El “Estado islámico”: un subproducto de Occidente

JOSE ALSINA CALVES

por José Alsina – Los últimos atentados islamistas en Francia y en Túnez están provocando la histeria en nuestra biempensante sociedad occidental. Emergen discursos de todo tipo, desde el “políticamente correcto”, obsesionado en que no se estigmatice a los musulmanes, hasta el fundamentalista democrático, que habla de una agresión totalitaria contra “nuestros” valores y presenta al Estado de Israel como “cabeza de puente” de la civilización (¿) en medio de un mar de barbarie, oscurantismo y atraso. Tampoco falta el xenófobo indocumentado, que no distingue a un palestino de un marroquí y que clama contra los “moros” que, al parecer, tienen la culpa de todo.

Un análisis detallado nos muestra que la realidad es otra. Esta criatura mostrenca que se llama Estado Islámico o Califato Universal es una criatura nuestra (entiendo por nuestra la sociedad occidental y sus valores) y, antes que nada, hay que hacer autocrítica.

Datos bien fundamentados nos dicen que más de un 40% de los combatientes de ISIS proceden de Europa. Son hijos y nietos de inmigrantes, que se han criado en los suburbios de las grandes ciudades europeas. Son producto de esta gran operación de ingeniería social llamada inmigración planificada por las elites económicas y políticas occidentales, y que forma parte de la Globalización (libre circulación de capitales, de mercancías y de personas). ¿Cuáles eran los objetivos de esta operación? En primer lugar económicos: la llegada masiva de mano de obra, poco cualificada y dócil, provocaba automáticamente la bajada de los salarios y un aumento de la “competitividad de la economía”. Si Carlos Marx escribió en su momento que los parados eran el ejército de reserva del capital, ahora podría haber dicho que ls inmigrantes son el ejercito de reserva del capital.

Pero hay más. Este proceso de sustitución de la población autóctona, en caída demográfica, por una población inmigrante mucho más prolífica, iba a tener un efecto “cultural”. Los nuevos ciudadanos, desprovistos de raíces y de identidad, iban a facilitar enormemente el proceso de “modernización” (léase desaparición de tradiciones, de creencias religiosas, de arraigo a la tierra natal) que facilitaría enormemente la gobernanza económica.

Las cosas no han salido exactamente como esperaban. Los cerebros de las élites económicas (marxistoides reconvertidos al neoliberalismo) han olvidado que los seres humanos, además de necesidades materiales, necesitan también arraigo e identidad. Estos inmigrantes de segunda y tercera generación, que no son no de aquí ni de allí, buscan desesperadamente una identidad, un punto de referencia, y lo encuentra el fundamentalismo de esta Islam globalizado que representa el Estado Islámico, y que, además, les permite canalizar su frustración y su rechazo hacia una sociedad que les prometo el “oro y el moro” (nunca mejor dicho) pero que después les confina en barrios gueto.

Pero hay otro nivel de realidad. La política de las grandes potencias Occidentales, EEUU e Inglaterra, ha sido siempre la de dividir y enfrentar entre sí a árabes y musulmanes en general. Los regímenes políticos que representaban un nacionalismo pan-árabe y laico (Sadam Hussein en Iraq, Gadaffi en Libia, Assad en Siria) o un fundamentalismo chiita ligado a un estado nacional (Irán) han sido el blanco preferido de las políticas occidentales, mientras se apoyaba a la corrupta monarquía Saudí y a los emiratos del Golfo, promotores del salafismo.

La potencia militar y política del Estado Islámico se inicia en la guerra de Siria, en el apoyo occidental a la “resistencia” contra el “malvado dictador” Assad. ¿Quién combate realmente al Estado Islámico? La milicia chiita de Hezbollah, con apoyo de Irán, junto a milicias cristianas, los kurdos y el ejército de Assad.

El Estado Islámico es la señal inequívoca del fracaso de Occidente, del fracaso de la “multiculturalidad”, de las políticas inmigratorias y de la estrategia estadounidense de mantener en Oriente un guerra continua para evitar el surgimiento de una nación árabe unida y del ataque sistemático a los únicos regímenes que podían mantener a raya al fundamentalismo.

2 comentarios to “El “Estado islámico”: un subproducto de Occidente”

  1. Acierta plenamente el señor Alsina en señalar que los inmigrados -que no inmigrantes, ojo, pues han cesado de “migrar”- de segunda y tercera generación, que no se sienten de aquí pero tampoco de ahí, ni de allí ni de allá, buscan desesperadamente una identidad, un punto de referencia, y lo encuentran en el neosalafismo -que no fundamentalismo: en todo caso fundamentalismo salafista-, sin patria, “globalizado”, sin reconocimiento ni consideraciones por ninguna nación -ya ni se llaman de Mauritania ni de Iraq- que representa el Estado Islámico Sin Pueblo de Ninguna Parte, y que, además, les permite canalizar su frustración y su rechazo hacia una sociedad que les prometió el sueño de la prosperidad e integración pero que después les confina en guetos.
    Pero no veo a que viene ese tinte de equidistancia entre el totalitarismo democrático que habla de una agresión totalitaria al mundo libre y a las sociedades abiertas (“piensa el ladrón que todos son de su condición”), y el rechazo a que no se estigmatice a los musulmanes, rechazo que tilda de obsesión “políticamente correcta”.

  2. En cuanto al acierto pleno, hay que sumar otro contingente que reúne características similares a los hijos y nietos de inmigrados: los miles y miles de magrebines que viven en el Magreb, quienes reconociendo que están habitando la tierra de sus abuelos, no ven futuro alguno en Marruecos, en Argelia o en Ceuta y Melilla, no se sienten identificados para nada con los gobiernos o fuerzas políticas que existen en sus países, y sintiéndose que “sobran” en sus propios países, ven en el salafismo globalizado su referencia identitaria.

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