Recuento de cuerpos, drones y “daños colaterales” Contar los cadáveres, antes y ahora

TERRORISMO EEUU

por Tom Engelhardt¿Quién cuenta?

En el mundo de la guerra con drones del siglo XXI hay una pregunta con dos aspectos que sobresale entre todas las demás: ¿Quién cuenta?”

En Washington, las respuestas son las mismas: nosotros no contamos y ellos no cuentan.

La administración Obama rechaza categóricamente hacer el recuento de cadáveres. Ningún cuerpo. De hecho, desde hace mucho tiempo, los funcionarios estadounidenses relacionados con las campañas de asesinatos con drones y “ataques a sospechosos”* en las zonas remotas y poco pobladas de Pakistan, Afganistán y Yemen declaran que no hay cadáveres para hacer un recuento,
que los drones son cuidadosamente conducidos y son tan “precisos” que nunca provocan una muerte accidental: ningún niño, ningún pariente, ninguna fiesta de boda. Nada**.

Cuando se trataba de “daños colaterales”, no había necesidad de recuento porque no había nada que contar o, en el peor de los casos, esas bajas civiles “se podían contar con los dedos”. Que eran tonterías, que era frecuente que cuando esos drones lanzaban sus cohetes Hellfire no estaban seguros de exactamente hacia adónde iban, que si los civiles estaban muriendo en cifras relativamente contabilizables –y que ciertamente alguien los estaba contando– eso importaba poco, al menos en este país [Estados Unidos] hasta muy recientemente. Después de todo, la guerra con drones, era algo innovador y, tal como la presentaron dos administraciones, bastante milagrosa. En 2009, el director de la CIA, Leon Panetta la llamó “el deporte único” cuando fue dirigida contra al-Qaeda. ¡Y vaya si lo era! No hacían falta matemáticas ni mediciones. Como lo demostró la guerra de Vietnam, contar cadáveres era de perdedores; apenas los acostumbrados informes en los medios que hablan de tantos “militantes” muertos en un ataque, o que algún “teniente” o “mando” de al-Qaeda había sido eliminado.

Ese tiempo terminó el pasado 23 de abril, cuando el presidente Obama en la sala de prensa de la Casa Blanca pidió disculpas por la muerte del estadounidense Warren Weinstein y el italiano Giovanni Lo Porto, dos cooperantes occidentales en manos de al-Qaeda en calidad de rehenes. Ambos habían sido, confesó el presidente, eliminados durante un ataque contra un campamento terrorista en Pakistán; a pesar de eso, Obama se las arregló para no mencionar la palabra “drone” y describió vagamente lo sucedido como una “operación estadounidense de contraterrorismo”. Para decirlo de otro modo, resultó que la administración era capaz de contar, al menos hasta dos.

Esto nos acerca al otro significado de la pregunta “¿Quién cuenta?”. Si usted es un inocente estadounidense o civil occidental y resulta muerto en un ataque con drones, usted cuenta. Si usted es un inocente pakistaní, afgano o yemení, usted no cuenta. Usted no cuenta antes de que el drone lo mate y tampoco cuenta como cadáver. Por usted, nadie pedirá disculpas, nadie pagará una indemnización a sus familiares por su injusta muerte, nadie reconocerá siquiera que usted existía. Esta es la moderna realidad de la guerra estadounidense con drones, y la cuestión de quién cuenta y de quién –si acaso hay alguien– hace un recuento forma parte del la cuestionable herencia de la interminable guerra contra el terror de Washington.

Una breve historia del recuento de cadáveres

Hubo en tiempo en el que, por supuesto, los enemigos muertos eran una señal de honor en la guerra, pero el “recuento de cadáveres” estadounidense, que se convirtió en algo de triste fama en la época de Vietnam, había sido siempre materia de frustración, no de orgullo. Comenzó en los primeros cincuenta, en los tiempos de la guerra de Corea, la “picadora de carne”, después de que la lucha se estancara en un espantoso punto muerto y era imposible vislumbrar cualquier señal de victoria. Esto reapareció relativamente pronto en los tiempos de la guerra de Vietnam a medida que los funcionarios de Estados Unidos empezaron a buscar “cuantificaciones” que de alguna manera expresaran una victoria en un país donde apoderarse de territorio en el estilo tradicional significaba bien poco. A medida que pasaba el tiempo, que crecía la brutalidad de la guerra y que la prometida “luz en el final del túnel” era cada día más débil, las cuantificaciones solo crecían y, con ellas, también la presión para que se hiciera recuentos de cadáveres que pudiesen ser anunciados cotidianamente por los portavoces de Estados Unidos a periodistas cada vez más escépticos en Saigon. Bastante pronto, esos periodistas empezaron a llamar a esos guarismos las “extravagancias de las 5 de la tarde”.

En el campo de batalla, la presión que recibían los militares para que en esas “extravagancias” entregaran impresionantes recuentos de cadáveres dio pie para que los soldados hablaran de la “Mere Gook Rule” (“si está muerto y es vietnamita, es un vietcong”). Muy pronto, cualquier cosa se hacía pasar por un cadáver. Según el testimonio de William Calley, famoso por la masacre de My Lai, “En ese tiempo, todo iba a parar al recuento de cadáveres: vietcongs, búfalos, cerdos, vacas. Algunas veces lo hicimos, lo poníamos en el recuento de cuerpos, señor… Con tal de que fuera subido; eso era lo único que querían”.

Sin embargo, cuando se vio que la victoria era algo ilusorio, esos recuentos de cuerpos empezaron a ser vistos en el frente interno como una atroz carnicería y unas cuantificaciones del todo infernales. Como señal de éxito, cada vez más alejadas de la realidad –aunque paradójicamente producían realidad–, se convirtieron en una trampa mortífera. A medida que crecía la pila de cadáveres y que, en la terminología de la época, se ensanchaba una “brecha de credibilidad” entre los guarismos y la realidad, el recuento de cuerpos se convirtió en un símbolo no solo de una guerra frustrante sino también de la derrota misma. Sucedió, sobre todo después de la matanza de My Lai llegara a conocerse en EEUU, que los recuentos fueran tan falsos y brutales. De todos modos, ¿de quién eran esos cadáveres?

No debe sorprender que en la época posterior a Vietnam Washington tratara todo lo asociado con el desastre que había sido Vietnam como si fuera algo radiactivo. Entonces, cuando en la estela de los ataques del 11-S, en un estado de excitante anticipación, los más altos funcionarios de la administración Bush empezaron a planificar sus guerras del siglo XXI, no tenían la menor intención de revivir cualquier cosa que oliera a Vietnam. No habría bolsas con cadáveres llegando a Estados Unidos iluminados por la atención mediática ni recuentos de cadáveres en las zonas de batalla. La intención era jugar un juego opuesto al jugado en Vietnam. En 2003, el general Tommy Franks, que comandó la invasión de Afganistán y más tarde la de Iraq, definió perfectamente el clima reinante cuando dijo: “Nosotros no hacemos recuento de cuerpos”.

Ya no había más “extravagancias de las 5 de la tarde”, al menos no en las guerras en las que la victoria estaba asegurada por la presencia de “la mayor fuerza de liberación en la historia mundial” y “la fuerza de combate más perfecta que el mundo ha conocido” (como el presidente dio por llamar a las fuerzas armadas de Estados Unidos). Esta es la política militar oficial vigente hasta hoy. Hace muy poco, por ejemplo, el contralmirante John Kirby, portavoz del Pentágono, a la pregunta de un periodista sobre cuántos combatientes y civiles del Estado Islámico había matado la fuerza aérea estadounidense en la última guerra de Washington, respondió así: “En primer lugar, nosotros no podemos contar cada nariz que rompemos (sic). En segundo lugar, ese no es el objetivo. Ese no es el objetivo… Y no vamos a meternos en eso de contar cadáveres. Y es por eso que no tengo cifras a mano; yo no he pedido a mi equipo que me dé esos números antes de venir aquí. Sencillamente no se trata de algo relevante”.

Desde 2003 hasta hoy, la política oficial referida al recuento de cadáveres no ha reflejado la realidad. De hecho, las fuerzas armadas de Estados Unidos han continuado contando cuerpos. Por una razón: continúan haciéndolo e informan sobre las cantidades de estadounidenses muertos en guerra –que son los cadáveres que de verdad cuentan–, a pesar de que nadie pediría las cifras de recuentos de cuerpos. Por otra parte, desde el principio al fin, los militares también han estado contando –secretamente– los muertos del otro lado, tal vez para convencerse en privado, al estilo de Vietnam, de que ciertamente estaban ganando en guerras en las que aparece demasiado rápidamente –y ya no desaparece de la escena– la brecha de credibilidad. Tal como ha escrito David Axe, los militares “presumen de los número totales en documentos que nunca se harán públicos”. Y añadió, “La desconexión con los recuentos de muertos en tiempo de guerra revela una distancia cada vez más mayor entre la cara que el poder militar muestra al público y su cultura interior”.

Contar o no contar; esa es la cuestión

Pero aquí estaba lo más curioso de esta cuestión: fuera cual fuera la razón por la que los militares contaran los muertos, el hecho de que públicamente dejaran de hacerlo no hizo que se detuvieran los recuentos. Lo que ocurre es que hay otros en el mundo no menos capaces de contar cuerpos. Al final, en esta época simplemente hubo un cambio en el elenco de protagonistas que entregaron cuantificaciones y, al mismo tiempo, del propósito de esos recuentos. Se podría decir que los recién llegados tenían respuestas diferentes a los dos aspectos de la pregunta de ¿Quién cuenta?

En los últimos 100 años, los “daños colaterales” –la muerte de civiles en lugar de combatientes– se ha convertido cada vez más en el aspecto central de la guerra, y la importancia de quién moría y en qué cuantía no ha hecho más que crecer. Cuando los militares estadounidenses empezaron a negarse a contar muertos como parte de la celebración pública de sus éxitos, la sociedad civil tomó cartas en el asunto con una nueva actitud: avergonzarse y culpar a los militares –a quienes había que pararles los pies– desvelando la atroz carnicería de la guerra misma y el daño que produce en la sociedad, no solo a los que han combatido.

Mientras los recuentos anteriores habían supuesto que todos los cadáveres eran de enemigos, los nuevos trataron de hacer el “daño colateral” el asunto central de la guerra. No importaba qué podían decir los investigadores que hicieron esos recuentos; en su mayor parte, por su naturaleza, eran críticas a la guerra al estilo estadounidense, y ya no incluían en ellas solo los muertos –civiles y militares– encontrados en el campo de batalla sino también todos los cuerpos que de alguna manera podían estar vinculados con un conflicto o sus consecuencias, sus efectos laterales e incluso sus repercusiones.

Esto podría ser pensado como una nueva numerología de la derrota, o del desastre, o de la matanza, o de la vergüenza. En la estela de la invasión de Iraq varios colectivos decididamente civiles asumieron la tarea de realizar estos recuentos o estimaciones. En 2004 y 2006, la revista médica inglesa The Lancet, publicó estudios basados en encuestas sobre el “exceso de muertes iraquíes” desde la invasión estadounidense de 2003; en el primer caso el resultado estimado fue de unas 98.000 muertes y, en el segundo, de 655.000 (un guarismo muy criticado). Desde entonces, este tipo de estudios realizados por médicos e investigadores de otras disciplinas no se han detenido. Recuentos más recientes de las víctimas civiles en Iraq van desde unas 500.000 en 2013 a un millón, o el 5 por ciento de la población del país, este año.

Sin embargo, el cálculo más famoso de víctimas civiles en Iraq es un recuento permanentemente actualizado –sobre la base de informaciones publicadas en los medios, registros de hospitales y morgues y otras fuentes por el estilo– realizado por Iraq Body Count, el sitio web independiente que se anuncia como “el registro público de muertes violentas a partir de la invasión de Iraq en 2003”. En este momento, la estimación actualizada de las muertes de civiles desde la invasión es de 156.000 (o 211.000, si se incluyen las muertes de combatientes). Aun así, el mismo sitio que las difunde, y otros, consideran que estas cifras deben tomarse claramente con cautela, ya que están referidas a todo lo que nos está permitido saber sobre cuestiones que son desconocidas por necesidad.

En Afganistán, ha habido menos recuentos, pero la Misión de Naciones Unidas con sede en ese país ha llevado uno de víctimas civiles en la guerra en curso y estima que la cifra acumulada desde 2001 en 21.000 (a pesar de que, una vez más, la cifra es la más baja de las estimaciones). Sin embargo, cuando se trata particularmente de los ataques estadounidenses con drones en Pakistán y Yemen, respecto de los cuales la administración Obama ha rechazado categóricamente la noción de importantes víctimas civiles, el trabajo de los investigadores civiles se han encontrado con enormes dificultades para moverse en zonas remotas de Pakistán y otros sitios. En un mundo en el que los operadores de drones se refieren a las víctimas de sus ataques como “insectos aplastados en el parabrisas del coche” y los altos funcionarios de la administración prefieren borrar dos veces del mapa a esos “bichos” negando que tales muertos hayan existido alguna vez, el intento de devolverles su nombre, su edad y su sexo para recordar al mundo que muchos de los muertos de nuestras guerras eran seres humanos, debería ser considerado una tarea heroica.

La Oficina de Periodismo de Investigación basada en Londres, sobre todo, ha hecho un cuidadoso y tenaz trabajo estadístico de los muertos producidos por lo ataques de drones en Pakistán y Yemen que incluye tanto recuentos como estimaciones de todas las muertes por drones, de civiles y de niños. Esta Oficina tiene un proyecto llamado Naming the deads (Dar nombre a los muertos) que apunta a la recuperación del nombre y otras señas de identidad personal –algunas veces hasta con fotos– a quienes hasta ese momento eran simplemente unos muertos NN (de momento, son 721 las víctimas identificadas). La publicación The Long War Journal (una excepción militarizada de la regla cuando se trata de los recuentos en estos tiempos) también lleva un registro de lo que ha podido averiguar sobre las muertes por drones en Pakistán y Yemen, como también lo hace la New America Foundation en Pakistan. En 2012, la Clínica de Derechos Humanos de la facultad de derecho de Columbia estudió las tres fuentes de los recuentos comentados más arriba y publicó un informe propio.

Entre los informes más sugestivos este el del grupo de derechos humanos Reprieve, que recientemente ha estado considerando la posibilidad de reclamar por la “precisión” y exactitud quirúrgica de los drones mediante su propio análisis de la información disponible. La conclusión de dicho análisis es que en el intento de hacer blanco en 41 enemigos importantes en Pakistán y Yemen a lo largo de los últimos años, los drones de Washington se las habían arreglado para matar a 1.147 personas sin haber conseguido matar siquiera a uno de los blancos buscados (esto escribió Spencer Ackerman en The Guardian: “El 12 de enero de 2006, los drones llegaron al pueblo pakistaní de Damadola y se cernieron sobre él en busca de Ayman Zawahiri. Diez meses más tarde, volvieron –esta vez en Bajur– buscando al hombre que se convertiría en el jefe de al-Qaeda. Ocho años más tarde, Zawahiri continúa vivo. Según los informes escritos después de ambos ataques, 66 niños y 29 adultos, están muertos”).

En otras palabras, cuando se trata de los recuentos de cuerpos, la sociedad civil quiere recuperarlos, si bien es cierto que el impacto de las cifras sigue siendo muy limitado en este país. En cierto modo, el único recuento de cadáveres de todo tipo que ha impresionado aquí en los últimos años ha sido el del francotirador Chris Kyle, con 160 “muertes” confirmadas, algo que tuvo mucho que ver con la publicidad de la película El francotirador, todo un éxito de taquilla.

Asesinos excepcionales

En sus disculpas públicas por unas muertes que le ponían en una situación claramente embarazosa, el presidente Obama se las arregló para echar mano de un tropo que en los años recientes ha llegado a ser cada vez más y más un lugar común políticamente correcto. Incluso en el contexto de una situación en la que dos rehenes inocentes habían muerto, él se felicitó –a sí mismo y a todos los estadounidenses– por la naturaleza excepcional de Estados Unidos. “Se trata de una verdad cruel y amarga”, dijo, “[el hecho de] que en la niebla de la guerra en general y en nuestra lucha contra los terroristas pueden ocurrir errores –a veces errores letales–. Pero una de las cosas que coloca a Estados Unidos en un lugar aparte de muchos otros países, una de las cosas que nos hacen excepcionales es nuestra disposición a enfrentar nuestras imperfecciones con honestidad y a aprender de nuestras equivocaciones.”

Para decirlo de otro modo, sean cuales sean nuestros traspiés, en un mundo de asesinos mediocres, los estadounidenses, somos unos asesinos excepcionales. Esta noción, o actitud, es la que ha infundido el programa global de asesinatos de Obama y la “lista de muertes” de la Casa Blanca contenida en ese programa. La soberbia de su agenda de asesinatos se hizo evidente en la decisión de mayo de 2012 de filtrar al NewYork Times noticias acerca de la lista. Esta versión de la excepcionalidad de Estados Unidos casa perfectamente con la propia excepcionalidad de los drones, una excepcionalidad cada día menor en la medida que esta arma sea utilizada por un número creciente de países (en parte gracias a la luz verde que EEUU ha otorgado a la venta de drones a sus aliados).

En la más rara de las ocasiones, Obama admitió en esa sala de prensa de la Casa Blanca que los ataques con drones pueden llegar a matar a personas excepcionales (como nosotros) que necesitan ser tenidas en cuenta por el gobierno, cuya muerte merece unas disculpas, cuya vida debe ser destacada especialmente en los medios y cuya valía es tanta que sus familiares deben ser indemnizados debidamente. Sin embargo, quienes son asesinados por error en la mayor parte de los sitios donde atacan los drones son, por definición, personas corrientes. No merecen ser noticia, ni una disculpa ni indemnización alguna. No cuentan para nada.

Hay algo que hace que el drone sea un arma única en un mundo en el que los muertos no cuentan en un planeta en el que el asesinato parece una actividad muy barata: su piloto, su “tripulación”, quienes disparan los misiles, están a cientos, incluso a miles de kilómetros del peligro. A pesar de que hablamos sin excesivo rigor de “guerra” de drones, el funcionamiento de esas máquinas tiene muy poca relación con la guerra tal como fue definida una vez. Conceptualmente, el drone representa una forma de destrucción de una sola dirección. Es así porque en esa versión de la “guerra” solo hay un lado que puede ser dañado. Su “firma” es el asesinato, no la guerra; no importa todo el cuidado que pueda ponerse en su utilización. Es un arma verdugo, un arma que ejecuta.

En parte debido a eso mismo, el drone también es un arma con retroceso. Aunque pueda sorprender a los estadounidenses, a quienes serán masacrados –las presas de caza– no les hace ninguna gracia el constante zumbido de los drones en su propio cielo. Se sabe que están mostrando síntomas del síndrome de estrés postraumático (PTSD, por sus siglas en inglés); están resentidos; captan la injusticia subyacente en esa máquina y en el estilo de “guerra” y no les convence la supuesta excepcionalidad de los estadounidenses que la utilizan. Como consecuencia de ello, los drones que vuelan por todo el Gran Oriente Medio vienen siendo el “banderín de enganche” para quienes quieren vengarse y otro tanto para los grupos extremistas de cualquier parte del mundo.

Los drones deberían ser armas para avergonzarse; no obstante, a pesar de la reciente ronda de críticas suscitadas por la muerte de los rehenes, su utilización tiene todavía un vasto apoyo en Washington y el público en general. La justificación de su empleo, sea cual sea la expuesta por los documentos “legales” presentados por Washington para darle cobertura, es bastante sencilla: ejercicio del poder. Mandamos los drones atravesando fronteras soberanas tal como deseamos en búsqueda de quienes queremos asesinar porque podemos hacerlo, porque nosotros somos nosotros.

Entonces, elogiamos a esos pocos en el mundo que piensan que vale la pena tomarse la molestia de contar a quienes para nosotros no cuentan para nada. Ellos sí importan.

* En la jerga de este mundillo de la guerra con drones los llaman “signature strikes”, una expresión imposible de traducir en su literalidad. (N. del T.)

** En castellano en el original. (N. del T.)

* Tom Engelhardt es cofundador de American Empire Project y autor tanto de The United States of Fear como de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. Dirige TomDispatch.com, del Nation Institute. Su nuevo libro es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World (Haymarket Books).

(Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García)

Fuente: http://www.tomdispatch.com/

Extraído de: Rebelión

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