El Pleito perpetuo

JOSÉ LUIS MUÑOZ AZPIRIpor José Luis Muñoz Azpiri (h) – (Buenos Aires. Argentina) para “Página Transversal”.

“Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”, Marcelino Menéndez y Pelayo.

“La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias; y así las llaman mundo nuevo”, Francisco López de Gómara.

El 24 de agosto de 1500 desembarca en Santo Domingo Don Francisco de Bobadilla. Una visita que iba a suponer un cambio radical en la gobernación y la justicia de las Indias.

El 21 de mayo de 1499, los Reyes Católicos lo habían nombrado juez pesquisidor para investigar los sucesos acontecidos en la isla Española, debido a las quejas continuadas sobre la política que estaban ejerciendo Cristóbal Colón y sus hermanos en la isla (actuaciones venales, esclavitud a los indígenas, ocultación de quintos reales de perlas y de oro, la rebelión de Francisco Roldán y por las acusaciones de traición y ataques de sus muchos enemigos). Así, Bobadilla se dirigió a la isla un año después de que hubiera sido nombrado juez pesquisidor, arribando a ella el 23 de agosto de 1500 y llevando consigo a 500 hombres y 14 amerindios que habían servido de esclavos a Colón, y ahora se les devolvía a sus tierras. Ya en Santo Domingo se reunió con Diego Colón, quien ahora gobernaba la isla por la ausencia de su hermano Cristóbal (quien estaba en La Vega). Poco después del inicio de la reunión, Bobadilla obligó a Diego a abandonar la fortaleza en la que residía, pero este no reconoció su autoridad, ya que creía que la de su hermano Cristóbal tenía más peso. Así, comenzó a hacer una investigación en la cual recogió todas las quejas contra él, descubriendo la pésima actuación política de Diego, por lo que ordenó su apresamiento y traslado a España. Además, se incautó de todos los bienes de los hermanos Colón.

El Almirante postrado. Diaro "LA NACION" 8 7 13

El Almirante postrado. Diaro “LA NACION” 8 7 13

El gobierno de los hermanos Colón en La Española no cumplió con las expectativas de los Reyes Católicos. Desde un primer momento fue clara la posición de la propia reina Isabel I de Castilla en la defensa de la igualdad de los indios, sus súbditos del Nuevo Mundo, y los españoles, sus súbditos del Viejo Mundo. Las agresiones a indígenas y la venta de algunos como esclavos era un desobediencia de las órdenes expresas de la reina Isabel la Católica, que había dejado clara su voluntad de que se tratara a los indígenas como súbditos de Castilla, y por lo tanto, como hombres libres.

Por este motivo, Colón fue arrestado luego de su tercer viaje y enviado con cadenas ante la reina por el pesquisidor Francisco de Bobadilla. No correspondía el comportamiento de Colón con el que España proponía en sus leyes aunque la distancia, entre otros motivos, propiciaron conductas similares a la de Colón con los indígenas, las cuales fueron denunciadas por Fray Bartolomé de las Casas y reprobadas por las Leyes Nuevas. Colón y sus hermanos estuvieron en prisión por seis semanas antes de que el rey Fernando ordenara su liberación.

Era el comienzo de las muchas desdichas que sufriría el ínclito nauta a lo largo de su azarosa vida e incluso después de ella hasta nuestros días. No obstante, luego de poco tiempo, el rey y la reina llamaron a Colón y sus hermanos al palacio de la Alhambra en Granada. Allí, la pareja real escuchó las suplicas de los hermanos, devolvieron su libertad y riqueza, y luego de mucha persuasión, aceptaron financiar el cuarto viaje de Colón. Pero se cerró firmemente la puerta al rol de Colón como gobernador. Desde ese momento, Nicolás de Ovando y Cáceres sería el nuevo gobernador de las Indias Occidentales.

El 15 de julio de 2015, en una suerte bojiganga e invocando un “Revisionismo de bajas calorías”, según la acertada definición del escritor argentino Enrique Lacolla [1], comenzó en Buenos Aires el desmantelamiento de la escultura del legendario navegante [2], para ser reemplazada por un monumento de estética opinable, que fungiría como estandarte libertario en contraposición al anterior símbolo cargado de nostalgias coloniales. La obra, cuyo autor es el artista Andrés Zerneri, mide 16 metros de alto y 25 toneladas de peso, fue realizada en bronce y donada por el gobierno de Bolivia. Durante la celebración, que incluyó danzas típicas de la región, instalaron una cápsula del tiempo, con el fin de dejar testimonio de lo acontecido en estos años de cara al futuro.

Iconoclastia tardía, reconoce antecedente en el 2004 con Hugo Chávez en Venezuela. Tras declarar a Cristóbal Colón genocida y pedir un juicio en tal carácter en su contra, las estatuas del Almirante fueron derribadas de Caracas y de todo el país. Esta actitud responde a la marea indigenista que recorre Hispanoamérica y que no afecta exclusivamente al polémico navegante, sino también a otros colonizadores cuyos monumentos han sufrido traslados adjudicados a actos de reparación histórica, como es el caso de Francisco Pizarro, en Perú.

En Bogotá, Colombia, Colón empacó las maletas tres veces. La única escultura en su honor tiene una historia llena de traslados y vilipendios. Fue esculpida por el italiano César Sighinolfi e instalada en 1906, en compañía de una figura de la reina Isabel la Católica, sobre la antigua avenida Colón, hoy calle 13.

A fines de los años 49, el Colón bogotano fue mudado a la Avenida de las Américas, una de las vías de comunicación que en la época se constituyó en una de las más importantes de la ciudad, pues unía el centro de la capital con el aeropuerto de Techo. Con la construcción de algunas obras civiles en el sector, el monumento fue trasladado, años después, a otra zona de las Américas, antes de ser puesto, en 1988, en el lugar que ocupa hoy: la avenida El Dorado con carrera 99, camino al aeropuerto de Bogotá, una zona de menor movimiento.

Por cierto, no sólo la controversia giró en torno de esculturas a Colón y otros personajes históricos. En Uruguay no hubo disputas por homenajes a Colón, ya que no quedaron rastros de los indígenas primitivos, pues todas las tribus fueron aniquiladas y no por los españoles exclusivamente. Si bien algunas minorías reivindican su pasado charrúa, los reclamos son anecdóticos.

El marino genovés se vio rodeado de misterio en la banda oriental. En la localidad de Villa del Carmen, sección de Durazno (poco más de 3.500 habitantes) nadie sabe cómo y por qué llegó el monumento a Cristóbal Colón que preside el boulevard Artigas. Constituye una referencia geográfica para la comunidad y para quienes transitan la ruta 14 desde y hacia el este y oeste del territorio departamental. Pero insólitamente, ni los propios lugareños saben cómo llegó hasta allí o quienes lo depositaron en el lugar, dejándolo en solitario.

Paradójicamente, en el monumento se lee la inscripción “El Pueblo de Villa del Carmen a Cristóbal Colón”. En un costado contiene indescifrables dibujos y un texto, al parecer relativos a mapas y trayectos. Se trata de una estatua única, porque tienen la particularidad de mostrar a Colón sentado y de cuerpo entero, en actitud pensativa, mirando el horizonte en dirección a la puesta del Sol.

En Perú, el blanco de los traslados fue la estatua del conquistador Francisco Pizarro, que, tras ser inaugurada en 1935 al cumplirse el cuarto centenario de la fundación española de Lima, fue mudada varias veces hasta recalar, en 2004, en el Parque de la Muralla.

En 1935, la estatua ecuestre dedicada a Pizarro fue emplazada en el atrio de la catedral de Lima. Había sido donada por la esposa del escultor, el neoyorquino Charles Carey Rumsey. Unos años después surgieron las primeras discrepancias: el sagrado lugar no era el mejor para un personaje en actitud bélica. En julio de 1952, después de la protesta de la Iglesia y algunos ciudadanos, fue trasladada a una plaza que, por algunos años, llevó su nombre. Si bien hubo posteriormente dos intentos de removerla, uno al Palacio de Gobierno y otro al distrito del Rimac, no se concretaron.

Permaneció allí hasta que la gestión del alcalde Luis Castañeda Lossio la desalojó al filo de la medianoche del 26 de abril de 2003 y pasó a un polvoriento y olvidado lugar. Comenzó entonces una discusión entre periodistas, historiadores e intelectuales. Finalmente el monumento fue removido. Tras 19 meses de permanecer en un depósito, la estatua fue instalada en 2004 en un extremo del nuevo Parque de la Muralla, a orillas del río Rimac, una localización que pasa inadvertida.

Como vemos, este litigio de las esculturas se reproduce con distintas variantes en toda Hispanoamérica, y no solo en los monumentos sino en las fechas y discursos:

“Buenos Aires, Octubre 4 de 1917.

Visto el memorial presentado por la Asociación Patriótica Española, a la que se han adherido todas las demás sociedades españolas y diversas instituciones argentinas, científicas y literarias, solicitando sea declarado feriado el día 12 de Octubre y

Considerando:

1º.- Que el descubrimiento de América es el acontecimiento de más trascendencia que haya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las renovaciones posteriores se derivan de este asombroso suceso que a la par que amplió los lindes de la tierra, abrió insospechados horizontes al espíritu.

2º.- Que se debió al genio hispano -al identificarse con la visión sublime del genio de Colón-, efemérides tan portentosa, cuya obra no quedó circunscripta al prodigio del descubrimiento, sino que la consolidó con la conquista, empresa ésta tan ardua y ciclópea que no tiene términos posibles de comparación en los anales de todos los pueblos.

3º. Que la España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales; y con la aleación de todos estos factores obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones americanas.

Y por tanto, siendo eminentemente justo consagrar la festividad de esta fecha en homenaje a España, progenitora de naciones, a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y la armonía de su lengua una herencia inmortal, que debemos afirmar y mantener con jubiloso reconocimiento,

El Poder Ejecutivo de la Nación

Decreta:

Artículo primero: Declárase Fiesta Nacional el 12 de Octubre.

Artículo segundo: Comuníquese, publíquese, dése al Registro Nacional y archívese.

(Firmado): Hipólito Yrigoyen – R. Gómez – D.S. Salaberry – F. Álvarez de Toledo – J.S. Salinas – H. Pueyrredón – Elpidio González – Pablo Torello.”

Esto no fue escrito por Francisco Franco, un falangista trasnochado o un hispanista católico ultramontano sino que son los fundamentos que acompañan al decreto por el cual el presidente Hipólito Yrigoyen instituyó el 12 de Octubre como Día de la Raza y lo declaró feriado nacional. Y es una muestra significativa del sentimiento y la retórica hispanoamericanista que campeaba por entonces en la cultura oficial y los círculos intelectuales latinoamericanos y que el gobierno de Yrigoyen llevó a la práctica en su política exterior como lo demuestra el episodio de República Dominicana.

En la misma tónica y con el mismo espíritu, quien sucedió a Yrigoyen ejerciendo la jefatura del movimiento de masas más importante de Iberoamérica se refirió a la fecha en términos similares el 12 de octubre de 1947 en la Academia Argentina de Letras con motivo del homenaje a Cervantes en el IV Centenario de su nacimiento:

“No me consideraría con derecho a levantar mi voz en el solemne día que se festeja la gloria de España, si mis palabras tuvieran que ser tan sólo halago de circunstancias o simple ropaje que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del orbe, serán sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida cristiana y sabor de eternidad al Nuevo Mundo.

No me atrevería a llevar mi voz a los pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza.

Únicamente puede justificarse el que rompa mi silencio, la exaltación de nuestro espíritu ante la contemplación reflexiva de la influencia que, para sacar al mundo del caos que se debate, puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal genio de España.

Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.

En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, la isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza.

Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.

Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos.

Por eso rendimos aquí el doble homenaje a Cervantes y a la Raza.

Homenaje, en primer lugar, al grande hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de sabiduría y, por los siglos, de los siglos, espejo y paradigma de su raza.

Destino maravilloso el de Cervantes que, al escribir El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y de un realismo que se sustenta en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia, que entraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestra, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El saber “jugarse entero” de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los “quijotes de nuestras pampas”.

En segundo lugar, sea nuestro homenaje a la raza a que pertenecemos.

Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es lo que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a la nuestra, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible.

Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad.

Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental. Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.

Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la Historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos.

Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina Isabel de “atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios“. Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano…

Era un puñado de héroes, de soñadores desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido; ni el desierto, ni la selva con sus mil especies donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.

Nada los detuvo en su empresa; ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, más serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que “es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino”. Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad.

Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos.

Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica serie y desapasionado, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica.

Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyas asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería; aparte de ser una mentira, era una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres.

España, nuevo Prometeo, fue así amarrada durante siglos a la roca de la Historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental.

Allí están, como prueba fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundadas por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque “conviene –según se lee en la Nueva Recopilación– que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias, universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean Universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca”.

Su celo por difundir la verdad revelada porque –como también dice la Recopilación– “teniéndonos por más obligados que ningún otro príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica las innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y tierra firme del mar océano”.

España levantó, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más; fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con un sello que las hace, si bien distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de un aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva.

Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa, cuyo cometido la antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a la imagen y semejanza de Dios.

Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo jefe que obtenida la victoria amenaza con “pena de la vida al que los insulte”.

Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; esa sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes, conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego; es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que aliente a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país; es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con irreductible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su soberanía, y con razón, porque sabe, y la verdad lo asiste, que cuando un Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo, este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista en el escena rio turbulento de las calles de una ciudad.

Señores:

La historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el Presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación. “La España descubridora y conquistadora –dice el decreto–, volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”.

Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: “Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”. Y situado en las antípodas de su pensamiento, Renán afirmó que “el verdadero hombre de progreso es el que tiene los pies enraizados en el pasado”.

El sentido misional de la cultura hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual del Nuevo Mundo, es valor incorporado y absorbido por nuestra cultura, lo que ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretenden mancillarla. Comprender esta imposición del destino, es el primordial deber de aquellos a quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales, les habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte, me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir –el 24 de noviembre de 1944– que “tiene, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una exaltación de los valores espirituales”.

Precisamente esa oposición, esa contraposición entre materialismo y espiritualidad, constituye la ciencia del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del idealismo, refrenado por la realidad del sentido común.

De ahí la universalidad de Cervantes, a quien, sin embargo, es precio identificar como genio auténticamente español, mal que no puede concebirse como no sea en España.

Esta solemne sesión, que la Academia Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce –a mi modo de ver– la decidida voluntad argentina de reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana, se origina en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza ibérica y cristiana.

Para participar en ese acto, he preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de Cervantes, palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema gracia hispánica. En su vida y en su obra personifica la más alta expresión de las virtudes que nos incumbe resguardar.

Mientras unos soñaban y otros seguían amodorrados en su incredulidad, fue gestándose la tremenda subversión social que hoy vivimos y se preparó la crisis de las estructuras políticas tradicionales. La revolución social de Eurasia ha ido extendiéndose hacia Occidente, y los cimientos de los países latinos del Oeste europea crujen ante la proximidad de exóticos carros de guerra. Por los Andes asoman su cabeza pretendidos profetas, a sueldo de un mundo que abomina de nuestra civilización, y otra trágica paradoja parece cernirse sobre América al oírse voces que, con la excusa de defender los principios de la Democracia (aunque en el fondo quieren proteger los privilegios del capitalismo), permitan el entronizamiento de una nueva y sangrienta Tiranía.

Como miembros de la comunidad occidental, no podemos substraernos a un problema que de no resolverlo con acierto, puede derrumbar un patrimonio espiritual acumulado durante siglos. Hoy, más que nunca, debe resucitar Don Quijote y abrirse el sepulcro del Cid Campeador.

Juan Domingo Perón”

Un poco antes, el 6 de junio, al despedir a Evita que se embarcaba, había expresado: “Dirá Evita a la vieja España que nosotros aquí, bajo la Cruz del Sur, no desmentimos que pertenecemos a la gloriosa estirpe española de todos los tiempos”. Y la viajera no iba a ser menos elocuente en cuanto a la herencia hispanocriolla cuando, el 9 de junio, agradeció la distinción que recibió en el Palacio real de Madrid: “me entregáis, señor – dijo -, la Gran Cruz de una condecoración que toma su nombre de la Reina Católica, colaboradora en el descubrimiento de un mundo y en la conquista de ese mundo. Me dais el testimonio el de su fe católica. La fe es partícipe de su celo de gobernante, de su ímpetu castellano, de su temple magnífico de mujer y de aliada de combate en el renovado y siempre fresco destino de ganar almas para la Cruz y tierras para España” (texto redactado por quien fue su “ghost writer”: Francisco J. Muñoz Azpiri, tío de quien escribe). Y minutos después, al salir al balcón, dijo esto otro: “Ante la grandeza de la Madre Patria no puedo hacer más que caer de rodillas y sollozar de emoción“. Sin olvidarnos que, en Ávila, el 11 de junio, rindió homenaje a Santa Teresa.

¡Cómo se reiría Evita si leyese que no fuimos descubiertos aquel 12 de Octubre que erigió en celebración! Imaginemos, entonces, un mundo bidimensional, como lo veían los antiguos: el casquete flotante de Hekateo y Herodoto, imaginemos, por tanto, sin América, sin Artigas, sin Bolívar, sin sor Juana Inés, sin José Hernández, sin Eduardo Galeano, Osvaldo Bayer y Carta Abierta, sin Cristina Kirchner y sus cortesanos, sin el 12 de octubre, que nos cubre, según la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Algunos podrán apostrofarnos que aquellos dichos de Perón son remotos o circunstanciales, o necesariamente de coyuntura. Pero es que, en 1965, en los “Coloquios don Perón” de Enrique Pavón Pereyra, hallamos este pensamiento: “La raza es el materialismo de la sangre. En esto, como en tantas, España nos da una lección imperecedera. Rescató para el mundo civilizado los pueblos indígenas, admitiendo de hecho, los mestizajes criollos. España ha operado al revés de los anglosajones, para quienes el único indio bueno era el indio muerto“. Y posteriormente, en 1969 en conversaciones con Félix Luna:

“Vea: hay dos líneas históricas en el país, con referencia a los hombres de gobierno: la línea hispánica y la línea anglosajona.

Eso se debe al primer gobierno patrio en adelante. Todos los que presidieron el país en nombre de la línea anglosajona, SON MASONES, desde Posadas, primer Director Supremo, Alvear, etc.

Solo hay tres que no fueron masones; Juan Manuel de Rosas, Hipólito Yrigoyen y Juan Perón, LOS DEMÁS HAN SIDO TODOS MASONES…

Es decir que la línea hispánica, que es la línea nacional – porque la otra es la línea colonial – está representada por Yrigoyen, que es un hombre de mi línea…

Cuando hube de defender a España en 1947, NO LA DEFENDÍ POR FRANCO, ¡a mí me importa tres rábanos Franco! Defendí la línea hispánica y yo he sido congruente con esa línea….» [3].

Fermín Chávez, que por cierto se destacaba por un señorial semblante hispanocriollo, solía destacar que el “Conductor” (quien llevaba probablemente gotas indias en su venas, como se pudo advertir en el fenotipo de su vejez) nunca confundió la defensa de la dignidad humana del indígena americano con el indigenismo, y más de una vez ayudó a cristianar como padrino a vástagos de los Curru Huinca, en Quila Quina. Perón, como san Martín, consideraba que los indios eran nuestros hermanos, pero la cultura hispanocriolla modelaba su personalidad y, precisamente, le permitía comprender nuestra continuidad histórica, posterior y preexistente a 1810.

No obstante, en los últimos años, todos los 12 de Octubre un carnaval variopinto, una murga triste de banderitas recientes y multicolores compuesta por artistas en declive, escritores mediocres, izquierdistas con amnesia de ciertos textos de Marx, hijos de europeos de rostro septentrional y sensiblería meridional, publicistas de crematísticas habilidades devenidos en hermeneutas del pasado, fabricantes de “relatos” y diversos “colectivos” (étnicos, de “género”, barriales, de DD.HH. estudiantiles, etc.) agitan el parche de la pérdida del “Mundo Feliz” precolombino y proclaman reivindicaciones de diverso calibre que transitan desde los cambios de nombres y fechas a reclamos patrimoniales y territoriales. Dicha queja adquirió particular virulencia en la tierra de Bolívar: Desde 2004, el 12 de Octubre dejó de ser en Venezuela el Día de la Hispanidad o el aniversario del descubrimiento. Por decisión del fallecido presidente Hugo Chávez, es el Día de la Resistencia Indígena y en la Argentina, desde 2007, un descafeinado Día de Respeto a la Diversidad Cultural [4].

El cambio de status tuvo su traducción en hechos. El mismo 12 de octubre de 2004 un grupo de activistas decidió que era hora de derribar, decapitar y destruir una estatua de Cristóbal Colón que había sido erigida en el centro de Caracas y que nunca antes había despertado mayor incomodidad. Acusaban al genovés de “genocida” y “tirano”. Fue una escena que recordó al derribamiento de la estatus de Saddam Hussein en Bagdad.

Traslado del monumento a Cristóbal Colón en Buenos Aires

Traslado del monumento a Cristóbal Colón en Buenos Aires

Con una nutrida asistencia, aquel día se realizó en la plaza Venezuela, donde estaba emplazado el homenaje al navegante genovés, una “Fiesta de la Resistencia” en rechazo a Colón. Había sido convocada por diversos movimientos y agrupaciones culturales que en su mayoría apoyaban el movimiento bolivariano. Si bien la manifestación se desarrolló pacíficamente, un grupo de activistas secuestraron por unas horas la estatua de Colón, obra de Rafael de la Cova que había sido inaugurada en 1904. En el pedestal de la estatua se colocaron algunas pancartas con lemas exigiendo el enjuiciamiento de Colón por genocidio y comparando al descubridor de América con el presidente de los Estados Unidos, George W. Busch, a quien seguramente no le habrá desagradado la comparación

Paralelamente, en 2004, el gobierno de Chávez decidió también crear una nueva cartera ministerial para la cultura: el Ministerio del Poder Cultural para la Cultura. Cinco años después, en junio de 2009, el fallecido presidente ordenó el retiro de la última estatua de Cristóbal Colón que quedaba en la capital venezolana. El monumento estaba en un importante parque caraqueño y, según las crónicas de la época, sólo fue retirado, a diferencia de lo que había ocurrido con la estatua de la Plaza Venezuela, desmantelada y arrastrada por las calles de Caracas.

En el contacto frecuente que Chávez solía tener con los ciudadanos por medio de su programa televisivo, el ex presidente expresó sus opiniones sobre el marino europeo: “Cristóbal Colón fue el jefe de una invasión que produjo, no una matanza sino un genocidio. Noventa millones de aborígenes vivían en esta tierra, 200 años después quedaban tres millones. ¿Qué fue eso? Un genocidio”, describió.

La estatua representaba a Colón señalando hacia adelante, una réplica del momento que avistó tierra americana. “Estaba ahí, señalando el rumbo. ¿Cómo nos va a señalar el rumbo Cristóbal Colón? Ahí hay que poner un indio” indicó Chávez.

Al margen del discutible guarismo, conjetural y más literario que histórico-antropológico a tenor de investigaciones como la de Ángel Rosenblat, que arriesgan una cifra considerablemente menor, consideramos que el recurso antiguo de la Damnatio memoriae (condenar el recuerdo de un enemigo) fenece en sí mismo si para realizarlo el oprimido debe utilizar la lengua del opresor.

Al parecer, ciertos líderes contemporáneos que pagan de manera ingrata “ser ubicados en los mapas”, según expresó en su momento un eximio escritor de la nación bolivariana, Arturo Uslar Pietri, han matado más indios que los encomenderos españoles. Señala el historiador argentino Enrique Díaz Araujo que “el primer especialista en el tema de la demografía amerindia, Angel Rosemblat, ha demostrado que la población precolombina ascendía a 13.300.000 personas, y que la despoblación entre 1492 y 1570 (la mayor parte producto de de pestes y enfermedades, para los cuales los aborígenes carecían de anticuerpos) fue de 2.500.000 personas. Población que se repuso y aún acreció, pasado ese primer ciclo. Tesis sostenida por Nicolás Sánchez Albornoz, Ernesto Maeder, José Luis Moreno, Richard Konetzke, George Kubler, Edgard Gaylord Bourne y Rolando Mellafé“.

Por otra parte, de ser cierta esta arbitraria suma de 50.000.000 de indígenas asesinados por el furor ibérico (cifra promedio de los guarismos arbitrarios y apocalípticos que circulan por las redes y libelos de considerable éxito editorial), debería haberse realizado a razón del deceso violento de 17,94 indígenas por hora durante sus 318 años de dominación, demostrando una eficiencia envidiable respecto a los totalitarismos del siglo XX. Algo humana y aritméticamente imposible.

De la misma forma, cabe aclarar frente al discurso básico y mononeuronal de ciertos escribas rentados o funcionales al discurso imperante, que Cristóbal Colón no fue ni conquistador ni colonizador. Fue descubridor. Se topó con el continente americano buscando una nueva ruta hacia Oriente. Incluso en sus mapas puso Cipango, que era el antiguo nombre de Japón. Colón hizo otros tres viajes y descubrió nuevas islas y costas. Luego vinieron la conquista y, más tarde, la colonización, palabra que no deriva de su apellido que era Colombus; descomunal despropósito que se ha escuchado en ciertos medios, más propio del consumo de ayahuasca u otra sustancia psicotrópica que del ardor irredentista, sino del latín colere (cultiva), de colonus (cultivador) y de colonia (propiedad rural). Descubrir, conquistar y colonizar no son sinónimos, sino tres pasos sucesivos de los que Colón solo dio el primero y ni imaginó los otros dos.

Y “Descubrimiento” significaba en el siglo XV (para ilustración de ciertos Catones tardíos e impugnadores seriales y de manual) la “incorporación a la sociedad cristiana de hombres y naciones que no lo estuvieran“. Los países descubiertos, por lo tanto, no necesariamente se ocultaban en las brumas del salvajismo o la barbarie; de hecho, en la ruta de la especiería se anhelaba echar anclas en las radas de la Cipango y Catay de Marco Polo, naciones reconocidas como superiores en muchos aspectos a la Europa renacentista. lo que el términos quiere decir es su incorporación a los portulanos y la cultura occidental

“Fui el Descubridor-descubierto, puesto en descubierto; y soy el Conquistador conquistado pues empecé a existir para mí y para los demás el día que llegué allá y desde entonces, son aquellas tierras las que me definen, esculpen mi figura, me paran en el aire que me circunda, me confieren ante mí mismo, una talla épica que ya me niegan todos….” dice la composición poética del cubano Alejo Carpentier en El Arpa y la Sombra, una expresión excelsa de las letras caribeñas que se contrapone a los reduccionismos mezquinos y elementales de ciertos manifiestos políticos surgidos en aquellas playas.

En 1937 al realizar una adaptación radiofónica de El libro de Cristóbal Colón de Claudel para la emisora Radio Luxemburgo, Carpentier se sintió irritado por el empeño hagiográfico de un texto que atribuía sobrehumanas virtudes al descubridor de América, para luego más tarde encontrarse con una obra de León Bloy, donde el gran escritor católico solicitaba nada menos que la canonización de quién comparaba, llanamente con Moisés y San Pedro.

Lo cierto es que dos pontífices del siglo XIX, Pio Nono y León XIII, respaldados por 850 obispos, propusieron por tres veces la beatificación de Cristóbal Colón a la Sacra Congregación de Ritos, pero ésta, después de un detenido examen del caso, rechazó rotundamente la postulación. En octubre de 1877, la Consagración de Ritos resolvió que no podía pasarse adelante “porque ningún hecho ha venido a demostrar de una manera palpable las virtudes cristianas de Cristóbal Colón, porque aparte de su grande obra, el descubrimiento de América, su vida privada y pública da lugar a críticas y juicios nada favorables; porque en la crónicas de aquel tiempo nada se encuentra a propósito que pueda señalarlo del insigne honor de colocarlo en los altares; y porque la fama que ha dejado al morir, no es de aquellas de un católico eminente notable, ni jamás se le ha invocado como santo“. A fuer de ser sinceros, debemos señalar que la vida de muchos Papas distaba bastante de estar orlada por la santidad.

Aunque a algunos pueda parecer ridículo, hay quien ha pensado en la posible canonización no sólo de Colón, sino también de los Reyes Católicos Fernando e Isabel. Los partidarios de esta idea creían que la tal canonización hubiese sido el broche de oro sublime de toda la celebración del V Centenario del Descubrimiento y del comienzo de la Evangelización del Nuevo Mundo.

Parece que esto quedó descartado totalmente, pues aunque los candidatos no carecen de méritos, no los tienen tanto como para llegar a ser considerados ejemplos de cristianos que vivieron las virtudes en grado heroico.

Al aparecer, por lo que toca a Colón, son muchas las cosas que impedirían tenerlo como un serio candidato al honor de los altares. La Historia nos hace ver que no todo fue puro en la intención del gran Descubridor, y que su cristianismo tuvo muchos fallos que no lo hacen acreedor a ser puesto como ejemplo para toda la Iglesia.

Según los últimos estudios, y sobre todo a la estupenda obra de Salvador de Madariaga, los orígenes del Almirante del Mar Océano son bastante oscuros, posiblemente debido a que sus antepasados eran judíos sefarditas catalanes que tuvieron que emigrar y se asentaron en Génova. Que sea de origen judío no tiene la menor importancia para lo que estamos tratando, pues ciertamente Colón demostró que su cristianismo era sincero, vivido posiblemente desde la niñez, y nunca hizo nada que pudiera permitir la sospecha de que actuaba con disimulo. Todos sus escritos están llenos de citas bíblicas, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, y su amor por Jesucristo y su Santísima Madre quedó ampliamente demostrado con los hechos

Llegó hasta proponer que, con parte de las ganancias que dieran las nuevas tierras descubiertas, se lanzase una nueva cruzada para liberar los Santos Lugares de manos de los musulmanes.

Colón nunca demostró ser un pecador mundano, dado a los placeres o los excesos, ni siquiera en las mucha oportunidades que se le presentaron en el Nuevo Mundo. En realidad, poco conocemos de su vida íntima, excepto lo que surge de la fertilidad imaginativa de novelistas como Abel Posse, quien en su libro Los Perros del Paraíso nos lo presenta como una figura alucinada equidistante de las categorías de héroe o monstruo.

Otros de los pecados que se le achacan, nepotismo y abuso fueron, en realidad, la principal causa de su caída.

El primero fue el nepotismo. Es innegable que Cristóbal demostró con sus hechos que no confiaba sino en sus hermanos y en unos pocos más. De suyo, pasando por encima de españoles que bien merecían haber conseguido una promoción a su lado, puso por encima de todos a sus hermanos Bartolomé, al que nombró Adelantado sin haber recibido una confirmación de los reyes, y a Diego, a quien dejó muchas veces en su lugar, pese a que éste no tenía la capacidad de los otros Colones. Siendo extranjeros, tal actitud fue causa de que muchos españoles se sintieran heridos, lo que provocó que, sobre todo desde el segundo viaje, muchos se le rebelaran, trayéndole gravísimos problemas que terminaron con la pérdida del favor real y de la gobernación efectiva de las tierras descubiertas.

Pasando al abuso, vemos que muchos lo consideran mentiroso y falto de bondad al quitar a aquel humilde marinero, Rodrigo de Triana, que por lo visto fue el primero en divisar la tierra del Nuevo Mundo, la recompensa de diez mil maravedíes anuales que los reyes habían prometido. Se cree que el marino, herido en lo más vivo, abandonó el cristianismo y se fue a vivir a Marruecos, haciéndose musulmán, puesto que Cristóbal alegó que él mismo había sido la persona que vio la tierra el primero, lo que le hizo merecedor del premio, que cobró anualmente mientras vivió.

Algo todavía más serio fue su afición a esclavizar a los indios. Fue él quien tuvo la triste idea de mandar barcos cargados de infelices indígenas para ser vendidos como esclavos. Esta mácula no se le puede limpiar fácilmente, y los propios reyes mostraron su desaprobación con esta práctica, pese a que tanto Cristóbal como Bartolomé supieron vestirla con el ropaje de la época, alegando que se trataba de indios belicosos que habían sido hechos prisioneros en guerras abiertas.

Colón, pese a su grandeza , no fue un personaje simpático. Tampoco lo fueron sus contemporáneos ni sus actuales críticos extemporáneos.

En realidad, toda la vida de Colón constituye un arcano, un misterio de profundidades insondables, empezado por su propio origen, amén de los supuestos antepasados hebraicos:

“Para los que mantienen la teoría genovesa fue Cristóforo Colombo el que descubrió América. El tal Co­lombo según los documentos hallados en Génova, y que sirven de fundamento a esta tesis, era hijo de un tabernero y cardador de lanas, y, como su padre, traficaba en vinos y lanas.

Aun concediendo a dichos documentos la categoría de legítimos y fehacientes, salta a la vista que este Colombo no es ni puede ser el almirante don Cristóbal Co­lón, que admiró al mundo con su descu­brimiento. Primero porque, además de te­ner nombres distintos, eran de edad muy diferente, ya que Colombo era diez años más joven que el descubridor de América. Segundo, (porque Colombo sigue dedicado a traficar en vinos y lanas más allá de sus veinte años de edad, y por entonces el ver­dadero Cristóbal Colón, que ya tenía trein­ta años, llevaba, por lo menos, dieciocho navegando, pues en sus cartas a los Re­yes Católicos confirma que “desde la edad de catorce años, nunca estuvo en tierra tiempo que pudiera contarse”. Pero hay más: el eminente jurisconsulto y académico de la Historia don Ricardo Beltrán y Rózpide sostiene que no hay tribunal en el mundo capaz de declarar heredero de un “Colombo” a un “Colón”, por razón de su apellido.

Don Rafael Fernández Calzada, en su magnífico libro, demuestra que el almiran­te no sabía italiano, ya que, en media cuar­tilla escrita por Colón, que guarda el Archivo de las Indias, encontró más de vein­te faltas gramaticales. En cambio, escribía admirablemente el castellano “con una frescura de poeta ingenuo”—dice el gran escritor Blasco Ibáñez en su obra “En bus­ca del Gran Kan”—, y añade a este res­pecto: “Yo le admiro como a uno de los escritores más atractivos de aquella época”

Está probado, además, que toda su co­rrespondencia la escribía en español, in­cluso cuando se dirigía a Nicolás Oderigo, embajador de Génova en España, con quien mantuvo durante muchos años muy estrecha amistad. Y si Oderigo, como es obligado entre un embajador y un com­patriota, le escribía en italiano, ¿cómo puede explicarse que Colón no le corres­pondiese en el mismo Idioma, no sólo por cortesía, paisanaje y hasta por comodidad y por mejor expresión, y usase siempre el español? Sólo puede explicarse de un mo­do: “Colón no dominaba el italiano.” Sa­bía, sin duda, lo bastante (como ocurre a todos los navegantes) para entenderse, y no por escrito, con los distintos países que frecuentemente visitaba, pero no para sos­tener correspondencia, sobre todo en un estilo un poco elevado. Y si así es, ¿cómo puede sustentarse la genealogía genovesa de un señor que sale de su país después de cumplir veinte años y pocos después ha olvidado su Idioma?

Es tan extraordinario todo esto que la tesis genovesa se pulveriza con el examen más leve.

(En Italia pretenden ser cuna del gran almirante don Cristóbal Colón: Génova, Saona, Cuccaro, Nervi, Pnudello. Oneglia, Finale, Quinto, Pallestrella, Albizoli y Co­cería. Algunas de estas localidades (cua­tro o cinco) mantienen actualmente sen­das placas señalando las casas en que nació el descubridor de América, Es ésta, a nuestro juicio, la prueba más eficaz de que no nació en Italia.

Lo mismo don Femando, hijo del almi­rante, afirma que su padre no nació en Génova, En la biografía que publicó no aparece claro el origen de Colón; antes bien, contribuye a la duda y confusión. Y como es punto menos que imposible que un hijo ignore dónde nació su padre, exis­ten motivos para deducir que querían mantenerle en secreto.

El almirante Jamás se llamó Colombo. Todos sus escritos y documentos públicos o privados los firma “Cristóbal Colón”.

El hecho del descubrimiento pasó des­apercibido en Italia. Era natural que, si Colón fuese genovés, repercutiese allí, más que en parte alguna, la noticia. En 1493 la llevan y nadie se acuerda de Cristóbal Colón, nadie le conoce, nadie sabe dónde nació el cardador Colombo, hasta que, pa­sados siglos, lo “aclaran” todo unas actas notariales que aparecen en Génova. Pero ni el nombre ni la edad ni el oficio coin­ciden con los del almirante don Cristóbal Colón, cuando el Cristóforo Colombo, nacido en Génova, aparece en las repetidas actas notariales, ejerciendo su oficio de “lana- rius et tabemarius”, ya hacía bastantes años que Cristóbal Colón, navegando por el mundo, adquiría los conocimientos y preparación necesarios para realizar el des­cubrimiento. Sentado este axioma, cabe preguntar ¿cuándo, cómo y dónde pudo el menestral de Génova hacer estudios de cosmógrafo y de marino, estando probado el mito de la Universidad de Pavía?” [5].

Incluso se habla de un “Prenauta” anterior a Colón. Alonso Sánchez es el nombre que se le da a un marinero y comerciante, cuya existencia real no está probada, de quien se dice que habría nacido en Huelva (España) a mediados del siglo XV y que habría llegado a América antes de que lo hiciera Cristóbal Colón en 1492, motivo por el cual es también conocido como el Prenauta.

Años después de los viajes de Colón, comenzaron a aparecer escritos que afirmaban que existía el rumor de que Cristóbal Colón no había sido el primero en viajar al Nuevo Mundo, aunque los autores consideraban que podía tratarse de rumores infundados para menoscabar el prestigio del navegante. Es entonces cuando se empieza a hablar de un piloto anónimo que pudo haber llegado a las costas americanas, y que le confiaría estos conocimientos a Colón. El padre Bartolomé de las Casas narra la historia de un navío que se ve envuelto en una tormenta y es desviado de su ruta original para acabar llegando al Nuevo Mundo:

“Díjose que una carabela o navío que había salido de un puerto de España y que iba cargada de mercadería para Flandes o Inglaterra, o para los tractos, la cual, corriendo terrible tormenta, y arrebatada de la violencia e ímpetu de ella, vino diz que, a parar a estas islas y que aquesta fue la primera que las descubrió” (Fray Bartolomé de las Casas).

La primera persona en darle nombre fue el Inca Garcilaso de la Vega en sus Comentarios Reales aparecidos en 1609, donde cuenta que había oído la historia cuando era niño, de boca de viejos conquistadores. De acuerdo con este cronista, Alonso Sánchez hacía frecuentes viajes a Inglaterra, las islas Canarias y Madeira. En una travesía entre estos dos últimos lugares en un navío pequeño y con pocos marineros, fue sorprendido por una tormenta que lo desvió de su ruta y lo llevó hacia el oeste por aguas desconocidas.

Al cabo de varias semanas y con la embarcación bastante dañada, los marineros avistaron tierra, una isla que a juicio del cronista podría haber sido Santo Domingo. Cuando llegó a un puerto extraño construido por los indígenas, desembarcó con los pocos marineros que le quedaban de la tormenta. Los indígenas lo recibieron bien porque eran más altos y tenían barba (los indígenas eran imberbes) y porque su religión les decía que desde el mar vendrían los dioses. Los indígenas le dieron comida, oro y le ofrecieron a sus mujeres como regalos. Después de todo esto empezaron a preparar el viaje de vuelta, pasaron aproximadamente una o dos semanas, y volvieron con un cálculo aproximado de cuando fueron conducidos por la tormenta. Después de casi un mes atracaron en la isla de Porto Santo, donde residía Cristóbal Colón. Alonso Sánchez, enfermo y siendo uno de los pocos sobrevivientes, siempre según estas historias orales, tomaría contacto con el navegante, al que trasladó toda la información que recogió el marinero.

“Este fue el primer principio, y origen del descubrimiento del Nuevo Mundo, de la cual grandeza, podrá loarse la pequeña Villa de Huelva, que tal hijo crio, de cuya relación certificado Cristóbal Colón, insistió tanto en su demanda” (Inca Garcilaso de la Vega).

“Siendo cierto, que el primero, que dio noticia a Cristóbal Colón del Nuevo Mundo, fue Alonso Sánchez de Huelva, marinero natural de Huelva” (Dr. D. Bernardo Aldrete (1615).

La historia del prenauta Alonso Sánchez fue debatida durante siglos. Así, en 1762, José Ceballos, Comendador del convento de los Mercedarios Descalzos de Sevilla, en la censura a una obra sobre historia de Huelva, da como cierta la historia considerando la fuente del Inca Garcilaso de la Vega como original e irrefutable.

En la ciudad de Huelva son varios los elementos que recuerdan a este navegante: un monumento en los Jardines del Muelle, obra del escultor León Ortega, el Parque Alonso Sánchez, un instituto de educación secundaria o un barco de salvamento del puerto.

Escribo desde Sudamérica, es decir, desde una ubicación geográfica y un marco temporal que me condiciona y aleja tanto de un hispanismo europeizante como de un indigenismo recalcitrante. Sucede que este caprichoso traslado, amén de responder a la sugerencia del mandatario de un país hermano – pero de paisajes y aconteceres diferentes – incurre en un error de dimensiones. Nadie duda que Juana Azurduy de Padilla, combatiente por la independencia, ejemplo de valor y austeridad hasta su fallecimiento deba ser honrada. Pero para ello no se debe mancillar la memoria de Cristóbal Colón, autor de una de las más valientes, osadas y grandiosas empresas de la humanidad. Mientras el contexto y la importancia histórica de la primera es regional y a lo sumo subcontinental, el del Almirante de la Mar Oceana es universal ya que modificó profundamente la concepción y la imagen del planeta: la tierra dejó de ser una infinita mesa de billar sostenida por enormes elefantes, cuya dimensión cada uno imaginaba a su antojo, para convertirse en una esfera que ocupó el centro del universo hasta que Galileo la hizo girar alrededor del Sol.

“Colón, desde la Edad Media, lanzó tres carabelas desde el NON PLUS ULTRA – “No hay más allá” – al PLUS ULTRA: siempre hay más allá. Mas esos reyes que financiaron su empresa, y que acababan de conquistar Granada al Islam, fueron quienes, desde la Edad Media, tensaron el arco portador de la antorcha hacia las tierras que Colón descubrió. Y esa antorcha indeleblemente unida a la flecha del progreso espiritual, moral y técnico, desde América alumbra hoy al mundo y apunta inquietante y misteriosamente a los espacios siderales” [6].

El médico y astrólogo francés, contemporáneo de la conquista de América, Michel de Nôtre-Dame, mejor conocido como Nostradamus, llamaba “neoespañoles” a los futuros conquistadores del espacio exterior. Y hoy, un acontecimiento de semejante magnitud, después de quinientos años, acabó en un mero atropello. Max Weber ha escrito que cada época debe ser juzgada según los valores que en ella regían y, por lo tanto, no es justo condenar a nadie por haber violado principios que desconocía.

“¿Que buscaban oro?…, ¿y quién no? De lo contrario no hubieran fundado un imperio sino una sociedad de beneficencia. El oro es poder. los conquistadores eran hombre cabales: en consecuencia, con más vicios que virtudes, y más conscientes de estas que de aquellos. Pero estaban sinceramente convencidos de que ese oro serviría para llevar la guerra justa a Tierra Santa: Buscaban oro para su ansias y codicia – obviamente – pero también “con la voluntad de allegar tierras y hombres a su imperio y almas a su religión”.

De hecho, las enormes riquezas de la conquista no acabaron en las arcas de España, más preocupada por ganar el Paraíso, sino en la de sus acreedores, los financistas de las feroces guerras de religión de la doble campaña europea de los Habsburgo, contra la reforma protestante y contra la medialuna del islam. los usureros y los banqueros no participaban del empuje vital español.

Pero incluso donde no hubo oro se pobló y colonizó con la misma fe. testimonio de ello es, precisamente, la historia de las tierras del actual país argentino, donde habitaban las tribus más bárbaras, nómades, hostiles y aguerridas de todo el continente. a pesar de lo cual, en cincuenta años ya funcionaba en la ciudad de Córdoba una universidad de excelencia que forjaba “doctores que pueden sostener la comparación con los más notables de Europa” según informaba al rey, en 1676, el obispo de Tucumán. El mismísimo Hernán Cortés, el exitoso conquistador del imperio más rico y poderoso del continente, murió pobre y olvidado en el pequeño pueblo andaluz de Castilleja de la Cuesta” [7].

El propio cronista de la conquista de México, Bernal Díaz del Castillo había expresado en su momento con candorosa ingenuidad el motivo que impulsaba a los soldados de la corona:

Estamos aquí “para servir a Dios y al rey; para llevar la luz a quienes viven las tinieblas, y también para ganar riquezas, las que buscan todos los hombres”. Y luego: “Hemos venido a servir a Dios, y también para enriquecernos”.

Sin embargo, en 1556 disposiciones reales prohíben el empleo de las palabras conquista y conquistadores, que deben reemplazarse por descubrimiento y colonos

Sin embargo, en 1556 disposiciones reales prohíben el empleo de las palabras conquista y conquistadores, que deben reemplazarse por descubrimiento y colonos

Este testimonio es interesante por doble motivo, destaca Ruggiero Romano que, en principio podría indicar que el estado español, quizá, comprobó que no tenía derecho de alabarse por la conquista y sus actores…. Esto sería una gran confesión. Y no es todo.

“Hacia la década del 70 del siglo XVI corrió el rumor de que Carlos V habría decidido, hacia 1540, abandonar Perú ( e incluso toda America), por considerar que los soberanos cuyos territorios acababa de ocupar eran soberanos legítimos y que él, Carlos V, se encontraba por lo tanto en la posición de usurpador. se comprobó que estos remordimientos nunca preocuparon a Carlos V, pero es importante señalar que se haya podido extender semejante rumor: ¿acaso no traducía la “voz de la conciencia” que lentamente se abría paso entre los grupos más sensibles a todos los problemas planteados por la conquista?

El otro aspecto notorio del texto de 1556 es que parece indicar, casi ordenar, el fin de la conquista: lo esencial de América ya está ocupado, inserto en un sistema. de ahí en adelante no hay nada por adquirir, solo tierras descubiertas para colonizar. La pax hispánica triunfa” [8].

No obstante, es muy difícil trazar una divisoria entre la línea de colonización y la de conquista, dado que esta única continuó en los territorios australes de Sudamérica, en la Amazonia y el Yucatán, pero realizados por las nuevas naciones recientemente independizadas. realizar un corte en la historia del Nuevo Mundo centrado en la fecha de 1556 es conjetural.

En realidad, el motivo de esta perpetua pugna entre hispanistas e indigenistas o entre “europeístas” y “originarios”, centrada en la figura de Colón, encierra un ideologismo de cabotaje que consiste en ser funcional a quienes paradójicamente se acusa y condena, además de encerrar una cuota de arbitrariedad suficientemente alta como para ignorar las contribuciones que durante siglos aportaron las sucesivas corrientes migratorias llegadas al continente, primeros de los puertos ibéricos; más tarde, de toda Europa.

En la primera mitad de 1825 llegó a México un yanqui cuarentón, oriundo de Carolina del Sur, nombrado primer embajador estadounidense ante la República hacía dos años proclamada. Se llamaba Joel Roberts Poinsett y tendría mucho que hacer en el flamante Estado. No bien llegó se dedicó a crear logias nuevas, afiliadas al rito masónico de York, para oponer a las probritánicas existentes. Pero el acto más llamativo del diplomático tuvo lugar durante la primera recepción que ofreció en su embajada: hizo colocar en un extremo del salón el retrato de Moctezuma. Y a partir de allí dicho agente fue alentando el indigenismo como impulso de política antihispánica y anticatólica, con el fin de ocupar ideológicamente el espacio cultural vacío que la ruptura de la continuidad histórica provocaría.

La inteligencia anglosajona y protestante (la misma que hoy opera desde la CIA) había hallado una tesis adecuada, que jamás abandonaría hasta el presente. ¿Fue un hallazgo y una originalidad?. En modo alguno, al menos en parte. Se le había adelantado Gran Bretaña, desde el siglo XVII, con su política de “menosprecio hacia España”, como bien lo señala J.J. Hernández Arregui en Qué es el ser nacional cuando escribía: “Es un desprestigio que se inicia con la traducción al inglés, muy difundida en la Europa de entonces, del libro de Bartolomé de las Casas Lágrimas de los indios: relación verídica e histórica de las crueles matanzas y asesinatos cometidos en veinte millones de gentes inocentes por los españoles. El título lo dice todo. Un libelo” [9].

Destaca Fermín Chávez que: “La tesis tuvo fortuna en el México de Benito Juárez y de los liberales que hicieron suya la estrategia poinsetista, y después también, en el México de la Revolución, en su etapa final, con burgueses progresistas de la talla de un Diego Rivera, cuyos murales bajan línea anticolonial y antiespañola, pero no antianglosajona, puesto que en ellos el imperialismo yanqui prácticamente desaparece. Sería largo detallar el proceso del poinsentismo y de sus encarnaduras latinoamericanas, ya que el tema da para un libro voluminoso, y lo mismo cabe decir del indigenismo y de una literatura del “buen salvaje” no siempre explícita. Pareciera ser que fueron españoles los cazadores de cabelleras que saboreaban el refrán The best indian is de dead indian[10].

Al parecer, así es, si nos atenemos a una parodia realizada en la ciudad de Buenos Aires el 2 de octubre de 2015 en la Unión Cultural Armenia, definida como “Juicio Ético al estado Español por su política Colonial y represiva en Latinoamérica y Euskal Herría” donde, junto al reclamo por la autonomía de etnicidades inexistentes, desaparecidas o inventadas, se manifestaba solidaridad con la agrupación vasca Askapena y el independentismo catalán. Es decir, la disolución de los Estados nacionales Argentino y Español, no obstante lo cual se permitieron la obscenidad de exhibir junto a la enseña de la nación del Plata la de agrupaciones no reconocidas en el concierto mundial. En la asistencia, mayormente compuesta por “intelectuales” fosilizados en la revolución cubana, ex insurgentes de la década del 70 y artistas envejecidos y condenados al olvido, abundaban más apellidos de origen kázaro que de la América precolombina.

AZPIRI JUICIO "ETICO"

Resulta desconcertante que en una suerte de parricidio tardío, una sociedad con amplia mayoría de descendientes de quienes descendieron de los barcos esté de acuerdo en arrojar a Colón y el Descubrimiento a la sentina del tiempo, al basural de la historia, cancelando nada menos que 500 años de historia y adjurando de la fusión sanguínea y cultural que constituyó “la Raza Cósmica” de Vasconcelos.

[1] Lacolla, Enrique “El 12 de Octubre y el revisionismo de bajas calorías”. En: “Perspectivas” 15/1013

[2] Obra el escultor Arnaldo Zocchi y que fuera donada en 1810, con motivo del Centenario de la Revolución de Mayo por la colectividad italiana residente en la Argentina.

[3] Félix Luna: El 45, Crónica de un año decisivo. Buenos Aires. Sudamericana. 1971. Pág. 195.

[4] “Aunque el cambio responde a la necesidad de adecuarse a una sensibilidad actual que tiende a considerar equívoca la vieja apelación, no deja de encerrar la posibilidad de otro tipo de ambigüedad. “Diversidad”, en efecto, es un concepto apreciable y respetable en lo referido a la cultura. Sin embargo, forzado al extremo, puede terminar orientándose hacia un callejón sin salida: el definido por una atomización en visiones del mundo centrífugas, multiplicadas en una infinidad de “originalidades” reducidas a una mínima expresión. E impotentes, por lo tanto, para llevar adelante cualquier tarea de construcción unitaria, que permita a los pueblos de Iberoamérica (¿de qué otra forma podría denominársela?) transformarse en una presencia capaz de “mantener el tipo” frente a las potencias del mundo desarrollado. La exaltación de originalidades incomunicantes, a las que se quiere proveer de una lengua peculiar a cada una de ellas, es un absurdo histórico. Como lo ha dicho Samir Amin, “es importante ser distintos, pero más importante aún es ser iguales“. ¿Por qué, entonces, más que de respeto a la diversidad cultural, no se habla de respeto a la fusión cultural?” Lacolla, Enrique. Ibídem.

[5] “¿Donde nació Colón?” Publicado en el ABC de Sevilla el 7 de octubre de 1956

[6] Luca de Tena, Torcuato América y sus enigmas.

[7] Pandra, Alejandro, Origen y destino de la Patria Buenos Aires. Editorial Punto de Encuentro. 2013

[8] Romano, Ruggiero, Los conquistadores. Buenos Aires. Huemul. 1978

[9] Hernández Arregui, Juan José, Qué es el ser nacional, Buenos Aires. Plus Ultra. 1973.

[10] Chávez, Fermín “No fuimos descubiertos, velay” En: Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas” N| 67. Buenos Aires. 2007/2008.

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