Las carencias… y las razones de Orban

VIKTOR ORBANpor Pepe LópezLas carencias de Orban

No nos cabe dura que el primer ministro Víctor Orban ha puesto en evidencia una pasmosa falta de sensibilidad ante el drama de los refugiados sirios. Aún más: ha demostrado una falta de previsión y astucia política, pues el traslado de la crisis de los refugiados sirios a Europa Central, provocado por la canciller Mérkel y el presidente Hollande (adversarios políticos de Orban), ha sido la gran ocasión aprovechada por Berlín y París para lanzar contra Budapest a la opinión pública del resto de Europa (porque la inmensa mayoría de los húngaros respaldan los planteamientos de Orban).

Empecemos también diciendo, que la falta de sensibilidad mostrada por el magiar Orban hacia este drama no ha sido, en modo alguno, mayor que la mostrada durante estos cuatro años por la germana Mérkel, el francés Hollande o por nuestro presidente de Pontevedra. Como demuestra el enorme desprecio manifestado tanto tiempo hacia los sirios que conseguían llegar a Melilla. Y, que sepamos, Melilla no es una ciudad situada ni en la provincia de Barania, ni en la de Bax Quiscún ni en la de Csongrado (las tres provincias del sur húngaro). Ni el gobierno del PP ni la dirección del PSOE (la oposición «única posible» según el poder establecido) se habían molestado hasta ahora atender el drama de los sirios en Melilla.

Dejarse llevar por los sentimientos sin atender las circunstancias

Uno de los hechos que demuestra el desastre sirio es que dejarse llevar por los sentimientos y embestir como un toro ciego el trapo rojo que te agitan los «listos» de turno… conduce a eso mismo: a hacerle el juego a los más «listos»… y no sólo eso, sino que puede empujarte al desastre o al abismo, como el que se encuentra actualmente Siria y donde están a punto de caer los países aledaños (Líbano y Jordania, principalmente) incapaces de acoger tal contingente de refugiados (llevan cuatro años haciéndolo) y expuestos a que lleguen los «libertadores» amparados por la «convergencia» de dos integrismos: el ultra liberal que se destila en los países de Occidente derrumbado el paradigma «progre», y el abdelwahabita que se destila en los países árabes tras el derrumbe del panarabismo más o menos laico. Ambos integrismos coinciden en esgrimir utopías que marginan por completo el hecho nacional (y cuando hablamos de nación hablamos de comunidad política enmarcada en un estado-nación, punto: no de etnias, ni de lenguas, ni de culturas, ni de «hechos diferenciales» ni mandangas colectivistas de tipo nacionalista).

Para neoliberales y abdelwahabitas el estado-nación es una aberración y su objetivo es desintegrarlo. Ambos casi lo consiguieron en Iraq entre 2003 y 2008 (y han vuelto a intentarlo desde junio de 2014). Desde 2011, ambos tratan de hacerlo en Siria. Es que los neoconservas norteamericanos llaman «El Caos Creativo».

Las razones de Orban y las pasiones de los europeos solidarios

Aunque Orban haya demostrado una carencia notable para enfrentarse al problema en su faceta humanitaria, tiene toda la razón del mundo en lo fundamental: Hungría no ha sido responsable de este desastre (o su responsabilidad es mínima, por omisión, por no enfrentarse antes a la «Banda de los Cuatro» -Polonia, Alemania, Francia y Gran Bretaña-, cooperadores necesarios de los desastres en el Levante) y un estado nación como Hungría no tiene por qué asumir la obligación de buscarle una vida mejor a todos y cada uno de los siete mil millones de seres humanos que pueblan el mundo. Como tampoco tiene Budapest obligación alguna de conseguir que todo el mundo sea querido por el resto de sus vecinos.

Así pues, durante las dos primeras semanas de septiembre del 2015, hemos asistido al fenómeno siguiente: el traslado de la crisis siria hacia el «Corredor de la Esperanza y de la Muerte» entre las Playas de Budrun e Isla de Cos, y la Estación de Budapest, provocado por el colapso de las ayudas a refugiados en Turquía, Líbano y Jordania, y por la oferta de acogimiento por parte de la canciller Ángela Mérkel; y la oposición rotunda de Víctor Orban a prestar su territorio como «pabellón de espera» para los refugiados, conscientes que si lo hace hoy para doscientos mil sirios, mañana podrán ser doscientos millones*, ha suscitado una reacción muy comprensible, pero también muy ciega, de millones de europeos que hasta este mes detestaban las políticas impuestas por Mérkel, para arremeter visceralmente contra uno de sus adversarios de la Unión Europea, el cual, por muy discutibles que sean ciertas políticas internas suyas (como todos), es uno de los pocos presidentes que está manteniendo una línea soberana y no está al dictado de una casta depredadora, ni interna ni externa.

Es decir, millones de europeos que detestaban a la Mérkel, llevados por la indignación, no se han dado cuenta que el traslado de la crisis de los refugiados sirios a Europa Central ha servido para crearle problemas a cuatro gobiernos incómodos para Alemania y otras potencias occidentales: para dos estados extracomunitarios con líneas independientes ante la OTAN como la Macedonia de Nicola Gruevsqui y la Serbia de Mirco Cebétcovich (no olvidemos el reciente fracaso de la «revolución de color» contra Gruevsqui promovido por las oenegés financiadas por el departamento de estado estadounidense; por el contrario, el gobierno macedonio ha salido reforzado gracias a la reacción popular contra los «revolucionarios de la libertad») y, sobre todo, para dos gobiernos de la Unión Europa apestados por las izquierdas y derechas sistémicas europeas: el «radical de izquierdas» Tsipras y el social-conservador Orban.

De la misma forma que las pasiones (en gran medida justificadas) de millones de libios y sirios fueron atizadas y encauzadas por las petromonarquías del Golfo para destruir estos dos países (utilizando, por cierto, una utopía que promueve la eliminación del estado nación), las pasiones de millones de europeos con sentido de la solidaridad han sido redirigidas por la Mérkel y el Hollande para lanzarlas contra Orban, utilizando, vaya por donde, otra utopía que promueve la desaparición de las fronteras (para capitales, para mercancías, para mano de obra…) Nadie habla que la propuesta de Hollande para resolver el drama sirio es… arrojar más bombas sobre Siria (sin duda la propuesta francesa sería una forma de resolver el drama: rematando a quienes sufren, los liberan definitivamente de seguir sufriendo).

Ha empezado la tercera semana de septiembre, y Mérkel ha dado marcha atrás: como los refugiados han empezado a saturar no las playas de Budrun (que se jorobe Turquía), ni la isla de Cos (que se fastidie Grecia), ni Macedonia, ni Serbia, ni Hungría (que se aguanten todos ellos) sino ya están saturando Munich, Mamá Mérkel no se muestra ya tan acogedora… pero la extensión de los daños a Grecia, Macedonia, Serbia y Hungría ya está hecho.

Como los daños a Iraq y a Siria.

«El Caos Creativo» de los neoconservas estadounidenses.

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