Consumo rebelde: esperanza para el distributismo

10 MULTINACIONALES CONTROLAN CONSUMO

La crisis económica ha convertido a España en un país crítico con el actual modelo económico y sus principales protagonistas: las grandes empresas y la banca.

Cambio de tendencia.

El programa fundamental del distributismo consiste en restituir la libertad por medio de la propiedad privada. Es la tercería vía al socialismo y al capitalismo, ya que rechaza tanto que toda la propiedad esté en manos del Estado como que toda la propiedad esté en unas pocas manos. El distributismo busca descentralizar los medios de producción y aspira a que todos sean titulares de una pequeña propiedad privada. Una propiedad bien distribuida es la mejor forma de conseguir la libertad, la concordia y la cohesión social. Libertad y propiedad son la misma cosa para los distributistas. En consecuencia, el monopolio es el gran mal, venga de donde venga, ya sea de entidades privadas o de la fuerza burocrática del estado. Así, no es de extrañar que los distributistas sean muy críticos tanto con el Gran Estado como con la Gran Corporación.

En el capitalismo se tiende a la concentración de riqueza: al oligopolio y al monopolio. Por ello, para el distributismo la mejor forma de revertir este proceso es apoyar y fomentar el pequeño comercio, el negocio familiar, la economía local, la cooperativa y el trabajo artesano.

Decimos todo esto porque se acaba de publicar un estudio que revela un cambio de tendencia en España favorable a las ideas del distributismo. La crisis económica ha convertido a España en un país crítico con el actual modelo económico y sus principales protagonistas: las grandes empresas y la banca. Así se desprende de Mikroscopia 2015, la primera edición de un estudio anual de MyWord que analiza 50 microtendencias y hábitos emergentes de vida, consumo y compra.

Según Mikroscopia, el 25% de los ciudadanos admite sentir rechazo por las grandes empresas y corporaciones a raíz de la crisis económica. Esta aversión es más aguda entre las personas que han sufrido la crisis en sus propias carnes. Por ejemplo, entre las clases medias empobrecidas este rechazo alcanza el 31%, un porcentaje 10 puntos superior al que se detecta entre quienes consideran que la recesión no les ha hecho variar de clase social. El sector financiero (banca y seguros) es el más rechazado por los ciudadanos encuestados. Un 37% lo ven con malos ojos, consecuencia implacable de años de rescates financieros, de sueldos astronómicos, de indemnizaciones y bonus autoimpuestos y de continuos escándalos.

Nace el consumidor rebelde.

La crisis económica está produciendo un divorcio entre el consumidor y las grandes empresas. Según Barreiro, ex presidenta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y directora de MyWord, el consumidor puede ser rebelde por dos motivos. “Por necesidad, es aquel se rebela porque la crisis le ha puesto en una situación muy dura; y por ética, el que no se ha visto azotado por la crisis pero se solidariza con los ciudadanos o se rebela por la situación que vive el país”. El consumidor rebelde es especialmente sensible ante las buenas o malas prácticas. No juzga tanto a las empresas por la calidad de sus productos y servicios sino por cómo se comportan en sociedad, el compromiso que mantienen con ella.

Este rechazo a las empresas grandes no es un fenómeno de subversivos ni de radicales. Más bien al contrario, “hay un porcentaje por encima de la media en el centro, entre los ciudadanos moderados. Es transversal en términos ideológicos”. Lo realmente importante es su situación económica.

Los descontentos con el actual modelo económico empiezan a reaccionar. Chesterton decía en los años 30 que bajo el capitalismo el desempleo no le llega al trabajador como recompensa a su vagancia ni el hambre a consecuencia de una mala cosecha:

“Es el resultado de las decisiones de los banqueros, tomadas en oficinas a millas de distancia de los centros de producción; de eventos políticos en países lejanos; o de negociaciones secretas de hombres que no podrían clavar ni un clavo en una tabla”.

Esta reflexión suena terriblemente actual. Trueques, compras colectivas, intercambios, bancos del tiempo o compras y ventas de productos de segunda mano son algunas de las tendencias emergentes de los españoles que se identifican en el estudio. Chesterton aplaudiría emocionado.

En opinión de Barreiro, estas tendencias no son una moda sino todo lo contrario, “han venido para quedarse”. Este fenómeno no está generado sólo por la crisis económica, sino también por otros tres grandes propulsores de cambio: la revolución tecnológica, la revolución ecológica y la revolución libertaria.

“El empoderamiento de la sociedad y sus niveles de exigencia son mayores que antes. Si eso no se tiene en cuenta, acabará siendo una amenaza para empresas e instituciones”, concluye el estudio.

La indignación puede ser una buena forma para tomar conciencia del origen de nuestros males. Pero la simple crítica no basta:

“En estos días necesitamos no tanto un culto al descontento, incluso aunque sea justo, sino un nuevo entendimiento de la antigua idea de satisfacción. Una vez entendida, la satisfacción será más terrible para los verduleros timadores y jugadores que la forma más salvaje de descontento” (Chesterton, 1927)

No basta con destruir el modelo que no funciona, es necesario edificar una alternativa que conduzca a un mayor grado de libertad y de cohesión social.

La generación actual empieza a comprender que las grandes empresas no son las empresas grandes. Soplan buenos aires para el distributismo.

Fuente: La casa en el árbol

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