Del NOM queda la guerra

LIBERTAD ESQUELETICA MADE IN USA

por Salvador González Briceño* – Un proyecto en decadencia, junto al imperio; el multilateralismo sepultó intentona criminal; subsiste, denuncia permanente de la sociedad

Mucho se habla todavía del Nuevo Orden Mundial (NOM) como un fin inevitable para la humanidad. Pero nada más falso. Esa tesis murió cuando el imperio estadounidense se enfrentó a dos fenómenos simultáneos dialécticos: 1) La crisis financiera que inició en 2008-09 en Estados Unidos, corrosión interna, y; 2) El silencioso resurgimiento geopolítico de Rusia y el potencial económico de China —causal externa—. Los enterradores de tamaña afrenta para la humanidad (y hasta la llamada civilización occidental), que encabezó el presidente estadounidense George H. W. Bush (1989-1993).

Ni más ni menos. Proyecto hegemónico en picada, el de la unipolaridad mundial. Y del imperio también. Desde que Rusia y China, más los aliados del BRICS (2009, primera cumbre), inauguraron la multipolaridad. He aquí, si no el justo medio, al menos el desequilibrio que sorprendió a los oligarcas de la elite del poder estadounidense (y de Gran Bretaña, Francia, Alemania, etcétera).

La intentona se dio a conocer en tanto el mundo occidental vio la decadencia de la Unión Soviética en 1991, y el imperio estadounidense se creyó triunfal. Sus pregoneros se apresuraron a declarar el “fin de la historia y el último hombre” (Francis Fukuyama, 1992); así como a promulgar lo que el poder político llamó el “Nuevo Orden Mundial”. Y por si hacía falta algo, ahí estaba ya el “choque de civilizaciones” de Huntington escrito un año después, en 1993 (el artículo de Foreign Affairs) y el libro de 1996, que suponía la confrontación “civilizatoria” occidente-oriente, para la “reconfiguración del orden mundial”.

El éxito de las democracias occidentales estaba asegurado, tras el fin del experimento soviético que el asesor de Jimmy Carter, experto en geopolítica, Zbigniew Brzezinski se apresuró en llamar El gran fracaso, en 1989 (el hoy asesor de cabecera de Barack Obama). EU se sintió el gran triunfador del largo periodo conocido como guerra fría (1946 a 1989-Berlín/1991 URSS), como lo fue pero profundizó las diferencias capitalistas al extremo. Al grado que la presunta época dorada, la del “fin de las ideologías” y el éxito de las democracias liberales de occidente —forjada durante el periodo que va de los 70 a los años 90— llegó a feliz término. Se trata precisamente de las décadas de gestación de la onda larga de Kondratieff, de crisis del capitalimperialismo que estalló precisamente en EU con la burbuja inflacionaria de los créditos hipotecarios mencionada ya, e iniciara en 1973.

En estas condiciones supuestamente hegemónicas, sumido en la desgracia el proyecto comunista de la URSS y sin consideración alguna para el populoso proyecto heredero de “las tesis” de Mao, occidente tenía todo para subir al cielo y cantar victoria. Pero ¡oh, destino! ¿Por qué tenía EU que escuchar el sonido de las trompetas apocalípticas? ¿Por qué si todo pintó tan bien por un cierto periodo? Incluso por ello occidente se dio el lujo de forjar al nuevo enemigo, por si las de hule, al del mencionado “oriente desoccidentalizado”.

En tal coyuntura, el mismísimo Bush hacía el anuncio en 1991: “Tenemos ante nosotros la mayor oportunidad de forjar para nosotros y las futuras generaciones un Nuevo Orden Mundial. Un mundo que sea gobernado por la ley, no por la ley de la jungla que gobierna la conducta de las naciones. Cuando lo consigamos, y lo vamos a conseguir. Tenemos una oportunidad para este Nuevo Orden Mundial, un orden en el cual una confiable Organización de las Naciones Unidas pueda desenvolver su rol para mantener la paz y cumplir la promesa y la visión de los fundadores de la ONU… Un Nuevo Orden Mundial, (en) donde diversas naciones estén reunidas en una causa común para alcanzar las aspiraciones universales de la humanidad. Paz y seguridad, libertad y el orden de la ley… Ahora podemos ver un nuevo mundo a la vista. Un mundo en el cual hay un gran prospecto para un Nuevo Orden Mundial.”

El NOM se quedó en el papel. Pero la guerra, como medio, no. La ofensiva contra al mundo es militar. La inercia de la guerra fría sigue vigente para la inteligencia imperial, pero con el tiempo la estrategia de aquél periodo se quedó también en el pasado, porque ya no da los mismos resultados. Prueba de ello es que aún los movimientos más sofisticados de las piezas en el ajedrez mundial de los últimos años, encabezados por EU para intentar contrarrestar a Rusia, ninguno ha dado resultados sino todo lo contrario.

En algún momento hemos señalado ya que los ideólogos del imperio, aún con sus modernas técnicas del ciberespionaje se han quedado en el pasado. Estrategas como Brzezinski, el asesor de Obama, el propio Henry Kissinger, los Rothschild y los Rockefeller e tutti quanti no dan una. Incluso el presidente Obama no atina en resolver los asuntos de los propios intereses gringos en el mundo. Mejor. Pero eso conlleva por lo menos un doble riesgo que puede acelerar, o de menos alentar, las amenazas.

La fiera herida o acorralada es capaz de todo con tal de sobrevivir. Ese es el primer peligro. El segundo es que viéndose perdido, el imperio haga uso de la fuerza que posee para cometer algún error sin importar las consecuencias. Ambas posibles opciones serían de terribles consecuencias. Y hay otra, que la guerra como tal se ha convertido en una constante, impuesta tras las inercias de la guerra fría y renovada con los autoatentados del 9/11.

La etapa que se inauguró por los halcones y con George W. Bush a la cabeza cambió radicalmente las políticas del imperio hacia el exterior. Para llevar a cabo la confrontación con el oriente “desoccidentalizado”, se ha creado el pretexto del derribo de las Torres Gemelas para avanzar desde el Pentágono y la OTAN contra el terrorismo y por el resguardo de la seguridad nacional. Son los nuevos acontecimientos creados para justificar las guerras.

Pero con la multipolaridad el mundo ya cambió. Lo quiera EU o no. Con la denuncia de por medio, cualquier intento de imponer el NOM resultará fallido. Incluso si llega la crisis esperada que está anidando en el seno mismo de la Casa Blanca o desde la propia Reserva Federal o el Banco Central Europeo. El peligro que auguró Rockefeller desde la ONU en 1994 cae por su propio dicho: “Todo lo que necesitamos es la crisis correcta y el mundo acepará el nuevo orden mundial”.

Como se ve, los promotores del Nuevo Orden Mundial (NOM) se habían adjudicado el derecho de unificar el mundo. Más todavía cabe el peligro de su destrucción. Porque la guerra sigue siendo el gran negocio, puesto que la técnica militar sigue puesta al servicio del crimen. No se acaban todavía las invasiones militares para el arrebato de los recursos energéticos ajenos, peor aún, se modernizan las armas asesinas, como los drones cuyos manipuladores matan sin piedad. Así es el espíritu de aquellos sujetos que se sienten dioses (criminales de guerra, es lo que son) para convertir el destino de la humanidad en un infierno. Desde luego hay que detenerlos. Como a Rockefeller cuando lo enfrentaron en Chile por el NOM y no supo qué hacer; o a Kissinger en indeterminadas ocasiones, señalado como “asesino de masas”.

Eso es lo que son, los antiguos promotores del NOM, criminales de guerra. Léase el odio que han sembrado en el oriente “desoccidentalizado”. Cosecha lo que siembra, nada más.

[*] sgonzalez@reportemexico.com.mx

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