Europa occidental sufre las consecuencias de su vasallaje

SERGIO FERNANDEZ RIQUELME

por Sergio Fernández Riquelme – Cientos de miles de refugiados intentan entrar desesperadamente en la próspera Europa, huyendo de países destruidos y empobrecidos; los desheredados del mundo reclamando asilo, procedentes de países “salvados” por la intervención occidental, y el mare nostrum convertido en un gran cementerio.

Numerosas células terroristas actuando en el corazón del Viejo continente, nutridas de ciudadanos supuestamente bienvenidos y nunca integrados. La frontera entre Oriente y Occidente en llamas, foco de un incendio que parece incontrolable: el conflicto en las estepas de Ucrania, las múltiples guerras civiles de Libia, la crónica inestabilidad de los Balcanes, los viejos miedos en las montañas del Cáucaso, la amenaza escondida en las sabanas del Sahel, el genocidio en las llanuras de Mesopotamia, la crisis persistente en los países sureuropeos, la irresolución histórica del problema en la tres veces santa Jerusalén (Al-Quds), el Tigre asiático saltando la banca del capitalismo mundial. Mundialistán llega a las puertas de la tierra del progreso.

Europa occidental sufre, en el siglo XXI, las consecuencias de su vasallaje. Decidió abandonar su discurso fundacional (Schuman, Monnet, Gasperi) y asumir el mandato norteamericano. Renunció a su identidad a cambio de ser vanguardia del Imperio. Pero el Atlántico salvaguarda, en teoría, las estrategias de mundo anglosajón; se pueden lavar las manos tras la inmensa frontera oceánica. Pero el Mediterráneo, tan cercano, parece no poder contener los efectos de una geopolítica occidental que demuestra los límites internos y externos del proyecto comunitario (desde la presión migratoria al debate sobre viabilidad de su Estado del bienestar).

Y desde la Historia de las ideas (IdeenGeschichte) podemos señalar tres dimensiones de esta teorización: su pasado (retrospectiva, o las experiencias valoradas u olvidadas), su presente (perspectiva, o posibilidades recibidas que usamos de una manera u otra) y su futuro (prospectiva, o expectativas que nos hicieron decidir o asentir).

1. Nace Mundialistán.

Toda decisión, toda acción, conlleva consecuencias; unas planificadas, pero otras indeseadas.  La geopolítica occidental, basada en la imposición, directa o indirecta, del ideal de progreso consumista en las áreas limítrofes consideradas de expansión, ha generado el fenómeno que en estas páginas denominamos como Mundialistán. Una realidad geopolítica y una categoría de interpretación histórica que puede explicar una dimensión conflictiva, destacada mediáticamente, de la actual época de la globalización.

El neocolonialismo euroatlántico, ordenado por el interés norteamericano durante las últimas décadas, bajo gobiernos republicanos o administraciones demócratas, ha mostrado el lado oculto del mundo global. Imponer por las buenas o por las malas, mediante intervención militar o presión económica, el ideal de progreso occidental y el control de sus recursos naturales, ha llevado a una reacción insospechada de las antiguas provincias.

La antigua Yugoslavia, el Medio Oriente, las fronteras de Eurasia, el norte de África, el corazón de América Latina, la emergente Asia. El objetivo estaba claro; convertir a esas regiones en espacio de vasallaje político, feudo económico y mímesis cultural. El etnocentrismo norteamericano legitimaba su acción para “llevar la civilización” a esos pueblos atrasados, oscurantistas, medievales, imponiendo su modelo de desarrollo capitalista-liberal. La Unión europea había sido el alumno perfecto; usaban su lengua como idioma común, consumían sus productos mediáticos, pensaban como ellos; y además, sería el instrumento privilegiado, y más próximo como “primera línea del frente”, para la batalla por la transformación de las áreas en la nueva colonización. Pero el resultado no fue el esperado en el siguiente nivel. Nacía Mundialistán.

El Nuevo Orden mundial. En la frontera oriental algo falló. Las antiguas colonias no querían volver a serlo. Primero fue la intervención militar; la vis legitimaría la potestas. El “fin de la Historia” popularizado por Francis Fukuyama, con la proclamación de ese victorioso e inevitable imperio norteamericano tras la caída del Muro de Berlín (Berliner Mauer) en 1989, justificaba la intervención de las huestes de Washington DC, como juez y parte, en cualquier espacio y en cualquier momento. Tras cooptar a buena parte de las antiguas repúblicas soviéticas, llegó el turno de la multiétnica Yugoslavia. Fue el escenario inicial de la actuación del Nuevo orden mundial. Pero las consecuencias de su desintegración, alentada por el mismo eje euroatlántico, fueron trágicas pese a la aparente normalización de la región; asolada por conflictos étnicos de enorme impacto, sus divisiones persisten, la pobreza aumenta y el futuro se torna incierto. La situación actual de Kosovo, entre el Estado fallido y la depresión económica, lo demuestra.

Los laboratorios. Afganistán sería el primer laboratorio para el nuevo colonialismo euroatlántico del siglo XXI (y que sirve de paradigma para nuestra teoría, tanto por su impactante tracto histórico como por su manido sufijo). Parecía imposible, pero nos hacían creer que, por las buenas o por las malas, se podía convertir a la nación afgana, tras la eliminación del Emirato islámico talibán, en una democracia occidentalizada sin más, convirtiéndose la ONU en poco más que otro ministerio norteamericano. Si tras la Segunda Guerra Mundial, países ocupados como Corea o Japón pudieron ser prósperos y fiables aliados, Afganistán llegaría a ser un moderno “patio trasero” useño. Este país, refugio de los mentores de los terroristas responsables del 11-S sería, por tanto, el nuevo ejemplo de lo inevitable de la asimilación. Pero catorce años después poco ha cambiado; el atraso y las divisiones que se querían erradicar siguen presentes, y Kabul poco se parece a la City londinense. Y el segundo laboratorio sería la despótica Irak. Cayó la dictadura baazista de Sadam Hussein (bajo el pretexto de armas químicas nunca encontradas) pero las guerras fratricidas siguen asolando las legendarias tierras del Creciente fértil.

2. A new beginning.

El celebrado discurso del nuevo presidente norteamericano Barack Obama, en la Universidad de El Cairo en 2009, pretendía representar una nueva orientación en política internacional tras los evidentes errores de los anteriores gobiernos. Occidente y Oriente debían superar sus diferencias y caminar juntos el camino del progreso y la paz. Pero esta proclama, que ayudó a que el mandatario lograra rápida y mediáticamente el mismísimo Premio Nobel de la Paz, seguía alimentando a Mundialistán. Porque esta nueva orientación, ahora más centrada en la presión ideológica y económica, seguía basándose en las dos mismas claves que alimentaban al monstruo: superioridad moral de Occidente, e intervención directa en la soberanía nacional.

La primavera árabe. El lema “Yes we can” no se limitaba a propaganda de consumo interno norteamericano. Aspiraba a ser la bandera de nuevas generaciones musulmanas abiertas a copiar la forma de ser y de pensar del mundo occidental. Pero el resultado del proyecto se ha convertido en un rotundo fracaso, al contener de nuevo el inevitable complejo de superioridad occidental. Se destruyeron viejos Estados y se alumbraron naciones fallidas; cayeron estables autócratas laicos ante inestables democracias fundamentalistas; se ajusticiaron a dictadores, antes socios occidentales, surgiendo guerras civiles interminables; los antiguos combatientes (en Afganistán) pasaron de ser aliados circunstanciales a enemigos estructurales; se pretendieron crear naciones desarrolladas y se consiguió el éxodo de las mismas.

El EIIL (Daesh en árabe). Asombroso pero cierto; en pleno siglo XXI surgía un autodefinido Califato islámico en el territorio sirio-iraquí. Los antiguos socios combatientes, utilizados por primera vez como aliados norteamericanos en la guerra contra la extinta URSS (en la misma Afganistán) pasaron de ser terroristas globales (Al-Qaeda) a un auténtico Estado terrorista, con ramificaciones en muchas de las naciones que una vez les usaron como milicias en sus aventuras intervencionistas. “Cría cuervos y te sacarán” los ojos, dicen con sabiduría nuestros mayores.

3. Identidades globalizadas y conflictivas.

Mundialistán, desgraciadamente, no se limita al mundo árabe, al Medio Oriente. No solo es un hecho geopolítico que afecta a las fronteras nacionales, a la configuración de los Estados, a las divisiones étnicas. Quizás supone, también, un nuevo tiempo histórico que se superpone conflictivamente al pacifismo hedonista que nos prometían con la globalización “made in America”, capaz de moldear las sociedades tradicionales y convertir en consumidores idénticos a ciudadanos de ambos lados del globo terráqueo.

Nos habla, posiblemente, de la identidad de los pueblos (nacional y global, personal y comunitaria), de los principios y valores por ella encarnada, y de los conflictos surgidos de su defensa, adaptación o su transformación, en una mundialización que pretende borrar fronteras y unificar mentalidades. Primera cuestión: quiénes somos y cómo quieren que seamos.

Nos muestra una competencia económica mundial que se hecho brutal, casi despiadada en los Mercados, afectando a los derechos de los trabajadores y cuestionando la viabilidad medioambiental. El modelo chino de alta productividad y bajos salarios, que tanto nos benefició sin cargo de conciencia, se traslada al mercado occidental; paradojas del destino. La crisis se hace crónica y las clases bajas se sumen en la mera supervivencia ante la falta de oportunidades vitales. Afroamericanos y latinos pierden el tren de soñado American way of life; asalariados europeos ven caer sus derechos en pro del beneficio de unos pocos; migrantes de medio mundo se condenan a la eterna exclusión en los arrabales de las Babilonias contemporáneas. Segunda cuestión: qué producimos y cómo producimos.

Y nos enseña un orden político internacional que se convierte de nuevo en un campo de batalla, con viejas guerras “frías” y nuevas contiendas “calientes”. Emergentes centros de poder reclaman su soberanía y su influencia: el gigante chino, el mundo ruso, la creciente India, el poder persa, la inmensa África. Tradicionales focos de dominación se encuentran en la encrucijada: la envejecida Unión europea entre el populismo de los desesperados y la partitocracia dominante;  o la decadente USA entre las antiguas tentaciones militaristas y el fin de su hegemonía mundial.  Tercera cuestión. Quién nos manda y como debemos obedecer.

No parece ser una simple coyuntura; Mundialistán es, quizás, algo más. Conflictos diversos y profundos, interrelacionados globalmente, condicionan tanto las grandes políticas como las vidas diarias de ciudadanos anónimos, en plena lucha entre la identidad heredada y la identidad construida. En los años venideros podremos descifrar si esta teoría es mera especulación o criterio empírico para analizar el verdadero rostro de la globalización de ideas, tecnologías, migraciones y cambios que los agoreros de la nueva centuria nos prometió pacífica y se desvela trágica en demasiados escenarios. La Historia, magistra vitae, nos dará la respuesta, tarde o temprano

Fuente: HispanTV

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