Los custodios de la palabra. Sobre Fundamentalismo, Integrismo e Islamismo

JOSÉ LUIS MUÑOZ AZPIRI

por José Luis Muñoz Azpiri (h)“La religión auténtica es fuente de paz y no de violencia. Nadie puede usar el nombre de Dios para cometer violencia. Matar en nombre de Dios es un gran sacrilegio. Discriminar en nombre de Dios es inhumano.” S.S. Francisco. Tirana (Albania) 2014

Tal vez, nunca más oportunas las expresiones y los deseos de “El Papa del Fin del Mundo “, como él mismo se definió, dado los tiempos que corren y las cosas que acontecen. Pero quien conozca algo de las llamadas religiones del Libro sabe que en ellas – por estar basadas en textos – todo es cuestión de interpretación. En el antiguo Testamento, el mismo Dios que promulga el “no matarás” (Deut. V,17) ordena combatir a otros pueblos “hasta el exterminio total“, sin compasión alguna (Deut.VII, 2). Cuando la caída de Jericó, el pueblo elegido pasó “al filo de la espada a hombres, mujeres, niños y ancianos” (Jos. VI,21). El Corán, por su parte, se inicia con la invocación de Alá, el Misericordioso ( I, 1), pero Alá es también el Maestro de la Venganza (V, 95 y III,4) que invita a matar a los incrédulos (VIII, 39) y a los politeístas (IX,5) y, curiosamente, elogia a quienes les concede asilo (IX, 6). Y el propio Jesús, el Cordero, en los Evangelios impone ofrecer la otra mejilla al que recibe una bofetada (Mt. V,39), pero echa a latigazos a los mercaderes del templo (Jn. II, 14) y dice que no ha venido a traer la paz, sino a desenvainar la espada (Mt. X, 34).

El problema no es solo que el mensaje del Libro o los Libros carece de claridad y muchas veces de coherencia, sino que sus supuestos destinatarios se la han ingeniado, a lo largo de los siglos, para instrumentarlos como eficaces herramientas de legitimación del poder o de necesidades políticas. El ¡Dios lo quiere! atronó no sólo en las Cruzadas, aún hoy suena en el mismo escenario, en Nigeria y en el Cuerno de África.

“Hasta unos podría sospechar que el Dios único – propio de los monoteísmos judío, cristiano y musulmán – con su monopolio de la verdad y la terminante exclusión de todo lo que se le opone, se presta más a las guerras santas que los dioses más regionales del politeísmo antiguo. Éstos, al menos, no tenían pretensiones de dominio universal, lo que los hacía menos aptos para justificar cruzadas redentoras o reivindicativas, El fervor bélico parece más característico de los seguidores de Aquel que no admite ninguna competencia y que, en el propio Libro, se autotitula un Dios celoso (Deut.V.9)” (1)

El siglo que comenzó hace catorce años, lejos de concretar los ideales de la Ilustración y el Iluminismo o las utopías soñadas por Julio Verne, H.G.Wells y otros autores, se caracteriza por la reaparición, con inusual virulencia, de las manifestaciones más primitivas que se creían definitivamente extintas: Racismo, sexismo (y su contraparte como los grupos Femen), jingoísmo ( y sus expresiones enanas como el separatismo regionalista), falsificación histórica, genocidio y, fundamentalmente, extremismo religioso. Suenan proféticas las palabras de Juan Donoso Cortés en el Congreso de Madrid en 1849: “La causa de todos vuestros errores, señores, es que ignoráis la dirección de la civilización y del mundo. Creéis que la civilización y el mundo progresan ¡y retroceden!”

Una de estas expresiones de intolerancia religiosa, es una rama del islamismo que ha cobrado macabra notoriedad en el los últimos tiempos: el yihadismo. Cuando conquistan una nueva ciudad, los yihadistas de Estado Islámico (EI) aplican sin piedad su particular visión del Islam. En la toma de Mosul, la segunda ciudad más importante de Irak, en junio pasado, destruyeron estatuas de la Virgen, un santuario musulmán y mezquitas chiitas. Además realizaron ejecuciones públicas y forzaron a la población a seguir un estricto código social.

Pero, al margen de la brutalidad con la que se manejan – también persiguen a minorías religiosas, secuestran inocentes y degüellan periodistas – la ambición de EI va mucho más allá de sembrar el terror. Su objetivo es fundar un Califato islámico entre Siria e Irak, y como lo dejan en evidencia las ciudades bajo su dominio, parece que la cosa va en serio.

Francis Fukuyama publicó en 1989 su famoso artículo sobre el fin de la historia y, en 1992, el libro en que amplió y fundamentó su teoría, explicando que, con la desaparición de la Unión Soviética y del comunismo, la democracia no tendría ya alternativas de peso e iría poco a poco integrando al mundo en una civilización global regida por los valores del “Mundo Libre” del cual Estados Unidos era su heraldo. Dicha tesis fue acogida como una verdad revelada por los gobiernos neoliberales del Cono Sur. Un cuarto de siglo después se ha desmoronado como un castillo de naipes. Quienes aquí creyeron que la implosión soviética significa la desaparición de Rusia, asisten alarmados a la resurrección imperial de la mano de Vladimir Putin y un séquito de antiguos agentes de la KGB que dejaron de ser comunistas pero jamás de ser rusos. El Oso siberiano resucita como una potencia que rescata las antiguas y genuinas tradiciones, que desafía a “Occidente” con éxito y va reconstituyendo sus fronteras y áreas de influencia.

La “primavera árabe”, que despertó tantas esperanzas en todo el mundo democrático, está muerta y sepultada. Tan sólo sobrevive en Túnez, pero desapareció en Egipto, donde las elecciones libres subieron al poder a unos Hermanos Musulmanes que comenzaron a instalar una teocracia excluyente y agresiva y han sido echados del gobierno por una dictadura militar vesánica. En Libia, la revolución del Libro Verde fue derrocada con la abierta complicidad de Occidente, que asistió impasible a la persecución y el asesinato de Khadafy y sus seguidores, permitiendo que el país viva ahora en una anarquía sangrienta en que las facciones religiosas y militares se desangren sistemáticamente y en la que, sin duda, terminarán prevaleciendo los fundamentalismos islámicos.

El caso más patético es, sin duda, Irak. tras la grosera patraña de las “armas de destrucción masiva” para justificar la destitución de Saddam Hussein, se intentó manipular una suerte de imagen de libertad y legalidad que desembocó en una guerra sectaria (previsible, por cierto) entre chiitas y sunnitas y los terroristas de Al Qaeda y otras organizaciones islamitas se hicieron presentes para perpetrar verdaderos aquelarres de atrocidades, clima en el que un movimiento aún más cruel, sectario y fanatizado que Al-Qaeda, el ya citado Estado Islámico, se ha apoderado de parte del país al igual que de Siria e instalado allí un nuevo Califato, en el que imperan la sharia y demás formas extremas de la barbarie, como decapitar, crucificar y enterrar vivos a quienes se niegan a convertirse a la rama fundamentalista del Islam y donde las mujeres son esclavizadas y, aún niñas, entregadas como concubinas a los militantes. y futuros mártires. No menos trágica es la situación en Afganistán, donde los talibanes parecen irreductibles.

A su vez, de la misma forma que sucedió en Libia, Estados Unidos y sus aliados europeos instrumentaron una ficticia rebelión, convenientemente financiada y promocionada en las grandes cadenas de comunicación, con el fin de destituir la “dictadura” de Bashar al-Assad en Siria; que es nada menos que uno de los últimos bastiones seculares en Medio Oriente y que representa, en términos de cultura, derechos cívicos y convivencia y respecto al sexo femenino, el polo opuesto a las dictaduras teocráticas de Arabia Saudita y los Emiratos del Golfo, aliados y proveedores energéticos de un Occidente de moral hemipléjica que no exige en el Golfo Pérsico lo que quiere imponer en el Mediterráneo. Tras las manifestaciones estudiantiles y el recurso a las redes sociales en la forja de esas insurrecciones, agazapadas estaban las distintas variables del fundamentalismo islámico, no los principios de Hamilton, Jefferson y la Ilustración.

En la política exterior norteamericana, George W. Busch se guió por la tesis del “choque de civilizaciones” acuñada por Samuel Huntington. En un influente ensayo luego convertido en libro, Huntington adujo que los conflictos de la época posterior a la Guerra Fría se darían entre civilizaciones muy diferentes entre sí. Lo que a él le preocupaba, en verdad, era el Islam. La civilización islámica, escribió, “tiene fronteras sangrientas”. Para este politólogo estadounidense, en el siglo XXI ninguna frontera sería más sangrienta que la que separa al Islam de Occidente.

Y dada la gravedad del asunto, es necesario ser riguroso en la terminología, porque confundiendo las definiciones se concluye en análisis erróneos. Y no es una cuestión meramente semántica, en ocasiones, al referirnos al término islamita, se utilizan términos como integrismo o fundamentalismo, los que son transplantados de un contexto histórico-cultural a otro – por cierta analogía – pero abusando de una excesiva generalización. Lamentablemente, muchas veces las confusiones terminológicas derivan en conceptuales, es por ello que, como primera instancia, conviene efectuar algunas delimitaciones a los efectos de devolver a cada término su verdadero significado.

Tanto los vocablos integrismo como fundamentalismo corresponden a movimientos de expresión religiosa que se dieron a fines del siglo XIX y comienzos del XX dentro del catolicismo intransigente y entre sectores puritanos del protestantismo, respectivamente, que no tuvieron implicancias políticas en el sentido que reconocemos actualmente. En efecto, integrismo es un término de origen francés. “Intégralisme”, que se utilizó en forma peyorativa para designar a una fracción del catolicismo de los países latinos de Europa que, a lo largo del siglo XIX, se oponía a todas las tentativas de conciliación entre la Iglesia Católica y la sociedad surgida de la Revolución Francesa, por considerar a la modernidad como antagónica a la tradición que ellos pretendían conservar. Su lema era: no se puede transigir en los principios. Esto se traducía en un rechazo a la República no solo por ser partidarios de la Monarquía, de la soberanía temporal del Papa y del mantenimiento de los Estados Pontificios, sino además, fundamentalmente, por no admitir bajo ningún aspecto el principio republicano elemental de la libertad de conciencia y de culto, considerando un agravio a la verdad única del dogma católico. y a la religión como elemento estructurante de la sociedad.

Sobre esta base, los impulsos conservadores han dado lugar a movimientos integristas apegados a la ortodoxia tradicional de la institución y cuyo objetivo, diametralmente opuesto a los de la “teología de la liberación”, es la de la adaptación de la sociedad a las reglas cristianas. Los grupos integristas católicos, entre ellos el “Opus Dei” y “Comunión y Liberación”, acaso dos de los más emblemáticos, encontraron el pontificado de Juan Pablo II un campo propicio de actuación. Particularmente activos se mostraron en Europa del Este, en los países de la antigua Unión Soviética, en América Latina e incluso en África y China, donde cargaron contra los protestantes. En Europa, estas expresiones se manifiestan sustentando los grupos “Pro Life” y antidivorcistas.

En general, estos grupos, cuyos miembros no se sienten poseedores sino poseídos por la verdad, tienen la idea de que los católicos deben crear o integrarse en los partidos políticos, sindicatos o medios de comunicación confesionales para ejercer influencia sobre instituciones y desde ellas intervenir con capacidad decisoria en la vida política y social de los Estados. No obstante, carecen de un proyecto político y desde su óptica conservadora cultivan la nostalgia al pasado y dan su apoyo ideológico a los regímenes que suelen identificarse en las fórmulas elementales de “Tradición, Familia y Propiedad” o “Ley y Orden”.

Contrariamente a integrismo, fundamentalismo fue un nombre asumido por el movimiento protestante conservador, que se originó en los Estados Unidos a fines del siglo XIX, como reacción a las interpretaciones liberales y modernistas de esa época.. Su objetivo básico era defender el precepto de inspiración divina de la Biblia – su infalibilidad – y, por lo tanto, la autoridad absoluta de la misma en la vida de todo cristiano. Por ello, veían en la difusión de las doctrinas evolucionistas (como el darwinismo), el alto grado de decadencia a que había llegado la sociedad norteamericana: la secularización de los modos de pensar, la descristianización de la cultura y de la educación. Como solución proponían el retorno a la palabra de Dios: la Biblia y el Dios de la Biblia son la única esperanza, sostenían. En su defecto, la sociedad norteamericana estaría destinada a sucumbir. Ello denota su preocupación por la moral privada y su aparente e hipócrita alejamiento de la esfera política y de los asuntos públicos. no es un principio hermenéutico, vinculado con la interpretación de un Libro sagrado. Hay formas de fundamentalismo en las tres religiones monoteístas del Libro, pero el fundamentalismo cristiano nace en los ambientes protestantes y se caracteriza por la decisión de interpretar literalmente las Escrituras, de donde se derivan todos los debates aún actuales sobre el darwinismo, rechazado porque no cuenta la misma historia del Génesis.

Ahora bien, para que haya interpretación literal de las Escrituras es preciso que las Escrituras puedan ser interpretadas por el creyente, y esto es algo típico del protestantismo. No puede haber fundamentalismo católico – y al respecto se combatió la batalla entre la Reforma y la Contrarreforma – porque para los católicos la interpretación de las Escrituras pasa por el magisterio de la Iglesia.

Ya entre los padres de la Iglesia hubo debates entre los partidarios de la letra y los que apoyaban una hermenéutica más blanda, como la de San Agustín, que estaba dispuesto a admitir que la Biblia a menudo hablaba mediante metáforas y alegorías.

La teología católica nunca se escandalizó demasiado por las teorías evolucionistas, con tal que se admitiera que en la escala evolutiva se produjo un salto de calidad, cuando Dios introdujo en un organismo vivo un alma racional inmortal ¿Cuál es, pues, la actitud católica que hoy se tilda de como fundamentalismo? No es fundamentalismo el debate sobre los embriones y sobre el origen de la vida, porque si acaso, hasta que Dios le insufla el alma a Adán, nos habla de fango, pura materia no espiritual.

Ya se ha escrito que la decisión de emprender una batalla anticipando los orígenes del alma inmortal es un hecho nuevo en la historia de la teología católica (salvo en el caso de Tertuliano), que parece motivado por otras preocupaciones, como la del aborto, ésta sí criticable en términos de una interpretación de las Escrituras.

Lo que se tacha de fundamentalismo es, en cambio y más bien, una actitud clásica (o tentación perenne) del pensamiento religioso (no solo cristiano sino también islámico), que es el integrismo, es decir, la pretensión de que los principios religiosos deben ser también el modelo de vida política y fuente de las leyes del estado. En tal sentido, los muchachos del Tea Party estadounidense son unos fundamentalistas protestantes (tradición antigua) que están cediendo a la tentación católica y a la práctica islámica nuevas para la democracia anglosajona) del integrismo.

Se dirá que es sólo una cuestión de palabras. No, es una cuestión de sutilísimos debates filosóficos, teológicos y políticos que no gana nada en verse reducidos, ni por una parte ni por la otra, en un apedreamiento de palabras fetiche.

Pero al hablar del fenómeno islamita actual, la expresión más adecuada es la de islamismo. con ella se alude a una variada gama de corrientes políticas del mundo musulmán que tienen por objetivo el restablecimiento del “Estado Islámico” en las sociedades en las que actúan. Este fenómeno no es un hecho aislado y mucho menos reciente. Desde los comienzos del Islam han existido movimientos que se han basado en la necesidad de una renovación religiosa para justificar su conquista del poder o su lucha contra el poder instituido. Pero es a partir del triunfo de la revolución iraní, en enero de 1979, que estas corrientes políticas cobran fuerza y su importancia se extiende prácticamente a todo el mundo musulmán.

El islamismo se presenta, entonces, como un movimiento que se funda en el Islam, entendido éste como ideología y religión. En efecto, en el Islam reconocemos, a la vez, una propuesta política y del Estado, y una propuesta religiosa, que se relaciona con el regreso a la raíz o surgimiento del Islam de tiempos de Mahoma. Es en este último aspecto de revalorización del pasado donde reside el carácter fundamentalista del resurgimiento islámico actual.

Tal como destaca la investigadora Magdalena Carrancio: “Esto implica, en definitiva, un retorno a los textos coránicos para así beber, desde las fuentes, los referentes religiosos, morales, sociales y políticos del Islam. Pero más aún, la imbricación de lo político y lo religiosos que caracteriza al Islam, facilita la sacralización de lo secular, fenómeno justamente contrario a la laicización sostenido por los procesos de modernización. En esta oposición del islamismo a la modernidad -ante la que se muestran intransigentes – se reconoce su connotación integrista.” (2)

Ahora bien, en el caso de los países de cultura islámica, modernidad termina siendo signo de occidentalización. El islamismo actual surge para llenar el vacío dejado por el desmoronamiento de las estructuras tradicionales y por el fracaso de los modelos importados de Occidente. Las guerras de liberación y la lucha por la independencia habían sido obra de elites nacionalistas forjadas en Europa, marcadas por el pensamiento occidental y animadas por una voluntad reformadora y modernizante. El nacionalismo árabe, en su versión nasserista o baasista, que llega al gobierno tras la independencia, intentó ser, durante mucho tiempo, la fórmula que mejor expresaba los anhelos de muchos pueblos islámicos, pero no pudo dar respuesta a los problemas que, de manera cada vez acuciante los afecta. De esta forma, el islamismo fue creciendo como ideología política de alternativa en tanto entraron en crisis otras ideologías.

Es bien sabido que dentro del Islam hay diversas ramas que se disputan el poder dentro de la misma religión, y este es un factor importante a la hora de analizar la región de Medio oriente y Asia del Sur. La lucha más intensa se da entre los sunnitas – entre el 80 y el 90% del total de musulmanes, que son liderados por Arabia Saudita, y los chiitas – una rama no tan extendida pero igualmente fuerte, liderada por Irán – Pero, ¿Cuáles son las diferencias entre los grupos? Básicamente, los chiitas consideran que los sucesores de Mahoma debían ser sus sucesores naturales, mientras los sunnitas consideraban que el sucesor debía elegirse dentro de la misma tribu del profeta. Esto, por supuesto, trae en la práctica distintas concepciones del poder, de ordenamiento social y de la relación del hombre con Dios.

La división surgió tras la muerte de Mahoma en el años 632, que desembocó en lo que se conoce como la “fitna” o “gran discordia”. Después de la muerte del profeta, los creyentes decidieron institucionalizar el liderazgo de la comunidad creando un califato. Los primeros califas (o “sucesores”) fueron elegidos por consenso. Pero luego la comunidad se dividió en torno al mecanismo de sucesión. Los “legitimistas”, hoy conocidos como chiitas, pensaban que el liderazgo de la comunidad debía recaer en un miembro de la familia de Mahoma. Por lo tanto, consideraban que los herederos debían ser en primer lugar su primo y yerno Alí y luego sus hijos Hasán y Husein. Pero luego surgió otra corriente, que dio origen al grupo ahora conocido como sunnita, que descartaba la descendencia como criterio y consideraba que el único criterio de sucesión debía ser pertenecer a la tribu de Quraish, de la que procedía Mahoma. Finalmente, surgió una tercera corriente, que hoy tiene menor importancia, compuesta por los jariyíes, quienes pensaban que la dignidad califal emana de la comunidad, y que esta debe elegir libremente al más digno “aunque sea un esclavo negro”.

Alí y sus dos hijos, Hasán y Husein, fueron los tres primeros profetas del chiísmo. La sucesión de Alí, de padre a hijo, se interrumpió en 872, con la desaparición del duodécimo imán, conocido como el “Madhi”. Según la corriente duodécima del chiismo, este imán está vivo pero “oculto”. Para los chiitas, el imán tiene legitimidad, en nombre del Madhi, para interpretar la Ley y transmitir los misterios divinos a los sucesores. Los sunnitas, por el contrario, están convencidos de que Dios no ha podido abandonar a los creyentes con la desaparición del duodécimo imán y de que no hay intermediación entre el hombre y Dios. Los sunnitas se presentan como los guardianes de la tradición del Profeta y consideran que la misión principal del Califa se limita a velar por la aplicación y la observancia de la Ley, tal como fue revelada en la profecía. Pero, a pesar de estas diferencias, son más cosas las que unen a chiitas y sunnitas que las que los separan: Todos los musulmanes creen en un solo Dios, en un libro único (el Corán) y comparten los mismos principios fundamentales éticos y morales.

La frustración del Islamismo ante la modernidad recae sobre los efectos que ésta tuvo en las sociedades musulmanas, por su falta de adaptación a sus particularismos y peculiaridades. El estado moderno es visto por los islamistas como enemigo de la religión, no tanto por negarla sino por considerarla un asunto privado. Asimismo, los cambios en la economía, en la demografía y en la relación ciudad/campo, producidos por los procesos de industrialización y modernización, alteraron su sistema de referencias sociales. La estructura social más o menos común a todas las sociedades islámicas es la familia, el clan, la tribu. Esta pretende ser reemplazada por regímenes importados lo que ha trastocado el equilibrio socio-político tradicional y provocado una profunda crisis que dio lugar al nacimiento del Islam político.

El investigador francés Gilles Keppel da cuenta de esto cuando sostiene que “el movimiento islamista es doble. En él encontramos a la juventud urbana pobre, surgida de la explosión demográfica del tercer mundo, del éxodo rural masivo y que por primera vez en la historia tiene acceso a la alfabetización” A su vez, Keppel explica que también forman parte “la burguesía y las clases medias piadosas que fueron marginadas en el momento de la descolonización llevada a cabo por los militares o por dinastías que se hicieron con el poder”.

Es decir que el islamismo tiene un importante arraigo popular, especialmente en su versión más radicalizada, y también nacional. Pero esto no supone necesariamente un proyecto ligado a las reivindicaciones populares progresistas o de izquierda.

En 1928 se funda la Hermandad Musulmana en Egipto. Con el correr de los años se fue expandiendo por varios países del mundo árabe. Esta es la primera organización moderna que adopta el Islam como basamento de su proyecto político. A pesar de su temprana aparición y el desarrollo de diversos teóricos a los largo del siglo XX, durante décadas estuvo relegada por los gobiernos nacionalistas o pro-occidentales que imperaron en la región. Debido a las persecuciones su trabajo fue eminentemente social. La irrupción masiva y expansión del islamismo se dio entonces a partir de 1979 con la llegada al gobierno de la revolución iraní.

El Islam político es aquel que sostiene que los postulados del Islam y sus preceptos son aplicables a un programa político e integral para la sociedad. De allí se desprende la sharia o ley islámica.

No es lo mismo la sharia en Sudán (donde se practica la mutilación genital femenina) o Nigeria ( donde se puede lapidar hasta la muerte a una mujer por adulterio) que en Irán donde las mujeres pueden manejar autos o asistir a la Universidad.

El político francés y especialista en medio Oriente, François Burgat, explica algo básico pero necesario aclarar: “Son las personalidades islamitas quienes hacen el islamismo y no al contrario“. Además agrega que “según la naturaleza del terreno social que atraviesa, de las fuerzas políticas que se apropian de él, y de las reacciones de los regímenes, la corriente islamita se expresa con multitud de registros y a través de modos muy distintos. Ninguno de ellos puede ser una clave de lectura única e intemporal“.

Por eso es equivocado plantear que Hamás en Palestina es lo mismo que Boko Haram en Nigeria o la Hermandad Musulmana en Egipto. Con la revolución iraní de 1979 y el primer gobierno islamista de la historia, hacen su irrupción en la política sectores sociales que habían sido relegados en aquel rincón del mundo.

La modernidad también hizo resurgir el síndrome andalusí. Esto es, la conciencia en los países árabe -islámicos de haber sido una gran civilización y haber perdido esa grandeza bajo la dominación de Occidente. En efecto en gran parte de estos pueblos pervive una nostalgia de un pasado de esplendor, que alcanzó hitos históricos en el emirato y califato de Córdoba donde la cultura árabe brilló por sus avances en astronomía, matemáticas, literatura y medicina. Esta mitificación de las grandezas pasadas y la imputación a “elementos extranjeros” de haber reducido a lo que es hoy esa gran cultura, son los ingredientes básicos del síndrome andalusí.

Al-Ándalus fue un Estado de religión islámica y de cultura árabe, desde su introducción en 711 hasta su final, en 1492. Esta religión y cultura estuvieron representados al principio por la minoría de árabes llegados con la conquista, y en aquel primer siglo, y en grado menor por los bereberes recién islamizados y en proceso de arabización, pero ambas, religión islámica y cultura árabe se generalizaron, desde el Estado, entre la población autóctona, que en su mayoría eran cristianos y judíos al comenzar el siglo VIII.

La conversión al Islam de los autóctonos no se produjo de una vez, en tiempos de la conquista, sino progresivamente, conviviendo la religión oficial con un apreciable número de cristianos y judíos, hasta su significativa disminución desde finales del siglo XI, el siglo “del gran viraje” en la relación de fuerzas peninsulares entre el Islam y la Cristiandad, cuyos triunfos afectaron al interior andalusí, que procuró intensificar su homogeneidad religiosa y cultural.

El proceso de islamización de al- Ándalus fue complejo: el Estado andalusí actúa, por un lado, considerando la referencia coránica de que la religión no debe imponerse por la fuerza y que “las gentes del Libro” (Antiguo y Nuevo Testamento) pueden ser súbditos “protegidos” – “tributarios” de un Estado musulmán -, y por otro, la demanda política de homogeneidad poblacional, agravada desde el siglo XI por el avance de la Cristiandad.

Y los judíos y cristianos se hallan entre la secular y legal tradición de la existencia cristiana y judía en al -Ándalus y la intensificación islamista, desde el siglo Xi, cuando el Islam pasa a ser la religión mayoritaria de al-Ándalus, cerrándose desde entonces el proceso de islamización por conversiones, reales o figuradas, o por emigraciones, voluntarias o forzadas, de judíos y cristianos hacia el Norte cristiano o hacia el Magreb.

Al-Ándalus ” de las tres religiones”, fue en verdad un mito, una supuesta tolerancia embellecida posteriormente por la literatura, lo fue realmente durante sus cuatro primeros siglos; después, apenas quedó una minoría de no-musulmanes y, al final, sólo ya de judíos. Todavía en el XI puede apreciarse una convivencia próxima y positiva entre las tres religiones, reflejada en los dictámenes jurídicos o fetuas o fatuas sobre aquel siglo. Pero ante la obligada conversión al Islam en tiempos almohades, muchos judíos optaron por ocultar su fe, quedándose en el Magreb y en al-Ándalus, mientras los cristianos se retiraban masivamente del territorio musulmán, actuando así con reacciones diferentes, pues el rigorismo religiosos, primero de los Almorávides y definitivamente de los Almohades, estaba determinado por razones políticas y bélicas, ya que, independientemente del posible, y también discutido, colaboracionismo de los cristianos andalusíes y magrebíes con las potencias cristianas, la triunfante expansividad de éstas, tan notable desde el siglo XII, dejaba en gran riesgo, casi como rehenes, a los cristianos que aún pudieran quedar en estos territorios, sobre todo en al-Ándalus.

Si bien ésta y las anteriores razones expuestas tienen un extraordinario peso en el resurgimiento de movimientos islamistas, ellos adquieren fisonomías y estrategias muy variadas en los distintos Estados en que actúan, en función de contextos socio-políticos concretos.

Toda revolución genera su reacción, y el caso de Irán no fue una excepción. La llegada al poder del Ayatollah Jomeini en 1979 supuso un auge del Islam político y a su vez una radicalización del mismo en contraposición a los planteamientos reformistas de la histórica Hermandad Musulmana. Así, en la década de 1980 aparecen o cobran fuerza grupos armados islamistas como el Hezbollá en El Líbano y Hamás en Palestina.

Como respuesta, la dinastía de Arabia Saudita emerge como foco de contención a la radicalidad de esos nuevos movimientos. El islamismo conservador pasó así a ser financiado por uno de los países más ricos del mundo y sus aliados estratégicos.

Para sofocar el intento de extender la revolución iraní al resto de Medio oriente, Arabia Saudita impulsó su propia “cruzada”; la guerra de Afganistán. Miles de mujaidines fueron enviados como combatientes internacionalistas a detener el avance del comunismo soviético por la dinastía de Riad. De allí la ligazón del saudí Osama Bin Laden con los Talibán que luego gobernaron Afganistán.

Los peligros del reduccionismo de enfoque son advertidos por el catedrático chileno Fernando Mires: “El islamismo -siempre habrá que reiterarlo no es el Islam. La guerra en contra del islamismo no puede ser en ningún caso una guerra entre culturas como plantea Huntington, mucho menos entre religiones. Ese es el objetivo de los islamistas, y aceptar que ellos representan el Islam es someterse a ese objetivo. El islamismo es una ideología y una práctica totalitaria construida sobre la base de elementos extraídos arbitrariamente del Islam, y no puede ser jamás confundido con una religión. En esencia, el islamismo es anti-islámico. más aún, uno de los objetivos de la guerra en contra del islamismo tiene que ser el de proteger a la población islámica que se encuentra tan amenazada por el islamismo como la occidental” (8)

No es el Islam, sino una interpretación muy particular que se aleja de las más tolerantes y abiertas y se diferencia de otros contextos islámicos, caracterizados por la protección de los pueblos del Libro – cristianos y judíos -y cierta apertura cultural. Este islamismo dogmático, para decirlo en términos occidentales, ahí donde está, hace desaparecer las huellas de otras civilizaciones. Pasó en Afganistán cuando dinamitaron las estatuas de los Budas milenarias, en Siria, donde los islamitas ocuparon Malula, la única aldea donde se hablaba el arameo; en Irak, donde dinamitaron lugares sagrados del chiismo. Ahora es el cristianismo el que está desapareciendo, un lento y permanente éxodo vacía de cristianos a todos los territorios llamados “palestinos”. Los católicos también están desapareciendo de Irán: No cesan de disminuir los maronitas en el Líbano. Casi no quedan en Siria. La situación en África es aún peor.

No obstante, considerar al Islam como sinónimo de radicalismo o, peor aún, de terrorismo, es algo muy alejado de la esencia de esta religión. Ni la violencia ni la muerte tienen justificación alguna. Según el derecho islámico, la yihad es el combate sagrado por la causa de Dios para establecer la paz y la justicia tanto en el alma individual como en el mundo. Pero en esta segunda acepción, constituye un recurso extraordinario al que se llega sólo cuando fracasan los demás medios para hacer frente a cualquier agresión contra la religión.

El conflicto entre civilizaciones no es inevitable, como plantea el fatalismo de Samuel Huntington, preferimos remontarnos al mito histórico sobre la idílica “Granada de las tres culturas”. Sabemos que se trata de un mito, pero en la historia existen los símbolos, y para ser honrados hay que reconocer que esa convivencia estuvo marcada por tensiones, conflictos e incluso violencia, como toda actividad humana, pero… ha sido una prefiguración importante de los que podríamos esperar para el fututo.

Entre la realidad y las construcciones idílicas, los seres humanos recurrimos al pasado para comprender y proyectar también nuestro futuro. La religión surgió para consolar al hombre y no para atormentarlo. Quién lo haga – en nombre de cualquier extremo – merece el peor de los infiernos.

Que existe.

(1) Bianchi, Enrique Tomás “Intérpretes de las Escrituras”. En: “La Nación” 10/9!05

(2) Carrancio, Magdalena “Sobre fundamentalismo, integrismo e islamismo” En: “El periódico del CEID” Octubre 2001

(3) Mires, Fernando. “El islamismo. La última guerra mundial” Buenos Aires. Libros de la Araucaria.2005

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: