El fraude de la “ideología de género”

EDUARDO ARROYO

por Eduardo ArroyoAlguien formula una pregunta en el portal canadiense dedicado a la ciencia www.science.ca. Se trata de una mujer de 38 años que instruye en prácticas de tiro a las fuerzas del orden de la ciudad de Sacramento, California, Estados Unidos. Pregunta acerca de si cabe esperar diferencias entre hombres y mujeres y si existe alguna recomendación sobre técnicas y estilos adecuados para cada sexo.

La respuesta no se hace esperar: “No puedo hacer ninguna recomendación técnica pero me atrevería a predecir que las mujeres serán o llegarán a ser tan buenas como los hombres con un blanco estacionario pero no cuando el blanco se mueva. De hecho, puede haber datos por ahí, que comparen los disparos con rifle sobre blancos estacionarios y blancos móviles. Mi experiencia (anecdótica en extremo) apoyaría esto. De hecho, encontré un artículo demostrando que las diferencias sexuales son mayores con la velocidad que con la distancia. La práctica con la velocidad no disminuye la diferencia”.

Esta respuesta no dejaría ser una curiosidad rayana en el “sexismo” si no fuera por provenir de quién proviene: Doreen Kimura, neurobiólogo mundialmente conocida por su libro Sex and cognition (MIT Press, 2000), traducido a una treintena de lenguas. Hasta su desaparición en 2013, Kimura pasó toda la vida estudiando las diferencias fisiológicas existentes entre los cerebros masculino y femenino y explicando las consecuencias funcionales de dichas diferencias.

Formada en la Universidad McGill, en Montreal, cuna de la neuropsicología americana, donde obtuvo su doctorado en Psicología experimental, fue profesora de psicología en la Simon Fraser University de Ontario, Canadá. Hoy su trabajo goza de reputación mundial. ¿Qué por qué es interesante? Por dos razones principales.

En primer lugar, porque toda su obra se basa en la idea de que existen diferencias estructurales, funcionales, de base innata, en el cerebro de hombres y mujeres. Estas diferencias conllevan a su vez distintos comportamientos y habilidades. Así, entrevistada por Susan Pinker (The Sexual Paradox: Men, Women and the Real Gender Gap; Random House, 2008), Kimura mostraba su asombro cuando comprobaba que científicos presuntamente serios dudaban de la existencia de diferencias cognitivas de base hormonal entre hombres y mujeres.

Una segunda razón, también de enorme trascendencia, es que Kimura fue una ardiente defensora de la libertad científica –por ejemplo, frente a las enormes cortapisas que en el medio académico supone la “corrección política”- y de la creatividad individual que transita por caminos que otros no se atreven, bien por comodidad o por convención.

A este respecto, Doreen Kimura fue una implacable enemiga de las políticas de “discriminación positiva” ideadas por el “lobby” feminista. En 1997, la revista Canadian Psychology dedicó un número a la “corrección política” en la psicología. Tres autores escribieron a favor y tres en contra. Uno de ellos era Doreen Kimura, que tituló su artículo: La discriminación positiva es humillante para las mujeres en la academia (Canadian Psychology, 1997, 38, 238-243).

Básicamente, el denso artículo subrayaba que en la lógica de la discriminación, cuando en un colectivo no todos los grupos aparecen representados por igual, ha existido discriminación y debe ser corregido. Kimura se asombraba de que no se considerasen otras posibilidades y, si bien admitía que en el pasado podía haber habido discriminación a favor de los hombres para ocupar ciertos puestos, “el examen de la evidencia sugiere que, actualmente, las mujeres en Canadá están siendo contratadas en instituciones académicas en un porcentaje superior al que cabría esperar a partir del número de aspirantes cualificados. Además, su representación persistentemente baja en algunos campos puede deberse mayormente a la propia autoselección, que refleja talentos diferentes, distinto énfasis en la importancia de la familia y diferentes preferencias ocupacionales respecto de los hombres”.

Suponemos que a más de un gurú de lo “políticamente correcto” le habría dado un patatús al leer tamaña osadía. Todo esto viene a cuento de que, cuando uno presta atención a la prensa, los medios, las declaraciones políticas o, simplemente, la conversación de nuestros conciudadanos, puede comprobar que las tesis oficiales de la denominada “ideología de género”, con su reiterada cháchara sobre la “orientación sexual” y el “sexismo”, se hallan plenamente instaladas como si fueran verdades incontestables.

Para defenderlas, a menudo se incurre a falacias como la de atacar el mundo real con argumentos moralizantes: si algo es moralmente reprochable o, sencillamente, no nos gusta, entonces el mundo debe ser de otra manera. Konrad Lorenz denominaba a esta actitud “terrorismo de la virtud”.

Por eso, espíritus libres, enamorados de la verdad, como Doreen Kimura, nos llevan a pensar que a lo mejor la medicina que la ideología dominante nos proporciona para encauzar las cada vez más enrarecidas relaciones entre hombres y mujeres, no está más que contribuyendo a alimentar los prejuicios de un inmenso error. Porque lo cierto es que las supuestas verdades en las que se funda la citada “ideología de género” jamás han sido demostradas; más aún, existe considerable evidencia en su contra. Haríamos bien en considerarla.

Fuente: ESD

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