Una teoría de la modernidad

JOSE ALSINA CALVES
por José Alsina Calvés – Este artículo nace de un estudio y reflexión en torno a la Cuarta Teoría Política (en adelante CTP) desarrollada por el filósofo y sociólogo ruso Alexander Dugin. La CTP se plantea como una alternativa global a la modernidad, siendo el liberalismo su representante más significativo, así como la actual implosión posmoderna, representada por el neoliberalismo. Pretendemos profundizar en el concepto de modernidad, sus características, sus raíces culturales e ideológicas y sus tensiones internas. La cuestión de la posmodernidad la dejaremos para otros trabajos.

Comenzaremos por un intento de definición de la modernidad, después buscaremos sus raíces lejanas en la historia de las ideas y de las instituciones, y finalmente estudiaremos su génesis y constitución.

Hacia una definición de la modernidad

Para nosotros la modernidad es un periodo de la historia de la humanidad occidental, que se inicia en el siglo XVII y termina con la implosión y caída de la Unión Soviética. A partir de este momento empieza la posmodernidad y la globalización.

La modernidad viene definida por tres factores fundamentales:

  1. La Revolución Científica y el nacimiento de la tecnología moderna
  2. El liberalismo político y su reverso económico, el capitalismo.
  3. La génesis del Estado Nación

Revolución Científica y tecnología

La Revolución Científica es un hecho cultural sin precedentes, que acontece a lo largo del siglo XVII, y cuyos principales protagonistas son Descartes, Galileo y Newton. Significa el nacimiento de una nueva ciencia, distinta de la renacentista y de la aristotélica, representada básicamente por la física y cuyo paradigma fundamental es el mecanicismo. El universo entero es interpretado como una gran máquina, que funciona según las leyes mecánicas. Son abandonados los antiguos paradigmas, el renacentista basado en la magia, y el aristotélico, basado en el organicismo.

Tal como ha mostrado Kuhn [1] el desarrollo de la ciencia no es un proceso lineal, sino que funciona a través de una serie de rupturas o revoluciones científicas, a través de las cuales un paradigma es sustituido por otro. El nuevo paradigma no se caracteriza únicamente por ofrecer “más” conocimiento, sino además un conocimiento diferente. Aunque ha habido muchas revoluciones científicas, la del siglo XVII es una de las que ha tenido mayor impacto cultural [2], pues va a nacer asociada a una revolución tecnológica de considerables proporciones.

La filosofía mecanicista, que nace con Descartes, al considerar todo el universo como una inmensa máquina, legitima la voluntad humana de poner a la naturaleza al servicio del ser humano y de sus necesidades. La física no solamente da una explicación coherente y unificada de todo cuanto nos rodea, sino que proporciona las técnicas y los saberes que van a hacer posible la Revolución Industrial.

Liberalismo y capitalismo

El liberalismo, antes de plasmarse en acontecimientos históricos concretos (como la fundación de los Estados Unidos o la Revolución Francesa) y dar lugar a regímenes políticos es desarrollado teóricamente por una serie de pensadores, todos ellos anglosajones, como Locke, Hume, Bacon, y Smith. El liberalismo toma al individuo como sujeto político, lo supone sujeto a unos derechos inalienables por el mero hecho de existir y lo supone también sometido a estímulos económicos, dispuesto siempre a actuar para maximizar sus beneficios.

El liberalismo, con su doctrina del laisser-faire , prepara el camino al capitalismo al liberar a las fuerzas económicas de las restricciones del Antiguo Régimen y al desarrollar el derecho a la propiedad privada como uno de los derechos fundamentales no sujeto a ninguna restricción.

Aunque pueda existir economía capitalista sin régimen liberal, el liberalismo es el régimen político en que mejor se desarrolla el capitalismo. En la medida en que el capitalismo ha ido evolucionando, también lo ha hecho el liberalismo, hasta la implosión neoliberal que corresponde al capitalismo en su fase globalizada.

La conjunción de liberalismo político y tecnología hicieron posible la Revolución Industrial.

El Estado Nación

Es la concreción característica del liberalismo y el capitalismo en sus orígenes. Es un conjunto de individuos que se “constituye” en nación en virtud de un “pacto social”. El Estado Nación se caracteriza por su centralismo y por la construcción de un mercado único, así como por su voluntad política de eliminar cualquier fuero, privilegio o diferencia cultural de las distintas regiones que los constituyen.

Hay que señalar que no todo nacionalismo remite al Estado Nación. Así cuando Charles Maurras define la Nación como “tierra de los muertos”, está defendiendo una idea de Nación diferente, en cuanto remite a unos ancestros, a una historia y a un colectivismo que poco tienen que ver con el liberalismo.

La globalización posmoderna del capitalismo ha provocado la crisis del Estado Nación.

Las raíces de la modernidad

El método que seguiremos para rastrear las raíces lejanas de la modernidad no es marxista. Según esta filosofía de la historia son las condiciones de producción (infraestructuras) son las que determinan los regímenes políticos (estructuras) y estas a su vez determinan las ideas, el arte, la religión y la cultura en general (superestructuras). Aunque en ocasiones esto pueda haber sido así, en los orígenes de la modernidad observamos todo lo contrario: los cambios culturales e ideológicos provocaron cambios políticos, y todo es su conjunto determinó cambios en las condiciones de producción. Como ha demostrado Max Weber [3] antes de que existiera el capitalismo ya existía una mentalidad y un “ethos” capitalista.

Cuando buscamos las raíces lejanas o antecedentes de la modernidad, nos encontramos básicamente con cambios de tipo religioso. Esto demuestra la importancia y trascendencia de las concepciones religiosas del mundo. Estas raíces lejanas de la modernidad son en primer lugar la aparición del cristianismo, y en segundo lugar la reforma protestante.

El cristianismo

La aparición del cristianismo no es solamente la aparición de una religión nueva, sino de una manera distinta de enfocar la religiosidad, y por tanto la aparición de una nueva teología, de una nueva antropología y de una nueva idea del tiempo y de la historia. Como ha demostrado Alain de Benoist, la gran diferencia entre el cristianismo y las religiones paganas no es tanto el paso del politeísmo al monoteísmo (en el catolicismo y el cristianismo ortodoxo, el politeísmo sigue presente en el culto mariano y en los santos) sino en la aparición de un Dios creador, absolutamente distinto de la criatura y totalmente “otro”.

Además el cristianismo introduce una nueva antropología, la antropología igualitaria. Todos los hombres son hermanos, todos son hijos de Dios y todos comparten una identidad fundamental en derechos y en dignidad. Cierto es que en el cristianismo esta igualdad se limita al plano religioso, pero la posterior secularización dará paso a la antropología igualitaria de la modernidad.

Finalmente el cristianismo introduce otro parámetro importante: la concepción lineal de la historia frente a la cíclica. La historia, en principio historia sagrada, se inicia en la Creación, después la caída del hombre y el Pecado Original; viene después la Redención y culmina con la segunda vuelta de Cristo, el Juicio Final y, por tanto, el fin de la Historia.

La posterior secularización de esta Historia Sagrada dará lugar a todas las teorías progresistas de la historia, el positivismo, el hegelianismo, el marxismo y El Fin de la Historia de Fukuyama. Cierto es también que en catolicismo y el cristianismo ortodoxo quedan muchos elementos de tipo tradicionalista (algunos de ellos recuperados del paganismo), pero un católico tradicionalista como Ramiro de Maeztu afirma en su libro Defensa de la Hispanidad que el lema de la Revolución Francesa “Libertad, Igualdad, Fraternidad” tiene orígenes cristianos, aunque deformados: Libertad para elegir entre el Bien y el Mal, Igualdad y Fraternidad que derivan del hecho de que todos los hombres son hijos de Dios y todos tienen la misma oportunidad de salvarse o condenarse.

La Reforma protestante

La Reforma protestante, iniciada por Martin Lutero en Alemania, es un hecho fundamental en la historia de la civilización occidental, y un dato imprescindible para entender la modernidad. Hay que entender, en primer lugar, que la Reforma no es un acontecimiento puntual, sino el inicio de un proceso, que va a dar lugar no a una Iglesia Reformada, sino a un número diverso de confesiones, cuyo impacto político, sociológico y cultural va a ser diferente. No es lo mismo el luteranismo alemán que la Iglesia Anglicana o que el calvinismo.

Aquí no podemos hacer un análisis en profundidad de lo que significo realmente la Reforma en los diversos planos: el político, el sociológico, el económico, el cultural e incluso en el científico, pero intentaremos señalar aquellos aspectos más relevantes para una comprensión de la modernidad.

En los inicios de la Reforma, es decir en la obra de Lutero, señalaremos dos puntos importantes:

  • El libre examen de las Escrituras por los fieles
  • El rechazo a la autoridad de la Iglesia

Ambos puntos convergen en una misma dirección: la dirección del individualismo. Cierto es que este individualismo el Lutero se limita al plano religioso, y que otros aspectos de su pensamiento están embebidos en tradicionalismo, pero una de las primeras piedras de la modernidad está ya puesta, y la posterior secularización se encargará de generalizar este individualismo a otros aspectos de la cultura y de la sociedad.

En el luteranismo el individuo está solo frente a una divinidad inescrutable y totalmente “otra”. Carece del apoyo de una Iglesia instituida, y sus propias obras no vales para nada. Solamente la Fe puede salvarle, pero esta Fe debe ser construida a partir de su propia lectura de las Escrituras (libre examen). La única “seguridad” del luterano es el propio convencimiento de que se encuentra en la verdad. Esta “seguridad” subjetiva, posteriormente secularizada, se convertirá en un elemento importante de la metafísica de la subjetividad que caracteriza al pensamiento moderno. Por otra parte, el rechazo a la Iglesia y a sus jerarquías se encuentra en la base de todas las ideologías anti-autoritarias que, en diferentes versiones, pulularan por el cosmos moderno.

La dinámica del “libre examen” hace que inmediatamente aparezcan iglesias diferentes a la luterana. En este sentido es importante la obra del reformador suizo Calvino, que profundiza y radicaliza muchos aspectos del luteranismo. En este sentido lo más importante es la teoría de la predestinación.

La teoría de la predestinación es una radicalización del rechazo luterano de la “salvación por las obras”. El ser humano al nacer ya está predestinado a salvarse o a condenarse en virtud de una decisión inescrutable de la divinidad. Las buenas obras y el éxito profesional y económico no son mérito alguno, sino señal de que se pertenece a los “elegidos”. La teoría de la predestinación tuvo una enorme influencia en el desarrollo del racismo, del capitalismo y de algunos aspectos de la revolución científico-tecnológica. Fue aceptada por otras sectas protestantes (como los pietistas), que han recibido el nombre genérico de “puritanas”.

Otra idea que hicieron suya la mayoría de las confesiones puritanas fue el mito del milenio. Antes del Juicio Final y del fin del mundo habría un periodo de mil años en la Tierra de paz y de prosperidad, donde el desarrollo técnico y económico daría lugar a un auténtico “paraíso en la Tierra”. El Fin de la Historia estaba ya servido.

La influencia del protestantismo (especialmente de las confesiones puritanas) en la aparición del capitalismo y en la revolución tecno-científica del siglo XVII ha sido estudiad por dos autores: Max Weber [4] y Robert K. Merton [5].

Capitalismo y protestantismo

La ya citada obra de Max Weber es una autentico clásico en este sentido, aunque otros autores se han referido a las influencias religiosas en el desarrollo del capitalismo [6]. Para Weber las relaciones entre capitalismo y protestantismo no hay que buscarlas en elementos de tipo teológico, sino en el “ethos” específico que deriva de ellas, y se refiere concretamente a la noción luterana del “Beruf” (Vocación) y a la doctrina puritana de la predestinación.

La doctrina del Beruf se relaciona con el rechazo del luteranismo de todo ascetismo extramundano, particularmente de la vida monástica. El cristiano no tiene derecho a apartarse del mundo, sino que debe vivir y trabajar en él, y hacer todo lo posible para mejorar las condiciones de vida de si mismo y del prójimo. Ello solo se consigue a través del trabajo y de la práctica de una profesión. De esta manera la práctica de una profesión a la que es llamado (Vocación) adquiere una dimensión religiosa.

La doctrina de la predestinación se configura como un elemento fundamental en la génesis del “ehtos” capitalista que, para Weber, es anterior a la aparición del capitalismo. Aunque podría parecer que esta doctrina lleva al quietismo y al fatalismo, ello no es así. El puritano está obsesionado en saber si está entre los elegidos, y, como el éxito profesional y económico se interpreta como una señal de la gracia divina, todos se esfuerzan en obtenerlo.

Además la ética puritana es una ética de austeridad. La combinación de aplicación en el trabajo y austeridad produce ahorro y acumulación de capital. Aunque tal como ha sostenido Daniel Bell [7] el posterior desarrollo del capitalismo dio lugar a una ética hedonista, provocada por la necesidad de estimular el consumo masivo, es evidente que la ética puritana del trabajo y del ahorro fue fundamental para la gestación del “ethos” capitalista.

Puritanismo y revolución tecno-científica

Robert K. Merton, en su obra ya citada, desarrolla la tesis de que los valores puritanos tuvieron una influencia fundamental en la creación de un ambiente favorable al desarrollo de la ciencia en la Inglaterra del siglo XVII. Sin embargo hay que hacer una matización importante: estos valores puritanos no solamente influyeron en el prestigio social de la ciencia, sino que determinaron un tipo de ciencia determinada.

Contrariamente a lo que se cree habitualmente, en la Edad Media también se hizo ciencia. Pero esta ciencia medieval, independientemente de los contenidos y de los conocimientos concretos, parte de una actitud totalmente distinta del hombre ante la naturaleza. La ciencia medieval, heredera de la aristotélica, es una ciencia contemplativa, totalmente desligada de los intereses prácticos, del control y del dominio. El Renacimiento (siglos XV y XVI) inaugura una nueva actitud: las corrientes neoplatónicas traen consigo una serie de “ciencias” nuevas: la astrología, la alquimia, la teúrgia, la adivinación. Con ellas el ideal ya no es el conocimiento “per se”, sino el control y el dominio [8].

El siglo XVII, con Descartes primero y Newton después, instaura un paradigma mecanicista, que rechaza absolutamente las ideas renacentistas, pero que mantiene el ideal de control y de dominio de la naturaleza por parte del hombre. Este tipo de ciencia, teorizado por Bacon en La Nueva Atlántida, que busca por encima de todo conocimientos útiles, que mejoren la vida humana, que permitan una mayor control sobre los acontecimientos naturales, es el tipo de ciencia que impulsan los valores puritanos en Inglaterra primero, y en el resto de Europa después. Esta ciencia llega a su máxima expresión con la física de Newton.

Los diversos aspectos de la modernidad

Para intentar entender la modernidad vamos a estudiar cuatro aspectos de la misma: el filosófico, el político, el científico y el económico. Los nexos de unión entre estos cuatro aspectos son la metafísica de la subjetividad y el individuo como sujeto político.

El aspecto filosófico: René Descartes

Con René Descartes se inicia la filosofía moderna. No podemos extendernos sobre la importancia y los matices diversos de la filosofía cartesiana, pero si queremos enfatizar su influencia fundamental en la aparición de la metafísica de la subjetividad.

En su búsqueda de la verdad, o, mejor dicho, de la evitación del error, Descartes aplica su método de la duda metódica a todos los conocimientos, y al final topa con algo que parece evidente, que es indiscutible, la existencia de un “yo” pensante. Por más que este “yo” o sujeto pensante se equivoque hay un hecho indiscutible: para pensar, aunque sea para pensar el error, el sujeto pensante debe existir. Es lo que se resume en la conocida frase “pienso, luego existo”.

A partir de esta verdad descubierta, clara, distinta e indiscutible, Descartes va a elaborar todo su sistema. Hasta Descartes los sistemas filosóficos se fundamentaban en una ontología dogmática, es decir, postulaban explícitamente la existencia de las entidades postuladas en sus teorías. Así ocurría tanto en el aristotelismo como en el naturalismo renacentista. Descartes, en su Tratado del Mundo desarrolla un modelo explicativo que no pretende ser más que un modelo, una fábula o una hipótesis. La ontología cartesiana no es dogmática, sino hipotética.

El mundo aparece des-realizado, carente de peso. No hay nada parecido a un “cosmos”, ni existe un orden real que lo estructure, ni es posible decidir, en última instancia, eso que denominamos realidad.

El gran supuesto del Tratado del mundo y de toda la filosofía cartesiana es la presencia, oculta pero imprescindible, de un sujeto ordenador, de un sujeto que estructura y da una determinada forma a la realidad. La realidad pues, la auténtica realidad, no está en el mundo, ni siquiera en el mundo de las ideas de Platón, la realidad se encuentra en el sujeto. El sujeto emite hipótesis sobre el mundo. No es necesario que las hipótesis sean verdaderas (como van a ser verdaderas si el mundo exterior no tiene realidad), sino que sean útiles para controlar y dominar este mundo exterior.

En la filosofía de Descartes, aparte de otros muchos matices, encontramos dos elementos fundamentales para la génesis ideológica de la modernidad: en primer lugar el subjetivismo que hace pivotar toda ontología en torno al “yo” y por lo tanto a una des-realización del mundo; no hay una realidad objetiva, sino que es el sujeto el que construye esta realidad. En segundo lugar, y en relación con lo anterior, el momento técnico de la nueva ciencia: ya no es tan importante “conocer” como “controlar”, “dominar” o “manipular”. La filosofía de Descartes provoca, a pesar del propio autor, la escisión entre la filosofía y las ciencias particulares, que devienen tecno-ciencia, es decir, conocimientos instrumentales que no buscan el saber, sino el dominio de la “realidad” al servicio del sujeto y sus aspiraciones.

La escisión definitiva se producirá en Kant, con la distinción del conocimiento fenoménico (relativo a los fenómenos) de las ciencias particulares, y el conocimiento sobre el “nuoméno” (la “cosa en sí”) inalcanzable para la ciencia.

El aspecto político: John Locke

Con la excepción de Descartes, todos los grandes ideólogos de la modernidad pertenecen a la cultura anglosajona: Locke, Hume, Bacon, Mill, Newton, Smith, Spencer…Desde el punto de vista político destaca la figura de John Locke, autentico ideólogo del liberalismo clásico, y también del empirismo epistemológico.

La obra más importante de Locke, para el tema que nos ocupa [9], es su Ensayo sobre el Gobierno Civil. En esta obra Locke no pretende impugnar la institución de la monarquía, sino la sanción divina de la misma. Todos los gérmenes ideológicos del liberalismo clásico se desarrollan en la citada obra.

Locke parte de un iusnaturalismo de inspiración cristiana, defendiendo la existencia de una ley natural. Según está ley natural el ser humano posee unos derechos inalienables, uno de los cuales, quizás el más importante, es el derecho a la propiedad. En el inicio encontramos a los seres humanos en el llamado estado natural, el cual no es un estado de salvajismo, sino que cada ser humano sigue la ley natural, posee propiedades y , en caso de conflicto, es juez y parte.

Es precisamente la necesidad de conservar sus propiedades y evitar los abusos por parte de otros lo que hizo que los seres humanos se asociaran y crearan la sociedad civil y el Estado. El individuo cede voluntariamente parte de sus libertades a un gobierno civil a cambio de que este proteja su derecho a la propiedad contra los abusos de otros.

El individuo de Locke no es aun el átomo totalmente aislado de Rousseau. Locke admite que el ser humano viene al mundo en seno de una comunidad familiar que no ha sido creada por consenso, pero el paso del estado natural a la unión que forma la sociedad civil este consenso es indispensable.

En esta primitiva sociedad civil, el gobierno suele ser encomendado a una sola persona, que acostumbra a ser un jefe militar, siendo este el origen de la monarquía, institución que Locke no condena, siempre y cuando quede claro que la autoridad de monarca procede del consentimiento de los súbditos.

Locke habla de una Edad de Oro de la humanidad, en los orígenes de la sociedad civil, en que los dirigentes estaban solamente movidos por el afán de servicio a la sociedad civil. Pero poco a poco el afán de poder y de riqueza hace que estos dirigentes utilicen el poder que se les ha conferido en beneficio propio y en perjuicio de los gobernados. Estos gobernados deben entonces crear instituciones, como los parlamentos, para controlar a los gobernantes y recordarles que su poder procede del consentimiento de los gobernados.

Aunque el pensamiento de Locke es muy moderado, encontramos en el las raíces de lo que más tarde Rousseau y otros pensadores desarrollaran hasta sus últimas consecuencias. Los derechos y libertades de los seres humanos aparecen no como el resultado de un orden político que las hace posibles, sino como entidades preexistentes a este orden político. La asociación voluntaria de individuos es el origen de este orden político.

Como en todas las ideologías surgidas de la secularización del cristianismo (aunque en el caso de Locke esta secularización solamente es parcial) hay en Locke una “edad de oro”, una caída y una redención. La edad de oro no es el estado natural, sino el momento en el cual los gobernantes cumplen con el servicio a los gobernados. La “caída” es cuando estos gobernantes comienzan a aprovecharse de su poder en beneficio propio, e inventan el origen divino de su poder. La redención es el nacimiento del liberalismo político, con su institución del parlamento, para controlar a los gobernantes.

Otro aspecto muy significativo del pensamiento de Locke es su afirmación de que la propiedad es el derecho más importante del ser humano. La conservación de la propiedad y su defensa es lo que impulsa a los seres humanos a asociarse en un cuerpo político. La ciudadanía no viene dada por la pertenencia al cuerpo político, sino que en última instancia la ciudadanía viene dada por la propiedad. De hecho, el gobierno civil que propone Locke es una asociación de propietarios que se unen para defender sus propiedades.

El corolario más inmediato es que el hombre (o mujer) que no tiene propiedades no es un ciudadano, está al margen del consenso civil, pues este se crea básicamente para proteger las propiedades. Esta idea de Locke está en la base del sufragio censitario, que otorgaba el derecho al voto únicamente a partir de un cierto nivel de renta, al considerar que aquellos que no tenían propiedades carecían de intereses que defender.

Con Locke nace pues el liberalismo político. Si con Descartes el individuo o sujeto de había convertido en “creador” de la realidad, con Locke el individuo devine creador de la sociedad política, a la que cede voluntariamente parte de su libertad a cambio de que le garantice la intangibilidad de su propiedad, considerada como derecho más fundamental.

El aspecto científico: Isaac Newton

La figura de Isaac Newton y su obra en el terreno de la física (a la que todavía se llama filosofía natural) resulta clave en la constitución de la modernidad. Esta obra y su influencia hay que considerarla desde diversos puntos de vista.

En primer lugar con Newton se constituye, de forma canónica, el “método científico” o método hipotético deductivo, donde se fusionan corrientes empiristas y racionalistas de la epistemología. Elaboración de hipótesis, confirmación experimental y fundamentación matemática son los tres ejes vertebrales de este método. Este método científico proporcionará las claves para que el ser humano domine y controle el mundo.

Con Newton la física (y más concretamente la mecánica) se convierte en “reina de las ciencias”, el modelo a seguir por todas las demás áreas de conocimiento. Su influencia es notable especialmente en las ciencias sociales que imitan, o buscan imitar los procedimientos matemáticos y experimentales de la física.

En segundo lugar con Newton vemos como la explicación mecanicista del mundo, ya presente en Descartes, llega a su plenitud. Todos los fenómenos naturales pueden explicarse en función del movimiento de las partículas según unas determinadas leyes físicas. Aquí está el origen de la tendencia reduccionista de la ciencia moderna (cuestionada únicamente por algunos biólogos) según la cual la explicación de cualquier nivel de la realidad solo puede realizarse si la reducimos a un nivel inferior: la sociología se reduce a psicología, la psicología a biología, la biología a química, y la química, a su vez, a física de partículas.

El símil de la realidad física explicada únicamente en función del movimiento de las partículas se aplica a la sociedad humana, concebida únicamente como un agregado de individuos. Las teorías sociales y económicas de los ilustrados del siglo XVIII parten del modelo de la física newtoniana y se fundamentan en las interacciones de los individuos. El individuo se convierte en el único sujeto agente de la sociedad.

Aparte de todo esto tenemos otra cuestión fundamental: la física newtoniana proporcionará las bases para el desarrollo tecnológico que hará posible la revolución industrial [10], sin la cual es inconcebible la modernidad. Esta revolución industrial, que se inicia en Inglaterra, va a ser uno de los elementos fundamentales en la génesis de la sociedad moderna: emigración de gran parte de la población del campo a la ciudad donde va a constituir el proletariado urbano; progresiva desaparición del artesano que no puede competir con la producción en cadena; producción masiva de bienes de consumo a precios mucho más baratos; grandes acumulaciones de capital, con tendencia al oligopolio o al monopolio y desarrollo progresivo de la sociedad de consumo, en la cual el marketing y la publicidad se convierte en productores y gestores de los “valores” sociales.

Un último aspecto, quizás menos conocido, es la teoría newtoniana de un tiempo absoluto, cuya influencia va a ser notables en las teorías modernas del tiempo y del sentido de la historia. El tiempo absoluto transcurre con independencia de los sucesos que ocurran en él, y, aunque en principio es compatible tanto con una visión cíclica como lineal del tiempo, la fusión de la idea de tiempo absoluto newtoniana, con la idea de la historia lineal y con sentido propio, procedente de la secularización de la historia sagrada cristina, ha dado lugar a la concepción progresista del tiempo propia de la modernidad.

El aspecto económico: Adam Smith

El año 1776 Adam Smith publicó su obra fundamental: La riqueza de las naciones. Es probablemente el primer tratado de economía política, e indudablemente en primer manifiesto escrito del capitalismo liberal. Con esta obra se cierra el ciclo teórico de la modernidad: Después del individualismo filosófico (Descartes) y del individualismo político (Locke) y contemporáneamente a la teorización del mecanicismo científico (Newton) se teoriza el individualismo económico.

La tesis fundamental de Smith es que la prosperidad y riqueza de las naciones, es decir, el bien del conjunto, es un producto del egoísmo individual y el afán de beneficios de los individuos particulares. La “mano invisible” del mercado pone orden, según Smith, en el caos de los intereses particulares enfrentados y asegura el bien común.

Es especialmente interesante el Capítulo I del Libro Primero, cuando Smith se refiere a la división del trabajo, y teoriza y predice de modo admirable lo que más tarde será el fordismo o producción en cadena.

La obra de Smith va a ser la auténtica Biblia del liberalismo económico clásico o manchesteriano, que preconiza el libre juego de las fuerzas económicas (laisser-faire) con el convencimiento de que el mercado, especie de substituto de la providencia divina va a actuar como una “mano invisible” que proporcionara riqueza y prosperidad para todos y evitará los desequilibrios.

Desarrollo posterior del liberalismo

A lo largo del siglo XVIII un conjunto de pensadores, los llamados Ilustrados, contribuirán al desarrollo teórico del liberalismo: Hume, Mill, Montesquie, Voltaire, Rousseau y otros irán radicalizando las propuestas.

La Revolución Francesa y la Americana crearan el marco político de la modernidad, y la Revolución Industrial, que se inicia en Inglaterra, será la culminación del proyecto moderno. El liberalismo clásico, con su realización política, social y económica es, sin duda, la ideología de la modernidad naciente.

El individuo es su sujeto político. Filosóficamente, es el individuo como sujeto el que construye la realidad; sociopolíticamente es la libre asociación de individuos lo que constituye la sociedad, el gobierno civil y el estado; económicamente, es la combinación de los egoísmos individuales lo que, paradójicamente, construye la prosperidad de todos.

El liberalismo clásico pronto entrará en crisis, pero esta crisis del liberalismo no significa la crisis del proyecto moderno. Otras ideologías, como los fascismos o el comunismo, intentaran arrebatar al liberalismo la consecución del proyecto de la modernidad. Derrotados estos proyectos, el liberalismo, transmutado en neoliberalismo, marcará el tránsito de la modernidad a la posmodernidad. Pero de estos temas ya nos ocuparemos en trabajos posteriores.

[1] Kuhn, T.S. (1978) La estructura de las revoluciones científicas. Mexico, Madrid, Buenos Aires. Ed. Fondo de Cultura Económica.

[2] Solamente la llamada revolución darwinista, a finales del siglo XIX, ha tenido un impacto social y cultural comparable a la del siglo XVII

[3] Weber, M. (1984) L’etica protestant i l’esperit del capitalisme. Barcelona, Ed. 62/Diputació de Barcelona

[4] Obra Citada

[5] Merton, R.K. (1984) Ciencia, tecnología y sociedad en la Inglaterra del siglo XVII. Madrid, Alianza Editorial.

[6] Sombart, W. (1979) El Burgués. Madrid, Alianza Editorial. Ver también Alsina Calvés, J. (2013) Ramiro de Maeztu: del regeneracionismo a la contrarrevolución. Barcelona, Ediciones Nueva República.

[7] Daniel Bell (1977) Las contradicciones culturales del capitalismo. Madrid, Alianza Editorial

[8] Salvio Turró (1985) Descartes. Del Hermetismo a la nueva ciencia. Barcelona, Ed. Anthropos

[9] Desde el punto de vista epistemológico habría que citar su Ensayo sobre el entendimiento humano, pero este es otro tema.

[10] Elena, A. y Ordoñez, J. (1998) “De la Revolución Científica a la Revolución Industrial: la dimensión tecnológica del newtonianismo”. En Elena, A., Ordoñez, J. y Colubi, M. Después de Newton: ciencia y sociedad durante la primera revolución industrial. Barcelona, Ed. Anthropos.

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