La destrucción de los cristianos de Kosovo y el yihadismo en Europa

AMERIKOSOVO
por Ricardo Ruiz de la Serna – En estos días, el mundo asiste horrorizado a los crímenes que el Estado Islámico comete contra musulmanes, cristianos y yazidíes. Mientras escribo estas líneas, yihadistas afines a la organización de Abu Bakr al Baghdadi acaban de quemar vivas a 40 personas en Libia en venganza por los bombardeos egipcios ordenados tras el degollamiento de los 21 coptos. Si alguien quiere ver cómo se extermina paso a paso a comunidades religiosas milenarias, sólo debe contemplar la destrucción de los cristianos del Oriente Medio.

Ahora se habla en los medios de comunicación de los coptos. Durante pocas semanas, los actos de terrorismo contra las minorías cristianas rompen el muro de silencio que protege a los criminales y acalla a las víctimas. Parece de mal gusto recordar el sufrimiento de las minorías cristianas. Solo algunas de las atrocidades contra los cristianos entran en la agenda mediática y, generalmente, en el contexto de la información sobre el terrorismo o los conflictos armados. La fugacidad del interés mediático propicia, una vez más, el olvido. Aparte de las denuncias del Papa –de todos los Papas- solo Rusia suele recordar la tragedia de las minorías cristianas. La visita de Vladimir Putin al Papa Francisco en noviembre de 2013 estuvo centrada, precisamente, en las instituciones internacionales y su capacidad de responder a las crisis, así como a la protección de las minorías cristianas en el Magreb y Oriente Medio.

En circunstancias como estas, el silencio es una forma de complicidad y el olvido una dimensión del crimen que lo prolonga en el tiempo. A los cristianos no solo los están matando en Oriente Medio, en Asia o en África. Aquí, en Europa, en el continente que alumbró una civilización fundada sobre la dignidad intrínseca de todo ser humano, también hay lugares donde viven con miedo, donde padecen violencia, los amenazan, los expulsan y, a veces, los matan. Todo esto sucede ante la mirada de la Unión Europea que, a veces, se traiciona a sí misma y a lo que nuestra civilización representa.

Hablemos, pues, de Kosovo-Metohija, la provincia serbia que hoy controlan los kosovares de etnia albanesa y que autoproclamó independiente en 2008.

Allí, las comunidades cristianas ortodoxas vienen sufriendo un hostigamiento constante a manos de la mayoría de etnia albanesa desde hace décadas. En 2014 se conmemoró el décimo aniversario de la oleada de violencia que, entre el 15 y el 17 de marzo de 2004, arrasó las casas, las iglesias, las escuelas y los cementerios de los serbios. En menos de 72 horas, docenas de personas fueron asesinadas, varios miles resultaron heridos, ardieron 35 iglesias y monasterios –algunos de más de seiscientos años de antigüedad- y miles de casas y tiendas fueron demolidas. A más de cuatro mil cristianos serbios los expulsaron de sus hogares. Si esto no es limpieza étnica, se le parece bastante. Al final, solo 67 kosovares de etnia albanesa fueron condenados a penas de en torno a un año de prisión. En la práctica, esto es una forma de impunidad.

Esta violencia que busca erradicar la presencia cristiana serbia de la vida pública es una forma de destrucción simbólica que precede a la real y propicia su impunidad. El tiempo transcurrido desde 2004 no ha servido para garantizar la seguridad de los serbios en su propia tierra. Al contrario, el acoso es habitual allí donde son minoría. Condenados a vivir en enclaves y rodeados de kosovares de etnia albanesa, son los grandes olvidados del autoproclamado Estado de Kosovo. Las amenazas contra los serbios son constantes. Casi todos los meses se profanan cementerios ortodoxos. Esta semana, en Krusevac, las tumbas de dos camposantos fueron profanadas, cubiertas de basura y quemadas. Salvo en el norte de Kosovo y en los enclaves –que sufren un progresivo aislamiento- ser serbio es muy peligroso. Monasterios como el de Visoki Dečani necesitan medidas de protección contra atentados terroristas: en sus muros hace unos meses aparecieron pintadas que anunciaban la llegada del Estado Islámico en Kosovo.

La historia se repite. Nadie creyó a quienes advertían de la presencia de yihadistas en la guerra de Bosnia encuadrados en la unidad Katibat al Muyahidin. Hoy, en lugares aislados de Bosnia, los islamistas se han establecido en pueblos donde impera la sharia y que brindan centros de reclutamiento a los radicales y refugio a los fugitivos de la justicia. En Kosovo, hay mezquitas en las que se están reclutando terroristas para el Estado Islámico en Siria. Mohammad Al Arnaout y Gordon N. Baros, entre otros, han publicado información y datos sobre la deriva que se está produciendo en los Balcanes. Cuando Christopher Deliso escribió en 2007 “The Coming Balkan Caliphate. The Threat of Radical Islam to Europe and the West” ya advirtió del advenimiento de una nueva generación de yihadistas. Muchas señales de alarma parecen indicar que ya han llegado.

Así, la destrucción de las comunidades cristianas de Kosovo es una prueba palpable del fracaso de los Estados Unidos y sus aliados europeos en la aventura balcánica a la hora de proteger a las minorías. Los grandes valedores de los independentistas kosovares de etnia albanesa no han logrado, casi quince años después de terminada la guerra, impedir la progresiva desaparición forzada de los ortodoxos serbios. La injusticia cometida con Serbia –a la que se presiona para que renuncie a una parte esencial de su territorio- no ha servido para nada y ha sentado un precedente de gravísimas consecuencias. Hoy los cristianos serbios pagan el precio de las aventuras políticas de otros países. Ellos sufren el fracaso, el abandono y la violencia de quienes controlan el territorio.

Esta tragedia que sucede –digámoslo una vez más- en el corazón de Europa, impone sobre los gobiernos de nuestro continente la responsabilidad de actuar. España, que ha sabido resistir las presiones para el reconocimiento del Estado de Kosovo, tiene una posición privilegiada en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para defender la causa de los cristianos de Kosovo y para impulsar en compañía de otros países que la Asamblea General dedique una sesión a condenar el exterminio de las minorías cristianas y adopte resoluciones para evitarlo.

Desde hace años, los cristianos de Kosovo vienen sufriendo el olvido y el silencio de la comunidad internacional. Hoy están en trance de desaparecer y, con ellos, el legado de casi dos mil años de cristiandad en el corazón de Serbia, su país y su patria histórica. Ha llegado el momento de reaccionar e impedirlo.

Fuente: El Espía Digital

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