Las ecúmenes y el pluralismo

ALBERTO BUELA

por Alberto Buela (*)- Se intenta la recuperación de la idea clásica greco-romana de ecúmene para explicar el surgimiento de los distintos regionalismos.

La idea de ecúmene nos lleva a la idea de pluralismo cultural, que debe ser entendido no como un relativismo cultural, tal como lo hace el multiculturalismo, sino como un interculturalismo, donde cada ecúmene se piensa entre otras, pero a partir de su diferencia.

A Alexander Dugin, que nos acaba de visitar.

Las ecúmenes

Cuando el eminente helenista alemán Werner Jaeger (1881-1961) en las primeras décadas del siglo XX renueva todos los estudios griegos clásicos y en su magistral Paideia (1933) rescata del olvido la idea de ecúmene οικουμενη nunca sospechó que ésta categoría se transformaría a principios del siglo XXI, en irreemplazable instrumento para entender, o al menos barruntar, qué sucede y sucederá en el mundo.

Es necesario trabajar sobre la idea de ecúmene para ir dejando de lado las mega categorías de civilitation impuesta por los franceses y de kultur por los alemanes, porque estas son en definitiva categorías de dominación y extrañamiento, utilizadas por las metrópolis para justificar su ingerencia en donde no les corresponde.

El término ecúmene, que tiene su raíz en οικια casa, quiere decir en griego porción grande de tierra habitada. Para los romanos el Imperio era su ecúmene así como para los griegos lo era la Hélade y para los cristianos hasta finales del medioevo, la Cristiandad (1). Estas ecúmenes, cada una en su tiempo, coincidieron con los límites de lo que era considerado mundo.

A mediados del siglo XX hubo un intento de utilización ideológica de la idea de ecúmene y ello se llevó a cabo a partir del Concilio Vaticano II y su exaltación del ecumenismo, que treinta años después se mostró como una falsa idea, ya que su producto fue, el disolver la teología católica en un vacuo humanismo sin manos ni pies (2). El ecumenismo universalista del humanismo cristiano postconciliar desnaturalizó la idea clásica de ecúmene disolviendo toda diferencia entre ellas y haciéndole perder sus raíces, su arraigo. Y así como el racionalismo escolástico del siglo XIX fue el rasgo de mayor unión de la Iglesia con la modernidad, el ecumenismo vaticano lo fue en el siglo XX.

Este mismo ecumenismo mutiló la idea de hombre, y al limitarla a la exaltación del pobre por el hecho de ser pobre, dejó de lado el objetivo del humanismo clásico: la defensa de “todas” las posibilidades para ser plenamente hombre.

La idea de ecúmene está ciertamente vinculada a la de humanismo, pero entendido este como “una forma viviente que se desarrolla en el suelo de un pueblo y persiste a través de los cambios históricos” (3). El humanismo clásico greco romano busca la realización del ser del hombre a través de su formación. La referencia al suelo de un pueblo, según la cita, nos muestra la encarnadura del antiguo humanismo, que el mayor de los poetas latinos, Virgilio, refuerza cuando aconseja pensar a partir del genius loci. Concepto que encierra las ideas de clima, suelo y paisaje.

Este arraigo que se mantuvo en el humanismo hispánico, se pierde en el humanismo ilustrado, que es, con pequeñas variantes, el que manejan los regímenes liberales, socialdemócratas y las Naciones Unidas, actualmente en el mundo. Las ideas de civilitation y Kultur colaboraron a ello.

Cuando hoy se plantea la creación de mega regiones, Unión Europea, Unión Suramericana, como una necesidad de dar respuesta al proyecto del One Word lanzado por Bush padre en 1991, limitándose a la idea de “región o gran espacio” cuya integración se busca más por el lado económico y político que cultural, se está poniendo el carro delante del caballo.

Nos vemos entonces obligados intelectualmente a volver sobre la categoría de ecúmene para poder comprender, al menos en parte, qué nos sucede y nos puede suceder.

Agotado el proyecto moderno entre cuyas ideas fuerza estaban las de progreso, igualitarismo, democracia liberal, libre mercado, subjetivismo, racionalismo, primacía de la técnica, etc. etc. también se deshace, se desvanece la idea del mundo como universo.

Nos percatamos un poco sorprendidos que el mundo ya no es más un universo; esto es, que no tiene una sola versión y visión, que era la de la modernidad expresada a través del racionalismo de la Ilustración, sino que más bien, el mundo es un pluriverso. Esto es, el mundo está compuesto por muchas versiones y visiones, tantas como ecúmenes culturales lo habitan.

El mundo entonces es culturalmente plural, es un pluri- verso y no un uni- verso. Y su pluralidad radica en la existencia o coexistencia de diferentes ecúmenes.

Grosso modo, podemos determinar algunas: la europea, la angloamericana, la arábiga, la india, la eslava, la iberoamericana y la chino-oriental. Sin duda se podrá buscar otro tipo de clasificación dado que éstas existen a los efectos didácticos-comprensivos y en ellos se agotan. Como todas la clasificaciones pasa lo de la chacarera: Casas más, casas menos, igualito a mi Santiago. Siempre son aproximaciones a la realidad, pues ésta es más rica que aquéllas y no se deja encerrar.

Estas ecúmenes a veces coinciden con una región determinada, vgr. la ecúmene iberoamericana con la mega región del MERCOSUR y del Unasur, incluso la supera pues abarca también centro y parte de norte América. Con la ecúmene europea pasa, mutatis mutandi, algo similar. Existe en ellas una continuidad territorial.

Otras veces estas ecúmenes no coinciden con una región sino que involucran a varias, vgr. la angloamericana engloba una parte de Europa con Inglaterra, una parte de América con USA, Canadá, Jamaica, Guyana, Belice, un parte de Oceanía con Australia, Nueva Zelanda et alii, una parte de Asia con espacio americanizados como Singapur, Taiwan, Corea del Sur e incluso Japón.

Otras ecúmenes abarcan multitud de países, incluso algunos dispersos, como es el caso de la arábiga. En tanto que con la india sucede a la inversa y se encuentra limitada a un solo país.

Las ecúmenes determinan espacialmente no solo un medio apropiado para la vida colectiva sino también un mundo de valores compartidos por los hombres que la habitan.

El pluralismo

Y si de valores se trata, es la multiplicidad de ellos quien da origen al pluralismo.

Vamos a intentar definir la noción respondiendo a dos preguntas:

a) ¿Cómo se plantea hoy, masivamente, el tema del pluralismo?.

b) ¿Cómo debería plantearse la cuestión?

Hoy se sostiene y alienta el pluralismo en la medida en que es un relativismo que invade toda la sociedad; es decir, no hay ningún valor verdadero ni ningún valor falso. Menos aún un valor superior a otro. Ya decía Discépolo en el tango Cambalache: “todo es igual nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor”.

Esta idea de pluralismo es difícil de erradicar, porque cuando uno la critica puede pasar a ser considerado un reaccionario, cosa que nadie quiere ser. Ser un reaccionario es ser un hombre fuera de la humanidad. Cuando en realidad el carácter reactivo es propio de los seres vivos y no de los cadáveres. ¡Pero vaya uno a hacerlo entender!.

Afirma el colombiano Gómez Dávila: Ser reaccionario es haber comprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino sólo invitar. (4)

La teoría ilustrada que tiene hoy plena vigencia consiste en sostener que el pluralismo se debe plantear no sólo dentro de las ecúmenes culturales sino además dentro de los Estados nacionales que la componen.

¿Cómo debería plantearse la cuestión?

Nosotros sostenemos por el contrario que el pluralismo no debe darse en el seno de los Estados-nación, sino que el pluralismo se debe dar entre las ecúmenes culturales. El riesgo del pluralismo ecuménico dentro del Estado-nación lo nota el afamado politólogo liberal Giovanni Sartori cuando afirma: “Reunir muchas culturas sobre un mismo territorio es peligroso. Así, no deben entrar en un país aquellos que no se encuentren listos para integrarse. Pues, la inmigración no seguida de la integración conlleva la muerte del pluralismo y la democracia” (5).

Son las ecúmenes las que producen la verdadera y auténtica pluralidad del mundo al constituirse ellas, a partir de valores compartidos, lenguaje, creencias, vivencias e instituciones compartidas.

Así, el pluralismo cultural debe ser entendido como un interculturalismo donde cada identidad se piensa entre otras, pero a partir de su diferencia, en esto radica la coexistencia, o mejor, concordia de las comunidades.

Entender el pluralismo cultural como un multiculturalismo; esto es, un relativismo cultural que conduce simultáneamente a la exclusión de otras culturas para evitar su desnaturalización, o lo que es peor, valorar al otro por el sólo hecho de pertenecer a una minoría y no por su méritos o valor en sí mismo, es el grave error que cometen hoy los antropólogos culturales y los multiculturalistas o progresistas del pensamiento (6).

Cuando en nombre de este multiculturalismo que como vimos es un relativismo sectario y excluyente, se invade desde una ecúmene a las otras, ello produce la desnaturalización de ésas. Así se alienta la “americanización” de la europea, “la imbecilización” de la iberoamericana, la “terroristización” de la ecúmene arábiga, etc. Erróneamente desde la ecúmene invasora puede pensarse que se produce una transferencia de sentido, aun cuando ni todos los europeos están norteamericanizados, ni todos los iberoamericanos somos imbéciles, ni todos los árabes son terroristas.

Esta trasferencia de sentido e interferencia de una ecúmene en otra es de máximo riesgo, porque nos está indicando el surgimiento de un totalitarismo ecuménico, por el cual una se impone al resto. El mundo perdería así su riqueza de aspectos variados, su carácter de bello, por aquello que es un cosmos, para transformase en un “orbe” único, uniformado y homogéneo.

Pluralismo sin relativismo

¿Cómo puede ser un pluralismo sin relativismo?: Pensando que el mundo no es ya un universo sino un pluriverso, compuesto por varias ecúmenes.

Si queremos hablar en profundidad acerca del pluralismo tenemos primero, que fijarnos a partir de donde surge. Así podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que todo pluralismo nace de la preferencia por parte del hombre de ciertos valores sobre otros.

Esta definición nos obliga a meditar acerca de la naturaleza de los valores. Y la primera cuestión es que los valores no son sino que valen, según afirmara Hermann Lotze (1817-1881), el primero que modernamente meditó sobre este tema.

Y si los valores sólo valen es porque para existir tienen que encarnarse en cosas y acciones. Y es a partir de ese momento estas se transforman en bienes o acciones buenas.

Ahora bien, los valores tienen dos rasgos fundamentales, la polaridad y la jerarquía. Los valores son polares porque siempre a un valor se contrapone un disvalor y guardan entre sí una relación jerárquica porque siempre uno vale más o menos que otro.

El hombre se aproxima a los valores a través de dos disposiciones, en primera instancia emotivas, cuales son las de preferir o posponer. Y así elige unos y deja de lado otros. Dado que el hombre prefiere y posterga constantemente durante su vida unos valores a otros, de la misma manera los pueblos van conformando a lo largo de su historia un mundo de valores preferidos y otro pospuestos que conforman su cosmovisión que es la que en definitiva fija su índole propia, su idiosincrasia dentro de la historia de la humanidad.

Las diferentes cosmovisiones están a su vez encarnadas en distintos espacios del mundo, que se denominan ecúmenes; y es allí donde radica todo verdadero y auténtico pluralismo que, por otra parte, es el que debe ser defendido a capa y espada ante la incontenible homogeneización del mundo que se nos propone como panacea política-cultural desde comienzo del los 90 con su ideal de one world.

Los intelectuales progresistas entienden el pluralismo cultural como diferentes versiones sobre lo humano y lo divino conviviendo dentro de una misma sociedad. Algo absolutamente inviable por contradictorio. Recordemos al respecto cuando el niño mimado de la intelligensia francesa y uno de sus “nuevos filósofos”, Bernard Henry-Levy, se jactaba unos días antes del descalabro de la guerra de Serbia: “Sarajevo con sus mezquitas, iglesias y sinagogas refleja la armonía de la razón civilizada”. Sin percatarse que días después ese ideal de la razón ilustrada se hacía añicos. Y el error radica, pensar el pluralismo en pequeño, en el Estado-nación, en el lugar no correspondiente.

El salto indebido del pluralismo, siempre beneficioso entre las diferentes ecúmenes, al pluralismo en el interior de los Estados de las mismas, es el error más grave cometido por la modernidad en orden a la vida político-práctica de los pueblos. La democracia liberal y su pluralismo mal entendido, disolución de los valores nacionales, que como modelo se ha impuesto, incluso manu militari, fue el agente provocador de gran parte de las guerras del siglo XX y de las que se continúan en el siglo XXI.

El relativismo ecuménico

Mas, cabe ahora preguntarse ¿Cuál es la pauta o norma cultural que hace que una cultura o expresión cultural sea superior o inferior a otra?: La producción de significaciones de mayor o menor valor universal. Se nos podrá objetar que el valor universal está dado por las culturas dominantes. Y ello es cierto. Pero al mismo tiempo ello no inhibe que una cultura, llamémosle periférica, no pueda producir significaciones de valor universal.

De modo tal que cuanta mayor cantidad de significaciones de valor universal produzca una cultura, mayor será su jerarquía y superioridad.

Ahora bien, ¿Qué es lo que hace que una significación tenga valor universal?.

Para la antropología cultural lo mismo que para las ciencias sociales el hecho de ser aceptadas mayoritariamente. Que dicho sea de paso, no es poco, pero no es suficiente razón.

En cambio, para la filosofía el fundamento de la validez universal de una expresión cultural no radica en la cantidad o número de convalidaciones sino en la naturaleza misma del valor expresado.

Así cuanto más acabada o perfecta es la significación de una particularidad mayor validez universal ha de tener: Pinta adecuadamente tu aldea y pintarás el universo.

Al mismo tiempo la filosofía establece una jerarquía en orden a las manifestaciones distinguiendo entre manifestaciones vitales y las del espíritu (nous o anima) otorgándole una primacía a este último por ser expresión de “lo divino que hay en nosotros”.

Vemos pues que desde la filosofía se plantea un doble acceso a la producción de significaciones de validez universal. Primero en cuanto a la perfección de la expresión y segundo en tanto expresión de lo más sublime que hay en nosotros.

Ahora bien, este criterio de verdad válido para las expresiones culturales se extiende a las ecúmenes pero no absolutamente sino en forma relativa.

Nos explicamos. No hay en el mundo una ecúmene superior absolutamente a otra u otras, lo que existe, de facto, es que unas superan a otras en algunos aspectos o manifestaciones, pero que no le otorgan superioridad absoluta. Así pues las ecúmenes, al ser totalidades de sentido, son relativas unas a otras; y este es el único posible relativismo cultural existente.

Ante la homogeneización del mundo que viene imponiéndose a fuerza incluso de bombas, como lo vimos hace unos años en Serbia, ayer nomás Afganistán, hoy Iraq y Palestina, debemos oponer el rescate del único y genuino pluralismo aquel que evidencian las grandes ecúmenes.

Debemos propender a la creación o restauración de “grandes espacios” que las contengan y dentro de los cuales regirá la autonomía federativa hasta de las más pequeñas regiones. Lo que implica el respeto, del pluralismo de expresión, en la unidad. Esta relación entre los grandes espacios y las pequeñas regiones vuelve a plantear el viejo problema que se le presentó ya a Carnéades de Cirene (214-134): Cuál es el límite entre lo último de lo poco y la primero de lo mucho.

Corresponderá al genio político del próximo milenio su establecimiento para el logro de la buena vida.

No es difícil pensar una Iberoamérica confederada o una Europa federada. Lo que es difícil pensar es una vida futura sin matices, toda homogeneizada bajo un solo patrón o medida. Porque esa vida ya no será vida será solo sobrevivencia de un hombre transformado en un homúnculo. Y eso es, casualmente, lo que no queremos para el hombre en general y para los hispanoamericanos en particular.

(*) arkegueta, aprendiz constante

buela.alberto@gmail.com

www.disenso.info

1 Se utiliza también ecúmene en geografía humana, designando con él, el medio apropiado para la vida colectiva. Y como significa medio, incluso se llegó a cambiarle el género y se habla en masculino de: “el ecúmene”.

2 La doctrina tradicional del ecumenismo está establecida en la Instructio de motione oecumenica promulgada por el Santo Oficio el 20 de diciembre de 1949, que retoma la enseñanza de PIO XI en la encíclica Mortalium Animos.

La variación introducida por el Concilio es patente tanto a través de los signos extrínsecos como del discurso teórico. En el Decreto Unitatis Redintegratio la Instructio de 1949 no se cita nunca, ni tampoco el vocablo “retorno” (reditus). La palabra reversione ha sido sustituida por conversione. Las confesiones cristianas (incluida la católica) no deben volverse una a otra, sino todas juntas gravitar hacia el Cristo total situado fuera de ellas y hacia el cual deben converger. En una palabra, se disuelven todas las diferencias.

3 Jaeger, W: Paideia, México, FCE, 1946, p.11.

4 Gómez Dávila, Nicolás: Sucesivos escolios a un texto implícito, Barcelona, Ed. Altera, 2002

5 Sartori, Giovanni: Pluralismo, multiculturalismo e inmigración en el periódico Il Giorno, 15/9/2001.

6 El multiculturalismo se apoya en dos etapas del desarrollo de la antropología cultural: a) en el relativismo cultural de Franz Boas(1858-1942), el precursor de la antropología norteamericana, que sostiene que no es posible hablar de culturas superiores o culturas inferiores y b) en la etapa de la descolonización de los años 60 y 70 donde los antiguos “objetos” de estudio de la conquista de América y del imperialismo en África y Asia, se transforman en “sujetos” que estudian sus propias realidades.

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