es arrastrada, dispersa, y es destruida. Si Rusia es una parte de Occidente, entonces Occidente ya no es Occidente, sino quién sabe qué.

Y, por último, ambas posiciones, que enfatizan que Rusia es un país europeo, agravan su contradicción por el firme reconocimiento de que Rusia tiene sus propios intereses, que siempre o casi siempre entran en conflicto con los intereses de los países occidentales. La independencia y la libertad de la madre patria fue siempre el valor más alto para los rusos, y esta divergencia evidente y persistente de intereses obliga a poner en duda la comunidad de valores y la pertenencia a una civilización unificada. Este no es el argumento principal, ya que también hubo profundas contradicciones entre los Estados europeos, pero en combinación con las dos consideraciones antes mencionadas, crea un marco propicio para las dudas naturales acerca de la hipótesis de la pertenencia de Rusia a Occidente.

Sólo la posición de los occidentalistas extremos es más o menos consistente – verdadera desde un punto de vista puramente teórico, abstracto. Ellos afirman que Rusia es una “completa monstruosidad”, que debe ser transformada muy enérgicamente en una parte de Occidente por la fuerza de la erradicación de toda forma de independencia, el rechazo de sus propios intereses, la introducción de un control externo y un cambio en la composición étnico-social de la población. Con el fin de que Rusia pudiera convertirse en un país europeo de pleno derecho, primero debe ser destruida desde sus cimientos. Pero ni siquiera el experimento radical de los bolcheviques pudo hacer frente a esta tarea, y Rusia, con todas sus peculiaridades, renació de sus cenizas. Por lo demás, tampoco los reformadores liberales y oligarcas de la década de 1990 pudieron realizar la tarea.

Sin embargo, la seguridad de que Rusia es un país europeo es inherente a la clase dominante de Rusia en la actualidad. Y no sin razón, precisamente, la clase dominante siempre fue la fuente de la modernización y la occidentalización de la sociedad rusa. Pushkin notó justamente que “en Rusia el gobierno es el único europeo”.

Rusia como Civilización (tipo histórico-cultural)

Otra visión de Rusia la define como una civilización independiente. Esta posición era característica de los últimos eslavófilos (Leontiev, Danilevsky), los eurasianistas rusos, los “pequeños rusos” y los nacional-bolcheviques (Ustralyov, Smenovekhovtsy). En este caso, Rusia aparece como un fenómeno que uno debería comparar, no con un país europeo independiente, sino con Europa en su conjunto, con el mundo islámico, o con la civilización india o china. Danilevsky llamó a esto “el tipo histórico-cultural”. Se puede hablar de “eslavo-ortodoxia” o de civilización rusa. Una expresión más precisa es “Rusia-Eurasia”, que fue utilizada en la revolución de los primeros eurasianistas (Trubetskoy, Savitsky, Vernadsky, Alexeev, Suvchinsky, Ilyin, etc.). Tal formulación subraya que uno habla, no de un país, no acerca de una simple forma de organización gubernamental, sino de una unidad civilizacional, de un mundo de gobierno.

La presencia de rasgos europeos y asiáticos en Rusia como civilización no debería conducir a una conclusión apresurada, como si uno estuviera hablando del cómputo mecánico de las cosas prestadas de Occidente y Oriente. El término “Eurasia” indica: esto es una tercera cosa, una civilización de un tipo especial, comparable en su magnitud y originalidad, pero diferente tanto de Oriente como de Occidente con respecto a su contenido.

Si aceptamos la afirmación de que Rusia es una civilización todo está en su lugar correcto – en la época del Reino moscovita, en el período de San Petersburgo, y en la época soviética. Las relaciones de Rusia y Occidente adquieren una lógica completa, y todos los absurdos y paradojas inherentes a la hipótesis de “Rusia como un país europeo” se resuelven por sí mismas.

Rusia-Eurasia (= una civilización distinta) posee sus propios valores originales y sus propios intereses. Valores relacionados con la sociedad tradicional, con un acento en la fe ortodoxa y un mesianismo específicamente ruso.

La idea imperial de Genghis Khan y el orden centralizado de las hordas mongoles demostraron ser la influencia esencial en las bases políticas y sociales. El desarrollo natural de este complejo no exigió modernización y no llevaba en sí mismo las condiciones previas para la aparición de esas ideas, principios y tendencias que se construyeron en los cimientos de la Edad Moderna en Europa. Pero la presencia en Occidente de potencias coloniales activas y agresivas, tratando obsesivamente de promover en el Este no sólo sus intereses, sino también sus valores, obligó a Rusia a tomar periódicamente el camino de la modernización (y occidentalización) parcial y defensiva.

Esta modernización era exógena, pero no colonial. Su carácter parcial, híbrido, es responsable de esa caricatura de Rusia que despertó la indignación de los occidentalistas rusos, a partir de Chaadayev, pero que, por otro lado, también fue censurada por los eslavófilos rusos (Jomiakov, Kirievsky, el hermanos Aksakov, etc.).

En este caso, la historia de Rusia aparece como la pulsación cíclica de una civilización específica, regresando en condiciones de calma a sus raíces originales, pero adoptando una modernización forzada (desde arriba) en períodos críticos. En tal cuadro, las reformas petrinas, el “Europismo” de la élite Romanov, y el experimento soviético adquieren significado y una regularidad como de ley. Rusia-Eurasia defendió inflexiblemente sus propios intereses y valores, mientras que a veces fue obligada a recurrir a la occidentalización-modernización como oposición efectiva a Occidente.

Rusia no es una parte de Occidente, ni una parte de Oriente. Es una civilización en sí misma. Y la preservación de tal libertad, independencia e individualidad ante otras civilizaciones – tanto las de Occidente como las de Oriente – constituye el vector de la historia rusa.

Rusia y Occidente en la década de 1990

En la época de la URSS, y en especial durante la “guerra fría”, la misión civilizadora de Rusia recibió expresión ideológica bajo la forma de la sociedad soviética. En ella vemos la combinación clásica de oposición a Occidente (en este caso, en su hipóstasis burguesa liberal-capitalista) y la adopción de ciertas ideas y tecnologías occidentales (el marxismo). Este fue un típico período de alter-modernización, de modernización exógena con la preservación de la independencia geopolítica.

Hacia el final del período soviético el liderazgo político de la URSS perdió la clara comprensión de los procesos mundiales fundamentales, en gran parte debido a la inadecuada comprensión de los marxistas del verdadero papel y naturaleza del propio marxismo, pero también de las verdaderas razones de la victoria de la revolución socialista en una sociedad atrasada, agraria (a pesar de Marx). Los pedagogos soviéticos ignoraban el carácter nacional-bolchevique (eurasianista) de la URSS, y esto confundió su comprensión de las relaciones profundas entre Rusia y Occidente. Así, en la decadente sociedad pos-soviética surgió la (suicida) idea de volver de nuevo hacia Occidente para una modernización a largo plazo, que se había estancado.

En un primer momento se habló de la posibilidad de una convergencia entre los dos sistemas con la preservación de los intereses mutuos y las diferentes formas de vida. Pero esta fase rápidamente pasó a la práctica de intercambiar la posición geopolítica de la URSS y sus aliados por los instrumentos económicos y tecnológicos de desarrollo. Después de tomar este camino, la URSS cayó al suelo, y los liberales reformistas de la década de 1990 se lanzaron de cabeza a Occidente, admitiendo la primacía de los intereses y los valores occidentales, ahora sin ningún tipo de condición en absoluto.

La década de 1990 fue la del movimiento de Rusia al lado de Occidente, un desesperado intento de integrarse en él por cualquier motivo. Por esta razón, apareció una tendencia constante de arrepentimiento por el pasado soviético y zarista, la imitación desenfrenada del modelo liberal-democrático en su forma neoliberal en la política y en el sistema de mercado, la renuncia a los intereses globales y regionales y el cumplimiento de las políticas estadounidenses establecidas.

Sin embargo, a pesar de los cálculos y de las esperanzas de los reformadores-occidentales, este camino, ligado a los nombres de Yeltsin y su círculo, produjo resultados no positivos.

Occidente no se apresuró a modernizar Rusia por dos razones:

• Por el temor a que Rusia podría volver una vez más a la vía de la confrontación, reforzándose y estableciendo su poder (Occidente entiende perfectamente bien que Rusia no es una suerte de país europeo, sino más bien una civilización independiente, y siempre se relaciona con ella de esa manera),
• porque estando en un estado de transición a la posmodernidad, el propio Occidente perdió el interés ideológico en la modernización de otros espacios de civilización, después de haberse sumergido en la tarea de comprender los nuevos desafíos.

Occidente dio la bienvenida al abrupto debilitamiento de Rusia, pero no creyó en la sinceridad y la naturaleza fundamental de su nuevo curso occidental, viendo tal cosa con indiferencia.

Por esta razón, las relaciones entre Rusia y Occidente en la década de 1990 fueron un completo fracaso. Bajo el dominio de los reformadores-occidentales, Rusia diluyó su identidad, perdió su posición en el mundo, perdió a sus amigos y sacrificó sus intereses, copiando ciegamente a Occidente sin ninguna comprensión de las verdaderas razones subyacentes para su sistema de valores y sin ni siquiera sospechar el verdadero carácter de la sociedad pos-industrial o de la cultura de la posmodernidad.

Occidente, por su parte, hizo todo lo posible para debilitar a Rusia aún más, no sólo no deleitándose con su nuevo rumbo, sino criticándolo en todos los sentidos y ridiculizando su forma grotesca y su sustrato corrupto criminal. En tal situación, Rusia no sólo no salió de una nueva ronda de modernización, sino que, habiendo destruido viejas instituciones e instrumentos socioeconómicos, simplemente adoptó fragmentos separados, no coordinados, de posmodernidad, trasplantados rápida y suciamente por las élites, los oligarcas y ciertos segmentos de la subcultura juvenil.

A mediados de la década de 1990, la impresión que fue creciendo era la de que Rusia estaba entrando en una nueva ronda de desintegración, con su integridad territorial en peligro (el negocio de Chechenia). El lavado y el alejamiento de la identidad, la ausencia de una idea nacional y los fracasos de la modernización pusieron a Rusia al borde de la catástrofe. En esta situación, Occidente no sólo no ayudó, sino que promovió activamente también el desarrollo de escenarios y tendencias destructivas.

La OTAN se desplazó sistemáticamente hacia el Este, ocupando el vacío que había surgido. Redes de agentes de influencia en Rusia continuaron el adoctrinamiento de la población en el espíritu del liberalismo y de los valores “universales” (léase: occidentales). Todos aquellos que intentaron plantear la cuestión de la presencia de los propios intereses nacionales de Rusia fueron tildados de “nacionalistas” o “roji-pardos”.

Hoy en día se puede decir con certeza que las relaciones entre Rusia y Occidente en la década de 1990 fueron catastróficas para Rusia, ya que se basaban:
• en los más crudos delirios,
• en cálculos categóricamente incorrectos,
• en una incomprensión completa de la situación real,
• en una traición directa de los intereses nacionales, en un último análisis.

Ante los ojos de uno, Rusia se estaba convirtiendo en una colonia con la exógena y fragmentaria intrusión de la posmodernidad y la pérdida gradual de la soberanía. El Vicepresidente de la Duma, de la “Unión de Fuerzas de Derecha”, Irena Hakameda, ofreció en serio aceptar la división internacional del trabajo en un “gobierno mundial”, sujeta a las condiciones de “la transformación de Rusia en un depósito de desechos nucleares de los países más desarrollados”.

La estrategia del “Gobierno Mundial” en relación con la URSS y Rusia

Es revelador que, desde la década de 1980, la sede intelectual de Occidente, el estadounidense “Council on Foreign Relations” (CFR) y su versión ampliada, “la Comisión Trilateral”, se esfuerzan activamente para llevar al liderazgo soviético al diálogo, para suavizar la oposición civilizacional entre “el Este” y “Occidente” con promesas de “modernización” y “convergencia”, para incluir a parte de la élite postsoviética en su propio polo conceptual sobre la base de la cercanía específica, moral, de las ideologías soviética y capitalista, que surgen de la Ilustración. Estas organizaciones cumplen la función de un esbozo de laboratorio de “gobierno mundial”, el cual planean establecer cuando Occidente se haga global y llegue “el fin de la historia”. Es importante que el juego conceptual básico del CFR con la dirección política de la URSS trabaja exactamente la compleja sustancia semántica de los conceptos de “Occidente” y “modernidad” (la Ilustración).

Parte de la dirección soviética va en esta línea, y en la URSS, sobre la base del Institute of Systematic Studies (G. Gvishiani) (una rama del International Institute for Applied Systems Analysis de Viena [Instituto Internacional para el Análisis de Sistemas Aplicados]) se formó un grupo especial de investigadores que pidió entrar en un diálogo activo con los centros intelectuales de Occidente. Moscú está dando prácticamente el consentimiento a la delegación de sus representantes – en un principio bajo la apariencia de eruditos analistas y jóvenes economistas – en el “gobierno mundial”. Es significativo que dicha acción sea supervisada por los más altos funcionarios del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética: A. Yakovlev, E. Shevardnadze, A. Primakov. Una mayor impresión deja la composición de los “economistas jóvenes”: Y. Gaidar, Chubais A., G. Yavlinsky, P. Aven. En el Institute of Systematic Studies, comienza también Berezovsky su carrera. Los miembros del Círculo de San Petersburgo de Chubais – G. Glazkov, S. Vasilyev, M. Dimitriev, S. Ignatyev, V. Lyvin, A. Illarionov, M. Manevich, A. Miller, D. Vasilyev, A. Koch, I. Yuzanov, A. Kudrin, O. Dmitrieva – y del Círculo de Gaidar de Moscú – K. Kagalovsky, A. Ulyukaev, A. Nechaev, V. Mashits – componen el segundo escalón. La mayoría de los participantes en esta red del CFR ocuparía futuros roles de liderazgo en el gobierno ruso.

Las consecuencias de las acciones del CFR en la URSS son conocidas. Gorbachov da luz verde a la orientación hacia la “convergencia” y comienza la Perestroika. En 1989 es seleccionada una comisión de altos representantes del CFR en el Kremlin, con D. Rockefeller, H. Kissinger y otros a la cabeza; el campo socialista es destruido; y en 1991 la URSS cae también.

Las estructuras del CFR en Rusia fueron legalizadas en su totalidad en 1991 en la forma del Council on Foreign and Defence Policy [Consejo de Política Exterior y de Defensa] (S. Karaganov aparece oficialmente en el consejo de supervisión del CFR y asiste a los paneles de la Comisión Trilateral), mientras que los “economistas jóvenes” forman la columna vertebral del gobierno de Yeltsin y su núcleo ideológico.

En las actividades de la red del CFR y sus filiales rusas es fácil deducir cómo los modelos conceptuales, operando con las categorías de “valor”, “convergencia”, “Occidente” y “la Ilustración”, pueden influir activamente en los procesos fundamentales de la política mundial y destruir a un competidor civilizacional.

Rusia y Occidente en la era Putin

La llegada de Putin al poder corrigió apreciablemente este rumbo de la década de 1990. Lo más importante fue la firme directiva del nuevo Presidente para la afirmación de los intereses nacionales. Puesto que la mayor amenaza para los mismos vino específicamente desde Occidente – en primer lugar, de los EEUU y los países de la OTAN – esto tuvo un impacto inmediato en el aumento de la tensión internacional.

Putin tomó el camino del refortalecimiento de la soberanía y del desmantelamiento de las estructuras de influencia externa que operan a través de los políticos liberales, los oligarcas, los funcionarios corruptos y la intelectualidad metropolitana pro-occidental.

A partir de este momento la presencia en Rusia de sus propios intereses se convirtió en una verdad indiscutible, al igual que la incompatibilidad de aquellos con los intereses norteamericanos o europeos. Pero Putin, por su parte, sobre todo en su primer mandato presidencial, declaró en repetidas ocasiones que “considera a Rusia un país europeo”, que “comparte los valores occidentales”, y que está “siempre inclinado a la cooperación con Occidente”, sobre todo cuando “nuestros intereses tienen puntos de superposición en común”. En otras palabras, cambió noventa grados el modelo de las relaciones entre Rusia y Occidente de Yeltsin. La afirmación de los propios intereses de Rusia difería radicalmente de la sumisión completa de los liberales reformistas a la voluntad de los EEUU, pero la idea de la integración de Rusia en Occidente, la modernización a lo largo del escenario Occidental, permaneció igual.

Al mismo tiempo, Putin comienza a prestar más y más atención a la geopolítica. Él distingue claramente dos polos en la estructura de Occidente: los EEUU y Europa continental. Se esfuerza por acercarse a Europa en detrimento de los EEUU. Paralelamente a esto, los Estados Unidos refuerzan el estado de ánimo anti-ruso en la Unión Europea a través del euro-atlantismo, utilizan activamente a los países de la nueva Europa para establecer un “cordón sanitario” que separe a Rusia del continente europeo. Más tarde, los EEUU pasan a la táctica de rodear a Rusia en el espacio postsoviético a través de la organización de “revoluciones de color” (Georgia, Ucrania, etc.). El modelo geopolítico de la política exterior de Putin es adecuado para las realidades internacionales: diferencia las políticas en orientaciones europeas y americanas.

Todo esto funciona al nivel de los intereses, lo que se manifiesta de forma más evidente en la asociación energética ruso-europea: la vieja Europa está vitalmente interesada en el gas y el petróleo ruso y se esfuerza por una alianza pragmática con nosotros; los EEUU tratan de evitar esto mediante por todos los medios. Pero, en general, el reconocimiento histórico de los intereses rusos entre la dirigencia política está presente por primera vez después del difícil período, de delirio y franca traición, pos-soviético o liberal-reformista.

Desafío a Occidente

En su segundo mandato presidencial, Putin se encamina hacia una nueva evaluación y una diferente formulación de las relaciones de Rusia con Occidente, a la cuestión de los valores. Repitiendo las certezas acerca de “la corrección de los valores occidentales”, comienza a referirse a las diferencias en la comprensión de la democracia, a las particularidades nacionales de los sistemas políticos, a las tradiciones rusas. Uno debe atribuir a la misma orientación también, la tímida teoría de la “democracia soberana”.

En el plano geopolítico, en su famoso discurso de Múnich, Putin somete a fuertes críticas la política internacional de los EEUU y el proyecto de establecer un mundo unipolar. En esencia, lanza un desafío a Occidente bajo el aspecto en el que aparece en el presente. Y aquí nos acercamos al límite de las posibles interpretaciones de la posición de Putin. Mientras eliminaba gradualmente el occidentalismo sin reservas de la era Yeltsin, Putin se mantuvo hasta el último momento en el marco del modelo “Rusia = país europeo”. En una primera etapa esto significaba “Rusia = un gran y soberano país europeo con sus propios intereses”. Más tarde, la posición se hizo aún más diamantina: “Rusia = un gran y soberano país europeo con sus propios intereses y valores específicos, peculiares, firmemente opuesto a la unipolaridad estadounidense”. Pero aquí hay una contradicción conceptual: si “Rusia = un gran y soberano país europeo con sus propios intereses y valores específicos, peculiares, firmemente opuesto a la unipolaridad estadounidense”, entonces ya no es un país europeo en absoluto, puesto que pone en duda la universalidad de los valores occidentales (reclamando su interpretación nacional autosuficiente) y sale en contra del modelo de civilización de un mundo unipolar con una arquitectura occidentalo-céntrica. Y no sólo no es europeo, sino ni siquiera un país, porque simplemente no puede tener sus propios valores mientras pertenece a una civilización común con otros países; en este caso, tenemos que hablar de civilizaciones.

Es significativo que, según encuestas del Russian Public Opinion Research Centre [Centro de Investigación de Opinión Pública de Rusia], realizadas con regularidad, el 71-73% de los rusos en los últimos diez años responde persistentemente que “Rusia es una civilización” a la pregunta: “¿Es Rusia, en su opinión, parte de Europa o una civilización – ortodoxa o euroasiática – independiente”? Se alcanza un cierto consenso masivo (de la nación) en esta pregunta. Pero en la alta élite económica y en la política las proporciones son claramente diferentes.

La posición de Putin en relación con Occidente – como en una serie de otras cuestiones políticas muy importantes – es un intento de reconciliar élites y masas. A las masas les transmite la referencia acerca de la independencia de Rusia; a las élites, la certeza de la corrección del rumbo de Occidente y de la modernización. No se puede decir sin ambigüedad qué es tal cosa: una táctica consciente para encubrir su verdadera posición o una fluctuación entre estas dos identidades, “Rusia como un país” y “Rusia como civilización”. Si observamos desde dónde y adónde se mueve Putin en sus evaluaciones de Occidente, entonces uno puede suponer que él, o bien muestra poco a poco su hasta entonces velado patriotismo ruso civilizacional, o en realidad evoluciona en esta dirección bajo la influencia de las circunstancias y de las observaciones relativas al desarrollo de los acontecimientos en la esfera internacional.

El camino del recién escogido Presidente Medvedyev repite en general las líneas de fuerza básicas y ​​las declaraciones de Putin. Las relaciones de Medvedyev con Occidente son muy similares a las de Putin: Medvedyev también afirma que “Rusia es un país europeo”, pero al mismo tiempo, como su predecesor, insiste en los intereses nacionales (y en parte, en los valores) y critica fuertemente a los EEUU y el mundo unipolar.

Las redes del CFR en el período de Putin

Pese a la considerable corrección de la relación con Occidente en la era Putin, las redes básicas de influencia, establecidas de nuevo en la década de 1980 por parte de Occidente, permanecen sin tocar en Rusia incluso en este período. Karaganov y otros agentes de cambio siguen siendo figuras influyentes. Bajo la égida de Karaganov, la revista “Russia in Global Affairs”, filial de la norteamericana “Foreign Affairs” (órgano oficial del CFR), comienza a publicarse en 2003 (el editor principal: F. Lukyanov). Muchas de las personas que forman parte del consejo editorial de la revista ocupan altos cargos en el gobierno, las empresas, los partidos políticos, etc. La Junta Directiva está presidida por el oligarca Potanin.

Oficialmente, el “Alfa-Group” – P. Aven y M. Friedman – representa los intereses del CFR en Rusia. En su tiempo, por los esfuerzos de este grupo, el Ministro de Defensa de la Federación de Rusia, S.V. Ivanov, y en la primavera de 2008, el Ministro de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia, S. Lavrov, e incluso el Presidente de la Federación de Rusia, D. Medvedyev (en el momento de la reunión de “los veinte”) visitaron la sede del CFR en Nueva York. Las estructuras económicas de Aven-Friedman (en particular, TNK-VR) están profundamente integradas en la economía estadounidense, en ese segmento controlado por los Rockefeller y los Morgan, mientras que D. Rockefeller permanece durante muchas décadas como el ideólogo y patrocinador más importante del CFR (el propio CFR fue fundado por sus antepasados, banqueros, inmediatamente después del final de la Primera Guerra Mundial, y con franqueza se fijó como meta el establecimiento de un “gobierno mundial”).

Estos ejemplos muestran que la evolución de Putin y los puntos de vista de Medvedyev relativos a las relaciones entre Rusia y Occidente no sobrepasan un cierto carácter crítico, más allá del cual la presencia de redes de influencia de “Occidente” en Rusia, en primer lugar en sus más altos niveles de gobierno, se convertiría en una tontería intolerable. Esto se halla conectado directamente con la fluctuación en la posición de la más alta dirección política en lo relativo al reconocimiento de Rusia como una civilización independiente y a la aceptación de una vez por todas de una visión sobria y crítica de Occidente. Mientras que el presidente y el primer ministro de Rusia sigan afirmando que Rusia es “un país europeo” (sin embargo, podrían interpretar esas palabras), las estructuras de influencia occidentales ejercerán sobre las políticas externas e internas de Rusia una gran influencia, si no abrumadora.

Aparte de la organización del propio CFR, otros órganos institucionalizan una influencia similar, son plataformas tales como el “Institute for the Development” (RSPP) de Yevgeny Yasin, el Forum for Strategy-2020, la más alta escuela de economía, grupos de liberales en la administración del Presidente, etc.

Las relaciones de Rusia y Occidente en el futuro

Por fin, hemos llegado a la parte final: la previsión, los deseos y recomendaciones relativas al desarrollo de las futuras relaciones entre Rusia y Occidente. El análisis precedente procuró demostrar la complejidad de este problema, cuántos desplazamientos semánticos, matices, imposiciones de diferentes valores y esquemas geopolíticos existen. El concepto y la configuración de “Occidente” están cambiando. No hay claridad en la definición de la identidad de Rusia, por lo que incluso los matices de las definiciones y las adiciones a la fórmula básica pueden llegar a ser decisivos y transformar un más en menos, la victoria en derrota, o viceversa.

Rusia se encuentra ante un dilema histórico. La esencia de ello conduce a trabajar en una nueva fase y en nuevas condiciones en su relación con Occidente. La situación se agrava por la profunda crisis económica y, al parecer, ideológica, que atraviesan hoy no sólo los EEUU, sino todo el mundo, un mundo tan global que un fracaso en el funcionamiento del Occidente nuclear casi ha derribado la economía de todos los demás países, o por lo menos les causó un daño enorme e irreversible. Occidente se hizo tan global que las confusiones en su centro afectan al instante a toda la periferia.

Para desarrollar las previsiones y las estrategias para el futuro desarrollo de las relaciones entre Rusia y Occidente, es necesario en primer lugar definir nuestros conceptos.

Perestroika 2: Rusia se integra en el “Occidente global”

La posición teóricamente más consistente en esta situación sería la de los occidentalistas más radicales: Occidente devino global y esto debe ser aceptado, integrando sus estructuras en cualquier condición, y cuanto antes, mejor. Si es necesario rechazar la soberanía para dar tal paso, vale la pena hacerlo, en la medida en que tarde o temprano la globalización pondrá la autoridad en manos de un “gobierno mundial” supra-nacional, y uno debe esforzarse por adquirir en él algunas carteras, no involucrándose en un conflicto perdido. Y si en este momento la economía liberal experimenta una crisis, entonces estos problemas son sólo “detalles técnicos de la autorregulación de los mercados”; el mercado encontrará un modo de salir de la crisis. Y en la medida en que nadie hoy ofrece una alternativa distinta al liberalismo occidental (todas las viejas variantes contrarias sufrieron una bancarrota), Rusia simplemente se queda sin otra opción que no sea la de compartir las dificultades de Occidente.

M. Khodorvosky razonó aproximadamente así, y los miembros del partido de la oposición “Otra Rusia” se destacan por tales posturas. Pero lo más importante es que incluso los más moderados occidentalistas, pertenecientes a la red del CFR y que ocupan puestos clave en la economía rusa y en parte de la esfera política, sostienen este punto de vista en una forma suavizada. Y aunque pocas personas expresan hoy abiertamente ideas similares, es precisamente esta línea estratégica la que es peculiar al bloque económico del gobierno (A. Kudrin, E. Nabiullina, A. Dvorkovich, I. Shuvalov), a los arquitectos de la política internacional rusa, al Ministerio de Asuntos Exteriores, al estatal Institute of International Relations de Moscú, a la Administración del Presidente, a los oligarcas rusos (en la Russian Union of Industrialists and Entrepreneurs o en el Institute of Development) y a otros segmentos influyentes de la élite rusa. En general, la élite se mantiene fiel a Occidente, absorbe sus valores, almacena su capital allí y asienta a sus familias allí, pasa su tiempo libre allí y prepara a sus hijos allí. Y aunque las actitudes hacia las figuras de Putin y Medvedyev dividen bruscamente a los rusos occidentalistas en dos partes (una, a favor; la otra categóricamente en contra), ambas se derivan del principio de la inevitabilidad de la globalización y del establecimiento de un “gobierno mundial”.

Hay que decir que tal posición tiene un “mérito” importante: permite trabajar y vivir por inercia, sin grandes esfuerzos y trabajos. Las tendencias de la globalización y la construcción de un mundo unipolar se desarrollan por parte del Occidente nuclear tanto con la ayuda de la inercia involuntaria del timón de la historia del mundo, como gracias al trabajo intensivo a la hora de hacer valer sus intereses. Los valores e intereses de Occidente coinciden en su carácter básico; el movimiento del “fin de la historia” es irreversible, se discute sólo acerca de su velocidad, fases y detalles. Por mucho que el posmodernismo asuste incluso a sus adeptos, está escrito en la lógica de los procesos sociales, culturales, tecnológicos y geopolíticos; nadie podrá aplazarlos, ni, por otra parte, suprimirlos mediante decreto voluntario. Por lo tanto, los occidentalistas rusos proponen “relajarse y disfrutar”, incluso si uno está hablando de algo desagradable, incluso mortal para el país, para las ambiciones del pueblo, y para la misión histórica de Rusia.

Ellos discuten y ridiculizan la presencia misma de esta misma misión, aconsejan disminuir la ambición, y afirman que los desagrados pueden subsanarse mediante el constante crecimiento de la industria del entretenimiento, de la propaganda “totalitaria” del glamour y el espectáculo. Si Rusa se extingue como consecuencia de la globalización, entonces, comodidad para los liberales: “ahí está su coche fúnebre”; lo importante es sólo hacer esta agonía lo más imperceptible y “cómoda” como sea posible. Rusia se está muriendo, pero la gente – si puede, por supuesto – tendrá la oportunidad de dejarse caer en el Occidente mundial, permanecerá e incluso probablemente será capaz de aprovechar las oportunidades recién abiertas: la libertad de la migración, de la comunicación, el acceso al conocimiento, la búsqueda de empleo y la igualdad de oportunidades. Y hay que admitir que si pensamos en Rusia como un país europeo, los liberales tienen razón. Después de todo, otros países europeos rechazan poco a poco su soberanía, transfieren el poder – hágase con un chirrido – a órganos supranacionales (la burocracia de Bruselas), igualan en derechos a la población autóctona y a los inmigrantes de África y Asia, borran las fronteras, adoptan el idioma inglés, y se olvidan de las raíces nacionales, culturales y religiosas. Si “Rusia es un país europeo”, entonces, como otros países europeos, tiene que disponerse a ser borrado de la faz de la tierra, cediendo su lugar a nuevas organizaciones globalistas. Para la propia Europa, la integración es sólo una etapa temporal. Si seguimos el proceso de globalización, en su próxima ronda el mundo entero se convertirá en un “gobierno unificado” (el Estado Mundial), y todos los narodi y países entregarán el poder al “liderazgo mundial” (el embrión del cual es hoy el CFR o la Trilateral).

Tal tendencia proyectada sobre las relaciones de Rusia y Occidente no es tan absurda y marginal como parece a primera vista después del resurgimiento del sentimiento patriótico, que creció durante todo el gobierno de Putin, y en los primeros días del presidente Medvedyev (sobre todo después agosto de 2008 y el conflicto entre Rusia y Georgia). La integración en el Occidente global (=”civilización mundial”) es la decisión más simple, no exige ningún esfuerzo. Los procesos de globalización marchan por sí solos, e incluso aquellos que no están de acuerdo con los valores de su contenido ideológico (por ejemplo, China, y en menor grado la India), tratan simplemente de corregir estos procesos por su propio bien, restringiendo o aminorando un poco su velocidad, para darles un color local definido, discutiendo matices; pero nadie – a excepción de los círculos islamistas radicales y el joven movimiento anarquista de los anti-globalización – protesta lógica y completamente en contra de los mismos. Desde esta perspectiva, participar en la globalización no se ve como una opción volitiva, sino como algo que se sobrentiende; no exige una elección en la medida en que ya se toma por nosotros, por la lógica de la historia de la Edad Moderna, la aparición regular de la posmodernidad y “fin de la historia”.

Por lo tanto, no se puede descartar tal decisión occidentalista de improviso. El régimen soviético, más ideologizado, radicalmente anti-occidental, totalitario y controlado que el actual régimen, se derrumbó ante esta lógica inexorable de Occidente y renunció a su posición ante los convincentes argumentos de la red de influencia que él mismo había establecido. Deseando participar en la modernización de otros a costa de un esfuerzo mínimo, la URSS pagó por su error y murió. Pero la conmoción fue olvidada rápidamente, y en presencia de problemas crecientes, una análoga aproximación a las cosas – Perestroika, reformas liberales, lazos más estrechos con los EEUU, entrada en la OTAN, el rechazo de territorios gigantescos y regiones etno-sociológicas – podría repetirse en su totalidad, sobre todo en momentos de crecientes problemas. La oposición liberal habla abiertamente de ello. Pero un porcentaje significativo de la élite rusa contemporánea sostiene secretamente la misma opinión. Por esa razón, tal escenario – condicionalmente hablando, una “Perestroika 2” – incluso aunque su probabilidad sea baja debido a la actual escalada del patriotismo ruso, no debe ser descartado en ningún caso.

Rusia y Occidente en la Teoría Eurasianista

Mediante una premisa directamente contraria se puede basar un pronóstico del desarrollo de las relaciones de Rusia con Occidente, cuya tesis afirma que “Rusia es una civilización independiente”, Rusia-Eurasia, un “mundo de gobierno”. En este caso, el concepto de Occidente (como Modernidad y modernización en sus diversas formas), en prácticamente todos los sentidos de esta palabra, desde el histórico al moral e ideológico, se toma como un mal, como un concepto negativo, como una antítesis hegeliana que se debería rechazar, derrotar, vencer, superar, deshacerse de ella, interrumpir, y en el largo plazo, destruir. Los zares rusos del período de Moscú sostuvieron tal punto de vista (viendo en Europa el “Reino de los herejes”, “papistas y saqueadores”), al igual que los eslavófilos (especialmente los tardíos), los narodniks rusos, los eurasianistas y los comunistas (en línea con su especial ideología de clase).

Partiendo de estas perspectivas eslavófilas (eurasianistas), las relaciones entre Rusia y Occidente deben construirse en una clave totalmente diferente. Esta posición puede ser llamada estrictamente anti-occidental. La civilización rusa (eslavo-ortodoxa, eurasianista) debe dar un último y decisivo golpe.

Una disposición tal conduce a una completa negación de aquel camino de desarrollo recorrido por Occidente y por aquellos que se encontraron en su zona de influencia, de buen grado o por la fuerza (a través de la colonización).

En consecuencia, el primer (y más importante) punto de la estrategia se convierte en una negación de la universalidad de la experiencia histórica de la civilización europea, poniéndola al nivel de un caso particular, con una refutación de todas sus pretensiones de ser el camino principal del desarrollo humano. Esto implica ni más ni menos que un desafío a toda la estructura de la época de la modernidad, un repudio de la Ilustración, situando el espíritu de la Edad Moderna al nivel de un fenómeno local – p. ej., geográfica e históricamente. Si Rusia es una civilización independiente, entonces su lógica, sus fases, dinámica, objetivos, valores y orientación pueden ser completamente diferentes a la senda del desarrollo y establecimiento de Occidente. Por cualesquiera caminos y sea cual fuere la lógica, Occidente debía ir al final de la historia, al post-modernismo y a la sociedad posindustrial; Rusia-Eurasia es bastante capaz de decir a todo esto un decisivo “¡no!”, rechazarlo sobre la base de sus propios valores, prioridades, puntos de referencia, elecciones y, en última instancia, intereses.

Esta posición exige una reconsideración metafísica de la identidad rusa; la elaboración inmediata de la idea nacional rusa en un nuevo giro de su desarrollo, con el fin de llevar a cabo, bajo un completo rechazo a Occidente, una fundación paradigmática, filosófica, segura.

Habiendo dado un paso en este sentido, y no esperando hasta que la enorme tarea del espíritu sea realizada, es muy posible esbozar los principios fundacionales partiendo de los cuales Rusia-Eurasia, Rusia (= una civilización), construirá sus relaciones con Occidente.

El primer y más importante punto en estas relaciones será un repudio a la tendencia hacia el “Occidente global”. Occidente es un fenómeno local y regional, y todos sus intentos de presentarse como un estándar universal de desarrollo no son otra cosa más que una pretensión racista, colonial, de poder absoluto sobre la humanidad. Se declara la guerra al universalismo de Occidente.

Otra importante conclusión se deduce de esto: la modernización, que Occidente lleva a cabo y que lleva a todos los demás, no es el destino, sino una posibilidad voluntariamente seleccionada que los demás adoptan o rechazar. En este caso, la modernización se transforma no tanto en un objeto de deseo como en una aventura dudosa, cuando la sociedad sacrifica las bases religiosas, éticas y tradicionales, pero gana comodidad tecnológica elevada al valor más alto y al criterio más importante. La modernidad – con su materialismo, su ateísmo y su utilitarismo – se muestra como una tentación, atractiva pero fatal para el espíritu y la independencia de las culturas y los narodi. Por lo tanto, la modernidad se ve privada de su valor histórico, mientras que la sociedad tradicional, incluyendo la religión, el culto, los ritos, las costumbres, etc., es entendida no como algo que se sobrevive a sí misma, no como una inercia y una superstición, sino como la libre elección de una sociedad libre.

Occidente ató su suerte a la Modernidad y a la modernización. Si Rusia es una civilización independiente, diferente de la occidental, bien puede (y debe) actuar de otra manera, haciendo una elección a favor de la sociedad tradicional. De aquí se desprende una conclusión muy importante: la modernidad y la modernización no representan por sí mismas valores absolutos y el imperativo incondicional de desarrollo. Rusia puede desarrollarse y vivir de acuerdo con su lógica interna, dictando su religión, su misión histórica, su cultura original y distintiva.

Rusia, entendida como una civilización, no sólo puede sino que debe tener sus propios valores diferentes a los de otras civilizaciones. Por lo tanto, tiene pleno derecho a establecer sus propios y singulares modelos políticos, sociales, jurídicos, económicos, culturales y tecnológicos, sin prestar atención a la reacción de Occidente (ni, por cierto, a la de Oriente).

En las políticas concretas, estos principios se convierten en el modelo del mundo multipolar. Es más, los polos no se convierten en segmentos del Occidente global que sólo se toman una pausa con el fin de construir de manera más efectiva sus sociedades bajo un estándar universal, sino civilizaciones separadas, que reclaman su propia comprensión de la historia, su propio tiempo histórico específico (cíclico o lineal), su propia ontología, antropología, sociología, politología, su propio mundo, que a los demás puede no gustar, aunque tal cosa no tenga ninguna influencia sobre nada.

Así nace la filosofía fundamental de la multipolaridad, negando las pretensiones de Occidente acerca de la universalidad de su camino e invitando a los narodi del mundo a buscar por sí mismos no sólo los medios de desarrollo, sino también a definir sus metas y dirección.

Si Rusia emprende un camino tal y se reconoce a sí misma como civilización (como la inmensa mayoría de la población la reconoce), esto significará una cruzada contra Occidente, negando su misión universal, lo que significa soltar las amarras de la modernidad y la posmodernidad como su última expresión.

Tal posición no es tan improbable, aunque hoy en día sólo la han adoptado Irán, Venezuela, Siria, Bolivia, Nicaragua, Corea del Norte, Bielorrusia y, de una manera cuidadosa, China.

Si permitimos que el liderazgo político de Rusia tome el paso esperado y proclame que Rusia es una civilización, se formará una cadena lógica de acciones prácticas:

Rusia reforzará sus relaciones con aquellos países que lanzan radicalmente un desafío a Occidente, la globalización, la modernidad y la posmodernidad. Rusia comenzará a dividir a Occidente, fortaleciendo sus lazos con la Europa continental y tratando de conducirla fuera del control de los EEUU. Rusia establecerá un filtro en relación a los procesos de globalización en el ámbito de la cultura, la tecnología y los valores, aceptando solamente lo que promueva el fortalecimiento de su poder estratégico, y arrojando cruelmente y dejando fuera de la ley todo lo que debilita, corroe y relativiza su identidad civilizacional.

Este tipo de giro dará lugar a una escalada de las relaciones con los EEUU y todos los apologistas del “Occidente global”, pero por su parte señalará a Rusia a los miles de millones de aliados que en aquellos países quieren preservar la lealtad a sus valores y tradiciones, en lugar de disolverse en un “gobierno mundial”.

Nadie sabe el resultado final de esta confrontación, en la medida en que están en juego intereses históricos demasiado grandes; estallará una verdadera batalla por el significado del “fin de la historia” o, según sea el resultado, por su continuación. Si se construye un mundo multipolar, la historia continuará. Si no, entonces la posmodernidad ascenderá al trono irreversiblemente, y terminará, cediendo su lugar a la “pos-historia” (esta vez, sin ninguna brecha [también: vergüenza / deshonra.]).

Rusia y Occidente en la óptica del Gobierno ruso contemporáneo (Vlast’) [*]

A fin de no entregarse a ilusiones vacías y no tratar de pasar lo deseable como lo verdadero es preciso señalar que: hoy en día, el gobierno ruso no está del todo listo para tomar una decisión, ya sea en una u otra dirección. Ni Putin ni Medvedyev están planeando, sea el disolverse en Occidente, sea admitir que Rusia es una civilización independiente y plantear a Occidente una lucha final. Ni el gobierno ni la sociedad están listos para un paso tan abrupto.

Teniendo en vista la lógica de todo el período pos-soviético, es fácil darse cuenta de que el péndulo de la política rusa se desplaza constantemente de un occidentalismo desenfrenado al lado opuesto. Toda la historia de la presidencia de Putin, su gigantesca popularidad y el apoyo a sus políticas en la nación son la evidencia de que la autoconciencia de los rusos está fuertemente inclinada hacia el reconocimiento de Rusia como una civilización y al rechazo del occidentalismo. Y cualquier sugerencia por parte del gobierno de actuar de la misma manera es inmediatamente tomada con entusiasmo por las grandes masas. Pero, a pesar de esto, hay una barrera invisible que mantiene en jaque su evolución en esta dirección. Puede ser que estemos tratando aquí con la eficacia de las acciones de los agentes y redes de influencia (en primer lugar, el CFR). Es posible que no haya todavía suficiente energía acumulada en la sociedad para entrar en una nueva ronda de la lucha civilizacional, que, de una forma u otra, los rusos libraron durante toda su historia.

Cualquiera que sea el caso, la posición de las actuales autoridades rusas en relación con Occidente (en su encarnación actual) sigue siendo indefinida. Las autoridades rechazaron el occidentalismo directo, pero tampoco tomaron una posición alternativa (eslavófila, eurasianista). “Se colgaron” como se cuelgan los ordenadores de vez en cuando. Ni aqui, ni allí.

Hemos esbozado los escenarios generales del desarrollo de las relaciones con Occidente si el liderazgo toma una de las dos posiciones fundamentales: la integración en el Occidente global, o la afirmación de los valores e intereses de Rusia como una civilización en un mundo multipolar.

Hoy en día la elección no está tomada. Es aplazada y puesta a un lado de todos los modos posibles. La impresión que se crea es la de que las autoridades rusas (Medvedyev y Putin) sufren por la misma necesidad de esta elección, y que harían todo lo posible para que no existiera una alternativa tan estricta, para evitar por algún medio una variante comprometedora, tanto la occidental como la no occidental.

Rusia debe integrarse y modernizarse, pero al mismo tiempo, preservar la soberanía y la independencia [lit: ser autónomo]. Diversas concepciones como “democracia soberana” son un desesperado esfuerzo por reconciliar lo irreconciliable.

Tales indefinición y ambigüedad son cómodas para una ampliación táctica del campo de posibilidades. Pero esto no es una solución del problema, sino más bien su aplazamiento. Esto puede proporcionar (y proporciona) un efecto positivo para la reconciliación de las élites occidentales y las masas eurasianistas (nacionalistas). Pero tarde o temprano tendrá que hacerse una elección. Las autoridades rusas están convencidas: mejor más tarde.

Probablemente haya razones concretas para tal posición; sin embargo, “más tarde” no significa “nunca”. Llegará el momento en que se tendrá que dar una respuesta inequívoca y clara a este dilema: ¿Rusia es un país europeo o una civilización [lit: independiente]?

Cuando Medvedyev habla de multipolaridad y critica a los EEUU, uno tiene la impresión de que ha tomado una decisión a favor de la civilización. Pero al momento siguiente aparece en público en compañía de agentes de influencia del CFR y oligarcas, y habla de “la democracia y la modernización”, subrayando la determinación de Rusia por convertirse en una parte del Occidente global. Putin ha actuado exactamente de la misma manera: rechazaba constantemente sus propios instintos ideológicos, mezclando en un único y mismo discurso lo que es incompatible y mutuamente excluyente.

Esta observación muestra que las relaciones de Rusia y Occidente bajo la actual administración se ejecutarán en un espacio intermedio entre dos posiciones específicas y distintas. En lugar del inequívoco “lo uno o lo otro”, que predeterminaría la lógica de las relaciones entre Rusia y Occidente a largo plazo, estamos predestinados durante algún tiempo a la reserva, la oscilación, la paralipsis. Las autoridades rusas no maduran para responder a este problema fundamental. Probablemente, la sociedad misma no está completamente madura para ello.

Mientras este compromiso exista, no esperemos una decisión verdadera y de pleno derecho. Esto significa que las relaciones entre Rusia y Occidente se desarrollarán contradictoriamente y de manera ambigua: sí y no a la vez.

Sin embargo, la crisis económica mundial y la lógica de la globalización, de la que Occidente no tiene intención de distanciarse, acelerará (para nosotros) objetivamente el proceso de tomar una decisión. No funcionará “estirar la cuerda” más allá de un cierto punto crítico. Las autoridades tendrán que tomar una decisión que predeterminará a largo plazo la lógica del desarrollo de las relaciones con Occidente. Es difícil anticipar de qué tipo será esta decisión y cuándo se impondrá. Pero hemos tratado de describir con la mayor precisión entre qué opciones se tomará la decisión.

La posición subjetiva del autor

En esta sección, mi tarea era la de describir de la forma más correcta y lógica que me fuera posible los modelos de las relaciones de Rusia con Occidente. Por esa razón, traté de abstenerme de apreciaciones periodísticas y de demostrar preferencias personales. Sin embargo, como conclusión no puedo dejar de señalar mi opinión:

• Rusia es una civilización independiente;

• Occidente y la lógica de su devenir: este es el camino hacia el abismo;

• La afirmación de la universalidad de fenómenos tales como el progreso tecnológico, la democracia, el individualismo y el liberalismo encubre debajo de sí el racismo, la superioridad cultural y aspiraciones coloniales;

• La “tolerancia”, propagada de modo propagandístico por Occidente, es una forma de imposición agresiva de sus valores en todas las otras culturas y civilizaciones;

• El destino de Rusia consiste en la afirmación de su independencia, el seguimiento de su propio camino, la defensa de sus valores originales (la Ortodoxia, la moral, la justicia, sobornost [**], holismo, etc.), y la oposición a Occidente en todas sus formas .

Leer primera parte: Occidente y su desafío (I).

(Traducción Página Transversal).

Fuente: Katehon.

Extraído de: La Cuarta Teoría Política en español.

Notas de la traducción:

* Vlast’: “En ruso, según Ledyaev, el término “vlast”, traducido normalmente como “power”, parece significar potestas, ya que «suele utilizarse para definir la capacidad que tiene alguien de controlar a otros (dominarlos, obligarlos a algo, influir en ellos: el “poder” se imagina como algo que está ‘por encima de’ nosotros, que limita nuestra libertad, crea obstáculos, etc.»” (Lukes, Steven: El poder: un enfoque radical, Siglo XXI, 1985). En el Oxford English Dictionary “Vlast” aparece como “poder político en los países de la antigua Unión Soviética”.

** Sobornost: El significado fundamental de sobornost es el vínculo permanente que debe existir entre la verdad y el amor mutuo en la Iglesia. (Mercaba). La sobornost es la infalibilidad de una pronunciación dogmática, la unanimidad de las conciencias individuales, obrada por el Espíritu Santo, que induce infaliblemente al pueblo de Cristo a aceptar o rechazar una doctrina propuesta como verdad a creer (Wiki).

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