Entrevista con Alain de Benoist: «¡Hay que ser de una ingenuidad desconcertante para considerar al sistema capitalista conservador!»

ALAIN DE BENOIST

por Nicolas Gauthier Recordemos la declaración de François Hollande cuando estaba en campaña electoral: « ¡Mi enemigo es la finanza!». Hoy, aparentemente se ha vuelto su amiga, como atestigua la llegada al mando del banquero Emmanuel Macron. En cuanto a la ley que lleva el nombre de este último, el MEDEF [la Patronal francesa] debía de soñar con ella, el Partido Socialista (PS) la ha hecho. ¿Esto le sorprende?

Alain de Benoist: En absoluto. Desde que se ha unido oficialmente, si no a la sociedad de mercado, por lo menos al principio del mercado, en 1983, el PS no ha hecho más que derivar cada vez más lejos hacia el liberalismo social… cada vez menos social. Esto confirma e ilustra el planteamiento de Jean-Claude Michéa, según el cual el liberalismo económico y el liberalismo «societal» o cultural están llamados a reunirse ya que ambos proceden de una misma matriz ideológica, empezando por una concepción de la sociedad percibida como una simple suma de individuos que sólo estarían ligados entre ellos por el contrato jurídico o el intercambio mercantil, es decir, por el mero juego de sus deseos y sus intereses.

«El liberalismo económico integral (oficialmente defendido por la derecha) lleva en sí la revolución permanente de las costumbres (oficialmente defendida por la izquierda), del mismo modo que esta última exige, a su vez, la liberación total del mercado», escribe aún Michéa. Inversamente, la trasgresión sistemática de todas las normas sociales, morales o culturales se convierte en sinónimo de «emancipación». Lemas de mayo del 68 como «Gozar sin trabas» o «Prohibido prohibir» eran lemas típicamente liberales, que prohíben pensar la vida según su bien o según su fin. La izquierda, hoy, se entrega con más razón al liberalismo societal en la medida en que se ha convertido enteramente al liberalismo económico mundializado.

NG: El neo-capitalismo financiarizado y mundializado, que algunos se empeñan en considerar como «patriarcal y conservador», ¿no sería finalmente más revolucionario que nuestro «socialismo» francés, manifiestamente ya casi sin aliento?

AdB:Hay que ser de una ingenuidad desconcertante para ver en el sistema capitalista un sistema «patriarcal» o «conservador». El capitalismo liberal reposa sobre un modelo antropológico, que es el del Homo œconomicus, un ser productor y consumidor, egoísta y calculador, que se supone que siempre trata de maximizar racionalmente su utilidad, es decir, su mejor interés material o su beneficio privado, y sobre un principio ontológico que es el de la ilimitación, es decir, el del «cada vez más» (cada vez más intercambios, cada vez más mercado, cada vez más beneficios, etc.). Esta propensión intrínseca a la desmesura le conduce a considerar todo lo que puede impedir la extensión indefinida del mercado, la libre circulación de los hombres o la mercantilización de los bienes como otros tantos obstáculos que hay que suprimir, ya se trate de la decisión política, de la frontera territorial, del juicio moral que incita a la mesura o de la tradición que nos hace escépticos respecto de la novedad.

NG:
¿No es ahí donde el sistema capitalista se une a la ideología del progreso?

AdB: Marx ya había constatado que el advenimiento del capitalismo había puesto fin a la sociedad feudal tradicional, cuyos valores de solidaridad comunitaria habían sido en su totalidad ahogados «en las aguas gélidas del cálculo egoísta». Observando que el ascenso de los valores burgueses se había llevado a cabo en detrimento de los valores populares así como de los valores aristocráticos (« todo lo que tenía solidez y permanencia se desvanece en el aire, todo lo que era sagrado es profanado»), escribía que «la burguesía no puede existir sin revolucionar permanentemente los instrumentos de producción, por tanto, las condiciones de producción, por tanto, el conjunto de las relaciones sociales». En este sentido, hablaba de la «función eminentemente revolucionaria» desempeñada a lo largo de la Historia por el capitalismo, empezando por la expulsión de los campesinos de las sociedades rurales a través de un proceso de desposesión de masas que ha visto la destrucción del vínculo inmediato entre el trabajo y la propiedad, con el fin de crear un vasto mercado en el que, transformados en asalariados, comprarían desde entonces los productos de su propio trabajo.

Más cerca de nosotros, Pier Paolo Pasolini decía que, desde el punto de vista antropológico, «la revolución capitalista exige hombres desprovistos de vínculos con el pasado […] exige que estos hombres vivan, desde el punto de vista de la calidad de vida, del comportamiento y de los valores, en un estado, por así decirlo, de imponderabilidad –lo que les permite elegir como el único acto existencial posible el consumo y la satisfacción de sus exigencias hedonistas». En efecto, el capitalismo liberal exige hombres sin suelo, hombres intercambiables, flexibles y movilizables al infinito, cuya libertad (empezando por la libertad de adquirir, de intercambiar y de consumir) exige que estén desligados de sus herencias, de sus pertenencias y de todo lo que podría, por encima de ellos mismos, impedirles ejercer su «libre elección». Desde esta perspectiva, romper con las tradiciones heredadas del pasado, romper con la humanidad anterior equivale necesariamente a un bien. De ahí la inconsecuencia trágica de esos conservadores o «nacional-liberales» que quieren a la vez defender el sistema del mercado y unos «valores tradicionales» que este sistema no deja de laminar.

(Traducción de Javier Estrada).

Fuente: Boulevard Voltaire

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