El debate ya no está en el parlamento

ERNESTO MILÁ

por Ernesto Milá – El pasado debate sobre el Estado de la Nación fue, sin duda, el último en el que el “líder de la oposición” es un socialista. Tan cierto como que éste ha sido el último debate de la legislatura. Una vez más, la discusión no interesó mucho al ciudadano de a pie. Los medios que quisieron convertirlo en un espectáculo bajaron en las audiencias y el resultado mismo de la encuesta sobre quién resultó vencedor no dejó lugar a dudas: para los medios próximos al PP ganó Rajoy, para los medios próximos al PSOE, ganó Sánchez. Ambos por la mínima… Pero en este debate se ha producido algo mucho más importante que todo eso: por primera vez el debate no estaba en el Parlamento, sino fuera.

Era la vigésimo quinta edición del debate sobre el Estado de la Nación. Como si se estuviera cerrando un ciclo, y a pesar de que el parlamento se vistió con sus mejores galas y los señores diputados intentaron mostrar la parte más constructiva de sí mismos, el debate interesó a muy pocos. Es significativo que de este debate lo que la mayoría de ciudadanos recuerdan pasado una semana, es que, mientras Rajoy desgranaba monótonamente sus propuestas (un anticipo del programa electoral del PP), Celia Villalobos era pillada in fraganti jugando al Candy Crush con ese tablet tan bonito que tiene todo diputado pagado con cargo al presupuesto nacional.

Porque de este debate sobre el estado de la Nación no quedará nada, salvo la zafiedad de la presidenta accidental del Congreso (Jesús Posada hubo de ausentarse unas horas). La Villalobos siempre ha alardeado de que, en su juventud, fue de izquierdas y que estuvo cerca del PCE. Nadie lo ha confirmado, así que es posible que sea pura invención destinada a preparar puentes cuando haya que cambiar nuevamente de chaqueta. La Villalobos lo ha hecho en varias ocasiones (fue funcionaria de la Organización Sindical franquista) y, por aquello de la coherencia, se presenta hoy como “representante del ala social-demócrata” del PP. De tanto en tanto logra llamar la atención, no por lo que dice, ni por lo que hace en función de su cargo, sino por alguna polémica (aparecer en El Club de Flo como monologuista, enzarzarse a insultos con la Rahola en 2011, llamar a los discapacitados “tontitos” ese mismo año y tratar a un diputado de “machista” por haber recordado la incompetencia inventariada de Ana Mato). Ella es así.

Obviamente, el asunto del Candy Crusch no es ni siquiera significativo de la haraganería que se ha instalado desde hace décadas en congreso de los diputados. Las “señorías” que asisten a las sesiones, o están durmiendo, o leen la prensa, o utilizan los móviles y tablets para llenar su tiempo de ocio en los asientos del congreso. Y para votar lo que el jefe de grupo parlamentario indica. Poco más. Lo sabemos todos y sería filisteo cebarnos sobre la Villalobos sólo por una fruslería de este tipo. Ahora bien, si la mencionamos es porque Celia Villalobos está casada con Pedro Arriola Ríos, eminencia gris del PP y diseñador de la estrategia de este partido. Y este personaje es mucho más interesante que su cónyuge.

A Arriola no se le escapa que el ascenso vertiginoso de Podemos es fruto del desencanto acumulado en la izquierda española desde los tiempos de Felipe González y que solamente ahora ha cristalizado en algo tangible. Arriola es perfectamente consciente de la crisis de la socialdemocracia (de la “de verdad”, no de la que dice su mujer) y de que al PSOE le quedan pocos meses para evidenciar su hundimiento irreversible. Las ambigüedades del PSC catalán, los conflictos internos en la Federación Socialista Madrileña, el tufo a corrupción generalizada que emana el Partido Socialista en Andalucía desde los tiempos de Juan Guerra, pero sobre todo, el celo que puso Zapatero en salvar a la banca y a la patronal de la construcción, destruyeron las bases del ideario socialdemócrata que defendía la cohabitación entre el capitalismo y las medidas sociales avanzadas. A la hora de la verdad, ante la primera gran crisis, el socialismo, decidió apoyar a los “señores del dinero”. Y eso significó la liberación de un amplio espacio de izquierda que ahora están ocupando a marchas forzadas los “indignados” de 2010 con la sigla Podemos.

A Arriola no se le escapa la novedad del último debate sobre el estado de la nación: el parlamento representa ya muy poco. Es el altavoz del gobierno para anunciar medidas propias de años electorales. Pero nada más. No es que no sirva para nada, es que sirve sólo como cualquier polideportivo de arrabal, para iniciar campañas electorales y lanzar mensajes que pocos oirán en directo, pero que al día siguiente transmitirán los medios.

La novedad en esta edición no ha sido que los debates interesaran menos de otros años, sino que, incluso los medios, estuvieron más pendientes esos días de las declaraciones de Albert Rivera, líder de Ciudadanos y valor en alza en el nuevo centro político, y del acto de Podemos en el Círculo de Bellas Artes, que de lo que se decía en el Congreso. Ni Pablo Iglesias, ni Ribera, son diputados del Congreso. Y, sin embargo, son las opciones ascendentes en la política española.

Lo que ocurrió esos días en el debate es que se enfrentaron “pasado” (los señores diputados, con sus bostezos, su sopor, sus tablets, sus diarios, su Candy Crush) frente al “futuro” (un Ribera que todavía no se mueve bien fuera de la temática anti-independentista pero que parece el niño que toda mamá de derechas quisiera tener o un Pablo Iglesias que ejerce de último vástago arquetípico de una familia de izquierdas), el parlamento frente a la calle, lo que está muriendo frente a lo que está dando sus primeros pasos. La mayoría de edad política de Ciudadanos y Podemos la alcanzarán en las próximas elecciones.

Se está acabando un “mundo”. Es cierto que Rivera se aferra a “la constitución”, pero él será el primero en advertir que la constitución de 1978 estaba hecha a medida de los dos grandes partidos que han gobernado en los últimos 38 años y de los nacionalistas que les acompañaban. No a su medida. Antes o después, Rivera tendrá que asumir aquello que en la nueva izquierda de Podemos ya está claro: que el actual marco constitucional está más que agotado y que se trata de abordar una profunda reforma. Cómo se haga esa reforma, sobre qué bases y con qué mayoría social, es otra historia. Precisamente, el drama español en esta segunda década del milenio consiste en que nunca como hoy fue tan necesario un nuevo marco legal, nunca una constitución dio tantas muestras de estar muerta y enterrada, pero nunca como hoy existieron tan pocas fuerzas políticas, mediáticas y económicas, capaces de esponsorizar un nuevo proyecto comunitario.

Hay solamente dos opciones (la de que “las cosas seguirán como hasta ahora por siempre jamás” no es opción, sino fantasía producto de las inercias de los últimos 38 años; las elecciones andaluzas se encargarán de demostrarlo en breve) para los próximos meses:

1. Las distintas consultas electorales demostrarán la pérdida de vigor del PP y el hundimiento del PSOE. El PP seguirá siendo mayoritario pero precisará un socio. El PP entenderá que la “limpieza” que propone Ciudadanos es muy arriesgada para un partido que lleva décadas ejercitando “malas prácticas”. Además, una eventual alianza con Ciudadanos arruinaría la política del PP en relación a Cataluña: dejar que CiU se reconstruya en tanto que es más “tratable” que ERC o que una coalición CiU-ERC. Por tanto, la mejor opción para el PP no es otra que la de pactar una “gran coalición” con lo que quede del PSOE, en la esperanza de que entre ambos tengan mayoría absoluta. Una coalición de este tipo sería bien acogida por la mayor parte de medios de comunicación y por la patronal, pero desorientaría a las bases de ambos partidos.

2. Podemos, una vez confirmado su papel hegemónico en la izquierda tendería una mano al resto de fuerzas de ese sector político (restos de IU, fragmentos del PSOE, grupos de izquierda en las autonomías) para formar una “mayoría social de izquierdas” que reformara profundamente el sistema. Esta segunda opción sería un “frente popular” que inmediatamente –como ha ocurrido en todos los frentes populares que ha visto la historia- evidenciaría contradicciones, tensiones y conflictos internos. La izquierda tiene fuerza social suficiente como para poner en jaque a la derecha, pero no la necesaria para realizar una reforma constitucional “de izquierdas”… de la misma forma que parece dudoso (y Arriola fue de los primeros en advertirlo) que ni siquiera una “gran coalición” daría mayoría parlamentaria para aplicar reformas constitucionales que fueran algo más que cosméticas.

El caso de Syriza ha demostrado que la “nueva izquierda populista” tiene un “arranque de caballo y una parada de burro”. Situados ante el abismo de la salida de la UE y de la zona Europa, Syriza ha rebajado sus exigencias a la troika de Bruselas, ha detenido su programa de reformas y… en menos de un mes se ha “socialdemocratizado”. En los próximos días veremos el coste que tiene en la calle esta actitud contradictoria con sus propuestas electorales. No es una buena noticia porque indica hasta qué punto “Europa” está gobernada por el Bundesbank.

Cuando la derecha se reafirma en sus ataques a Podemos presentando a esta formación como la quinta columna del bolivarismo en España, se equivocan en el enfoque. En este país, el que un partido reciba contribuciones desde el extranjero se considera casi mejor a que viva defraudando y desviando dinero de la Hacienda del Estado Español. El escaso interés que suscitó la reciente manifestación anti-Maduro y anti-Podemos evidencia que la derecha sigue equivocándose en su enfoque del caso Podemos. Es hacia Grecia hacia donde deberían fijar la vista. Allí, un partido similar a Podemos, alcanza el poder y en menos de un mes decepciona a buena parte de su electorado, zambulléndose en la realpolitik demostrando que las promesas electorales no valen absolutamente nada. En España, país mucho más complejo que Grecia, pasará exactamente lo mismo. El utopismo de Podemos suscita escepticismo en cuanto a sus posibilidades de aplicación. Claro está que fijar la mirada en Grecia tiene la contrapartida de que tenemos a tres horas de vuelo en Ryan Air un país que ha sido literalmente machacado por políticas neoliberales: primero se le conceden créditos, a sabiendas que los datos que da sobre sí mismo son falsos, luego se le exige el pago de la deuda obligándole a privatizar todo lo privatizable. Nada que no se hubiera visto en Iberoamérica desde los años 80. No es raro que la derecha prefiera fijar la vista en Venezuela, más lejano, más oscuro y con un gobierno “bolivariano” enquistado desde hace casi veinte años.

¿Qué nos espera? Inestabilidad. Lo hemos dicho varias veces. Ya sea mediante las dos únicas fórmulas posibles que tenemos ante la vista después de las próximas elecciones (o “gran coalición” PP+PSOE o “coalición de izquierdas” en torno a Podemos) se abre ante nosotros un largo período de inestabilidad política. Lo sabe el PP, lo sabe el PSOE, lo saben todos los actores de primera fila, lo sabe especialmente Arriola. Quizás, la que todavía cree que va a poder seguir años y años con el Candy Crush es su esposa.

Fuente: Infokrisis

One Comment to “El debate ya no está en el parlamento”

  1. ¿Es que acaso hubo alguna un debate serio en el parlamento en estos treinta y ocho años atrás? me refiero a un debate serio entre dos opciones DIFERENTES o modelos de política diferente no amañado entre dos opciones que en poco se diferenciaban, La llamada Transición siempre fue un una burda engañifla, dos “opciones” políticas, ” el hambre” o las “ganas de comer” , las dos al servicio de las oligarquías , desentendiéndose de los intereses del pueblo que permitía que las burocracias de ambos partidos se llenasen los bolsillos a mansalva. Un burdo montaje llámese Régimen o partidocracia que tenía que acabar en el desbarajuste político y el desmadre de corruptelas actual. En este enlace más sobre el tema
    http://beniezuma.blogspot.com.br/2014/10/el-gran-engano-de-lamodelica-transicion.html

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