De Geografía Sagrada a Geopolítica

ALEXANDER DUGIN

por Alexander DuginLa Geopolítica como ciencia “intermedia”

Los conceptos geopolíticos se convirtieron en los principales factores de la política moderna desde hace mucho tiempo. Los mismos se basan en los principios generales que permiten analizar fácilmente la situación de cualquier país y región en particular.

La geopolítica en su forma actual es, sin duda, una ciencia mundana, “profana”, secularizada. Pero, tal vez, entre todas las ciencias modernas es la que guarda en sí misma la mayor conexión con la Tradición y las ciencias tradicionales. René Guénon dijo que la química moderna es el resultado de la desacralización de una ciencia tradicional, la alquimia, como la física moderna lo es de la de la magia. Exactamente de la misma manera se podría decir que la geopolítica moderna es el producto de la secularización y la desacralización de otra ciencia tradicional, la geografía sagrada. Pero desde que la geopolítica ocupa un lugar especial entre las ciencias modernas, a menudo es considerada como una “pseudociencia”, su profanación no está tan consumada ni es tan irreversible como en el caso de la química o la física. Aquí, la conexión con la geografía sagrada es más bien claramente visible. Por lo tanto, es posible decir que la geopolítica se encuentra en un lugar intermedio entre la ciencia tradicional (la geografía sagrada) y la ciencia profana.

Tierra y mar

Los dos conceptos primarios de la geopolítica son la tierra y el mar. Justo estos dos elementos -tierra y agua – se encuentran en las raíces de la representación cualitativa humana del espacio terrenal. A través de la experiencia de la tierra y del mar, la tierra y el agua, el hombre entra en contacto con los aspectos fundamentales de su existencia. La tierra es la estabilidad, la gravedad, la fijeza, el espacio como tal. El agua es la movilidad, la suavidad, el dinamismo, el tiempo.

Estos dos elementos son, en esencia, la muestra más evidente de la naturaleza material del mundo. Se sitúan fuera del hombre: todo es pesado y fluido. Se encuentran también dentro de él: el cuerpo y la sangre (lo mismo ocurre también a nivel celular).

La universalidad de la experiencia de la tierra y del agua genera el concepto tradicional de firmamento, ya que la presencia de las Aguas Superiores en el cielo (la fuente de la lluvia), también implica la presencia de un elemento simétrico y necesario, la tierra, la bóveda celeste. De cualquier manera, la tierra, el mar, el océano son en esencia las principales categorías de la existencia terrenal, y para la humanidad es imposible no ver en ellas algunos atributos básicos del universo. Como los dos términos básicos de la geopolítica, conservan su importancia tanto para las civilizaciones de tipo tradicional como para los estados, los pueblos y los bloques ideológicos exclusivamente modernos. En el plano de los fenómenos geopolíticos mundiales, la tierra y el mar generaron los términos: talasocracia y telurocracia, es decir, “poder por medio del mar” y “poder por medio de la tierra”.

La fuerza de cualquier estado y de cualquier imperio se basa en el desarrollo preferencial de una de estas categorías. Los imperios son ya sea “talasocráticos”, ya sea “telurocráticos”. Lo primero implica la existencia de un país-madre y sus colonias, lo segundo de una capital y de las provincias en una “tierra común”. En el caso de la “talasocracia” su territorio no está unificado en un solo espacio de la tierra, lo que crea un elemento de discontinuidad. En el mar radica tanto la fuerza como ​​la debilidad del “poder talasocrático”. La “telurocracia”, al contrario, posee la cualidad de la continuidad territorial.

Pero las lógicas geográficas y cosmológicas complicarían de inmediato los esquemas aparentemente simples de esta división: el par “tierra-mar”, por superposición recíproca de sus elementos, da origen a las ideas de “tierra marítima” y de “agua terrestre”. La tierra marítima es la isla, es decir, la base del imperio marítimo, el polo de la talasocracia. El agua terrestre o agua dentro de la tierra son los ríos, que predeterminan el desarrollo de los imperios terrestres. Exactamente sobre el río se encuentra la ciudad, que es la capital, el polo de la telurocracia. Esta simetría es simbólica, económica y geográfica al mismo tiempo. Es importante señalar que el estatus de isla y de continente se define no tanto sobre la base de su magnitud física, sino sobre la base de la conciencia típica peculiar de la población. Así, la geopolítica de los EEUU tiene un carácter insular, a pesar del tamaño de América del Norte, mientras que el Japón insular representa geopolíticamente un ejemplo de mentalidad continental, etc.

Es relevante otro detalle más: la talasocracia históricamente está vinculada a Occidente y al Océano Atlántico, mientras que la telurocracia lo está a Oriente y al continente euroasiático (el ejemplo antes mencionado de Japón se explica, por tanto, por el efecto “atractivo” más fuerte de Eurasia).

La talasocracia y el Atlantismo se convirtieron en sinónimos mucho antes de la expansión colonial de Gran Bretaña o de las conquistas hispano-portuguesas. Ya desde el comienzo de las oleadas migratorias marinas, los pueblos de Occidente y sus culturas comenzaron su movimiento hacia el este desde los centros ubicados en el Atlántico. El Mediterráneo también emergió de Gibraltar hacia el Oriente Próximo, en lugar de a la inversa. Y por el contrario, las excavaciones en el este de Siberia y Mongolia demuestran que exactamente aquí estuvieron los más antiguos centros de civilización – es decir, las tierras centrales del continente fueron la cuna de la humanidad euroasiana.

Simbolismo del paisaje

Además de estas dos categorías globales – tierra y mar -la geopolítica opera también con definiciones más específicas. Entre las realidades talasocráticas hay una diferenciación entre las formaciones marinas y oceánicas. Así, por ejemplo, las civilizaciones marinas del Mar Negro o del mar Mediterráneo son más bien cualitativamente diferentes de la civilización de los océanos, es decir, de las potencias insulares y de los pueblos que habitan en las costas del océano abierto. Existen más divisiones particulares también entre civilizaciones fluviales y lacustres, vinculadas a los continentes.

La telurocracia también tiene sus formas particulares. Así, es posible distinguir una civilización de la estepa y una civilización del bosque, una civilización de las montañas y una civilización de la planicie, una civilización del desierto y una civilización del hielo. Las variedades del paisaje en la geografía sagrada son entendidas como complejos simbólicos vinculados a la especificidad del estado, la ideología religiosa y ética de los diferentes pueblos. E incluso en ese caso, cuando nos ocupamos de la religión ecuménica universalista, su personificación concreta en tal o cual pueblo, raza o estado estará idénticamente sujeta a la adaptación en función del contexto sagrado-geográfico local.

Desierto y estepas representan el microcosmos geopolítico de los nómadas. Precisamente en los desiertos y estepas la tendencia telurocrática alcanza su cumbre, en la medida en que el factor “agua” está aquí mínimamente presente. Los imperios del desierto y de la estepa deben ser lógicamente la punta de lanza geopolítica de la telurocracia.

Como ejemplo del imperio de la estepa se podría considerar el imperio de Gengis Kahn, mientras que un ejemplo típico del imperio del desierto es el califato árabe, surgido bajo la influencia directa de los nómadas.

Las montañas y las civilizaciones de las montañas representan más a menudo lo arcaico, lo fragmentario. Los países montañosos no sólo no son fuentes de expansión, por el contrario, allí se concentran las víctimas de la expansión geopolítica de otras fuerzas telurocráticas. Ningún imperio tiene jamás su centro en las regiones montañosas. De ahí el tan repetido motivo de la geografía sagrada: “las montañas están pobladas por demonios”. Por otro lado, la idea de la conservación de los residuos de las razas y civilizaciones antiguas en las montañas se demuestra en el hecho de que precisamente en las montañas se sitúan los centros sagrados de la tradición. Incluso es posible decir que en las telurocracias una montaña corresponde a algún poder espiritual.

La combinación lógica de ambos conceptos – montaña como imagen hierática y planicie como imagen regia- se convirtió en el simbolismo de la colina, es decir, una altura pequeña o media. La colina es un símbolo del poder imperial emergiendo por encima del nivel secular de la estepa, pero sin alcanzar el límite del poder supremo (como en el caso de las montañas). Una colina es una morada para un rey, un conde, un emperador, pero no para el sacerdote. Todas las capitales de los grandes imperios telurocráticos se sitúan sobre una o varias colinas (con frecuencia sobre siete colinas, el número de los planetas; o sobre cinco, el número de los elementos, incluyendo el éter, y así sucesivamente).

El bosque en la geografía sagrada está cerca de las montañas en un sentido definido. El simbolismo del árbol se relaciona con el simbolismo de la montaña (ambos designan el axis mundi [eje del mundo]). Por lo tanto, en las telurocracias el bosque también desempeña una función periférica – es también el “lugar de los sacerdotes” (druidas, magos, eremitas), pero también al mismo tiempo el “lugar de los demonios”, es decir, residuos arcaicos de un pasado desaparecido. Tampoco la zona del bosque puede ser el centro del imperio terrestre.

La tundra representa el análogo nórdico de la estepa y del desierto, aunque el clima frío hace que sea mucho menos importante desde un punto de vista geopolítico. Esta “perifericidad” alcanza su apogeo con los hielos, que, de manera similar a las montañas, son zonas profundamente arcaicas. Es indicativo que la tradición chamánica esquimal implica apartarse en soledad entre los hielos, donde para el futuro chamán el mundo del más allá se abre. Por lo tanto, los hielos son una zona hierática, el umbral de un mundo diferente.

A partir de estas características primarias y más generales del mapa geopolítico, es posible definir las diversas regiones del planeta de acuerdo a su cualidad sagrada. Este método también se puede aplicar a las características locales del paisaje a un nivel de países individuales o incluso de localidades individuales. También es posible trazar la similitud de las ideologías y las tradiciones de los pueblos más (aparentemente) diferentes, en el caso de que el paisaje nativo sea el mismo.

Oriente y Occidente en la Geografía Sagrada

Los puntos cardinales, en el contexto de la geografía sagrada, tienen una característica cualitativa especial. En las diferentes tradiciones y en los diversos períodos de estas tradiciones, la imagen de la geografía sagrada puede variar en función de las fases cíclicas de desarrollo de una tradición dada. Así, la función simbólica de los puntos cardinales a menudo varía también. Sin profundizar en detalles, es posible formular la ley más universal de la geografía sagrada con referencia a Oriente y Occidente.

La geografía sagrada, sobre la base del “simbolismo espacial”, considera tradicionalmente a Oriente como “la tierra del Espíritu”, la tierra del paraíso, la tierra de plenitud, de abundancia, la Sagrada “tierra natal” en su más pleno y más perfecto tipo. En particular, esta idea se refleja en el texto bíblico, donde se trata la disposición oriental del “Edén”. Precisamente tal comprensión es peculiar también a otras tradiciones abrahámicas (islam y judaísmo), y también a muchas tradiciones no abrahámicas – china, hindú e iraní. “Oriente es la mansión de los dioses”, afirma la fórmula sagrada de los antiguos egipcios, y la misma palabra “oriente” (“neter” en egipcio) significaba al mismo tiempo “dios”. Desde el punto de vista del simbolismo natural, este es el lugar donde asciende, “vos-tekeat” [en ruso] el sol, la Luz del Mundo, símbolo material de la Divinidad y del Espíritu.

Occidente tiene el significado simbólico opuesto. Es el “país de la muerte”, el “mundo sin vida”, el “país verde” (como los antiguos egipcios lo llamaban). Occidente es “el imperio del exilio”, “el abismo de los rechazados”, según la expresión de los místicos islámicos. Occidente es el “anti-oriente”, el país de “zakata” [en ruso], la decadencia, la degradación, la transición de lo manifestado a lo no manifestado, de la vida a la muerte, de la completud a lo necesidad, etc. Occidente [“Zapad”, en ruso] es el lugar donde se pone el sol, donde se “hunde” [“za-padaet”].

De acuerdo con las lógicas dadas del simbolismo cósmico natural, las tradiciones antiguas organizaron su “espacio sagrado”, fundaron sus centros de culto, cementerios, templos y edificios, e interpretaron las características naturales y “civilizacionales” de los territorios geográficos, culturales y políticos del planeta. De esta manera, la estructura misma de las migraciones, las guerras, las campañas, las olas demográficas, la construcción de imperios etc. fue definida por las lógicas originales, pragmáticas, de la geografía sagrada. A lo largo del eje Oriente-Occidente se dispusieron los pueblos y las civilizaciones poseyendo características jerárquicas – más cerca del Oriente estaban aquellas más próximas a lo Sacro, a la Tradición, a la riqueza espiritual. Más cerca de Occidente, aquellas de un Espíritu más decadente, degradado y agonizante.

Por supuesto, esta lógica no era absoluta, pero al mismo tiempo no era ni menor ni relativa – como es hoy erróneamente considerada por muchos estudiosos “profanos” de las religiones y las tradiciones antiguas. De hecho, las lógicas sagradas y el consiguiente simbolismo cósmico fueron realizados, entendidos y practicados por los pueblos de la antigüedad mucho más conscientemente de lo que se acuerda estimar hoy. E incluso en nuestro mundo antisagrado, a un nivel “inconsciente” casi siempre, se conservan en su integridad arquetipos de la geografía sagrada, y son despertados en los más importantes y críticos momentos de cataclismos sociales.

Así, la geografía sagrada afirma unívocamente la ley del “espacio cualitativo”, en el que Oriente representa el “positivo ontológico” simbólico, y Occidente el “negativo ontológico”. Según la tradición china, el Oriente es Yang, masculino, luminoso, el principio solar, y Occidente es Yin, la hembra, la oscuridad, el principio lunar.

Oriente y Occidente en la geopolítica moderna

Vamos a observar cómo esta lógica sacro-geográfica se refleja en la geopolítica que, siendo una ciencia exclusivamente moderna, sólo se centra en la situación de hecho, dejando fuera de su perspectiva los principios más sagrados.

La geopolítica en sus formulaciones originales por medio de Ratzel, Kjellen y Mackinder (y más tarde por Haushofer y los eurasiáticos rusos), se abstuvo de conectar las características de los diferentes tipos de civilizaciones y estados con su disposición geográfica. Los geopolíticos contemplaron el hecho de una diferencia fundamental entre las potencias “insulares” y “continentales”; entre la civilización “occidental”, “progresista”, y las formas culturales “orientales”, “arcaicas” y “despóticas”. Dado que, en general, la cuestión sobre el Espíritu en su comprensión metafísica y sagrada nunca se presentó en la ciencia moderna, los geopolíticos la dejaron a un lado, prefiriendo evaluar la situación en términos diferentes, más modernos, y no a través de los conceptos de “sagrado” y “profano”, “tradicional” y “antitradicional”, etc.

Los geopolíticos establecieron las principales diferencias entre el desarrollo político, cultural e industrial de Oriente y de Occidente en los últimos siglos. La imagen final es la siguiente. Occidente es el centro del desarrollo “material” y “tecnológico”. En el plano cultural-ideológico, prevalecen las tendencias “liberal-democráticas”, las cosmovisiones individualistas y humanistas. En el plano económico, se da prioridad al comercio y a la modernización técnica. En Occidente aparecen por primera vez las teorías sobre el “progreso”, la “evolución” el “desarrollo progresivo de la historia”, completamente ajenas al mundo tradicional oriental (y también a aquellos períodos de la historia de Occidente en los que existía también una tradición sagrada rigurosa, como fue el caso, en particular, de la Edad Media). La coacción a nivel social en Occidente adquiere únicamente un carácter económico, y la Ley de la Idea y la Fuerza fue gradualmente reemplazada por la Ley del Dinero. Gradualmente, una peculiar “ideología occidental” fue acuñada bajo la fórmula universal de la “ideología de los derechos humanos”, que se convirtió en un principio dominante en las regiones más occidentales del planeta, en el norte de América y, en primer lugar, en los EEUU. A nivel industrial, a esta ideología le corresponde la idea de “los países desarrollados” y, en el plano económico, el concepto de “mercado libre”, de “liberalismo económico”. La totalidad del conjunto de estas características, con el añadido de la integración estratégica, puramente militar, de los diferentes sectores de la civilización occidental, se define hoy mediante el concepto de “atlantismo”. En el siglo pasado los geopolíticos hablaron acerca de un “tipo anglosajón de civilización”, o sobre la “democracia capitalista burguesa”. En este tipo “atlantista” la fórmula del “Occidente geopolítico” encontró su personificación más pura.

El Oriente geopolítico representa en sí mismo la oposición directa al Occidente geopolítico. En lugar de la modernización económica, aquí (en los “países menos desarrollados”) prevalecen los medios de producción tradicionales, arcaicos, de tipo corporativo, manufacturero. En lugar de la coacción económica, el estado utiliza más a menudo la coacción “moral” o simplemente la física (Ley de la Idea y Ley de la Fuerza). En lugar de la “democracia” y los “derechos humanos”, Oriente gravita alrededor del totalitarismo, del socialismo y del autoritarismo, es decir, en torno a diversos tipos de regímenes sociales cuya única característica común, es que el centro de sus sistemas no es el “individuo”, el “hombre” con sus “derechos” y sus peculiares “valores individuales”, sino algo supraindividual, supra-humano – ya sea la “sociedad”, la “nación”, el “pueblo”, la “idea”, una “Weltanschauung” [“cosmovisión” o “visión del mundo”], la “religión”, el “culto al líder “, etc. Oriente opone a la democracia liberal occidental los más diversos tipos de sociedades no liberales y no individualistas – desde la monarquía autoritaria a la teocracia o el socialismo. Además, desde un punto de vista tipológico, geopolíticamente puro, la especificidad política de tal o cual régimen era secundaria en comparación con la divisoria cualitativa entre el orden “occidental” (= “individualista-mercantil”) y el orden “oriental” (= “supra-individualista – basado en la fuerza”). Formas representativas de dicha civilización anti-occidental fueron la URSS, la China comunista, Japón hasta 1945 o el Irán de Jomeini.

Es curioso notar que Rudolf Kjellen, el primer autor en utilizar el término “geopolítica”, ilustró la diferencia entre Occidente y Oriente de esta manera: «Una muletilla típica de los americanos, – escribió Kjellen – es “go ahead”, que literalmente significa “hacia adelante”. En ella se refleja el optimismo geopolítico interno y natural, y el “progresismo” de la civilización americana, que es la forma extrema del patrón occidental. Los rusos suelen repetir la palabra “nechego” (nada) (en ruso en el texto de Kjellen – NT). En ella se muestra el “pesimismo”, la “contemplación”, el “fatalismo” y el “apego a la tradición”, todas ellas características peculiares de Oriente».

Si volvemos ahora al paradigma de la geografía sagrada, veremos la contradicción directa entre las prioridades de la geopolítica moderna (conceptos tales como “progreso”, “liberalismo”, “derechos humanos”, “orden mercantil”, etc., son hoy términos positivos para la mayoría de las personas), y las prioridades de la geografía sagrada, evaluando los distintos tipos de civilización desde un punto de vista completamente opuesto (conceptos como “espíritu”, “contemplación”, “renuncia ante una fuerza sobrehumana o idea sobrehumana”, “ideocracia “etc., eran exclusivamente positivos en las civilizaciones sagradas, y así permanecen hasta ahora para los pueblos de Oriente a nivel de “inconsciente colectivo”). Así, los geopolíticos modernos (excepto para los eurasistas rusos, los seguidores alemanes de Haushofer, los fundamentalistas islámicos etc.) evalúan la imagen del mundo desde una perspectiva opuesta en relación a la geografía sagrada tradicional. Pero de este modo ambas ciencias convergen en la descripción de las leyes fundamentales de la imagen geográfica de las civilizaciones.

Norte sagrado y Sur sagrado

Además del determinismo sacro-geográfico sobre el eje Oriente – Occidente, un problema extremadamente relevante es representado por el otro eje de orientación, vertical, el eje Norte – Sur. Aquí, como en todos los demás casos, los principios de la geografía sagrada, el simbolismo de los puntos cardinales y los continentes relacionados, tienen su análogo directo en la imagen geopolítica del mundo que, o bien se construye de forma natural en el curso del proceso histórico, o se forma consciente y artificialmente como resultado de las acciones intencionadas de los líderes de tales o cuales formaciones geopolíticas. Desde el punto de vista de la “tradición integral”, la diferencia entre “artificial” y “natural” es generalmente bastante relativa, ya que la Tradición jamás conoció nada similar al dualismo cartesiano o kantiano, separando estrictamente lo “subjetivo” de lo “objetivo” (lo “fenomenal” y lo “nouménico”). Por lo tanto el determinismo sagrado del Norte o del Sur no es sólo un factor climático-paisajístico, natural, físico (es decir, algo “objetivo”), o solamente “idea”, “concepto” generado por la mente de tales o cuales individuos (es decir, algo “subjetivo “), sino algo de un tercer tipo, superando ambos polos objetivo y subjetivo. Se podría decir que el Norte sagrado, o arquetipo del Norte, se partió por la mitad en la historia, por un lado en el paisaje natural del norte, y por otro en la idea del Norte, el “nordicismo”.

La capa más antigua y original de la Tradición afirma inequívocamente la primacía del Norte sobre el Sur. El simbolismo del Norte se relaciona con una Fuente, un paraíso nórdico original, desde donde se origina toda la civilización humana. Antiguos textos iranios y zoroástricos hablan sobre el país nórdico de “Aryiana Vaeijao” y sobre su capital, “Vara”, desde donde los antiguos arios fueron expulsados ​​por la glaciación enviada por Ariman, el espíritu del mal y opuesto al brillante Ormudz. Los antiguos Vedas también hablan sobre el país del Norte como el hogar ancestral del Hindu, sobre una Sveta-dipa, la Tierra Blanca en el extremo norte.

Los antiguos griegos hablaban de Hiperbórea, la isla septentrional con su capital, Thule. Esta tierra fue considerada como la patria del luminoso dios Apolo. Y en muchas otras tradiciones es posible detectar pistas muy antiguas, a menudo olvidadas y fragmentarias, de un simbolismo nórdico. La idea básica tradicionalmente ligada al Norte es la idea del Centro, el Polo inmóvil, el punto de Eternidad en torno al cual gira el ciclo, no sólo del espacio, sino también del tiempo. El Norte es la tierra donde el sol nunca se pone, incluso por la noche, un espacio de luz eterna. Cualquier tradición sagrada honra el Centro, el Medio, el punto donde los contrastes se apaciguan, el lugar simbólico no sujeto a las leyes de la entropía cósmica. Este Centro, cuyo símbolo es la Esvástica (enfatizando tanto la inmovilidad y la constancia del Centro, como la movilidad y la mutabilidad de la periferia), recibió un nombre diferente según cada tradición, pero siempre estuvo directa o indirectamente vinculada al simbolismo del Norte. Por lo tanto, se puede decir que todas las tradiciones sagradas son, en esencia, la proyección de una única Tradición Primordial nórdica adaptada a cada diferente situación histórica. El Norte es el punto cardinal elegido por el Logos primigenio con el fin de revelarse en la historia, y cada una de sus manifestaciones subsiguientes sólamente restaura el primitivo simbolismo polar-paradisíaco.

La geografía sagrada correlaciona el Norte con el espíritu, la luz, la pureza, la completitud, la unidad, la eternidad.

El sur simboliza algo directamente opuesto – la materialidad, la oscuridad, la mezcla, la privación, la pluralidad, la inmersión en la corriente del tiempo y del devenir. Incluso desde el punto de vista natural, en las zonas polares hay un largo día semestral y una larga noche semestral. Es el Día y la Noche de los dioses y los héroes, de los ángeles. Incluso las tradiciones decaídas recordaron este sacro, espiritual, sobrenatural Norte cardinal, incluyendo las regiones nórdicas como la morada de los “espíritus” y las “fuerzas del más allá”. En el sur el día y la noche de los dioses están fragmentados en un conjunto de días humanos, el simbolismo original de Hiperbórea se pierde, y sus recuerdos se convierten y pasan a formar parte de la “cultura”, de la “leyenda”. El Sur generalmente corresponde a la cultura, es decir, a la esfera de la actividad humana donde lo Invisible y lo Puramente Espiritual adquieren contornos visibles, endurecidos, materiales. El Sur es el reino de la sustancia, de la vida, de la biología y los instintos. El Sur corrompe la pureza nórdica de la Tradición, pero conserva sus huellas en características materializadas.

El par Norte – Sur en la geografía sagrada no se reduce a una oposición abstracta entre el Bien y el Mal. Es más bien la oposición de la Idea Espiritual a su corporeización material, embrutecedora. En casos normales, como la primacía de Norte es reconocida por el Sur, existe entre estas partes de la luz una relación armoniosa – el Norte “espiritualiza” al Sur, los mensajeros nórdicos dan a los sureños la Tradición, sientan las bases de las civilizaciones sagradas. Si el Sur no reconoce la primacía del Norte, la oposición sagrada, la “guerra de los continentes” comienza, y desde el punto de vista de la tradición el Sur es el responsable de este conflicto por romper las reglas sagradas. En el Rama-Yana, por ejemplo, la isla meridional Lanka se considera como una casa de los demonios que han robado la esposa de Rama, Sita, y declarado la guerra al Norte continental, con su capital Ayodjya.

Por ello, es importante señalar que en la geografía sagrada el eje Norte – Sur es más relevante que el eje Oriente – Occidente. Pero siendo el más relevante, corresponde a las etapas más antiguas de la historia cíclica. La gran guerra del Norte y del Sur, Hiperbórea y Gondwana (antiguo paleo-continente del Sur), se refiere a los tiempos “antediluvianos”. En las últimas fases del ciclo se torna más oculta, velada. Los mismos paleo-continentes del Norte y del Sur desaparecen. El signo testimonial de oposición pasa a Oriente y Occidente.

El desplazamiento del eje vertical Norte – Sur al horizontal Oriente – Occidente, típico de las últimas etapas del ciclo, sin embargo, guarda la lógica y la conexión simbólica entre estos dos pares sacro-geográficos. El par Norte – Sur (es decir, el Espíritu – Materia, la Eternidad – Tiempo) se proyecta sobre el par Oriente – Occidente (es decir, la Tradición y la Profanidad, el Origen y la Decadencia). Oriente es la proyección horizontal descendente del Norte. Occidente, la proyección horizontal ascendente del Sur. De tal transferencia de significados sagrados se puede obtener fácilmente la estructura de la visión continental peculiar a la Tradición.

El pueblo del Norte

El Norte Sagrado define un tipo humano especial, que puede tener una encarnación biológica, racial, pero que además puede no tenerla. La sustancia del “nordicismo” consiste en la capacidad del hombre para elevar cada objeto del mundo físico, material, a su arquetipo, a su Idea. Esta cualidad no es un simple desarrollo de origen racional. Al contrario, el “intelecto puro” cartesiano y kantiano por su naturaleza no es capaz de superar la frágil frontera entre “fenómeno” y “noúmeno”, pero exactamente esta capacidad se encuentra en las bases del pensamiento “nórdico”. El hombre del Norte no es simplemente blanco, “ario” o indoeuropeo por su sangre, idioma y cultura. El hombre del Norte es un tipo particular de ser que posee una intuición directa de lo Sagrado. Para él, el cosmos es una textura de símbolos, cada uno de ellos evocado desde el secreto por el ojo del Primer Principio Espiritual. El hombre del Norte es el “hombre solar”, Sonnenmensch, no absorbiendo energía, como hacen los agujeros negros, sino delineándola, vertiendo luz, fuerza y ​​sabiduría de su flujo espiritual de creación.

La civilización nórdica pura desapareció con los antiguos hiperbóreos, pero sus mensajeros sentaron las bases de todas las tradiciones actuales. Esta “raza” nórdica de Maestros estaba en los orígenes de la religión y la cultura de los pueblos de todos los continentes y colores de piel. Las huellas de un culto hiperbóreo se pueden encontrar entre los indios de América del Norte y entre los antiguos eslavos, entre los fundadores de la civilización china y entre los nativos del Pacífico, entre los alemanes rubios y entre los chamanes negros de África occidental, entre los aztecas de piel roja y los mongoles de anchos pómulos. No hay pueblo en el planeta que no posea un mito sobre el “hombre solar”, o “Sonnenmensch”. La verdadera espiritualidad, la Mente supra-racional, el Logos divino, la capacidad de ver a través del mundo su Alma secreta – estas son las cualidades que definen al Norte. Dondequiera que haya Pureza Sagrada y Sabiduría, ahí está, de forma invisible, el Norte, sea cual sea el punto en el tiempo o en el espacio en el que nos encontremos.

El pueblo del Sur

El hombre del Sur, el tipo gondwánico, es directamente opuesto al tipo “nórdico”. El hombre del Sur vive en un círculo de efectos, de manifestaciones secundarias; habita en el cosmos, que venera pero no comprende. Adora la exterioridad, pero no la interioridad. Guarda cuidadosamente trazos de espiritualidad, su corporeización en el entorno material, pero no es capaz de pasar de la simbolización a lo simbolizado. El hombre del Sur vive por pasiones e impulsos, sitúa lo psíquico por encima de lo espiritual (que simplemente no conoce), y adora la vida como una autoridad superior. El culto de la Gran Madre, de la materia que genera la diversidad de formas, es típica del hombre del Sur. La civilización del Sur es una civilización de la Luna recibiendo la luz del Sol (el Norte), conservándola y difundiéndola durante algún tiempo, pero perdiendo periódicamente contacto con ella (luna nueva). El hombre del Sur es un Mondmensch.

Cuando el pueblo del Sur se mantiene en armonía con el pueblo de Norte, es decir, reconoce su autoridad y su superioridad tipológica (¡no racial!), la armonía reina entre las civilizaciones. Cuando reivindican su supremacía a causa de su relación arquetípica con la realidad surge un tipo cultural distorsionado, que puede ser globalmente definido como adoración de ídolos, fetichismo o paganismo (en el sentido negativo, peyorativo de este término).

Al igual que en el caso de los paleocontinentes, los tipos puros nórdicos y sureños sólo existían en la antigüedad remota. Los pueblos del Norte y los pueblos del Sur se opusieron entre sí en los orígenes. Más tarde, todos los pueblos del norte penetraron en tierras del sur, fundando a veces expresiones brillantes de la civilización “nórdica” – el antiguo Irán, la India. Por otro lado, los del Sur a veces fueron más hacia el norte, llevando su carácter cultural -fineses, esquimales, chukchis, etc. Poco a poco la claridad original del panorama sacro-geográfico se enturbió. Pero, a pesar de todo, el dualismo tipológico del “pueblo del norte” y del “pueblo del Sur” fue conservado en todos los tiempos y épocas, pero no tanto como un conflicto externo de dos civilizaciones diversas, sino como un conflicto interno dentro del marco de la misma civilización. El tipo del Norte y el tipo del Sur, desde algún momento de la historia sagrada, se oponen entre sí en todas partes, independientemente del lugar concreto del planeta.

Norte y Sur en Oriente y en Occidente

El tipo de los pueblos del Norte podría ser proyectado en el Sur, en Oriente y en Occidente. En el Sur, la Luz del Norte generó grandes civilizaciones metafísicas como los indios, los iraníes o los chinos, que en la situación de Sur “conservador” guardaron durante mucho tiempo la Revelación, encomendados por ella. Sin embargo, la sencillez y la claridad del simbolismo del norte se convirtieron aquí en una maraña compleja y diversa de doctrinas sagradas, sacramentos y ritos. Sin embargo, cuanto más al sur más débiles son las huellas del Norte. Y entre los habitantes de las islas del Pacífico y el sur de África, los motivos “nórdicos” en la mitología y en los sacramentos se preservan en forma muy fragmentaria, rudimentaria e incluso distorsionada.

En Oriente, el Norte se muestra como la sociedad tradicional clásica fundada en la superioridad unívoca de lo supra-individual por encima del individuo, donde lo “humano” y lo “racional” se borran ante el Principio supra-humano y supra-racional. Si el Sur da a la civilización un carácter de “estabilidad”, el Oriente define su sacralidad y autenticidad, el principal garante de las cuales es la Luz del Norte.

En Occidente, el Norte se expresa en las sociedades heroicas, donde tal tendencia, propia de Occidente, supero en sí la fragmentación, la individualización y la racionalización, y el individuo, convirtiéndose en Héroe, emergió de los estrechos marcos de la personalidad “humana, demasiado humana”. El Norte en Occidente es personificado por la figura simbólica de Hércules que, por un lado, libera a Prometeo (la pura tendencia occidental, titánica, “humanista”), y por otro, ayuda a Zeus y a los dioses a derrotar la rebelión de los gigantes (es decir, sirve para el bien de las reglas sagradas y el Orden espiritual).

El Sur, por el contrario, se proyecta en las tres orientaciones de acuerdo a una imagen opuesta. En el Norte, resulta un efecto de “arcaísmo” y de estancamiento cultural. Incluso en las tradiciones más septentrionales, tradiciones “nórdicas” bajo la influencia del Sur, los elementos “paleo-asiáticos”, “fineses” o “esquimales” adquieren los caracteres de “adoración de ídolos” y “fetichismo” (esto es característico, en particular, de la civilización germano-escandinava en la “época de los escaldos”).

En Oriente, las fuerzas del Sur se muestran en las sociedades despóticas, donde la normal y justa indiferencia oriental hacia lo individual se convierte en la negación del gran Sujeto Supra-humano. Todas las formas de totalitarismo oriental, tanto tipológicas como raciales, están ligadas al Sur.

Y por último, en Occidente el Sur se muestra en las formas extremadamente duras, materialistas, de individualismo, cuando los individuos atomizados alcanzan el límite de la degeneración antiheroica, adorando sólo el “becerro de oro” de la comodidad y el hedonismo egoísta. Que exactamente tal combinación de las dos tendencias sacro-geopolíticas da el tipo más negativo de civilización es algo obvio, ya que en ella dos actitudes ya de por sí negativas – el Sur en la línea vertical y Occidente en la línea horizontal – se sitúan una sobre otra.

De continentes a meta-continentes

Si desde la perspectiva de la geografía sagrada el Norte simbólico corresponde unívocamente a aspectos positivos, como el Sur a negativos, en un cuadro geopolítico exclusivamente moderno del mundo todo es mucho más complejo, y hasta cierto punto incluso al revés. La geopolítica moderna entiende los términos “Norte” y “Sur” como categorías totalmente diferentes a como lo hace la geografía sagrada.

En primer lugar, el paleocontinente del Norte, Hiperbórea, desde hace muchos milenios ya no existe en un nivel físico, permaneciendo una realidad espiritual sobre la que se dirige la mirada espiritual del iniciado, exigiendo la Tradición original.

En segundo lugar, la antigua raza nórdica, la raza de los “maestros blancos”, igual que el polo de la época primordial, no coincide en absoluto con lo que hoy comúnmente se acuerda llamar “raza blanca “, basada sólo en características físicas, en el color de la piel, etc. La Tradición nórdica y su población original, los “nórdicos autóctonos”, desde hace mucho tiempo no representan una realidad histórica-geográfica concreta. Por sentido común, incluso los últimos restos de esta cultura primordial desaparecieron de la realidad física hace ya algunos milenios.

Por lo tanto, el Norte en la Tradición es una realidad meta-histórica y meta-geográfica. Lo mismo puede decirse también de la “raza hiperbórea” – una “raza” no en el sentido biológico, sino en el sentido puramente espiritual, metafísico (este tema de las “razas metafísicas” fue desarrollado en detalle en la obra de Julius Evola).

El continente del Sur y todo el Sur de la Tradición, también desde hace mucho tiempo ya no existen en estado puro, no menos que su población más antigua. De alguna manera el “Sur”, a partir de cierto momento y en adelante, se convirtió prácticamente en el planeta entero, ya que la influencia del centro iniciático polar original y de sus mensajeros en el mundo disminuyó. Las razas modernas del Sur representan un producto de múltiples mezclas con las razas del Norte, y el color de la piel ya dejó de ser hace mucho tiempo el signo distintivo de pertenencia a tal o cual “raza metafísica”.

En otras palabras, la imagen geopolítica moderna del mundo tiene muy poco en comun con la visión principial del mundo en su corte supra-histórico, meta-temporal. Los continentes y sus poblaciones en nuestra época se han distanciado mucho de esos arquetipos, que les correspondían en tiempos primordiales. Por lo tanto, entre continentes reales y razas reales (las realidades de la geopolítica moderna), por un lado, y los meta-continentes y meta-razas (las realidades de la geografía sagrada tradicional), por otro lado, no existe en la actualidad sólo una simple discrepancia, sino casi una correspondencia inversa.

La ilusión del “Norte rico”

La geopolítica moderna utiliza el concepto de “norte” más frecuentemente con la definición de “rico” – “el Norte rico”, y también “el Norte avanzado”. Esto connota todo el agregado de la civilización occidental, otorgando su atención básica al desarrollo de los aspectos materiales y económicos de la vida. El “Norte rico” es rico, no por ser más inteligente o más intelectual, o más espiritual que el “Sur”, sino porque construye su sistema social sobre el principio de la maximización del material que puede tomarse del potencial social y natural, desde la explotación de los recursos humanos y naturales. La imagen racial del “Norte rico” está vinculada a aquellos pueblos que tienen la piel blanca, y esta característica se sitúa en las raíces de las diferentes versiones, explícitas u ocultas, de “racismo occidental” (en particular anglosajón). El éxito del “Norte rico” en la esfera material fue elevado a principio político e incluso “racial” en aquellos países que eran la vanguardia del desarrollo industrial, técnico y económico – es decir, Inglaterra, Holanda, y más tarde Alemania y los EEUU. En este caso, el bienestar material y cuantitativo se igualó a un criterio cualitativo, y sobre esta base se desarrollaron los prejuicios más ridículos sobre la “barbarie”, lo “primitivo”, el “subdesarrollo” y la “untermenschlichkeit” de los pueblos del sur (es decir, de aquellos que no pertenecen al “Norte rico”). Tal “racismo económico” se mostró con especial claridad en las conquistas coloniales anglosajonas, y posteriormente su versión embellecida se introdujo en los aspectos más ásperos y contradictorios de la ideología nacional-socialista. Así, a menudo los ideólogos nazis simplemente mezclaban vagas conjeturas acerca del “nordicismo espiritual” puro y la “raza aria espiritual”, con un vulgar racismo biológico, mercantilista, de tipo inglés (por cierto, precisamente, esta sustitución de las categorías de la geografía sagrada por categorías del desarrollo material y técnico fue también el aspecto más negativo del nacional-socialismo, que lo condujo, finalmente, a su colapso político, teórico e incluso militar). Pero incluso después de la derrota del Tercer Reich, este tipo de racismo del “Norte rico” no desapareció del todo de la vida política. No obstante, sus portadores fueron en primer lugar los EEUU y sus socios atlánticos de Europa Occidental. Ciertamente, en las doctrinas mundialistas más recientes del “Norte rico” la cuestión de la pureza biológica y racial no está enfatizada pero, sin embargo, en la práctica, en sus relaciones con los países no desarrollados y en desarrollo del Tercer Mundo, el “Norte rico” también muestra hoy únicamente la soberbia “racista” típica tanto de los colonialistas ingleses como de los ortodoxos nacional-socialistas alemanes, seguidores de Rosenberg.

En realidad, el “Norte rico” significa geopolíticamente aquellos países donde han ganado las fuerzas directamente opuestas a la Tradición – las fuerzas de la cantidad, el materialismo, el ateísmo, la degradación espiritual y la degeneración emocional. El “Norte rico” significa algo radicalmente distinto del “nordicismo espiritual”, del “espíritu hiperbóreo”. Lo sustancial del Norte en la geografía sagrada es la primacía del espíritu sobre la sustancia, la victoria definitiva y total de la Luz, la Equidad y la Pureza por encima de la oscuridad de la vida animal, la arrogancia de las pasiones individuales y el fango del egoísmo mundano. La geopolítica mundialista del “Norte rico”, por el contrario, significa exclusivamente bienestar material, hedonismo, sociedad de consumo, el pseudo-paraíso sin problemas y artificial de aquellos a los que Nietzsche llama “los últimos hombres”. El progreso material de la civilización técnica fue acompañado por un retroceso espiritual monstruoso justamente de la cultura sagrada y, en consecuencia, desde el punto de vista de la Tradición, la “riqueza” del Norte “avanzado” moderno no puede servir como criterio de una verdadera superioridad sobre la “pobreza” material” y el atraso técnico del moderno “Sur primitivo”.

Además, la “pobreza” material del Sur a menudo está inversamente relacionada con la conservación en las regiones meridionales de las formas auténticamente sagradas de civilización; esto significa que detrás de esa “pobreza” se oculta algunas veces una riqueza espiritual. Todavía existen hoy al menos dos civilizaciones sagradas en el espacio del Sur, a pesar de todos los intentos del “Norte rico” (¡y agresivo!) por imponer a todos su propia medida y su vía de desarrollo. Son la India hindú y el mundo islámico. En lo que concierne a la tradición extremo oriental, hay varios puntos de vista: algunos ven incluso bajo la capa de retórica “maoísta” y “marxista”, algunos principios tradicionales que fueron siempre indiscutibles para la civilización sagrada china. De cualquier manera, incluso aquellas regiones del sur habitadas por pueblos que preservan su devoción a las más antiguas y casi olvidadas tradiciones sagradas, de todos modos, en comparación con el “Norte rico” ateo y totalmente materialista, exhiben características “espirituales”, “rigurosas” y “normales”, mientras que el “Norte rico” en sí, desde un punto de vista espiritual, es completamente “anormal” y “patológico”.

La paradoja del “Tercer Mundo”

En los proyectos mundialistas el “Sur pobre” es en realidad sinónimo de “Tercer mundo”. Este mundo fue llamado “tercero” durante la guerra fría, y dicho concepto supone que los otros dos “mundos” – el capitalista avanzado y el soviético menos avanzado – son más relevantes y significativos para la geopolítica mundial que todas las regiones restantes. Básicamente, la expresión “Tercer mundo” tiene un sentido peyorativo: según las lógicas utilitarias del “Norte rico”, tal definición en realidad equipara a los países del “tercer mundo” con las reservas de recursos naturales y humanos “de nadie”, que sólo deben obedecer, ser explotadas y utilizadas para sus propios fines. Así, el “Norte rico” manipuló hábilmente las características político-ideológicas y religiosas tradicionales del “Sur pobre”, tratando de supeditar a sus preocupaciones exclusivamente materialistas y económicas a esas fuerzas y estructuras, que en potencial espiritual excedían con mucho el nivel espiritual del “Norte”. Esto fue casi siempre posible dado que el propio momento cíclico de desarrollo de nuestra civilización favorece las tendencias perversas, anormales y antinaturales, ya que, según la tradición, ahora estamos en el último período del “siglo oscuro”, el Khali-Yuga. Para los conquistadores materiales del “Norte rico”, el hinduismo, el confucianismo, el islam, las tradiciones autóctonas de los pueblos “no blancos” se convirtieron simplemente en un lastre para la realización de sus propósitos, pero al mismo tiempo han utilizado a menudo aspectos separados de la Tradición para el logro de sus fines mercantilistas, explotando contradicciones, características religiosas o problemas nacionales. Tal uso utilitario de los diversos aspectos de la Tradición con fines exclusivamente antitradicionales fue un mal aún mayor que la negación directa de todos los valores tradicionales, ya que la mayor perversión consiste en que lo grandioso sea sujeto a lo insignificante.

En realidad, el “Sur pobre” es “pobre” en un plano material precisamente debido a sus actitudes espirituales, dando siempre a los aspectos materiales de la existencia un lugar menor y sin importancia. El Sur geopolítico en nuestro tiempo guardó en general una actitud exclusivamente tradicionalista hacia los objetos del mundo exterior – una actitud tranquila, distante y, con el tiempo, indiferente – en marcado contraste con la obsesión material del “Norte rico”, con su paranoia materialista y hedonista. La gente del “Sur pobre” normalmente habita en la Tradición, y hasta ahora sus existencias son plenas, profundas y aun más magníficas, en la medida en que la coparticipación activa en la Tradición sagrada otorga sobre todos los aspectos de sus vidas personales aquel sentido, aquella intensidad, aquella saturación de las cuales se han visto privados desde hace mucho tiempo los representantes del “Norte rico”, vueltos histéricos por neurosis, miedos materiales, desolación interna, completa ausencia de rumbo existencial, representando sólo un caleidoscopio de cristal brillante, sólo una imagen vacía.

Podría decirse que la correlación entre el Norte y el Sur en los tiempos originales es polarmente opuesta a su correlación en nuestra época, ya que hoy es el Sur el que todavía conserva algunos vínculos con la Tradición, mientras que el Norte los ha perdido definitivamente. Sin embargo, esta afirmación no abarca absolutamente toda la imagen de la realidad, ya que la verdadera Tradición no puede admitir en relación a sí misma una referencia tan humillante, como lo son las prácticas del agresivamente ateo “Norte rico” con el “Tercer mundo”. El hecho es que la Tradición se conserva en el Sur sólo de manera inerte, fragmentaria, parcial. Tiene una posición pasiva y resiste, defendiéndose solamente. Por lo tanto el Norte espiritual no se transfiere plenamente al Sur al final de los tiempos, en el Sur sólo hay una acumulación y una preservación de impulsos espirituales, nunca unidos con el Norte sagrado. En línea con el principio, la iniciativa tradicional activa no puede emanar del Sur. Y, por el contrario, el “Norte rico” mundialista ha logrado endurecer de tal modo su efecto pernicioso sobre el planeta debido a la especificidad de las regiones del norte, predispuestas a la actividad. El Norte fue y sigue siendo el lugar electivo de la fuerza, por lo tanto, la verdadera eficacia pertenece a las iniciativas geopolíticas provenientes del Norte.

El “Sur pobre” tiene hoy toda la prioridad espiritual ante el “Norte rico”, pero no puede servir como una alternativa seria a la agresión profana del “Norte rico”, ni puede ofrecer el proyecto geopolítico radical capaz de subvertir la imagen patológica del espacio planetario moderno.

El papel del “Segundo Mundo”

La imagen geopolítica bipolar “Norte rico” – “Sur pobre” siempre conllevaba un componente adicional con un significado muy relevante. Se trata del “segundo mundo”. Por “segundo mundo” se entiende convencionalmente el campo socialista integrado en el sistema soviético. Este “segundo mundo” no era ni el actual “Norte rico”, ya que determinados motivos espirituales influyeron secretamente en la nominalmente materialista ideología del socialismo soviético, ni el actual “tercer mundo”, ya que, en su conjunto, la actitud hacia el desarrollo material, el “progreso” y otros principios únicamente profanos estaban en las raíces del sistema soviético. Geopolíticamente, la euroasiática URSS se encontraba tanto en los territorios del “Asia pobre” como en las tierras de la suficientemente “civilizada” Europa. Durante el período socialista, el cinturón planetario del “Norte rico” se rompió en el este de Eurasia, complicando la claridad de las relaciones geopolíticas en el eje norte – sur.

El fin del “Segundo mundo” como una civilización especial deja dos alternativas al espacio euroasiático de la antigua URSS, o bien ser integrado en el “Norte rico” (es decir, Occidente y los EEUU), o bien ser desplazado hacia el “Sur pobre”, es decir, convertirse en el “Tercer mundo”. También es posible, como una solución de compromiso, la separación de las regiones (una parte al “Norte” y una parte al “Sur”). Como siempre ha ocurrido en los últimos siglos, la iniciativa de la redistribución de los espacios geopolíticos en este proceso pertenece al “Norte rico” que, utilizando cínicamente las paradojas del concepto mismo de “segundo mundo”, fija nuevas fronteras geopolíticas y rompe zonas de influencia. Factores nacionales, económicos y religiosos sirven a los mundialistas sólo como instrumentos en su cínica actividad, guiada por motivos profundamente materialistas. No es de extrañar que, además de las falsas retóricas “humanistas”, los razonamientos “racistas” invocados para inspirar a los rusos un complejo de superioridad “blanco” en relación con el sur de Asia y del Cáucaso, se utilizaran más a menudo y casi abiertamente. Con esto se correlaciona el proceso inverso, el rechazo definitivo de los territorios del sur del antiguo “Segundo mundo” hacia el “Sur pobre”, se acompaña jugando la carta de las tendencias fundamentalistas, de la inclinación de la gente hacia la Tradición, y del resurgimiento de la religión.

El “segundo mundo”, al desintegrarse, se rompe a lo largo de las líneas del “tradicionalismo” (el tipo sureño, inactivo, conservador) y el “antitradicionalismo” (el tipo activo del norte, modernista y materialista). Tal dualismo, que hoy sólo se planifica, pero que en un futuro próximo se convertirá en el fenómeno dominante de la geopolítica eurosiática, está predeterminado por la expansión de la comprensión mundialista del mundo en términos de “Norte rico” – “Sur pobre”. Cualquier intento de salvar el antiguo Gran Espacio Soviético, cualquier intento simplemente por salvar el “Segundo mundo” como algo autosuficiente y en equilibrio a medio camino entre el Norte y el Sur (en su exclusivo sentido moderno), no puede ser coronado con éxito sin poner en duda la concepción polar fundamental de la geopolítica moderna, comprendida y realizada en su verdadera naturaleza, dejando de lado todas las humorísticas declaraciones engañosas humanitarias y económicas.

El “Segundo mundo” desaparece. Ya no hay lugar para él en el mapa geopolítico moderno. Al mismo tiempo, la presión del “Norte rico” sobre el “Pobre Sur” se incrementa, siendo uno con la agresiva sociedad tecnocrática materialista en ausencia de un poder intermedio, que existió hasta ayer, el Segundo mundo”. Cualquier destino para el “Segundo Mundo” diferente al de la partición total de acuerdo con las normas dictadas por el “Norte rico”, sólo es posible a través de una renuncia radical de las lógicas planetarias al respecto de un dicotómico Eje Norte – Sur, considerado en clave mundialista.

El proyecto del “Norte ascendente”

El “Norte rico mundialista” globaliza su dominio sobre el planeta a través de la partición y la destrucción del “Segundo mundo”. En la geopolítica moderna esto también es denominado como el “nuevo orden mundial”. Las fuerzas activas de la antitradicion consolidan su victoria sobre la pasiva obstinación de las regiones del sur en preservar su atraso económico y defender la tradición en sus formas residuales. Las energías geopolíticas internas del “Segundo mundo” son puestas ante una elección, o bien ser incorporadas al sistema del “cinturón del norte civilizado” y cortar definitivamente cualquier relación con una historia sagrada (el proyecto del mundialismo izquierdista), o bien convertirse en un territorio ocupado al que se le permita una restauración parcial de algunos aspectos de la tradición (proyecto del mundialismo derechista). En este sentido se están desarrollando los acontecimientos hoy y se desarrollarán en el futuro cercano.

Un proyecto alternativo es posible teóricamente, formulando un camino diferente de transformación geopolítica basado en el rechazo a las lógicas mundialistas del Norte – Sur, y en un retorno al espíritu de una verdadera geografía sagrada, hasta donde eso sea posible al final de la era oscura. Es el proyecto del “Gran Retorno” o, en una terminología diferente, de la “Gran Guerra de los Continentes”.

En sus rasgos más generales, la esencia de este proyecto es la siguiente.

1) El “Norte rico” se opone, no al “Sur pobre”, sino al “Norte pobre”. El “Norte pobre” es un ideal, el ideal sagrado de volver a las fuentes nórdicas de la civilización. Tal Norte es “pobre” porque el mismo está basado en un ascetismo total, en una devoción radical a los más altos valores de la Tradición, en un completo desprecio de lo material en aras de lo espiritual. El “Norte pobre” existe geográficamente sólo en los territorios de Rusia, la cual, siendo en efecto “Segundo mundo”, socio-políticamente resistió hasta el último momento ante la adopción final de una civilización mundialista en sus formas más “progresistas”. Las tierras euroasiáticas del norte de Rusia son los únicos territorios de la tierra que no han sido completamente dominados por el “Norte rico”, están habitados por pueblos tradicionales y son una terra incognita del mundo moderno. El sendero del “Norte pobre” para Rusia significa la negativa a incorporarse al cinturón mundialista, a arcaizar sus propias tradiciones y reducirlas al nivel folclórico de una reserva etno-religiosa. El “Norte pobre” debe ser espiritual, intelectual, activo y agresivo. En otras regiones del “Norte rico” una potencial oposición del “Norte pobre” también es posible – oposición que puede mostrarse a través de un sabotaje radical por parte de la élite intelectual occidental al curso establecido de la “civilización mercantilista”, en la rebelión contra el mundo de las finanzas de los valores antiguos y eternos del Espíritu, la equidad, la abnegación. El “Norte pobre” inicia una lucha geopolítica e ideológica contra el “Norte rico”, rechazando sus proyectos, dinamitando desde el interior y desde el exterior sus planes, rebajando su impoluta eficiencia, aplastando sus manipulaciones políticas y sociales.

2) El “Sur pobre”, incapaz de contrarrestar por sí mismo al “Norte rico”, establece una alianza radical con el “Norte (Eurasia) pobre” y comienza una lucha de liberación contra la dictadura “del norte”. Es especialmente importante lograr que los representantes de la ideología del “Sur rico”, es decir, aquellas fuerzas que, trabajando en el “Norte rico”, representan el “desarrollo”, el “progreso” y la “modernización” de los países tradicionales, que prácticamente sólo significarán una mengua reciente de los restos de la Tradición Sagrada.

3) El “Norte pobre” del Oriente eurasiático, junto con el “Sur pobre”, que se extiende en un círculo alrededor de todo el planeta, concentran las fuerzas que luchan contra el “Norte rico” del Occidente atlantista. De este modo se pone fin para siempre a las versiones ideológicamente vulgares del racismo anglosajón saludando la “civilización técnica de los pueblos blancos”, y haciéndose eco de la propaganda mundialista (Alain de Benoist expresó esta idea en el título de su famoso libro “El Tercer Mundo y Europa: la misma lucha” [“L’Europe, Tiersmonde – combate même”]; su argumento es, por supuesto, la “Europa espiritual”, la “Europa de los pueblos y las tradiciones”, en lugar de la “Europa de Maastricht de los bienes”). La intelectualidad, la actividad y el perfil espiritual del verdadero Norte sagrado hace a las tradiciones volver hacia a una fuente nórdica, y alza al “Sur” a un rebelión planetaria contra el único enemigo geopolítico. La obstinación pasiva del “Sur” adquiere así un punto de apoyo en el mesianismo planetario de los “nórdicos”, rechazando radicalmente la rama degenerada y antisagrada de esos pueblos blancos que siguieron el camino del progreso técnico y del desarrollo material. Estalla la Revolución geopolítica planetaria supra-racial y supranacional, basada en la solidaridad fundamental del “Tercer mundo” con esa parte del “Segundo mundo” que rechaza el proyecto del “Norte rico”.

Durante la lucha, la llama de la “resurrección del Norte espiritual”, la llama de Hiperbórea transforma la realidad geopolítica. La nueva ideología global es la ideología de la Restauración Final, poniendo fin a la historia geopolítica de la civilización, pero no ese punto que los portavoces mundialistas del fin de la historia buscaban poner. La variante materialista, atea, antisacral, tecnocrática, atlantista del Final es transformada en un epílogo diferente, la victoria final del Avatar Sagrado, la venida del Destino Terrible, dando a aquellos que optaron por la pobreza voluntaria un reino de abundancia espiritual, y a aquellos que prefirieron la riqueza fundada en el asesinato del Espíritu, la condenación eterna y tormentos en el infierno.

Los continentes perdidos se levantan desde los abismos del pasado. Los meta-continentes invisibles aparecen en la realidad. Surgen una nueva tierra y nuevo cielo.

Este camino no es desde la geografía sagrada a la geopolítica, sino por el contrario, desde la geopolítica a la geografía sagrada.

(Traducción Página Transversal)

Fuentes: The Fourth Political Theory y Legio Victrix

Extraído de: La Cuarta Teoría Política en español.

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