El sentido de la continuidad histórica en la era Putin

PUTIN RUSIA

por Luca Siniscalco – «El que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza, el que no lo eche de menos no tiene corazón» (Vladimir Putin). Sobre esta célebre frase pronunciada por el Presidente de la Federación Rusa, incluida por Emmanuel Carrère como íncipit de su novela biográfica Limonov [1], se han desencadenado amplios debates, a veces sesgados y tendenciosos, para detectar la posición exacta del político ruso respecto al controvertido legado soviético. En esta concisa reflexión querríamos sin embargo superar los análisis políticos contingentes o las consideraciones historiográficas para detectar, en lo esencial de esta declaración, una posible clave metodológica de interpretación de la tradición histórica.

En este sentido, la importancia de la observación de Putin va más allá del debate sobre el comunismo ruso para hacernos reflexionar sobre la relevancia y el atractivo de una visión de la historia que sea capaz de síntesis, de crítica honesta pero equilibrada y, en conjunto, de la conciencia del destino del propio pasado.

Asumir sobre sí la herencia histórica, más allá de cualquier celebración ideológica o pueril vergüenza, representa un acto político – a nivel comunitario – y existencial – a nivel individual – de gran alcance. Significa en efecto hacerse cargo de las propias raíces sin mitificarlas artificiosamente, integrándolas sin embargo en el desarrollo procesal de la comunidad de pertenencia, cuyo mismo éxito y cuya misma identidad derivan precisamente de tal recorrido.

Si la restauración es un acto cobarde y fallido, destinado a degenerar en estéril conservadurismo, y el progresismo a ultranza, olvidadizo de todo vínculo con el pasado, destruye todos los lazos con la tradición comunitaria en la que tiene lugar la génesis de la persona – así como la dimensión imaginal y arquetípica en la que esta génesis se inspira -, otro camino resulta posible. Es precisamente el camino trazado por una conciencia sintética de la historia, que es lugar de conflicto – el pólemos heraclíteo – pero también de constitución de sentido y de manifestación del destino.

Si el realismo político impone tener la mirada firme hacia el futuro, es precisamente la misma postura invitar a extraer lecciones del pasado, evitando las actitudes inquisitoriales y aprendiendo a valorar las líneas guía que constituyen de modo positivo la identidad nacional o federal. Esta es de hecho la única vía que puede hacer posible esa pacificación nacional gracias a la cual las heridas del pasado pueden reintegrarse en la conciencia del presente. Curar las heridas históricas es pues un acto terapéutico de responsabilidad política. Lo aclara Alfonso Piscitelli, quien en un artículo aparecido en Políticamente, comentando algunos discursos de Putin (Año IX, n 91 – Marzo 2014), señala: «Al pasado no se vuelve, y los fantasmas del pasado deben ser disueltos, pero el cuarto Mandamiento dice: «Honra a tu padre y a tu madre”; por lo tanto, todos aquellos que de buena fe, con voluntad constructiva, de época en época han trabajado para hacer grande nuestra historia deben ser honrados. A la concepción progresista que disuelve el pasado en el ácido de la crítica, a la concepción reaccionaria que querría cristalizar el tiempo histórico en una especie de museo, sustituye una cosmovisión que sintetiza modernidad y tradición; como decir: “el icono de la Virgen de Vladimir & y proyecto espacial de la agencia Roscosmos”» [2]].

Entre el amor fati y la síntesis histórica se halla la lectura de Alexander Dugin, filósofo y politólogo ruso, quien ha afirmado en un ensayo: «En nuestra historia hemos conocido períodos que, desde un punto de vista racional, parecen contradecirse completamente: la Rusia del reino moscovita, desde el siglo XV hasta el XVII, el imperio de Pedro el Grande y de sus sucesores, la revolución zarista y ortodoxa, la Rusia comunista y atea. Pero ver en nuestra historia las rupturas significa tener una mirada superficial. Examinando las cosas más atentamente, se constata pronto que lo que parecía en la superficie una ruptura, manifestaba en efecto, en profundidad, una gran continuidad» (A. de Benoist, A. Dugin, Eurasia, Vladimir Putin e la grande politica, Controcorrente, Napoli, 2014, p. 68).

La historia de Rusia es historia imperial, connotada según una conciencia de destino y, a veces, incluso escatológica. Asumir esta identidad, sin caer en parodias ridículas, podría enseñar mucho, incluso a los no rusos. Superar muchos esquemas interpretativos desgastados, que a nivel político sólo sirven para conservar un statu quo de pertenencias neotribales, y en un nivel cultural limitan el crecimiento común, es una tarea presente y futura irrefutable.

Así que el relanzamiento de la educación patriótica, tratando de transmitir una visión conflictiva pero siempre trágica y grande de la herencia histórica, honrando el “tipo ruso”, más allá de despliegues contingentes, así como la introducción de un “manual único” de historia en las escuelas, no deben ser leídos sólo como instrumentos de propaganda de la administración putiniana, sino que pueden contener intuiciones importantes con vistas a la construcción de un código cultural de pertenencia compartida.

(Traducción Página Transversal)

Fuente: Russia.it

Notas de la traducción:

[1] Existe edición en español en Anagrama.

[2] Agencia Espacial Federal Rusa.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: