La otra antiglobalización

OTRA ANTIGLOBALIZACION Eric Draper

Una crítica razonable a la economía de casino global desde el distributismo.

Los estudios sobre el incremento de la desigualdad muestran que existe una clara tendencia hacia la concentración y centralización de la propiedad y el capital a escala mundial. El actual modelo económico, basado en buena medida en el capitalismo financiero, favorece la acumulación de riqueza mundial en pocas manos, sin importar las naciones ni las fronteras.

Es una tendencia que viene de lejos. En los tiempos del capitalismo industrial Chesterton ya nos prevenía que “hoy todo el comercio y todo el negocio tiende hacia los grandes conglomerados comerciales, más imperiales, más impersonales, más internacionales que una Commonwealth comunista”. De alguna forma, Chesterton ya estaba pronosticando, con un siglo de antelación, la llegada de la globalización.

En el terreno económico, el fenómeno de la globalización viene impulsado por organismos supranacionales como la Organización Mundial del Comercio, la Comisión Europea o el Área de Libre Comercio de las Américas, multitud de agencias y bancos como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo o el Banco de Pagos Internacionales y también por las entidades privadas que son las grandes beneficiarias del actual modelo económico como la banca de inversión y las compañías transnacionales. A estas entidades les mueve, en último término, el ánimo de lucro. Y para conseguirlo siguen la lógica del capital, que implica fabricar donde menos cuesta, tributar donde menos se paga y vender donde el producto se pague más caro. También se busca levantar nuevos fondos para invertir, sin importar demasiado si dicho dinero procede de paraísos fiscales, de dictaduras petroleras o de oligarquías comunistas (cuando no de fortunas sospechosas de estar relacionadas con actividades de terrorismo o narcotráfico internacional). Esta lógica del capital hace que se arrinconen cada vez más cuestiones fundamentales como la satisfacción de necesidades humanas reales, el arraigo de la empresa a un determinado territorio, la creación de empleo digno y la contribución al bien común del lugar en que se ofrecen los productos o servicios.

El hombre corriente permanece perplejo ante una economía que se le antoja cada vez más distante y difícil de entender. Sin conocer muy bien las razones, se ve perjudicado en su vida cotidiana por fenómenos como la deslocalización de empresas, la precarización del mercado laboral, la institucionalización del paro crónico, la bancarización del sector financiero, la estandarización del comercio, la pérdida de calidad de los productos o el cierre de los pequeños negocios. El hombre común asiste atónito a un espectáculo indecente de puertas correderas entre el poder público y las grandes empresas, a la toma de decisiones en zonas grises al margen del circuito democrático, al creciente deterioro de la ética empresarial y al ascenso social de unos cachorros de directivos sin escrúpulos que parecen ser los únicos que reciben los premios del sistema.

Sin embargo, el hombre común no parece encontrar ninguna alternativa razonable a la actual economía de casino global. El movimiento antiglobalización aparece ante sus ojos como un batiburrillo de grupos y grupúsculos radicales de tendencias marxistas, anarquistas, ecologistas, neofascistas o indigenistas con tendencia a los excesos dialécticos y al vandalismo callejero. Las clases medias de todo el mundo aún tienen frescas en su memoria las batallas campales de Seattle en 1999 con motivo de la cumbre de la Organización Mundial del Comercio o la de Génova en 2001 con motivo de la cumbre del G-8.

Las caras más visibles del movimiento de contestación a la globalización son personajes como Noam Chomski (profesor universitario que se define como anarcosindicalista y miembro del sindicato revolucionario estadounidense IWW), Michael Moore (documentalista líder de opinión de la izquierda estadounidense más radical), José Bové (líder agrosindicalista francés) o el Subcomandante Marcos (portavoz del Ejército Zapatista de Liberación Nacional). Ninguno de ellos parece ser un buen representante para defender las aspiraciones de la gente común. ¿Es esto normal?

Probablemente, no.

Y ante la disyuntiva de tener que elegir entre el actual sistema económico o las propuestas de unos personajes exaltados y radicales, el hombre común seguramente preferirá quedarse como está. De esta forma, el discurso antiglobalización tal y como está planteado refuerza el modelo dominante y contribuye a mantener el estado actual de las cosas.

Por eso, tal vez no sea tan extraño que el ‘manifiesto antiglobalización’ No-Logo, de Naomi Klein, haya sido comercializado por grandes grupos editoriales en todo el mundo, a pesar de que supuestamente combate las marcas de las grandes corporaciones por su dominio del mercado y sus abusos laborales. La editorial Flamingo (miembro del grupo Harper Collins, propiedad del magnate Murdoch) o Baldi & Castoldi (que fue parte del gigante Mondadori y ahora pertenece al igualmente poderoso Alessandro Dalai) no han tenido inconveniente en distribuir el libro en Gran Bretaña o Italia, respectivamente. Puede que no vieran en las ideas que contenía un riesgo real para sus negocios.

Sin embargo, existe otra propuesta frente a la globalización que es prudente y razonable y que articula una crítica frontal a las bases de la actual dictadura mercantilista. Esta propuesta combate la filosofía materialista que inspira la globalización y defiende un orden económico pensado para satisfacer las necesidades reales de las familias y respetuoso con la identidad y la cultura de los pueblos.

La editorial IHS Press, distributista y estadounidense, resume esta visión alternativa de la siguiente forma:

“Estoy en contra de la globalización porque es explotadora, antinacional y anticristiana. Es un gran paso hacia la tiranía global. Por tanto, en la medida de mis posibilidades, no compraré los productos de las grandes corporaciones, no comeré la comida basura de las franquicias ni apoyaré la industria de las marcas de moda. Protegeré los pequeños negocios familiares y apoyaré la pequeña propiedad privada”.

Así planteada, la perspectiva distributista parece una alternativa práctica y realista a la globalización, que hunde sus raíces en el sentido común, en la protección de las identidades locales y en una visión armónica de la persona. Un discurso que el hombre común puede abrazar sin ningún recelo y, que por algún motivo, apenas se escucha en los grandes canales de información.

Hay voces muy reputadas que, como el economista Stiglitz, reclaman un modelo de globalización más equilibrado, que supere los abusos del paradigma actual. De igual forma, parece legítimo que otros reclamemos un modelo de antiglobalización más razonable, que supere los excesos del movimiento de Seattle.

Si hay espacio en el debate para quienes reclaman otra globalización, también puede haberlo para quienes reclamamos otra antiglobalización. Es el momento de tomar la palabra.

Fotografía de Eric Draper

Fuente: La Casa en el árbol

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