Democracia y soberanía en Alain de Benoist

CARLOS MARTINEZ-CAVA

por Carlos Martínez-Cava – “Lejos de obstruir los intereses de las clases terratenientes, la democracia del siglo diecinueve los favoreció. En una democracia formal, es el dinero el que garantiza el poder…la democracia del siglo veinte no será nada más que una palabra vacía, en la medida en que estará confinada a la economía capitalista y a las medidas burguesas del liberalismo parlamentario”. (Francois Perraux)

Decir que la Nueva Derecha es un neo fascismo encubierto, o un “aggiornamiento” de los regímenes de los años treinta es decir poco y decirlo con aviesa intención. Tras la explosión del 68, una escuela de pensamiento fue afirmándose en Francia. Mal llamada “Nueva Derecha”, ellos prefirieron llamarse “Nueva Cultura” puesto que en sus presupuestos gramscianos estaba la edificación de todo un sistema de pensamiento que hiciera posible pensar otra sociedad y otra concepción del mundo muy diferente a la liberal y a la marxista.

Toda la reflexión que Alain de Benoist haya podido efectuar en sus escritos a la Democracia no ha sido para negarla, sino para desvelar los muchos fraudes que la acepción de esta palabra ha tenido de hurto de la soberanía nacional y popular.

Hay otras reflexiones sobre el significado y consecuencias de los regímenes políticos imperantes en Europa después de 1.945. La Democracia Liberal, ese régimen considerado el “menos malo” por aquellos que, amparados tras él, han construido los neo feudalismos del siglo XX y XXI ha tenido en Alain de Benoist un Filósofo y critico en una altura muy superior a toda la sociología marxista habitual.

El ideal democrático soñado por los pensadores griegos ha obtenido, a lo largo de los siglos, todo tipo de adjetivaciones que nos llevan a dudar del significado mismo del término. Desde la critica realizada por los marxistas que han visto en las democracias liberales solo una “democracia formal” y aspiran reemplazarla por una democracia económica y social, a la que se realizó por el sindicalismo revolucionario de Sorel o el pensamiento neo conservador de Arthur Moeller van den Bruck.

Si para Sorel, la democracia formal solo refuerza a la burguesía, en las democracias de clase –como se denominaron las del Este de Europa tras 1945-, la élite dirigente de una sociedad “sin clases” debe ser la única clase dirigente. Así, para Lenin y para Robespierre, la minoría no tiene derechos.

Son liberales, como Francesco Nitti los que consideran que “La mayoría no es la nación entera, ni tampoco ésta representa a su mejor parte. Con frecuencia son las minorías las que desarrollan las mas elevadas ideas y sentimientos”.

Es un error afirmar que es la mayoría la que conforma “la Verdad” o lo que es “falso”, pues si esto se tomara como dogma, llevaría a la tiranía. Es el dilema permanente de las democracias modernas donde la mayoría se cree en condiciones de representar la voluntad de un país. Esto es un error porque las minorías son un valor en sí mismas y se les deben garantizar derechos políticos.

Reflexiones que, en el pensamiento de Alain de Benoist, nos llevan a la cuestión nuclear de la Soberanía. Muchos la identifican con el Estado y constituye un error de concepto. Para el pensador francés, han existido sociedades sin Estado. Y siguiendo a Julien Freund, “no debe confundirse la política con el Estado, que no es más que una de sus manifestaciones históricas, y precisamente la que corresponde al movimiento de racionalización de la civilización moderna”.

Es, de hecho, el principio de la soberanía política, todavía más que el del Estado, el que merece ser defendido. En otras palabras, nos dice Benoist: “El Estado no se justifica más que en la medida que se define primeramente como un organismo soberano”.

Y desarrollando a Max Weber, Alain de Benoist continúa: “Estamos de acuerdo con la definición dada por Max Weber de la especificidad del Estado: monopolio de la coacción legítima, racionalización del Derecho, poder sobre la administración, capacidad de hacer aplicar la ley. A esto se añadiría una precisión esencial, y es que el Estado, debe igualmente fundamentarse en el monopolio de la función política, lo que debe entenderse en el sentido tradicional –el Estado no debe valorar otros organismos soberanos que no sean él mismo- como en sentido pasivo, por lo que el Estado, no debe actuar más que políticamente.

Es la Soberanía política , en cuyo ejercicio concentra su fuerza, donde se define como una autoridad, no como una Administración.

El Estado Soberano, nos dice Benoist, no se sitúa fuera del pueblo, como una necesidad externa, tal como quería Hegel, sino que está ligado al pueblo sin confundirse con él. No tiene su origen en el demos sino en el etnos: no es una masa de individuos, sino un Pueblo. Y, en tanto que, representante histórico del ser del Pueblo, de sus tradiciones y de su destino, debe ese Estado Soberano, por vocación, elevarse por encima de contingencias de la “población actual”, contingencias unidimensionales de donde derivan todas las concepciones del Estado de Derecho. Y al mismo tiempo debe ser emanación del Pueblo. No se depende de una física, sino de una biología social (como decía Ratzel en “Geografía Política” en 1897). Al igual que para Kjellen, el Estado representa un conjunto orgánico, que es “más” que la suma de sus ciudadanos. El Estado y el pueblo tienen necesidad el uno del otro para engendrar, darse una forma y producir.

Esta concepción que nos muestra Alain de Benoist de la Soberanía para estos tiempos convulsos es clave para contestar el discurso de la mundialización, donde las corrientes migratorias amenazan las identidades culturales de las naciones europeas. No es solo el poder de las mayorías el que conforma las voluntades, sino la concepción orgánica e histórica de los pueblos lo que se ha de situar por encima de las contingencias o caprichos de una determinada población actual.

Desde el punto de vista económico, la cristalización de la Soberanía Política se traduce en una tercera vía entre el liberalismo del estado mínimo (donde todos los servicios esenciales han sido privatizados), y el socialismo del Estado poli intervencionista. No se trata, nos dice Benoist, de suprimir el mercado, sino de ponerlo al servicio de la Nación.

Y llega a un valor que , para esos liberales, es contemplado como un espantajo: la justicia social. En el pensamiento de Alain de Benoist, la Justicia Social constituye la preocupación fundamental. De hecho, se afirma que el primer acto de justicia social consiste en reconocer que pertenece al Estado colocar por encima de todo, no el “bienestar” material inmediato de la comunidad, sino la garantía de su existencia y de su poder en la historia.

Asegurar la independencia nacional o la estabilidad de los precios y salarios por medio de la autoridad política puede, en este caso manifestarse como algo positivo. Para Alain de Benoist, una economía donde los costes hayan sido estabilizados permitirá igualmente planificar inversiones duraderas, y por consiguiente, creadoras de empleo. La solución a la “crisis social” pasa por la vuelta al Estado Político, como así lo confirman economistas como Francois Perraux, André Grjebine, Francois Partant o Henri Guillemin.

Son precisamente los ultraliberales los que propician una contestación social y política adecuada. Al criticar con virulencia las “intervenciones de Estado” son los primeros que han creado las condiciones para que estas intervenciones se conviertan en algo inevitable.

Hay para Alain de Benoist una urgencia: restaurar la Soberania Política y combatir el totalitarismo burocrático que canceriza la sociedad civil.

Pero consecuente con su gramscismo cultural, Benoist parece advertir a los que hoy en España hablan de “tomar el cielo por asalto”: “La conquista del poder espiritual, ideológico y cultural , que son las raíces mismas de lo político, no pasa hoy en dia por la conquista del aparato estatal, de las instituciones y de los partidos que están unidos a éste. Lo político, que depende de lo ideológico, ya no está en “ la república”, a pesar de todo el ruido que hacen hoy en dia las facciones para apoderarse de este “pájaro muerto”. En el mejor de los casos, aquellos que se afanen por tomar al asalto este aparato de Estado no obtendrán, por el hecho mismo de la evolución de las tecnoestructuras, otra cosa, que lo que Thorstein Veblen llamaba con desprecio las “gratificaciones ostentatorias” o lo que Napoleón denominaba “sonajeros”. En la actualidad, la res publica no se encuentra directamente en el Estado. El realismo, ya que de esto se habla, impone una re estructuración general de orden ideológico, como cuestión previa a cualquier otra cosa.

Los verdaderos creadores de Estados, los verdaderos fundadores de “sociedades nuevas”, ha sido primeramente creadores de ideas. Hobbes, Rousseau o Marx, han sido auténticos “jefes” de Estado.

Lejos de buscar la conquista del poder en los actuales marcos políticos, Alain de Benoist nos llama a desplegar una acción cultural que conforme un nuevo marco de valores y que se realice dentro de un gran espacio geopolítico. Ya no son validas las fronteras cerradas de las naciones como lugares para recuperar la Soberanía. Esta se ha de conquistar en otra dimensión donde esas mismas naciones puedan ser ellas mismas. Su desarrollo de lo que se ha venido a llamar Cuarta Teoria Política incide en esa postura. La concepción de Eurasia como lugar en la Historia para edificar esas nuevas sociedades soberanas y justas socialmente no es una utopía. Precisamente el empeño de Estados Unidos o de China de neutralizar Europa confirman, día a día, la validez de esa línea política. Las actuales conversaciones entre Marine Le Pen y Putin refrendan esa necesidad.

La democracia del siglo XXI será soberana o no será. No basta con ganar unas elecciones o pretender concurrir a ellas. La decisión es cambiar el curso de los actuales valores dominantes porque han llevado a Europa al borde del abismo. Participar de estas estructuras para sustituir unos apellidos por otros no merece ningún esfuerzo.

Apostar por hacer Historia de nuevo, sí. A eso nos llama Alain de Benoist:

“LA ACCION SOBERANA CONSISTE EN HACER LO QUE LA SOCIEDAD CIVIL, POR ELLA MISMA, NO PUEDE LLEVAR A CABO, LA HISTORIA.”

Fuente: Carlos Martínez-Cava

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2 Responses to “Democracia y soberanía en Alain de Benoist”

  1. “Toda la reflexión que Alain de Benoist haya podido efectuar en sus escritos a la Democracia no ha sido para negarla, sino para desvelar los muchos fraudes que la acepción de esta palabra ha tenido de hurto de la soberanía nacional y popular.”
    Es como cuando desde el PP y el PSOE (y desde la IU de Gordo y Pérez, o desde los nacionalistas) acusan de “antipolítica” a los que acusan de embusteros y corruptos a los cargos públicos que engañan y malversan fondos públicos.

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