La inspiración weileana

MAILER MATTIÉpor Mailer Mattié – Instituto Simone Weil – En el LXXII aniversario de su muerte, el 24 de agosto de 1943 en Ashford, Inglaterra. A Sara Zaida.

“La inspiración es espera. Dará frutos en la espera”. Simone Weil (El conocimiento sobrenatural, 1942)

Los problemas del mundo actual, dividido en deudores y usureros, se diferencian muy poco, en realidad, de las preocupaciones fundamentales a las que Simone Weil consagró la máxima atención del pensamiento y su devoción por la humanidad; virtudes, ambas, cuya unidad solo se expresa en la grandeza de la verdadera filosofía.

Nuestra principal obligación, en consecuencia, continúa siendo la misma que ella reconoció mientras la guerra, el crimen, la fuerza y el desarraigo devastaban el continente europeo en los años cuarenta del siglo pasado: hay que arrancar las raíces que mantienen a esta civilización regresiva en la que vivimos sumida en las tinieblas, cegada por la idolatría, abatida por la larga sombra de todos los imperios de bandidos que han atormentado el planeta, por el sufrimiento que separa a los contrarios, por la ausencia de bien y la desdicha.

Es decir, hay que suprimir todo aquello que impide el reflejo en la vida social de la verdad, la belleza, la espiritualidad y la justicia. Por ejemplo, la idea de progreso, un veneno convertido en fin supremo –como lo definió Weil-, aun cuando, en la práctica, únicamente ha servido para fortalecer el despotismo de la necesidad: el reino de la insatisfacción de las necesidades del cuerpo y del alma que es este mundo.

La necesidad -constituida por el infierno de la división de los contrarios, decía Weil- es, en efecto, la fuerza que nos oprime, puesto que en la sociedad contemporánea está ausente, en todos los ámbitos, el principio de unidad complementaria de los opuestos: entre lo femenino y lo masculino; lo social y lo individual; lo universal y lo particular. Por tanto, resulta impensable concebir algún vínculo que enlace a aquellos elementos distintos que precisan armonía para servir de medios en la satisfacción de las necesidades fundamentales de la humanidad: por ejemplo, verdad y libertad de expresión; propiedad personal y colectiva; libertad y obediencia; igualdad y jerarquía; soledad y convivencia social; trabajo en actividades comunes e iniciativa personal; castigo y honor; o seguridad y riesgo –sin el cual, ninguna acción humana sería posible-.

En consecuencia, allí donde la necesidad es un tirano, el amo, el enemigo permanente, impera la desdicha.

La manifestación, en fin, del desamparo que prospera si desaparece del mundo la inspiración del orden universal: el orden eterno, la armonía de los opuestos; la verdad conocida en la Antigüedad cuando –en palabras de Weil- “los seres humanos eran mejores que nosotros”; la certidumbre de que solo lo universal es verdadero, como confirmaron, en su momento, los mayas dedicados con intensidad a la astronomía o los griegos mediante el desarrollo de las matemáticas, la geometría y la ciencia.

Necesidad de certeza, pues, cuya búsqueda exige también inspiración: el espíritu de verdad, la energía suscitada por el amor a la verdad.

Inspiración especialmente ajena a la idolatría y al uso de la fuerza en todas sus variantes, incluyendo la presión, la elocuencia y la propaganda. Afín, sobre todo, al diálogo que conecta lo personal y lo colectivo, porque el debate -la inútil confrontación de las ideas que demanda fuerza en forma de elocuencia- separa, dado que su objetivo no es inspirar, irradiar, sino el prestigio y el poder que es siempre obediencia degradada.

Weil, de hecho, dedicó gran interés al problema de la fuerza, precisando una notable diferencia en las sociedades según los modos de usarla y el nivel de su valoración, como en los casos del Imperio romano, la Alemania nazi o en Grecia Antigua. Observó, asimismo, que la fuerza era también un factor determinante en el mundo moderno, no obstante, encubierta principalmente en forma de prestigio: el valor social supremo ligado a sus instituciones y la máxima aspiración de los individuos.

Según Weil, en realidad, vivimos devorados por el apego al prestigio; es decir, por el afán de una ilusión, de una sombra, de una mentira que asegura la presencia de la fuerza en todos los ámbitos de la existencia social. El prestigio –decía- hace de pantalla a la verdad; en la institución del dinero, por ejemplo, el prestigio de la moneda como medio de acumulación hace de sombra a la moneda como medio de cambio que es el bien. Y así, en todas las esferas de la sociedad.

La ausencia de inspiración en la verdad universal, por otra parte, induce igualmente a centrar la atención exclusivamente en lo particular: un desequilibrio que constituía para Weil el origen de la idolatría; es decir, el punto de partida de todo aquello que es contrario a la auténtica religión. Dicho de otra manera, si hay separación entre lo universal y lo particular, la idolatría ocupa el lugar de esa unidad: la raíz, ciertamente, de la sumisión incondicional a la Iglesia, al Estado, a los partidos políticos, al dinero, al líder.

II

Disentir de la noción de Dios como objeto de idolatría significa, indudablemente, un regreso al pensamiento ancestral, a los diversos relatos sobre el origen del mundo y de la vida que comparten una misma visión: el Creador se ha retirado, es no acción –como diría Weil-, si bien su presencia se manifiesta justamente en la inspiración que suscita el orden de su propia creación, el Cosmos, el Universo.

En el mundo, en efecto, todo sucede en el marco de la perfecta regularidad de los movimientos circulares de rotación y translación que dan lugar al día y la noche, a las estaciones que se suceden sin ninguna alteración: al tiempo, en fin, que es circular.

El tiempo lineal, un aliado del proyecto de la modernidad y del progreso es, por ende, una ficción; expresión, sin más, de la distancia entre el orden social y la verdad universal que es –en lenguaje de los pitagóricos- armonía que surge de la unión del límite y lo ilimitado, de lo infinito y lo finito; la unión, pues, de la que provienen todas las realidades, el principio de todo.

En el orden universal –subrayó Weil-, solamente aquello que limita y encierra un número se puede conocer: es la verdad. Lo ilimitado –que ella denominaba “sobrenatural”- no se puede conocer: algo que es infinitamente pequeño e infinitamente activo a la vez.

La armonía de contrarios –los opuestos que tienen la máxima distancia entre sí y la máxima unidad al mismo tiempo-, la mezcla entre lo sobrenatural y lo que tiene límite, entre lo que se puede conocer y lo que no se puede conocer es, entonces, la fuente de la verdad y de la belleza del mundo. Un orden –creía Weil- al que se aprende a aceptar, a obedecer, mediante atención intelectual; libre obediencia, no obstante, que puede transformarse en virtud a través de la práctica de una atención superior: aquella que nos permite precisamente reconocer que el universo no es solo un objeto de conocimiento; es también belleza susceptible de despertar el amor.

Un razonamiento, sin embargo, que -como ella misma advirtió- puede parecernos una locura: el Amor Fati de los antiguos, el Amor incondicional a lo que se puede conocer y a lo desconocido, al límite y a lo ilimitado. Una corriente de espiritualidad, no obstante, que recorrió hace siglos gran parte del mundo, expresada en diferentes versiones: la manifestación del pensamiento común de los que piensan por separado, el ideal pitagórico de la amistad –personal y colectiva-.

Weil, efectivamente, sostuvo la hipótesis del desarrollo de una civilización continua, anterior a la civilización griega, entre el Mediterráneo y el Medio Oriente, donde una verdad idéntica fue expresada de modos diferentes, cuyo legado probablemente inspiró más tarde el surgimiento del cristianismo original y también, en cierta manera, el pensamiento de Platón, a quien consideraba, más que un filósofo, discípulo de una antigua tradición espiritual.

Hipótesis, además, que podemos hacer extensiva a las civilizaciones que poblaron el continente americano (Abya Yala) antes de la conquista española, cuyos mitos y narraciones orales, guardados en la memoria de las comunidades originarias, remiten a la misma verdad en relación con el orden del cosmos y su reflejo en la organización de la vida social.

Padecemos pues, las consecuencias de la gran pérdida de nuestra vocación por la unidad. Las nociones artificiales de progreso y del tiempo lineal, desde luego, son similares al error que supuso imponer el dogma de que la tierra era plana; muestran, en realidad, el grado de destrucción de la auténtica espiritualidad humana y el peligroso nivel de desarraigo del mundo en relación con la verdad universal.

“Nada puede tener como destino lo que no tiene como origen”, escribió Weil. Así, solo si lo profano proviene de lo sagrado, si reproducimos la armonía de los contrarios en nosotros mismos, es posible hallar el camino, el Tao, la mediación necesaria para abandonar el callejón sin aparente salida de la modernidad.

Olvidada nuestra vocación por la unidad, la mediocridad impide reconocer la mediación; no obstante, recuperarla significaría, sin duda, como supuso Weil, la agonía de esa misma mediocridad.

Sin el desarrollo de la virtud de la libre obediencia al orden eterno, pues, no existe posibilidad alguna de liberación, de una transformación social verdadera. Una auténtica revolución que consistiría, sin más, en un movimiento circular, ajeno a la violencia de la fuerza y a la falsedad de la idolatría; el regreso a la inspiración que viene del pasado, semejante, por ejemplo, al movimiento cíclico que la sabiduría ancestral de los pueblos indígenas en los Andes identifica como el Pachakuti: el cambio, la transición que entraña volver al espacio/tiempo original, puesto que el futuro se concibe como el retorno del pasado desde el Uku Pacha –el Mundo de Abajo, el de los muertos- al Aka Pacha, el mundo donde reside la vida, la humanidad.

“Ve con los muertos y quédate con ellos”, respondió el Oráculo de Atenas a Zenón, el Estoico, cuando éste preguntó a dónde debería dirigirse para hallar sabiduría y conocimiento.

III

Para Weil, por otra parte, resultaría esencial diferenciar también entre aquello que es necesario y el bien. En la sociedad contemporánea, de hecho, las instituciones de la economía y del Estado se atribuyen artificialmente el prestigio de constituir las únicas fuentes de satisfacción de las necesidades humanas. Una sombra más, otra ilusión, que oculta, en realidad, el vacío de una verdadera alternativa al dominio de la necesidad; la ausencia de una respuesta, de una solución, cuya naturaleza sea el bien: es decir, la justicia, la belleza y la unidad de los opuestos.

Habría que precisar, por tanto, de un lado, los puntos fundamentales de encuentro entre el arte, la técnica, la filosofía, la religión y la ciencia. De otro, el ideal de una nueva civilización continua entre las diversas biorregiones del planeta, puesto que la vocación de la Tierra es también la complementariedad; una propuesta, en efecto, incompatible con el modelo actual de “globalización” que, haciendo reiterado uso de la fuerza en todas sus modalidades, profundiza el enfrentamiento y la competencia; fomentando, como sabemos, el desarraigo y la destrucción.

Es obligatorio, pues, crear el vínculo, el puente, el metaxu, que une a los contrarios: el medio que vence la separación, considerando que el más bello es aquel que permite lograr el mayor grado posible de unidad, de armonía, de acuerdo entre las cosas que son discordantes, diferentes, de distinta naturaleza y rango; es decir, aquel que las hace idénticas, que construye lo que Weil llamó una igualdad natural, en oposición a la igualdad ficticia, irreal, que compete al derecho y ampara la división y la dualidad.

IV

A la luz de la certeza de que solo hay verdades y errores, correspondería sobre todo a la ciencia, entonces, la obligación de inspirar obediencia voluntaria al orden del universo, en sustitución de su obediencia degradada a los intereses del poder.

La obediencia suficiente que procede del ejercicio de la voluntad y de la muerte del “yo” por falta de alimento -de apego al prestigio-, puesto que si no aprendemos a obedecer libremente, estaremos condenados a soportar las consecuencias de todos los equívocos, las aberraciones y los desaciertos de las jerarquías ilegítimas que gobiernan nuestra vida social.

Esa obediencia que, junto a la reciprocidad –dar y devolver-, es, a fin de cuentas, la fuente de toda obligación.

Proyectar la imagen del orden del cosmos en la sociedad significa, asimismo, reconocer la belleza, la verdad y la justicia como las auténticas normas de todas las cosas, en discrepancia con el prestigio exclusivo de la ley escrita cuyo origen proviene del uso de la fuerza, de la destrucción de las reglas y costumbres propias de la convivencialidad que implican, en principio, más que derechos, libre obediencia y obligaciones.

Así, el bien que proviene de la justicia, de la verdad y de la belleza –los goces sobrenaturales, el júbilo- otorga, pues, legítimo significado al anhelo de la humanidad a aquello que Simone Weil llamó la felicidad natural: es decir, la aspiración a la máxima armonía y unidad de los contrarios, cuando la necesidad deja de ser el amo, el enemigo.

El júbilo en la vida social que el pueblo guaraní en Suramérica llama La tierra sin mal, el mundo en equilibrio; el Kawsak Sacha –La selva viviente- del pueblo sarayaku en la amazonia ecuatoriana; o el Buen VivirSumak Kawsay en lengua quechua y Sumak Kamaña en lengua aymara-, una visión que integra al individuo, la vida comunitaria y la naturaleza, basada en los principios de reciprocidad, cooperación y complementariedad: la misma noción, sin embargo, que el Estado Plurinacional en Ecuador y en Bolivia ha desnaturalizado, demostrando en la práctica que su objetivo real es destruir los ideales de las comunidades originarias en relación con su herencia ancestral.

Las cosas verdaderamente bellas proceden, entonces, solo de la inspiración que reclama atención y obediencia: dos polos complementarios en una sociedad que constituya el reflejo de la armonía universal en este mundo.

Madrid, agosto de 2015.

Fuente: Instituto Simone Weil

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