¿Hay un sitio para un partido católico?

EDUARDO ARROYO
por Eduardo Arroyo – La postura del PP en el tema del aborto y el carpetazo a la modificación de la reforma de la ley Aído -que no era una defensa del no nacido sino el retorno a una ley de supuestos- ha llevado a pensar a un amplio sector del electorado del PP que éste no es, en definitiva, su partido.

La sensación de frustración ha sido enorme y se ha visto reforzada si cabe por las palabras del obispo de Alcalá, Monseñor Reig Pla, y por las del obispo de San Sebastián, Monseñor Munilla. La izquierda y demás, naturalmente, ha vuelto a repetir el mantra de que la Iglesia quiere “imponer” sus opiniones y que los obispos deben callarse, actualizando una vez más el viejo sueño “progresista” de relegar el hecho religioso al gueto de lo privado.

Nada nuevo, como se ve. Lo que sí que es nuevo es la lectura que realiza mucha gente conservadora, que no se encuentra cómoda en el entorno del PP. La idea es que por fin la Iglesia ha alzado su voz y se ha dado cuenta del oportunismo de los populares. De aquí ha nacido una nueva esperanza renovada en que la Iglesia diera su aquiescencia a la formación de un nuevo partido católico o, cuando menos, que “respete la vida”.

Una lectura crítica de lo sucedido, sin ser ajenos al hecho de que una parte de los creyentes se siente traicionada, puede llevar a pensar que con todo lo que está pasando -esto es, el PP no ha derogado una sola ley de la época socialista- las declaraciones de solo dos obispos no deja de ser algo testimonial.

En modo alguno la Iglesia se ha implicado como institución en la crítica a la postura del Gobierno. Menos aún en los términos de Reig Pla, que va mucho más allá de la crítica al aborto. Es natural porque el asunto viene de largo: en la época de Franco, la Iglesia decidió desvincularse del régimen que le había protegido y salvado del exterminio físico, para dejarse cortejar por extraños compañeros de viaje, cuyo denominador común eran las ideas vagas de “cambio” y “democracia”.

Entre esas fuerzas políticas había algunas que, no solo odiaban a la Iglesia, sino que cuando menos buscaban relegarla a la más pura irrelevancia social. Pese a la insistencia de la Iglesia en el citado cortejo, la hostilidad de algunos (empezando por el Gobierno de Felipe González), llevó a la Iglesia a pensar que el voto católico quedaba representado por partidos liberales, plenamente insertos en el actual estado de cosas, como ha sucedido en toda Europa.

Para ello la Iglesia ha transigido en más de lo que habitualmente se cree, empezando por su célebre “doctrina social”, que es cada vez más pisoteada con cada nuevo avance del capitalismo y de la globalización. Así mismo, ha entregado la dimensión sobrenatural y contemplativa de la religión para mundanizarse poco a poco, sobredimensionando la faceta “social” y de “ayuda a los más necesitados”, una perspectiva que es la que más cuadra con el materialismo y el sentimentalismo generales, propios de la moderna sociedad liberal capitalista.

Este compadreo entre la Iglesia y las fuerzas que, poco a poco, van demoliendo la cultura occidental ha ocasionado, primero, que desde la Iglesia jamás se platee una crítica del mundo moderno a fondo y consecuente; una crítica, por cierto, que en modo alguno se limita a cosas como el aborto y la eutanasia.

Por otro lado, la inercia histórica misma ha llevado a que la Iglesia, siempre la Iglesia como institución, si no se encuentra plenamente cómoda en la época que vivimos, sí se halla en línea con los análisis y muchas de las soluciones que se proponen desde posturas que nada tienen que ver con ella.

Esto explica, por ejemplo, la hegemonía del liberalismo –económico y político-desde hace años en los medios de comunicación de la Iglesia o afines a ella. La presencia de presentadores estrella en sus medios que, o no son creyentes o pertenecen a otras confesiones o el análisis, en colusión con el liberal capitalismo y con la izquierda más radical, del fenómeno de la inmigración.

A lo que voy es a expresar mi convicción de que nada o casi nada puede esperarse de la Iglesia institucional, en el sentido de que ésta de su beneplácito a un nuevo partido católico. Los hechos son tozudos y, hasta el momento, demuestran que los primeros que no están interesados en un partido coherente con el cristianismo son los miembros de la jerarquía.

En caso de elecciones, bastará con que alguien prometa o se asemeje a lo que ya hay para que la Iglesia encuentre una razón para seguir apoltronada otra década, todo ello en nombre del mal menor. Y eso si no es el PP de siempre el que por boca de algunos de sus dirigentes hace guiños a ese sector de los electores aparentemente frustrado.

El nombre de ese partido o de ese dirigente está en la mente de cualquiera que piense un poco. En consecuencia, resultaría poco hábil contar con la Iglesia para una estrategia verdaderamente renovadora de nuestro país. Por suerte, sabemos que las puertas del infierno no prevalecerán.

Fuente: ESD

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