El mito de la “convivencia”

EDUARDO ARROYO

por Eduardo ArroyoUno de los mitos más queridos de la transición española y del régimen político actual es el de la “convivencia”.

Pocos recuerdan hoy el antecedente de este mito en la propaganda del Partido Comunista en torno a la “reconciliación”. La imposición de este mito -contrafactico y absurdo- es uno de los éxitos más grandes de la historia de la estrategia política en nuestro país, dejando al margen la consideración ética que puedan merecer este tipo de operaciones.

La idea difundida era que, tras la Guerra Civil, el país pertenecía exclusivamente a los vencedores. Por consecuencia, España seguía dividida y la “reconciliación” no se había producido.

Naturalmente, los españoles de 1975 tenían en su abrumadora mayoría superada la Guerra Civil pero una ínfima minoría militante vivía su rencor guerracivilista como verdadero motor de su camino hacia el éxito electoral.

Con el definitivo asentamiento de la transición, en lo político se impuso una línea moderada pero en lo ideológico -en la filosofía, las ciencias políticas y en el análisis histórico- la hegemonía de la línea radical ha permanecido incontestada desde entonces.

Por eso la transición equivalía a la “reconciliación” y la “convivencia” es hija directa de ésta última. Actualmente, cada 6 de diciembre, día de la Constitución, en todo medio que se precie se repite el mantra acerca del periodo de mejor “convivencia” y mayor “prosperidad” que registra la historia.

Pero al igual que la anhelada “reconciliación” no existía más que en el rencor de los derrotados de la guerra civil, la “convivencia” se desmorona a poco que se examine la realidad del presente.

La división partidista de la sociedad española es ahora tan profunda que muchos temas apenas puede discutirse en términos racionales, sino tan solo de partido. Un buen ejemplo es el lamentable espectáculo político, ideológico y mediático que ha contaminado incluso la toma de decisiones en un asunto como el de la infección por el virus ébola.

En otro orden de cosas, regiones enteras del país, con amplias capas de la población en estado de alienación propagandística a causa de los nacionalistas periféricos, quieren escindirse del resto y provocar la secesión en uno de los protagonistas históricos más relevantes de la historia de Occidente: la nación española.

Los partidos son incapaces de alcanzar acuerdos y una sensación de podredumbre generalizada lo invade todo a causa de los incesantes casos de corrupción, demostrando así la nula empatía con el todo nacional y, por consiguiente, la escisión letal que existe entre la clase política y el resto del pueblo.

Así, esa clase política dice gobernar “para el pueblo” pero buena parte de los españoles da alas a partidos heterodoxos en contra de esa misma clase política, cada vez más desprestigiada.

Una desesperanza así mismo generalizada conduce a cada a uno a mirarse a su propio ombligo y a desear salvarse incluso a costa del de al lado. Por todo ello resulta algo absurdo hablar de “convivencia”. Ya no se vive con el conjunto del pueblo por la sencilla razón de que cada vez todos tenemos menos en común con el resto.

Incluso los nacionalistas periféricos están más pendientes de luchar “contra España” que por unos territorios de los que ellos mismos no saben nada ni entienden tampoco nada más allá que los tópicos de la propaganda. Así que más que convivir existe una mera aposición de egoísmos que, de por sí, constituye una estructura frágil en extremo.

Lo malo es que mientras la crisis continua expoliando a las clases medias y depauperando a los trabajadores, las soluciones que se ofrecen se radicalizan cada vez más y amenazan con actualizar -ahora sí- el tópico guerracivilista de las “dos Españas”: dos Españas incapaces de entenderse en nada y conjuradas a matarse por odio en cualquier momento en que las circunstancias lo permitan.

No puede hablarse, por tanto, de “convivencia” si no es por el interés abyecto de una clase política que busca a toda costa legitimarse en logros míticos fundacionales como la “transición” realizada “de la ley a la ley”, la II República como paradigma de democracia, la “resistencia antifranquista”, “mayo del 68”, el “maquis”, etc.

El último paso consistía en transformar toda esta mitología en ley, algo realizado en parte por la ley de Memoria Histórica, promulgada por el gobierno socialista de Zapatero y defendida hoy por el Partido Popular.

Por último, puede que las tesis aquí defendidas se discutan hasta la saciedad con argumentos ideológicos -casi con toda seguridad basados en la propaganda- pero esos argumentos perderán credibilidad a medida que el progresivo enrarecimiento del clima político, el individualismo creciente y la pugna partidista acaben con el espejismo de “convivencia” que la clase político-mediática nos ha estado vendiendo durante más de cuatro décadas.

Nos preguntamos qué dirán entonces.

Fuente: ESD

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