El mundo entra en una nueva época de multipolaridad

RUSIA
por Konstantín Kosachov* – Este año la humanidad celebra el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial. Todo lo que sucedió hace cien años debido a las contradicciones dentro de una misma civilización provocó millones de muertes en todo el mundo, a pesar de que parecía que parecía que se había alcanzado en aquel momento un alto nivel de entendimiento mutuo y progreso.

El alto potencial cultural e intelectual de la civilización europea no pudo evitar tampoco la Segunda Guerra Mundial, entre cuyas principales causas figuraba la teoría xenófoba de la superioridad de una raza que invadió las mentes de una de las naciones más desarrolladas de Europa.

De la Segunda Guerra Mundial nació inmediatamente la guerra fría. Hace un cuarto de siglo desaparecieron las bases ideológicas para su continuación, se disolvió el bloque de estados socialistas y cayó la Unión Soviética.

Sin embargo, los antiguos antagonistas de este bloque no siguieron este ejemplo y no sólo mantuvieron, sino que incluso reforzaron y ampliaron sus infraestructuras políticas y militares. Del mismo modo se mantuvieron los requisitos para la reanudación de los conflictos y contradicciones en el continente euroasiático, algo que comenzó a manifestarse inevitablemente en los acontecimientos de las últimas décadas, desde la guerra en la antigua Yugoslavia hasta el actual conflicto ucraniano.

Occidente empleó una política de contención contra la Unión Soviética, un país multinacional y multicultural, durante la guerra fría. Pero la Unión Soviética ya no existe. Tampoco hay razones para continuar la guerra fría. Sin embargo, no ha aparecido una política cualitativamente nueva de Occidente respecto al país heredero de la URSS, es decir, la Rusia moderna.

Podría haberse llevado a cabo una política del compromiso. Pero Occidente no pudo evitar la tentación de aprovecharse de los frutos de la “victoria” en la guerra fría. Una victoria ficticia, cabe decir, ya que el fin de la guerra fría fue resultado de los esfuerzos de todos sus participantes.

De todos modos, fueron a por los países más pequeños y dividieron al mundo entre “amigos” y “enemigos”. Les hicieron escoger entre una elección engañosa: “¿Con nosotros o contra nosotros?”. Primero sucedió con Polonia o Bulgaria, más tarde con Georgia o Moldavia, ahora Ucrania, y más tarde podría llegar el turno a Bielorrusia y Kazajistán…

¿Y Rusia? ¿Tiene Occidente una estrategia “rusa”? ¿Una estrategia precisamente? ¿Seguida de una estrategia europea, una estrategia euroasiática, una estrategia mundial? No, no la tiene. Ni la ha tenido. Porque si la hubiera tenido, nosotros, como en su momento Francia y Alemania, que formaron la actual Unión Europea, nos habríamos concentrado en aquello que nos une y no en aquello que nos separa. Pero la experiencia de las últimas dos décadas demuestra que cuando se trata de la política respecto a Rusia, el acento se hace sobre las diferencias y no sobre los aspectos unificadores.

Si queremos llamar a las cosas por su nombre, debemos reconocer que Occidente se está arriesgando a perder a Rusia haciendo “nuevos aliados” a lo largo del perímetro de sus fronteras. Y este es un importante error geopolítico de Occidente, ya que, aunque Rusia no sufrirá unas consecuencias demasiado graves, las relaciones de asociación y la cooperación a nivel global dejarán de existir.

Hasta que no estemos juntos, no podremos hablar de la victoria sobre terrorismo.

No podremos hablar de la victoria sobre la amenaza del narcotráfico.

No podremos hablar de la resolución de los problemas energéticos.

No podremos hablar de la resolución de los problemas de los recursos.

No podremos hablar de la resolución del problema del agua potable.

No podremos hablar de la resolución del problema del desarrollo sostenible.

En Occidente se intenta presentar la situación en Ucrania como una consecuencia de los deseos imperialistas de Rusia, que amenazan a sus países vecinos. Sin embargo, esta simplificación de la crisis no ayuda de ningún modo a la búsqueda de vías para su resolución.

Las verdaderas causas de los trágicos acontecimientos en Ucrania consisten, ante todo, en el intento de presentar el conflicto interno en este país como la consecuencia de una especie de contradicción de valores entre los pueblos, seguida de la aparición de una nueva división de estos pueblos entre los “legítimos” (que tienen derecho a defender sus valores) y los “ilegítimos”. De hecho, detrás de los conflictos que se intentan presentar como problemas interétnicos, a menudo existen problemas económicos y sociales. Estos están relacionados con las actuales diferencias existentes en el nivel de vida, el desarrollo nacional, la distribución de la riqueza y el destino de los recursos globales.

En el caso de Ucrania, todos estos problemas se han visto agudizados por el deseo de los nacionalistas de ignorar las tradiciones históricas, nacionales y culturales de su propio país, de dividir a este entre “amigos” y “enemigos”, y de convertirlo más tarde en un país sólo para los ucranianos. Las consecuencias inevitables de esta política varían desde la represión física de los ciudadanos que no están de acuerdo con ella hasta una guerra civil a gran escala que, por otra parte, ha sido posible en primer lugar gracias al imprudente apoyo que los nacionalistas ucranianos reciben desde fuera.

El ejemplo ruso, por el contrario, demuestra que la coexistencia de distintas razas, culturas y religiones en el marco de un único estado durante siglos es perfectamente posible. La historia de Rusia a grandes rasgos es la historia del diálogo de las civilizaciones. No siempre se ha desarrollado de forma ideal, pero ha sabido encontrar unos modelos de coexistencia en nombre de un bien común, lo cual hace de su experiencia un caso único y merecedor de ser estudiado.

Es posible que fuera debido a sus particularidades nacionales que Rusia nunca ha sido una potencia colonial sino que, antes al contrario, ha contribuido considerablemente al hundimiento de los sistemas colonialistas en el mundo.

Rusia sigue dispuesta a aportar su grano de arena al desarrollo del diálogo de las civilizaciones porque no ve una alternativa posible. Mejor dicho, porque es consciente de que los escenarios propuestos hasta ahora como alternativa (en particular, los mecanismos de un liderazgo unipolar) han demostrado ser callejones sin salida e incluso medidas peligrosas.

La humanidad está entrando, aunque no sin dificultad, en una época de multipolaridad práctica. Es hora de prepararse para ello y no quedarse anclado a las recetas del pasado.

*Director de Rossotrúdnichestvo.

Fuente: RBTH

Extraído: El Espía Digital

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