¿Estamos en la segunda transición o ante otra cosa?

ERNESTO MILÁ

por Ernesto MiláEl que esto escribe conoció en su juventud un cambio de régimen. Tal cambio estaba en el ambiente desde 1971 con Franco vivo y con Carrero Blanco como vicepresidente del gobierno. Los medios de comunicación insistían en que todo estaba “atado y bien atado”, aunque evitaban decir hacia dónde. En los últimos años del franquismo, el régimen había iniciado una descomposición interior que se negaba pertinazmente desde los medios. Bastó que faltara una persona, el anciano moribundo de El Pardo, para que el régimen se desmoronara en pocos meses. Los que vivimos aquellos últimos años del franquismo y la transición reconocemos hoy muchos elementos que nos sitúan ante un nuevo fin de ciclo. Al parecer es difícil que en España un régimen dure más de cuarenta años.

Fuera de la mitología creada por franquistas que sugiere que en 1975 todo en España iba bien y que el régimen podía haberse mantenido sin alteraciones por tiempo indefinido de no haber sido “por la puñalada por la espalda” que le asestaron los “evolucionistas”, y fuera de la mitología creada por la “oposición democrática” de la época, según la cual, la presión popular hizo tambalear al régimen y forzar la transición, la realidad fue muy diferente y sería cuestión de que un congreso de historiadores restableciera la verdad de lo que ocurrió.

El franquismo entre 1970 y 1975 seguía teniendo cierto consenso social (España es un país de inercias y de población mayoritariamente apática) y los “poderes fácticos” (magistratura, fuerzas armadas, fuerzas de seguridad del Estado, alto funcionariado) no estaban dispuestos a mover nada del entramado de las Leyes Fundamentales que constituía nuestro ordenamiento constitucional en la época. En ese tiempo existía una “oposición democrática” con peso en las zonas industriales, entre los intelectuales y especialmente en la universidad… pero distaba mucho de disponer de “fuerza social” suficiente como para forzar una transición.

La otra versión de la transición

Hoy, a medida que van apareciendo trabajos históricos rigurosos, se percibe que la versión oficial de una transición modélica pilotada mediante consenso entre los “sectores evolucionistas del régimen” y la “oposición democrática”, ante la mirada beatífica del rey y la decisión de Suárez, no es más que una piadosa versión que tiene muy poco que ver con lo que ocurrió verdaderamente. Más parece que la transición que nos llevó a una democracia formal fue una decisión que tomaron otros actores: el incipiente capitalismo español que había surgido al calor del desarrollismo económico de los años sesenta (la década en la que verdaderamente España abandonó el subdesarrollo y recuperó los 150 años de terreno perdido), multinacionales extranjeras deseosas de ampliar su penetración en una España que todavía planteaba límites a las inversiones extranjeras, los inversores internacionales que veían en España un prometedor terreno a la vista de que algunos aspectos de su estructura económica estaban todavía atrasados, nuevos grupos mediáticos, algunos de ellos vinculados a los intereses del capitalismo internacional, el Pentágono deseoso de ampliar la “profundidad” de la OTAN, la Internacional Socialista (que en aquello años tenía una fuerza componente “socialista Fabiana” y desde el Congreso del SPD en Bad Godesberg reconocía la posibilidad de coexistir con un “capitalismo con rostro humano”) y, por supuesto, individualidades políticas españolas, procedentes del mundo del dinero, conscientes de que solamente podrían grandes negocios a la sombra del poder si cambiaban los gestores del régimen. Este “pool” de intereses fue quien “diseñó” la transición, correspondiendo su aplicación práctica a los rostros que han quedado plasmados para la “historieta” como sus mentores: los Suárez, los Juan Carlos, los Carrillo, los Felipe González, los Fraga, meros ejecutores tácticos de un plan estratégico cuya paternidad no les correspondía.

Sabemos lo que siguió: partidocracia, Estado de las Autonomías, corrupción generalizada, formación de la “casta”, ingreso en la UE, pérdida de peso económico de España, papel periférico en la UE, globalización, hundimiento de la educación, de la moral pública, terrorismo, GAL, proceso de paz, nacionalismos periféricos, centrifugación nacional, crisis económicas cada vez más duras, pérdidas de derechos sociales, problemas de la monarquía… un panorama, en definitiva, de crisis del régimen nacido en 1978.

El sistema político franquista, concebido inicialmente como un régimen de partido único (FET y JONS, lo que se llamó “Movimiento–organización”) y luego, a partir de 1967 con la Ley Orgánica del Estado transformado en “comunión de todos los españoles con los ideales del 18 de julio” (lo que se llamó “Movimiento–comunión”), estaba sostenido sobre unos pilares políticos básicos: el corporativismo monárquico procedente de Renovación Española, el carlismo tradicionalista, Falange Española que aportaba la parte social y los llamados “propagandistas católicos”, cada uno de los cuales tuvo presencia en determinadas esferas del régimen. Lejos de ser un régimen lineal, unitario y estable, fue variando con el paso del tiempo: “falangista imperial” entre 1939 y 1942, “nacional–católico” entre 1943 y 1956, “tecnocrático–desarrollista” entre 1957 y 1970. Franco jugó, según la coyuntura política nacional e internacional con las distintas piezas que apoyaban al régimen y constituyó en base a ellas gobiernos en los que estaba más o menos representada cada parte. A partir de 1971 se inició la transición…

Esta afirmación puede sorprender a los que mantiene la “versión oficial” de que no fue sino hasta el 20–N de 1975 cuando la desaparición de un anciano entubado desde había dos meses, hubiera abierto todas las compuertas que impedían la irrupción de la democracia formal. De hecho, Carrero Blanco era perfectamente consciente de que el régimen tenía que evolucionar y lo que aspiraba era a una evolución controlada (democracia a la alemana, con partidos hasta el socialista, pero sin el PCE) algo que el jefe de sus servicios de inteligencia, el Coronel San Martín, dejó claro en sus memorias escritas en los años 80. Carrero tenía un “Plan B”: si la Comunidad Europea (hoy UE) no aceptaba tal transición, se trataba simplemente de buscar nuevos mercados… en el Este de Europa. De ahí que bajo su mandato, Carrero estimulara el comercio hacia el Este Europeo y la URSS recogiendo la hostilidad de Blas Piñar manifestada en un curioso discurso en las Cortes Españolas (hoy Congreso de los Diputados…). El conflicto del Sáhara demostró que la alianza con los EEUU no era tan sólida como se creía e incluso habían llegado sospechas de que desde ese país se intentaba desestabilizar al régimen español, justo en el momento en el que se estaban renegociando los acuerdos de cooperación militar.

El hecho de que los miembros del PSOE y de la UGT (muy escasos por lo demás) no fueran obstaculizados por la policía política, indica que, efectivamente, Carrero estaba trabajando para un híbrido entre democracia orgánica y parlamentarismo convencional que debía “abrirse” hasta los socialistas y socialdemócratas, pero no hasta los comunistas y la extrema–izquierda. Así mismo, el hecho de que diera luz verde para la reorganización política de la derecha y del centro, mediante el “asociacionismo” y que, incluso promoviera con cargo a los patrimonios generales del Estado, ayudas económicas para quienes querían organizarse como embriones de partidos políticos (Reforma Social Española de Cantarero sería el “ala socialdemócrata”, pero también existían engendros locales como el “Partido Proverista” especie de populismo exótico y, por supuesto, núcleos democristianos, liberales, amén de monárquicos, falangistas, carlistas). La idea que Carrero vendía era una “transición controlada” y por etapas. Pero el “pool” al que hemos aludido quería cambios más drásticos y veloces.

No hay que olvidar tampoco que la crisis económica mundial de 1973, después de la tercera guerra árabe–israelí a la que siguió el embargo mundial de petróleo decretada por los países de la OPEP, supuso para la economía española un primer descarrilamiento de la felicidad desarrollista de los sesenta. Una vez muerto Franco, el régimen tardó apenas tres años en adoptar su nuevo rostro en medio de oleadas de huelgas, doscientos asesinatos políticos, convulsiones sin fin y momentos dramáticos en los que la inflación se disparó (parece hoy imposible) hasta el 30%. Y es que la transición fue todo, menos modélica.

Un régimen envejecido prematuramente

Pasaron treinta y cuatro años y el régimen, ya desde mediados de los años 80 parecía prematuramente envejecido: el Estado de las Autonomías auguraba excesos económicos faraónicos, descontrol, creación de castas regionales inamovibles; año y medio después de la llegada de los socialistas al poder se evidenciaba que la corrupción iba a ser su leit–motiv; el terrorismo golpeaba más duramente que nunca a pesar de que el eslogan oficialista de la transición indicaba que “contra terrorismo, democracia”; la ocupación y el saqueo por parte de los partidos políticos de todos los centros de poder, incluidas las cajas de ahorro, etc. Al régimen se le podía aplicar la letra de aquella canción de Bob Dylan dedicada a Pete Seeger sobre “un viejo y raro mundo que agoniza | y que apenas sí acaba de nacer”.

La “pasada por la izquierda” estaba resultando catastrófica: se había negociado mal el Tratado de Adhesión a la UE, estábamos en la OTAN como resultado de un fraude escandaloso, se sabía que en Cataluña y en Andalucía gobernaban bandas de salteadores de caminos… pero “ayudaban al a gobernabilidad del Estado”. Pronto el socialismo felipista se convirtió en un lastre del que, a lo largo de 13 largos años, parecía imposible liberarnos; no terminaba de morir y su agonía fue extremadamente larga. Pero quedaba la esperanza de que el centro–derecha, antes o después, lo solucionara todo.

En 1996, mientras el “pueblo del PP” coreaba el “Pujol enano, habla castellano” desde la calle Génova, en el balcón, un exultante Aznar había empezado ya a negociar el apoyo de CiU a su primer gobierno aun en minoría. No lo sabíamos entonces, pero Aznar a la vista de la situación del país y de la necesidad de un tirón económico tras la “reconversión industrial” socialista forzada y financiada por la UE, había ideado un modelo económico suicida cuyos éxitos futuros serían garantía de hambre para pasado mañana.

En efecto, lo peor del aznarismo ya no era su contemporización con quien todos sabíamos era un simple delincuente económico, Pujol, ni siquiera el haber recibido una riada de votos no tanto por identidad y conformidad con su programa, sino por simple rechazo a la agonía socialista, lo peor era, precisamente, su modelo económico. El electorado de derechas no suele mirar a la economía, cuyos mecanismos no termina de comprender, prefiere ver qué soluciones se aportan a problemas como el orden público, la lucha antiterrorista, el aborto, la lucha contra la delincuencia… y poco más. En este sentido, la gestión de Aznar fue mediocre, incluso en su cénit, durante su segunda legislatura, cuando ya disponía de mayoría absoluta; el desenlace del Caso Perejil –contrariamente a lo que se dijo a la opinión pública– fue una vergonzosa retirada del peñón. En efecto, la negociación llevada a través de Ana Palacio y de Collin Powell reafirmaba la soberanía española sobre Perejil… soberanía que no se podía demostrar mediante el establecimiento de una guarnición o de una simple bandera…

Lo esencial del gobierno Aznar fue el modelo económico y el bajar la cerviz ante la globalización, sin pronunciar ni una sola palabra en contra, ni una mera objeción, ni siquiera una súplica: porque España no tenía lugar bajo el sol de la globalización. Aznar quiso especializar al país en construcción inmobiliaria (sin pensar en lo insostenible del modelo durante mucho tiempo) y para que saliera rentable era preciso importar mano de obra. A partir de 1976–77 fue llegando inmigración masiva y progresivamente descontrolada con todo lo que ello implicaba, además de una bajada salarial global. Es cierto que la llegada de 600.000 inmigrantes anuales entre 1996 y 2006 contribuía también a que el PIB subiera unos puntos, pero era evidente que se habían convertido en una aspiradora de recursos sociales.

Por otra parte, el pueblo español no comprendió que sus salarios eran bajos o incluso bajísimos: Aznar desdibujó esta sensación poniendo al alcance de todos un crédito abierto de par en par. Bastaba con llamar a un teléfono para recibir inmediatamente un crédito de 6.000 euros pagaderos en cuotas de 100 euros al mes y sin avales ni garantías de ningún tipo. Trabajadores con salarios bajos podían ir de vacaciones al Caribe y pagar cómodos plazos durante el resto del año. No importa quién podía obtener una hipoteca por el 120% del valor de viviendas sobretasadas que no valían ni la cuarta parte de esa cantidad, pagadero, además en 30 años. El país enloqueció y siguió enloquecido más allá de que las extrañas bombas del 11–M desplazaran a Aznar al basurero de la historia. La inercia siguió con Zapatero en su primera legislatura, quien, además, concentró su esfuerzo en sus delirantes planes de “ingeniería social”, extraídos de los pánfilos boletines de la UNESCO.

El resultado fue que la nueva pasada por la izquierda dejó al país al borde del abismo: la crisis económica mundial, que en España empezó revistiendo las formas de estallido de la burbuja inmobiliaria, pasó a ser crisis de deuda. Pronto se vio que ZP no estaba en condiciones de resolver el problema sin hundirnos un poco más en problemas generados por su debilidad (entre otros, su “apertura” a un “nuevo estatuto” en Cataluña que conduce directamente a la crisis actual). Y volvió el centro–derecha…

De la “reforma necesaria” a la “reforma imposible”

Cuando escribimos estas líneas, el régimen ha cumplido su treinta y seis aniversario, intenta remozar su aspecto, pero solamente ha sido capaz de cambiar el rostro de un monarca al que todavía no hemos visto con corona y que no deja de ser una simbiosis de presidente de la república con cualquier personaje del colorín. Nada más. Ahora ya es tarde para acometer reformas que rectifiquen los aspectos más problemáticos del régimen nacido en 1978.

Thomas Molnar en La contrarrevolución (Unión Editorial, Madrid, 1976) nos cuenta que existen dos tipos de “reformas”: lo que llama la “reforma necesaria” es la que un régimen puede hacer cuando aún cuenta con apoyos sólidos y ha comprueba que es preciso rectificar algunos de sus aspectos que no terminan de funcionar. Pone como ejemplo a la monarquía de Luis XIV. Pero en esos momentos, el gobierno es fuerte, el régimen está sólidamente asentado, la red clientelar firmemente establecida, así que… ¿para qué reformar nada? Las cosas quedan igual. Pero luego viene el tiempo en que los desfases van ganando en intensidad y alcanzan su límite extremo, justo en el momento en el que el régimen está debilitado. El tiempo de Luis XVI. Pero entonces la “reforma necesaria” ya no puede hacerse, se ha convertido en “reforma imposible”: rectificar cualquier aspecto del sistema implica demostrar su debilidad y exponerse a generar desequilibrios todavía mayores. A ese tiempo sucede, inevitablemente, el de las guillotinas.

No es necesario ponerse dramático, pero si darse un baño de realismo. El franquismo murió por inadaptación del régimen a las exigencias de grupos de presión internos y externos. La transición fue, en realidad, la transmisión de las riendas del poder a una clase política más adaptada y dócil ante estos grupos de presión. Así, un régimen fue sustituido por otro. Hoy, en cambio, la situación es mucho más dramática.

Desde hace décadas la “reforma necesaria” no se ha llevado a cabo (debería de haberse llevado justo cuando se percibió que la corrupción tentacular se extendía por todos los estratos del régimen y el Estado de las Autonomía era una proliferación vermicular y cancerígena contra el Estado del Bienestar que desviaba hacia la casta política recursos ilimitados). Ahora ya es tarde. Nada puede reformarse sin que todo el castillo de naipes construido a lo largo de 36 años se desplome. Cualquier pequeña amenaza (las manifestaciones del 15–M, la irrupción de Podemos, la insignificancia de Urdangarín, el caso Pujol, el separatismo catalán) pueden dar al traste con todo el régimen. Ni siquiera lo que ha constituido su “núcleo duro” en estas últimas décadas, la “banda de los cuatro”, está en condiciones de pactar una reforma, consciente de que cualquier cosa que toque puede implicar el derrumbe de todo el conjunto.

Por lo mismo, el régimen ya no puede alardear de nada: ¿sigue siendo esto una monarquía o es más bien una “república hereditaria”? ¿España es una “nación”, una “nación de naciones”, una “federación”? ¿Existe en algún lugar justicia social? ¿La nacionalidad española supone algo más que la obligación de pagar impuestos en España? ¿Tenemos futuro más allá de “brotes verdad” que como la zanahoria puesta ante el hocico del burro éste nunca llega a alcanzar? Preguntas retóricas unas y preguntas sin respuesta otras.

La reforma del actual sistema es imposible porque vio la luz cuando la evolución del capitalismo internacional era muy diferente y cuando existía una correlación de fuerzas políticas radicalmente distinta a la actual. Los grupos mediáticos que apoyaron el advenimiento del régimen de 1978 están hoy deshechos o simplemente han desaparecidos; el capitalismo internacional tienen una configuración completamente diferente a la de hace 40 años. Los intereses de los EEUU son los mismos, pero su debilidad es muy superior a la que tenía en la última fase de la guerra fría. La globalización se muestra cada día como un sistema más insostenible y la distribución de fuerzas políticas en España no tiene ni punto de comparación con la que existía en 1970-75, con fuerte polarización en los extremos. Los consensos del período 1976-78 son inviables e imposibles de revalidad, porque las fuerzas políticas que han sobrevivido de aquella época, aun cuando ocupan lugares de poder, arecen de peso y de prestigio social.

Esperando el desplome interior del régimen

Vivimos tiempos de cambio de régimen, como los que se vivían en 1970. Pocos lo reconocen todavía, pero lo más probable es que en apenas cinco años quede poco de las siglas que han construido la triste cotidianeidad de los últimos treinta años, como quedó muy poco del antiguo régimen después de la Ley de Reforma Política de enero de 1977: hasta el día anterior, los “procuradores en cortes” eran “alguien”, cualquier cosa que decían era reproducido por los medios, estaban en el ojo del huracán; el día después de votar la disolución de las cortes franquistas, bruscamente, sus teléfonos dejaron de sonar, los periodistas cesaron su asistencia a las ruedas de prensa que convocaban y, simplemente, desaparecieron (o bien intentaron reacomodarse en UCD o en AP, lográndolo sólo una mínima parte).

Prepararos para que los Pedro Sánchez, las Sorayas Sáenz de Santamaría, los Artur Mas y las Susanas Díaz, desaparezcan de la noche a la mañana. Tan solo se requieren unas nuevas elecciones y la disipación de las noticias, más o menos, artificialmente generadas sobre la bondad del actual momento económico.

La última encuesta del CIS indica que el PSOE se encuentra en su peor momento histórico y que la distancia entre Podemos y los socialistas va disminuyendo. El PP perdía también dos puntos de apoyo en relación a la encuesta anterior. Y en Cataluña CiU ya ha sido reemplazado oficialmente por ERC como partido mayoritario. La esperanza del PSOE es que en los próximos meses el nuevo secretario general brille con luz radiante… algo improbable a tenor de lo hecho y dicho en su primer mes de gestión. CiU, casi, ya ni existía antes del escándalo Pujol, ahora y antes de que estalle el “escándalo Mas” y antes de la parada y marcha atrás del referéndum del 9–N, difícilmente sobrevivirá como coalición. En el País Vasco, la izquierda abertzale si no ha aventajado ya en intención de voto al PNV, poco le falta. En estas circunstancias, la encuesta publicada ayer por El País según la cual el PSOE estaba “a sólo seis décimas” del PP no deja de ser un mal chiste o un ejercicio de voluntarismo que poco o nada va a contribuir a realzar la figura de un Pedro Sánchez del que ahora solamente, incluso sus propios partidarios, empiezan a percibir su banalidad política.

Con CiU fuera de juego, el PSOE en crisis estructural, el PNV a punto del “surpaso” y el PP haciéndose a la idea de que perderá algunas comunidades autónomas y ayuntamientos en las elecciones de mayo de 2015, con Podemos como estrella emergente, ERC y la izquierda abertzale amenazando, lo menos que puede decirse es que la salud del régimen político español sea buena. ¿Alguién cree que todas estas fuerzas pueden consensuar algo? ¿Alguién cree que la “banda de los cuatro” (PP+PSOE+PN+CiU) están en condiciones de impulsar alguna reforma que no acabe con ellos? ¿se entiende ahora mejor nuestro pesimismo en relación al futuro del régimen y porqué nos aproximamos, no a una “segunda transición” sino a un proceso de inestabilidad permanente? Porque lo grave no es que un régimen esté agonizando, lo realmente grave es que no existe, por el momento, ningún proyecto alternativo sólido para constituir el reemplazo.

Fuente: Info Krisis

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