Una crítica identitaria al “Trans-Pacific Partnership” (TPP)

EDUARDO ARROYO

por Eduardo Arroyo – En los EEUU, el Partido Republicano tuvo su último éxito electoral gracias, entre otras cosas, a los excesos de poder del Presidente Barack Obama, ampliamente denunciados por los republicanos. Ahora, sin embargo, callan estruendosamente ante la aprobación del Trans-Pacific Partnership”(TPP), un acuerdo de “libre comercio” transpacífico, por la vía del “fast track”.

Mediante el “fast track”, el Congreso renuncia a los poderes que le permitirían enmendar las decisiones del presidente Obama en sus negociaciones con otras 12 naciones para firmar dicho acuerdo. En esta ocasión, Barack Obama está actuando como un dictador sin que nadie lo denuncie como tal: Republicanos y Demócratas, salvo excepciones, van todos a mantener un silencio cómplice.

La idea del acuerdo, como ya explicamos en esta misma columna tiempo atrás, es crear la zona de libre comercio más grande del mundo. De momento, 12 países son los firmantes directos del acuerdo y fuera de ellos han expresado su interés Taiwan, Filipinas, Laos, Colombia, Costa Rica, e Indonesia. Bangladesh e India también han sido mencionados como potenciales candidatos e incluso, a pesar de oposición inicial, China también parece tener interés en unirse en algún momento al TPP.

Se trata de un acuerdo global cimentado sobre la idea -que tanto gusta a los liberales- de que no debe existir restricción de ningún tipo al comercio entre países. Curiosamente, las decisiones del acuerdo, un acuerdo puramente ideológico, han sido denunciadas por numerosos colectivos de activistas a causa de su secretismo y de otras razones como que los parlamentarios de los países involucrados no han podido acceder a los documentos libremente.

Algunas organizaciones, principalmente online, como exposethetpp.org, han realizado numerosas críticas la mayoría de las cuales formuladas en clave de izquierdas. Este tipo de acusaciones se basan principalmente en denunciar la hegemonía de una élite de poder, principalmente económico, que secuestra la democracia para favorecer sus intereses. Como consecuencia concomitante, son conculcados los derechos humanos, disminuye la libertad en internet, se pierden empleos y se degrada el medio ambiente en aras de la macroproducción a bajo coste.

Es cierto que muchas de estas reivindicaciones son claramente defendibles, si bien la clave de lectura es otra. Para los denunciantes estándar del TPP, el problema es que la globalización –uno de cuyos peldaños lo constituye precisamente el TPP- tiene unas connotaciones de tipo elitista que no están dispuestos a sobrellevar. El enfoque izquierdista sueña con un internacionalismo utópico e igualitario, también global, que no está exento de muchos de los pecados que ellos atribuyen al TPP.

De hecho, muchos de estos críticos “por la izquierda” asumen posturas y actitudes que son claramente convergentes con los fines e intereses del proceso de globalización representado en el TPP y que buscan desestructurar las bases tradicionales de la sociedad. Así pues, entre el cosmopolitismo liberal, encarnado en las decisiones despóticas y unilaterales del presidente Obama, y el cosmopolitismo de la izquierda, representado por aquellos que quieren “otra globalización posible”, muchos nos decantamos por enmendar la mayor y denunciar que la globalización es un error en sí, frente al cual debe sostenerse el poderoso dique de las identidades nacionales y populares.

Es precisamente la identidad lo que constituye la esencia de la soberanía –soberanía es una identidad dispuesta a defenderse- y es la soberanía lo que únicamente se justifica como servicio y como fuente de justicia para todos. De ahí que las identidades sean combatidas “por la izquierda” y “por la derecha”.

Esta lucha contra las identidades y contra la soberanía popular es lo que explica que los partidos hayan secuestrado del debate público decisiones tan importantes como la del TPP. En los EEUU, por ejemplo, es muy dudoso que el “libre comercio” a tumba abierta iniciado por Bush I haya reportado algún beneficio al país: 11 trillones de dólares en déficit comerciales, 55.000 fábricas destruidas y la pérdida de entre 5 y 6 millones de puestos de trabajo – todos ellos exportados al Tercer Mundo- son algunas de las cosas que ha habido que ofrendar en el altar supremo de la globalización y de dioses menores como la deslocalización económica. Por eso los políticos actúan a espaldas del pueblo en asuntos de tanto calado. La fechoría se comete con la complicidad de los medios –tipo The Wall Street Journal y demás- cuya publicidad procede principalmente de grandes corporaciones interesadas.

Que en ciertos medios se hable y se comenten noticias del TTP no es obstáculo para que sobre una noticia se ejerza una poderosa censura. En efecto, la centralidad del asunto y las consecuencias trascendentes son diluidas en un mar de noticias menores y, en el fondo, intrascendentes, que de manera tácita colocan el foco en otro lado, lejos de las miradas de la opinión pública. Este tipo de asuntos constituyen un ejemplo clarísimo de democracia retórica, en la que las decisiones más importantes se toman entre bambalinas.

Por todo ello, es necesario abanderar una crítica a la globalización y a sus consecuencias –como el TPP- desde la defensa de las identidades, única garantía de libertad para las personas y los pueblos, fundadas en su mayoría en un tesoro espiritual liberador que el proceso de globalización busca aniquilar a toda costa. Curiosamente, cuando se enarbola la bandera de la identidad, los “críticos” del TPP a la izquierda y a la derecha suelen coaligarse con una energía que a muchos nos gustaría ver empleada en causas mejores.

Fuente: ESD

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