Cómo la dictadura del dinero toma el poder del pueblo: El fin de la soberanía

BENOIST LA FINE DELLA SOVRANITA
por Jesús J. Sebastián – Los amigos de la Nuova Destra italiana, siempre mucho más activos que el resto de los disidentes neoderechistas europeos, han publicado en 2014 el libro de Alain de Benoist titulado La fine della sovranità. Come la dictadura del denaro togue il potere al popoli, una recopilación de ensayos –que según el prologuista Edoardo Zarelli supone la actualización y finalización del libro publicado en 2012 Sull’orlo del baratro. Il fallimento annunciato del sistema denaro (Al borde del abismo. El anunciado fracaso del sistema del dinero)- sobre la crisis estructural del capital, la deuda financiera, la locura de las políticas de austeridad y miseria, la salida del euro como ruptura, las falsas creencias liberales sobre la economía pura y dura, en fin, sobre la globalización y la mundialización como última fase de expansión del capitalismo.

El pensador francés –un rebelde contra la dictadura del dinero- se centra en el completo vaciado, realizado durante los últimos años, de las competencias soberanas de unos parlamentos nacionales reducidos, ahora, a unos simples ejecutores de las órdenes e instrucciones de la Comisión Europea. En este sentido también hay que tener en cuenta todas las decisiones tomadas sobre el llamado “Mecanismo Europeo de Estabilidad”, un tratado cuyo único objetivo es la futura creación de un gran mercado transatlántico que, efectivamente, reduzca nuestra Europa a la condición de un mercado vasallo de las decisiones y los intereses de Washington. En fin, de acuerdo con los títulos citados, si según Alain de Benoist (AdB) hace unos años estábamos “al borde del abismo”, en estos momentos hemos superado ya ese límite, porque supone “el fin de la soberanía” de los pueblos y de los Estados-nación europeos.

En una entrevista realizada por Davide Gonzaga y Beatrice Soriani, el pensador AdB, ante la pregunta de una Europa posmoderna, decía lo siguiente:

«Si tenemos en cuenta que el Estado-nación era la forma política más propia de la edad moderna, entonces se puede decir que en realidad entramos en la posmoderna. El Estado-nación ya estaba en crisis en los años 30 del pasado siglo, como subrayó Carl Schmitt. Durante las últimas décadas se ha visto privado gradualmente de la soberanía en todos los ámbitos: la soberanía política, debido a su dependencia de los mercados financieros; la soberanía económica, por la influencia de las multi-transnacionales; la soberanía militar, para la presencia de la OTAN; la soberanía monetaria, debido a la introducción del euro; la soberanía presupuestaria, para satisfacer las necesidades del “Mecanismo Europeo de Estabilidad” (MEDE). Esto no sería demasiado grave si la soberanía de los miembros de la Unión Europea hubiera sido removida, transferida y afirmada con mayor fuerza a un nivel supranacional. Pero esto no sucedió: la soberanía ha desaparecido en una especie de “agujero negro”. El resultado es que la soberanía nacional-popular no es más que un recuerdo, mientras que la supuesta soberanía europea nunca existió. La única soberanía cierta que existe hoy en día es la del sistema de dinero».

El nuevo sistema que iba a tener éxito consiste en una “especie de cesarismo financiero para gobernar al pueblo, pero manteniéndolo al margen.” El Estado “gestor y terapéutico” fundamenta “su poder en la constitución de una situación subcaótica estrictamente voluntaria, en el contexto de una espiral descendente generalizada, creando así un estado de guerra civil fría“. La globalización “no es más que un proceso geo-histórico de expansión progresiva del capitalismo a escala mundial, la expansión planetaria del principio de libre mercado”. La condición para que esto suceda es que el área de las decisiones públicas (políticas) debe ser reducida, pero especialmente dirigida a los capitalistas del “sistema”, bajo la forma financiera dominante. AdB se pregunta “¿Quiénes son los grandes perdedores de la globalización? Son claramente los Gobiernos y los Estados. Quedaba por ver si la globalización iba a conducir a un debilitamiento de los Estados, o si fue el debilitamiento de los Estados (junto con la desintegración de los valores colectivos del cuerpo social) lo que iba a posibilitar la globalización“.

De hecho, según AdB, de todas las formas posibles de la globalización económica y financiera -por la sencilla razón de que para los liberales el factor económico es necesariamente el elemento dominante de una sociedad de mercado-, sólo la economía entendida como libre confrontación de los intereses de cada uno, está diseñada para regular las relaciones entre los individuos. «La globalización, por lo tanto, debe en primer lugar ser entendida como una interdependencia global y como la interconexión tendencia generalizada con respecto a los mercados. La globalización tiende a integrar los mercados locales en un gran mercado mundial mediante la eliminación de las medidas de protección que disfrutaban anteriormente, y someterlos a la competencia internacional. La globalización, en otras palabras, no es más que el proceso de expansión geográfica e histórica progresista del capitalismo a escala mundial, la expansión planetaria del principio del libre mercado».

Ésta es la novedad: hasta mediados del siglo pasado, la “política” y la ”economía” eran sustancialmente dos partes que iban de la mano. El capitalismo había necesitado del Estado moderno, del poder de la racionalidad y de la legalidad, del monopolio estatal de la decisión política y de su fuerza legítima para ampliar y eliminar los obstáculos al crecimiento. Ahora es el Estado moderno la principal rémora para una mayor consolidación de la economía y, por lo tanto, la soberanía (nacional y popular) y el Estado (demócrata) son los obstáculos esenciales.

Si bien es cierto que la política y la economía, como señaló Julien Freund, son dos esencias, hay tantas posibilidades de someter (o eliminar) la parte política a la económica que a la inversa. Siguiendo a Hauriou y Spengler, la importancia y la percepción de la prevalencia de una sobre la otra, depende de los eventos y períodos históricos. Todo se deriva más de sensaciones comunes de una época que de otros factores “reales” (como las técnicas de producción, medios legales, financieros y recursos económicos). Por un lado, todo esto sugiere un método de lucha y de resistencia a la globalización, de la que el libro de AdB es todo un ejemplo: construir un sentido común diferente, en la periferia de la propaganda y el ruido ensordecedor e insinuante del “sistema”. Por otro lado, si la prevalencia del “dinero”, como escribió Hauriou, es una de las señales de la fase de decadencia de las comunidades humanas, cuando esto sucede en un ciclo ascendente, basado en nuevos fundamentos espirituales, especialmente religiosos, ello puede darnos una cierta esperanza. ¿Es la constatación de que “el fin de la historia” ha llegado, o no es, en todo caso, mas que el final de un ciclo?

De acuerdo con el análisis de AdB, la variabilidad sintomática de la base sociológica de la “nueva globalización” y los pasos intermedios que favorecieron la actual reorganización de una economía internacional en una economía globalizada, son imposibles sin la “desterritorialización” de los sectores, dirigida a la constitución de un mercado global. Desde la llegada de los bancos europeos “universales”, que marcaron el mercado único de servicios financieros. Mediante formas jurídicas que implican la posibilidad de que las entidades financieras se establezcan como estructuras macro-corporativas o cooperativas capitalistas con una “responsabilidad limitada”, irrespetuosas con los Estados particulares. Pero AdB no otorga una sola interpretación del proceso, porque todo hace indicar la existencia de diferentes tipos de globalización con el apoyo de los fundamentos del capitalismo: tales como la globalización tecnológica, cultural y social que, a partir del siglo pasado, han socavado los cimientos de los Estados soberanos y provocado una nueva soberanía económica, cultural y militar.

Es la pesadilla de un mecanismo vicioso inclinado a la libre capitalización de las macro-corporaciones financieras y bancarias, a través de la deuda de los Estados miembros de la Unión Europea. Un buen truco para malgastar los escasos recursos económicos de los Estados europeos, acelerando la marcha hacia la “miseria”, aunque la camuflen bajo el manto de la “austeridad”. ¿No será una primera aproximación a una forma de proteccionismo europeo dirigida a una re-nacionalización de los bancos? Impensable retorno: los Estados europeos han perdido la posibilidad –y lo que es más grave, la legitimidad- para pedir dinero prestado a sus bancos centrales, viéndose forzados a financiarse y capitalizarse acudiendo a los anónimos prestamistas privados. En medio de esta locura de planeada austeridad y deuda infinita, los Estados europeos se verán obligados a contraer deuda, sujetos a las tasas más altas de los bancos acreedores para otorgar el elemento vital de una difusa unión supra-europea.

AdB ve una salida en su conjunto, una desaceleración gradual del hipnotismo reverencial hacia las altas finanzas especulativas, siempre dispuestas a intervenir cuando la voluntad de los gobiernos está del lado de la “financiarización de lo irreal” y del máximo beneficio obtenido a través de la excesiva presión impositiva a los ciudadanos para reducir los déficits públicos. Hay que guardar una prudente distancia con las leyendas y mitos del sistema neoliberal. Porque la ideología de la globalización continúa beneficiándose de los réditos del capitalismo moderno, con una sola misión: destruir la capacidad de protección de los “espacios públicos definidos” y de sus recursos mediante la acción de un principio de libre comercio que propugna un “crecimiento económico a propulsión”, reduciendo aquellos espacios públicos de decisión a la incierta virtualidad de un “espacio de flujos despolitizado”.

AdB cita en su libro al economista y ensayista Hervè Juvin, según el cual las grandes compañías (mercantiles, financieras) tratan de llevar la política liberal hacia la abstracción del sujeto de derecho, despojándole de todo lo que hace al individuo un ser de carne y hueso, con un pasado, unos orígenes, una tierra y una historia, para que sea fluido, líquido, móvil… indefinidamente. En este sentido, “la cultura-mundo es realmente una negación de la condición humana“.

Se pregunta el pensador francés si, dada la última fase contra la regulación del flujo de capitales y mercancías, a expensas del empleo, de las actividades productivas y en favor de la reubicación y la deslocalización, la culpa es realmente de la moneda única y de la incapacidad para discernir la realidad de la ficción de la salida del euro. O, tal vez, la responsabilidad recae en los que, como representantes del pueblo, siguen vendiendo la soberanía a una velocidad en la que Ezra Pound situaba el nacimiento del sistema moderno, construido para imponer la esclavitud de la deuda infinita. El Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) entre la Unión Europea y los EE.UU., confirma su voluntad de establecer la mayor zona de libre comercio diseñada para absorber en su interior a más de ochocientos millones de consumidores.

Este proyecto llegó a su fin gracias a los esfuerzos de club financiero y liberales, destinado a facilitar la libertad de crédito multinacional, las altas finanzas, el comercio y la inversión, libres de vagar a voluntad por la inmensidad de oportunidades puestas a su disposición; sin estar sujetos a los requisitos aduaneros y aprovechando la desregulación del mercado; a expensas de sufrir un proceso de occidentalización de las teorías neoliberales de la “Escuela de Chicago” trasplantadas a la Unión Europea. Y como hubiera dicho Dominique Venner: ¿Qué hacer? No vamos a disfrutar por mucho tiempo, de acuerdo con AdB, de “la protección de los ciudadanos, de opciones socio-culturales, realidades históricas y geográficas, idioma, tradiciones“, antes de que se estabilice esta dinámica destructiva, única y contraria a nuestra autoctonía. Pero AdB es optimista: todavía hay tiempo para recuperar la soberanía concedida a los “representantes de los pueblos” y detener la transferencia de nuestra identidad. Ante todo, hay que evitar la confusión de un espejismo similar al que se produjo en las últimas décadas del siglo pasado, cuando la vida de los europeos estaba llena de certezas, eso sí, dictadas por los demás, aun a expensas de la pérdida de nuestros propios sueños.

Fuente: El Espía Digital

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