Nada será como antes

PRADO ESTEBAN

por Prado Esteban – Ser madres es realmente un punto de inflexión en la vida de las mujeres (otro día hablaré de cómo se realiza también en la vida de los hombres), antes de ser madres éramos ya personas, con intereses, necesidades, potenciales, habilidades, vínculos, ideas y mucho más, y éramos ya mujeres con un cuerpo de mujeres y funciones vitales femeninas, ovulaciones, menstruaciones y estados hormonales singulares, con una percepción determinada de nuestra feminidad, impulsos y vida sexual, deseo, lenguaje sexuado o desesexuado e identidad propia.

Pero la maternidad aporta cosas que antes no teníamos, la realidad es que cuando somos madres ya nada vuelve a ser como antes.

¿Por qué la experiencia maternal es tan especial en la vida de las mujeres? Empezaré por el principio. Se queja la sexóloga Esther Perel de que se conciba la maternidad excluyendo de ella la cópula que es su origen, esa visión de la maternidad gazmoña y cursi presenta a las madres como ¡virginales! como si todo embarazo normal no tuviera su inicio en un acto sexual[1].  El acto de ser preñadas (y el de preñar para los hombres) es, si no estamos ajenas a nuestra libido, el descubrimiento de una nueva dimensión erótica, la conexión con la fertilidad y la vida que llevamos dentro como posibilidad estemos o no gestantes. La cópula germinativa, si se vive con la emoción que le debería ser propia, hace estallar en mil pedazos la coraza del yo, rompe con todo lo trivial y lo mediocre y nos eleva no al orgasmo (¡qué poca cosa parece entonces!) sino a un estado de éxtasis físico que nos conecta con nuestro lado más espiritual. Por lo tanto nuestra sexualidad se transforma profundamente, ya no volverá a ser la misma.

Ya nada será como antes, nuestro cuerpo conoce experiencias absolutamente singulares y excepcionales, que no solo incluyen estados de bienestar como bien sabemos quienes hemos tenido varios meses de revolución estomacal, pero que son novedosos e insólitos y que nos hacen tomar nueva conciencia de nuestra dimensión física. Pero no es solamente una experiencia pasajera y puntual, no solo cambia nuestro cuerpo perceptiblemente en su forma, sino que nuestra propia naturaleza física se modifica sustantivamente. Hoy sabemos que el parto, cuando sobreviene de forma natural, modifica de forma significativa y permanente el cerebro de la madre y el de la criatura, un cambio del que no podemos conocer sus consecuencias pero que transforma nuestro órgano más complejo. Y hay más, durante el embarazo y sobre todo en el parto se produce un intercambio de ADN entre los dos, madre y criatura, de manera que ni siquiera fisiológica y genéticamente somos ya las mismas después de parir, no somos el uno idéntico a sí mismo que éramos antes sino un nuevo ser genéticamente hablando.

El parto como experiencia  física y psíquica, sexual, afectiva, emocional, social y cultural es tal vez el acto más integral y complejo de cuantos acomete el ser humano, la lactancia y la crianza son también prácticas tan multidimensionales y enriquecedoras, tan éticas, estéticas y eróticas que reúnen en sí  lo que la sociedad actual fragmenta para destruir la energía de las mujeres.

El embarazo es, además, un estado de desdoblamiento en que durante meses somos plenamente sujetos de nosotras mismas y a la vez objeto o espacio para el otro, ese sentimiento de la alteridad, de la dimensión de ser con albedrío y motivación propia de la criatura que habita nuestro útero fue para mí uno de los descubrimientos más sublimes de la gestación. Descubrir que somos dos fundidos en un perfecto abrazo, la comunicación con ese otro ser que se expresa con leves movimientos o con fuerza y energía, que responde a los estímulos exteriores tanto como a los de mis emociones, que se funde conmigo o se separa… es tal vez la experiencia más arrebatadora que se puede tener. Por eso, por determinantes que puedan ser los cambios en nuestro cuerpo es nuestro espíritu el que se ensancha y crece de una forma más excepcional. El amor de madre es el paradigma de todo lo sublime y desinteresado que puede llegar a ser esa dimensión del sentir y el obrar humano. Es por lo tanto un ascender a un plano de lo amoroso superior a todo lo vivido antes.

Nuestro entorno también se modifica, de repente todos los vínculos cobran nuevas dimensiones y nosotras somos vistas también de forma completamente diferente, damos y recibimos cosas que antes no habíamos previsto o que no nos parecían necesarias. El nacimiento de cada nueva criatura modifica leve pero perceptiblemente el espacio y el tiempo en el que se produce. Genera una disposición hacia la convivencia y una fuerza de los vínculos que mejora sustancialmente el hábitat humano.

Vividos con plenitud y conciencia, la gestación, el parto y la crianza nos ponen en contacto con una parte de nuestras capacidades que seguramente no usaríamos por otros motivos. Es un desbordamiento, una exuberancia de nuestro potencial de mujeres que nos lleva a menudo a situaciones límite, de agotamiento, miedo o inquietud  pero que nos espolea fuertemente a superar todos los obstáculos y amplia nuestras facultades físicas y emocionales hasta lo desconocido.

Pero nada más lejos de mi experiencia que presentar una imagen idílica y celestial de la maternidad que, como toda vivencia humana, es bipartida y conflictiva. Lo es de forma intrínseca y substancial y también de manera histórica concreta.

Por su propia naturaleza la condición humana es siempre bipartida y todo lo excelente tiene una dosis de miseria, de dolor o de sordidez. No he sentido nunca que la maternidad pueda definirse unilateralmente como una experiencia placentera, no me parece que sea ese su mayor valor. La entiendo como una experiencia potente, enérgica, intensamente humana y placentera muchas veces, pero no siempre.

Reniego profundamente de la tendencia a negar ese otro lado que ocultamos cuidadosamente tras las formas corteses y educadas, la afectación cursi y las permanentes buenas maneras de la madre moderna. El otro polo, la otra dimensión, que es el conflicto, el antagonismo incluso en algunas ocasiones, la negación y el miedo que van unidos de forma inexorable a la experiencia y que la constituyen con la misma autenticidad que las expuestas antes. Esa obsesión por dar una imagen beatífica e inmaculada de la madre, esa forma de auto-engaño que reprime la expresión del desencuentro y el choque con la criatura en tanto que otro o esa necesidad malsana y narcisista que surge algunas veces de ser el todo para nuestra prole y ocupar todo el espacio en su vida o el egoísmo que brota en muchos momentos y tantas otras mezquindades o faltas, no pueden ser ocultadas por más tiempo si no queremos convertir la maternidad en una técnica de crianza o una ciencia aplicada.

Realmente el devenir madres nos debería sumir en un combate permanente entre los dos lados lo que vendría a ser tal vez el aspecto más importante y creativo de la experiencia, la lucha por auto-construirse y mejorarse y hacernos conscientes de nuestra condición verdadera en todos sus planos.

Por otro lado no somos madres en un limbo sino en un tiempo y espacio en el que la maternidad es perseguida y acosada. La maternidad natural y soberana es un asunto de minorías, la mayor parte de las madres lo somos en condiciones de intensa precariedad, dolor, separación obligada de las criaturas, hostigamiento laboral, incertidumbre económica, soledad…. y un largo etcétera. Es más, para muchas mujeres la maternidad es un imposible,  una carencia, una privación que no será cubierta por las condiciones reales o los miedos adquiridos. La maternidad como negación o imposibilidad tiene que ser tenida en cuenta como otra dimensión del ser madre, en este caso no serlo por obligación y no electivamente.

En tanto que experiencia que trasciende lo individual, como experiencia social y colectiva, la maternidad está hoy en un trance de muerte. Que en el Estado español el número de hijos por mujer esté ya por debajo del 1,3 no es una estadística más sino que constituye la esencia de la maternidad presente además de un drama social que tendrán que afrontar las pocas criaturas que hoy damos al mundo. La escasez numérica de la infancia hará que se conviertan en seres extraños al mundo, incomprendidos y tratados como objetos de lujo y no sujetos de pleno de derecho de una comunidad viva. Supondrá que se pierdan muchos de los conocimientos prácticos adquiridos por las mujeres a lo largo de la historia que ya no se transmiten horizontalmente y mutará trascendentalmente la sociedad futura.

No son buenos momentos para la maternidad-paternidad, pero mirar la realidad valientemente y enfrentarla con fuerza y energía debería ser hoy una función más de las madres que deseamos criar con conciencia y dignidad en un mundo en el que lo humano decae y se agota.

Dedicado a las tres hijas que me acompañan y a mi hijo y mi hija que no conocieron la vida fuera del útero materno.

[1] Desgraciadamente esto es cada vez más una exageración porque más del 3% de los embarazos no tienen ese origen sino que son fruto de reproducción asistida. Sin entrar en juicios fanáticos sobre ello hay que tener en cuenta que muchos expertos, entre ellos Michel Odent, han planteado que no es indiferente para el desarrollo del bebé la forma cómo fue concebido.

Fuente: Mujer, Verdad y Revolución Integral

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