Discurso de Vladimir Putin en el club Valdai

VLADIMIR PUTIN

por Vladimir Putin – Sochi (Rusia), 24-10-2014.

Estimados colegas, señoras y señores, queridos amigos: es un placer darles la bienvenida a esta XI conferencia del club de discusión “Valdai”.

Ya se ha dicho aquí que este año en el club hay nuevos coorganizadores, entre ellos organizaciones no gubernamentales rusas, grupos de expertos y grandes universidades. Además se ha expresado la idea de ampliar la discusión para incluir no sólo la problemática rusa sino también cuestiones de política y economía globales.

Espero que estos cambios organizativos y de contenido refuercen las posiciones del club como un importante foro de discusión y de reunión de expertos. Con ello espero que el así llamado espíritu de Valdai pueda mantenerse: su libertad, apertura, posibilidad de expresar las más distintas opiniones y con ello las opiniones sinceras.
En este sentido quiero decirles que no les voy a decepcionar, voy a hablar clara y sinceramente. Algunas cosas pueden parecer duras. Pero si no habláramos directa y sinceramente de lo que realmente pensamos no tendría sentido reunirnos en este formato. Sería mejor, en tal caso, mantener los encuentros diplomáticos donde nadie dice nada en un sentido claro y real y, recordando las palabras de un famoso diplomático, caer en la cuenta de que los diplomáticos tienen lenguas para para no decir la verdad.

Nos reunimos aquí con otros objetivos. Nos reunimos para hablar sinceramente. Necesitamos la franqueza y dureza de las valoraciones hoy no para atacarnos mutuamente sino para intentar ir a fondo y entender qué es lo que en realidad sucede en el mundo, por qué es menos seguro y menos previsible, porqué por los riesgos crecen por doquier.

El tema del encuentro de hoy, de las discusiones que han tenido lugar se ha denominado “¿Nuevas reglas de juego o juego sin reglas?”. En mi opinión este tema, esta formulación, describe muy exactamente el histórico punto de inflexión en que nos encontramos y la elección que todos tendremos que hacer.

La tesis de que el mundo contemporáneo está cambiando muy rápidamente, por supuesto, no es nueva. Y sé que ustedes han hablado de ello en el curso de la discusión de hoy. Es cierto, es difícil no darse cuenta de las dramáticas transformaciones en la política global, en la economía, la vida social, en la esfera de las tecnologías sociales, de la información, de la producción.

Les pido disculpas desde ahora si repito lo expresado por algunos participantes en este foro. Es difícil evitarlo, ustedes han hablado en detalle, pero voy a expresar mi punto de vista, que puede coincidir o ser distinto de lo dicho por los participantes del fórum.

No olvidemos, al analizar la situación actual, las lecciones de la Historia. En primer lugar los cambios en el orden mundial -y los sucesos que estamos viendo hoy día son eventos de esta escala-  por regla general fueron acompañados si no por una guerra global o por choques globales, por una cadena de intensivos conflictos de carácter local. En segundo lugar, la política mundial es sobre todo acerca del liderazgo económico, cuestiones de la guerra y la paz, y la dimensión humanitaria, incluyendo los derechos humanos.

En el mundo se han acumulado numerosas contradicciones. Y debemos preguntarnos sinceramente unos a otros si disponemos de una red de seguridad confiable. Por desgracia no hay garantías de que el sistema existente de seguridad global y regional pueda protegernos de graves turbulencias. El sistema ha sido seriamente debilitado, fragmentado y deformado. Las instituciones internacionales y regionales de relaciones económicas, políticas y culturales viven tiempos difíciles.

Sí, muchos mecanismos de garantía del orden pacífico se crearon hace bastante tiempo, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial sobre todo. Permítanme subrayar que la solidez de este sistema se basaba no solo en el balance de fuerzas y en el derecho de los vencedores, sino también en que los “padres fundadores” de este sistema de seguridad se relacionaban respetuosamente unos con otros, no intentaban apretar o aplastar a los otros sino que trataban llegar a acuerdos.

Lo importante es que este sistema necesita desarrollarse, y a pesar de todos sus defectos necesita ser capaz de contener los problemas mundiales existentes dentro de ciertos límites y de regular la intensidad de la natural competencia entre países.

Estoy seguro de que no podemos tomar este mecanismo de pesos y contrapesos que construimos a lo largo de las décadas pasadas con tanto esfuerzo y dificultades y destruirlo sin construir algo en su lugar. En tal caso no habría instrumentos salvo la fuerza bruta. Lo que necesitamos hacer es llevar a cabo una reconstrucción racional y adaptarlo a las nuevas realidades del sistema de relaciones internacionales.

Sin embargo los Estados Unidos, que se han declarado a sí mismos vencedores de la Guerra Fría, han pensado que no había ninguna necesidad de ello. Y en lugar de establecer un nuevo balance de poder, condición indispensable del orden y estabilidad, al contrario, han dado pasos que han llevado al sistema a una aguda y profunda desestabilización.

La Guerra Fría terminó. Pero no lo hizo con una declaración de “paz” mediante acuerdos comprensibles y transparentes de observancia de las normas y estándares existentes o de creación de unos nuevos. Esto creó la impresión de que los así llamados “vencedores” en la Guerra Fría decidieron presionar los eventos y rediseñar al mundo  de tal suerte que sirviera para satisfacer sus necesidades e intereses. Y si el sistema existente de relaciones internacionales, el derecho internacional y los pesos y  contrapesos en operación entorpecían el logro de estos objetivos, entonces el sistema era denunciado como inválido y anticuado y promovían su inmediata demolición.

Perdón por la analogía, pero así se comportan los nuevos ricos, que de repente obtienen una gran riqueza, en este caso en forma de dominación mundial, liderazgo mundial. Y en lugar de, con esta riqueza, comportarse sabiamente y con cuidado, incluso claro está, en su propio beneficio, pienso que han hecho muchos disparates.

Ha comenzado un periodo de diferentes interpretaciones y deliberados silencios en la política mundial. Bajo la arremetida del nihilismo legal el derecho internacional ha venido retrocediendo paso a paso. La objetividad y la justicia han sido sacrificadas en el altar de la conveniencia política. Las normas jurídicas han sido sustituidas por interpretaciones arbitrarias y valoraciones sesgadas. Además, el control total de los medios de comunicación globales ha permitido hacer pasar lo blanco por negro y lo negro por blanco.

En las condiciones de dominio de un país y sus aliados -o por decirlo de otra manera, sus satélites- la búsqueda de soluciones globales se ha convertido muy a menudo en una tentativa de imponer sus propias recetas universales. Las ambiciones de este grupo han crecido tanto que las políticas que ellos acuerdan en los corredores del poder las presentan como si fueran la opinión de toda la comunidad internacional. Pero eso no es así.

El propio concepto de “soberanía nacional” para la mayoría de los países se ha convertido en algo relativo. En esencia, se propuso la siguiente fórmula: cuanto mayor sea la lealtad al solo centro de poder mundial tanto mayor será la legitimidad de este o aquel régimen de gobierno.

Luego tendremos una discusión libre, y con mucho gusto contestaré a las preguntas y me gustaría también ejercer mi derecho para hacer preguntas. Pero en el curso de esta discusión traten de refutar la tesis que acabo de formular.

Las medidas contra los que se rehúsan a someterse son bien conocidas y han sido probadas muchas veces. Incluyen el uso de la fuerza, presión económica y propagandística, injerencia en asuntos internos, apelación a cierta legitimidad “supralegal” cuando hay que justificar una solución ilegal en este o aquel conflicto y el derrocamiento de regímenes molestos. En los últimos tiempos hemos sido testigos de un chantaje abierto en contra determinados líderes. No en vano el llamado “gran hermano” gasta miles de millones de dólares en mantener a todo el mundo, incluidos sus aliados más cercanos, bajo vigilancia.

Hagámonos la pregunta de hasta qué punto vivimos confortablemente, seguros y felices en un mundo así, hasta qué punto es justo y racional. ¿Puede ser que no tengamos motivos verdaderos para preocuparnos, discutir, o formular preguntas incómodas o torpes? ¿Puede ser que la excepcionalidad de los Estados Unidos, tal y como ellos ejercen su liderazgo, sean realmente una bendición para todos nosotros, y que su continua injerencia en los asuntos de todo el mundo esté trayendo paz, prosperidad, progreso, crecimiento, democracia y simplemente tengamos que relajarnos y gozar?

Me permito decir que no, que absolutamente este no es el caso.

El dictado unilateral y la imposición de los propios modelos produce el efecto contrario: en vez de solucionar los conflictos, estos escalan en intensidad; en vez de estados soberanos y estables vemos la creciente diseminación del caos; y en vez de democracia, el apoyo a un muy dudoso grupo que va desde  los neofascistas hasta el radicalismo islámico.

¿Y por qué apoyan a esta gente? Porque los utilizan en alguna etapa como instrumento para lograr sus fines, después se queman  sus dedos y se echan hacia atrás. No dejo de sorprenderme cuando veo que nuestros socios una vez tras otra caen en el mismo agujero, es decir, cometen el mismo error una y otra vez.

En su tiempo financiaron movimientos islamistas extremistas para luchar contra la Unión Soviética. Esos grupos adquirieron experiencia de combate en Afganistán y de allí luego salieron el Talibán y Al Qaeda. Occidente, si no les apoyó, al menos cerró los ojos, y yo diría que aportó información y apoyo político y financiero a la invasión  de los terroristas internacionales a Rusia (no hemos olvidado esto) y a los países de Asia Central. Solo tras los horribles  ataques cometidos en Estados Unidos se despertaron ante la amenaza común del terrorismo. Recuerdo que entonces fuimos los primeros en apoyar al pueblo de los Estados Unidos de América, reaccionamos como amigos y socios en esta terrible tragedia del 11 de septiembre.

Durante mis conversaciones con líderes europeos y de los Estados Unidos siempre hablo de la necesidad de una lucha conjunta con el terrorismo, como tarea global. En esta tarea no podemos rendirnos y resignarnos ante la amenaza; tampoco podemos dividirla en partes separadas, usando dobles raseros. Al principio estuvieron de acuerdo con nosotros, pero al poco tiempo todo volvió a ser como antes. Primero la operación militar en Irak, y luego en Libia. Este país, por cierto, quedó al borde de la disolución. ¿Por qué  Libia fue empujada a esa situación? Ahora está en peligro de destrucción total y se ha convertido en un campo de entrenamiento de terroristas. Solo la voluntad e inteligencia de la actual dirección en Egipto ha permitido a este crucial país árabe salir del caos y el dominio total del extremismo. En Siria, como en otros tiempos, los Estados Unidos y sus aliados comenzaron a financiar y armar directamente a los rebeldes y permitiéndoles engrosar sus filas con mercenarios de distintos países. Permítanme preguntar ¿de dónde obtienen estos rebeldes el dinero, las armas y los especialistas militares. ¿De dónde viene todo esto? ¿Por qué el Estado Islámico se ha convertido en un grupo tan poderoso, una fuerza esencialmente armada?

En lo referente a la financiación, hoy el dinero no proviene solo de  los ingresos por drogas cuya producción, por cierto, ha aumentado en varios órdenes de magnitud, y no solo un pequeño porcentaje  durante la presencia de las fuerzas internacionales en Afganistán. Ustedes saben esto, por supuesto. La financiación proviene también de la venta de petróleo, su extracción y transporte en territorios controlados por los terroristas. Lo venden a precios de dumping, y hay alguien que se los compra, lo revende, gana dinero con ello sin pensar en que está financiando a los terroristas que tarde o temprano vendrán a su territorio y sembrarán la muerte en su país.

¿Y los reclutas, de dónde vienen los nuevos reclutas? En Irak como resultado del derrocamiento de Sadam Hussein las instituciones estatales, incluido el ejército, quedaron en ruinas. Entonces dijimos: tengan mucho, mucho cuidado.  Ustedes están mandando a esa gente a las calles. ¿Qué van a hacer? No olviden que –justamente o no- ellos estaban en posiciones de mando de una potencia regional relativamente grande. ¿En qué los están convirtiendo ahora?

¿Qué sucedió? Que decenas de miles de soldados y oficiales, antiguos activistas del partido Baaz, arrojados a la calle, se unieron a las filas de los rebeldes. ¿Puede ser que ahí esté la clave de la efectividad del  Estado Islámico, o ISIS? Actúan de una manera muy efectiva desde el punto de vista militar, son gente muy profesional. Rusia ha advertido en repetidas ocasiones sobre el peligro de acciones armadas unilaterales, las injerencias en los asuntos de estados soberanos, y el flirteo con grupos extremistas y radicales. Hemos insistido en la necesidad de incluir a los grupos que luchan contra el gobierno central de Siria, incluido el ISIS, en la lista de organizaciones terroristas. ¿Cuál ha sido el resultado? Ninguno. Hemos hecho esa apelación en vano.

A veces tenemos la impresión de que nuestros colegas y amigos luchan constantemente contra los resultados de su propia política, dedican sus esfuerzos a luchar contra los riesgos que ellos mismos han creado, pagando por ello un precio cada vez mayor.

Estimados colegas. Este periodo de dominación unipolar ha demostrado claramente que el dominio de un solo centro de poder no lleva al aumento de la gobernabilidad de los procesos globales. Al contrario esta endeble construcción ha mostrado su incapacidad para luchar contra amenazas tales como los conflictos regionales, el terrorismo, el narcotráfico, el fanatismo religioso, el chauvinismo y el neonazismo. Al mismo tiempo el unipolarismo ha abierto un ancho camino para un  hipertrofiado orgullo nacional, manipulando a la opinión pública para consentir que el fuerte acose y suprima al más débil.  Esencialmente el mundo unipolar es simplemente un medio para justificar la dictadura sobre los pueblos y los países. El mundo unipolar se convirtió en algo demasiado incómodo, una carga demasiado pesada e inmanejable incluso para su autoproclamado líder. Se han escuchado aquí comentarios sobre ello y yo estoy totalmente de acuerdo con lo que aquí se dijo. De ahí vienen los actuales intentos, ya en una nueva etapa histórica, de recrear algo parecido a un mundo cuasibipolar como un modelo conveniente de perpetuación del liderazgo americano. Es irrelevante quien ocupa el lugar del “centro del mal” en la propaganda americana, el  viejo lugar de la URSS como el principal adversario. Podría ser Irán, como país que intenta acceder a tecnología nuclear; China como primera economía del mundo; o Rusia como superpotencia nuclear.

Hoy día vemos de nuevo intentos de fragmentar el mundo, trazar nuevas líneas de división, establecer coaliciones no creadas “a favor de” sino en “contra de” quien sea, crear de nuevo la imagen de un enemigo, como se hizo durante la Guerra Fría, y conseguir el derecho al liderazgo, o si lo prefieren, el derecho dictar condiciones. Así es como se trataba la situación durante la época de la Guerra Fría, todos lo sabemos y comprendemos. A sus aliados los Estados Unidos siempre les decían: “tenemos un enemigo común, un rival terrible, es el centro del mal y los estamos defendiendo de él. Por ello tenemos derecho a dirigirlos, obligarlos a sacrificar sus intereses políticos y económicos y hacerlos pagar su cuotaparte de los costos de esta defensa colectiva, pero naturalmente nosotros seremos quienes estarán a cargo de todo eso.” En una palabra, hoy en un mundo nuevo y cambiante es otra vez evidente el intento de reproducir estos modelos habituales de dirección y manejo global para garantizar la excepcional posición de Estados Unidos y   cosechar dividendos políticos y económicos.

Pero estos intentos están crecientemente divorciados de la realidad y en contradicción con la diversidad del mundo e indefectiblemente crearán enfrentamientos y reacciones de respuesta que finalmente tendrán el efecto contrario al anhelado. Todos vemos lo que sucede cuando la política se mezcla imprudentemente con la economía y la lógica de las decisiones racionales cede su lugar  a la lógica de la confrontación, que sólo  perjudica a las propias posiciones e intereses económicos, incluidos los intereses económicos del país.

Los proyectos económicos conjuntos y las inversiones mutuas acercan objetivamente a los países, ayudan a suavizar los problemas actuales en las relaciones entre los estados. Sin embargo hoy día la comunidad económica global sufre una presión sin precedentes por parte de los gobiernos occidentales. ¿De qué negocios, de qué pragmatismo y conveniencia económicas podemos hablar cuando escuchamos eslogan tales como “la patria está en peligro”, “el mundo libre está amenazado” y “la democracia está en riesgo”? Ante esto, todos (en Occidente) necesitan movilizarse. Pero aquellos eslogan son los que constituyen una verdadera política de movilización.

Las sanciones están socavando las bases del comercio mundial, las normas de la OMC y los principios de la inviolabilidad de la propiedad privada. Golpean fuertemente al modelo liberal de globalización basado en los mercados, la libertad y la competencia; un modelo, permítanme recordarlo, cuyos máximos beneficiarios han sido precisamente los países occidentales. Ahora se arriesgan a perder la confianza que gozaban como líderes de la globalización. Nos preguntamos, ¿era necesario hacer esto? Después de todo el bienestar de los propios Estados Unidos depende en gran medida de la confianza de los inversores, de los poseedores extranjeros de dólares y bonos del Tesoro americano. Ahora la confianza se está minando y señales de desilusión acerca de los frutos de la globalización aparecen en muchos países.

El precedente de Chipre y la motivación política de las sanciones sólo acentuaron las tendencias hacia el fortalecimiento la soberanía económica y financiera de los países, o sus uniones regionales, para buscar los modos de protegerse de los riesgos de las presiones externas.  Así, cada vez más países intentan salir de la dependencia del dólar y crean sistemas financieros y contables alternativos y nuevas monedas de reserva. En mi opinión nuestros amigos americanos simplemente están cortando la rama en la que están sentados. No hay que mezclar la política con la economía, pero precisamente esto es lo que está sucediendo ahora. Pensaba y sigo pensando que  las sanciones motivadas políticamente son un error que produce daño a todos, pero estoy seguro de que más tarde hablaremos de esto.

Sabemos cómo se tomaron esas decisiones y quién ejerce la presión. Pero permítanme llamar su atención sobre esto: Rusia no se doblegará antes las sanciones, ni será lastimada por ellas ni la verán llegar a la puerta de alguien para mendigar ayuda. Rusia es un país autosuficiente. Vamos a trabajar dentro del ambiente económico internacional existente, desarrollar nuestra producción y tecnología y actuar de forma decidida para realizar las transformaciones que sean necesarias. La presión desde afuera, como ocurriera en anteriores ocasiones, sólo tendrán como resultado consolidar nuestra sociedad, mantenernos alertas y concentrados en nuestros principales objetivos de desarrollo.

Las sanciones, por supuesto, son un estorbo. Con ellas intentan hacernos daño, bloquear nuestro desarrollo, aislarnos política, económica y culturalmente; es decir, condenarnos al atraso. Pero déjenme decirles nuevamente que hoy el mundo es un lugar muy diferente. No tenemos la menor intención de encerrarnos, eligiendo un camino de desarrollo cerrado que nos lleve a vivir en una autarquía. Siempre estamos dispuestos al diálogo, incluso para la normalización de las relaciones económicas y políticas. Contamos para ello con las posturas y comportamientos pragmáticos de las comunidades de negocios de los principales países.

Hoy se oye afirmar que Rusia vuelve la espalda a Europa, seguramente se ha oído en el transcurso de esta discusión, y que está buscando otros socios comerciales, sobre todo en Asia. Quiero decir que esto no es así en absoluto. Nuestra política activa en la región de Asia-Pacífico no ha comenzado ayer ni como respuesta a las sanciones, sino que es una política iniciada hace muchos años. Tal como muchos otros países, incluidos los occidentales, nosotros vemos que Asia juega un papel cada vez mayor en el mundo, tanto en la economía como en la política, y no podemos darnos el lujo de subestimar o ignorar estos desarrollos.

Quiero recalcar de nuevo que todos lo hacen, y nosotros lo haremos, tanto más cuando una parte significativa de nuestro territorio está en Asia. ¿Por qué deberíamos abstenernos de utilizar nuestra ventaja competitiva en esta área? Eso sería simplemente miopía, una grave falta de visión a largo plazo.

Desarrollar relaciones económicas con esos países y realizar proyectos conjuntos de integración también crean grandes incentivos para nuestro desarrollo interno. Las actuales tendencias demográficas, económicas, y culturales nos dicen que la dependencia de una única superpotencia disminuirá objetivamente. Esto es lo que los expertos europeos y norteamericanos han estado hablando y escribiendo también ellos.

Probablemente los desarrollos en la política mundial reflejarán los mismos hechos que estamos viendo en la economía global: una competencia fuerte en nichos específicos y frecuentes cambios de líderes en áreas específicas. Esto es enteramente posible.

Es indudable que  los factores humanos: la educación, la ciencia, la sanidad, la cultura jugarán un papel creciente en la competición global. Esto, por su parte, impacta fuertemente sobre las relaciones internacionales, porque la eficacia de este soft power (“poder blando”) dependerá en gran medida de los logros reales en la formación del capital humano  más que en sofisticados trucos de propaganda.

Al mismo tiempo, la formación del llamado mundo policéntrico (también quiero llamar la atención sobre esto, estimados colegas) en y por sí mismo no mejora la estabilidad; de hecho, lo más probable es lo contrario. El objetivo de lograr un equilibrio global se transforma en un complicado rompecabezas, en una ecuación con muchas incógnitas.

¿Qué nos espera, por lo tanto, si elegimos no vivir por esas reglas    -aun cuando sabemos que podrían estrictas e inconvenientes- sino vivir sin ninguna regla? Precisamente este escenario es enteramente posible; no lo podemos descartar dadas las tensiones de la situación global. Se pueden hacer muchas predicciones al observar las tendencias actuales, pero por desgracia aquellas no son optimistas. Si no creamos un sistema claro de obligaciones mutuas y de acuerdos, si no construimos un mecanismo de manejo y resolución de las situaciones de crisis los síntomas de anarquía global aumentarán inevitablemente.

Ya hoy en día vemos un rápido crecimiento de las posibilidades de una serie de violentos conflictos con la participación directa o indirecta de las grandes potencias. Y los factores de riesgo incluyen no solo las tradicionales confrontaciones entre países sino también la inestabilidad interna de algunos países, sobre todo de los situados en la intersección de los intereses geopolíticos de las grandes potencias, o en la frontera de las grandes zonas histórico-culturales, económicas y civilizatorias.

Ucrania, de la cual estoy seguro de que se ha discutido mucho y de la que hablaremos aún más, es uno de los ejemplos de este tipo de conflictos que afectan el balance mundial de fuerzas, y creo que  está lejos de ser el último. De ahí viene la siguiente amenaza real de destrucción del sistema de acuerdos sobre limitación y control de armas. Y el comienzo de este proceso fue causado por los Estados Unidos cuando en 2002 y de manera unilateral abandonó el Tratado de Misiles Antibalísticos, y después comenzó, y hoy continúa activamente, a crear su sistema misilístico de defensa global.

Estimados colegas, amigos: quiero llamar su atención sobre el hecho de que no hemos sido nosotros quienes comenzaron este proceso. Estamos volviendo a aquellos tiempos en que en lugar del equilibrio de intereses y garantías mutuas era el miedo, el balance de autodestrucción, lo que alejaba a las naciones del conflicto directo. A falta de instrumentos legales y políticos las armas vuelven una vez más al centro de la agenda global. Se utilizan donde conviene y como conviene, sin ninguna sanción del Consejo de Seguridad de la ONU. Y si el Consejo de Seguridad rechaza adoptar tales decisiones, inmediatamente se dice que es un instrumento anticuado e inefectivo.

Muchos estados no ven otras garantías de su soberanía que crear sus propias bombas. Esto es extremadamente peligroso.  Somos partidarios de conversaciones continuas, e insistimos en la necesidad de conversaciones para disminuir los arsenales atómicos. Cuanto menos armamento atómico haya en el mundo, tanto mejor. Y estamos dispuestos a las más serias y concretas conversaciones sobre la cuestión del desarme atómico. Pero discusiones serias, sin dobles estándares.

¿Qué quiero decir? Hoy día muchos tipos de armas de gran precisión son, por su capacidad destructiva, casi armas de destrucción masiva. Y en el caso de una renuncia plena al arsenal nuclear o disminución crítica del mismo, el país que ostente el liderazgo en la creación y producción de estos sistemas de alta precisión tendrá una clara ventaja militar. Se romperá la paridad estratégica, lo cual muy probablemente tendrá un efecto  desestabilizador y aparecerá la tentación de usar el llamado “primer ataque preventivo global”. En una palabra, los riesgos no disminuirán, sino que aumentarán.

La siguiente amenaza evidente es el aumento de los conflictos étnicos, religiosos y sociales. Esos conflictos son peligrosos no solo por sí mismos, sino también porque crean zonas de anarquía, de ausencia de toda ley y de caos, donde se sienten a gusto los terroristas y los criminales, y florecen la piratería y el tráfico de personas y drogas.

Por cierto, nuestros colegas en su momento intentaron dirigir estos procesos, utilizar los conflictos regionales y construir “revoluciones de colores” para satisfacer sus intereses, pero el genio se les escapó de la botella. Parece que ni los padres de la “teoría del caos controlado” saben qué hacer con el caos provocado y cunde la división y  las dudas entre ellos.

Seguimos muy de cerca las discusiones en las élites dirigentes y entre los expertos. Basta con leer los titulares de la prensa occidental durante el último año: la misma gente a la que llamaban luchadores por la democracia después son caracterizados como islamistas; al principio hablaban de revoluciones y después de tumultos y revueltas. El resultado es evidente: una mayor expansión del caos global.

Estimados colegas: dada esta situación global es hora de comenzar por acordar sobre ciertas cuestiones de principio. Esto es tremendamente importante y necesario, y es mucho mejor que separarnos y regresar cada uno a su rincón. Tanto más cuando nos enfrentamos a problemas comunes y estamos, como se dice, en el mismo barco. El camino lógico para salir de esta situación es la cooperación entre naciones y sociedades, buscando respuestas colectivas a los múltiples desafíos y una gestión común en el manejo de los riesgos. Claro, algunos de nuestros socios, por algún motivo, solo se acuerdan de esto cuando conviene a sus intereses.

La experiencia práctica muestra que las respuestas conjuntas a los problemas no son siempre una panacea; por supuesto, hay que reconocerlo. Además en la mayoría de los casos son difíciles de conseguir: no es fácil superar las diferencias en los intereses nacionales y la subjetividad de los diferentes enfoques, sobre todo cuando se trata de países con una tradición cultural e histórica diferente.  Pero hay ejemplos que demuestran que cuando hay  objetivos comunes y actuamos en base a criterios unificados podemos conjuntamente lograr éxitos reales.

Permítanme recordarles la solución del problema de las armas químicas en Siria, el diálogo sustantivo sobre el programa nuclear iraní y nuestro trabajo en la cuestión norcoreana, que también ha tenido algunos resultados positivos. ¿Por qué no utilizar toda esta experiencia tanto para la solución de problemas locales como globales?

¿Cuál debería ser el fundamento legal, político y económico del nuevo orden mundial que garantice la estabilidad y seguridad,  que garantice la sana competencia y no permita la formación de nuevos monopolios que bloqueen el desarrollo? Es poco probable que alguien pueda ahora dar una respuesta ya hecha, absolutamente exhaustiva, a esta cuestión. Se necesita un largo trabajo con la participación de un amplio círculo de países, empresas globales, sociedades civiles y de foros de expertos como el nuestro.

Sin embargo es evidente que el éxito y un resultado real solo será posible si los participantes clave de la vida internacional pueden armonizar sus intereses básicos, sobre la base de una lógica autolimitación, y dan un ejemplo de liderazgo responsable y positivo. Hay que definir claramente hasta dónde pueden llegar las acciones unilaterales y dónde y cuándo deben aplicarse mecanismos multilaterales. Y para mejorar la efectividad del derecho internacional debemos resolver el dilema entre las acciones de la comunidad internacional para garantizar la seguridad y los derechos humanos y el principio de la soberanía nacional y la no injerencia en los asuntos internos de los países.

Ese tipo de colisiones llevan cada vez más a menudo a la injerencia extranjera arbitraria en procesos internos muy complicados, y una vez tras otra provocan peligrosos conflictos entre los principales actores mundiales. El mantenimiento de la soberanía es un elemento supremamente importante para el mantenimiento y reforzamiento de la estabilidad mundial.

Está claro que la discusión sobre los criterios de utilización de la fuerza externa es muy complicada; es casi imposible separarla de los intereses de los diferentes países. Sin embargo es bastante más peligrosa la falta de acuerdos comprensibles por todos, cuando no se establecen claramente las condiciones para que la injerencia sea necesaria y legal.

Añado a lo anterior que las relaciones internacionales deben construirse sobre el derecho internacional, en cuya base deben estar principios morales tales como la justicia, la igualdad y la verdad. Quizás lo más importante sea el respeto al socio y sus intereses. Es una fórmula obvia, pero que si se sigue puede cambiar de raíz la situación en el mundo.

Estoy seguro de que si existe voluntad podemos restablecer la efectividad del sistema de instituciones internacionales y regionales. No es necesario ni siquiera construir algo nuevo desde cero, esto no es un “greenfield”,  un terreno virgen, tanto más cuando las instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial son universales y pueden ser llenadas con contenidos modernos, adecuados para manejar la situación actual.

Esto es verdad en relación al mejoramiento del trabajo de la ONU, cuyo papel central es insustituible. Y de la OSCE, el Organismo para la Seguridad y la Cooperación Europeas, que a lo largo de 40 años ha probado ser un mecanismo para garantizar la seguridad y la cooperación en la zona euroatlántica. Hay que decir que ahora mismo, en la solución de la crisis en el sureste de Ucrania, la OSCE juega un papel muy positivo.

A la luz de los cambios fundamentales en el ambiente internacional, la creciente ingobernabilidad y las diferentes amenazas nos obligan a forjar un nuevo consenso entre las fuerzas responsables. No se trata de cualquier acuerdo local, o de una separación de esferas de influencia al estilo de la diplomacia clásica, o de la dominación completa y global de algún actor. Creo que se necesita una nueva versión de la interdependencia. No hay que tenerle miedo. Al contrario, es un buen instrumento para armonizar posiciones.

Esto es particularmente relevante si se toma en cuenta el fortalecimiento y crecimiento de determinadas regiones del planeta, lo que comporta la exigencia objetiva de institucionalizar la existencia de dichos polos creando potentes organizaciones regionales y elaborando normas para su interacción. La cooperación entre estos centros otorgaría una fuerza considerable a la seguridad mundial, a la política y la economía. Pero para conseguir éxito en tal diálogo hay que partir del supuesto de que todos los centros regionales y los proyectos de integración nacidos a su alrededor deben tener idéntico derecho a desarrollarse, de modo tal que puedan complementarse mutuamente y nadie pueda forzarlos  a incurrir en conflictos u oposiciones artificiales. Acciones  destructivas de este tipo romperían las relaciones entre estados, y ellos mismos atravesarían por situaciones muy difíciles, incluso llegando  hasta su propia destrucción.

Quisiera recordarles los sucesos del año pasado. Entonces les dijimos a nuestros socios, tanto a los americanos como a los europeos, que  decisiones apresuradas y a escondidas sobre, por ejemplo, la asociación de Ucrania a la Unión Europea, comportaban grandes riesgos. No dijimos nada sobre política, hablábamos solo de economía y decíamos que tales pasos, realizados sin ningún acuerdo previo, afectaba los intereses de muchas otras naciones, incluyendo a Rusia como el principal socio comercial de Ucrania, y que una amplia discusión sobre estos temas era necesaria. Por cierto, les recuerdo en relación con esto que el ingreso de Rusia, por ejemplo, a la OMC demandó 19 años. Esto supuso un duro trabajo, pero se consiguió un consenso.

¿Por qué traigo este tema a colación? Porque en la implementación del proyecto de asociación con Ucrania nuestros socios vendrán hacia nosotros ingresando sus bienes y servicios por una puerta trasera, para decirlo de algún modo, y nosotros no estamos de acuerdo con esto y nadie nos preguntó que opinábamos sobre esto. Tuvimos discusiones sobre todos los temas relacionados a la asociación de Ucrania con la UE, pero quiero recalcar que eso tuvo lugar de una manera totalmente civilizada, indicando los problemas posibles, mostrando argumentos y razones. Nadie quiso escucharnos ni hablar con nosotros, simplemente nos decían: “esto no es asunto vuestro; punto; fin de la discusión.” En lugar de un diálogo amplio y comprehensivo, pero, subrayo, civilizado, la controversia tomó otro rumbo y desembocó en un golpe de estado, llevaron al país al caos y el colapso económico y social y provocaron una guerra civil con muchísimas víctimas.

¿Por qué? Cuando pregunto a mis colegas por qué, no hay respuesta. Nadie responde nada, es así, punto. Todos quedan sin respuesta, o dicen que eso fue lo que sucedió. Pero si no se hubieran alentado tales acciones y actitudes y las cosas no habrían ocurrido como ocurrieron. Después de todo (ya hablé de esto) el anterior presidente de Ucrania Viktor Yanukóvich había firmado y aceptado  todo. ¿Para qué hubo que hacer todo esto, qué sentido tuvo? ¿Es esta una forma civilizada de resolver las cuestiones? Parece que aquellos que organizan más y más “revoluciones de colores” se consideran a sí mismos unos “artistas geniales” y no pueden parar.

Estoy seguro de que el trabajo de asociaciones de integración, las estructuras de cooperación regional deberán construirse sobre una base clara y transparente. Un buen ejemplo de ello es el proceso de formación de la Unión Económica Euroasiática. Los estados miembros de este proyecto informaron previamente a sus socios de sus intenciones, de los parámetros de nuestra unión y de los principios de su funcionamiento, que estaban totalmente de acuerdo con las normas de la Organización Mundial de Comercio.

Añado que también dimos la bienvenida al comienzo del diálogo entre las uniones europea y euroasiática. Por cierto en esto también nos han rechazado casi siempre, tampoco se entiende por qué:  ¿qué es lo que temen? Y claro, en este trabajo conjunto consideramos que es necesario el diálogo (he hablado de ello muchas veces y he oído a muchos de nuestros socios occidentales) aceptar la necesidad de la formación de un espacio único económico y de cooperación humanitaria que se extienda desde el Atlántico al Pacífico.

Estimados colegas: Rusia ha hecho su elección. Nuestras prioridades son el perfeccionamiento de las instituciones democráticas y de economía abierta, un desarrollo interno acelerado con todas las tendencias positivas actuales en el mundo y la consolidación de la sociedad en base a los valores tradicionales y el patriotismo. Tenemos una hoja de ruta pacífica, positiva, de integración. Trabajamos activamente con nuestros colegas en la Unión Económica Euroasiática, la Organización de Cooperación de  Shanghai, los BRICS y otros socios. Esta agenda está dirigida al desarrollo de las relaciones entre países, y no a su separación. No queremos crear ningún bloque o vernos involucrados en un intercambio de golpes.

No tienen ninguna base quienes aseguran que Rusia trata de establecer algún tipo de imperio, violando la soberanía de sus vecinos. Tal acusación carece de fundamento.  Rusia no necesita ningún lugar especial, exclusivo, en el mundo, quiero recalcarlo. Respetando los intereses de otros, simplemente queremos que se tengan en cuenta nuestros intereses y se respete nuestra posición.

Todos sabemos que el mundo ha entrado en una época de cambios y transformaciones globales, y todos necesitan tener cuidado y evitar dar pasos sin reflexionar. En los años posteriores a la Guerra Fría los participantes en la política mundial han perdido un poco esas cualidades. Ahora hay que acordarse de ellas. En caso contrario las esperanzas de un desarrollo pacífico y estable son una peligrosa ilusión, y las actuales conmociones serán un preludio del colapso del orden mundial.

Si, por supuesto que ya les he hablado de esto: la construcción de un orden mundial más estable es una tarea complicada, se trata de un trabajo largo y difícil. Fuimos capaces de crear unas reglas de interacción tras la Segunda Guerra Mundial, y pudimos llegar  a un acuerdo en los años 70 en Helsinki. Nuestra obligación común es encontrar una solución a esta tarea fundamental en esta nueva etapa de desarrollo.

Muchas gracias por su atención.

Fuente: Atilio Borón

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