La agricultura campesina en la construcción de un paradigma poscapitalista

FAENAS DEL CAMPO

por François Houtart – Cualquier tema de importancia en la vida colectiva de la humanidad en el planeta debe ubicarse en una visión de conjunto y en una perspectiva global. Es por eso que un análisis de la actividad agrícola, no solamente no puede desvincularse de los aspectos sociales del sector y ser puramente técnico, sino que debe también inserirse en el modelo vigente de desarrollo y de su crítica. La organización de la agricultura es el fruto de un paradigma que ahora sigue los principios del capitalismo globalizado y se debe estudiar en cual medida ella puede participar a la construcción de un nuevo paradigma.

El tema de la agricultura campesina es importante por tres razones fundamentales. Primero, existe la necesidad de alimentar a los seres humanos. Ahora tenemos 7 billones de persona a alimentar y al final del siglo probablemente 10 billones, con una proporción urbana en aumento, lo que significa que la producción de comida tendrá que ser multiplicada por 2 o 3. La segunda razón es cuidar al planeta, lo que no es solo una cuestión cuantitativa. Implica la necesidad de desarrollar un tipo de producción respetuoso de la capacidad regenerativa de la tierra. Este concepto, introducido por Vandana Shiva, significa la necesidad de rehabilitar lo que fue destruido por la actividad humana. Cada año se reduce esta capacidad y la agricultura, tal y como se realiza hoy en día, es parte del problema. Por último, está en juego también la promoción del bienestar de unos 3 billones de personas que viven de la agricultura. Todo esto implica una labor por parte de todos.

En noviembre 2010, se organizó en Pequín un seminario sobre la Agricultura campesina en Asia, con la participación de especialistas de 11 países (*) El Continente asiático pues se caracteriza por un gran número de pequeños arrendatarios. La presión de la “Revolución verde” de los años 80 incitó la utilización masiva de productos químicos y favoreció los grandes propietarios. La extensión de la producción para la exportación introdujó la lógica capitalista con todo su peso y empezó un nuevo proceso de concentración de tierras, hoy en particular para los agro-combustibles. Todo eso provocó el éxodo de millones de campesinos y el empobrecimiento de muchos otros, como el suicidio de millares de pequeños productores en la India.

1. La destrucción de la agricultura campesina

La agricultura campesina, dentro de una cierta visión de la modernidad, fue particularmente desprestigiada. En esta perspectiva, ella aparece atrasada, arcaica y poco productiva. Es por eso que hemos asistido durante los últimos 40 años, a una aceleración de su destrucción, en la que han intervenido muchos factores. El uso de la tierra para actividades agrícolas ha disminuido ante la rápida urbanización e industrialización. El proceso se acelera en el Sur, pero queda importante en el Norte. Según Eurostat, el buro de estadísticas de la Unión Europea, entre 2002 y 2010, en Europa, cerca de 3 millones de unidades agrícolas han desaparecido, es decir, el 20 % (La Via Campesina, 2011). Por lo tanto, la población rural ha disminuido. En el año 1970, había 2.4 billones de personas en las zonas rurales frente a 1.3 en las urbanas. En el 2009, eran respectivamente 3.2 billones frente a 3.5 billones.

Al mismo tiempo, la adopción del monocultivo ha provocado una enorme concentración de tierras (UNCTAD, 2009), una verdadera contrarreforma agraria, que se ha visto acelerada en estos últimos años por el nuevo fenómeno de apropiación de tierras, estimado entre los 30 y los 40 millones de hectáreas en los continentes del hemisferio sur, con 20 millones en África solamente (J. Baxter, 2010, 18). Debemos recordar que en el Sur, 380 millones de familias de pequeños agricultores producen el 80 %al 85 % de los alimentos de las poblaciones locales.

Esto se ha relacionado con la producción de cultivo comercial para la exportación. Un ejemplo muy llamativo ha sido Sri Lanka, donde en 1996, un informe del Banco Mundial proponía abandonar la producción de arroz en favor de la producción para la exportación. La razón era que resultaba más barato comprar arroz de Tailandia y Vietnam que producirlo en Sri Lanka. Hace más de 3000 años que Sri Lanka producía arroz como base fundamental de su alimentación, pero la ley del mercado tenía que prevalecer, sin ninguna otra consideración.

Por lo tanto el Banco pidió al Gobierno que terminase con toda regulación del mercado del arroz, estableciese un impuesto sobre el agua de riego, incrementando así el costo de la producción de arroz, y privatizase las tierras comunales para que los campesinos pudiesen vender sus tierras a compañías locales o internacionales. Ante la resistencia del Gobierno del momento, el Banco utilizó medidas de presión, concretamente bloqueando los préstamos internacionales.

El siguiente Gobierno, más inclinado hacia el neo-liberalismo, presentó un documento llamado “Recuperar Sri Lanka”, donde aceptaba la idea, pensando que dicha solución generaría mano de obra barata para el desarrollo industrial con capital extranjero. Pero hace más de 40 años que Sri Lanka hacía esto, y en este tiempo la clase obrera logró mejores salarios, seguridad social y pensiones. De esta forma la mano de obra se volvió demasiado costosa y el capital extranjero incluso estaba abandonando el país para ir a Vietnam o China, donde la mano de obra era más barata. La solución fue reducir el coste de la mano de obra, recortando salarios reales, desmantelando la seguridad social y reduciendo la cantidad de pensiones.

Sobre todo en muchos países del sur, exportar cultivo comercial ha implicado importar productos agrícolas baratos, excedentes de la agricultura productivista y subvencionada de América del Norte y de Europa. Esto ha destruido en varios casos la producción agrícola local, como el pollo en Camerún o la carne de vaca en Costa de Marfil. Aún en Brasil, que tiene muchas tierras, el desarrollo del monocultivo para la agro-exportación resulto en una disminución de las tierras destinadas a la alimentación: entre 2009 y 2010, menos 10.2 % para las tierras consagradas al trigo (Ricardo Bergamini, 2011).

La producción de monocultivos también ha dado lugar al uso masivo de productos químicos y a la introducción de organismos genéticamente modificados. Todo esto ha sido asociado con un modelo productivista de agricultura, legitimado por las crecientes necesidades, ignorando los efectos a largo plazo y dirigido en realidad por una economía basada sobre el provecho. Las inversiones privadas aumentaron de manera espectacular: de 600 millones de dólares en los 90, pasaron a cerca de 3,000 millones en 2005-2007 (UNcTAD, 2009). Durante los últimos años, el acaparamiento de tierras (land grabbing) resultado de la trasformación de la agricultura en una fuente de acumulación para el capital, resultó ser una nueva frontera en tiempos de crisis. Eso significó la expropiación, bajos varios estatutos júrídicos, de entre 30 y 40 millones de hectáreas -20 millones en África- (Laurent Delcourt, 2011)).

2. Los efectos ecológicos y sociales

Desde un punto de vista ecológico, los efectos son bien conocidos. Podemos citar la deforestación (130.000 Km. cuadrados destruidos al año, equivalente a la superficie de Grecia), pero también la destrucción de la biodiversidad. Implica un uso irracional del agua provocando sequías en varias regiones. Provoca la contaminación no solo de los suelos (en Nicaragua ciertos productos químicos utilizados para la producción de caña de azúcar tardan casi 100 años en disolverse), sino también de las aguas subterráneas, ríos e incluso mares. El delta del Río Rojo en Vietnam empieza a estar tan contaminado que la pesca está disminuyendo. En el Golfo de México, frente al Misisipi, hay un fenómeno de 20.000 Km. cuadrados de mar muerto (no hay vida animal o vegetal alguna), debido a la cantidad de productos químicos que lleva el río en regiones donde se ha desarrollado masivamente el cultivo del maíz para agro-carburantes. En muchos casos el resultado final de aquí a entre 50 y 100 años será la desertificación.

El caso de la Amazonía es bastante inquietante. Todos los países que tienen una porción de la selva, tienen “buenas razones” para utilizarla en función de objetivos de “desarrollo”. Colombia amplia la prospección y la explotación del petróleo en Putumayo; el Ecuador busca el petróleo del Yasuní, parque nacional de alta biodiversidad y con poblaciones indígenas no contactadas, afirmando que se trata solamente de una pequeña parte del este territorio; el Perú abre nuevas minas; Bolivia construye la carretera del TIPNIS; Brasil acordó más concesiones a la corporación Vale para la extracción de minerales, permitió la penetración del monocultivo de la soja, de la caña de azúcar y de las palmas, cuando al mismo tiempo la madera se explota de manera salvaje y las represas hidro-eléctricas destruyen millares de kilómetros cuadrados. Además, los daños humanos son considerables, especialmente para los pueblos indígenas.

Así, desde el Este-Sur con las minas, el Oeste con el petróleo, el Sur, con el monocultivo, el centro con la madera y las empresas hidro-eléctricas, la selva amazónica se reduce inexorablemente y, según la FAO, dentro de 40 años, ella será reducida a una sabana con algunos bosques, perdiendo sus funciones ecológicas al nivel mundial, en parte por el cambio climático y en parte por las políticas a corto plazo de los países que la constituyen.

Subrayar eso no es el fruto de una posición imperialista, como es el caso en los Estados Unidos, que desea establecer su control sobre este territorio, rico en materias primas y en biodiversidad. No se trata tampoco de una ofensiva de la derecha contra los gobernios “progresistas” de la región, sino de la constatación de un hecho que depende en parte de la responsabilidad de los Estados. Evidentemente, la derecha aprovecha de los errores de la izquierda y trata de infiltrar las protestas por sus propios intereses. Pero eso no justifica una visión de la realidad, parcial y a corto plazo. Elaborar políticas concretas de transición no es cosa fácil, especialmente al nivel de cada nación, donde imperativos internos, como la lucha contra la pobreza, por ejemplo, incitan a adoptar este tipo de decisiones. Solamente una política regional podrá resolver estos problemas, vía los órganos de integración subcontinental.

Las consecuencias sociales no son menos dañinas. La producción de comida se desplaza hacia tierras menos fértiles y en varios países está disminuyendo. El África Occidental, que era autosuficiente hasta los años 70, ahora tiene que importar el 25% de su comida. El endeudamiento y la pobreza de los campesinos acompañan al desarrollo de monocultivos bajo la dirección de grandes compañías: los pequeños campesinos dependen totalmente de ellas para créditos, insumos, comercialización, comida y bienes de consumo.

Se provocan serios problemas de salud entre los trabajadores y sus familias, debidos al uso de productos químicos y a la contaminación del agua. En algunos casos es común la muerte prematura de los trabajadores agrícolas. Millones de campesinos son desplazados a la fuerza de sus tierras mediante diversos programas, y en ciertos países, como Colombia, con la violencia de operaciones militares o de fuerzas paramilitares al servicio de terratenientes y negocios agrícolas. En Latinoamérica han sido desplazados 4 millones en Colombia, 6 millones en Brasil y 1 millón en Paraguay. En Asia han sido desplazados 6 millones en Indonesia.

Este fenómeno está incrementando la presión migratoria hacia otros países, creando a su vez problemas políticos. Un caso especial es el de los pueblos indígenas que pierden sus tierras y la base de su existencia, en América latina, las Filipinas, Indonesia e India.

Aún en los países donde gobiernos se preocupan del bienestar de la población, tratando de luchar contra la pobreza, ciertas políticas son contraproducentes. Así, en Ecuador, se promueve el cultivo de brócolis, como fuente importante de ingresos para el Estado, ya que más del 97 % son exportados. De verdad una parte sustantiva se estos recursos pueden servir a financiar los bonos para los más pobres o el mejor acceso de ellos a la salud y a la educación.

Sin embargo, las externalidades de una tal política económica casi no entran en consideraciones: destrucción de la biodiversidad, polución de los suelos, contaminación de las aguas, explotación de la mano de obra, destrucción social y cultural de las comunidades indígenas. El cultivo se realiza por corporaciones locales, que no respetan las leyes sociales y ambientales y tienen sus sedes en paraísos fiscales. Realmente, uno puede preguntarse si se puede construir el socialismo del Siglo XXI con el capitalismo del siglo XIX ¿

Para cambiar de continente, notamos que el crecimiento industrial y urbano espectacular de China tiene también su precio. Según investigadores y ciertas autoridades del país, su mayor parte está anulado por los daños ecológicos y humanos. Eso afecta también, los campesinos, sin embargo relativamente mejor protegidos en este país por una posesión contractual de la tierra que pertenece al Estado. En los últimos años muchos conflictos estallaron por la presión urbana e industrial sobre las tierras y el excedente de la población rural sirvió a constituir la “población flotante” de las grandes ciudades industrializadas, es decir la generación sacrificada de un una mano de obra barata necesaria al desarrollo industrial y a la competitividad internacional.

Además, a la escala mundial, el libre comercio, que los economistas Arvind Subramanian y Martin Kessler (2013) laman la “hyperglobalización”, se extiende también a los productos agrícolas, a pesar del bloqueo de las negociaciones de Doha. Las ventajas comparativas a la base de estos intercambios, significan de hecho, por una parte, la concentración de las tierras y la utilización intensiva de productos químicos y, por otra parte, grados diferentes de explotación de la mano de obra y de destrucción de la naturaleza. La liberalización de los intercambios provocó una explosión de los transportes marítimos (22.000 barcos de más de 4000 toneladas atraviesan los océanos cada día) y aéreos, gran consumidores de materia prima y productores de gases envenenaderos. La racionalidad inmediata del capital se transforma en una irracionalidad económica. No se trata evidentemente de suprimir los intercambios, sino de someterlos al valor de uso y no al valor de cambio y de calcular en sus precios, el costo de las externalidades.

Finalmente, el despilfarro de alimentos que provoca el modelo actual de la economía agraria es enorme. Según la FAO, son 1,300 millones de toneladas de alimentos se desperdician cada año, un tercio de la producción mundial, con un valor de 740 mil mlllones de dólares y con daños ambientales graves. No se puede decir que sea en prioridad la agricultura familiar, la principal responsable de este desastre.

Son los movimientos campesinos e indígenas que llaman la atención sobre hechos de esta índole, como lo veremos más adelante. En vez de criminalizar las resistencias que, en América latina, se levantan desde México hasta la Patagonia, se debe entender que ellas son portadoras de una sabiduría profunda y que su crítica del “desarrollismo” no significa un regreso al pasado, sino una visión de futuro.

3. El caso de los agro-carburantes

La humanidad se enfrenta hoy a la necesidad de cambiar sus fuentes de energía en los próximos 50 años. Se agotará la energía fósil. Las nuevas fuentes incluyen la agro-energía como una supuesta solución, con el etanol procedente del alcohol de maíz, trigo y caña de azúcar, y el agro-diesel procedente de aceite vegetal de palma, soja y jatrofa (François Houtart, 2011). Dado que Europa y los EE.UU. no tienen suficientes tierras cultivables para cubrir sus necesidades de producción, se está dando un fenómeno de apropiación de tierras en los continentes del Sur. Los gobiernos locales son a menudo cómplices, puesto que ven la oportunidad de disminuir su factura de combustibles o de acumular divisas.

Si se cumplen los planes para el 2020 (en Europa, un 20 % de energía renovable), más de 100 millones hectáreas serán transformadas para agro-carburantes y por lo menos 60 millones de campesinos serán expulsados de sus tierras. Están previstas enormes cantidades de tierras para este propósito. Indonesia anuncia una nueva extensión de 20 millones de hectáreas para árboles de palma. Guinea-Bissau tiene un proyecto de 500.000 ha.de jatrofa (la séptima parte del país) financiado por los casinos de Macao. En 2010, se firmó en Brasilia, entre Brasil y la Unión Europea, un acuerdo de desarrollo de 4,8 millones ha de caña de azúcar en Mozambique, para suministrar etanol a Europa. Todo esto supone una tremenda destrucción de la biodiversidad y del entorno social y graves peligros para la soberanía alimentaria, como lo indicó muy bien, el relator especial de las Naciones Unidas para la Alimentación, Olivier De Schutter..

Si los agro-carburantes no son una solución para el clima (Elisabeth Bravo y Nathalia Bonilla, 2011) dado que el proceso total de su producción es destructivo y produce grandes cantidades de CO2; si no son una solución real para la crisis energética (quizás un 20 % con los planes existentes), ¿porqué un proyecto así? La razón es que es muy rentable para el capital a corto plazo, contribuyendo a aliviar la crisis de acumulación, y permitiendo a su vez la intervención del capital especulativo. Felizmente, ya en Europa se nota una diminución del uso de agro-combustibles, en función del costo de los subsidios en periodo de crisis y también de ciertas resistencias políticas.

4. Las Resistencias campesinas

En todo el mundo, hay movimientos de resistencia campesina contra la dominación de la lógica capitalista en la agricultura, como el Movimiento de campesinos Sin Tierra (MST) de Brasil, el Movimiento Campesino de Indonesia (SPI), ROPPA en el Oeste de África, etc. La Vía Campesina, una federación internacional de más de 100 movimientos campesinos en el mundo, se ha movilizado también y ha organizado diversos seminarios para alertar a los pueblos y autoridades sobre el asunto. Organizaciones para la defensa del medioambiente, a favor de la agricultura orgánica (concretamente en Corea y en China) o la agricultura urbana y suburbana (como en Cuba), están actuando en la misma dirección.

Las resistencias abordan también otras dimensiones que solamente la tierra. Los campesinos protestan contra la deforestación, las represas que inundan millares de hectáreas de selva y de tierras de cultivo, la contaminación del agua por actividades extractivas o industriales, contra el monopolio de la producción de semillas, contra los transgénicos monopolizados por las transnacionales del agro-negocio (Elisabeth Bravo y Marco Cedillo Cobos, 2011), contra la privatización de las selvas. Sus luchas son otro tanto más radicales que se trata de la supervivencia.

Finalmente, centros académicos de agronomía y ciencias sociales manifiestan una creciente toma de conciencia sobre este problema y están proponiendo soluciones alternativas.

5. Las causas de este tipo de desarrollo

El primer origen de este desarrollo se encuentra en un planteamiento filosófico: una concepción lineal del progreso sin fin gracias a la ciencia y a la tecnología, en un planeta inagotable. Esto, aplicado a la agricultura, tal y como se experimentó en Asia, particularmente en las Filipinas y la India, se llamó “la revolución verde”, con una gran productividad, pero también con la concentración de las tierras, la contaminación de los suelo y del agua, las crecientes desigualdades sociales y la marginalización creciente de los pequeños campesinos.

La segunda causa es la lógica de los principios económicos del capitalismo. En esta visión, el capital es el motor de la economía y el desarrollo significa la acumulación del capital. Partiendo de esto, el papel central que tiene el índice de provecho conduce a la especulación. Así, el capital financiero ha jugado un papel fundamental en la crisis de la alimentación del 2007 y 2008. La concentración de capital en el campo de la agricultura significa monopolios, como en los casos de Cargill, AMD, Monsanto, etc. La agricultura se convierte en una nueva frontera del capitalismo, especialmente con la caída de la rentabilidad del capital productivo y la crisis del capital financiero.

Esta lógica del modelo económico ignora las “externalidades”, es decir, los daños ecológicos y sociales. No es el capital el que paga por ellos, sino las comunidades y los individuos. La liberalización de los controles de divisas ha incrementado la mercantilización de productos agrícolas como mercancías y fomentado Tratados de Libre Comercio (TLC) que en realidad son acuerdos entre el tiburón y las sardinas.

6. La necesidad de una transformación

Todo el mundo puede ver que no es posible continuar con políticas agrícolas construidas sobre la desaparición de los campesinos. El Banco Mundial publicó en el 2008 un informe reconociendo la importancia del campesinado para proteger a la naturaleza y luchar contra los cambios climáticos. Este informe aboga por la modernización de la agricultura campesina, mediante la mecanización, las biotecnologías, el uso de organismos genéticamente modificados, etc. Plantea también una colaboración entre el sector privado, la sociedad civil y las organizaciones campesinas. Pero todo esto permanece dentro de la misma filosofía (Laurent Delcourt, 2010) es decir la reproducción del capital. Este pensamiento desembocó finalmente sobre la propuesta de la “economía verde” de Rio + 20, en 2012.

No se plantean transformaciones estructurales. Es una transformación dentro del sistema. Un ejemplo reciente es el Programa AGRA en África, que promueve semillas híbridas, organismos genéticamente modificados, etc. La Fundación Rockefeller inició el programa, y la Fundación Bill y Melina Gates está financiando varios de los proyectos, incluyendo uno de Monsanto que recibió más de 100 millones de dólares americanos de esta última Fundación.

Por el contrario, se puede plantear otra forma de transformación. Muy poco después del informe del 2008 del Banco Mundial, llegó el informe de “Evaluación internacional del conocimiento, ciencia y tecnología en el desarrollo agrícola (IAASTD)”, donde los 400 especialistas consultados llegaron a la conclusión de que la agricultura campesina no es menos productiva que la agricultura industrial y además tiene un valor añadido: sus funciones culturales y ecológicas.

Es evidente que la agricultura campesina tiene que evolucionar en sus métodos de producción, su utilización del agua, su capacidad mercantil (Ministerio do Desenvolvimiento Agrario del Brasil, 2009). Eso es posible, pero requiere inversiones. Es el gran desafío de los Estados del Sur: escoger la agricultura productivista, aumentando la dimensión media de las explotaciones, o mejorar la agricultura familiar y orgánica. Varias experiencias comprueban la posibilidad de la segunda opción. En Corea del Sur, a pesar del hecho que la reforma agraria fue realizada a favor de una industrialización forzada del país y de su necesidad de mano de obra, hoy en día muchos de los campesinos de pequeña dimensión trabajan con sus computadoras, calculando los mejores rendimientos, el tiempo adecuado de sembrar, el uso de los fertilizantes, el estado del mercado, informándose sobre la meteorología, etc. En el Vietnam del Norte, la Reforma agraria permitió, en plena guerra, el pasaje de producción de arroz, de una, a nueve toneladas por hectárea, sin el uso de maquinarias, ni de productos químicos (François Houtart, 2004). En China, una comuna vecina de Pequín, produciendo principalmente legumbres de manera orgánica y que se alimenta en energía con bio-gas, tiene un ingreso anual de 50 millones de dólares, por una población de 800 personas. Ejemplares similares existen en otros continentes.

7. Las relaciones ciudad-campo en el desarrollo de una agricultura campesina

La actividad agrícola tiene de nutrir además de los campesinos mismos, más de la otra mitad de la población mundial. Se trata de racionalizar la producción de alimentos para satisfacer las necesidades de las poblaciones urbanas y de realizar eso, con la reducción del transporte. Eso significa la creación de cinturas agrícolas alrededor de las ciudades. Al mismo tiempo el desarrollo de la agricultura urbana no es una solución utópica, aún si es modesta, como se experimenta en Cuba, por ejemplo. Es importante recordar, entre paréntesis, que las tierras las menos contaminadas por los productos químicos se encuentran hoy en día en las ciudades, por la utilización irracional de los productos químicos en el campo, desde el fin de la segunda guerra mundial.

La descentralización de la red urbana es el corolario evidente de la viabilidad de la agricultura campesina, lo que exige un plan nacional. Una tal solución no tiene solamente aspectos económicos, sino también sociales y culturales. La población campesina tiene el derecho a una vida social alimentada por los medios modernos de comunicación y la juventud tiene aspiraciones culturales nuevas y legítimas. Eso no se puede realizar sin una relación ciudad-campo integrada, en redes de pequeñas y medianas ciudades, única manera de evitar el éxodo rural hacia las megapolis.

Podemos concluir que la promoción de la agricultura campesina, lejos de ser un sueño romántico o un regreso al pasado, es una solución de futuro. Primero, es una alternativa para la alimentación mundial que permitirá no solamente acompañar a medio y largo plazo la evolución demográfica, sino también trasformar la dieta humana, saliendo de la “macdonaldización”. En segundo lugar, la agricultura campesina podrá contribuir a la preservación de la “madre tierra”, reconstruyendo su capacidad de regeneración y en tercer lugar, ella contribuirá a un equilibrio social y cultural.

Ya Carlos Marx había dicho que una de las características del capitalismo era la ruptura del metabolismo (intercambio de materia) entre el ser humano y la naturaleza, porque el ritmo de reconstitución del capital es diferente del ritmo de reproducción de la naturaleza y que solo el socialismo podría restablecer este equilibrio. Eso constituye la base teórica de lo que hoy se llama el “eco-socialismo” y tiene que ser un objeto central de toda política de “Buen Vivir”, como de la búsqueda de un nuevo paradigma pos-capitalista (el Bien Común de la Humanidad). Fomentar la agricultura campesina o familiar constituye una parte esencial de esta tarea a la escala mundial.

La Paz, 22.10.13

Bibliografía

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UNCTAD, The World Investment Report, 2009; Transnational Corporations, Agricultural Production and Development, UN, Geneva, 2009.

(*) Este seminario fue organizado en la Universidad de Renmin (Popular) en Pekin, por el Profesor Wen Tiejun, economista, director del Centro de Economía Agraria de esta universidad y el autor de este articulo, sociólogo, fundador del Centro Tricontinental (Lovaina-la-Nueva, Belgica).

Fuente: CEPRID

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