Las consecuencias de la corrupción. “Tarjetas opacas”, una consecuencia del politicismo

EDUARDO ARROYO

por Eduardo Arroyo – Un nuevo caso de corrupción ha saltado a los medios: las “tarjetas (bancarias) opacas”. “Consejeros” de Caja Madrid, nombrados por los partidos, gastaban cientos de miles de euros sin control mientras a sus trabajadores se les reducía el sueldo o se estafaba el dinero de las “preferentes”.

En el asunto están implicados todos los grupos políticos. Si la izquierda se pretendía limpia de polvo y paja, no solo supimos en su momento que el eurodiputado Willy Meyer era dueño de una SICAV de millones, sino que ahora, en el nuevo asunto de las tarjetas bancarias, aparecen implicados principalmente cargos del PSOE, junto a dirigentes de UGT, CCOO y nuevamente Izquierda Unida.

El denominador común de todos ellos era su pertenencia a la clase política dirigente. Naturalmente, ni uno solo pensó en que la labor dirigente lleva aparejada una responsabilidad: estos sujetos creían que la principal responsabilidad era para con su bolsillo y sus gustos personales.

Y es que el acusado desequilibrio entre la misión asumida y los resultados efectivos se debe a una de las más graves enfermedades de los tiempos que corremos, una enfermedad profunda, radical y también letal que aqueja a Occidente entero: el politicismo.

Si bien en multitud de ocasiones, en esta misma columna, hemos denunciado la insubordinación de la economía respecto de la política –hasta el punto de que en el debate político solo se habla de economía y las decisiones económicas priman y condicionan a la política-, también la política parece haberse insubordinado respecto de esferas superiores de la vida.

En primer lugar, lo político –el arte de organizar comunidades sobre fundamentos de bien, verdad y justicia- se ha degradado a mera ideología. La ideología es un sistema de ideas, reduccionista y simplista, que pretende aportar soluciones para todos los problemas. Dado que la ideología todo lo resuelve, la receta se constituye en bien supremo.

De ahí que se exija adhesión plena -¿quién no querría sumarse al bien supremo?- y, por consiguiente, el no afecto se transforma debe transformarse en el mal supremo. Las ideologías se encarnan en partidos que, a su vez, degradan la política a la lucha partidista. Pero como las ideologías son, por naturaleza, simplistas y reduccionistas, el debate político se produce al más bajo nivel y constituye un campo abonado para la lucha pasional, trufada de filias, fobias y manías personales.

De ahí que una característica del político actual sea su baja o bajísima categoría. Eso, naturalmente, no le impide comportarse como el mayor de los fanáticos. En estas circunstancias, no es nada raro de que gente o gentecilla sin la mayor formación de ningún tipo te sermonee acerca de cómo debe ser el mundo o “la sociedad” y tampoco es raro que quiera condenar a las tinieblas exteriores a los disidentes.

Pero como el nivel de sus razones, la calaña de lo que defiende es tan baja o, en el mejor de los casos, vaga e imprecisa, el comportamiento humano, tan lábil y oscilante cuando no está enraizado en bases fuertes, tiende a corromperse.

De ahí que en los tiempos que vivimos sea tan frecuente la corrupción. Nosotros diríamos que, precisamente por la plaga politicista, la corrupción será incluso más frecuente en el futuro. Puede alegarse que no existe tal plaga politicista toda vez que amplias capas de la población se mantienen al margen de elecciones, convocatorias y militancias del más variado pelaje. Falso.

Si bien la gente rehúye el compromiso activo, la mayoría se mueve y actúa por los vaivenes de la política-esperpento en la que vivimos. Millones creen que los problemas se solucionan con una reforma de la constitución, con tal o cual ley o con la expulsión de este sujeto o de estos inmigrantes. Esos mismos sujetos, que pierden horas en las charlas de café, son incapaces de contraer el más mínimo compromiso por unas ideas y, claro está, mucho menos sacrificarse.

Esta es otra de las características de nuestro mundo decrépito: politicismo y desmovilización política conviven. ¿Cuál es la solución? Pues despolitizarse. Naturalmente, no nos referimos con esto a la irresponsabilidad, al “pasar de todo”, al individuo embrutecido que vive solo de que le diviertan y para apoltronarse en una montaña de bienes materiales.

Hay una despolitización sana, que ancla el quehacer político en la verdad y en la justicia, en la sabiduría y en el amor, en la bondad y en la inteligencia. Una despolitización que sabe que la acción política está sometida a cuestiones que la trascienden. Para ello es necesario, primero y al revés que en el caso de las ideologías, reconocer que existe una Verdad con mayúscula y, por lo tanto, una acción correcta.

De ahí que sea tan vital a la acción política el que sus fautores sean una selección de los mejores. Nada hay más desestructurador y más nefasto para una comunidad humana que esta contraselección de dirigentes que parece haberse impuesto en todo Occidente con la excusa de la “democracia”.

Las consecuencias de esto que explicamos aquí son, por ejemplo, asuntos tan dispares como el caso de las “tarjetas opacas”, los programas de TV repulsivos –admisibles porque cuadran las cuentas en base a índices de audiencia-, el terrorismo, la crisis económica o el actual independentismo catalán.

Pero para promover el ascenso de una nueva casta de dirigentes políticos hay que comenzar por exigir algo más que ser incluido en unas listas. Es imperativo que el mejor material humano asuma la misión dirigente que nunca debió perder.

Del mismo modo, es necesario que los que aspiren a la dirigencia sean conscientes de que hay que salir, cueste lo que cuesta, de la espiral politicista. Mayor nivel formativo a todos los niveles, mayor exigencia, son elementos esenciales de lo que aquí decimos. De lo contrario el declive será cada vez más vertiginoso y el desastre más certero.

Fuente: ESD

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