El Frente Nacional se aleja de su padre

MARINE LE PEN

por Scott Mc Connell* – Marine Le Pen ha montado el más amplio y exitoso partido antiinmigración y antiglobalización de Occidente, restando importancia a sus raíces racistas.

En un primer capítulo de la novela best seller de Michel Houllebecq, Soumission, un narrador lacónico, alienado, pero con éxito profesional (François, un experto escritor católico estilo Huysmans) explica su falta de interés por la política contemporánea francesa: «Un candidato de centro izquierda es elegido y gobierna durante una o dos legislaturas dependiendo de su grado de carisma. Por oscuras razones no es elegido para un tercer mandato. El populacho se cansa del candidato y del centro-izquierda, y se observa el fenómeno de alternancia democrática. Los electores llevan al centro-derecha al poder, por uno o dos mandatos dependiendo del candidato. Por extraño que parezca, los países occidentales estaban muy orgullosos de este sistema que era, de hecho, nada más que compartir el poder entre dos grupos rivales y, ocasionalmente, comenzaron guerras para imponer esto en los países que no compartían su entusiasmo».

Los lectores de la novela, y los que hacen la reseña, son conscientes que este sistema se derrocó en Francia: produciéndose una elección en la que un muy insultado candidato presidencial por el partido nacionalista-populista de derechas, el Frente Nacional, se enfrentó a un candidato musulmán, un político ágil, ambicioso y global, hijo de un tendero inmigrante y graduado en la puntera escuela administrativa y política francesa (la célebre ENA), que ha vencido a su rival de centro-izquierda en la versión francesa de las elecciones primarias. Una alteración tal era inevitable -como el narrador de Houellebecq señala en uno de sus aportes sociológicos- ya que el sistema demográfico y social que sirvió como base de la alternancia democrática estaba pudriéndose gradualmente en sus cimientos. El  patriarcado de generaciones previas, a causa de todas sus restricciones de la autonomía individual, tuvo al menos el beneficio de ser capaz de reproducirse él mismo, generando familias que tenían hijos y creaban nuevas familias, quienes reproducían familias, siglo tras siglo. En Francia, después de 1968, ello apenas tiene lugar.

Francia se está enfrentando a un ciclo electoral con unos escenarios todavía distintos a los diseñados en “Sumisión”. Pero un elemento del escenario de Houllebecq ya ha acontecido; al menos en parte. El Frente Nacional se ha convertido en el mayor y más interesante elemento de las controversias políticas. Alguien que visite París se ve confrontado por el hecho de que, virtualmente, todo comentario político se remite a Marine Le Pen y al partido que ella heredó de su padre y que está tratando transformar. Dado que el Frente Nacional tiene un pasado como partido extremista, y que amenaza la alternancia democrática -tal y como esboza Houellebecq- la mayor parte de los comentarios oscilan entre la hostilidad y la negación fanática. Sin embargo, el partido -un grupo político marginal hace 40 años- ha crecido. En la primera vuelta de las elecciones departamentales de 2015 –unos cargos acerca de cuya relevancia muy pocas personas perciben las responsabilidades reales- el Frente Nacional tuvo un muy respetable 25 % de los votos, superando al partido de la coalición de centro-derecha del anterior presidente, Nicholas Sarkozy, y muy por delante de los socialistas. El voto total igualó el porcentaje del FN en las legislativas europeas del año pasado; lo que se entendió como un gran avance. Hace cuatro años el FN obtuvo un 15 % en las elecciones locales. Por tanto, el FN, claramente y sin ambigüedad, puede alcanzar el estatus de gran partido.

Éste es el legado de Marine Le Pen; desde 2011 presidente del FN. En la mitad de su cuarta década de edad, dos veces divorciada, tres hijos, atractiva y carismática de maneras francas. Tiene la imagen de una mujer cuya pertenencia a un partido ha pesado más que los estudios en su juventud, con la voz fuerte de alguien que ha fumado una buena cantidad de cigarrillos. Posee un evidente talento político atípico. El FN se queja, regularmente y de modo bastante justificado, que el centro-derecha sólo habla de inmigración durante el tiempo previo a las elecciones. Una vez en el poder (y Sarkozy o sus predecesores han estado en el poder mucho tiempo durante los pasados 30 años) el centro-derecha no ha hecho absolutamente nada por abordar una problemática que, en opinión de algunos, tiene el potencial de finiquitar Francia como una entidad histórica y cultural.

La campaña más reciente no fue una excepción: de repente, unos días antes de las elecciones, las pantallas de la TV Francesa se llenaron de candidatos aliados de Sarkozy, quienes pedían, en un indisimulado gesto anti musulmán, el fin de los servicios de comidas sin cerdo en las cafeterías de las escuelas. Hace varios años, cuando Marine Le Pen emergía como la mayor figura pública del FN, un entrevistador de TV le preguntó acerca del ejercicio de una creciente retórica anti-inmigración similar a la suya por parte de Sarkozy. Ella pensó un momento, sonrió a la cámara, y se puso a cantar una interpretación efectiva de la canción “It’s Only Words” cantada por la muy querida y carismática cantante franco-egipcia Dalida.

A diferencia de Sarkozy, el partido de Marine Le Pen no ha tenido nunca el poder de cambiar el sistema de inmigración, pero es capaz de tratar el tema con perspicacia y tacto. Unos pocos días antes de las elecciones departamentales, Marine Le Pen acudió al programa televisivo Toutes Les France, presentado por Ahmed El Keyy. Llegó a un gran estudio, similar a una sala de estar, donde unos 20 estudiantes le esperaban. Los estudiantes, presumiblemente escogidos como representantes de un multicultural futuro francés que Marine Le Pen rechaza, eran, según mi estimación, en sus tres cuartas partes personas de color. La señora Le Pen caminó a la guarida de los leones. Uno podía esperar que la sesión derivara -como podría pasar con un político americano- en tópicos a la defensiva y políticamente correctos. Una joven mujer negra, estudiante de ingeniería, le preguntó qué lugar había para ella en su versión de Francia. Marine replicó, primero, preguntando «¿eres francesa?» y, cuando ella respondió afirmativamente, dijo que era estupendo y grande que fuera a ser ingeniera, y que quería proteger los trabajos franceses y la cultura francesa. Vale, pero luego continuó. El partido de Marine se opone a la ciudadanía por nacimiento, por la que los niños nacidos en Francia reciben automáticamente la francesa. El presentador señaló el hecho de que el FN se ha opuesto históricamente a la inmigración; y, conforme al criterio del padre de Marine, Jean-Marie Le Pen, sobre la materia hacia 1990, los padres de esa joven ingeniera de origen senegalés no hubieran podido emigrar a Francia. Este juego retórico, ahora, es recurrente en la política francesa: ¿en qué difiere el punto de vista de Marine del de su padre? ¿Puede ser neutralizada si repudia a su padre? Los estudiantes de las grandes universidades han escrito largos análisis semióticos investigando si el discurso del FN de Marine es realmente diferente o sólo lo parece. Se concluye que sucede un poco de ambas posibilidades; pero Marine, en todo caso, ha evitado repudiar a su padre. En cualquier caso, para la candidata, se trata de un momento especialmente delicado.

Marine repitió que estaba encantada de que esta joven fuera francesa y que se planteara convertirse en ingeniera. Y entonces tuvo la oportunidad de separarse de los puntos de vista de su padre; pero no lo hizo. No sería terrible, continuó dirigiéndose a la joven, si fueras una ingeniera en el país de tus padres, Senegal; donde hace falta ingenieros. Podría ser una buena cosa. De hecho, Marine se opone a la política de Sarkozy, y otros, de atraer la intelligentsia de las ex-colonias francesas y llevarla a Francia; lo que, probablemente, hace más daño que otra cosa al desarrollo económico mundial. Ese proceso forma parte de la globalización salvaje –en francés se diría mundialización salvaje, lo que suena mucho mejor- a la que ella y su partido se oponen firmemente.

Por supuesto, independientemente de que fuera mejor o no para la mayoría de la gente que los ingenieros de origen senegalés desarrollaran su carrera en Senegal, lo que hace de la inmigración un asunto francés de gran amplitud no es esa circunstancia de que personas inteligentes de color se gradúen en buenas escuelas francesas y trabajen en Francia. La preocupación radica en el muy superior número de inmigrantes de segunda o tercera generación que no están bien integrados en las clases medias. Uno puede recordar diversos indicadores muy dramáticos: las semanas de disturbios y quema de coches que se dieron en los suburbios alrededor de París hace 10 años; la población del sistema de prisiones francés; los asesinatos de estudiantes judíos en Toulouse el año pasado; los asesinatos de Charlie Hebdo y las muertes en el supermercado kosher. Este panorama combina aspectos muy diversos: los propios del conflicto religioso del Islam militante, junto a otros elementos más propios de la problemática creciente que afecta a las clases bajas. Y la circunstancia de que puedan darse ambos problemas, al mismo tiempo, los expande exponencialmente; lo que convierte este problema en un desafío muy superior al que los norteamericanos deben afrontar.

Uno puede tomar el metro de París en la basílica de Saint Denis: una magnífica y grandiosa catedral construida en la Edad Media, un monumento reverenciado por la Cristiandad, un lugar donde docenas de reyes y reinas franceses están enterrados. A un cuarto de milla de la iglesia se sitúan las calles de Saint-Denis, en el pasado una parte del denominado “cinturón rojo”, un verdadero baluarte comunista, y ahora un improvisado espacio urbano tercermundista. Caminé a lo largo de la calle del mercado principal a las tres de la tarde, y no me sentí amenazado; probablemente era el único blanco. Dos horas más tarde, un considerable mayor número de jóvenes ociosos de aspecto conflictivo se situaban por sus calles. Se habla mucho del contraste entre Texas y México, la frontera entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado; pero Texas y México -y  Nuevo México y Arizona- son parte esencial de la misma civilización. Si caminas desde la basílica de Saint Denis a las calles de la ciudad, sencillamente, pasas del monumento de una civilización a un mundo nuevo por completo diferente.

El Frente Nacional ha hecho de la inmigración un tema clave desde el nacimiento del partido. Viene siendo un tema recurrente el de si los orígenes del Frente Nacional lo descalifican -o debieran hacerlo- de su rol en la vida política francesa. El FN fue creado a partir de una coalición de varias corrientes derechistas de la Francia de los años 60 del pasado siglo; en buena medida situadas entre los bandos perdedores de los grandes conflictos. En el nacimiento del FN podemos encontrar neofascistas, descendientes políticos de los defensores  del petainismo (una sensibilidad que incluía, hacia 1942, un amplísimo porcentaje de franceses) y colaboracionistas. Se podía encontrar también a aquéllos que se rebelaban –en ocasiones violentamente- contra la negociación de la independencia de Argelia por De Gaulle; cuyo sentimiento de traición se intensificó, en muchos casos, a causa de su previa reverencia. Se podía encontrar a muchos anticomunistas de línea dura, enemigos de la distensión, y sinceros admiradores de Pinochet y Franco. Jean-Marie Le Pen, un libertino, carismático y antiguo diputado poujadista, trabajaba cómodamente en estos medios, y fue capaz de forjar un partido político más o menos serio, convirtiéndolo en vehículo apto para su propia carrera política. El discurso del grandullón Le Pen era populista y, a menudo, racista. Sus observaciones antisemitas eran esporádicas, probablemente calculadas, y con frecuencia ambiguas; estando bien documentadas. Jean-Marie Le Pen pudo llevar a cabo varias campañas presidenciales moderadamente exitosas, convirtiéndose en la principal figura de la derecha francesa; pero nunca pudo ser presidente de Francia ni logró formar parte de un gobierno de coalición.

La ambición de Marine Le Pen es superar esto. La retórica del partido ha cambiado: se han suprimido las observaciones raciales o antisemitas. Así, alrededor de una docena de los 7.000 candidatos que el FN presentó para las elecciones departamentales fueron obligados a dimitir por el partido a causa de expresiones juveniles de tipo racista u homofóbico similares a las manifestadas con relativa frecuencia en facebook por cuadros de nivel inferior entre los republicanos norteamericanos. La prensa francesa liberal investigó ampliamente la participación en redes sociales y medios digitales de todos los candidatos del FN, y encontraron, por supuesto, algunas bromas crudas a base de plátanos u otras observaciones en las que se mezclaba homosexualidad con bestialismo; pero, en general, se sorprendieron de lo poco que encontraron. Este partido es, ahora, mucho más grande que el de Jean-Marie Le Pen, presenta candidatos para todo puesto electo en Francia, siendo extremadamente dependiente de personas que no son políticos profesionales. Pero en general su nivel extremista es –tal es la impresión que da- bastante más bajo que el del Tea Party.

Si el FN ya no promueve un populismo nacionalista de tintes racistas,  ¿qué es lo que sostiene? Esencialmente, el FN se ha convertido en un partido que cuestiona la integración francesa en Europa y se opone a un mercado global dominado por los anglosajones en el que Francia ha perdido el control de su propio destino económico. Los discursos más importantes de Marine Le Pen se centran en lo que ella denomina “mundialización salvaje” o, a veces, “totalitarismo mundial”. La bestia negra del FN es el ultraliberalismo (en el sentido europeo); un capitalismo desenfrenado que destruye todo a su paso: familias, comunidades, naciones. Ella denuncia el G8, el G20, el FMI; se opone al «dictado ultraliberal de los altos sacerdotes de la Unión europea». Apela al patriotismo económico, añadiendo que «si esto no gusta a la UE, lo haremos sin la UE». Ha prometido someter a referéndum la adhesión de Francia a la moneda europea. Y más en general, sin embargo, el FN ha sido silenciado respecto a la política exterior: se ha opuesto a la intervención extranjera en Afganistán y Siria, y es mucho menos anti-ruso que los otros grandes partidos.

En otras palabras: bajo Marine Le Pen el FN ha abrazado la oposición a la globalización económica como tema principal; relegando todo lo demás a posiciones secundarias o terciarias. Mientras el FN de su padre estaba totalmente a favor de la libre empresa, ella no lo está. No es muy sorprendente –quizás- que muchos de los nuevos  apoyos del FN procedan de regiones deprimidas industrialmente que antes votaban comunista. De este modo, los votantes del Frente Nacional podrían tener más en común con los votantes de los diversos partidos de las izquierdas socialistas de lo que ellos mismos fueran conscientes.

Este énfasis en la economía global ha coincidido con la potente pérdida de peso de las cuestiones raciales en el FN. El cambio fue anunciado, hace varios años, cuando en 2007 Marine Le Pen fue directora de estrategia en la última campaña presidencial de su padre. Un póster inspirado por la propia Marine mostraba a una joven francesa, de rasgos norafricanos, con vaqueros ajustados y mostrando parte del vientre y la cintura, señalando con el dedo: «Nacionalidad, Asimilación, Ascenso Social, Laicismo: el consenso izquierda/derecha HA ROTO TODO ESTO». La cita dabeurette (joven de nacionalidad francesa y origen magrebí) era presentada por el Frente Nacional de Marine Le Pen como un sustitutivo de Marianne -el símbolo femenino de La República- que el establishment globalizador de izquierda/derecha está destruyendo.

Otra tradición política francesa de la que este nuevo FN se ha apropiado, con éxito parcial, es la del gaullismo. La ironía es obvia: no en vano, el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen tuvo conexiones tanto con petainistas como con otros elementos de derecha que consideraron a De Gaulle un traidor respecto a Argelia e intentaron matarlo por ello.

Pero, casi 45 años después de la muerte de De Gaulle, ¿qué partido en Francia se aproxima a la moderna versión de lo que el general podría mantener? Los herederos nominales del gaullismo, los partidos de centro-derecha de la UMP, representan esencialmente a los vencedores de Francia, a sus hombres de negocios y aquellos que se sienten suficientemente a gusto con la globalización, con una identidad más europea que francesa; los hombres y mujeres de Davos que forman la clase dirigente, en gran parte, del Occidente capitalista. Y, ciertamente, pueden arrogarse una parte del legado de De Gaulle. Pero había mucho en De Gaulle que era también reaccionario, extremadamente quisquilloso ante el poder anglosajón, protector orgulloso de la soberanía francesa. De Gaulle, quien proclamaba una «Europa de naciones-estados», ¿habría abrazado el euro? ¿Habría aceptado, bajo el liderazgo de Washington, imponer sanciones a Rusia? ¿Y respecto Irán? No es en absoluto obvio que lo hubiera hecho. De modo que esa reivindicación de Marine Le Pen, quien asegura que el FN se ha convertido en un partido gaullista, no es nada absurda.

El nuevo, este más “normal” y “corriente”, Frente Nacional, sigue siendo un partido muy joven que trabaja duro en su intento de atraer personas capaces y muy educadas a sus filas. Marine Le Pen puede debatir con cualquiera en Francia y hacerlo bien; lo mismo que cualesquiera de las nuevas doce figuras del Frente Nacional que ella ha reclutado -o atraído- durante los últimos cinco años. Pero uno percibe que todavía es una organización con un punto débil: en la noche electoral de la TV, el Frente Nacional parecía, a veces, estar representado por gente muy joven, con cierto miedo a decir una palabra equivocada, acaso sobrepasados por los representantes más experimentados del centro-derecha y del centro-izquierda que se encontraban mucho más cómodos en TV.

Dicho esto, el potencial alcista del FN es realmente muy grande. El Frente Nacional de Marine Le Pen es, con mucho, el mayor partido de un país importante en el desafío de los “dominados” al consenso neoliberal y globalizador impulsado por Washington. Es, sin duda alguna, el mayor partido anti-inmigración emergente en Occidente. Además se está esforzando, de manera evidente y con notable éxito, en navegar por la estrecha zona lindante entre la propia preservación nacional y el racismo. Por primera vez, en muchos años, los asuntos políticos de Francia merecen ser observados muy de cerca, ya que el éxito de Marine Le Pen, apenas predestinado, y casi imposible, podría reescribir la historia de un decadente Occidente.

* Editor y fundador de The American Conservative.

26/03/15

http://www.theamericanconservative.com/

(Traducción: Maite y Fernando Vaquero)

Fuente: ¿Populismo en España?

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